jueves, 16 de octubre de 2008

Descenso al interior del terror


Edgar Allan Poe - Suplemento BRUJULA de El Deber


SABADO, 15 de ABRIL de 2006

Edgar Allan Poe, considerado el creador del género policial, ha sido el escritor más influyente de la literatura de terror del siglo XX. Próximos los 200 años de su nacimiento, Mario Portugal S. Ramírez hace un repaso por la obra y la vida del mítico escritor


Mario Portugal S. Ramírez

Qué puede surgir de abstraerse de lo real? Evadirse y buscar refugio en el interior, en lo más recóndito del alma. Pero ¿y si escapar hacia dentro de uno mismo no hace más que encararnos con nuestros peores temores, enfrentarnos cara a cara con los demonios internos?Edgar Allan Poe (1809-1849) encontró en sí mismo una realidad inquietante que plasmó en sus cuentos. El bostoniano inclinó su atención en construir un mundo perfectamente lógico dentro de su gran pasión: la literatura. El terror ante lo insólito, la soledad como único refugio y el resentimiento enraizado en el alma eran temas que desarrolló a lo largo de su obra. Sin embargo, también escribió poesía alusiva al amor: "¿Deseas que te amen? No pierdas, pues, el rumbo de tu corazón", decía el poema A F.S.O. dedicado a una de las muchas mujeres que amó en su vida. Y es que Poe fue un apasionado y un poseso que convivía con una dimensión siniestra, aunque a menudo ambas facetas se entremezclaban.


Las dos personalidades

Poe era una dicotomía andante, su narración William Wilson es sintomática: perseguido por un ser que no es más que el reflejo de uno mismo. En el poeta convivía, por un lado, el Allan, apellido que recibió de sus padres adoptivos con quienes mantuvo una difícil relación amor-odio. Esta dimensión lo anclaba a la realidad, hacia la vida, y es en estos momentos de lucidez donde su obra consistía en poemas que exaltaban el amor y la pasión.


Por otra parte, estaba el Poe que le llevaba a tomar una posición cínica y destructiva. Este apellido fue la única herencia que sus padres le dejaron. Huérfano con apenas dos años, Poe se obsesionaría con la muerte de sus padres (por causa de la tuberculosis); su cuento La máscara de la muerte roja es precisamente el reflejo de ello: un relato antropomorfista que expresa el horror ante la enfermedad, personificada en una máscara sin un rostro por detrás.


El poeta fue poseedor de una ubérrima mente que le permitía una ubicuidad -como narrador y como víctima- que alcanzó su máxima expresión en relatos como El pozo y el péndulo (inquietante historia de un condenado por el 'santo oficio'). Capturó también el pavor de ser 'enterrado vivo' y pudo expresarlo de manera angustiosa: los gritos, la oscuridad circundante, la mente que se quiebra.


Empero, esta ubicuidad no era gratuita, pues lo lanzaba hacia la locura. Dipsómaniaco y opiómano, su vida estuvo marcada por la precariedad y la infravaloración. Lo 'mundano' no tenía mayor razón de ser en su vida, salvo le sirviese en sus propósitos literarios. Por ello, su vida profesional apenas le sirvió para vivir modestamente.


En Poe tenemos a un protohombre posmoderno que no cree en el progreso (le tenía sin cuidado la invención del telégrafo o las primeras máquinas de vapor recorriendo su país), que está embebido en su hedonismo y que disfruta el momento, pues entiende la transitoriedad y fugacidad de la felicidad. El poeta cree en el sentimiento y no en la razón, salvo que ella ayude a su detective Dupin a descifrar el doble asesinato de la calle Morgue o el misterio de Marie Roget.Poe, el misántropo, fue atacado por sus relatos, muchas veces incomprendidos por la crítica y el vulgo. Pero ello no significó que estuviese dispuesto a soportar la censura; atacó y se burló furiosamente de otros autores contemporáneos y llegó a eliminar a sus enemigos en su alegoría del rencor titulada La barrica del amontillado: el poeta se regodea en su execración mientras coloca el último ladrillo-palabra que condena a su adversario.Poe transgredía límites a su entero antojo, el relato El Gato negro (cuyo dueño lo empareda por error junto con el cadáver de su esposa asesinada) o La verdad en el caso del señor Valdemar (donde el protagonista crea un muerto viviente) son prueba irrefutables de la genialidad que colinda con la locura del autor.


Novio de la muerte

El poeta cohabita con el más profundo desencanto hacia un mundo que no entiende, por ello busca refugio en lo esotérico, principalmente en el culto hacia la muerte. La vida no es más que una etapa transitoria hacia la muerte, hacia la cual no oculta su admiración que bordea la necrofilia, por ejemplo, al enterarnos del contenido de su relato La caja oblonga: el cadáver de la amada esposa conservada en sal. Este amor que trascendía la muerte se expresa más terriblemente aún en su cuento Berenice, angelical doncella que descansa desdentada en su ataúd por un arrebato de pasión del protagonista.


En la realidad, el amor enfermizo de Poe fue hacia su prima Virginia, a quien desposó con tan sólo trece años. La muerte de su esposa (paradójicamente por tuberculosis) lo sumiría en una completa desolación, de la cual buscaría escapar frecuentando a amantes, aunque el alcohol parecía ser su única forma de reconciliarse con el mundo.


Intentos de suicidio, delirio y hartazgo serían los prolegómenos de su fin, que en sí fue una paradoja: fue emborrachado hasta la intoxicación para que sufragara varias veces por un partido político. ¡La muerte puede ser tan irónica! Aquél que lidiaba día a día por evadirse del mundo real -para construir su propio entorno- halla su fin en algo tan mundano como la politiquería. Agonizante y preso del delirium tremens, la vida de Edgar Allan Poe se extinguió como llama fustigada por horrible tempestad, similar a la que azotaba a la pequeña embarcación de Un descenso dentro del Maelström.


Y ahora tras 157 años de la llegada de Edgar Allan Poe a esta irrealidad, la aterrada imagen del poeta aún se refleja en los ígneos ojos del cuervo, aquél que sigue posado en el busto de Palas -sobre el dintel de la puerta- para no irse... nunca más.