miércoles, 1 de octubre de 2008

EL ETERNO RETORNO

Un 13 de enero de un año que ya nadie quiere recordar, los dioses acudieron de urgencia a una Magna Asamblea Divina. El motivo de tan extraordinaria reunión era tomar una decisión sobre su relación con la humanidad.
En los últimos años, la humanidad les había condenado al olvido. Los templos cerraron sus puertas, se dejaron de elevarles plegarias, se quemaron sus textos sagrados y, en general, se dejó de pensar y hablar de ellos.
La humanidad había decidido que los dioses ya no eran necesarios y que, a partir de ese momento, decidirían por ellos mismos el camino a seguir.
Los dioses, coléricos, lanzaron toda clase de denuestos, anatemas y escarmientos sobre ellos, pero los hombres lograron sortear toda calamidad, peste y abominación enviada gracias a su avanzada ciencia.
La Asamblea de los dioses tuvo encendidos discursos, luego de la deliberación se tomó la decisión de abandonar al hombre para siempre. Aquel día todos los dioses abandonaron sus eternas moradas y comenzaron su peregrinación hacia el fin de los tiempos.
La humanidad celebró ruidosamente la victoria con ágapes en todas y cada una de las ciudades de la tierra.
-       Somos libres - era el ensordecedor clamor general.
Pero, sin nadie para administrar el poder divino, los hombres quedaron, sin saberlo, convertidos en dioses. Percatarse de su nueva condición sucedió por casualidad: un niño de cinco años convirtió en un ser de carne y hueso al gigante imaginario con el cual acostumbraba a jugar.
Cuando la noticia se esparció, los primeros deseos de los hombres fueron banales como volverse ricos. Más tarde, los deseos se hicieron más profundos: algunos desearon poder volar, aquellos tocar las estrellas y estos poseer todo conocimiento posible. El hombre mezcló sueños, deseos, esperanzas y apetitos.
Con el paso de los días, sus deseos se hicieron insuficientes, pues siempre había alguno que los superaba, por ello empezaron a desear y desear más. Pronto ningún deseo cumplido era suficiente, pues casi de inmediato surgía otro que superaba al primero.
De esta forma, la envidia y la codicia se desencadenaron, pues no existía ningún imposible para los hombres. El odio atiborró sus almas hasta rebalsar y pronto desearon la ruina del otro, la cual era rápidamente respondida con un mal superior por el afectado.
Al cabo de cierto tiempo, muchos desearon la muerte del semejante, pero la muerte había sido abolida para los nuevos dioses, por lo cual la víctima renacía en un instante consumida por la ira y el rencor, dispuesta a desatar un mal inimaginable sobre su agresor.
Poco a poco, sus almas fueron oscureciéndose y estos dioses se convirtieron en demonios. Se libró una terrible guerra, siglo tras siglo, eón tras eón, hasta que terminaron destruyendo la realidad entera. Los dioses, flotando en medio del caos, sintieron hastío por aquella lucha interminable y anhelaron sus días como humano, con dioses que, justos o injustos, dirigían su destino. Fue entonces cuando renegaron de su divinidad y decidieron renunciar a ella.
Uno tras otro fueron abandonándose en el vacío hasta disolverse. Únicamente un dios, movido por el orgullo y la ambición, decidió conservar su divinidad y quedó sólo en el caos.
Después de cierto tiempo, la soledad se le hizo intolerable pues no tenía a nadie para someter a su arbitrio, decidió entonces que era hora de ordenar nuevamente el universo, era tiempo del nuevo inicio.
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra…”