miércoles, 16 de noviembre de 2016

Reseña de un poeta olvidado


Gustave Courbet - Retrato de Baudelaire (1848-1849)
Extracto del Prólogo de José Muriato, crítico literario, con motivo de la publicación de “Misivas del futuro pasado: la correspondencia de A…P…” publicado por esta editorial.

Poco o nada se sabe de A… P…, escritor ecuatoriano que falleció antes de cumplir los veinticinco años y cuya obra, hasta ahora, se limita al irregular cuento “En la ciénaga” y el relato “Mente extraviada”, publicados en su integridad el pasado año en una cuidada edición de la cual tuve el honor de participar y prologar. Su obra está comenzando a ser estudiada y apreciada por críticos literarios y lectores de todas partes del mundo, sobre todo a partir de sus traducciones al inglés y al francés que aparecieron antologías latinoamericanas. En estos días que escribo este prólogo me llegó la noticia que se prepara también una traducción al alemán que será prologada por Helmut Fedler, ese excelente crítico literario que nos sorprendió hace algunos años con su extenso estudio del “Quijote de Avellaneda” donde argumenta que tras el seudónimo del supuesto autor, Alonso Fernández de Avellaneda, no estaba sino el propio Cervantes que hizo un experimento literario plagiando su propia obra.

Con motivo de la mencionada edición del la primera edición de la obra de A…P…, yo escribí en el prólogo aquel entonces: “Sin lugar a dudas, <<Mente extraviada >> es el culmen de la protoliteratura moderna ecuatoriana y al mismo tiempo la piedra angular de la siguiente etapa. A…P… es la voz de una generación maldita que creció en la dictadura del expirante velasquismo, la paranoia represiva del dictador Rodríguez Lara y la ambigüedad autoritaria del Consejo Supremo de Gobierno. A…P…. , sin embargo, no formó parte de ningún grupo de resistencia a la dictadura e incluso es muy posible que haya sido anticomunista. Esto ha hecho que improvisados biógrafos como Wenceslao de Cortés le hayan denominado <<(…) apolítico, sin embargo, furibundo conservador y reaccionario hasta el tuétano. Distinguido ejemplo del más fiero anticomunista y del más retrogrado espécimen del mestizo ecuatoriano>>. El doctor De Cortés se regodea en su crítica chabacana, facilista y difamatoria, sin haber tenido acceso siquiera a fuentes primarias que de tan maduras se caían del árbol: sus familiares y M..E…, su interés romántico más conocido. Puede que A…P… no hubiese participado de las revueltas estudiantiles de Guayaquil (para disgusto de De Cortés), pero eso no significa en absoluto que haya sido apolítico. Su resistencia se expresó a través de la estética de la literatura, asumiendo una postura cáustica y mordaz cuyos ejemplos podemos encontrar en los pocos artículos de opinión que publicó en algunos periódicos del país. Sin lugar a dudas, el escritor encontró en la literatura su principal arma de crítica y reflexión de su realidad política y social”.
Ha llovido mucho bajo el puente desde la publicación de su obra y de mi prólogo, en lo cual se ha encontrado nueva evidencia que nos arroja mayor claridad a la vida de este insigne autor. Es lo que justamente el lector tiene entre las manos: el intercambio epistolar entre A…P… y M…E… La correspondencia – que no está completa – abarca desde mediados de julio de 1979 hasta finales de 1982, desde la mudanza de M…E… a Boston, Massachusetts, para continuar sus estudios de pintura; y la muerte de M…E…en diciembre de 1982. La historia de estas cartas es bastante particular.  Tras la muerte de A…P… su madre envió una carta a M…E… que incluía toda la correspondencia que ella había enviado a A…P… cuando aún estaba con vida. Aquellas misivas habían sido guardadas con celo por la mujer, pues intuyó que eran el testamento literario de su hijo. Sin embargo, aquejada por la enfermedad y las deudas, prefirió entregarlas a M…E… antes que su vida terminara.

Quiero destacar aquí el tino de la madre de A…P… a pesar de haber ido incluso contra los últimos deseos de su hijo. En su testamento el malogrado escritor ordenó que se entreguen todos sus documentos personales a su madre y que luego ella debía quemarlos. Sin embargo, la astuta anciana desobedeció esta orden y evitó así que ocurra uno de los mayores crímenes de la literatura moderna. Más tarde, luego de seleccionar aquellos papeles donde se encontraron cuentos, algunos capítulos en borrador de una novela, poesía y aforismos sueltos (material previsto para su publicación en una edición de lujo el siguiente año), quedaron las cartas recibidas a de M…E… y las copias que el autor guardó de las suyas. La anciana decidió entonces que lo mejor era que aquellas misivas regresaran al poder de su propietaria.
M…E… recibió sus cartas y las guardó junto a las del literato, compaginándolas por fecha. La pintora, nacida en Medellín  y radicada en Boston, conservó las correspondencia por años, como un tesoro personal. Tras su internación y muerte en una clínica mental en el ocaso de su vida, sus descendientes retuvieron las cartas que fueron subastadas a la muerte de la artista. Las misivas pasaron así por las manos de al menos dos coleccionistas, antes de llegar a los catálogos de la famosa casa de subastas Sotheby’s en el 2001 para venderse por la irrisoria suma de mil libras esterlinas. El comprador fue un coleccionista riobambeño del cual no publicaré su identidad, a expreso pedido suyo, pero del que solo huelga decir que tuvo en su poder las cartas por varios años hasta que decidió sacar a la luz este tesoro literario.

A raíz de la publicación de “Mente extraviada”, el citado coleccionista se contactó conmigo para avisarme sobre su posesión, pues hasta antes de la publicación no tenía consciencia de la magnitud histórica y literaria de sus cartas. Poco después de revisar los documentos (doce en total) contacté telefónicamente a una descendiente de M…E… quien reside en Lausanne, Suiza. Ella me confesó que el lote inicial constaba de más de 200 cartas, pero que en uno de los ataques de demencia de M..E…, poco antes de su internación, quemó varias de las cartas y solo quedaron alrededor de ochenta. Presumo que la subsecuente reducción de las cartas, hasta llegar a su número actual, se debió a su paso por las manos de los coleccionistas y por las inclemencias del tiempo. Es posible que otras cartas continúen guardadas en alguna bóveda a al espera de que su valor se incremente. Es por ello que aún tengo la esperanza de que nuevas cartas aparezcan en los siguientes años, como consecuencia de la publicación de este lote que presentamos ahora al lector.

Voy a dar pocos detalles sobre el contenido de las cartas, pues estas en conjunto forman una historia que puede ser leída fácilmente, pese a la ausencia de varias misivas. La primera tiene que ver con la mención al “Círculo literario”. No he encontrado referencia alguna a tal círculo en libros ni periódicos de la época. Tampoco las entrevistas que hice a intelectuales y literatos me han ayudado mucho, pues han negado haber escuchado sobre tal círculo en su vida. La mención a este círculo, indudablemente, le da un toque de misterio a las cartas de A…P... y mi teoría aquí es que sí existió tal circulo y que posiblemente aún existe, pero actuando como una sociedad secreta al puro estilo masónico. Esta certeza no se debe al capricho de quien escribe, ni a la voluntad de dotar de un halo de misterio innecesario a la vida de A…P…, sino más bien que se responde a un hecho indiscutible, la mención que A…P… hace del personaje J… Durante los meses de investigación documental que precedieron a esta publicación, hallé la identidad de J… quien en realidad se trataba de C… S…, reconocido socialité quiteño de quien se rumoreaba su homosexualidad, ahecho escandaloso para su entorno social de la época. Para disipar tales rumores contrajo nupcias con una joven de una influyente familia de Ibarra, aunque en la época se rumoreaba que fue un matrimonio arreglado para evitar que su padre, acaudalado empresario guayaquileño, lo desherede.

En aquella época se especuló entre un tórrido romance entre C…S… y A…P… lo cual explicaría la mención a un” nuevo, excitante e inesperado amor” en uno de sus poemas aún inéditos; pero que además echaría algo de luz sobre su temprano deceso. En efecto, aquella “angustiosa, terrible y desconocida enfermedad” a la que hace referencia la madre de A…P.. en su carta a M…E… habría sido en realidad Sida, de la que también murió C…S… muchos años después. Es muy posible que ambos jóvenes hayan sido los primeros casos de contagio en la ciudad, pues los galenos no pudieron determinar cuales fueron las causas de su deceso. Recordemos que el virus del VIH recién fue “descubierto” en 1981, por lo cual era de esperar que los médicos ecuatorianos tarden aún unos cuantos años más para identificar esta mortal enfermedad.

La relación entre A…P… y C…S… me fue confirmada por la hermana del segundo, a quien entrevisté largamente el pasado año. Ella me señaló que sus padres conocían la relación y se opusieron desde el primer momento. Se buscó impedir el romance enviando a C…S… a San Francisco, California, para continuar sus estudios, aunque la situación empeoró: el rebelde muchacho llevó una vida disoluta que provocó que los padres lo enviasen a Londres donde, según lo contado por la hermana en la entrevista, C…S… tuvo un tórrido romance con un joven desconocido del West Hampstead. La hermana me confesó que posiblemente en estos meses de desenfreno fue donde C…S… se contagió de VIH que aparentemente luego afectaría a a A…P… durante su reencuentro en Quito.

