lunes, 8 de enero de 2018

El texto perfecto

Remedios Varo - Creación de las aves (1957)


Escribo estas líneas, quizás mis últimas, aquejado por una tuberculosis que me ha sentenciado a muerte. Esta condena, que creo justa en el fondo, no fue inmediata, sino que me acaba con lentitud, como si el tiempo fuese un verdugo que se solaza con mi sufrimiento. Sin embargo, mi fin parece haberse acelerado desde mi exilio a este pueblo llamado Santa Cruz donde a menudo me asaltan los recuerdos de la guerra contra el Paraguay. La conflagración fue cruenta, vi a mis camaradas desplomarse a mi lado con una bala en el pecho o en la cabeza, otros gritando de dolor en los hospitales tras perder un brazo o una pierna; todos ellos compartían esa mirada de horror ante la carnicería. Esa absurda contienda se devoró la vida de miles de jóvenes, niños más bien, que unas semanas antes estábamos cortejando con timidez a la muchacha de la casa de enfrente, para luego ser arrastrados en esas trincheras ávidas de nuestra sangre. Sobreviví a todo ello, incluso a una bala en la pierna que me provocó una leve cojera, aunque no sobreviviré a este averno verde con su aire malsano y fétido que aturde.
Yo, que otrora acostumbraba a sentarme sagradamente para leer y escribir por las tardes, soy ahora incapaz de concentrarme por más de media hora. El terrible calor me impide enfrascarme en la lectura, pues pronto gruesas gotas de sudor recorren mis sienes y entro en un sopor que me nubla la vista, sin mencionar que los mosquitos se afanan por devorarme. El intenso calor invita a tumbarse para hacer la siesta debajo de un árbol antes que a tomar un libro, cuyas páginas, por cierto, se humedecen y pudren con una facilidad que aterra. Varios de los documentos que traje conmigo corren el riesgo de convertirse en basura, pues la humedad de este lugar las pone macilentas. Además, esos insectos que los locales llaman turiros se empeñan en comerse todo a su paso.
Todo esto resultaría soportable si no tuviese mis cada-vez-más-frecuentes ataques de tos que apenas puedo calmar con los mejunjes que me da el boticario. Aquellos brebajes multicolores saben horribles y creo con firmeza que me están matando en lugar de ayudarme. A pesar de todo, los tomo sin falta, pues al menos tengo algo de tranquilidad de conciencia, diciéndome a mí mismo que estoy haciendo todo lo posible por curarme. Por todo aquello, mi ritmo de trabajo ha disminuido a solo un par de horas diarias, las cuales trato de aprovechar al máximo. Mi mayor deseo en el ocaso de mi vida es terminar con mi relato, aunque ello signifique acelerar mi muerte, pues aquel sacrificio servirá para que las futuras generaciones sepan que existió el manuscrito más perfecto que jamás habrá conocido la humanidad y que estuvo en mis propias manos. Pero para hablar sobre este texto necesito primero referirme brevemente a su autor: Julián Mérida.
Conocí a Mérida durante la guerra. Su padre, Antenor Mérida, abogado español que llegó a Bolivia alrededor de 1898 para representar a un empresario minero, se instaló en La Paz para hacer fortuna. Muy pronto se ganó la simpatía de la alta sociedad paceña por su galanura y amplia cultura. Mérida era natural de Zaragoza, se presentaba como devoto de Espronceda y Zorrilla, a quienes recitaba de memoria para regocijo de sus oyentes. El español, un mujeriego empedernido, tenía como pasatiempo conquistar el corazón de las jóvenes de alta alcurnia de la ciudad, tarea que intercalaba con sus asiduas visitas a los más lujosos lupanares paceños.
Las correrías de Mérida tendrían su fin tras el inesperado embarazo de la señorita Martina Diez de Medina y Medina, hija de uno de los más acaudalados empresarios de la ciudad. Era vox populi por aquellos años que el padre, Don Segismundo Diez de Medina y Medina Valcárcel, se apareció con un revolver en casa de Mérida quien, tras jurar que desposaría a la afectada, dejó la ciudad al amparo de una nubosa noche, tan solo una semana antes de la boda. Don Segismundo, al parecer más agraviado que su propia hija, gastó parte de su considerable fortuna contratando detectives para hallar al novio prófugo, aunque todo fue en vano. Algunas malas lenguas aseguraron haber visto a Mérida como vaquero en una hacienda en el departamento del Beni, otras indicaron que el abogado retornó a Zaragoza donde falleció tras una riña en un bar, las peores murmuraban que el fugitivo fue capturado y ejecutado por los hombres de Don Segismundo, quien lo mandó a enterrar en algún lugar de la pampa paceña.
Tras algunos meses de la fallida boda, la señorita Martina dio a luz a Julián, un niño que cautivó el corazón del abuelo, quien no dudó en prodigar su fortuna para que su nieto tenga una esmerada educación. El mejor colegio en la Paz, profesores particulares, maestros de francés e inglés, se sumaron a una envidiable biblioteca que el abuelo erigió con lujosos volúmenes de literatura europea y americana. De esta manera, un joven Julián llegó a la universidad de Salamanca donde comenzó estudiando filosofía, para luego matricularse en su verdadera pasión: filología. Sin embargo, sus estudios quedarían inconclusos pues el estallido de la guerra contra el Paraguay insufló en él un sentimiento de deber por la patria que había abandonado.
Julián y yo nos hicimos grandes amigos, entablando una relación casi fraternal que fue forjada en medio del clamor de la guerra. Tras llegar al Chaco formamos un grupo heterogéneo de camaradas de todas las regiones y clases sociales de Bolivia, pues en el frente de batalla nadie ya contaba con privilegio alguno frente a las balas. De este grupo solo quedamos vivos él y yo, viéndonos forzados a llevar en nuestras conciencias los horrores de la batalla. A menudo, cuando las hostilidades perdían su intensidad y los ejércitos se daban un respiro no consensuado, solíamos leer los pocos libros que habíamos llevado al frente, los cuales nos servían para olvidar por un momento sobre nuestra particular situación. Julián, además, aprovechaba para escribir en un diario que llevaba consigo, escritos que, según supe después, servirían como antecedente a su obra. En una de aquellas pausas fue que me confesó que durante su estancia en España aprovecho para visitar la ciudad de su padre, contactando así con varios de sus familiares con quienes tendió fuertes lazos. Fue así que había decidido asumir el apellido de su padre, homenaje por demás extraño, pues jamás pudo conocerlo.
Derrotado del ejército boliviano, tras salvarnos por poco de ser tomados presos por las tropas paraguayas como muchos de nuestros camaradas, Julián y yo fuimos desmovilizados y enviados a casa. Para él, sin embargo, poco quedaba de algo que pudiese ser llamado hogar, pues su abuelo había fallecido hace muchos años y su madre murió unos meses antes de acabar la guerra. En mi caso, la situación era menos compleja, mi familia vivía en Tarija y solo necesitaba regresar allá, así que no dude en invitarle a mudarse conmigo. Mi amigo recibió con beneplácito mi idea, pues se le había ocurrido utilizar los últimos fondos familiares que disponía para comprar tierras donde producir vino. La idea me sedujo, mis deseos de emanciparme del seno familiar se hacían posibles, así que acepté de inmediato. Mientras yo hacía los arreglos necesarios en Tarija, mi camarada viajo a España para traer unos brotes de viñedo que plantaríamos junto a los que ya existían en la propiedad que adquirimos. Finalmente, compramos varias hectáreas en el valle de Cinti, donde poco a poco fuimos adquiriendo maquinarias para pasar de una producción artesanal a una maquinizada. Los que recuerdan aquel tiempo, aseguran que parecíamos unos mozalbetes por toda aquella ilusión que desbordábamos.
Trabajamos con tesón por casi dos años, pero una inesperada helada destruyó más de la mitad de nuestros viñedos. Además, los brotes que Julián trajo desde España nunca llegaron a aclimatarse del todo, por lo cual aquella fuerte inversión económica fue otra gran pérdida. A pesar de todas las contrariedades, yo me entregué con alma y corazón a nuestra empresa, mientras que Julián se fue eclipsando y se apartó cada vez más del mundo. Mis reclamos por su poca ayuda con el negocio no hicieron mella alguna en él, pues me decía que ya no le importaba para nada el dinero que podíamos perder, pues había encontrado un proyecto que reclamaba toda su atención. Su respuesta, por supuesto, me molestó y tuvimos una discusión que estuvo por llevarnos a los golpes de no ser por la oportuna intervención de algunos de los mozos de nuestra quinta. Dejé de dirigirle la palabra desde ese entonces y cualquier consulta a su persona eran hecha por medio de uno de nuestros trabajadores.
Pasó poco menos de un año. Julián se la pasaba encerrado en sus habitaciones y la única que lo veía era la criada que hacía la limpieza y preparaba la comida. Tras algunos meses, lo esperado ocurrió: el negocio quebró y tuvimos que vender casi todas las tierras para pagar las deudas y a nuestros empleados. Julián, inmutable, se quedó con la pequeña propiedad donde tenía la casa y un par de hectáreas donde, aseguró, produciría algunos alimentos para su consumo personal. Molesto por la desidia de mi amigo, me mudé nuevamente a casa de mis padres en Tarija para ayudar con el negocio familiar. Transcurría el año 1939.
Durante los siguientes cuatro años poco o nada supe de mi amigo, salvo algunas referencias de vecinos de Cinti que visitaban nuestras bodegas para comprarnos semillas e implementos para el cultivo. Yo dediqué gran parte de mi tiempo para administrar nuestro negocio, pues los problemas de salud de mi padre le impedían hacerlo con el mismo denuedo de antaño. Nuestra empresa creció y logré que cuadripliquésemos nuestro patrimonio, convirtiéndonos así en una de las familias más acaudaladas de la región. A pesar del arduo trabajo diario, a menudo dediqué cierto tiempo a la lectura y a la escritura, logrando al poco tiempo establecerme como uno de los escritores más influyentes de la región.
Escribía a menudo ensayos literarios y políticos en el periódico de la ciudad, muchos de ellos aclamados por la intelectualidad tarijeña. Sin embargo, dediqué mis mayores esfuerzos para publicar un poemario y dos novelas que me dieron renombre a nivel nacional. “Moderno y contemporáneo” decía sobre mi trabajo un crítico literario muy renombrado, mientras que otro aseguraba mi “precisión casi matemática para el difícil arte literario, con una economía de palabras que merece la mayor de las alabanzas.” El éxito en los negocios y en la escritura se me subió pronto a la cabeza y me convertí en una especie de dandi criollo, una mala imitación baudeleriana que trataba de comportarse en la pequeña ciudad de Tarija como si se tratase de París. Por suerte, el tibio y casi hostil recibimiento de mi segundo poemario me puso los pies en la tierra.
El marzo del 1946 recibí una carta de Julián, quien me pedía acudir a su casa el siguiente fin de semana. Medité por varias horas sí hacerlo o no, pero al final una inexplicable añoranza de ver a mi amigo me decidió a acudir a su llamado. El sábado conduje hasta el valle de Cinti y llegué a la hora indicada: cuatro y media. Tras llegar me invadió una melancolía por el tiempo que había vivido y trabajado allí para llevar adelante nuestros viñedos, los cuales, por cierto, ahora se veían magníficos gracias al trabajo de sus nuevos propietarios. No pude sino pensar que habríamos tenido éxito de haber podido persistir un poco más.
Cuando llegué a la estancia de Julián me asombró el deplorable estado en que se encontraba, la casa se veía vieja y parecía abandonada. La pintura de los exteriores estaba ajada y se caía a pedazos, mientras que los alrededores habían sido tomados por toda clase de malas hierbas. La puerta estaba entreabierta, tras tocar un par de veces me decidí a entrar. Llamé a Julián en voz alta, quien pronto apareció con una sonrisa en los labios. Me dio un abrazo afectuoso y me dijo que me veía igual a la última vez que me había visto. Yo no podía decir lo mismo, pues su rostro delataba que el tiempo había transcurrido de una forma distinta para ambos. Yo me había convertido en todo un gentleman, un rollizo, perfumado y elegante hombre de negocios que desencajaba por completo en esa casa; mientras que Julián había enflaquecido tanto que las arrugas se le marcaban con mayor énfasis. El cabello se le había encanecido y el fulgor vivaz de sus ojos había desaparecido por completo. Tenía la impresión de tener frente a mí a un desahuciado por una enfermedad terminal antes que a mi amigo que apenas había cumplido los treinta.
