sábado, 27 de diciembre de 2008

Estampas de la ciudad I


La vi por primera vez en una de las calles del centro. Me pidió, por el amor de Dios, que le regalase una monedita, un bolivianito, para comprarse pan. Extendió la mano y el corazón se me encogió.

Era una mujer de avanzada edad, el cabello totalmente blanco, el rostro arrugado como un viejo pergamino, menuda, de voz suave y casi imperceptible pero que hace estremecerte el alma. Alrededor de ella giran muchas historias que sólo otros personajes nocturnos conocen; unos dirán que pide dinero en las calles porque es la única forma para contentar a la desalmada hija que descarga toda su ira en el cuerpo de la anciana, otros explicarán que hace muchos años murió su único hijo y que el insoportable dolor le hizo perder la razón, aquellos contarán que tiene al marido muy enfermo y que por ello mendiga en las calles buscando dinero para su curación; no me creo totalmente todas estas historias, las combino, reordeno, reescribo y termino totalmente enredado en ellas y la anciana se convierte en un enigma indescifrable, con un misterioso origen y un futuro incierto.

Su mirada melancólica me paraliza por completo, torpemente busco en mis bolsillos alguna moneda extraviada para dársela. El mundo entra en un mutismo absoluto, estoy sólo frente a ella, como acusado frente al jurado; inerme y confuso, contemplo a la vida, sus deliberadas omisiones y sus crueles designios.

Por fin, mi mano tropieza con una fría moneda y para mi este momento, perdido como estoy en medio de la vacuidad, encontrar un objeto sólido equivale a hallar algo de que aferrarse y evitar este perpetuo descenso, sempiterna caída de tres segundos.

Jamás podré saber hacia donde la dirige su errante caminar, alma en pena de la ciudad adormecida por el egoísmo; le lanzaré la moneda para comprarme cinco minutos de indolencia y de amor propio, luego ella se hundirá en la noche con su pausado caminar, internándose en el olvido de la ciudad que todo lo alberga en sus brazos.

lunes, 15 de diciembre de 2008

EL DEMAGOGO


Estimados conciudadanos:
Heme aquí nuevamente ante ustedes al cabo de un poco más de un año desde iniciada mi gestión…nuestra gestión, para decirlo de forma más correcta, puesto que sin su apoyo jamás habría sido posible.
Pues si queridos vecinos y vecinas de esta hermosa, pujante y tesonera región, si no fuera por el apoyo de nuestra comunidad, su servidor, aquí presente, jamás habría podido cumplir con éxito el mandato emanado de nuestra magna asamblea, aquella histórica fecha donde acudimos masivamente cientos…que digo ¡miles! para defender nuestra libertad. Cuando me viene a la memoria este día, inmortalizado ya por nuestros historiadores y artistas, no puedo sino sentir un orgullo que desborda mi pecho y que me lleva a gritar a voz en cuello ¡libertad!
(El orador, al ver que su arenga no hizo la menor mella en el público, carraspea antes de continuar hablando con más calma)
Sin embargo, deben saber, queridos conciudadanos, que la incursión en la arena política significa renunciar a la vida privada para entregarse por completo a la comunidad, tarea que trae regocijo pero también sinsabores. En el ejercicio de la gestión pública es fácil hacerse de enemigos cuando se tiene como tarea el combatir la corrupción, lo cual despierta el rencor de gente sin el menor escrúpulo que harán todo lo posible, se los aseguro, por mancillar y levantar falso testimonio a todo aquel que osare denunciar su infamia. Les aseguro, hermanos míos, que esta lacra se deleita con sólo pensar en provocar el fracaso ajeno.
(El orador hace una pausa, estira la mano vanamente en busca de un inexistente vaso de agua. Respira profundamente y prosigue)
Es por ello que hoy me presento aquí, queridos compatriotas, seguro de que no es ajena para ustedes mi trayectoria sin mancha alguna. Hago recuerdo de esto, no por falta de modestia, sino por la necesidad de recodarles mi compromiso con el pueblo, porque han surgido acusaciones contra mi persona, a quien falsamente se imputa de actos que ni siquiera voy a mencionar, pues de sólo pensar en ellos se me estremece el cuerpo entero. Sin embargo, el daño ya está hecho, pues en las últimas semanas mi persona ha sido comidilla de varios medios de comunicación, ocasionando que la opinión pública se torne hostil en contra de su servidor.
(Pausa, mira al público esperando leer el efecto del discurso en sus ojos)
¡Calumnias! ¡Viles calumnias! ¡Todo por perjudicar la labor intachable de éste compatriota suyo! (Pausa) Pero esto en sí no es lo más nocivo del asunto, las calumnias vertidas contra mi persona también les afectan a ustedes pues al insultar a un coterráneo suyo por añadidura insultan a nuestra amada región y a todos y cada uno de sus habitantes. Es decir, queridos amigos, que al insultarme han insultado a todos y cada uno de ustedes.
(Pausa para ver el efecto de sus últimas palabras en el público. El público está indiferente, casi ausente)
Pero hoy vengo a decirles, estimados conciudadanos, que pese a los insistentes rumores de mi posible renuncia, he decidido no claudicar en mi lucha por defender nuestra libertad, nuestros valores y nuestra forma de vida. He decidido que no puedo traicionar su confianza y darles la espalda en este histórico momento, donde se define no sólo nuestro futuro, sino el de nuestros hijos.
(Totalmente emocionado, el público en total mutismo)
¡Es por ello queridos conciudadanos que no vamos a dar el brazo a torcer ante estos infelices que hoy, ayer y siempre nos calumnian! ¡Hoy, más que nunca, debemos estar juntos como hermanos contra estos tiranos y mostrarles que estamos unidos para defender nuestra libertad y nuestras costumbres! ¡Hoy más que nunca, juntemos nuestros voces y hagamos escuchar a estos opresores que jamás vamos a rendirnos! ¡Unamos nuestras voces y hagamos llegar nuestro grito de dignidad! ¡Hoy como siempre defendamos con la vida nuestra libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad!
(Fin del discurso, el auditorio está completamente mudo)
El basurero estaba en silencio, sólo interrumpido por el revolotear de algunas moscas. El loco se retiró de la pila de basura, a la cual estaba subido, gritando incoherencias y agitando el puño en alto.
Los perros que habitualmente se congregaban en el basural, estaban convencidos de que fue el mejor discurso que habían escuchado en su perra vida. Habían quedado profundamente conmovidos (a alguno se le escapó un pequeño aullido lastimero) con el tono y las inflexiones de voz del orador que, ya para ese momento, había sido inmortalizado en los anales de la historia perruna.
Los gatos, más escépticos y cautos en sus criterios (aunque también lo hacían por oponerse a los perros) señalaban que habían escuchado a mejores oradores que ese y que éste, sin ser malo del todo, tuvo la virtud de conectarse emocionalmente con el auditorio. Sin embargo, cuestionaban dos aspectos del discurso: su brevedad y la poca contundencia del mismo.
Las ratas, insensibles y cínicas como sólo ellas saben serlo, se rieron en las narices de perros y gatos, les llamaron insensatos y majaderos, pues a ellas les tenía sin cuidado la política. De esta manera, continuaron escarbando entre la basura como si nada más importara. 

lunes, 8 de diciembre de 2008

EL FIN DEL SILENCIO

El señor y la señora Cortéz se encuentran en la cocina haciendo los últimos preparativos para el almuerzo con el que agasajarán a los padres del Señor Cortéz, quienes vienen de visita.

-       Querido, pásame la pimienta molida, por favour
-       Enseguida querida.

Mírala, tan desaliñada. Ya ni siquiera tiene la delicadeza de arreglarse un poco, sabiendo que vienen mis padres a almorzar. Que ande por la casa hecha un desastre cuando no hay visitas, pase… pero que no se arregle cuando vienen mis padres, eso si no se lo puedo aguantar. Y está tan gorda… luego del matrimonio empezó a tragar y tragar y se puso como una vaca, siento asco de sólo pensar que tengo que dormir junto a ella. Vaca gorda.

Estúpido, parado ahí mirándome como tonto ¿Creerá que porque vienen los viejos criticones de sus padres voy a estar a brincos por toda la casa? La madre ¡ay, la madre! Esa vieja arpía de boca podrida con la que siempre me anda comparando, el gusano. Casi me parece estar escuchando a la vieja: “en casa siempre fui yo la que cocinaba”, que “a Jorgito sólo le gustan mis sopas” o que “siempre hay que atender al marido y tenerlo contento”. Vieja puta, ¿Acaso no te das cuenta que estamos en pleno siglo XXI? Yo no voy a ser esclava de tu hijo, tengo una maestría en derecho, querida.  Gano el doble que el tonto de tu hijito.

-       Aquí tienes la pimiento
-       Gracias. ¿Crees que tus padres ya estarán por llegar?

Ni siquiera sé para que vas al gimnasio, vaca fea. Siento ganas de vomitar cada vez que te veo en ese trajecito ridículo, con tus carnes agitándose como banderas Eres fea, Vaca ¡Vaca fea!