Otro hecho a resaltar es la escasa referencia a hechos políticos del país y la predilección por narrar hechos cotidianos. Como verá el lector, hay muy pocas referencias al panorama político, mientras que se abunda en los hechos del diario vivir del literato. Esto, según me contó la descendiente de M…E… fue una decisión que tomaron ambos antes de que la pintora emigrara a los Estados Unidos. Esta promesa se mantuvo en pie hasta el deceso del escritor. Este hecho tiene relación con una mi última observación. Las cartas de A…P… eran utilizadas como vehículo para las noticias entre los ex amantes y no como medio literario. A diferencia de muchos autores, A…P… jamás creyó en la correspondencia como medio para el análisis literario o filosófico y esto lo reconoció explícitamente en la carta fechada en 10 de agosto de 1979 cuando dice que sus misivas se parecen “mas a las de una Jane Austen que a los de un Henry Miller”. De esta manera, A…P… no tuvo ninguna intención de que sus cartas tuviesen un lenguaje literario y solo hizo algunas menciones sueltas sobre el estilo epistolar de algunos autores. Esto se hace aún más patente cuando en la primera carta del 5 de julio de 1979, A…P… señala que incluye un poema para M…E…, aunque de inmediato reconoce que no le gusta escribir poesía y duda de sus propios dotes literarios.

En otra de las carta hallamos otro hecho importante: A…P… menciona que está escribiendo una novela que tentativamente titulará “El fin de nuestros días, el inicio de nuestras vidas”. En los papeles guardados por su madre no se halla ni una sola hoja de este trabajo, tan solo unos cuantos capítulos de otro proyecto de novela que titulo “Antibiografía”. Pregunté a la descendiente de  M…E… si sabía algo sobre  dicho trabajo y ella contestó que no recordaba haber visto ningún escrito que pudiese arrojar luces sobre ello. Desconocemos lo que sucedió con esta novela, aunque asumimos que fue destruida por el propio autor antes de su temprana muerte. En las cartas a M…E… se nos da noticia de que esta obra estaba casi concluida, pero el autor no estaba enteramente convencido sobre su valor literario. De hecho en su última carta lamenta “no poder terminar esta obra sobre la que literalmente volqué mi vida, aunque ahora más que nunca me doy cuenta del desperdicio de tiempo que ha sido sentarme a escribir semejante esperpento”. Sobre esta obra solo nos quedan las palabras de M…E.. en una entrevista que concedió a un diario local de Quito. Al parecer M…E… fue la única persona que leyó parte de esa obra perdida, aunque no podemos adivinar si poseyó una copia o si la leyó en una de sus visitas a la ciudad. Sobre la misma ella opinaba que era “un cálido suspiro directo al alma”.

Esta primera carta también hace referencia a la mención de honor que recibió por “Mente extraviada” que, cómo mencioné en el prologo a la primera edición de las obras completas de A…P…, se constituye en uno de los más criminales fallos que un jurado ha hecho en la historia de la literatura. El no haberla premiado en ese momento impidió su publicación. La mención de honor, solo consistió en un vergonzoso certificado de participación que ni siquiera fue entregado al escritor y que aún se empolva en los archivos del municipio ¡Cuán injusta puede ser la historia! Afortunadamente, la obra de A…P…sería descubierta muchos años después y con el transcurrir de los años  por fin se le está dando su lugar en la historia de las letras ecuatorianas y mundiales.

Esperamos que estas cartas permitan al lector acercarse a la faceta humana de A…P…, tan diferente de su personalidad literario. Estamos seguros que estas misivas les animarán a releer el material literario del autor, teniendo ahora una idea más amplia de la obra y los tiempos en los que vivió y escribió A…P… Esperamos también que más de uno se anime en el futuro a estudiar con mayor profundidad la obra de este genio incomprendido y marginado por su tiempo, soslayado por la historia de las letras y rechazado por su entorno literario. Vemos, sin embargo, como ni siquiera la historia con toda su  obstinación puede esconder un hecho: el genio brilla como un faro que guía nuestros azarosos pasos.

sábado, 13 de agosto de 2016

Memorias de una exorcista


Goya- El sueño de la razón produce mosntruos (1799)
Aquel aroma a café, después de casi veinticinco años, perdura hasta hoy en mi memoria, como sí aún tuviera ese oscuro líquido entre mis manos, esperando a que lo beba. Es curioso, pero cada vez que rememoro aquel día lo primero que viene a mi mente es ese café y no otra cosa, a pesar de que habían tantas otras que pueden ser evocadas por mi recuerdo. La tormenta de la noche previa, la terrible pesadilla que tuve (que no contaré aquí para no desviar su atención), las pésimas noticias que recibí de casa o el hecho de que aquél día comenzaba una cruenta dictadura en el país que se prolongaría por casi siete años; todo aquello queda disminuido en mi memoria salvo  ese café.  No deja de ser curioso que aquello sea lo que mi mente asocia con mi primera experiencia en este oficio del exorcismo.

Eran apenas las seis de la mañana, aún continuaba amodorrada porque prácticamente no había dormido por culpa de, como mencioné, una pesadilla la noche anterior. Aún así, no podía sino sentir deleite que se mezclaba con la ansiedad y el miedo. Mientras sorbía el líquido de mi taza para tratar de despertarme por completo, enumeraba algunas de las instrucciones que me había dado mi mentor, el padre Auyero. Trataba especialmente de no olvidar las oraciones, las cuales tendría que repetir durante la ceremonia para ayudarle a cumplir con su tarea. Estaba sumida en estos pensamientos cuando él se sentó frente a mí con una taza humeante que comenzó a sorber con mucho ruido.

El padre Auyero, Dios lo tenga en su gloria, era un hombre con un aspecto particular que había llevado a que otros clérigos e incluso la Madre Superiora de mi congregación le llamaran “Gorrino”. Era rollizo, con mofletes colorados, una pequeña nariz respingada y las orejas pequeñas que parecían terminar en punta. Los ojos eran grandes y oscuros, los mismos que se acentuaban cuando se ponía sus gafas para combatir la miopía que parecían más dos fondos de botella dispuestos sobre sus ojos. El cabello hirsuto apenas le cubría la nuca y parte de las sienes, mientras que su calva brillaba como si le sacase lustre adrede. No era muy aseado y era difícil estar mucho tiempo a su lado por el fétido olor que desprendía de su cuerpo y sus ropas transpiradas de varios días. Además, sus modales en la mesa eran reprochables, porque no solo a menudo hablaba mientras comía, sino que se atracaba con los alimentos como si no tuviese necesidad de masticar. De ahí se explicaba el apodo del cual muchas personas incluso llegaron a pensar que era su nombre de pila y no Agustín Auyero, sacerdote dominico.

A pesar de que se constituía en burla de muchos clérigos, nadie se atrevía discutir su natural habilidad con el difícil oficio del exorcista. Se había dedicado desde muy joven a devorar las Sagradas Escrituras y otros textos sagrados para aprender sobre el tema, aunque se decía extraoficialmente que de donde en realidad había obtenido sus conocimientos era de libros de artes ocultas, condenadas por nuestra Santa madre Iglesia Católica. Él, sin embargo, a menudo se jactaba de que muchos de sus conocimientos provenían de un libro que le regaló un sacerdote copto antes de su muerte, el mismo que había dedicado casi toda su vida a investigar sobre el tema en varias fuentes del cristianismo primitivo. Sin embargo, el sacerdote le confesó a su muerte, solía decir Auyero, que había hallado unos manuscitros de finales del siglo X que habían sido su principal inspiración en su propio trabajo. Tales supuestos escritos pertenecían a un clérigo cátaro llamado Phineas Languedoc quién perfeccionó el difícil arte del exorcismo a través de sus continuos viajes y relación con otras culturas..

Nunca pude ver el libro del sacerdote copto del cual hablaba Auyero y de hecho creo que tal texto estaba más en la mente a veces fantasiosa y con tendencia a la exageración de mi preceptor. Creo más bien que mi tutor obtuvo sus habilidades por los años de práctica y de una inclinación natural hacía el mundo del ocultismo, la misma que se manifestaba en una notoria sensibilidad y presentimiento que a veces dejaba fríos a quienes lo rodeábamos. A muchos les había ocurrido que se apareciera de la nada justo en el momento en que comenzaban a burlarse de él y otros decían que él había sido visto en lugares distintos y lejanos a la misma hora. Por ello, Auyero además de burlas levantaba también temores, porque se decía que a pesar de que había hecho tantos exorcismos en su carrera algunos demonios se le habían quedado en el cuerpo. No lo sé, yo más bien creo, después de tantos años, que aquello que se atribuía a mi maestro no era sino producto de la falta de convicción religiosa y la tendencia a la superstición que hasta hoy se presenta impunemente entre nuestros clérigos. Yo tuve una experiencia, como ya narraré más adelante, que fácilmente podrían haberme arrojado junto a estos supersticiosos, pero gracias a mi fe pude darme cuenta que mi preceptor solo era un ser humano más que cumplía con los designios de nuestro Señor Jesucristo.