Julián me pidió pasar a la sala donde se encontraban las otras visitas. Los conocía a todos: dos escritores tarijeños, un docente de la universidad Misael Saracho y un crítico literario que había alabado una de mis novelas. Me extrañó ver a semejante grupo en casa de mi amigo y me pregunté en qué circunstancias los habría conocido. El crítico literario develó que había leído uno de los trabajos que Julián había publicado en esos años, un breve poemario firmado bajo el seudónimo de Miguel de Medina. Yo recordaba haber visto el poemario en la librería de la ciudad, sin embargo, presté nula atención al pertenecer un autor desconocido para mí. Al parecer, los otros invitados conocían a Julián por otras obras que este había publicado bajo su falsa identidad y no dudaron en colmarlo de elogios. Debo confesar, con vergüenza, que escuchar las lisonjas sobre los escritos de Julián despertaron en mí una envidia que fue creciendo a medida que pasaban los minutos.
Nuestra conversación fue interrumpida por nuestro anfitrión que traía una bandeja con una botella de whisky y varios vasos. Nos sirvió una copa a cada uno y pronto nos anunció el motivo de ese peculiar convite. Julián confesó que tras largos años de trabajo había escrito el más perfecto de los textos posibles. Tras decir aquello quedó en silencio y nos miramos atónitos unos a otros por el sorpresivo anuncio. Pronto, uno de los catedráticos estalló en risa, señalando que Julián era un bromista de primera. Yo, para mis adentros, pensaba que mi querido amigo había enloquecido y no pude sino sentir vergüenza ajena. Mientras tanto, los otros invitados comenzaron también a celebrar la ocurrencia de mi amigo.
Julián, guardando silencio hasta ese momento, se levantó y abrió un cajón de su escritorio. Sacó unas hojas y nos pidió despejar una mesa donde colocó las páginas con calma, una junto a otra. Cuando hubo terminado, anunció que tras años de arduo estudio había llegado a la conclusión que un texto perfecto solo podía ser una scriptio continua, es decir, un texto sin espacios entre palabras, sin signos de puntuación y escrito todo en mayúsculas. Uno de los catedráticos le dijo que el lector no podría hallar el ritmo a su lectura al carecer de signos de puntuación y espacios para orientarse, a lo cual mi amigo le respondió que, así como cada alma humana era diferente, así también lo era la lectura, pues no solo son los ojos y el cerebro los que recorren el texto, sino nuestra propia esencia humana. Tras tan extraña –y a mi parecer cómica- respuesta, Julián espetó que cada quien encontraría el ritmo que dictaminará su propia personalidad, logrando así que la lectura sea aprehendida desde su individualidad.
El crítico, con una inocultable incredulidad en su rostro, le preguntó cuál era el tema del texto, acotando a continuación que esto era determinante, pues cada persona prefería leer sobre una cosa que sobre cualquier otra. Julián dijo que el texto no tenía un tema, sino que había logrado combinar varias palabras conocidas de tal forma que lo de menos era el sentido que pudiesen tener estas juntas, pues el cerebro decodificaría lo escrito de acuerdo al gusto de cada persona. Aún más, añadió a continuación, incluso había inventado neologismos que poblaban el texto y que expresaban emociones que nuestro vocabulario actual era incapaz de reproducir.
No sin cierto reparo, empezamos a leer aquel extraño texto. Quedamos maravillados. No puedo decir que sintieron los otros, pero sí lo que sucedió conmigo mientras leía aquel extraño, aunque exquisito, escrito. Cada palabra evocaba en mí una hebra de mis recuerdos, desde mi infancia hasta aquel momento, parado ahí leyendo el manuscrito. Pude leer mi pasado, presente e incluso mi futuro. Vi mis penas y alegrías. Leí sobre mis sueños, mis pesadillas, mis más oscuras perversiones, secretas incluso para mí, y me ruboricé, aunque aprendí facetas desconocidas sobre mí. Leí sobre esta vida y sobre todas aquellas posibles que podía haber tenido; en unas triunfaba, en otras fracasaba miserablemente, en aquellas moría al nacer, en las de más allá tenía oficios de los más insólitos. Comprendí al mundo y a todos los seres que lo puebla, sentí por un instante una hermandad y el sentido de una unidad; perdí mi individualidad para formar parte de un todo. Hallé –o creí hallar– el principio de un conocimiento hermético que me llevaría a aquello que podríamos considerar una divinidad suprema, una inteligencia eterna que se hacía accesible gracias a aquel texto y con la cual podía dialogar gracias a lo escrito. De repente, el texto terminó abruptamente y nos vimos otra vez en la sala mirándonos confundidos unos a otros.
Julián nos dijo que aún no había finalizado el texto, pero que pensaba que podría tenerlo concluido para fin de año. Aquello que nos había mostrado, confesó, era tan solo unas cuantas páginas de lo que tenía guardado en su escritorio, pero que juzgó suficiente para que creyésemos sobre la existencia del texto. Quería saber nuestra opinión, pero estábamos tan conmovidos que fuimos incapaces de responder. El crítico solo atinó a abrazarlo y a llorar como si se tratase de un niño. Dejamos el lugar casi en silencio, indicando que nos gustaría leer el trabajo cuando estuviese totalmente terminado. Mi amigo dijo con excitación poco disimulada que nos tendría al tanto de sus avances. Un poco más tarde, los dos escritores, el catedrático, el crítico y yo nos fuimos a un bar y bebimos hasta el día siguiente, casi sin mencionar el portento que habíamos presenciado. Al despedirnos en la madrugada, con la cabeza totalmente nublada por el alcohol, prometimos encontrarnos el siguiente fin de semana para discutir lo que habíamos visto. Aquella nueva reunión nunca tuvo lugar.
Durante las siguientes semanas estuve muy pensativo. Leí y releí mis propios textos sin encontrarles sentido y aún peor: se me asemejaban a los escritos de un niño. Estaba seguro que había logrado activar la imaginación de algunos de mis lectores, evocar ciertos recuerdos y hacerles emocionar de una forma muy moderada; pero nunca como lo había hecho aquel texto de mi amigo. Con una vergüenza inenarrable, decidí quemar los documentos sobre los que estuve trabajando hasta ese entonces y me dije a mi mismo que nunca jamás volvería a escribir. No tenía sentido competir con aquel texto perfecto que superaba cualquier cosa escrita.
Mis noches se hicieron intranquilas desde ese entonces, pues mis sueños y pesadillas giraban en torno al texto de Julián y a lo que había leído sobre mí. Sus palabras invadían mis sueños y mi vigilia. Las hallaba en cualquier cosa escrita que leyera, incluso en lo más mundano, como una lista de compras. Me obsesioné con el texto y me recluí, creyendo enloquecer por completo, mas pronto una idea fija nació en mí que representaba la solución para mi congoja. Mientras tanto, el año estaba a punto de terminar. En la víspera de navidad llegó una nota de Julián invitándome a visitarle el 26 de diciembre por la tarde para leer el texto terminado. Estuve furioso todo el día.
A las diez de la mañana del 26 de diciembre uno de los escritores que había estado aquel día en casa de Julián se apareció en mi casa. Su rostro mostraba abatimiento, mientras que sus ojos delataban que había estado llorando hace unos instantes. Me dijo que la noche pasada se produjo un incendio en casa de Julián que había arrasado con todo. Mi amigo logró ser rescatado, pero se encontraba en el hospital con quemaduras no muy graves, aunque había entrado en estado de trance. Conteniendo con dificultad sus lágrimas me confesó que venía del lugar del siniestro, pues trató de hallar el texto de Julián. Fue en vano: todo había sido devorado por las llamas.
Corrimos al hospital a verlo, lo encontramos sentado al lado de la cama, mirando al vacío y con respiración casi imperceptible. Era como si su alma hubiese perecido también en el incendio, dejando atrás solo un cuerpo inerme que solo vivía como lo hace cualquier planta. Abracé con fuerza a Julián y comencé a llorar por la tragedia de mi amigo, mas no sentí ninguna reacción suya. Pasaron las semanas, su cuerpo se recuperó, pero su mente continuaba ausente. No tenía ningún familiar conocido ni nadie quien se ocupase de él, así que corría el peligro de ser abandonado en algún albergue público. La culpa fue más fuerte que mí, así que hice que lo internaran en el Instituto Psiquiátrico Gregorio Pacheco en Sucre. Nunca se recuperó.
Mientras tanto, mi persona y el grupo de testigos intentamos por años reconstruir sin éxito el texto que habíamos leído. Fuimos unos ilusos, pensamos que si reescribíamos lo leído aquel sábado podríamos tener el documento íntegro. Llegamos a tener un par de borradores que sabíamos eran totalmente imperfectos, pero aun así parecidos al original. Consideramos que el único que podía decirnos si esos documentos se parecían al original era su autor, así que viaje a Sucre para mostrárselos a Julián, con la esperanza de que despierte de su trance para ayudarnos a terminar. Él ya nada podía hacer por nosotros, murió en silencio en la víspera de la navidad del 51 cuando tuvimos listo el tercer borrador. Los fracasos fueron consumiendo las esperanzas de mis compañeros y desertaron uno a uno. Para 1952 quedé totalmente solo en mi tarea.
Los cambios políticos que ocurrieron en Bolivia esos años, sumados a la poca atención que puse a los negocios hizo que nuestra riqueza se redujera considerablemente. Vendí casi todas nuestras propiedades y compré una casa cómoda para que se instalasen mis ancianos padres y mi hermana menor. Les dije que iría al oriente para probar fortuna en la ganadería y agricultura, aunque todo era mentira. En realidad, lo que deseaba era apartarme del mundo lo más posible para continuar con la reescritura del texto perfecto. Casi al despuntar mi primer año de estadía en este pueblo comenzaron los ataques de tos.
Con la muerte ahora muy cerca mío, me doy cuenta que jamás podré redactar ese escrito. Julián Mérida sí pudo hacerlo, no me queda claro el cómo, aunque tengo dos teorías de cómo pudo hacerlo. La primera es que aquel texto fue forjado en connivencia con el demonio. Julián demostró interés por autores como Aleister Crowley y me dijo cierta vez que encontró en la biblioteca de Salamanca, disimulada en un estante, el borrador de La Très Sainte Trinosophie, escrito por Alessandro Cagliostro. Este volumen, al parecer, contenía notas del autor en los márgenes y al menos dos capítulos de hechizos que no llegaron a publicarse en la versión que luego se atribuyó al Conde de Saint Germain. Nunca me reveló el contenido de esos capítulos perdidos. Intuyo que un detenido estudio del ocultismo le permitió poseer una habilidad sobrenatural para poder escribir tal portento.
Mi segunda teoría, quizás aún más descabellada para el lector, era más simple:  Julián era un idiota con suerte. El orden de las palabras y los silogismos creados, habrían sido producto del azar, un feliz accidente que los habría ordenado de tal forma que nació un texto que a simple vista carecía de sentido, aunque a la postre contenía parte de un saber universal. Por tal motivo, el documento solo habrían sido las páginas que nos mostró, nunca habría existido una versión final, o al menos esa es mi hipótesis. Me imaginaba a Julián lanzando al aire cientos de palabras como lo había hecho años atrás Tristan Tzara, aunque este último no tuvo la fortuna de componer un texto de las características que mi amigo había logrado.
En todo caso, nunca sabré como se escribió ese texto, ni tampoco seré capaz de escribirlo por mi cuenta. Peor aún, soy culpable de su destrucción; la noche previa a la cita programada, totalmente cegado por unos celos irracionales, me dirigí en secreto hasta su casa e inicié el incendio. No me importó que me amigo pudiese perecer bajo el fuego, solo quería destruir aquel escrito maldito que me recordaba mi mediocridad. Sabía que jamás sería capaz de escribir algo de esas características, así que solo quería ver desaparecer aquello que me convertía en el más mediocre de los hombres. Al día siguiente actué como si no supiese nada, aunque muy pronto el odio cedió al sentimiento de culpa. Fue muy tarde, pues había destruido el texto más perfecto que jamás se había escrito.