Y el maldito viejo es el peor, un pervertido total. Se la pasa mirándome el culo y las tetas  ¡Ya ni siquiera disimula! La última vez que se acercó a hablarme, no desprendía los ojos de mi escote ¡Qué asco! Un viejo pervertido, eso es lo que siempre fue. Me di cuenta desde el primer día que el Gusano me llevó a su casa, recuerdo que el viejo me miraba como si quisiera comerme, aunque claro, en aquel entonces tenía yo un cuerpo esbelto. ¿Y aquella fiesta de año nuevo? ¿Donde el viejo de mierda tuvo el descaro de tocarme? Ja, ja, ja, pobre gusano, si se enterará de que su papacito se propasó conmigo mientras el dormía su borrachera, se muere de la rabia.

En cambio, Evita es lo que tu nunca fuiste ni serás, Vaca. Ella si me quiere y es buena en la cama. ¿Recuerdas cuando viajaste con las niñas a visitar a tu madre? Estuvimos cogiendo por toda la casa, una y otra y otra vez, Vaca. Evita es toda una mujer, y no como tú, Vaca inmunda.

-       Yo creo que sí. Me llamaron hace media hora cuando estaban saliendo.
-       A propósito, ayer llamó una muchacha preguntando por ti, Eva creo que se llamaba. No quiso dejar ningún encargo.

Y pensar que teniendo tantos pretendientes tuve que quedarme contigo, gusano. Carlos, por ejemplo, que ahora es un adinerado neurocirujano o Gabriel que hizo fortuna en la agroindustria. En cambio, el gusano anda todo orgulloso con su trabajucho de mierda. “Soy antropólogo” dice el Gusanillo con tanto orgullo, yo en su lugar escondería la cara con un sueldo tan miserable. ¡Ah! ¡Pero claro! Aún con un miserable sueldo se las arregla para tener una amante, no es ningún tonto este gusano.

Dejarte. Dejarte y marcharme con Evita apenas termine  sus estudios. Quizás nos vayamos de viaje por el mundo, mientras tu te mueres de ira, vaca vieja.
Piensas que soy una tonta y que no me doy cuenta que te pasas el dia revolcándote con esa mujerzuela. Pues si gusano, estoy enterada de todo, sé que andas con esa putita de 18 años, que pagas sus estudios y todos sus caprichos. ¿Qué pensaste Gusanillo? ¿Qué la ciudad es tan grande que no me iba a enterar? ¿Qué ninguna de mis amistades te iba a ver? ¿No te das cuenta, gusano? Eres un viejo verde, un cincuentón metiéndose con una niña ¿Cómo iba a pasar inadvertido que un anciano ande con una muchachita?  ¡Si casi le triplicas la edad! Y luego tienes el descaro de reclamarle a tu hija por salir con un muchacho cinco años mayor que ella. “Aún eres una niña”, le dijiste. “El muchacho ese ya está en la universidad y sólo sale contigo para pasar el tiempo, luego te abandonará” ¡Ah, gusanillo! ¡Eres un sinvergüenza!

-       ¡Ah, si. Claro! ¡Eva! Eva es la nueva secretaria que contrataron en la oficina. Seguro llamó para recordarme la reunión de mañana.
-       Claro, seguro era para eso que llamaba.
-       Er…Por cierto ¿Y Alicia?
-       Salió con Miguel.
-       ¿Otra vez con ese muchacho? Ya no sé qué hacer para que esa niña entienda que no debe salir con él! ¡Es mucho mayor que ella!

Mientras Eva y yo recorramos el mundo, reiremos imaginando la cara que pondrás cuando sepas que te deje. ¡Ah, vaca! Si supieras que tu maridito tiene como amante a una morena espectacular, seguramente te daba un patatús.

Y está claro que la putita solo sale contigo mientras tengas dinero. En cuanto pueda te deja. Esta claro que sólo te quiere por dinero, porque no eres nada atractivo y eres un inútil en la cama, no duras más de treinta segundos… ja, ja, ja

-       Ji, ji, ji – (Risilla disimulada) –
-       ;¿Qué es gracioso, querida? ¿Te parece que Alicia debe salir con ese muchacho?
-       No…ji, ji, ji No me río de eso, es que me acordé de algo gracioso que me contó la vecina.

Llevar y traer chismes, vaca. Eso es lo único que sabes hacer, meterte en la vida de otros e inyectar tu veneno. Como te odio vaca ¡Como te odio! ¿Piensas que no me doy cuenta que te burlas de mi con tus amigas? ¿Qué les dices, Vaca? ¿Qué? ¿Qué soy un fracasado? ¿Qué gano menos dinero que tú? Pues gracias a este fracasado tú eres lo que eres, Vaca. ¿Quién te pagó la universidad para que tengas la profesión de la que tanto te jactas? ¿Quién mantuvo a dos hijas y a su gorda esposa durante tantos años? Me da asco de tan sólo pensar en tu verdosa y fétida piel y que tengo que dormir en la misma cama. Eres un asqueroso reptil, vaca.

Pero claro, la putita muerta de hambre estará feliz por andar en el coche del gusano ¡La cara que pondrá cuando va a recogerla a la universidad para llevársela al motel! Pobre Gusano, si no tuvieras el coche, ni la hora te daba la putita.

-       Por cierto querida, usaré el coche el sábado. Los muchachos y yo vamos a reunirnos en lo de Pepe.
-       Dale a Pepe saludos de mi parte, hace tiempo que no le veo.

¡Otra hubiera sido la historia si tú no me conocías, Vaca! Sólo me casé contigo porque soy un hombre de honor y no podía dejarte embarazada. Tú sólo eras una noviecita más, porque a mí nunca me faltaron mujeres. Además, recuerdo el escándalo que vino a armar la bruja de tu madre a mi casa ¡Vieja chillona! Y entonces, claro, mi padre me sienta y me dice “Hijo tienes que cumplir con tu responsabilidad como hombre, como verdadero macho, como un Cortéz. Embarazaste a la chica y ahora te haces cargo” ¿Y cómo no va a obedecer un muchacho de 19 años, si le amenazan con echarle de casa? ¡Y encima tú que nunca lo tratas bien al viejo! Poniéndole esa cara de desdén cada vez que viene. Agrádesele al viejo, vaca, porque si no serias madre soltera.
Y como es la vida de injusta y justo quedé embarazada del gusano ¡Justo cuando conocí a Iván, el chico más guapo de la escuela! ¡Ese si era un hombre! Pero claro, cuando se enteró que estaba embarazada ya no quiso saber nada más de mí. De todas maneras, yo podía arreglármelas sola, pero mamá no quiso entender razones y me obligó  a casarme contigo. “¿Dónde se ha visto una mujer con hijo y sin marido?”, me dijo, y entonces toda la familia se pone a hablar a mis espaldas ¿Qué podía hacer?

-       Le haré llegar tus saludos ¡Ese Pepe, tan buen tipo como siempre!
-       ¡Tú y Pepe saliendo cada fin de semana! Al menos deberías quedarte en casa este fin de semana.

Tú debes agradecer al cielo el haberme conocido, vaca. Sin mi tú no serías nadie. Pero ya verás, si sigues jodiéndome la vida, te juro que te parto la cara aunque me metan preso. No me jodas, Vaca, porque te va a ir mal, muy mal…

Pero ya verás, infeliz ¿Tú crees que me voy a quedar tranquila como una estúpida? ¡Cualquier rato de estos te encontraré con la putita y ya verás la que se arma!  Además ¿Crees que sólo tú serás el infiel? ¡No me faltan hombres que se derriten por estar conmigo! Como el muchacho que entró recién al bufete ¡Como me mira el sinvergüenza! Y se pone nervioso cuando le hablo, es cuestión de demostrarle un poco más de interés y lo voy a tener a mis pies. Ya verás gusano ahora te tocan los cuernos a ti también.

-       Suena el timbre, querida. Deben ser mis padres
-       Baja y ábreles, querido. No les dejes esperando.

