sábado, 11 de octubre de 2008

La desazón. Baudelaire



La desazón. Baudelaire

La rebeldía contra lo establecido, contra la burguesía y las trivialidades de sus leyes es parte de la propuesta de Charles Baudelaire, ‘el poeta dandi’. A continuación, Mario Portugal realiza una aproximación a la obra del polémico francés


Mario S. Portugal Ramírez


En plena crisis de la modernidad, el hombre posmoderno flota a la deriva sin la más mínima esperanza de encontrar la tan anhelada isla -la utopía- que Tomás Moro le había descrito en 1516. El ser posmoderno se recluye en la celda de su individualismo para repetir el mantra sagrado ‘Carpe diem’, alabando a la nueva divinidad: Narciso. Se siente engañado por aquellas figuras inmortales de la historia, cuyos ideales ya no representan nada para él.


Ante la falacia del progreso y de la razón, el hombre posmoderno descubre su ‘verdad absoluta’: no hay pasado por recordar ni futuro por construir; vivamos el presente. De esta manera, se lanza hacia una desesperada búsqueda para gozar del presente, pues nada hay más allá. Su existencia se vuelve fatua, pero paradójicamente se convierte en un credo: la necesidad de contar con dinero -su nueva deidad- es su obsesión, rinde exagerado culto a lo estético y rescata el misticismo de antaño para adaptarla a los nuevos tiempos, pues necesita estimular sus sentidos hasta el máximo, por ello mezcla dogmas que no respeta por completo, pues en cuanto puede los mercantiliza.


En esta carrera por aprovechar el presente, el ser posmoderno termina destruyendo los frágiles lazos de la solidaridad y cae en cuenta de que, pese a estar rodeado por millones como él, ha quedado completamente solo. La ciudad se convierte en una prisión para un sinnúmero de seres y es en este preciso instante en el que llega el desencanto, el tedio por vivir, el ‘spleen’, y una voz del pasado le recuerda que hace ya mucho tiempo vivió un compañero de angustia: Charles Baudelaire.


Baudelaire, el proto -hombre posmoderno

Baudelaire (1821-1867) vivió una etapa particular, donde el espíritu imperante era el del capitalismo, aquél que -siguiendo a Max Weber- configura un ethos del individuo expresado en lo social. De esta manera, la burguesía rompía con los valores tradicionales y situaba al trabajo como el núcleo central que daba sentido a la vida misma. Este espíritu basado en una ética protestante -calvinista y, por tanto, puritana- formaba la mentalidad económica imperante, aquélla que llamaba a acumular riqueza, pero que casi prohibía disfrutarla. La vocación -que alude a lo religioso- se confunde con el oficio - la actividad económica - con la cual se alaba las bendiciones de Dios y se cumple el propósito de los hombres en la tierra, pues el hombre en sí está predestinado para el trabajo, resumidos en labor y mesura o las formas de participar de la gloria a través de la actividad económica. En este sentido, toda actividad no productiva es en realidad una forma de desviación social, por ello el artista debe entrar en la lógica productiva, su arte debe satisfacer a la masa consumidora; deberá ser rentable. En consecuencia, en esta nueva realidad no hay un lugar para el poeta.


Baudelaire, hundido en su melancolía y su persistente misantropía, aborreció esta ética basada en el trabajo. Su poesía no era para el hombre común, para el "sobrio e ingenuo hombre de bien"; era para el condenado, para el inmoral, para el despreciable. Por eso su fascinación por prostíbulos, tabernas y todo lo que la sociedad tachaba como inmoral.


Por ello, ofrendó un extraño y siniestro regalo: sus Flores del mal, poemas que expresan ira, desencanto hacia la vida. La flor, regalo predilecto del amante, es para el poeta objeto de parodia. Imaginar unas ‘flores malsanas’ significaba destruir su belleza y su contenido simbólico, estrellándose contra todo lo establecido.


Como expresión de su desprecio hacia lo establecido, adoptó la ética del ‘dandi’, aquélla que aborrece lo burgués y se mofa de las trivialidades de sus leyes, desprecia también el mal gusto del aristócrata. El ‘dandi’ está por encima de todo, soluciona flemáticamente cualquier problema evitando caer en lo vulgar y en lo mediocre; es elegante y eso lo separa del resto de la masa. Por lo mismo, está completamente solo.


Baudelaire, el poeta ‘dandi’, se siente terriblemente solo y el tedio llega inevitablemente, busca desesperadamente estimular sus sentidos hasta obtener aquel ‘nepente’ que curará su melancolía, aunque con el gran peligro de convertirse en la temida copa de cicuta.


La ciudad: inspiración y mazmorra

La apacible vida del campo no es para Baudelaire; la ciudad es su musa y su misterio aumenta al caer la noche. Oscuras callejuelas donde se esconde aquella parte de la vida, que muchos quisieran que desaparezca, pero que ejerce una atracción enfermiza, sin la cual no podría entenderse una ciudad. Bares y prostíbulos le atraían, pues le servía de material para plasmar en su obra.


El poeta fue una consecuencia de este hades urbano, se dejó hechizar por el misterio de aquel mar de rostros, de vidas que jamás se entrelazan. Sin embargo, la ciudad también le causa spleen: el tedio de la vida, la melancolía. Pero este tedio era algo más trascendente, la razón era incapaz de interpretarla, pues no tenía un origen físico, sino moral. Baudelaire dedica a este ‘metasentimiento’ varios poemas de sus flores del mal, buscando explicarlo a través del lenguaje del alma: la poesía.Baudelaire no logró encajar en esta vida, pero tampoco halla sosiego en la muerte. Siente terror hacia el paso del tiempo, aquel enemigo que "se come la vida (...) que nos roe el corazón, crece y se fortalece con la sangre que perdemos." En realidad, el tiempo se le escaparía de las manos, pues muere a causa de la sífilis a los 46 años.


Denostado en su época, el tiempo -su enemigo- le encumbraría y haría de él el símbolo de un nuevo siglo que poco a poco irá adoptando ese desencanto hacia la realidad. Los lazos del pasado con el presente son más fuertes y Baudelaire está más vivo que nunca; sus semillas del mal encontrarán el campo más fértil: la desesperanza, el tedio y la incongruencia del hombre posmoderno, donde estas flores rinden exequias a sus ideales muertos.