lunes, 20 de octubre de 2008

EL REFLEJO EN LA DAGA



- Mario Siddhartha Portugal Ramírez -

El reloj de la catedral anunciaba, ya sin ganas, las tres de la madrugada. Su mortuorio tañir inundaba la plaza, anunciando que la noche comenzaba a marcharse.

Los pasos de D… resonaban mientras giraba en la esquina de la Suárez de Figueroa rumbo a su cuarto. Hacía tan sólo un par de meses que se había mudado a ese pequeño departamento en la calle Pari, número cuatrocientos noventa.

- Cuatrocientos noventa- pensaba D… cuando trasladaba sus pocas pertenencias, nunca creyó en la numerología pues era un nihilista, sin embargo, repetir cuatrocientos noventa una y otra vez, hacían surgir una llama mística que moría en su garganta, casi sagrada.

Eran aproximadamente las tres y cuarto cuando D… llegó a la puerta de su hogar, se quedó parado unos minutos en el umbral, batallando contra los vapores del alcohol antes de poder encontrar la llave correcta. Había estado bebiendo en un pequeño bar cerca de la plaza, intentado olvidar ese agobiante tedio que lo asfixiaba.

Durante la semana D… pasaba sus horas sentado en un escritorio llenando informes, archivándolos, revisándolos, volviendo a archivarlos…

- “A job that slowly kills you”- pensaba a menudo D… al recordar aquella canción de Radiohead.

- La rutina acabará conmigo antes que la misma muerte – bromeaba D… mientras soñaba con lugares remotos y aventuras fantásticas. Como muchos, D… fue un ser lleno de entusiasmo el primer día de trabajo, pero ahora, después de dos años y medio, se había convertido en una coraza vacía, helada por dentro.

Al fin, la llave encajó y la cerradura giró permitiendo que la enmohecida puerta cediera con gran estrépito, la oscuridad de la galería de ingreso inundó los ojos de D…Los pasos de D… resonaban y se extraviaban en la penumbra, caminó tanteando en la oscuridad y, tras avanzar unos metros, decidió continuar apoyando el cuerpo en la pared.

Al fin D… llegó al patio central y se dirigió hacia su cuarto. La noche era clara e iluminaba los alrededores, el viejo árbol, que se erguía altivo en el centro del patio, mecía sus ramas al son del viento como si estuviese dándole la bienvenida.

Cuando D… llegó a la puerta de su habitación aspiró profundamente tratando de despejar su mente, tras expulsar el aire de sus pulmones, se percató de los ronquidos del vecino.

Maldita sea - murmuró para si - ahora me será imposible dormir.

D… entró torpemente a su habitación y fue desnudándose en el trayecto hacia su lecho, mientras se quitaba los pantalones perdió el equilibrio y cayó pesadamente contra la pared. El golpe no fue fuerte y D… quedó sentado en el piso durante unos minutos mientras intentaba despejar su mente, lentamente fue reincorporándose y entonces lo vio.

D… totalmente perplejo, cayó nuevamente sentado y comenzó a temblar, un grito intentó escapar desde su vientre pero se ahogó en su garganta, el sudor frío cubrió su frente y la palidez fue apoderándose de su rostro; en su lecho yacía un extraño.

A D… le tomó algunos minutos recuperar el aliento antes de poder reincorporarse, se acercó lentamente hacía la cama para poder observar al inesperado intruso. La pálida luz que se escurría por la ventana era insuficiente para poder distinguir al extraño.

D… se acercó lentamente para poder ver el rostro pero fue en vano, el desconocido se encontraba durmiendo de espaldas a la ventana y tan sólo un extremo de las sábanas emitía un tenue resplandor.

D… empezó a enumerar nombres para adivinar quien podía ser el extraño, descartó por completó la posibilidad de que se tratase de algún amigo o pariente pues a ninguno le había confiado una copia de la llave, de todas maneras solían anunciar su visita con anticipación. De esta forma, D…llegó a la conclusión de que algún extraño había entrado por error a su cuarto, convencido a si mismo con esta explicación sintió cierto alivió.