ALICIA ENCADENADA (el fin del silencio I)




1

Alicia aguardaba con impaciencia en una fría silla plástica del hospital, miraba las imperfecciones del piso y, de rato en rato, jugueteaba nerviosamente con el pie izquierdo, golpeando cadenciosamente con el talón o haciendo círculos con el pie entero.
Luego de unos minutos, irguió la cabeza y vio como algunas personas en frente suyo la miraban con reproche; el nerviosismo de Alicia había contagiado a varios de las personas que aguardaban en Emergencias.
Alicia bajó la cabeza nuevamente, las miradas la habían avergonzado y no pudo soportar un minuto más. Apoyó ambos pies de forma que quedaron paralelos y lentamente dejó que su cuerpo se escurra en el asiento, dejando que las piernas cuelguen por completo en el aire.
Metió las manos en los bolsillos laterales de su chamarra, la mano izquierda halló un viejo recibo olvidado hace mucho tiempo, Alicia miró detenidamente el papel y comenzó a doblarlo con ambas manos adquiriendo mil y una formas. En cierto momento, comparó el papel con su vida, como una metáfora de las incontables y caprichosas formas que había adquirido durante estos años.
Estaba sumida en estos pensamientos cuando por casualidad observó sus manos, aún tenían resquicios de la sangre de Gerardo, la ropa también estaba manchada, en especial los jeans, y habían algunas gotas de sangre seca en sus tenis. Sin embargo, no era la sangre lo que llamaba su atención, sino sus manos.
Ambas manos estaban ahí, tan cerca pero a la vez le parecían lejanas, ajenas. Ya no eran las manos suaves y blancas de una niña, estas manos delataban pertenecer a una mujer adulta, de unos veintitantos. Alicia sentía haber envejecido diez años en el último par de horas y ahora ahí, sentada en un hospital, sentía estar flotando en la intemporalidad del infinito.
Examinó los rostros de las personas que, al igual que ella, aguardaban el salón el hospital. Los semblantes de todas esas almas delataban su tristeza, por algún pariente, por algún novio o novia, o quizá por ellos mismos; Alicia no pudo impedir que un sentimiento de culpa se apodere de ella. Ella estaba nerviosa, sí, pero no por Gerardo, sino porque odiaba los hospitales y, sobre todo, por esas manos, esas manos manchadas de sangre que ya no le pertenecían.
Por Gerardo ya no sentía nada, ni amor ni odio, le era indiferente como cualquiera de esas personas que esperaban en Emergencias. Lentamente, los recuerdos comenzaron a fluir raudos en su mente, el salón de emergencias y las personas en él fueron disolviéndose, Alicia empezó a sentir cierta fatiga

2

Aquella mañana de miércoles comenzó tan similarmente a cualquiera de los miércoles de los cinco años que llevaba viviendo con Gerardo. El lento despertar, sacudir a Gerardo para que se levantase, el agua tibia de la ducha descendiendo por sus senos, todo le resultaba insoportablemente similar.
Durante el desayuno apenas intercambiaron algunas palabras, ambos miraban las tazas de café, extraviados en algún lugar de sus mentes. Alicia fue la primera en romper aquel incómodo silencio:
- ¿Tu café está suficientemente caliente?
- Está perfecto- respondió él.
- Porque si quieres, puedo hacerlo calentar unos minutos.
- Está perfecto- dijo tajantemente Gerardo, que observaba distraídamente hacia la ventana.
Camino hacia el trabajo, Gerardo conservaba el mismo mutismo del desayuno, Alicia tenía apoyado el codo derecho en el marco de la ventana y descansaba la cabeza en la palma de su mano, mientras el dedo índice jugueteaba ensortijando su pelo.
Pararon un semáforo de la Avenida Banzer y tercer anillo, para Alicia los segundos entre el cambio de luz fueron como estar encerrada por años en una catacumba sin el menor ruido.
Encendió el radio con la mano que tenía libre y sintonizó la primera estación que pudo encontrar. La locutora hablaba con un falso entusiasmo, su voz no podía esconder la indiferencia de una persona que simplemente está cumpliendo con su trabajo.
- Hoy es miércoles 29 de Agosto, son exactamente las ocho de la mañana con 10 minutos ¡A despertarse Santa Cruz! Para hoy, el pronóstico del tiempo nos dice que continuaremos con el frente frío de Sur, la temperatura descenderá hasta 8 grados por la noche. Así que ya saben amigos y amigas ¡A abrigarse muy bien hoy!
- Mierda, las ocho y diez. Llegaré retrasado al trabajo- dijo Gerardo.
Alicia no prestó la menor atención a lo que decía Gerardo y buscó otra emisora.
- Words are flowing out like endless rain into a paper cup, they slither while they pass, they slip away across the universe. Pools of sorrow, waves o joy are drifting through my open mind, possessing and caressing me. Jai guru de va om. Nothing’s gonna change my world, nothing’s gonna change my world…
- Adoro esa canción - observó Gerardo.
- … nothing’s gonna change my world, nothing’s gonna change my world. Images of a broken light wich dance before me like a million eyes, that call me on and on across the universe…
Gerardo detuvo el coche frente a la oficina de Alicia.
- Nos vemos al mediodía. ¿Compro el almuerzo o lo harás tú?
- Hazlo tú- respondió Alicia con indiferencia.
Gerardo se inclinó hacia ella y le beso en los labios, Alicia se estremeció por el contacto de la piel fría, como la de un reptil.
El almuerzo fue similar al desayuno, ambos masticaban tratando de no emitir ruido alguno. Gerardo leía el diario y Alicia iniciaba la lectura de “Historia de la eternidad” de Borges; comenzó el texto y se detuvo en la siguiente frase:
“…excluir el porvenir, que es una mera construcción de nuestra esperanza, y reducir lo ‘actual’ a la agonía del momento presente desintegrándose en el pasado.”
Alicia leyó y releyó el pasaje, cerró el libro y lo colocó a un lado de la mesa, dejó de comer, se tomó la frente con una mano y sus pensamientos divagaron. Pensó en los años que llevaba viviendo con Gerardo, en los planes que habían trazado, en los hijos que querían tener y todo le pareció ajeno.
De repente, todos sus pensamientos se ordenaron y quedo una idea fija: era imposible construir nada con Gerardo, no sentía tener un porvenir con él.
Gerardo, como si presintiese algo, apartó la vista del diario y miró a Alicia.
- ¿Te sientes bien, Ali? Te noto algo pálida.
- Nada, no tengo nada. Es sólo un ligero dolor de cabeza- respondió ella.
Ambas miradas quedaron fijas una en la otra durante unos segundos. Gerardo, sin decir palabra alguna, bajó la cabeza y se enfrascó nuevamente en su lectura; Alicia continuó mirando a Gerardo mientras éste llevaba el cubierto a la boca.
Durante la siesta, Alicia no pudo cerrar los ojos ni por un instante, las imágenes se le agolpaban en la mente una tras otra. Al rato, sintió que el sueño le invadía y justo cuando empezaba a quedarse dormida, sintió los fríos labios de Gerardo.
- A levantarse, flojita. Es hora de salir a trabajar- dijo Gerardo con voz meliflua, inusual en él.
El viaje en auto fue similar al de la mañana, excepto por Alicia que estaba inquieta, sumida en sus pensamientos. Gerardo volcaba la cabeza de rato en rato para observarla, en dos ocasiones entreabrió los labios intentado decir algo, pero cerraba la boca y volcaba la cabeza al frente para seguir conduciendo.
Al llegar a la oficina de Alicia, ésta se apresuró en bajar, no se sentía capaz de sentir la fría piel de Gerardo cerca de la suya. Gerardo la observó extrañado y sólo atinó a decir:
- Cuídate ¿sí?
Alicia estuvo bastante distraída toda la tarde, su compañera de trabajo, Valeria, abandonó el escritorio y se acercó hacia ella.
- ¿Sucede algo?
- Es Gerardo…- dijo Alicia dubitativa.
- ¿Todo bien entre ustedes dos?
Alicia suspiró profundamente y respondió:
- Supongo que si, es decir…no. Todo sigue igual que siempre.
Valeria se puso de cuclillas y susurró:
- ¿Le dijiste algo a él?
- No, aún nada. Es que no había motivo para decirle algo, es sólo que…
Alicia dejó escapar un largo suspiro y concluyó:
- Es sólo que…creo que ya no lo amo…creo que… voy a dejarlo.
Valeria iba a decir algo, pero el gerente entró en la oficina y dijo rudamente:
- ¡Señoritas! Éste es un lugar de trabajo, no un café. Si desean conversar podrán hacerlo al salir de la oficina, pero no en horarios de trabajo.
Y colocando varios archivadores en el escritorio de Valeria concluyó:
- Tenemos que entregar el informe de la consultoría mañana a primera hora. ¡Así que no hay tiempo que perder!
Valeria hizo una mueca de disgusto con la boca que no gustó demasiado al gerente, se reincorporó y dijo a Alicia:
- ¡Hablaremos al salir!
Alicia se puso a revisar las hojas de la consultoría, pero una parte de ella aún seguía pensando en Gerardo. Durante la tarde, tomó dos veces su teléfono celular y digitó el número de Gerardo, pero nunca realizó las llamadas.
- No, estas cosas hay que decirlas frente a frente, no por teléfono – pensó Alicia.
A las seis, salió apresuradamente pues no tuvo el valor para continuar la conversación con Valeria.
Tomó un taxi y se fue a la plaza. Vagó algún tiempo por las calles del centro, mirando los escaparates aunque, por más que lo intentaba, no miraba el contenido sino su propio reflejo, en la cartera el teléfono celular sonaba insistentemente. Cuando se sintió lo suficientemente segura para hablar con Gerardo, tomó un taxi en la Junín y 21 de mayo rumbo a su casa, el teléfono seguía y seguía sonando.