martes, 13 de junio de 2017

Hasta siempre Chris Cornell


Dieciocho de mayo de 1996, Jim Carrey anunciaba a la banda invitada en Saturday Night Live, Soundgarden. El grupo interpretaría dos canciones de su nuevo disco, Pretty Noose sería la primera. Tras unos segundos fue evidente que la voz de Chris Cornell ya no era la misma; el alcohol y las drogas pasaban su factura. La presencia escénica del grupo era impresionante, aunque eso no ocultaba la tensión entre ellos: Cornell impidió que el característico sonido de la guitarra de Kim Thayil saliera en la nueva producción. El guitarrista tomó revancha en vivo, improvisó su solo ante el desconcierto de la banda que intentaba no perderse. Un año después, Soundgarden se disolvería.

De Soundgarden a Audioslave
En 1987 Soundgarden fue fichado por la mítica Sub Pop Records para grabar dos EPs: Screaming Life y FOPP. Luego publicaría Ultramega Ok (1988) y Louder than love (1989), cerrando así la etapa heavy del grupo que incluyó cambios en su alineación y la consagración de Cornell como el compositor principal. En 1990, la muerte de Andrew Wood, vocalista de Mother Love Bone, impulsaría a Cornell a formar Temple of the dog, homenaje fugaz, aunque de resultados invaluables: un disco homónimo que roza la perfección y la presentación de Eddie Vedder de Pearl Jam.
El año 1991 sería clave para el rock, pues Nirvana lanzó Nevermind, Pearl Jam su debut Ten y Soundgarden su Badmotorfinger, considerado su mejor álbum. Ya conocidos mundialmente, en 1994 publicarían Superunknown que los convirtió en íconos del rock alternativo. Sin embargo, la fama alcanzada no evitaría la ruptura luego de grabar Down on the upside (1996).
Cornell lanzó en 1999 Euphoria Morning, trabajo que presentaba a un compositor maduro, dispuesto a explorar nuevos sonidos. Sin embargo, su aventura solista tuvo que esperar, pues formó Audioslave con miembros de Rage against the machine. Nadie sabía que esperar de aquella reunión de artistas tan disímiles, además Cornell tenía la voz mucho más resentida en aquel entonces, pero la banda se convirtió en una de las más importantes de inicios del siglo XXI con solo tres álbumes: Audioslave (2002), Out of exile (2005) y Revelations (2006). Para desconsuelo de sus seguidores, el grupo se disolvió tan repentinamente como surgió.
Tras Audioslave, Cornell continuó su carrera solista. Seguirían Carry on (2007) y el excelente acústico Songbook (2011), aunque también un traspié musical llamado Scream (2009), un puñado de insufribles canciones pop electrónicas sin identidad. El único mérito de aquel batacazo artístico y comercial fue que abonó el terreno para el regreso de Soundgarden.

