jueves, 2 de octubre de 2008

El invitado

-        ¿Se toma el whisky sólo o con hielo?
-       Lo tomaré con hielo si no te molesta, hace bastante calor aquí ¿No tienes aire acondicionado?
-       Tenía, pero tuve que venderlo ¿sabe? Cuando quede arruinada empecé a venderlo todo y como verá, tan sólo me quedan algunas cosas, lo más esencial: las sillas, la mesa y el sofá donde está usted sentado.
-       Ya veo.
Isabel servía nerviosamente la bebida, le era imposible sostener con firmeza el vaso. Derramó algunas gotas sobre su vestido.
El visitante la miraba con atención, esbozó una ligera sonrisa en los labios al percatarse de la turbación de la muchacha.
Isabel giró con cierta torpeza y se aproximó con ambos vasos en la mano. Cuando estuvo entregando la copa, su mano rozó ligeramente la del invitado, un escalofrío recorrió su cuerpo provocando que derrame el líquido sobre el cuerpo del visitante.
-       Dios… ¡Soy una tonta! ¡Le manché la camisa! Déjeme buscar una servilleta enseguida.
-       No es necesario, pierde cuidado. Para lo que me sirve la camisa y la ropa entera.
Isabel reapareció de la cocina con una servilleta en la mano. Torpemente intentaba secar la camisa y el resto de la ropa. El invitado la observaba en silencio, divertido.
-       Vamos, deja. Te dije que no importa la camisa
-       ¡Pero es que va a quedar arruinada!
-        Sólo la llevo puesta por ti, para no inquietarte; pero por lo visto no resultó.
Isabel se detuvo, sin darse cuenta había quedado a escasos centímetros del cuerpo del invitado. Quedo mirándole el rostro por unos segundos y se apartó despacio con la garganta seca.
-       No, no es eso. Es sólo que tuve un día terrible en el trabajo y estoy algo tensa.
-       Sí, lo sé perfectamente. De otra manera no estaría aquí ¿no? Tú llamaste y yo acudí.
El rostro de Isabel se llenó de ira al oír estas palabras. Efectivamente había sido ella quien le llamó, luego de uno de sus acostumbrados ataques de histeria, seguido por una profunda depresión.
-       Si. Pero creo que fue un error, me precipite como siempre.
-       Es verdad, siempre lo haces. No eres capaz de pararte por un segundo a pensar. Haces y dices las cosas sin pensar en sus consecuencias, ya has herido a muchos incluyendo a tus seres queridos.
La sala quedo en silencio. Súbitamente, el visitante se puso de pie, caminó hacia donde Isabel guardaba la bebida y se sirvió una copa de vino. Sorbía el líquido mientras miraba con atención a Isabel, quien caminaba nerviosa por la habitación.
El invitado apoyó la espalda en uno de los pilares del departamento. Tenía las piernas cruzadas, ligeramente echadas hacía adelante, con una mano sostenía el codo del brazo con el que sujetaba la copa de vino. La luz se reflejaba en los cristales de sus anteojos, escondiendo los ojos.
-       Es verdad. Siempre hago las cosas sin detenerme a pensar, siempre lo he hecho así, creo que soy impetuosa.
-       Impulsiva, diría yo. ¿No recuerdas cuando nos conocimos? Entonces tenías quince años y siempre buscabas las salidas fáciles, a veces tomando las peores decisiones.
Isabel calló. Se aproximó a la ventana para dar la espalda al invitado, no quería verle. Miró la calle, algunas luces comenzaban a encenderse. La tarde agonizaba y la noche se acercaba voluptuosa.
-       ¿No tiene usted otras cosas que hacer? No me malinterprete, pero me imagino que alguien como…como usted…
-       No es necesario que sigas tratándome de usted, querida. Considero que nos conocemos el tiempo suficiente como para tutearnos.
-       Bien, como tú, entonces. Estoy segura que alguien como tú tendrá mucho… trabajo por hacer.
-       Llámalo como quieras, yo le llamo deber. El trabajo, por lo general, implica hacer cosas con las que uno puede o no estar de acuerdo, en todo caso se trata de una elección. En cambio, el deber es algo distinto, estás obligado a cumplirlo aunque no te guste.