3

Alicia giró lentamente la llave, la cerradura sonó y abrió lentamente la puerta, tratando de evitar que las bisagras chillaran. Gerardo seguramente estaría esperando inquieto, mirando continuamente el reloj.
Alicia imaginó a Gerardo sentado en el automóvil con la vista hacia la puerta de su oficina y observando de rato en rato su reloj. Probablemente habría abandonado inquieto el coche, cuando vio que nadie más salía, para preguntar al portero por ella.
Después habría conducido velozmente a casa, mientras discaba una y otra vez el número del teléfono de Alicia. Al llegar al edificio habría preguntado por ella en portería y luego con los López, los vecinos, y seguramente ahora estaría sentado en el sofá hecho un manojo de nervios.
Mientras Alicia imaginaba el posible itinerario de Gerardo en la última hora y media, concluyó que era relativamente fácil romper con la vida rutinaria de Gerardo.
- Es tan absurdamente predecible – pensó mientras se asomaba una ligera sonrisa en sus labios.
Para sorpresa de Alicia, Gerardo no estaba en casa.
Abrió el refrigerador, sacó una cerveza y se tumbó en el sofá a mirar televisión, mientras aguardaba el arribo de Gerardo. Al cabo de unos quince minutos, oyó abrir la puerta y vio asomarse a Gerardo sosteniendo un ramo de rosas.
Gerardo se acercó hacia ella, le entregó las flores y simplemente dijo:
- Te amo…
Alicia, algo absorta, sólo atinó a abrazarlo.
No habían transcurrido más que algunos minutos para que Alicia sienta que Gerardo había regresado a su rutinaria vida. Consideraba que Gerardo se sentía inseguro cuando algo, aunque sea ligeramente, cambiaba.
Alicia se puso a preparar la cena, mientras que Gerardo encendía el estéreo y colocaba el Réquiem de Cherubini, su disco favorito. La última hora y media casi le había hecho enloquecer y necesitaba sosegar sus nervios.
Mientras, en la cocina, Alicia servía la cena, pero aún sentía el tedio que le acompañó durante todo el día.
- Así que este es el Spleen del que hablaba Baudelaire – pensó.
Antes de llamar a Gerardo, apoyó ambos manos en el mesón de mármol, suspiró profundamente y caviló:
- Tengo que decírselo ahora.
Alicia tomó ambos platos los colocó sobre la pequeña mesa circular de la cocina. Se dirigió hacia la puerta, la entreabrió ligeramente y dijo en voz alta:
- Gerardo…la cena está servida.
Gerardo entreabrió la puerta, sujetó un extremo con la mano, asomó tímidamente la cabeza y exclamó:
- Eeeeh…la verdad es que esta noche quisiera que cenemos en la mesa del comedor – acto seguido apartó la cabeza y cerró la puerta.
Alicia, algo molesta, suspiró profundamente, tomó ambos platos y abandonó la cocina pensando que pese a que Gerardo estaba casi seco por dentro, aún podía intuir que algo estaba por suceder aquella noche.
- ¡Como le cuesta perder su rutina! – pensó Alicia para sí.
Al salir, Alicia se dio cuenta que Gerardo había apagado las luces de la sala. Sobre la mesa ardían un par de velas cuya tenue luz iluminaba lo suficiente a Gerardo, quien se encontraba rebuscando entre los discos hasta tomar al fin uno.
Puso el disco en el estéreo, apretó play y Alicia sintió que la sala entera se inundaba de su canción favorita: How deep is your love; de los Bee Gees.
Alicia recorrió una de las sillas, se sentó y posó su mirada en Gerardo, mientras le comparaba con una persona ahogándose que manotea vanamente aún cuando sabe que pronto va a hundirse.
- Yo, yo… pen…pensé que podríamos tener una…una velada especial- balbuceó Gerardo y añadió tragando saliva: - Vos y yo…una…una…cena especial.
Alicia asintió con la cabeza aunque estaba molesta. Detestaba el tartamudeo que le venía a Gerardo cada vez que éste se ponía nervioso.
- Su inseguridad de nuevo, su maldita inseguridad cuando siente que le han arrebatado su rutina. ¡Como se aferra a ella! – pensó ella.
Durante la cena, apenas intercambiaron miradas, de rato en rato Gerardo sonreía a Alicia y está le respondía con otra sonrisa, para luego bajar la vista hacia el plato. El silencio sólo era quebrado por el ruido de los cubiertos al tocar los platos.

4

Alicia tomó una ducha antes de acostarse. Gerardo se había duchado antes, mientras ella recogía los platos sucios y los dejaba en el fregadero.
Al salir de al ducha, Alicia advirtió que Gerardo había encendido varias velas alrededor de la cama, suspiró nuevamente sin disimular su enfado y pensó en que la gente hace todo lo posible, a veces inconscientemente, por retrasar lo inevitable.
No vio a Gerardo por ningún lado y se acercó hacía la cama, se quitó la toalla que le cubría el cuerpo y se puso el camisón para dormir.
De repente, sintió que Gerardo le tomaba la cintura y acercaba los labios hacia su cuello. Alicia se estremeció al sentir la fría piel de Gerardo tocar la suya. Gerardo continuó besándola mientras iba retirando delicadamente los tiros del camisón logrando que este cayera al piso.
Gerardo posó sus manos en los pechos de Alicia y los acarició. Alicia respiraba lentamente y tenía la vista posada fijamente en la llama de una vela que bailaba agitadamente.
Lentamente, Gerardo fue bajando uno de sus brazos hasta llegar al ombligo, con delicadeza metió la mano bajo la braga de Alicia, ésta dejó escapar un seco jadeo y comenzó a gemir despacio cuando Gerardo comenzó a acariciarla. Alicia, levantó una mano, tomó la cabeza de Gerardo y acercó los labios a los suyos.
Los minutos siguientes se hicieron confusos, el ritmo frenético de Gerardo hacía que el mundo se diluyera para ella en un todo, fijo en el tiempo. Alicia sintió que la piel de Gerardo había recobrado su tibieza, mientras éste exploraba su cuerpo con sus besos, deslizando la punta de la lengua desde los pezones hasta detenerse entre sus piernas.
Alicia apartó a Gerardo y se hecho de lado jadeando, sin embargo, él se acercó lentamente y la tomó nuevamente.
Esta vez, Alicia sintió ser transportada en el tiempo, a aquel día cuando hizo el amor por primera vez con Gerardo. Era la fiesta de 15 años de Alicia y Gerardo y ella lograron escabullirse aprovechando la distracción de los padres con los invitados. Una vez en el dormitorio de Alicia, ambos intentaron deshacerse torpemente de sus ropas sin lograrlo del todo, pues el deseo y los nervios eran más fuertes que ambos. Casi vestidos, comenzaron a amarse aunque con la inexperiencia y el nerviosismo de la primera vez.
El recuerdo de la cálida piel de Gerardo se quedó grabado en la mente de Alicia a partir de aquel día y en ese momento, muchos años después, aquella evocación se hacía realidad.
Cuando terminaron, ambos estuvieron echados uno junto al otro por unos minutos, sin emitir palabra alguna. Alicia sintió que la piel de Gerardo recuperaba su habitual frigidez y recorrió hasta su extremo de la cama para evitar tocarlo.
Al cabo de un rato, Alicia se puso de pie y mientras se recogía el pelo miraba con cierto desdén a Gerardo, tumbado sobre la cama.
Alicia recogió el camisón del piso, se lo puso nuevamente y dio unos pasos hacia la ventana. Durante unos minutos observó en silencio la calle, donde los árboles eran azotados por el frígido viento, aún así abrió un poco la ventana para que entrase un poco de aire pues se sentía consumida por un ardor inexplicable que le recorría todo el cuerpo.
El viento se escurrió por la abertura, abriéndose paso hasta estrellarse contra su rostro, Alicia inhaló profundamente y sintió un hormigueo que le nacía en el vientre y que fluía ininterrumpidamente hasta llegar a su boca, cruzando raudamente su garganta. La sensación se le hizo más y más insoportable y sentía que su cuerpo se rendía ante el hormigueo, incapaz de contenerlo.
De repente, se giró violentamente hacía Gerardo, apoyó el cuerpo y los brazos en la ventana que quedó a sus espaldas, las palabras huían de su boca, sin poder hacer nada para evitarlo. Era como si hubiese perdido el control de su cuerpo frente a una fuerza superior, las palabras le parecían ajenas como si fuesen pronunciadas por otra persona.
- Gerardo, ya no te amo. Ya no puedo soportarte, te detesto – y continuó: - Voy a dejarte. Me marcho mañana a primera hora.
Gerardo se incorporó sobre la cama se sentó en el borde que estaba al otro extremo, quedando de espaldas a Alicia. Largó un profundo suspiro y dijo casi imperceptiblemente:
- Pero,..pero…es que yo te a-amo…
Lentamente se puso de pie quedando frente a la otra ventana y continuó dando la espalda a Alicia, giró apenas la cabeza, lo suficiente para ver de soslayo a Alicia. La tenue luz que se colaba por la ventana, hizo que Alicia apenas distinguiese el rostro de Gerardo, envuelto por las sombras. Según ella creía, Gerardo la miraba fijamente, aunque no podía adivinar el espacio de las cuencas donde los ojos pertenecían.
Los hombros de Gerardo brillaban ligeramente, de pronto él giró hacia Alicia y se quedó inmóvil, convirtiéndose en una silueta viviente.
- Me marcho mañana- repitió Alicia azorada, mientras sentía que la angustia le cerraba la garganta.
Gerardo siguió inmóvil al otro lado sin pronunciar palabra, inmerso en la penumbra. De súbito, en el espacio correspondiente al rostro, se asomaron un par de lágrimas que fueron descendiendo emanando luz propia hasta desaparecer.
Alicia se sentó en la cama, de espaldas a Gerardo, sin proferir palabras. A los pocos segundos oyó sus pasos que se perdieron tras la puerta del lavabo.
Alicia apoyó su cabeza en la almohada, recogió ambas piernas y a los pocos minutos quedó profundamente dormida.