D… caminó alrededor de la cama sintiendo que la ira se apoderaba de él, estaba decidido a despertar al inoportuno visitante para luego expulsarlo a empellones por su atrevimiento. Tan molesto caminaba que no advirtió la pequeña alfombra juntó a la cama que utilizaba a diario al levantarse, D… tropezó y su cuerpo cayó hacía el suelo pero tuvo tiempo de poner la mano para evitar caer de bruces.

D… apoyó una rodilla en el piso y quedó cerca de la cabecera de la cama, con la vista hacia el cuerpo del extraño. En ese momento, el cuerpo del ser giró en el lecho quedando con el rostro frente a la ventana. D… sintió el terror invadir su alma, obligándolo a retroceder y pegarse contra la pared, el extraño que dormía sobre la cama era él mismo.

El tiempo fue diluyéndose, la conciencia de D… se mecía en un haz de luces multicolores que giraban y brillaban intermitentemente, mientras miles de voces se agazapaban en sus oídos formando un sólo estertor, insoportable, enloquecedor. D… no supo cuanto tiempo estuvo semiinconsciente, lentamente recuperó el uso de sus sentidos y quiso hallar alguna respuesta.

´- ¿Ser caso un sueño? – pensaba D… mientras pellizcaba con desesperación uno de sus brazos. El dolor de cabeza y de los rasguños hizo descartar esta posibilidad. No, no había duda alguna, no era una pesadilla, era la realidad, la realidad subvertida.

D… sintió unas incontenibles ganas de salir corriendo de la habitación y gritar, gritar hasta despertar a todo el mundo. Si, esa era la solución, despertar a todo mundo para que entrasen con él a ver lo que sucedía, entonces verían que no había nadie dentro y molestos se retirarían diciéndole que estaba loco y que dejase de beber. Pero… ¿Y sí los vecinos entrasen y viesen lo mismo que él? ¿Qué sucedería? ¿Qué quedaría entonces?

D… tembló al pensar en esta última posibilidad. No podía permitir que esto sucediera, de ninguna manera. La solución era deshacerse del ser, lo más rápido posible, antes de que amaneciera y el otro se despertara, antes que sea demasiado tarde.

Con estas ideas girando en su mente, fue hasta la cocina y buscó un arma para perpetrar el crimen. Buscó y buscó entre los cajones hasta hallar un afilado cuchillo, con el arma en la mano se dirigió hacia la cama en silencio.

La daga parecía emitir luz propia, D… pudo observar su cara distorsionada en la hoja, fue incapaz de encontrar el más mínimo parecido, el ser le había robado su rostro, tenía que deshacerse de él para recuperarlo.

Se paró junto a la cama y observó al extraño con detenimiento, D… nunca había prestado demasiada atención a su fisonomía, pero al verlo ahí, en poder de otro ser, vio un semblante marchito, angustiado del cual emanaba una insondable tristeza, imposible de explicarla con palabras. Aquel rostro ni siquiera reposaba en calma, se veía intranquilo como si estuviese siendo sofocado por alguna mano que lentamente iba cerrando el puño.

D… fue incapaz de acometer al ser con el arma, se sintió desolado y se aferró al mango del cuchillo con todas sus fuerzas, como si esto pudiese evitar que cayese en un pozo. Cerró los ojos y las lágrimas explotaron sin que fuese capaz de controlarlas, D… fue deslizándose hasta caer sentado, sentía lastima por el ser y por si mismo pues hasta ese momento ambos eran esclavos de un mundo que jamás podrían entender. Tenía que liberarlos a ambos, pero era necesario hacerlo cuanto antes, porque pronto amanecería, él se despertaría y se verían cara a cara.

D…sujetaba fuertemente el cuchillo con el asa bañado en sudor, mantenía sus párpados cerrados sin poder juntar el valor para abrirlos. El tiempo pasaba y tenía que hacerlo cuanto antes, deshacerse del otro…rápido, antes del amanecer, antes de que sea demasiado tarde…era ahora, ahora o nunca.

-D…, D…- le susurraron de pronto al oído - dame ese cuchillo, D…

A lo lejos, se escuchaba el tañir de las campanas del viejo reloj de la Catedral, el amanecer había llegado.