Lo que más destaco de Auyero, y esto es lo último que diré antes de continuar con mi relato, es  que siempre quede maravillada por su metódica forma para ejercer nuestro oficio, de una precisión y minuciosidad que hasta ahora no he visto en ninguna persona más. Su pasión y entrega con nuestro arte eran sencillamente maravillosos e inspiradores, animándome a mí a otros jóvenes que nos preparábamos para ser monjas o sacerdotes a dar un vuelco en nuestra fe y dedicarnos a una tarea a veces ingrata, aunque necesaria. Yo entiendo que a usted y a otras personas nuestro oficio le parezca marginal, atentatorio incluso de los dogmas de nuestra Santa madre Iglesia católica. En nuestra defensa debo decir, sin embargo, que alguien debe hacerlo, porque caso contrario la misión de nuestra Iglesia estaría en peligro. Por ello, a pesar de que mi mentor no vaya a figurar en ningún texto sagrado, no puede sino reconocérsele su aporte en un campo tan eminentemente crucial para la fe cristiana como es el exorcismo.

Pues bien, aquella mañana conversamos un poco antes de salir a cumplir nuestra labor. Él me preguntó –lo había hecho muchas veces, aunque parecía olvidarlo siempre- el porqué de mi decisión de dirigir mis conocimientos teológicos y prácticos al oficio de exorcista luego de haber tomado los hábitos. Como de costumbre le di mis razones –las cuáles no mencionaré aquí- y luego le cambié de tema, pues quería saber más de lo que tendría que hacer aquél día en mi primera experiencia práctica. Ya había leído bastantes volúmenes sobre la materia, siendo el Malleus Maleficarum y el Flagelium Daemonum los que más llamaron mi atención, aunque debo admitir que las memorias del párroco romano-limeño Baltazar Agamenoni fueron las que más me han servido todos estos años de lucha contra seres demoniacos.

Ni bien terminamos de tomar el café, Auyero me anunció que saldríamos de inmediato para no llegar tarde a nuestra cita. No iríamos en coche sino caminando,  porque seguramente los militares estarían en las calles deteniendo a todos los vehículos en la búsqueda de alguno de los opositores al recién instalado régimen militar. Hacía mucho frío y lloviznaba, por lo cual me arropé y cubrí mi rostro con la bufanda. Mi mentor, por su parte, solo vestía su sotana y una delgada chaqueta color beige que no se abrochó, porque la gran cruz que llevaba en el cuello se lo impedía. El frio calaba mis huesos, la humedad hacia que el ambiente esté gélido mas él no parecía inmutarse, sino todo contrario: casi parecía estas sofocándose de calor bajo sus hábitos. Supuse que estaba casi tan nervioso como yo lo estaba, porque si algo he aprendido estos años es que por muchas veces que hagas un exorcismo, siempre sentirás como si fuese la primera vez.

Caminamos apresuradamente por varias cuadras, aunque más allá fuimos detenidos por la primera patrulla. Logramos sortearlos con rapidez, porque el sargento a cargo conocía a Auyero. Éste me comentó que aquel militar tuvo hace unos años a uno de sus hijos poseídos, por lo cual requirió de sus servicios exitosamente. La segunda patrulla fue más difícil de convencer y nos demoró unos minutos eludirla, pues el militar a cargo miró y remiró nuestras credenciales, pensando quizás que éramos opositores que huían disfrazados de religiosos. Mas tarde, nos topamos con la tercera patrulla, la misma que fue el mayor problema y donde algo sucedió que puede llamarse insólito, aunque quiero creer que no fue más que una casualidad.

El sargento  y sus subordinados estaban borrachos y nos negaron el paso apuntándonos con sus armas. Mientras revisaban nuestras pertenencias, uno de ellos se acercó con soberbia hacía Auyero y le imprecó cosas que no puedo reproducir porque la educación me lo impide. Mientras esto sucedía, otro de los atrevidos se acercó hacía mí con el pretexto de que tendrían que revisarnos para constatar que no teníamos armas escondidas. No puedo sino estremecerme cuando recuerdo el asco que sentí en aquel momento cuando ese hombre comenzó a sobarme los pechos y luego la entrepierna en la búsqueda de nuestro supuesto armamento. Envalentonado por su fechoría, el miserable me agarró del cuello e intentó besarme por la fuerza, a lo cual yo respondí mordiéndole la mejilla con saña hasta hacerle sangrar. El hombre me empujó con violencia mientras gritaba como un animal, prometiendo que me mataría en ese mismo instante. El empellón me hizo caer al suelo y ni bien me hube levantado tuve frente mío el cañón de su arma apuntándome al rostro.

Debo admitir que en aquel momento perdí toda mi templanza y me vi en la gloria de nuestro Señor Jesucristo, mas el hombre titubeó como si una fuerza extraterrenal impidiese que su mano apriete el gatillo. Los otros militares, incluyendo el sargento a cargo, retrocedieron en silencio y dieron un paso hacía atrás, hasta que alguien dijo que nos dejasen pasar. Yo quedé totalmente absorta por la situación y solo vi que mi preceptor sostenía una mirada infernal con la cual perseguía los ojos de los militares que no hacían otra cosa que bajar la vista para evitar verle directamente. Aún después de tantos años y con las cosas que vi y experimenté, no puedo atribuir aquel hecho a una situación paranormal. Lo único que puedo decir al respecto es que tras un comportamiento febril de aquellos militares alcoholizados, vino un momento de angustia que permitió que siguiéramos con nuestro periplo.

Caminamos algunos minutos más y llegamos a nuestro destino sobre las siete y media. Tocamos el timbre y tras unos minutos salió una mujer pequeña, de rostro colorado y afable. Saludó a Auyero tomándole ambas manos y llevándoselas  a la boca, mientras que al verme asintió con la cabeza y solo dijo “Madre”. Caminamos unos metros por el centro de un cuidado jardín que tenía una multitud de rosas de diferentes colores, las cuales nos saludaban aquella mañana con su inconfundible aroma. Más adelante, salió un enorme perro negro que se lanzó hacia nosotros ladrando, pero éste se quedó quieto y en silencio tras un grito de su ama. El animal se sentó y nos observó en silencio mientras nos gruñía, como si presintiese que algo iba a suceder.

Cuando entramos a la casa vimos que la mesa del comedor estaba dispuesta con panes, mantequilla, mermelada, huevos revueltos, leche, una jarra de jugo y algunas frutas. Tras sentarnos, la mujer nos ofreció café el cual rechacé, aunque Auyero se tomó dos tazas. Yo no tenía mucho apetito, comí solo por educación, porque imaginaba el esfuerzo que había hecho aquella mujer levantándose muy temprano para preparar aquel banquete para nosotros.  Mientras hablaba con la boca llena como acostumbraba, mi maestro charlaba con la mujer como si fuesen viejos amigos reunidos después de muchos años de no verse. No presté atención a lo que decían, pues me puse a explorar con la vista aquella casa, tratando de encontrar a nuestro paciente. Vi varias fotos colgadas en las paredes donde la mujer aparecía con otras personas, posiblemente sus hijos y su marido. Miré con atención si alguna de esas imágenes delataba un cuerpo poseído, mas no pude percibir nada lo cual hizo que me molestara conmigo misma. Auyero poseía esa virtud que no vi en nadie más y que hasta el día de hoy no he podido desarrollar: detectar una posesión demoniaca con tan solo algún elemento que pertenezca al paciente. Una prenda de ropa o una fotografía le bastaban para saber que alguien tenía un demonio en su interior.

Mientras cejaba en mi empeño, la mujer trajó una bandeja con una olla y dos platos. Había preparado el potaje favorito de Auyero: sopa de cerdo con especias. Mientras mi preceptor devoraba el primer plato – terminó comiendo cuatro- yo hice que me sirviera la mitad y casi no toqué la comida, aduciendo que tenía el estómago delicado. Esto no hizo sino molestar a mi tutor que no dudó en comerse mi porción luego de reprenderme en voz alta por mi mala conducta. Ni bien hubo acabado, se limpió con la mano y se incorporó, mientras decía a la mujer que por favor le sirviera una taza de café antes de comenzar. Cuando la anfitriona desapareció tras la puerta de la cocina, mi maestro me dijo en voz baja que todo buen exorcista debe comer muy bien antes de su ceremonia, porque ésta no solo exigía templanza espiritual, sino mucha energía corporal. Con los años debo dar fe de lo que me decía es completamente cierto, porque en una de mis experiencias en el oficio fui en ayunas y el ritual fue tan intenso físicamente que casi perdí el control, poniedno en peligro mi vida y de la víctima.