El visitante se llevó la copa a los labios y adquirió un aspecto aún más sombrío que antes. Isabel abrió la ventana para permitir que algo de aire entre en la habitación, se estaba sofocando. Una suave brisa acarició su rostro y le alborotó el pelo. Se dio vuelta y observó al visitante que seguía recostado en el pilar, mientras encendía un cigarrillo. Isabel se aproximó para servirse una bebida.
-       Comprendo lo que dices. Hacer algo que no te guste, es como el estar en este mundo ¿no? No sabes quién ni porque te puso aquí, te abandonan a tu suerte sin la más mínima respuesta ¿Qué te queda? Seguir adelante y procurarte tus propias respuestas ¿no?
-       Sin embargo, siempre te queda una opción ¿no? Quitarte la vida. Tú deberías saber eso perfectamente ¿no?
El visitante clavó su mirada en Isabel por encima de sus gafas. La muchacha se estremeció con su mirada, volteó y nuevamente se dirigió hacia la ventana. Encendió un cigarrillo y se puso a fumarlo nerviosamente.
-       Si, lo sé perfectamente. ¿Te refieres a cuando tenía quince años? ¿Cuándo intenté dejar este mundo?
-       ¿“Dejar este mundo”? ¡Vaya eufemismo! No entiendo porque no dices simplemente que intentaste suicidarte. Pero aquella ocasión tuviste suerte ¿no es asi? Viviste lo suficiente como para poder contarlo y llamarlo “dejar este mundo”.
-       Si, supongo que tuve suerte aquel día. Al parecer no era mi hora.
-       Si, siempre tuviste mucha suerte. Al menos hasta hace poco, cuando todo empezó a salirte mal, aunque yo no diría que la vida se limita a tener buena o mala suerte, es cuestión de llevar adelante tu vida bien o mal, y tú siempre las hiciste mal por tu intempestivo carácter ¿no?
Isabel apoyó las manos a ambos lados de la ventana, bajó la cabeza y cerró los ojos, las palabras la herían.
El sol se hundía en el horizonte, la penumbra comenzó a tomar las calles. Isabel observó a la gente que caminaba presurosa hacia un destino desconocido para ella, a esa hora las calles bullían de vida.
-       Se hace tarde. Ya casi es de noche y tú sabes que no puedo quedarme mucho tiempo más. Tenemos que marcharnos.
-       Ya no estoy segura de nada, ya no quiero irme contigo.
-        Siempre fuiste muy inestable y caprichosa. Desde niña siempre te empecinabas por tener algo, lo obtenías como sea, aún si ello significaba soltar unas cuantas lágrimas falsas.
Isabel fue hacia el visitante, le abrazó el cuello y tomó una actitud voluptuosa.
-       ¿Y si te pidiera que pases la noche conmigo? Podríamos acurrucarnos juntos en el sofá.
El visitante tomó los brazos de Isabel y los retiró de su cuello. Su rostro estaba totalmente inexpresivo.
-        Quizá deba recordarte quien soy, para mí no eres más que una chiquilla tonta y caprichosa. Eso es lo que hiciste desde el día que dejaste de ser una niña ¿no? Seducir para tener lo que querías y al obtenerlo lo desechabas sin miramiento. Te daba igual si se trataba de una cosa o una persona, para ti eran cosas inservibles cuando estaban en tu poder. No has cambiado nada ¿Sabes? Sigues siendo la misma niña maleducada y caprichosa de siempre.
Isabel hizo un gesto de frustración y se alejó del visitante. Se tiró en el sofá con los brazos cruzados.
-       No hay nada que se pueda hacer. Anochece, debo irme y tendrás que venir conmigo.
Isabel escondió el rostro entre sus manos, lloraba sin control.
-       Tus lágrimas no me convencerán ¿Sabes?
-       Si, lo sé.
Isabel apoyó la cabeza en un brazo del sofá. Comenzó a frotarse los ojos.
-       ¿Te sientes mal?
-       Sí, la vista se me nubla. Supongo que el veneno está comenzando a hacer efecto.
-       Es hora de irnos. No puedo aguardar más.
Isabel y la muerte salieron del departamento, la noche había llegado.