5

Miles y miles de imágenes de seres informes poblaban la pesadilla de Alicia, cada uno de ellos se acercaba hacía ella quien, aterrada, distinguía en aquellas formas grotescas los rostros de las personas que conocía.
Cuando se acercaban hacia ella, los seres le reprochaban con voz chillona el trato que daba a Gerardo y sus planes de abandonarlo. En el desfile de engendros estaban sus padres, los padres de Gerardo, Valeria, el gerente de la oficina, los López y aún el taxista que la había traído a casa. Atrás, en el fondo, se erguía Gerardo como silueta viviente, Alicia quedó entonces convencida de que aquél ser era el verdadero Gerardo.
La pesadilla duró algunos minutos, Alicia abrió los ojos exaltada y palpó el lado de la cama de Gerardo para sentir su cuerpo, pero no lo encontró.
Se puso de pie y vio la puerta del lavabo entreabierta de donde escapaba una tenue luz mezclada con vapor. Buscó la bata, pues sintió algo de frío, y caminó lentamente hacia la puerta del cuarto de baño.
Empujó lentamente la puerta con una mano, mientras con la otra protegía sus ojos de la luz, la vista fue aclarándosele perezosamente y de repente vio la sangre escurriéndose por todo el piso.
Gerardo estaba metido en la tina con el agua cubriéndole el cuerpo hasta el pecho, tenía la cabeza ligeramente recostada hacía atrás con los ojos entreabiertos y en blanco, uno de sus brazos colgaba fuera de la tina y dejaba caer un hilillo de sangre en el piso, mientras que el otro teñía el agua de color carmesí. Gerardo se había cortado las venas de las muñecas y de las piernas.
Alicia retrocedió un par de pasos y llevó instintivamente ambas manos hacia su rostro para cubrir su boca. Los primeros dos gritos se ahogaron en su garganta, a partir del tercero los gritos fueron ganando intensidad hasta convertirse en un alarido continuo y estremecedor.
Los López se levantaron sobresaltados y corrieron para ver que sucedía, tocaron desesperadamente la puerta y, tras un rato, se abrió lentamente descubriendo a una trémula y pálida Alicia, semidesnuda y empapada en sangre.
La señora López vistió apresuradamente a Alicia, quien había caído en un mutismo total, con lo primero que tuvo al alcance de su mano en el guardarropa. Mientras lo hacía tuvo que lidiar con un repentino ataque histérico de Alicia y con la intromisión de dos de sus pequeños hijos, uno que atisbaba con curiosidad por la puerta del cuarto baño y con otro que estaba parado en el umbral de la puerta del dormitorio, mirando con curiosidad a Alicia, quien había empezado a sollozar emitiendo un gemido lastimero.
- ¿Que le pasa a Alicia, mamá? ¿Por qué llora? ¿Está enferma? ¿Qué le pasa a Gerardo? ¿Por qué llora Alicia? ¿Está enferma? ¿Por qué llora, mamá? ¿Mamá? ¡Mamá!
- ¡Largo de aquí, vuelvan a la cama! – gritó la señora López, con el rostro demudado por la ira, logrando que los chiquillos desaparecieran en el acto.
Mientras tanto, el señor López luchaba por sacar el cuerpo inconsciente de Gerardo fuera de la tina, lográndolo luego de un gran esfuerzo. Lo colocó sobre una toalla que había dispuesto para colocar el cuerpo desnudo y desgarró con los dientes parte de su pijama para proveerse de tela que convirtió en groseros torniquetes.
Pese a que creía distinguir vagamente el chillido de la sirena de la ambulancia, que había llamado previamente a sacar a Gerardo de la tina, el señor López juzgó que lo más conveniente era bajar los siete pisos que los separaban de la calle.
- Tiempo…Es vital ganar tiempo – pensó para sí el señor López.
Comunicó su plan a la señora López y a Alicia, quien había recuperado el juicio, para que buscarán algo con que proteger el cuerpo desnudo de Gerardo del fuerte frío de la calle.
Entre los tres trasladaron hasta la puerta del elevador, no sin cierta dificultad, el cuerpo casi inerme de Gerardo quien dejaba escapar un ligero pero persistente quejido. Pese a que al principio la solución de bajar a Gerardo por el elevador parecía la solución más rápida y sencilla, tropezaron con el problema de tener que erguirlo para que quepa en el elevador. Con mucha dificultad lo pusieron de pie, con un brazo alrededor del cuello del Señor López y con el otro en el de Alicia.
La sangre se escurría profusamente por la ropa de Alicia, haciendo que ésta entre en un nuevo estado de histeria. La señora López logró detener el copioso flujo con cierto éxito, ajustando fuertemente los pedazos de tela dispuestos como torniquetes.
La suerte estaba de su lado pues al llegar a la planta baja ingresaba la camilla empujada por un enfermero quien, junto a otro, ayudó a poner a Gerardo sobre el armazón.
Los López siguieron la ambulancia en su auto y decidieron acompañar a Alicia en el hospital hasta asegurarse que Gerardo iba a estar fuera de peligro. Al cabo de un rato, una enfermera les comunicó que Gerardo estaba fuera de peligro, que había perdido mucha sangre pero que tras coserle las heridas y realizarle una transfusión, habían logrado salvarle la vida.
Alicia, más tranquila, agradeció a los López y les rogó que no se preocupasen por ellos y que volviesen a casa para cuidar a los niños. Les dio un beso en la frente a ambos y luego quedó a sola esperando poder ver a Gerardo, mientras se cubría con la manta que la señora López le había dejado por si acaso sintiese frío.
Los minutos pasaron lentamente y Alicia se sentó en uno de los asientos de plástico, aguardando alguna noticia.

6

Mientras Alicia terminaba de recordar lo acontecido durante la jornada, sintió una mano que se apoyaba delicadamente en uno de sus hombros.
- Soy la doctora Ampuero. Fui yo la que atendí a su esposo.
- No es mi esposo, es mi novio – dijo distraídamente Alicia.
- Disculpe, quise decir su novio – corrigió la doctora Ampuero mientras tomaba con la mano un brazo de Alicia.
- Acompáñeme por aquí por favor.
Caminaron por un largo por un largo pasillo flanqueado por varias puertas, mientras sus pasos resonaban. Finalmente, se detuvieron frente a una y la doctora susurró:
- ¿Es la primera vez que él intenta quitarse la vida?
- Si, al menos eso creo – respondió Alicia.
- ¿Está segura? ¿Nunca le comentó nada? ¿Quizá de su adolescencia? – inquirió la doctora.
- No, jamás me contó algo nada y en los diez años que llevamos juntos nunca intentó algo así – respondió Alicia, con la vista en el suelo, intentado recordar algo que pudiera dar algún indicio.
La doctora miró durante unos minutos el rostro cabizbajo de Alicia e indicó:
- Gerardo está inmerso en una profunda depresión y no es nada raro que se sienta frustrado durante la recuperación e intenté atentar nuevamente contra su vida.
Alicia levantó la cabeza y miró a la doctora a los ojos sin proferir palabra alguna. La doctora Ampuero advirtió un leve temblor en los ojos de Alicia que creyó delataban que se aproximaba un ataque de histeria, así que concluyó:
- Él tendrá que seguir un tratamiento psiquiátrico y eventualmente podría ser medicado en caso de no poder superar el trauma.
Alicia continuaba en silencio.
- Por ello, es necesario que usted, como su pareja, esté permanentemente a su lado, apoyándolo más que nunca – continuó la doctora.
- “Más que nunca…más que nunca…” - estas palabras resonaban en la mente de Alicia, mientras la Doctora Ampuero empujaba la puerta para que Alicia entré al cuarto donde estaba Gerardo.
- Ahora los dejo solos, pero sólo unos minutos porque su novio está agotado por la perdida de sangre y no es bueno que se sobrexcite más por esta noche –concluyó la doctora, mientras dejaba sola a Alicia.
Alicia vio a Gerardo con los brazos extendidos sobre la cama con las palmas de las manos hacia arriba, tenía ambas muñecas vendadas. Se veía demacrado, con los ojos cerrados e inusualmente hundidos
- ¿Gerardo? ¿Gerardo? ¿Estás despierto? - susurró Alicia mientras se acercaba con calma hacia la cama.
Gerardo entornó lentamente los párpados y fijó su vista en Alicia.
- Toma mi mano, Ali – murmuró Gerardo.
Alicia obedeció y tomó una de sus manos, sintiendo nuevamente aquella gélida piel. Gerardo continuó musitando:
- Te amo, Ali. Mi vida no vale nada sin ti ¿Sabes? No vale nada, ni un céntimo…por favor…no me dejes.
Alicia sintió la agitación que inundaba el pecho de Gerardo. Éste continuó:
- Quédate conmigo, Alí. No me abandones…prométeme que nunca vas a abandonarme, que estarás a mi lado para siempre.
Los labios de Alicia se entreabrieron y se agitaban errantes incapaces de soltar sonido alguno. Sentía que el frío toque de la piel de Gerardo invadía todo su cuerpo.
Alicia balbuceó algunas palabras antes de decir:
- Lo…lo prometo. Prometo que me quedaré por siempre a tu lado.
Cuando terminó de hablar, sus ojos dejaron asomar lágrimas de desesperación. Sentía la frialdad que emanaba de la piel de aquella silueta viviente, que se apoderaba de su cuerpo y ahora de su alma, para siempre…

lunes, 20 de octubre de 2008

EL REFLEJO EN LA DAGA



- Mario Siddhartha Portugal Ramírez -

El reloj de la catedral anunciaba, ya sin ganas, las tres de la madrugada. Su mortuorio tañir inundaba la plaza, anunciando que la noche comenzaba a marcharse.