Ni bien hubo terminado de beberse el café, Auyero pidió a la mujer que nos dirigiese a la habitación donde tendría lugar la ceremonia. Ella nos llevó hasta una recamara soleada con un escritorio y una silla en su interior. Debo admitir que mis prejuicios de primeriza hicieron que experimenté desencanto cuando no encontré a ninguna persona atada, hablando en lenguas inentendibles o con los signos demoniacos en el rostro y el cuerpo. No me explicaba porque estábamos ahí ni porque no había ningún poseído así que no pude esconder mi enfado e increpé a mi preceptor.

Mientras mi rabieta se desarrollaba, Auyero ni siquiera me miró y solo sacaba con cuidado sus instrumentos para el exorcismo y los disponía con cuidado sobre el escritorio. A continuación sacó su estola bendecida en el vaticano y se la colocó sobre los hombros. Tras ver que estaba más tranquila, me pidió que me preparará para el ritual  a lo cual obedecí, tomando el relicario donde guardaba mi crucifijo de plata, especial para estas ocasiones. Los minutos pasaban y mi enojo escalaba de nuevo así que le pregunté con nerviosismo a qué esperábamos y dónde estaba el paciente. Él frunció el ceño –aquello fue suficiente para atemorizarme- y me dijo que la impaciencia era el peor defecto que podía tener un exorcista, porque eso le podría llevar al fracaso. Iba a continuar, pero de pronto la puerta de la habitación se abrió y llegó la paciente que no era otra sino la dueña de casa.

Risueña, trayendo una bandeja con leche y galletas, entró la supuesta endemoniada. En aquel momento pensé que todo aquello era una impostura y que mi maestro era el mayor charlatán que había conocido. Unos minutos más tarde me daría cuenta de mi error y con los años me daría cuenta de la perfección que tenía mi preceptor para ejercer nuestro oficio. Estuve a punto de decir algo cuando Auyero, como si me hubiese leído la mente, extendió el brazo para hacerme callar, luego pidió a la mujer que ponga la bandeja sobre el escritorio y que se acercará.  Tras hacerlo, le dijo que se arrodillara ante él y que recitara el Padre Nuestro seis veces. Ella obedeció y comenzó a orar en voz alta siguiendo el ritmo del clérigo cuyo rostro perdía su apacibilidad con cada palabra que repetía. Yo acompañé los rezos con las palmas de las manos juntas, pero poco a poco fui sintiendo como si alguien estuviese tratando de tirarme al suelo. Terminamos de musitar las últimas palabras del sexto Padre Nuestro cuando comenzó todo.

Como si un resorte en su interior se hubiese activado, la dueña de casa perdió todo signo apacible del rostro y éste se le endureció hasta que se le deformaron las facciones en una mueca demoniaca. Su suave voz femenina tornó en un estertor que hacia que la habitación retumbase como si un terremoto la sacudiera. Comenzó a maldecirnos a ambos, pero en especial a Auyero quien continuaba impasible musitando algunos de nuestros rezos secretos. El cuerpo de la mujer, que antes se encontraba arrodillado en armonía, comenzó a convulsionarse y sus brazos se agitaron como si quisiera golpear a mi maestro, aunque poco tiempo después supe que esos movimientos ocurren no tanto para liberarse del exorcista, sino de los vestigios del espíritu santo que invocamos para que rodeen y extirpen al ser inmundo.

A pesar de que la mujer era pequeña, la energía con la que convulsionaba la rebasaba y no dudé que un manotazo suyo podría perfectamente dejarme sin sentido. A pesar de todo, ella seguía arrodillada maldiciéndonos, mientras mi maestro tenía su mano derecha sobre su frente, como si estuviera conteniendo toda aquella energía maléfica dentro de ese cuerpo. Noté que de sus sienes unas gotas de sudor corrían debido al gran esfuerzo físico, aunque su rostro no mostraba menor expresión alguna y pronto me transmitió una paz que hizo que me tranquilizara.

Estaba absorta observado a mi maestro cuando éste me dijo que la pasara el agua bendita y su crucifijo. Hice con la mayor celeridad el encargo, tras lo cual Auyero comenzó con el ritual del exorcismo. Como podrá imaginar, no puedo comentarle a detalle la ceremonia, porque estos conocimientos pueden ser peligrosos si los conoce un no-iniciado. Solo puedo referirle algunos detalles y de forma general lo que sucedió, así al menos entenderá lo complicado y particular de lo que sucedió aquella mañana.

Auyero comenzó con los conjuros en latín que son protocolares en estos casos, tras lo cual preguntó quién era el demonio que había tomado ese cuerpo, primer paso necesario para lograr un exorcismo exitoso. Debo decir que no recuerdo el nombre exacto del demonio, solo que era uno de los edecanes de confianza de Caym, quien solía tomar aquel cuerpo cuando decidía salir al mundo para huir de su amo. La posesión de la mujer se había hecho más frecuente, pues aquel monstruo gozaba de presentarse en el plano de nuestra existencia para cometer las aberraciones carnales a las cuales se había vuelto muy aficionado. se ven perdidosciones carnales ao de nuestra existencia para comEl ser juraba que si era removido de aquel cuerpo nos perseguiría hasta matarnos lo cual me preocupó en ese momento, aunque con el tiempo entendí que usualmente son juramentos que estos engendros suelen decir cuando se ven perdidos. Esta argucia, sin embargo, suele asustar a muchos exorcistas inexpertos que por temor dejan el ritual a medias, permitiendo que el demonio se apoderé para siempre del cuerpo en el cual residen temporalmente.

De repente, la voz de mi maestro cambió como si otro ser hablase a través de él y dijo:

“Vengo en nombre del padre, del Hijo, del Espíritu Santo para exorcizar todos los espíritus malignos y que estos jamás vuelvan a turbar a tu inocente alma”.

A estas palabras le siguieron los conjuros en latín y mi maestro impuso ambas manos sobre la cabeza de nuestra paciente. En ese momento noté que el rostro de Auyero perdía toda pasividad y que apretaba los dientes como si estuviese haciendo un gran esfuerzo físico.  La mujer, enloquecida, comenzó a echar espumarajos por la boca y chilló con desesperación. Confieso que en aquel momento estuve asustada como nunca en mi vida y hasta pensé en huir, lo cual hoy, mucho años más tarde, sé que hubiese sido el peor error de mi vida.

Mi huida hubiese significado disminuir el poder que mi tutor tenía sobre el demonio en ese momento, logrando así que tanto él como la paciente se vean comprometidos. En estos casos, cuando los demonios se ven victoriosos, suelen tomar otros receptáculos, incluso al propio exorcista. Comprobé esto muchos años más tarde, cuando esto me ocurrió a mí gracias a uno de mis estudiantes, quien se atemorizó y salió corriendo mientras llevábamos a cabo la ceremonia. Debido a este incidente, permitimos que Eblis escapará y tomó mi cuerpo. Cinco largos y tortuosos años tuvieron que pasar hasta que otros colegas me ayudaron a exorcizarlo de mi propio ser, aunque también debo admitir que este hecho me permitió documentarme mucho sobre los sagrados rudimentos del exorcismo.

Eblis, como sabrá perfectamente usted, es el Dios de la melancolía e infecta en el cuerpo el esplín, sustancia incolora e inodora que hace que caigamos en una tristeza constante que muchas veces puede llevarnos al suicidio. Este demonio y sus hijos pululan impunemente por el mundo, anidando en el corazón del ser humano para consumirlo hasta marchitarlo. Una vez que se han aburrido o encontrado otro cuerpo, suelen dejar a su antiguo receptor como si se tratase de un cascarón vacío, pues a menudo consumieron toda su alegría, convirtiéndolo en su ser indiferente e indolente. Se dice que el galeno Robert Burton tuvo al propio Eblis en su cuerpo durante casi toda su vida, lo cual le llevó a redactar su famosa obra “Anatomía de la melancolía” tratando de explicar su condición desde la fisiología, aunque en sí su condición era una posesión demoniaca. Pero en fin, volvamos mi relato que poco tiene para culminar. Le doy gracias por su paciencia ante mis no pocos desvaríos que son producto de mi avanzada edad.

Mi maestro se encontraba con ambas manos impuestas sobre aquella mujer que había perdido todo viso de humanidad. La escena que duró unos segundos, a mi se me hicieron eternos y ante mis ojos las dos figuras humanas se diluyeron para dejar paso a un demonio escamoso y de pústulas supurantes que era sometido por un arcángel de alas llameantes. Aquella visión, mi primera epifanía, disipó cualquier duda que tenía hasta entonces y me convenció de que había escogido el camino de vida correcto: la lucha contra toda manifestación demoniaca que atreviese a manifestarse por la tierra que nos otorgó nuestro Señor. Absorta estaba en este espejismo cuando Auyero rugió:

“Que este demonio no vuelva más a tu alma, que en su lugar deje a Cristo y a su fe”

Tras ello, mi preceptor musitó otro de nuestros conjuros que hizo que el chillido de la mujer se intensifique hasta hacerse insoportable para mis oídos.  Después de unos minutos ella pareció tranquilizarse y recobró el aplomo con lentitud. Auyero jadeaba, totalmente empapado en sudor y con la manos aún sobre la cabeza de la paciente. Tras unos segundos, la endemoniada tuvo un movimiento repentino que consistió en tirar con fuerza la cabeza hacía atrás, para luego tranquilizarse por completo. Mi maestro seguía respirando con dificultad, pero poco a poco fue recobrando el aliento, tras lo cual luego retiro sus manos con lentitud.