Los últimos años

El retorno de Soundgarden al ruedo fue precedido por un disco en vivo titulado Live on I-5 (2011) y consolidado al año siguiente con King animal, notable esfuerzo por recuperar el sonido de la época de Superunknown. Cornell no abandonó su carrera solista y lanzó Higher truth en 2015, además de reunir a Temple of the dog para celebrar sus 25 años. En tanto, el proceso de composición de un nuevo disco de Soundgarden siguió su curso y los rumores sobre una reunión de Audioslave calentaban el aire. Sin embargo, todo terminó trágicamente el dieciocho de mayo 2017 con su repentino suicidio. Según su esposa, sus últimas palabras al teléfono antes de cortar la comunicación fueron “estoy cansado”.
El segundo tema interpretado en 1996 en Saturday Night Live fue Burden in my hand. Cornell cantó con pasión inusitada, en especial la última estrofa: I lost my head again. Would you cry for me? (Perdí mi cabeza otra vez ¿Llorarás por mí?). Esto ocurrió hace veintiún años, también un dieciocho de mayo. Chris Cornell, voz de una generación -mi generación-, partió intempestivamente dejándonos un asombroso legado musical. Como admirador, después de tantos años en que tus canciones han sido parte de mi vida, solo puedo decirte: gracias por regalarnos tu música. Y sí, lloramos por ti, pues como tú mismo decías: “No one sings like you anymore”. Hasta siempre, Chris.

(Publicado en suplemento Brújula de Periódico El Deber. Sabado 10 de junio de 2017)

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Reseña de un poeta olvidado


Gustave Courbet - Retrato de Baudelaire (1848-1849)
Extracto del Prólogo de José Muriato, crítico literario, con motivo de la publicación de “Misivas del futuro pasado: la correspondencia de A…P…” publicado por esta editorial.

Poco o nada se sabe de A… P…, escritor ecuatoriano que falleció antes de cumplir los veinticinco años y cuya obra, hasta ahora, se limita al irregular cuento “En la ciénaga” y el relato “Mente extraviada”, publicados en su integridad el pasado año en una cuidada edición de la cual tuve el honor de participar y prologar. Su obra está comenzando a ser estudiada y apreciada por críticos literarios y lectores de todas partes del mundo, sobre todo a partir de sus traducciones al inglés y al francés que aparecieron antologías latinoamericanas. En estos días que escribo este prólogo me llegó la noticia que se prepara también una traducción al alemán que será prologada por Helmut Fedler, ese excelente crítico literario que nos sorprendió hace algunos años con su extenso estudio del “Quijote de Avellaneda” donde argumenta que tras el seudónimo del supuesto autor, Alonso Fernández de Avellaneda, no estaba sino el propio Cervantes que hizo un experimento literario plagiando su propia obra.

Con motivo de la mencionada edición del la primera edición de la obra de A…P…, yo escribí en el prólogo aquel entonces: “Sin lugar a dudas, <<Mente extraviada >> es el culmen de la protoliteratura moderna ecuatoriana y al mismo tiempo la piedra angular de la siguiente etapa. A…P… es la voz de una generación maldita que creció en la dictadura del expirante velasquismo, la paranoia represiva del dictador Rodríguez Lara y la ambigüedad autoritaria del Consejo Supremo de Gobierno. A…P…. , sin embargo, no formó parte de ningún grupo de resistencia a la dictadura e incluso es muy posible que haya sido anticomunista. Esto ha hecho que improvisados biógrafos como Wenceslao de Cortés le hayan denominado <<(…) apolítico, sin embargo, furibundo conservador y reaccionario hasta el tuétano. Distinguido ejemplo del más fiero anticomunista y del más retrogrado espécimen del mestizo ecuatoriano>>. El doctor De Cortés se regodea en su crítica chabacana, facilista y difamatoria, sin haber tenido acceso siquiera a fuentes primarias que de tan maduras se caían del árbol: sus familiares y M..E…, su interés romántico más conocido. Puede que A…P… no hubiese participado de las revueltas estudiantiles de Guayaquil (para disgusto de De Cortés), pero eso no significa en absoluto que haya sido apolítico. Su resistencia se expresó a través de la estética de la literatura, asumiendo una postura cáustica y mordaz cuyos ejemplos podemos encontrar en los pocos artículos de opinión que publicó en algunos periódicos del país. Sin lugar a dudas, el escritor encontró en la literatura su principal arma de crítica y reflexión de su realidad política y social”.
Ha llovido mucho bajo el puente desde la publicación de su obra y de mi prólogo, en lo cual se ha encontrado nueva evidencia que nos arroja mayor claridad a la vida de este insigne autor. Es lo que justamente el lector tiene entre las manos: el intercambio epistolar entre A…P… y M…E… La correspondencia – que no está completa – abarca desde mediados de julio de 1979 hasta finales de 1982, desde la mudanza de M…E… a Boston, Massachusetts, para continuar sus estudios de pintura; y la muerte de M…E…en diciembre de 1982. La historia de estas cartas es bastante particular.  Tras la muerte de A…P… su madre envió una carta a M…E… que incluía toda la correspondencia que ella había enviado a A…P… cuando aún estaba con vida. Aquellas misivas habían sido guardadas con celo por la mujer, pues intuyó que eran el testamento literario de su hijo. Sin embargo, aquejada por la enfermedad y las deudas, prefirió entregarlas a M…E… antes que su vida terminara.

Quiero destacar aquí el tino de la madre de A…P… a pesar de haber ido incluso contra los últimos deseos de su hijo. En su testamento el malogrado escritor ordenó que se entreguen todos sus documentos personales a su madre y que luego ella debía quemarlos. Sin embargo, la astuta anciana desobedeció esta orden y evitó así que ocurra uno de los mayores crímenes de la literatura moderna. Más tarde, luego de seleccionar aquellos papeles donde se encontraron cuentos, algunos capítulos en borrador de una novela, poesía y aforismos sueltos (material previsto para su publicación en una edición de lujo el siguiente año), quedaron las cartas recibidas a de M…E… y las copias que el autor guardó de las suyas. La anciana decidió entonces que lo mejor era que aquellas misivas regresaran al poder de su propietaria.
M…E… recibió sus cartas y las guardó junto a las del literato, compaginándolas por fecha. La pintora, nacida en Medellín  y radicada en Boston, conservó las correspondencia por años, como un tesoro personal. Tras su internación y muerte en una clínica mental en el ocaso de su vida, sus descendientes retuvieron las cartas que fueron subastadas a la muerte de la artista. Las misivas pasaron así por las manos de al menos dos coleccionistas, antes de llegar a los catálogos de la famosa casa de subastas Sotheby’s en el 2001 para venderse por la irrisoria suma de mil libras esterlinas. El comprador fue un coleccionista riobambeño del cual no publicaré su identidad, a expreso pedido suyo, pero del que solo huelga decir que tuvo en su poder las cartas por varios años hasta que decidió sacar a la luz este tesoro literario.

A raíz de la publicación de “Mente extraviada”, el citado coleccionista se contactó conmigo para avisarme sobre su posesión, pues hasta antes de la publicación no tenía consciencia de la magnitud histórica y literaria de sus cartas. Poco después de revisar los documentos (doce en total) contacté telefónicamente a una descendiente de M…E… quien reside en Lausanne, Suiza. Ella me confesó que el lote inicial constaba de más de 200 cartas, pero que en uno de los ataques de demencia de M..E…, poco antes de su internación, quemó varias de las cartas y solo quedaron alrededor de ochenta. Presumo que la subsecuente reducción de las cartas, hasta llegar a su número actual, se debió a su paso por las manos de los coleccionistas y por las inclemencias del tiempo. Es posible que otras cartas continúen guardadas en alguna bóveda a al espera de que su valor se incremente. Es por ello que aún tengo la esperanza de que nuevas cartas aparezcan en los siguientes años, como consecuencia de la publicación de este lote que presentamos ahora al lector.

Voy a dar pocos detalles sobre el contenido de las cartas, pues estas en conjunto forman una historia que puede ser leída fácilmente, pese a la ausencia de varias misivas. La primera tiene que ver con la mención al “Círculo literario”. No he encontrado referencia alguna a tal círculo en libros ni periódicos de la época. Tampoco las entrevistas que hice a intelectuales y literatos me han ayudado mucho, pues han negado haber escuchado sobre tal círculo en su vida. La mención a este círculo, indudablemente, le da un toque de misterio a las cartas de A…P... y mi teoría aquí es que sí existió tal circulo y que posiblemente aún existe, pero actuando como una sociedad secreta al puro estilo masónico. Esta certeza no se debe al capricho de quien escribe, ni a la voluntad de dotar de un halo de misterio innecesario a la vida de A…P…, sino más bien que se responde a un hecho indiscutible, la mención que A…P… hace del personaje J… Durante los meses de investigación documental que precedieron a esta publicación, hallé la identidad de J… quien en realidad se trataba de C… S…, reconocido socialité quiteño de quien se rumoreaba su homosexualidad, ahecho escandaloso para su entorno social de la época. Para disipar tales rumores contrajo nupcias con una joven de una influyente familia de Ibarra, aunque en la época se rumoreaba que fue un matrimonio arreglado para evitar que su padre, acaudalado empresario guayaquileño, lo desherede.

