miércoles, 15 de octubre de 2008

La incorfomidad del silencio

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SUPLEMENTO
Brújula
La inconformidad del Silencio

Desde su disciplina, el sociólogo Mario Portugal se interna en la obra de Charles Chaplin, en esa filmografía que satirizó los sistemas sociales y económicos de la época que le tocó vivir. Esa crítica le costó el exilio, que rompió sólo para recibir el tan ansiado Oscar de la Academia de las Artes Cinematográficas










Mario Portugal Ramírez

En la actualidad, los estudios cinematográficos invierten millones de dólares en efectos visuales y sonoros para sus películas, en el afán de ganar la preferencia de un público cada vez más exigente. En este contexto, las películas hechas en los inicios de la industria cinematográfica -mudas y en blanco y negro- parecen ser anacrónicas y reservadas para el nostálgico o el excéntrico esteta.

Empero, hay filmes que trascienden épocas y caracterizaciones arraigadas en el imaginario colectivo que hacen del actor un ser perenne. Uno de ellos es Chaplin.

Infancia e inicios en el espectáculo
Charles Spencer Chaplin nació en 1889 en Londres; sus padres fueron modestos actores de un teatro en el que Charles tuvo sus primeros roces con el espectáculo. El padre murió dejando a la familia en la indigencia; la madre, frente a tan difícil situación, enloqueció y fue internada en un sanatorio mental. Así, Charles y su hermano Sydney pasarían su infancia en orfanatos y sobreviviendo en las calles.

Charles debutó en el teatro a los 8 años hasta que llegó a la compañía de Fred Karno donde perfeccionó su pantomima. En 1912, con 21 años, llegaba con la 'troupe' a EEUU, donde el actor Mack Sennett reparó en su talento, contratándolo para su productora -la Keystone- con la que produjo más de 35 cortos y marcó el ascenso a la fama; en este ínterin, el personaje de Charlot se iría consolidando.

Para 1915, la productora Essanay lo contrata por $us 1.500 mensuales, cifra millonaria para la época, y realiza 14 cortos. En 1916 pasa a la Mutual y filma doce cortos de los cuales se destacan The Inmigrant, que retrata las penurias del inmigrante en un nuevo y hostil país, e Easy Street, en el que Charlot, convertido en policía a la fuerza, impone el orden en una calle azotada por la pobreza y la violencia. Chaplin profundizaba cada vez más su aguda crítica social.

En 1918 firma un contrato por un millón de dólares anuales con la First National y filma doce películas hasta 1922, incursionando además en la dirección. Posteriormente, sería fundador de la productora United Artist junto a otros artistas. En esta etapa se consagraría con películas como The Gold Rush, The Circus, A dog's life, City lights -filme romántico por excelencia- y The Kid, una de sus piezas maestras.

Tiempos modernos y la censura, aquellos Grandes Dictadores
La mordacidad de Chaplin para criticar su época está presente en cada una de sus obras. La autoridad -encarnada en el omnipresente policía- sería objeto constante de su parodia, pues era identificada con el poder arbitrario que oprimía al débil -equiparado con el pobre-, el cual era obligado a sobrevivir sobre la base de la astucia.

En Modern Times (1936), la sátira de Chaplin se estrella contra todo el sistema: un capitalismo industrial cuyo templo es la fábrica y la Organización Científica del Trabajo (OCT) -o taylorismo- su credo. La OCT permitió conocer cronométricamente los tiempos para fabricar un producto, medir los periodos necesarios para cada tarea y analizar la capacidad operativa del obrero, así como sus fatigas, demoras, ritmos y tiempos 'muertos' de trabajo. De esta manera, podían planificarse costos de producción, programar actividades y sistematizar el control de los trabajadores en pos del fin supremo: la producción en masa. La nueva estructura del trabajo significaba nuevas formas de organización basadas en la racionalidad, el mercado, el individualismo y el antitradicionalismo, que a la larga se convertirían en amenazas para la estabilidad social, para la libertad y la autonomía del individuo. Estos problemas serían estudiados por una nueva disciplina, la sociología, cuyos pioneros -Durkheim, Weber y Marx- coincidían en que la miseria obrera era acentuada por la tecnología, la organización y la división del trabajo, que consolidaban la conflictividad entre las clases sociales.

Chaplin, sin ser sociólogo, critica ferozmente el trabajo deshumanizador de la fábrica: Charlot, al ajustar tornillos, sufre una crisis nerviosa que provoca su encierro en un sanatorio mental. Fija también su atención en las crisis periódicas del sistema capitalista manifestadas en el cierre de las fábricas, el desempleo masivo y las protestas callejeras de los obreros, en una de las cuales el personaje se mete accidentalmente valiéndole la cárcel al ser confundido como uno de los incitadores.

En The Great Dictador (1940), Chaplin hace una cáustica parodia de Adolf Hitler -llamado Adenois Hynkel- y representa también a un barbero judío, víctima de la represión nazi. Este filme se constituye en un hito porque fue su primera película hablada. Hasta ese entonces se negaba a incursionar en el cine parlante, pero cuando decide hacerlo tiene mucho que decir: el discurso final del barbero -confundido con el dictador- defiende la libertad del ser humano y ataca todo sistema totalitario.

Si bien Chaplin era amado en el mundo entero, tuvo detractores que lanzaban invectivas en contra del mensaje de sus obras. Y aunque aborrecía todo absolutismo -¿no era evidente con The Great Dictador?- fue acusado de comunista, extremo que, para ira de sus acusadores, no llegó a desmentir totalmente.

Perseguido por el maccarthismo, que atacó a intelectuales y artistas de Hollywood, víctima de la censura y acusado de comunista, Chaplin compareció ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas en 1949. Al año siguiente, mientras viajaba por Europa, se ordenó a las autoridades de inmigración que lo retuvieran a su regreso. Chaplin no volvería a EEUU (se afincó en Suiza), sino hasta 1972, para recibir un Oscar. Octogenario ya, falleció en el día de Navidad de 1977.

Hasta hoy sus películas continúan siendo redescubiertas por cada nueva generación que valora el gran contenido humano que plasmó en cada una de sus obras. Chaplin tiene asegurado un lugar en el cine y la historia, pues su mensaje de evitar toda injusticia contra el débil seguirá vigente, pero ante todo estará presente para arrancarnos una sonrisa y, por qué no, una lágrima.