En la habitación reinaba el silencio, ella tenía los ojos cerrados y los abrió lentamente mientras se ponía de pie. Tras vernos, en especial a un agitado Auyero, se le coloreó el rostro de vergüenza, como si se tratase de una niña pequeña. Aún sin decir palabra alguna, se llevó las manos a la cabeza para arreglarse el pelo y luego se dio cuenta que tenía la camisa abierta y que se le veía el sostén, pues todo el movimiento había hecho que se le desacomodara la ropa. Nos dio la espalda para abotonarse, mientras que Auyero se bebía la jarra de leche casi sin respirar para luego caer sobre las galletas y devorarlas sin contemplación. Entre tanto, yo que estaba demudada por lo que había pasado, solo atiné a guardar nuestros materiales en silencio.

Tras que hubo recuperado su mesura, la mujer nos dijo que por favor esperásemos en la sala mientras ella preparaba algo para comer. Cuando estuvimos sentados, Auyero comenzó a conversar conmigo para saber mis impresiones sobre lo que había pasado y se interesó sobre todo cuando le comenté sobre la visión que tuve de ellos dos. Yo tenía muchas preguntas, pero estas tuvieron que esperar, pues nuestra anfitriona salió de la cocina anunciando que la comida estaba lista. Mi maestro y yo devoramos el filete y el arroz que nos sirvió, aunque ella apenas probó bocado.

Cuando salíamos, Auyero le dijo que tendría que volver dentro de un mes para hacer una nueva y última ceremonia. Tras oír esto, el rostro de la mujer se puso sombrío, aunque al poco rato recuperó la jovialidad con la que nos había recibido al llegar. Para despedirse, nuevamente tomó las manos del sacerdote para besarlas y luego le pidió su bendición. Conmigo, a diferencia de mi llegada, se mostró más cordial y me dio un fuerte abrazó que no pude corresponder por la sorpresa del momento. Mientras salíamos, el perro negro se acercó hacia nosotros meneando la cola e incluso me lamió la mano amistosamente.

Salimos a la calle y comenzamos a caminar hacía la parroquia. En la ciudad se notaba mucho mayor movimiento de los militares, aunque en las calles no habían civiles. En nuestro camino continuamente veíamos pasar camiones repletos de hombres y mujeres con el rostro acongojado, seguramente presos políticos que eran conducidos hacia un destino incierto. Escuchábamos ráfagas de disparos a lo lejos e imaginé que eran asesinatos masivos que el régimen de facto requería para poder establecer su poderío. Me estremecí al pensar en todas aquellas vidas cegadas por los caprichos de un militar megalómano que se consideraba a sí mismo como parte de algún designio de Nuestro Señor, atreviéndose a matar en su sagrado nombre.

Estaba sumida en estos pensamientos cuando mi maestro me amonestó por no oírle. Él parecía indiferente de lo que pasaba a nuestro alrededor y solo deseaba saber lo que pensaba sobre lo que vi para, según decía, perfeccionar su técnica. Me comentó también que ésta era la quinta visita a la mujer, pero que en esta última sesión había visto progresos y que pronto culminaría su tratamiento. Me extrañó su comentario y pregunté si acaso el demonio no había sido expulsado, tras lo que me respondió que, contrariamente a lo que se cree, los exorcismos suelen durar muchas sesiones. Con los años, yo no haría más que confirmar lo dicho por mi mentor.

Cuando estábamos llegando a la parroquia, Auyero dijo algo que haría que me de cuenta que era uno de los más grandes misóginos que poblaba esta tierra, lo cual con el tiempo hizo que me distancie de él. Según su opinión, las mujeres eran más propensas a ser poseídas por los demonios por tener una naturaleza sensual e histérica. Mi propia experiencia en el oficio no ha hecho más que mostrar lo contrario: tanto hombres como mujeres tienen la misma inclinación a verse atraídos por los espíritus inmundos que pueblan nuestro plano de existencia.

martes, 16 de febrero de 2016

Fotografía


Man Ray - Lágrimas (1930-32)
31 de enero de 2016. Marco revisaba el contenido de una caja que no desempacaba desde su última mudanza hace casi cinco años. En su interior había algunos libros, revistas, baratijas y una caja de zapatos que contenía fotografías, ordenadas dentro de sobres de diferentes colores. Las imágenes estaban cuidadosamente fechadas  en la parte posterior, mientras que algunas señalaban también en que lugar fueron tomadas. A pesar de que estaban en aquellos sobres para protegerlas, la humedad las había afectado, tornando el papel macilento y los bordes ajados que hacían que se viesen más antiguas de lo que eran. Algunas las había tomado cuando tenía 18 años, edad en la que se interesó por el arte fotográfico tras recibir su primera cámara fotográfica como regalo de cumpleaños. Una de aquellas fotografías, fechada un 14 de octubre de 1999, mostraba a Marisol, su primer amor. La muchacha se mecía en un columpio mientras se sujetaba con fuerza a las cadenas que sostenían el asiento. Marisol era morena, de pelo oscuro y ligeramente ondulado que le llegaba hasta el inicio de los senos. Los ojos negros, coronados por unas largas pestañas, eran vivaces y transmitían aún mayor felicidad que la sonrisa que dominaba su rostro. Marco quedó absorto contemplando la belleza de aquella muchacha que casi había olvidado ¡Diecisiete años! – pensó, no sin asombro por el tiempo que había pasado desde que tomó aquella imagen.
Marcó continuó examinado las fotografías y halló  una, fechada un 10 de octubre del 2012, donde aparecía una jovencísima Teresa. Para cuando tomó aquella imagen, llevaban casi ocho meses de relación e iba pedirle que se mude con él. Como si fuese una premonición de lo que vendría, el retrato mostraba a Teresa brincando con los brazos y piernas abiertos, quedando eternamente suspendida en el aire con una melancólica sonrisa. Un par de años más tarde, cuando la pasión se había apagado, comenzaron las peleas, las infidelidades y muchas noches de acostarse a su lado en medio de un silencio que vaticinaba el final. Estaban a punto de separarse cuando aquel 14 de septiembre del 2014, Teresa tuvo el accidente automovilístico que la dejó postrada en una silla de ruedas. Marco recordaba aún con cierta confusión aquella tarde en que recibió la llamada del hospital, tras lo cual salió corriendo  a la calle para tomar un taxi que tras quince eternos minutos le llevaron al hospital donde ella se encontraba. El doctor anunció con una irritante cortesía que el daño sufrido en las vértebras era irreparable y que Teresa no podría caminar por el resto de sus días.
Fue así que aquel giro inesperado permitió que aquella relación moribunda renazca, al menos en el corazón de Marco. El primer mes fue el más complicado, porque a menudo Teresa lloraba de desesperación al verse incapaz de hacer cosas por si misma. Marco tuvo que aguantar en silencio los desplantes de la muchacha, intentado siempre entender su nueva situación. Casi sin darse cuenta, nació en él un inusitado sentimiento de ternura por Teresa, pues el verla desvalida hizo que sintiese como responsabilidad tener que ayudarla, confundiendo aquella sensación con amor genuino. Se veía a sí mismo como predestinado a estar al lado de Teresa, de acompañarla y asistirla en aquella situación que el destino había fraguado en secreto. Con el transcurrir de los días la nueva situación se torno en parte de su cotidianidad. El levantarla y sentarla en el retrete, ayudarla con su aseo en la ducha, cargarla para bajar las escaleras; todo aquello era hecho por Marco con la mayor devoción posible. Tras algunas semanas, Teresa más consciente de lo que había ocurrido con su cuerpo, se sintió conmovida por el fervor de su pareja y mostró un mejor ánimo. A pesar de la desgracia que se cernió sobre sus vidas, Marco consideró que aquellos fueron buenos tiempos pues el accidente los unió, creyendo incluso que la chispa del primer enamoramiento aún estaba presente en sus vidas.
Por lo general, la rutina suele aniquilar cualquier pasión por más fuerte que ésta sea, en el caso de Marco y Teresa no fue la excepción. Tras varios meses, aquella prueba de amor se había convertido en una tarea habitual, en un reflejo casi maquinal que se llevaba a cabo ya sin sentir ni pensar nada en absoluto. Cada mañana el muchacho llevaba en brazos a una Teresa taciturna que parecía extraviada en una ensoñación de la cual no estaba dispuesta a salir. Por las noches, ella solía acostarse con el rostro hacia la pared y fingía dormir cada vez que Marco le acariciaba el rostro. Desde el accidente no habían tenido ninguna intimidad, pues ella a menudo se negaba a ello  al sentirse un ser incompleto, mutilado. Marco tenía que conformarse con olisquear la sutil fragancia que emanaba del pelo de la muchacha.
A pesar de todo, aquel 31 de enero de 2016, al ver la fotografía de una Teresa tan distinta a la que ahora dormitaba en la habitación de lado, no pudo sino sentir una nostalgia que fue combinándose con ternura. Él consideró que el destino le había conducido hacía aquellas fotografías para renovar su pasión por la mujer que amaba. Tras guardar la fotografía en el bolsillo, caminó hasta el umbral de la puerta donde se apoyó para mirar a su amada que era rodeada por las penumbras. Marco suspiró y pensó en cuán misteriosos eran los derroteros por los que la vida se había bifurcado para conducirle a aquel instante. En ese momento, recostado en la puerta y mirando con atención a Teresa, nada podía saber  de que casi dos años más tarde, un 18 de abril del 2018, la abandonaría para huir con  Sara.