En aquella época se especuló entre un tórrido romance entre C…S… y A…P… lo cual explicaría la mención a un” nuevo, excitante e inesperado amor” en uno de sus poemas aún inéditos; pero que además echaría algo de luz sobre su temprano deceso. En efecto, aquella “angustiosa, terrible y desconocida enfermedad” a la que hace referencia la madre de A…P.. en su carta a M…E… habría sido en realidad Sida, de la que también murió C…S… muchos años después. Es muy posible que ambos jóvenes hayan sido los primeros casos de contagio en la ciudad, pues los galenos no pudieron determinar cuales fueron las causas de su deceso. Recordemos que el virus del VIH recién fue “descubierto” en 1981, por lo cual era de esperar que los médicos ecuatorianos tarden aún unos cuantos años más para identificar esta mortal enfermedad.

La relación entre A…P… y C…S… me fue confirmada por la hermana del segundo, a quien entrevisté largamente el pasado año. Ella me señaló que sus padres conocían la relación y se opusieron desde el primer momento. Se buscó impedir el romance enviando a C…S… a San Francisco, California, para continuar sus estudios, aunque la situación empeoró: el rebelde muchacho llevó una vida disoluta que provocó que los padres lo enviasen a Londres donde, según lo contado por la hermana en la entrevista, C…S… tuvo un tórrido romance con un joven desconocido del West Hampstead. La hermana me confesó que posiblemente en estos meses de desenfreno fue donde C…S… se contagió de VIH que aparentemente luego afectaría a a A…P… durante su reencuentro en Quito.

Otro hecho a resaltar es la escasa referencia a hechos políticos del país y la predilección por narrar hechos cotidianos. Como verá el lector, hay muy pocas referencias al panorama político, mientras que se abunda en los hechos del diario vivir del literato. Esto, según me contó la descendiente de M…E… fue una decisión que tomaron ambos antes de que la pintora emigrara a los Estados Unidos. Esta promesa se mantuvo en pie hasta el deceso del escritor. Este hecho tiene relación con una mi última observación. Las cartas de A…P… eran utilizadas como vehículo para las noticias entre los ex amantes y no como medio literario. A diferencia de muchos autores, A…P… jamás creyó en la correspondencia como medio para el análisis literario o filosófico y esto lo reconoció explícitamente en la carta fechada en 10 de agosto de 1979 cuando dice que sus misivas se parecen “mas a las de una Jane Austen que a los de un Henry Miller”. De esta manera, A…P… no tuvo ninguna intención de que sus cartas tuviesen un lenguaje literario y solo hizo algunas menciones sueltas sobre el estilo epistolar de algunos autores. Esto se hace aún más patente cuando en la primera carta del 5 de julio de 1979, A…P… señala que incluye un poema para M…E…, aunque de inmediato reconoce que no le gusta escribir poesía y duda de sus propios dotes literarios.

En otra de las carta hallamos otro hecho importante: A…P… menciona que está escribiendo una novela que tentativamente titulará “El fin de nuestros días, el inicio de nuestras vidas”. En los papeles guardados por su madre no se halla ni una sola hoja de este trabajo, tan solo unos cuantos capítulos de otro proyecto de novela que titulo “Antibiografía”. Pregunté a la descendiente de  M…E… si sabía algo sobre  dicho trabajo y ella contestó que no recordaba haber visto ningún escrito que pudiese arrojar luces sobre ello. Desconocemos lo que sucedió con esta novela, aunque asumimos que fue destruida por el propio autor antes de su temprana muerte. En las cartas a M…E… se nos da noticia de que esta obra estaba casi concluida, pero el autor no estaba enteramente convencido sobre su valor literario. De hecho en su última carta lamenta “no poder terminar esta obra sobre la que literalmente volqué mi vida, aunque ahora más que nunca me doy cuenta del desperdicio de tiempo que ha sido sentarme a escribir semejante esperpento”. Sobre esta obra solo nos quedan las palabras de M…E.. en una entrevista que concedió a un diario local de Quito. Al parecer M…E… fue la única persona que leyó parte de esa obra perdida, aunque no podemos adivinar si poseyó una copia o si la leyó en una de sus visitas a la ciudad. Sobre la misma ella opinaba que era “un cálido suspiro directo al alma”.

Esta primera carta también hace referencia a la mención de honor que recibió por “Mente extraviada” que, cómo mencioné en el prologo a la primera edición de las obras completas de A…P…, se constituye en uno de los más criminales fallos que un jurado ha hecho en la historia de la literatura. El no haberla premiado en ese momento impidió su publicación. La mención de honor, solo consistió en un vergonzoso certificado de participación que ni siquiera fue entregado al escritor y que aún se empolva en los archivos del municipio ¡Cuán injusta puede ser la historia! Afortunadamente, la obra de A…P…sería descubierta muchos años después y con el transcurrir de los años  por fin se le está dando su lugar en la historia de las letras ecuatorianas y mundiales.

Esperamos que estas cartas permitan al lector acercarse a la faceta humana de A…P…, tan diferente de su personalidad literario. Estamos seguros que estas misivas les animarán a releer el material literario del autor, teniendo ahora una idea más amplia de la obra y los tiempos en los que vivió y escribió A…P… Esperamos también que más de uno se anime en el futuro a estudiar con mayor profundidad la obra de este genio incomprendido y marginado por su tiempo, soslayado por la historia de las letras y rechazado por su entorno literario. Vemos, sin embargo, como ni siquiera la historia con toda su  obstinación puede esconder un hecho: el genio brilla como un faro que guía nuestros azarosos pasos.

martes, 16 de febrero de 2016

Fotografía


Man Ray - Lágrimas (1930-32)
31 de enero de 2016. Marco revisaba el contenido de una caja que no desempacaba desde su última mudanza hace casi cinco años. En su interior había algunos libros, revistas, baratijas y una caja de zapatos que contenía fotografías, ordenadas dentro de sobres de diferentes colores. Las imágenes estaban cuidadosamente fechadas  en la parte posterior, mientras que algunas señalaban también en que lugar fueron tomadas. A pesar de que estaban en aquellos sobres para protegerlas, la humedad las había afectado, tornando el papel macilento y los bordes ajados que hacían que se viesen más antiguas de lo que eran. Algunas las había tomado cuando tenía 18 años, edad en la que se interesó por el arte fotográfico tras recibir su primera cámara fotográfica como regalo de cumpleaños. Una de aquellas fotografías, fechada un 14 de octubre de 1999, mostraba a Marisol, su primer amor. La muchacha se mecía en un columpio mientras se sujetaba con fuerza a las cadenas que sostenían el asiento. Marisol era morena, de pelo oscuro y ligeramente ondulado que le llegaba hasta el inicio de los senos. Los ojos negros, coronados por unas largas pestañas, eran vivaces y transmitían aún mayor felicidad que la sonrisa que dominaba su rostro. Marco quedó absorto contemplando la belleza de aquella muchacha que casi había olvidado ¡Diecisiete años! – pensó, no sin asombro por el tiempo que había pasado desde que tomó aquella imagen.
Marcó continuó examinado las fotografías y halló  una, fechada un 10 de octubre del 2012, donde aparecía una jovencísima Teresa. Para cuando tomó aquella imagen, llevaban casi ocho meses de relación e iba pedirle que se mude con él. Como si fuese una premonición de lo que vendría, el retrato mostraba a Teresa brincando con los brazos y piernas abiertos, quedando eternamente suspendida en el aire con una melancólica sonrisa. Un par de años más tarde, cuando la pasión se había apagado, comenzaron las peleas, las infidelidades y muchas noches de acostarse a su lado en medio de un silencio que vaticinaba el final. Estaban a punto de separarse cuando aquel 14 de septiembre del 2014, Teresa tuvo el accidente automovilístico que la dejó postrada en una silla de ruedas. Marco recordaba aún con cierta confusión aquella tarde en que recibió la llamada del hospital, tras lo cual salió corriendo  a la calle para tomar un taxi que tras quince eternos minutos le llevaron al hospital donde ella se encontraba. El doctor anunció con una irritante cortesía que el daño sufrido en las vértebras era irreparable y que Teresa no podría caminar por el resto de sus días.
Fue así que aquel giro inesperado permitió que aquella relación moribunda renazca, al menos en el corazón de Marco. El primer mes fue el más complicado, porque a menudo Teresa lloraba de desesperación al verse incapaz de hacer cosas por si misma. Marco tuvo que aguantar en silencio los desplantes de la muchacha, intentado siempre entender su nueva situación. Casi sin darse cuenta, nació en él un inusitado sentimiento de ternura por Teresa, pues el verla desvalida hizo que sintiese como responsabilidad tener que ayudarla, confundiendo aquella sensación con amor genuino. Se veía a sí mismo como predestinado a estar al lado de Teresa, de acompañarla y asistirla en aquella situación que el destino había fraguado en secreto. Con el transcurrir de los días la nueva situación se torno en parte de su cotidianidad. El levantarla y sentarla en el retrete, ayudarla con su aseo en la ducha, cargarla para bajar las escaleras; todo aquello era hecho por Marco con la mayor devoción posible. Tras algunas semanas, Teresa más consciente de lo que había ocurrido con su cuerpo, se sintió conmovida por el fervor de su pareja y mostró un mejor ánimo. A pesar de la desgracia que se cernió sobre sus vidas, Marco consideró que aquellos fueron buenos tiempos pues el accidente los unió, creyendo incluso que la chispa del primer enamoramiento aún estaba presente en sus vidas.
Por lo general, la rutina suele aniquilar cualquier pasión por más fuerte que ésta sea, en el caso de Marco y Teresa no fue la excepción. Tras varios meses, aquella prueba de amor se había convertido en una tarea habitual, en un reflejo casi maquinal que se llevaba a cabo ya sin sentir ni pensar nada en absoluto. Cada mañana el muchacho llevaba en brazos a una Teresa taciturna que parecía extraviada en una ensoñación de la cual no estaba dispuesta a salir. Por las noches, ella solía acostarse con el rostro hacia la pared y fingía dormir cada vez que Marco le acariciaba el rostro. Desde el accidente no habían tenido ninguna intimidad, pues ella a menudo se negaba a ello  al sentirse un ser incompleto, mutilado. Marco tenía que conformarse con olisquear la sutil fragancia que emanaba del pelo de la muchacha.
A pesar de todo, aquel 31 de enero de 2016, al ver la fotografía de una Teresa tan distinta a la que ahora dormitaba en la habitación de lado, no pudo sino sentir una nostalgia que fue combinándose con ternura. Él consideró que el destino le había conducido hacía aquellas fotografías para renovar su pasión por la mujer que amaba. Tras guardar la fotografía en el bolsillo, caminó hasta el umbral de la puerta donde se apoyó para mirar a su amada que era rodeada por las penumbras. Marco suspiró y pensó en cuán misteriosos eran los derroteros por los que la vida se había bifurcado para conducirle a aquel instante. En ese momento, recostado en la puerta y mirando con atención a Teresa, nada podía saber  de que casi dos años más tarde, un 18 de abril del 2018, la abandonaría para huir con  Sara.