Los pasos de D… resonaban mientras giraba en la esquina de la Suárez de Figueroa rumbo a su cuarto. Hacía tan sólo un par de meses que se había mudado a ese pequeño departamento en la calle Pari, número cuatrocientos noventa.

- Cuatrocientos noventa- pensaba D… cuando trasladaba sus pocas pertenencias, nunca creyó en la numerología pues era un nihilista, sin embargo, repetir cuatrocientos noventa una y otra vez, hacían surgir una llama mística que moría en su garganta, casi sagrada.

Eran aproximadamente las tres y cuarto cuando D… llegó a la puerta de su hogar, se quedó parado unos minutos en el umbral, batallando contra los vapores del alcohol antes de poder encontrar la llave correcta. Había estado bebiendo en un pequeño bar cerca de la plaza, intentado olvidar ese agobiante tedio que lo asfixiaba.

Durante la semana D… pasaba sus horas sentado en un escritorio llenando informes, archivándolos, revisándolos, volviendo a archivarlos…

- “A job that slowly kills you”- pensaba a menudo D… al recordar aquella canción de Radiohead.

- La rutina acabará conmigo antes que la misma muerte – bromeaba D… mientras soñaba con lugares remotos y aventuras fantásticas. Como muchos, D… fue un ser lleno de entusiasmo el primer día de trabajo, pero ahora, después de dos años y medio, se había convertido en una coraza vacía, helada por dentro.

Al fin, la llave encajó y la cerradura giró permitiendo que la enmohecida puerta cediera con gran estrépito, la oscuridad de la galería de ingreso inundó los ojos de D…Los pasos de D… resonaban y se extraviaban en la penumbra, caminó tanteando en la oscuridad y, tras avanzar unos metros, decidió continuar apoyando el cuerpo en la pared.

Al fin D… llegó al patio central y se dirigió hacia su cuarto. La noche era clara e iluminaba los alrededores, el viejo árbol, que se erguía altivo en el centro del patio, mecía sus ramas al son del viento como si estuviese dándole la bienvenida.

Cuando D… llegó a la puerta de su habitación aspiró profundamente tratando de despejar su mente, tras expulsar el aire de sus pulmones, se percató de los ronquidos del vecino.

Maldita sea - murmuró para si - ahora me será imposible dormir.

D… entró torpemente a su habitación y fue desnudándose en el trayecto hacia su lecho, mientras se quitaba los pantalones perdió el equilibrio y cayó pesadamente contra la pared. El golpe no fue fuerte y D… quedó sentado en el piso durante unos minutos mientras intentaba despejar su mente, lentamente fue reincorporándose y entonces lo vio.

D… totalmente perplejo, cayó nuevamente sentado y comenzó a temblar, un grito intentó escapar desde su vientre pero se ahogó en su garganta, el sudor frío cubrió su frente y la palidez fue apoderándose de su rostro; en su lecho yacía un extraño.

A D… le tomó algunos minutos recuperar el aliento antes de poder reincorporarse, se acercó lentamente hacía la cama para poder observar al inesperado intruso. La pálida luz que se escurría por la ventana era insuficiente para poder distinguir al extraño.

D… se acercó lentamente para poder ver el rostro pero fue en vano, el desconocido se encontraba durmiendo de espaldas a la ventana y tan sólo un extremo de las sábanas emitía un tenue resplandor.

D… empezó a enumerar nombres para adivinar quien podía ser el extraño, descartó por completó la posibilidad de que se tratase de algún amigo o pariente pues a ninguno le había confiado una copia de la llave, de todas maneras solían anunciar su visita con anticipación. De esta forma, D…llegó a la conclusión de que algún extraño había entrado por error a su cuarto, convencido a si mismo con esta explicación sintió cierto alivió.

D… caminó alrededor de la cama sintiendo que la ira se apoderaba de él, estaba decidido a despertar al inoportuno visitante para luego expulsarlo a empellones por su atrevimiento. Tan molesto caminaba que no advirtió la pequeña alfombra juntó a la cama que utilizaba a diario al levantarse, D… tropezó y su cuerpo cayó hacía el suelo pero tuvo tiempo de poner la mano para evitar caer de bruces.

D… apoyó una rodilla en el piso y quedó cerca de la cabecera de la cama, con la vista hacia el cuerpo del extraño. En ese momento, el cuerpo del ser giró en el lecho quedando con el rostro frente a la ventana. D… sintió el terror invadir su alma, obligándolo a retroceder y pegarse contra la pared, el extraño que dormía sobre la cama era él mismo.

El tiempo fue diluyéndose, la conciencia de D… se mecía en un haz de luces multicolores que giraban y brillaban intermitentemente, mientras miles de voces se agazapaban en sus oídos formando un sólo estertor, insoportable, enloquecedor. D… no supo cuanto tiempo estuvo semiinconsciente, lentamente recuperó el uso de sus sentidos y quiso hallar alguna respuesta.

´- ¿Ser caso un sueño? – pensaba D… mientras pellizcaba con desesperación uno de sus brazos. El dolor de cabeza y de los rasguños hizo descartar esta posibilidad. No, no había duda alguna, no era una pesadilla, era la realidad, la realidad subvertida.

D… sintió unas incontenibles ganas de salir corriendo de la habitación y gritar, gritar hasta despertar a todo el mundo. Si, esa era la solución, despertar a todo mundo para que entrasen con él a ver lo que sucedía, entonces verían que no había nadie dentro y molestos se retirarían diciéndole que estaba loco y que dejase de beber. Pero… ¿Y sí los vecinos entrasen y viesen lo mismo que él? ¿Qué sucedería? ¿Qué quedaría entonces?

D… tembló al pensar en esta última posibilidad. No podía permitir que esto sucediera, de ninguna manera. La solución era deshacerse del ser, lo más rápido posible, antes de que amaneciera y el otro se despertara, antes que sea demasiado tarde.

Con estas ideas girando en su mente, fue hasta la cocina y buscó un arma para perpetrar el crimen. Buscó y buscó entre los cajones hasta hallar un afilado cuchillo, con el arma en la mano se dirigió hacia la cama en silencio.

La daga parecía emitir luz propia, D… pudo observar su cara distorsionada en la hoja, fue incapaz de encontrar el más mínimo parecido, el ser le había robado su rostro, tenía que deshacerse de él para recuperarlo.

Se paró junto a la cama y observó al extraño con detenimiento, D… nunca había prestado demasiada atención a su fisonomía, pero al verlo ahí, en poder de otro ser, vio un semblante marchito, angustiado del cual emanaba una insondable tristeza, imposible de explicarla con palabras. Aquel rostro ni siquiera reposaba en calma, se veía intranquilo como si estuviese siendo sofocado por alguna mano que lentamente iba cerrando el puño.

D… fue incapaz de acometer al ser con el arma, se sintió desolado y se aferró al mango del cuchillo con todas sus fuerzas, como si esto pudiese evitar que cayese en un pozo. Cerró los ojos y las lágrimas explotaron sin que fuese capaz de controlarlas, D… fue deslizándose hasta caer sentado, sentía lastima por el ser y por si mismo pues hasta ese momento ambos eran esclavos de un mundo que jamás podrían entender. Tenía que liberarlos a ambos, pero era necesario hacerlo cuanto antes, porque pronto amanecería, él se despertaría y se verían cara a cara.

D…sujetaba fuertemente el cuchillo con el asa bañado en sudor, mantenía sus párpados cerrados sin poder juntar el valor para abrirlos. El tiempo pasaba y tenía que hacerlo cuanto antes, deshacerse del otro…rápido, antes del amanecer, antes de que sea demasiado tarde…era ahora, ahora o nunca.