martes, 19 de enero de 2016

Alas de cera


Jacob Peteer Gowy- La caída de Ícaro (1636-1638)
Cada vez que estaba parado en el pretil de la terraza del edificio, con el vacío llamando a su cuerpo con voluptuosidad, recordaba aquella historia que había leído hace tantos años. Cuando era niño su primo Miguel, diez años mayor que él, se mudó por unos meses a su casa, ocupando una de las habitaciones del segundo piso. Miguel no era muy amistoso y siempre se le mofaba de todo,  sea por su tamaño, por algo que decía y casi por cualquier cosa. A pesar de ello Miguel le fascinaba tanto por ser mayor que él así como por toso los objetos que tenía en su habitación. Cuando el primo mayor salía con los amigos, a veces hasta muy entrada la noche, era su oportunidad para rebuscar entre aquellos codiciados tesoros. La mayoría de ellos estaban a la vista en su habitación, como aquellos discos y pósteres con personajes malévolos, pero a la vez atrayentes, que más tarde se enteraría que pertenecían a la banda inglesa Iron Maiden. Recordaba en especial el póster que estaba colgado sobre la cabecera de la cama que tenia un diablillo rojo en la parte inferior con un mostacho al estilo Salvador Dalí, mientras una figura cadavérica con el cabello largo y desordenado, una camiseta amarilla y unos andrajosos jeans azules dominaba el cuadro con la mano extendida cual si fuese titiritero del demonio. Aquella imagen al principio le asustaba, pero luego se le hizo tan común que llegó a apreciarla y jamás se olvidaría de ella en los siguientes años.  En la habitación habían también maquetas de aviones, muñequitos GIJOE y Transformers (dos de sus series preferidas); parches colgados en la pared que decían “Metallica”, “Motorhead”, “Guns n’ Roses”;  discos de vinyl ordenados en un estante junto a la ventana y decenas de pequeños tesoros desperdigados por el escritorio y el suelo que convertían aquel lugar en un paraíso.
Ahora bien, aquello que más encandiló su atención eran las revistas que Miguel tenia guardados en cajas bajo su cama. En ellas había de todo, números de Muy interesante, Selecciones del Reader Digest, Sputnik, la revista Duda (que le cautivó de inmediato); cómics como Joyas de la mitología, Kaliman, Superman, Batman, Marvila, Fantasía, Archi, Gasparín el fantasma amistoso; incluso halló revistas pornográficas que atraerían poco su atención debido a su edad –tenía seis años en aquel entonces, aunque no dejaba de resultarle extraño ver a aquellas mujeres con los pechos al aire haciendo cosas con hombres que jamás habría imaginado que podían hacerse. Pero de todo aquel material su favorita fue una vieja y gastada revista en blanco y negro que carecía de portada, cuyas historias que leyó con fruición durante varios días. Las historias trataban de detectives, gánsteres, damas en peligro y policías corruptos o totalmente despistados sobre algún crimen.

De todas aquellas aventuras gráficas hubo una que jamás pudo olvidar. Era una sobre Spirit, aunque en sí no trataba sobre él. “La historia de Gerhard Shnobble” presentaba a un rechoncho protagonista que estaba convencido que podía volar. Cierto día Gerhard decidió probar a todo el mundo sobre su habilidad por lo cual se subió a una cornisa para alzarse en vuelo. No lejos de allí, Spirit se enfrentaba a dos delincuentes, uno de ellos armado y dispuesto a deshacerse del héroe. Gerhard, ignorando que aquella batalla se libraba, se precipita al vacío con tan mala suerte que las balas que eran dirigidas a Spirit le alcanzan a él, matándole antes de tocar el suelo. La historia finalizaba con estas palabras: “Y así…sin vida… Gerhard Shnobble aleteó hacia el suelo. Pero no lloréis por Shnobble…Derramad una lágrima por toda la humanidad…Pues ni una sola de las personas que vieron como se llevaban su cuerpo…supo o llegó a imaginar que , aquel día, Gerhard Shnobble había volado.”

Muchos años más tarde escuchó una historia similar que ocurrió en la vida real, aunque con peores tintes de tragedia. Un hombre que decidió suicidarse saltando de una ventana recibió una bala pérdida le mató antes de tocar el suelo. Una muerte poética, había pensando cuando leyó la historia en una revista, porque aquél hombre había muerto dos veces el mismo día. Más tarde escuchó también historias similares sobre personas que morían por partida doble como aquellos conductores que se estrellaban o caían por un precipicio, aunque segundos antes tenían un ataque cardiaco. Pero estaban también aquellos que, a pesar de sus esfuerzos, la vida se les aferraba al cuerpo como una enredadera. Se trataba de suicidas fracasados que intentaban matarse sin éxito varias veces. Estaba el caso de aquel mexicano que se cortó dos veces las muñecas y el cuello, aunque en ambas ocasiones supieron hallarle a tiempo para llevarle al hospital; la historia del norteamericano que trató de colgarse con tan mal suerte que la viga cedió y terminó en un hospital con la pierna enyesada; o la del amante boliviano que se lanzó por despecho desde un puente, con tan mala suerte que terminó sobre el parabrisas de un coche cuyo conductor no dudó luego en demandarle por los daños.

Al estar parado allí en la cornisa, con el viento en las espaldas que parecía querer precipitar la caída, todas aquellas historias jugueteaban en su mente. Sin embargo, la historia de Gerhard, por ficticia que fuese, le parecía la mas verídica, pues él estaba convencido que todos los seres humanos podemos volar en ciertas circunstancias. Su teoría se basaba en un hecho que consideraba incontrovertible: el ser humano puede hacer proezas cuando se trata de sobrevivir.  Comenzó a pensar en aquello desde que escuchó que gente obtenía fuerzas sobrehumanas en momentos de desesperación y cuando su vida o la de alguien corría peligro, como el caso de una madre que levantó un coche para salvar a su bebé . Aquello tenía sentido para él, pues el ser humano no es consciente de todas sus habilidades mentales y físicas, las cuales se manifiestan en momento de gran tensión.

De esta forma, estaba seguro que si saltaba su instinto de supervivencia le haría volar, mostrando al mundo que esto era posible. Había comentado su teoría a algunos amigos que le criticaban y le comparaban con los suicidas, a lo cual el respondía que se diferenciaba de  aquellos  por su genuino amor por la vida. Secretamente, él se consideraba un Gerhard Shnobble de la vida real, pero uno que contaría con suerte de no encontrarse a héroes y mafiosos cerca, logrando así alzar vuelo por sobre la cabeza de todos los mortales. A partir de aquello, soñaba con guiar a la humanidad hacía una nueva era donde toda limitación física sería abolida. El cuerpo, pensaba, estaba destinado a ser dominado por la mente. Él, estaba seguro, lograría que aquel salto mostraría que la distinción absurda entre mente y cuerpo era solo una excusa de los débiles.

Mientras cerraba los ojos, arqueó las piernas ligeramente como para darse impulso, aspirando profundamente varias veces.  Extendió los brazos  a los costados y los mantuvo así porque pensaba que estos le ayudarían a estabilizar el vuelo. Luego, al igual que en tantas ocasiones, bajó del pretil avergonzado y se dirigió a su departamento.

martes, 29 de diciembre de 2015

Remembranzas de otoño


Camille Pisarro - El camino de Louveciennes (1872)
Abrió los ojos, pero no pudo ver nada en la oscuridad de la habitación. Buscó instintivamente la cajetilla de cigarrillos, pero al cabo de unos segundos recordó que había dejado de fumar hace unos meses y que estaba acostado en la cama de un hotel. Se restregó los ojos, la habitación seguía en penumbras, aunque las cortinas dejaban entrar unos pequeños haces de luz que delataban que el día había llegado. Tomó su reloj de pulsera, apretó el botón lateral que lo iluminaba y se percató de que era casi mediodía. Con pereza, se incorporó por unos segundos en la cama mientras rascaba su muslo derecho, a pesar de que no sentía comezón alguna. La mente se le fue aclarando y pensó que había dormido por mucho tiempo, lo cual consideró que se debía a la diferencia horaria y las interminables esperas que tuvo en los aeropuertos.