martes, 19 de enero de 2016

Alas de cera


Jacob Peteer Gowy- La caída de Ícaro (1636-1638)
Cada vez que estaba parado en el pretil de la terraza del edificio, con el vacío llamando a su cuerpo con voluptuosidad, recordaba aquella historia que había leído hace tantos años. Cuando era niño su primo Miguel, diez años mayor que él, se mudó por unos meses a su casa, ocupando una de las habitaciones del segundo piso. Miguel no era muy amistoso y siempre se le mofaba de todo,  sea por su tamaño, por algo que decía y casi por cualquier cosa. A pesar de ello Miguel le fascinaba tanto por ser mayor que él así como por toso los objetos que tenía en su habitación. Cuando el primo mayor salía con los amigos, a veces hasta muy entrada la noche, era su oportunidad para rebuscar entre aquellos codiciados tesoros. La mayoría de ellos estaban a la vista en su habitación, como aquellos discos y pósteres con personajes malévolos, pero a la vez atrayentes, que más tarde se enteraría que pertenecían a la banda inglesa Iron Maiden. Recordaba en especial el póster que estaba colgado sobre la cabecera de la cama que tenia un diablillo rojo en la parte inferior con un mostacho al estilo Salvador Dalí, mientras una figura cadavérica con el cabello largo y desordenado, una camiseta amarilla y unos andrajosos jeans azules dominaba el cuadro con la mano extendida cual si fuese titiritero del demonio. Aquella imagen al principio le asustaba, pero luego se le hizo tan común que llegó a apreciarla y jamás se olvidaría de ella en los siguientes años.  En la habitación habían también maquetas de aviones, muñequitos GIJOE y Transformers (dos de sus series preferidas); parches colgados en la pared que decían “Metallica”, “Motorhead”, “Guns n’ Roses”;  discos de vinyl ordenados en un estante junto a la ventana y decenas de pequeños tesoros desperdigados por el escritorio y el suelo que convertían aquel lugar en un paraíso.
Ahora bien, aquello que más encandiló su atención eran las revistas que Miguel tenia guardados en cajas bajo su cama. En ellas había de todo, números de Muy interesante, Selecciones del Reader Digest, Sputnik, la revista Duda (que le cautivó de inmediato); cómics como Joyas de la mitología, Kaliman, Superman, Batman, Marvila, Fantasía, Archi, Gasparín el fantasma amistoso; incluso halló revistas pornográficas que atraerían poco su atención debido a su edad –tenía seis años en aquel entonces, aunque no dejaba de resultarle extraño ver a aquellas mujeres con los pechos al aire haciendo cosas con hombres que jamás habría imaginado que podían hacerse. Pero de todo aquel material su favorita fue una vieja y gastada revista en blanco y negro que carecía de portada, cuyas historias que leyó con fruición durante varios días. Las historias trataban de detectives, gánsteres, damas en peligro y policías corruptos o totalmente despistados sobre algún crimen.

De todas aquellas aventuras gráficas hubo una que jamás pudo olvidar. Era una sobre Spirit, aunque en sí no trataba sobre él. “La historia de Gerhard Shnobble” presentaba a un rechoncho protagonista que estaba convencido que podía volar. Cierto día Gerhard decidió probar a todo el mundo sobre su habilidad por lo cual se subió a una cornisa para alzarse en vuelo. No lejos de allí, Spirit se enfrentaba a dos delincuentes, uno de ellos armado y dispuesto a deshacerse del héroe. Gerhard, ignorando que aquella batalla se libraba, se precipita al vacío con tan mala suerte que las balas que eran dirigidas a Spirit le alcanzan a él, matándole antes de tocar el suelo. La historia finalizaba con estas palabras: “Y así…sin vida… Gerhard Shnobble aleteó hacia el suelo. Pero no lloréis por Shnobble…Derramad una lágrima por toda la humanidad…Pues ni una sola de las personas que vieron como se llevaban su cuerpo…supo o llegó a imaginar que , aquel día, Gerhard Shnobble había volado.”

Muchos años más tarde escuchó una historia similar que ocurrió en la vida real, aunque con peores tintes de tragedia. Un hombre que decidió suicidarse saltando de una ventana recibió una bala pérdida le mató antes de tocar el suelo. Una muerte poética, había pensando cuando leyó la historia en una revista, porque aquél hombre había muerto dos veces el mismo día. Más tarde escuchó también historias similares sobre personas que morían por partida doble como aquellos conductores que se estrellaban o caían por un precipicio, aunque segundos antes tenían un ataque cardiaco. Pero estaban también aquellos que, a pesar de sus esfuerzos, la vida se les aferraba al cuerpo como una enredadera. Se trataba de suicidas fracasados que intentaban matarse sin éxito varias veces. Estaba el caso de aquel mexicano que se cortó dos veces las muñecas y el cuello, aunque en ambas ocasiones supieron hallarle a tiempo para llevarle al hospital; la historia del norteamericano que trató de colgarse con tan mal suerte que la viga cedió y terminó en un hospital con la pierna enyesada; o la del amante boliviano que se lanzó por despecho desde un puente, con tan mala suerte que terminó sobre el parabrisas de un coche cuyo conductor no dudó luego en demandarle por los daños.

Al estar parado allí en la cornisa, con el viento en las espaldas que parecía querer precipitar la caída, todas aquellas historias jugueteaban en su mente. Sin embargo, la historia de Gerhard, por ficticia que fuese, le parecía la mas verídica, pues él estaba convencido que todos los seres humanos podemos volar en ciertas circunstancias. Su teoría se basaba en un hecho que consideraba incontrovertible: el ser humano puede hacer proezas cuando se trata de sobrevivir.  Comenzó a pensar en aquello desde que escuchó que gente obtenía fuerzas sobrehumanas en momentos de desesperación y cuando su vida o la de alguien corría peligro, como el caso de una madre que levantó un coche para salvar a su bebé . Aquello tenía sentido para él, pues el ser humano no es consciente de todas sus habilidades mentales y físicas, las cuales se manifiestan en momento de gran tensión.

De esta forma, estaba seguro que si saltaba su instinto de supervivencia le haría volar, mostrando al mundo que esto era posible. Había comentado su teoría a algunos amigos que le criticaban y le comparaban con los suicidas, a lo cual el respondía que se diferenciaba de  aquellos  por su genuino amor por la vida. Secretamente, él se consideraba un Gerhard Shnobble de la vida real, pero uno que contaría con suerte de no encontrarse a héroes y mafiosos cerca, logrando así alzar vuelo por sobre la cabeza de todos los mortales. A partir de aquello, soñaba con guiar a la humanidad hacía una nueva era donde toda limitación física sería abolida. El cuerpo, pensaba, estaba destinado a ser dominado por la mente. Él, estaba seguro, lograría que aquel salto mostraría que la distinción absurda entre mente y cuerpo era solo una excusa de los débiles.

Mientras cerraba los ojos, arqueó las piernas ligeramente como para darse impulso, aspirando profundamente varias veces.  Extendió los brazos  a los costados y los mantuvo así porque pensaba que estos le ayudarían a estabilizar el vuelo. Luego, al igual que en tantas ocasiones, bajó del pretil avergonzado y se dirigió a su departamento.

martes, 29 de diciembre de 2015

Remembranzas de otoño


Camille Pisarro - El camino de Louveciennes (1872)
Abrió los ojos, pero no pudo ver nada en la oscuridad de la habitación. Buscó instintivamente la cajetilla de cigarrillos, pero al cabo de unos segundos recordó que había dejado de fumar hace unos meses y que estaba acostado en la cama de un hotel. Se restregó los ojos, la habitación seguía en penumbras, aunque las cortinas dejaban entrar unos pequeños haces de luz que delataban que el día había llegado. Tomó su reloj de pulsera, apretó el botón lateral que lo iluminaba y se percató de que era casi mediodía. Con pereza, se incorporó por unos segundos en la cama mientras rascaba su muslo derecho, a pesar de que no sentía comezón alguna. La mente se le fue aclarando y pensó que había dormido por mucho tiempo, lo cual consideró que se debía a la diferencia horaria y las interminables esperas que tuvo en los aeropuertos.