-D…, D…- le susurraron de pronto al oído - dame ese cuchillo, D…

A lo lejos, se escuchaba el tañir de las campanas del viejo reloj de la Catedral, el amanecer había llegado.

jueves, 16 de octubre de 2008

Descenso al interior del terror


Edgar Allan Poe - Suplemento BRUJULA de El Deber


SABADO, 15 de ABRIL de 2006

Edgar Allan Poe, considerado el creador del género policial, ha sido el escritor más influyente de la literatura de terror del siglo XX. Próximos los 200 años de su nacimiento, Mario Portugal S. Ramírez hace un repaso por la obra y la vida del mítico escritor


Mario Portugal S. Ramírez

Qué puede surgir de abstraerse de lo real? Evadirse y buscar refugio en el interior, en lo más recóndito del alma. Pero ¿y si escapar hacia dentro de uno mismo no hace más que encararnos con nuestros peores temores, enfrentarnos cara a cara con los demonios internos?Edgar Allan Poe (1809-1849) encontró en sí mismo una realidad inquietante que plasmó en sus cuentos. El bostoniano inclinó su atención en construir un mundo perfectamente lógico dentro de su gran pasión: la literatura. El terror ante lo insólito, la soledad como único refugio y el resentimiento enraizado en el alma eran temas que desarrolló a lo largo de su obra. Sin embargo, también escribió poesía alusiva al amor: "¿Deseas que te amen? No pierdas, pues, el rumbo de tu corazón", decía el poema A F.S.O. dedicado a una de las muchas mujeres que amó en su vida. Y es que Poe fue un apasionado y un poseso que convivía con una dimensión siniestra, aunque a menudo ambas facetas se entremezclaban.


Las dos personalidades

Poe era una dicotomía andante, su narración William Wilson es sintomática: perseguido por un ser que no es más que el reflejo de uno mismo. En el poeta convivía, por un lado, el Allan, apellido que recibió de sus padres adoptivos con quienes mantuvo una difícil relación amor-odio. Esta dimensión lo anclaba a la realidad, hacia la vida, y es en estos momentos de lucidez donde su obra consistía en poemas que exaltaban el amor y la pasión.


Por otra parte, estaba el Poe que le llevaba a tomar una posición cínica y destructiva. Este apellido fue la única herencia que sus padres le dejaron. Huérfano con apenas dos años, Poe se obsesionaría con la muerte de sus padres (por causa de la tuberculosis); su cuento La máscara de la muerte roja es precisamente el reflejo de ello: un relato antropomorfista que expresa el horror ante la enfermedad, personificada en una máscara sin un rostro por detrás.


El poeta fue poseedor de una ubérrima mente que le permitía una ubicuidad -como narrador y como víctima- que alcanzó su máxima expresión en relatos como El pozo y el péndulo (inquietante historia de un condenado por el 'santo oficio'). Capturó también el pavor de ser 'enterrado vivo' y pudo expresarlo de manera angustiosa: los gritos, la oscuridad circundante, la mente que se quiebra.


Empero, esta ubicuidad no era gratuita, pues lo lanzaba hacia la locura. Dipsómaniaco y opiómano, su vida estuvo marcada por la precariedad y la infravaloración. Lo 'mundano' no tenía mayor razón de ser en su vida, salvo le sirviese en sus propósitos literarios. Por ello, su vida profesional apenas le sirvió para vivir modestamente.


En Poe tenemos a un protohombre posmoderno que no cree en el progreso (le tenía sin cuidado la invención del telégrafo o las primeras máquinas de vapor recorriendo su país), que está embebido en su hedonismo y que disfruta el momento, pues entiende la transitoriedad y fugacidad de la felicidad. El poeta cree en el sentimiento y no en la razón, salvo que ella ayude a su detective Dupin a descifrar el doble asesinato de la calle Morgue o el misterio de Marie Roget.Poe, el misántropo, fue atacado por sus relatos, muchas veces incomprendidos por la crítica y el vulgo. Pero ello no significó que estuviese dispuesto a soportar la censura; atacó y se burló furiosamente de otros autores contemporáneos y llegó a eliminar a sus enemigos en su alegoría del rencor titulada La barrica del amontillado: el poeta se regodea en su execración mientras coloca el último ladrillo-palabra que condena a su adversario.Poe transgredía límites a su entero antojo, el relato El Gato negro (cuyo dueño lo empareda por error junto con el cadáver de su esposa asesinada) o La verdad en el caso del señor Valdemar (donde el protagonista crea un muerto viviente) son prueba irrefutables de la genialidad que colinda con la locura del autor.


Novio de la muerte

El poeta cohabita con el más profundo desencanto hacia un mundo que no entiende, por ello busca refugio en lo esotérico, principalmente en el culto hacia la muerte. La vida no es más que una etapa transitoria hacia la muerte, hacia la cual no oculta su admiración que bordea la necrofilia, por ejemplo, al enterarnos del contenido de su relato La caja oblonga: el cadáver de la amada esposa conservada en sal. Este amor que trascendía la muerte se expresa más terriblemente aún en su cuento Berenice, angelical doncella que descansa desdentada en su ataúd por un arrebato de pasión del protagonista.


En la realidad, el amor enfermizo de Poe fue hacia su prima Virginia, a quien desposó con tan sólo trece años. La muerte de su esposa (paradójicamente por tuberculosis) lo sumiría en una completa desolación, de la cual buscaría escapar frecuentando a amantes, aunque el alcohol parecía ser su única forma de reconciliarse con el mundo.


Intentos de suicidio, delirio y hartazgo serían los prolegómenos de su fin, que en sí fue una paradoja: fue emborrachado hasta la intoxicación para que sufragara varias veces por un partido político. ¡La muerte puede ser tan irónica! Aquél que lidiaba día a día por evadirse del mundo real -para construir su propio entorno- halla su fin en algo tan mundano como la politiquería. Agonizante y preso del delirium tremens, la vida de Edgar Allan Poe se extinguió como llama fustigada por horrible tempestad, similar a la que azotaba a la pequeña embarcación de Un descenso dentro del Maelström.


Y ahora tras 157 años de la llegada de Edgar Allan Poe a esta irrealidad, la aterrada imagen del poeta aún se refleja en los ígneos ojos del cuervo, aquél que sigue posado en el busto de Palas -sobre el dintel de la puerta- para no irse... nunca más.

miércoles, 15 de octubre de 2008

La incorfomidad del silencio

http://www.eldeber.com.bo/brujula/brujula8/bru3.html
SUPLEMENTO
Brújula
La inconformidad del Silencio

Desde su disciplina, el sociólogo Mario Portugal se interna en la obra de Charles Chaplin, en esa filmografía que satirizó los sistemas sociales y económicos de la época que le tocó vivir. Esa crítica le costó el exilio, que rompió sólo para recibir el tan ansiado Oscar de la Academia de las Artes Cinematográficas










Mario Portugal Ramírez

En la actualidad, los estudios cinematográficos invierten millones de dólares en efectos visuales y sonoros para sus películas, en el afán de ganar la preferencia de un público cada vez más exigente. En este contexto, las películas hechas en los inicios de la industria cinematográfica -mudas y en blanco y negro- parecen ser anacrónicas y reservadas para el nostálgico o el excéntrico esteta.

Empero, hay filmes que trascienden épocas y caracterizaciones arraigadas en el imaginario colectivo que hacen del actor un ser perenne. Uno de ellos es Chaplin.

Infancia e inicios en el espectáculo
Charles Spencer Chaplin nació en 1889 en Londres; sus padres fueron modestos actores de un teatro en el que Charles tuvo sus primeros roces con el espectáculo. El padre murió dejando a la familia en la indigencia; la madre, frente a tan difícil situación, enloqueció y fue internada en un sanatorio mental. Así, Charles y su hermano Sydney pasarían su infancia en orfanatos y sobreviviendo en las calles.

Charles debutó en el teatro a los 8 años hasta que llegó a la compañía de Fred Karno donde perfeccionó su pantomima. En 1912, con 21 años, llegaba con la 'troupe' a EEUU, donde el actor Mack Sennett reparó en su talento, contratándolo para su productora -la Keystone- con la que produjo más de 35 cortos y marcó el ascenso a la fama; en este ínterin, el personaje de Charlot se iría consolidando.

Para 1915, la productora Essanay lo contrata por $us 1.500 mensuales, cifra millonaria para la época, y realiza 14 cortos. En 1916 pasa a la Mutual y filma doce cortos de los cuales se destacan The Inmigrant, que retrata las penurias del inmigrante en un nuevo y hostil país, e Easy Street, en el que Charlot, convertido en policía a la fuerza, impone el orden en una calle azotada por la pobreza y la violencia. Chaplin profundizaba cada vez más su aguda crítica social.

En 1918 firma un contrato por un millón de dólares anuales con la First National y filma doce películas hasta 1922, incursionando además en la dirección. Posteriormente, sería fundador de la productora United Artist junto a otros artistas. En esta etapa se consagraría con películas como The Gold Rush, The Circus, A dog's life, City lights -filme romántico por excelencia- y The Kid, una de sus piezas maestras.

Tiempos modernos y la censura, aquellos Grandes Dictadores
La mordacidad de Chaplin para criticar su época está presente en cada una de sus obras. La autoridad -encarnada en el omnipresente policía- sería objeto constante de su parodia, pues era identificada con el poder arbitrario que oprimía al débil -equiparado con el pobre-, el cual era obligado a sobrevivir sobre la base de la astucia.