Corrió las cortinas y contempló la ciudad que parecía despertarse con él, pues apenas veía gente en sus calles. La quietud de los domingos al menos no había cambiado desde que decidió irse del país treinta y cinco años atrás. Intentó recordar si se había marchado un domingo y, aunque no estaba seguro, terminó por convencerse que así había sido solo por querer dar simetría a su llegada. Muy a pesar suyo, decidió que sus planes de ir a visitar el sur de la ciudad tendrían que cancelarse porque había despertado muy tarde, así que se dispuso a ducharse para luego ir a buscar algo de comer. Antes de entrar a la ducha comenzó a toser, por lo cual tuvo que esperar unos segundos para que se le pasara aquella terrible tos que parecía no cejar. El agua tibia de la ducha en  el rostro hizo que despertase por completo, además de atraer los primeros pensamientos acerca de su reencuentro con el barrio y sus padres después de todos esos años. Mientras se pasaba el champú por la cabeza se dio cuenta que mechones de pelo se le quedaban entre los dedos.

En la cafetería del hotel solo tomó una taza de café y un trozo de pan. El café le supo mal, no estaba cargado como él acostumbraba tomarlo por las mañanas. Por un momento deseó tener un cigarrillo y se dijo a si mismo que eso definitivamente mejoraría aquel insípido café. Mientras probaba unas cucharadas del yogurt de vainilla que le sirvieron, observó la calle tratando de encontrar vanamente algo que se le hiciera familiar, algo que permitiese aflorar los recuerdos cautivos. La camarera fue la que le sacó de su ensimismamiento al preguntarle si deseaba algo más, a lo cual él respondió que no y agradeció distraídamente mientras se limpiaba la boca con la servilleta. Dejó un billete para la propina y salió a la calle. El día estaba soleado.

Mientras caminaba, trató en vano de reconocer los rostros con los que se cruzó. Algunos se le hicieron familiares, pero no eran más que ideas suyas, pues aquellas personas solo le miraban con indiferencia y aún con desdén. Mientras más se alejaba del centro la ciudad, las calles se le hacían cada vez más familiares, aunque todo le parecía tan distinto que en cierto momento se preguntó si no se había perdido. Miró los nombres de las calles para orientarse de nuevo y continuó su camino hasta que al cabo de unos minutos llegó a la plaza en la cual jugaba de niño. El lugar estaba vacío lo cual llamó su atención, porque recordaba que los chiquillos del barrio solían reunirse todas las tardes a improvisar partidos de fútbol o cualquier otro juego. Tan solo vio en uno de los destartalados bancos a una anciana que alimentaba a las palomas con unas cuantas migajas. En silencio y sintiendo que la nostalgia le crecía en el pecho, atravesó la plaza y se internó en el barrio.

No había dado más que unos cuantos pasos cuando los recuerdos explotaron en una serie de imágenes que se superponían. Era como si el tiempo corriese en paralelo, pues casi podía verse a él mismo caminando por la misma calle rumbo a su casa. Después de un par de cuadras divisó la esquina donde estaba la higuera a la cual los niños solían treparse para sacar sus frutos. Con el tronco grisáceo y las hojas bermejas, el árbol daba la impresión de senectud, como si se fuese un afable anciano que daba la bienvenida a quien llegase  al barrio. Se paró junto al tronco y observó los rayos de luz que jugueteaban entre las hojas. Cerró los ojos por un momento, intentando escuchar el sonido de las ramas mecidas por el viento que a la vez parecían atesorar los gritos y las risas de su niñez. Se preguntó si aún podría treparse al árbol como lo hacía antaño, pero pensó que se vería ridículo un hombre de su edad haciéndolo. Al cabo de unos minutos continuó su camino, ya solo le quedaban unas cuantas calles para llegar a casa de sus padres y su ansiedad crecía.

Muchas cosas habían cambiado en el barrio. Algunas casas ya no estaban y en su lugar se alzaban edificios de tres o más plantas que daban la impresión de que los viejos domicilios no eran sino un anacronismo, un desgarro donde el tiempo se había detenido y que se negaba a desaparecer. Tampoco estaban algunos lugares que le eran familiares como el almacén de Heiko, viejo comerciante alemán llegado al barrio a principios de siglo, huyendo al reclutamiento del ejercito del imperio alemán. Sin embargo, en el barrio se rumoraba que en realidad habría llegado tras los pasos de una lugareña a la cual conoció en Alemania, enamorándose perdidamente y dejándolo todo por irse tras ella, aunque la mujer finalmente terminaría casándose con un rico comerciante dejando al alemán con los crespos hechos. Los niños del barrio tenían su propia teoría: se trataba de un viejo contrabandista de oro que tenía escondidas sus riquezas en una bóveda secreta bajo su almacén. A pesar de su mal carácter, el alemán tenía momentos de buen ánimo y solía regalar caramelos a los niños, quienes llegaron a apreciarle.

 Embebido en sus pensamientos, continuó caminando hasta el final de la calle. En la esquina le dio un nuevo ataque de tos que le obligó a parar y a apoyarse en una pared. Hacía un poco de frio y había olvidado tomar su abrigo del hotel, pero ya era muy tarde para pensar en volver por este. Cuando la tos pasó, se dio cuenta que estaba parado en el lugar donde solía reunirse con sus amigos casi todas las tardes. Aquel muro, cuyo color original no podía recordar, había sido testigo de gran parte de su vida, desde que le alcanzaba la memoria hasta que cumplió 17 años cuando decidió marcharse. Observó con detenimiento la pared, queriendo descubrir si tras las capas de pintura aún podría verse su nombre garabateado. Buscó hasta que le pareció divisar unas formas que se asemejaban a su nombre, pero no estuvo del todo seguro.

Un par de cuadras más adelante se detuvo nuevamente. Contempló la casa de dos pisos que en su tiempo fue la más alta del barrio; por un fugaz instante creyó verla parada en la ventana. El primer amor de su vida, Isabel, vivió en aquel lugar del cual no podía apartar la vista, provocando que un sentimiento olvidado emergiera con una extraña e inusitada fuerza hasta fundirse con la nostalgia de un ayer imposible de recuperar. Recordó su piel morena, su largo pelo negro que casi le llegaba a la cintura y aquellos ojos profundos como charcas que reflejaban noches estrelladas y en los cuales gustaba refugiarse de toda preocupación. Isabel, dos años mayor que él, le había iniciado también en las lides del amor en su adolescencia y se dio cuenta que no importaba cuanto tiempo pasara, pues jamás podría olvidar la tersura de aquellos pechos morenos que alguna vez besó con desenfreno. ¿Qué habría sido de ella? Se preguntó, sin lograr darse una respuesta definitiva, pues nunca había ha vuelto a saber de ella. Recordó el día en que le anunció su partida porque el padre había conseguido un nuevo trabajo en otra parte del país. A partir de ah, hasta el día del adiós, se sucedieron los besos que se confundían con las lágrimas del adiós, las promesas de volver a encontrarse que jamás se cumplieron y un sentimiento de vacío que fue creciendo en su pecho hasta hacerse insoportable. En aquel entonces estaba convencido que parte de él había muerto en aquel adiós y que nunca podría ser el mismo. Eso, de alguna manera, le impulsó poco tiempo después a marcharse de la ciudad, aunque para aquel entonces el recuerdo de Isabel se había hecho más difuso, aún cuando él se lo negase a sí mismo.

Todos estos pensamientos se agolpaban en su cabeza cuando de súbito se abrió la puerta de la casa y salieron unas niñas, acompañadas de una mujer que seguramente era la madre. Él se quedó absorto contemplando a la mujer, buscando encontrar en ella algo que le dijese que era Isabel. ¿Sería ella? Pensó en acercarse a saludar, pero una fuerza interior le detuvo acaso por conservar intacto el recuerdo de la joven que había amado con tanto desespero. Aquella mujer, cuyo aspecto regordete delataba el paso de los años, no parecía tener nada en común con la muchacha, salvo quizás la piel morena que en ella adquiría un tono cetrino. Él siguió contemplándola en silencio, incapaz de decir algo o de moverse, expectante por si llegaba un indicio de la identidad de aquella mujer. Ésta, sintiéndose observada, levantó ligeramente la cabeza para mirar al extraño y en su rostro se dibujó una ligera sonrisa que no podía ocultar su incomodidad, por lo cual apresuró a las niñas y se marchó de allí volteando la cabeza de rato en rato para asegurarse que aquel extraño no les siguiese. Él, sin dejar de preguntarse si aquella mujer fue alguna vez su Isabel, decidió continuar su camino para dejar atrás su curiosidad. Fue entonces que la tos regresó con inusitada fuerza la cual al apaciguarse le dejó tan cansado que tuvo que sentarse por unos minutos.