Corrió las cortinas y contempló la ciudad que parecía despertarse con él, pues apenas veía gente en sus calles. La quietud de los domingos al menos no había cambiado desde que decidió irse del país treinta y cinco años atrás. Intentó recordar si se había marchado un domingo y, aunque no estaba seguro, terminó por convencerse que así había sido solo por querer dar simetría a su llegada. Muy a pesar suyo, decidió que sus planes de ir a visitar el sur de la ciudad tendrían que cancelarse porque había despertado muy tarde, así que se dispuso a ducharse para luego ir a buscar algo de comer. Antes de entrar a la ducha comenzó a toser, por lo cual tuvo que esperar unos segundos para que se le pasara aquella terrible tos que parecía no cejar. El agua tibia de la ducha en  el rostro hizo que despertase por completo, además de atraer los primeros pensamientos acerca de su reencuentro con el barrio y sus padres después de todos esos años. Mientras se pasaba el champú por la cabeza se dio cuenta que mechones de pelo se le quedaban entre los dedos.

En la cafetería del hotel solo tomó una taza de café y un trozo de pan. El café le supo mal, no estaba cargado como él acostumbraba tomarlo por las mañanas. Por un momento deseó tener un cigarrillo y se dijo a si mismo que eso definitivamente mejoraría aquel insípido café. Mientras probaba unas cucharadas del yogurt de vainilla que le sirvieron, observó la calle tratando de encontrar vanamente algo que se le hiciera familiar, algo que permitiese aflorar los recuerdos cautivos. La camarera fue la que le sacó de su ensimismamiento al preguntarle si deseaba algo más, a lo cual él respondió que no y agradeció distraídamente mientras se limpiaba la boca con la servilleta. Dejó un billete para la propina y salió a la calle. El día estaba soleado.

Mientras caminaba, trató en vano de reconocer los rostros con los que se cruzó. Algunos se le hicieron familiares, pero no eran más que ideas suyas, pues aquellas personas solo le miraban con indiferencia y aún con desdén. Mientras más se alejaba del centro la ciudad, las calles se le hacían cada vez más familiares, aunque todo le parecía tan distinto que en cierto momento se preguntó si no se había perdido. Miró los nombres de las calles para orientarse de nuevo y continuó su camino hasta que al cabo de unos minutos llegó a la plaza en la cual jugaba de niño. El lugar estaba vacío lo cual llamó su atención, porque recordaba que los chiquillos del barrio solían reunirse todas las tardes a improvisar partidos de fútbol o cualquier otro juego. Tan solo vio en uno de los destartalados bancos a una anciana que alimentaba a las palomas con unas cuantas migajas. En silencio y sintiendo que la nostalgia le crecía en el pecho, atravesó la plaza y se internó en el barrio.

No había dado más que unos cuantos pasos cuando los recuerdos explotaron en una serie de imágenes que se superponían. Era como si el tiempo corriese en paralelo, pues casi podía verse a él mismo caminando por la misma calle rumbo a su casa. Después de un par de cuadras divisó la esquina donde estaba la higuera a la cual los niños solían treparse para sacar sus frutos. Con el tronco grisáceo y las hojas bermejas, el árbol daba la impresión de senectud, como si se fuese un afable anciano que daba la bienvenida a quien llegase  al barrio. Se paró junto al tronco y observó los rayos de luz que jugueteaban entre las hojas. Cerró los ojos por un momento, intentando escuchar el sonido de las ramas mecidas por el viento que a la vez parecían atesorar los gritos y las risas de su niñez. Se preguntó si aún podría treparse al árbol como lo hacía antaño, pero pensó que se vería ridículo un hombre de su edad haciéndolo. Al cabo de unos minutos continuó su camino, ya solo le quedaban unas cuantas calles para llegar a casa de sus padres y su ansiedad crecía.

Muchas cosas habían cambiado en el barrio. Algunas casas ya no estaban y en su lugar se alzaban edificios de tres o más plantas que daban la impresión de que los viejos domicilios no eran sino un anacronismo, un desgarro donde el tiempo se había detenido y que se negaba a desaparecer. Tampoco estaban algunos lugares que le eran familiares como el almacén de Heiko, viejo comerciante alemán llegado al barrio a principios de siglo, huyendo al reclutamiento del ejercito del imperio alemán. Sin embargo, en el barrio se rumoraba que en realidad habría llegado tras los pasos de una lugareña a la cual conoció en Alemania, enamorándose perdidamente y dejándolo todo por irse tras ella, aunque la mujer finalmente terminaría casándose con un rico comerciante dejando al alemán con los crespos hechos. Los niños del barrio tenían su propia teoría: se trataba de un viejo contrabandista de oro que tenía escondidas sus riquezas en una bóveda secreta bajo su almacén. A pesar de su mal carácter, el alemán tenía momentos de buen ánimo y solía regalar caramelos a los niños, quienes llegaron a apreciarle.

 Embebido en sus pensamientos, continuó caminando hasta el final de la calle. En la esquina le dio un nuevo ataque de tos que le obligó a parar y a apoyarse en una pared. Hacía un poco de frio y había olvidado tomar su abrigo del hotel, pero ya era muy tarde para pensar en volver por este. Cuando la tos pasó, se dio cuenta que estaba parado en el lugar donde solía reunirse con sus amigos casi todas las tardes. Aquel muro, cuyo color original no podía recordar, había sido testigo de gran parte de su vida, desde que le alcanzaba la memoria hasta que cumplió 17 años cuando decidió marcharse. Observó con detenimiento la pared, queriendo descubrir si tras las capas de pintura aún podría verse su nombre garabateado. Buscó hasta que le pareció divisar unas formas que se asemejaban a su nombre, pero no estuvo del todo seguro.

Un par de cuadras más adelante se detuvo nuevamente. Contempló la casa de dos pisos que en su tiempo fue la más alta del barrio; por un fugaz instante creyó verla parada en la ventana. El primer amor de su vida, Isabel, vivió en aquel lugar del cual no podía apartar la vista, provocando que un sentimiento olvidado emergiera con una extraña e inusitada fuerza hasta fundirse con la nostalgia de un ayer imposible de recuperar. Recordó su piel morena, su largo pelo negro que casi le llegaba a la cintura y aquellos ojos profundos como charcas que reflejaban noches estrelladas y en los cuales gustaba refugiarse de toda preocupación. Isabel, dos años mayor que él, le había iniciado también en las lides del amor en su adolescencia y se dio cuenta que no importaba cuanto tiempo pasara, pues jamás podría olvidar la tersura de aquellos pechos morenos que alguna vez besó con desenfreno. ¿Qué habría sido de ella? Se preguntó, sin lograr darse una respuesta definitiva, pues nunca había ha vuelto a saber de ella. Recordó el día en que le anunció su partida porque el padre había conseguido un nuevo trabajo en otra parte del país. A partir de ah, hasta el día del adiós, se sucedieron los besos que se confundían con las lágrimas del adiós, las promesas de volver a encontrarse que jamás se cumplieron y un sentimiento de vacío que fue creciendo en su pecho hasta hacerse insoportable. En aquel entonces estaba convencido que parte de él había muerto en aquel adiós y que nunca podría ser el mismo. Eso, de alguna manera, le impulsó poco tiempo después a marcharse de la ciudad, aunque para aquel entonces el recuerdo de Isabel se había hecho más difuso, aún cuando él se lo negase a sí mismo.

Todos estos pensamientos se agolpaban en su cabeza cuando de súbito se abrió la puerta de la casa y salieron unas niñas, acompañadas de una mujer que seguramente era la madre. Él se quedó absorto contemplando a la mujer, buscando encontrar en ella algo que le dijese que era Isabel. ¿Sería ella? Pensó en acercarse a saludar, pero una fuerza interior le detuvo acaso por conservar intacto el recuerdo de la joven que había amado con tanto desespero. Aquella mujer, cuyo aspecto regordete delataba el paso de los años, no parecía tener nada en común con la muchacha, salvo quizás la piel morena que en ella adquiría un tono cetrino. Él siguió contemplándola en silencio, incapaz de decir algo o de moverse, expectante por si llegaba un indicio de la identidad de aquella mujer. Ésta, sintiéndose observada, levantó ligeramente la cabeza para mirar al extraño y en su rostro se dibujó una ligera sonrisa que no podía ocultar su incomodidad, por lo cual apresuró a las niñas y se marchó de allí volteando la cabeza de rato en rato para asegurarse que aquel extraño no les siguiese. Él, sin dejar de preguntarse si aquella mujer fue alguna vez su Isabel, decidió continuar su camino para dejar atrás su curiosidad. Fue entonces que la tos regresó con inusitada fuerza la cual al apaciguarse le dejó tan cansado que tuvo que sentarse por unos minutos.

