sábado, 11 de octubre de 2008

La sinfonía muda de Murnau: NOSFERATU


23 septiembre
Articulo `para Brujula de El Deber - NOSFERATU


La sinfonía muda de Murnau: Nosferatu


Una adaptación de Drácula en su versión no sonora es objeto de análisis de Mario Portugal, que compara esta producción cinematográfica con la situación que vivía Europa después de la Primera Guerra Mundial. Portugal sugiere que el filme es una muestra del terror sin el uso de grandes recursos


Mario Portugal


Decadente, atroz, de apariencia escalofriante, todo por cuestiones de derechos de autor, pues Friedrich Wilhelm Murnau (director alemán, 1888 - 1931) no tenía el suficiente dinero para tener los derechos de la novela de Bram Stoker. De esta manera, la adaptación de Drácula engendró un ser de apariencia monstruosa: Nosferatu, que se oculta en la apariencia inquietante del conde Orlock, que de aristócrata sólo tenía el título nobiliario. No existe parangón alguno entre el elegante Drácula personificado por Bela Lugosi y los seductores y libertinos personajes de Entrevista con un Vampiro, el Nosferatu interpretado por Max Schreck (1879 - 1936) es la encarnación misma del mal y su apariencia difícilmente puede ocultar esta maldición.


En contraposición, los héroes tienen la perfección ética y estética de aquél que debe hacer frente a la maldad absoluta. Thomas Hutter, mancebo cuya belleza se ve incrementada junto a la sórdida imagen del espectro. Helen Hutter, la bella heroína que sacrifica su vida para librar al mundo del grotesco ser, porque claro, el moralismo difícilmente permitiría que fuese de otra manera, aún así su muerte no es más que una victoria inconclusa del bien. ¿Pero es la película de Murnau sólo un filme de terror más que inunda los anaqueles de una tienda de videos?


Nosferatu y el dolor latente de la guerra

Murnau impregnó un aire de melancolía en su obra: apenas habían pasado 4 años de la Primera Guerra Mundial (1914 - 1918) cuando filmó Nosferatu, Europa no despertaba de la pesadilla de aquel holocausto donde perecieron ocho millones de almas.


Discípulo del expresionismo, tendencia artística que subraya subjetivamente los caracteres expresivos de cualquier realidad, buscando en el sentido interno de las cosas una mayor profundidad emocional, Murnau juega con cada paisaje y cada expresión de los personajes. En efecto, cada escena expresa sufrimiento y desolación, los personajes -héroes y villanos- están impregnados de esa congoja que no hace más que desnudar las profundas heridas que la guerra causó a Europa ¿No es acaso la expresión de pánico de Hutter el horror ante la guerra antes que a la aparición del Conde Orlock en el umbral de la puerta?


La Primera Guerra Mundial era la indisimulable expresión de la irracionalidad humana para el naciente siglo XX, la disputa entre Francia y el Imperio Alemán por alcanzar la hegemonía en Europa desplegó una campaña bélica donde el mundo entero se vio involucrado.


La gran guerra puso a su servicio al conocimiento científico para destruir y desmoralizar tanto al vencedor como al vencido, la industria armamentista creció sin comparación y se fue perfeccionando con cañones de mayor alcance, granadas de gases venenosos, colosos de metal sobre ruedas -bautizados como tanques- el kraken moderno conocido como submarino y con una de las invenciones más ingeniosas del ser humano: el aeroplano, que hizo sencilla la ignominiosa tarea de segar vidas humanas.


La huella de la guerra se hizo más indeleble en las millones de vidas que fueron afectadas, la guerra absorbía miles de vidas como combatientes y como mano de obra en las factorías de armamentos y con el tiempo se utilizó la fuerza de trabajo femenina. Los medios de comunicación fueron totalmente controlados por los gobiernos y dirigidos hacia la propaganda militar. Así, la conflagración totalmente fuera de control trasgredió un límite que jamás podría recuperarse: la distinción entre población civil y combatiente. De esta manera, miles de bombas caían sobre las desprevenidas cabezas de los civiles europeos (incluidos niños y ancianos) a cualquier hora del día o de la noche. La logística militar fue ‘perfeccionando’ su sinfonía del horror arrasando cultivos, estaciones ferroviarias, depósitos, edificios y toda infraestructura -con habitantes incluidos- que presumiblemente podría favorecer al enemigo. La guerra no sólo destruyó lo material, sino que también corroyó al espíritu.


El ruido de las bombas al estallar, el estrépito de la artillería antiaérea, las sirenas de las ambulancias y los gritos languidecentes de miles de vidas inocentes, marcaron a los sobrevivientes que se hallaban socialmente desarraigados y de cara al horror.


El fin de la guerra en 1918 no significó el desenlace, sobre Europa se abalanzó el hambre generalizada y la peste: una epidemia de gripe que se propagó por el mundo entero y que aniquiló millones de vidas. Una de las escenas de Nosferatu es bastante sugerente, la llegada del vampiro trae consigo la peste y las calles de la ciudad se inundan de muerte y de cortejos fúnebres que transportan los féretros de amigos y hermanos, algo que para el ciudadano europeo ya era bastante usual en la vida real.


Nosferatu frente al cine de terror del siglo XXI

Millones de dólares se invierten para crear monstruos que agiten el corazón del espectador y que disimulen tramas absurdas sin pies ni cabeza, aunque claro, el consumidor no exige argumentos insondables, sino unos minutos de diversión y un buen susto para poder olvidar la levedad de su existencia.


Por ello, Nosferatu es una obra de culto pero no para la masa consumista que difícilmente podría comprender y asustarse con una obra fílmica muda y sin colores llamativos, donde la fuerza está en las interpretaciones y la sensibilidad del director para convertir una toma en una obra de arte visual. Escenas como la sombra de Nosferatu al subir las escaleras y abrir la puerta de Helen, la aparición del Conde en el umbral de la puerta frente a un desesperado Hutter, el horror del marinero al ver alzarse al monstruo del sarcófago, la mirada penetrante y vacía del vampiro al atisbar su presa en la casa Hutter, el paseo de Orlock por el ‘barco de la muerte’ o la demoniaca aparición del cochero negro (que no resulta otro que Nosferatu) en el bosque frente al castillo son algunos ejemplos de cómo una película puede transmitir una congoja que no sólo se limita a la duración del filme, sino también a la de la vida misma.