Al llegar no tocó inmediatamente porque se dio cuenta que vería a sus padres después de una larga ausencia, lo cual hizo surgir en él una ansiedad incontrolable. A pesar de que había estado en contacto con ellos por medio de cartas y ocasionales llamadas telefónicas, no estaba seguro si le reconocerían o él a ellos. En todos esos años, se habían enviado fotografías, pero pensó que la gente no se ve igual en ellas. Recordó además las circunstancias en que él había abandonado el hogar: una gran discusión con su padre que decidieron a marcharse para siempre de allí. Se preguntó si su presencia no reviviría aquella pelea o al menos el dolor de su partida que hizo sin el menor aviso. Si bien era cierto que a los pocos meses, después de que logró establecerse, retomó contacto con ellos y les tranquilizó sobre su destino; sin embargo, no podía quitarse de la cabeza que ahora solo llegaba trayendo dolor  y no alegría. Además, no había anunciado su llegada porque pensó que así la noticia sería más fácil para ellos. Su mano titubeó frente al timbre, hasta que por fin decidió tocarlo.

Pasaron unos segundos que se le hicieron una eternidad, mas pronto escuchó que el cerrojo y la puerta se abrió lentamente. En el umbral apareció un anciano cuyos anteojos no podían esconder unos ojos vivaces que lo observaban con curiosidad y con una sonrisa le preguntó a quién buscaba. Era su padre, ya un anciano con poco pelo en la cabeza y más pequeño de lo que recordaba. Aquel hombre, que siempre le había parecido un grande y poderoso, incapaz de sentir miedo y con dificultad para expresar sus sentimientos; era ahora un anciano apoyado en un bastón que le miraba con ojos de extrañeza, incapaz de reconocerle del todo. Él no se animaba a decir nada al viejo, tan solo lo contempló en silencio. El anciano no volvió a preguntar nada, solo atinó a mirar al hombre que estaba en su puerta, quien le resultaba extrañamente familiar, aunque no podía adivinar quien era. Ambos hombres estaban mirándose uno al otro cuando una voz se oyó desde el fondo.

Una anciana de andar pausado y fatigado se acercó hasta la puerta, era su madre. Aguzó la vista y no tardó más que un segundo para reconocer a su hijo y se precipitó a sus brazos. Mientras tanto, el padre los miraba con estupor sin comprender del todo que su hijo pródigo estaba parado en su puerta después de tantos años, mas luego comprendió la situación y se acercó hacia él. Ambos ancianos le abrazaron con fuerza, las lágrimas de los tres comenzaron a brotar sin control y el tiempo pareció fusionarse hasta detenerse en un lugar incierto que precedía a aquellos treinta y cinco años de exilio. Sin embargo, el momento fue roto por otro ataque de tos que le obligó a dejar de abrazar a los padres para taparse la boca. El padre entró presuroso a buscar un vaso de agua, la madre se quitó el chal y se lo puso sobre los hombros, mientras le conducía dentro de la casa para huir del frio de la calle. La tos persistió por unos segundos hasta que por fin desapareció, aunque para ese entonces la madre había preparado uno de sus remedios caseros con miel y jugo de limón; mientras que el padre rebuscaba con enfadado un jarabe para la tos que tenía guardado hace varios años y que la madre se había encargado de botar cuando caducó.

Más tarde, la madre le sirvió un plato de comida que preparó en cuestión de minutos y le reprochó su delgadez, la cual consideraba que era debido a su mala alimentación. El padre sacó una caja de habanos para convidarle uno, aunque antes tuvo que discutir con la anciana que odiaba verle fumar dentro de la casa. Él, a pesar de que deseaba compartir el cigarro con su padre, rechazó la oferta del anciano, quien de todas formas encendió un cigarro con fruición. Las preguntas venían de uno y otro lado, él no sabía a cual contestar primero y trataba de dar respuestas concisas. Cuando su madre preguntó por la esposa y los niños, su semblante se puso sombrío y tardó en contestar. El padre se dio cuenta de lo que sucedía y calló. Él dijo entonces que ya eran casi año y medio de su separación de Lisa y que cada fin de semana veía a los niños. La madre no pudo evitar sollozar al oír la noticia, lo cual enfureció al anciano que dijo que esa situación era lo más normal del mundo.

Unos minutos más tarde pidió permiso para ir al baño, donde nuevamente tuvo un ataque de tos. Cuando se hubo calmado, la madre le tocó suavemente para preguntarle si no necesitaba alguna ayuda a lo cual contestó que no. Se acercó al lavamanos, abrió la llave y corrió un chorro de agua fría que recogió con ambas manos para luego llevárselas a la cara. El helado liquido fue un alivio en aquel particular día de recuerdos agolpados y sentimientos que afloraban desde algún lugar donde habían estado confinados sin siquiera saberlo. Cuando terminó de lavarse se enderezó ligeramente hasta ver su rostro reflejado en el espejo. Después de tanto tiempo, era como si se viese por primera vez y por fin estuvo consciente de que bordeaba los cincuenta años y que era ya un hombre viejo, no tanto por la edad sino por cómo se sentía en su interior. Vio las cuencas de sus ojos que delataban el cansancio de u n cuerpo que había decidido darse por vencido. Por unos segundos que le parecieron una eternidad, vio el reflejo del muchacho que abandonó su hogar hace tantos años con conflictos interiores, pero con un entusiasmo incapaz de encontrar obstáculo que se le resistiera. Cuando la imagen del joven desapareció quedó solo un hombre viejo, aferrado a la vida más por hábito que por un genuino deseo de vivir. La imagen de un hombre demacrado que perdió casi todo el cabello por varias quimioterapias que no pudieron curarle. La imagen de un hombre que después de treinta y cinco años volvía a casa para anunciar su muerte.

sábado, 30 de mayo de 2015

Breve enciclopedia de animales: Halcón de dos cabezas


Uno de los animales más enigmáticos de las Américas es, sin lugar a duda alguna, el halcón de
dos cabezas. Este ave, casi en vías de extinción, habita en la parte central del Valle del Cauca, Colombia; aunque también se ha visto una subespecie en la Amazonía ecuatoriana.
Este espécimen no volador, alcanza el tamaño promedio de un pavo adulto, aunque, a diferencia de éste, presenta mayor agilidad y velocidad en tierra. Sus patas de color negro corresponden a la condición denominada pata anisodáctila,  es decir, con tres dedos orientados hacía adelante y uno hacia atrás, conocido como hálux.
El color del plumaje varía de acuerdo a la época del año, siendo común que las remeras primarias sean más oscuras que las terciarias, mientras las coberteras sean más claras y brillosas. Los colores que el plumaje de este ave adquiere es negro en época de lluvia y gris en época seca.
El cuerpo termina en una larga cola cuyo extremo está coronado por una garra que sirve también en la caza, aunque no es utilizada a menudo.
La primera cabeza suele ser más grande y por lo general tiene la coronilla ataviada de plumas de colores que la hacen atractiva a la vista. El pico es delgado y color rosado y es utilizado para llegar a lugares inaccesibles donde se hallen lombrices y pequeños insectos, destinados a la alimentación. Los ojos, de un negro azabache, son grandes y similares a los de un ser humano hembra, por lo cual a menudo los lugareños suelen contar mitos de la transformación de este ave en una mujer. La cabeza tiene además la virtud de emitir atractivos cantos que sirven para atraer a sus presas.
La segunda cabeza, en cambio, es más pequeña y por lo general está replegada dentro de una de las alas, esperando para atacar con saña a la presa, una vez que la otra cabeza la ha atraído con sus cantos. Esta cabeza no tiene ornamento alguno en la coronilla y el pico color negro asemeja a un gancho. Los ojos, de un profundo azul, por lo general adolecen de ceguera y asemejan a los de una lechuza. Los horribles chillidos que esta cabeza emite, entran en contraste con los de la otra cabeza, aunque en ocasiones adquieren un tono que se asemeja al llanto de un ser humano, confundiendo así cualquier incauto que pase por allí.
Esta ave es muy agresiva y ataca tanto a animales como a seres humanos. Por lo general, la primera cabeza hipnotiza con sus cantos a la víctima, quien al estar cerca del animal es atacado por la segunda cabeza.
La reproducción de este ave es una de las más curiosas del reino animal, pues lo hace asexualmente a través de sus huevos. El huevo es fertilizado dentro del organismo del propio animal, pues este presenta ambos sexos.
La sobrevivencia del animal es muy incierta, pues a menudo devora a sus propios polluelos al nacer, sobreviviendo solo aquellos que, tras romper el cascarón, logren correr y alejarse lo más posible de su progenitor.
Pero sumado al alto índice de mortalidad en el nacimiento, está la característica agresividad del animal.  Después observar durante varios meses el comportamiento de esta ave, caí en cuenta que ambas cabezas entablaban encarnizadas batallas aún después de haber devorado a su presa. He comprobado, no sin cierto estupor, que la segunda cabeza suele matar a la otra, para luego ponerse a llorar amargamente. Finalmente, tras unos minutos de llanto, la cabeza sobreviviente suele herirse a sí misma hasta morir.