Al llegar no tocó inmediatamente porque se dio cuenta que vería a sus padres después de una larga ausencia, lo cual hizo surgir en él una ansiedad incontrolable. A pesar de que había estado en contacto con ellos por medio de cartas y ocasionales llamadas telefónicas, no estaba seguro si le reconocerían o él a ellos. En todos esos años, se habían enviado fotografías, pero pensó que la gente no se ve igual en ellas. Recordó además las circunstancias en que él había abandonado el hogar: una gran discusión con su padre que decidieron a marcharse para siempre de allí. Se preguntó si su presencia no reviviría aquella pelea o al menos el dolor de su partida que hizo sin el menor aviso. Si bien era cierto que a los pocos meses, después de que logró establecerse, retomó contacto con ellos y les tranquilizó sobre su destino; sin embargo, no podía quitarse de la cabeza que ahora solo llegaba trayendo dolor  y no alegría. Además, no había anunciado su llegada porque pensó que así la noticia sería más fácil para ellos. Su mano titubeó frente al timbre, hasta que por fin decidió tocarlo.

Pasaron unos segundos que se le hicieron una eternidad, mas pronto escuchó que el cerrojo y la puerta se abrió lentamente. En el umbral apareció un anciano cuyos anteojos no podían esconder unos ojos vivaces que lo observaban con curiosidad y con una sonrisa le preguntó a quién buscaba. Era su padre, ya un anciano con poco pelo en la cabeza y más pequeño de lo que recordaba. Aquel hombre, que siempre le había parecido un grande y poderoso, incapaz de sentir miedo y con dificultad para expresar sus sentimientos; era ahora un anciano apoyado en un bastón que le miraba con ojos de extrañeza, incapaz de reconocerle del todo. Él no se animaba a decir nada al viejo, tan solo lo contempló en silencio. El anciano no volvió a preguntar nada, solo atinó a mirar al hombre que estaba en su puerta, quien le resultaba extrañamente familiar, aunque no podía adivinar quien era. Ambos hombres estaban mirándose uno al otro cuando una voz se oyó desde el fondo.

Una anciana de andar pausado y fatigado se acercó hasta la puerta, era su madre. Aguzó la vista y no tardó más que un segundo para reconocer a su hijo y se precipitó a sus brazos. Mientras tanto, el padre los miraba con estupor sin comprender del todo que su hijo pródigo estaba parado en su puerta después de tantos años, mas luego comprendió la situación y se acercó hacia él. Ambos ancianos le abrazaron con fuerza, las lágrimas de los tres comenzaron a brotar sin control y el tiempo pareció fusionarse hasta detenerse en un lugar incierto que precedía a aquellos treinta y cinco años de exilio. Sin embargo, el momento fue roto por otro ataque de tos que le obligó a dejar de abrazar a los padres para taparse la boca. El padre entró presuroso a buscar un vaso de agua, la madre se quitó el chal y se lo puso sobre los hombros, mientras le conducía dentro de la casa para huir del frio de la calle. La tos persistió por unos segundos hasta que por fin desapareció, aunque para ese entonces la madre había preparado uno de sus remedios caseros con miel y jugo de limón; mientras que el padre rebuscaba con enfadado un jarabe para la tos que tenía guardado hace varios años y que la madre se había encargado de botar cuando caducó.

Más tarde, la madre le sirvió un plato de comida que preparó en cuestión de minutos y le reprochó su delgadez, la cual consideraba que era debido a su mala alimentación. El padre sacó una caja de habanos para convidarle uno, aunque antes tuvo que discutir con la anciana que odiaba verle fumar dentro de la casa. Él, a pesar de que deseaba compartir el cigarro con su padre, rechazó la oferta del anciano, quien de todas formas encendió un cigarro con fruición. Las preguntas venían de uno y otro lado, él no sabía a cual contestar primero y trataba de dar respuestas concisas. Cuando su madre preguntó por la esposa y los niños, su semblante se puso sombrío y tardó en contestar. El padre se dio cuenta de lo que sucedía y calló. Él dijo entonces que ya eran casi año y medio de su separación de Lisa y que cada fin de semana veía a los niños. La madre no pudo evitar sollozar al oír la noticia, lo cual enfureció al anciano que dijo que esa situación era lo más normal del mundo.

Unos minutos más tarde pidió permiso para ir al baño, donde nuevamente tuvo un ataque de tos. Cuando se hubo calmado, la madre le tocó suavemente para preguntarle si no necesitaba alguna ayuda a lo cual contestó que no. Se acercó al lavamanos, abrió la llave y corrió un chorro de agua fría que recogió con ambas manos para luego llevárselas a la cara. El helado liquido fue un alivio en aquel particular día de recuerdos agolpados y sentimientos que afloraban desde algún lugar donde habían estado confinados sin siquiera saberlo. Cuando terminó de lavarse se enderezó ligeramente hasta ver su rostro reflejado en el espejo. Después de tanto tiempo, era como si se viese por primera vez y por fin estuvo consciente de que bordeaba los cincuenta años y que era ya un hombre viejo, no tanto por la edad sino por cómo se sentía en su interior. Vio las cuencas de sus ojos que delataban el cansancio de u n cuerpo que había decidido darse por vencido. Por unos segundos que le parecieron una eternidad, vio el reflejo del muchacho que abandonó su hogar hace tantos años con conflictos interiores, pero con un entusiasmo incapaz de encontrar obstáculo que se le resistiera. Cuando la imagen del joven desapareció quedó solo un hombre viejo, aferrado a la vida más por hábito que por un genuino deseo de vivir. La imagen de un hombre demacrado que perdió casi todo el cabello por varias quimioterapias que no pudieron curarle. La imagen de un hombre que después de treinta y cinco años volvía a casa para anunciar su muerte.

sábado, 30 de mayo de 2015

Breve enciclopedia de animales: Halcón de dos cabezas


Uno de los animales más enigmáticos de las Américas es, sin lugar a duda alguna, el halcón de
dos cabezas. Este ave, casi en vías de extinción, habita en la parte central del Valle del Cauca, Colombia; aunque también se ha visto una subespecie en la Amazonía ecuatoriana.
Este espécimen no volador, alcanza el tamaño promedio de un pavo adulto, aunque, a diferencia de éste, presenta mayor agilidad y velocidad en tierra. Sus patas de color negro corresponden a la condición denominada pata anisodáctila,  es decir, con tres dedos orientados hacía adelante y uno hacia atrás, conocido como hálux.
El color del plumaje varía de acuerdo a la época del año, siendo común que las remeras primarias sean más oscuras que las terciarias, mientras las coberteras sean más claras y brillosas. Los colores que el plumaje de este ave adquiere es negro en época de lluvia y gris en época seca.
El cuerpo termina en una larga cola cuyo extremo está coronado por una garra que sirve también en la caza, aunque no es utilizada a menudo.
La primera cabeza suele ser más grande y por lo general tiene la coronilla ataviada de plumas de colores que la hacen atractiva a la vista. El pico es delgado y color rosado y es utilizado para llegar a lugares inaccesibles donde se hallen lombrices y pequeños insectos, destinados a la alimentación. Los ojos, de un negro azabache, son grandes y similares a los de un ser humano hembra, por lo cual a menudo los lugareños suelen contar mitos de la transformación de este ave en una mujer. La cabeza tiene además la virtud de emitir atractivos cantos que sirven para atraer a sus presas.
La segunda cabeza, en cambio, es más pequeña y por lo general está replegada dentro de una de las alas, esperando para atacar con saña a la presa, una vez que la otra cabeza la ha atraído con sus cantos. Esta cabeza no tiene ornamento alguno en la coronilla y el pico color negro asemeja a un gancho. Los ojos, de un profundo azul, por lo general adolecen de ceguera y asemejan a los de una lechuza. Los horribles chillidos que esta cabeza emite, entran en contraste con los de la otra cabeza, aunque en ocasiones adquieren un tono que se asemeja al llanto de un ser humano, confundiendo así cualquier incauto que pase por allí.
Esta ave es muy agresiva y ataca tanto a animales como a seres humanos. Por lo general, la primera cabeza hipnotiza con sus cantos a la víctima, quien al estar cerca del animal es atacado por la segunda cabeza.
La reproducción de este ave es una de las más curiosas del reino animal, pues lo hace asexualmente a través de sus huevos. El huevo es fertilizado dentro del organismo del propio animal, pues este presenta ambos sexos.
La sobrevivencia del animal es muy incierta, pues a menudo devora a sus propios polluelos al nacer, sobreviviendo solo aquellos que, tras romper el cascarón, logren correr y alejarse lo más posible de su progenitor.
Pero sumado al alto índice de mortalidad en el nacimiento, está la característica agresividad del animal.  Después observar durante varios meses el comportamiento de esta ave, caí en cuenta que ambas cabezas entablaban encarnizadas batallas aún después de haber devorado a su presa. He comprobado, no sin cierto estupor, que la segunda cabeza suele matar a la otra, para luego ponerse a llorar amargamente. Finalmente, tras unos minutos de llanto, la cabeza sobreviviente suele herirse a sí misma hasta morir.