En Modern Times (1936), la sátira de Chaplin se estrella contra todo el sistema: un capitalismo industrial cuyo templo es la fábrica y la Organización Científica del Trabajo (OCT) -o taylorismo- su credo. La OCT permitió conocer cronométricamente los tiempos para fabricar un producto, medir los periodos necesarios para cada tarea y analizar la capacidad operativa del obrero, así como sus fatigas, demoras, ritmos y tiempos 'muertos' de trabajo. De esta manera, podían planificarse costos de producción, programar actividades y sistematizar el control de los trabajadores en pos del fin supremo: la producción en masa. La nueva estructura del trabajo significaba nuevas formas de organización basadas en la racionalidad, el mercado, el individualismo y el antitradicionalismo, que a la larga se convertirían en amenazas para la estabilidad social, para la libertad y la autonomía del individuo. Estos problemas serían estudiados por una nueva disciplina, la sociología, cuyos pioneros -Durkheim, Weber y Marx- coincidían en que la miseria obrera era acentuada por la tecnología, la organización y la división del trabajo, que consolidaban la conflictividad entre las clases sociales.

Chaplin, sin ser sociólogo, critica ferozmente el trabajo deshumanizador de la fábrica: Charlot, al ajustar tornillos, sufre una crisis nerviosa que provoca su encierro en un sanatorio mental. Fija también su atención en las crisis periódicas del sistema capitalista manifestadas en el cierre de las fábricas, el desempleo masivo y las protestas callejeras de los obreros, en una de las cuales el personaje se mete accidentalmente valiéndole la cárcel al ser confundido como uno de los incitadores.

En The Great Dictador (1940), Chaplin hace una cáustica parodia de Adolf Hitler -llamado Adenois Hynkel- y representa también a un barbero judío, víctima de la represión nazi. Este filme se constituye en un hito porque fue su primera película hablada. Hasta ese entonces se negaba a incursionar en el cine parlante, pero cuando decide hacerlo tiene mucho que decir: el discurso final del barbero -confundido con el dictador- defiende la libertad del ser humano y ataca todo sistema totalitario.

Si bien Chaplin era amado en el mundo entero, tuvo detractores que lanzaban invectivas en contra del mensaje de sus obras. Y aunque aborrecía todo absolutismo -¿no era evidente con The Great Dictador?- fue acusado de comunista, extremo que, para ira de sus acusadores, no llegó a desmentir totalmente.

Perseguido por el maccarthismo, que atacó a intelectuales y artistas de Hollywood, víctima de la censura y acusado de comunista, Chaplin compareció ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas en 1949. Al año siguiente, mientras viajaba por Europa, se ordenó a las autoridades de inmigración que lo retuvieran a su regreso. Chaplin no volvería a EEUU (se afincó en Suiza), sino hasta 1972, para recibir un Oscar. Octogenario ya, falleció en el día de Navidad de 1977.

Hasta hoy sus películas continúan siendo redescubiertas por cada nueva generación que valora el gran contenido humano que plasmó en cada una de sus obras. Chaplin tiene asegurado un lugar en el cine y la historia, pues su mensaje de evitar toda injusticia contra el débil seguirá vigente, pero ante todo estará presente para arrancarnos una sonrisa y, por qué no, una lágrima.

sábado, 11 de octubre de 2008

La desazón. Baudelaire



La desazón. Baudelaire

La rebeldía contra lo establecido, contra la burguesía y las trivialidades de sus leyes es parte de la propuesta de Charles Baudelaire, ‘el poeta dandi’. A continuación, Mario Portugal realiza una aproximación a la obra del polémico francés


Mario S. Portugal Ramírez


En plena crisis de la modernidad, el hombre posmoderno flota a la deriva sin la más mínima esperanza de encontrar la tan anhelada isla -la utopía- que Tomás Moro le había descrito en 1516. El ser posmoderno se recluye en la celda de su individualismo para repetir el mantra sagrado ‘Carpe diem’, alabando a la nueva divinidad: Narciso. Se siente engañado por aquellas figuras inmortales de la historia, cuyos ideales ya no representan nada para él.


Ante la falacia del progreso y de la razón, el hombre posmoderno descubre su ‘verdad absoluta’: no hay pasado por recordar ni futuro por construir; vivamos el presente. De esta manera, se lanza hacia una desesperada búsqueda para gozar del presente, pues nada hay más allá. Su existencia se vuelve fatua, pero paradójicamente se convierte en un credo: la necesidad de contar con dinero -su nueva deidad- es su obsesión, rinde exagerado culto a lo estético y rescata el misticismo de antaño para adaptarla a los nuevos tiempos, pues necesita estimular sus sentidos hasta el máximo, por ello mezcla dogmas que no respeta por completo, pues en cuanto puede los mercantiliza.


En esta carrera por aprovechar el presente, el ser posmoderno termina destruyendo los frágiles lazos de la solidaridad y cae en cuenta de que, pese a estar rodeado por millones como él, ha quedado completamente solo. La ciudad se convierte en una prisión para un sinnúmero de seres y es en este preciso instante en el que llega el desencanto, el tedio por vivir, el ‘spleen’, y una voz del pasado le recuerda que hace ya mucho tiempo vivió un compañero de angustia: Charles Baudelaire.


Baudelaire, el proto -hombre posmoderno

Baudelaire (1821-1867) vivió una etapa particular, donde el espíritu imperante era el del capitalismo, aquél que -siguiendo a Max Weber- configura un ethos del individuo expresado en lo social. De esta manera, la burguesía rompía con los valores tradicionales y situaba al trabajo como el núcleo central que daba sentido a la vida misma. Este espíritu basado en una ética protestante -calvinista y, por tanto, puritana- formaba la mentalidad económica imperante, aquélla que llamaba a acumular riqueza, pero que casi prohibía disfrutarla. La vocación -que alude a lo religioso- se confunde con el oficio - la actividad económica - con la cual se alaba las bendiciones de Dios y se cumple el propósito de los hombres en la tierra, pues el hombre en sí está predestinado para el trabajo, resumidos en labor y mesura o las formas de participar de la gloria a través de la actividad económica. En este sentido, toda actividad no productiva es en realidad una forma de desviación social, por ello el artista debe entrar en la lógica productiva, su arte debe satisfacer a la masa consumidora; deberá ser rentable. En consecuencia, en esta nueva realidad no hay un lugar para el poeta.


Baudelaire, hundido en su melancolía y su persistente misantropía, aborreció esta ética basada en el trabajo. Su poesía no era para el hombre común, para el "sobrio e ingenuo hombre de bien"; era para el condenado, para el inmoral, para el despreciable. Por eso su fascinación por prostíbulos, tabernas y todo lo que la sociedad tachaba como inmoral.


Por ello, ofrendó un extraño y siniestro regalo: sus Flores del mal, poemas que expresan ira, desencanto hacia la vida. La flor, regalo predilecto del amante, es para el poeta objeto de parodia. Imaginar unas ‘flores malsanas’ significaba destruir su belleza y su contenido simbólico, estrellándose contra todo lo establecido.


Como expresión de su desprecio hacia lo establecido, adoptó la ética del ‘dandi’, aquélla que aborrece lo burgués y se mofa de las trivialidades de sus leyes, desprecia también el mal gusto del aristócrata. El ‘dandi’ está por encima de todo, soluciona flemáticamente cualquier problema evitando caer en lo vulgar y en lo mediocre; es elegante y eso lo separa del resto de la masa. Por lo mismo, está completamente solo.


Baudelaire, el poeta ‘dandi’, se siente terriblemente solo y el tedio llega inevitablemente, busca desesperadamente estimular sus sentidos hasta obtener aquel ‘nepente’ que curará su melancolía, aunque con el gran peligro de convertirse en la temida copa de cicuta.


La ciudad: inspiración y mazmorra

La apacible vida del campo no es para Baudelaire; la ciudad es su musa y su misterio aumenta al caer la noche. Oscuras callejuelas donde se esconde aquella parte de la vida, que muchos quisieran que desaparezca, pero que ejerce una atracción enfermiza, sin la cual no podría entenderse una ciudad. Bares y prostíbulos le atraían, pues le servía de material para plasmar en su obra.


El poeta fue una consecuencia de este hades urbano, se dejó hechizar por el misterio de aquel mar de rostros, de vidas que jamás se entrelazan. Sin embargo, la ciudad también le causa spleen: el tedio de la vida, la melancolía. Pero este tedio era algo más trascendente, la razón era incapaz de interpretarla, pues no tenía un origen físico, sino moral. Baudelaire dedica a este ‘metasentimiento’ varios poemas de sus flores del mal, buscando explicarlo a través del lenguaje del alma: la poesía.Baudelaire no logró encajar en esta vida, pero tampoco halla sosiego en la muerte. Siente terror hacia el paso del tiempo, aquel enemigo que "se come la vida (...) que nos roe el corazón, crece y se fortalece con la sangre que perdemos." En realidad, el tiempo se le escaparía de las manos, pues muere a causa de la sífilis a los 46 años.


Denostado en su época, el tiempo -su enemigo- le encumbraría y haría de él el símbolo de un nuevo siglo que poco a poco irá adoptando ese desencanto hacia la realidad. Los lazos del pasado con el presente son más fuertes y Baudelaire está más vivo que nunca; sus semillas del mal encontrarán el campo más fértil: la desesperanza, el tedio y la incongruencia del hombre posmoderno, donde estas flores rinden exequias a sus ideales muertos.