lunes, 8 de diciembre de 2008

ALICIA ENCADENADA (el fin del silencio I)




1

Alicia aguardaba con impaciencia en una fría silla plástica del hospital, miraba las imperfecciones del piso y, de rato en rato, jugueteaba nerviosamente con el pie izquierdo, golpeando cadenciosamente con el talón o haciendo círculos con el pie entero.
Luego de unos minutos, irguió la cabeza y vio como algunas personas en frente suyo la miraban con reproche; el nerviosismo de Alicia había contagiado a varios de las personas que aguardaban en Emergencias.
Alicia bajó la cabeza nuevamente, las miradas la habían avergonzado y no pudo soportar un minuto más. Apoyó ambos pies de forma que quedaron paralelos y lentamente dejó que su cuerpo se escurra en el asiento, dejando que las piernas cuelguen por completo en el aire.
Metió las manos en los bolsillos laterales de su chamarra, la mano izquierda halló un viejo recibo olvidado hace mucho tiempo, Alicia miró detenidamente el papel y comenzó a doblarlo con ambas manos adquiriendo mil y una formas. En cierto momento, comparó el papel con su vida, como una metáfora de las incontables y caprichosas formas que había adquirido durante estos años.
Estaba sumida en estos pensamientos cuando por casualidad observó sus manos, aún tenían resquicios de la sangre de Gerardo, la ropa también estaba manchada, en especial los jeans, y habían algunas gotas de sangre seca en sus tenis. Sin embargo, no era la sangre lo que llamaba su atención, sino sus manos.
Ambas manos estaban ahí, tan cerca pero a la vez le parecían lejanas, ajenas. Ya no eran las manos suaves y blancas de una niña, estas manos delataban pertenecer a una mujer adulta, de unos veintitantos. Alicia sentía haber envejecido diez años en el último par de horas y ahora ahí, sentada en un hospital, sentía estar flotando en la intemporalidad del infinito.
Examinó los rostros de las personas que, al igual que ella, aguardaban el salón el hospital. Los semblantes de todas esas almas delataban su tristeza, por algún pariente, por algún novio o novia, o quizá por ellos mismos; Alicia no pudo impedir que un sentimiento de culpa se apodere de ella. Ella estaba nerviosa, sí, pero no por Gerardo, sino porque odiaba los hospitales y, sobre todo, por esas manos, esas manos manchadas de sangre que ya no le pertenecían.
Por Gerardo ya no sentía nada, ni amor ni odio, le era indiferente como cualquiera de esas personas que esperaban en Emergencias. Lentamente, los recuerdos comenzaron a fluir raudos en su mente, el salón de emergencias y las personas en él fueron disolviéndose, Alicia empezó a sentir cierta fatiga

2

Aquella mañana de miércoles comenzó tan similarmente a cualquiera de los miércoles de los cinco años que llevaba viviendo con Gerardo. El lento despertar, sacudir a Gerardo para que se levantase, el agua tibia de la ducha descendiendo por sus senos, todo le resultaba insoportablemente similar.
Durante el desayuno apenas intercambiaron algunas palabras, ambos miraban las tazas de café, extraviados en algún lugar de sus mentes. Alicia fue la primera en romper aquel incómodo silencio:
- ¿Tu café está suficientemente caliente?
- Está perfecto- respondió él.
- Porque si quieres, puedo hacerlo calentar unos minutos.
- Está perfecto- dijo tajantemente Gerardo, que observaba distraídamente hacia la ventana.
Camino hacia el trabajo, Gerardo conservaba el mismo mutismo del desayuno, Alicia tenía apoyado el codo derecho en el marco de la ventana y descansaba la cabeza en la palma de su mano, mientras el dedo índice jugueteaba ensortijando su pelo.
Pararon un semáforo de la Avenida Banzer y tercer anillo, para Alicia los segundos entre el cambio de luz fueron como estar encerrada por años en una catacumba sin el menor ruido.
Encendió el radio con la mano que tenía libre y sintonizó la primera estación que pudo encontrar. La locutora hablaba con un falso entusiasmo, su voz no podía esconder la indiferencia de una persona que simplemente está cumpliendo con su trabajo.
- Hoy es miércoles 29 de Agosto, son exactamente las ocho de la mañana con 10 minutos ¡A despertarse Santa Cruz! Para hoy, el pronóstico del tiempo nos dice que continuaremos con el frente frío de Sur, la temperatura descenderá hasta 8 grados por la noche. Así que ya saben amigos y amigas ¡A abrigarse muy bien hoy!
- Mierda, las ocho y diez. Llegaré retrasado al trabajo- dijo Gerardo.
Alicia no prestó la menor atención a lo que decía Gerardo y buscó otra emisora.
- Words are flowing out like endless rain into a paper cup, they slither while they pass, they slip away across the universe. Pools of sorrow, waves o joy are drifting through my open mind, possessing and caressing me. Jai guru de va om. Nothing’s gonna change my world, nothing’s gonna change my world…
- Adoro esa canción - observó Gerardo.
- … nothing’s gonna change my world, nothing’s gonna change my world. Images of a broken light wich dance before me like a million eyes, that call me on and on across the universe…
Gerardo detuvo el coche frente a la oficina de Alicia.
- Nos vemos al mediodía. ¿Compro el almuerzo o lo harás tú?
- Hazlo tú- respondió Alicia con indiferencia.
Gerardo se inclinó hacia ella y le beso en los labios, Alicia se estremeció por el contacto de la piel fría, como la de un reptil.
El almuerzo fue similar al desayuno, ambos masticaban tratando de no emitir ruido alguno. Gerardo leía el diario y Alicia iniciaba la lectura de “Historia de la eternidad” de Borges; comenzó el texto y se detuvo en la siguiente frase:
“…excluir el porvenir, que es una mera construcción de nuestra esperanza, y reducir lo ‘actual’ a la agonía del momento presente desintegrándose en el pasado.”
Alicia leyó y releyó el pasaje, cerró el libro y lo colocó a un lado de la mesa, dejó de comer, se tomó la frente con una mano y sus pensamientos divagaron. Pensó en los años que llevaba viviendo con Gerardo, en los planes que habían trazado, en los hijos que querían tener y todo le pareció ajeno.
De repente, todos sus pensamientos se ordenaron y quedo una idea fija: era imposible construir nada con Gerardo, no sentía tener un porvenir con él.
Gerardo, como si presintiese algo, apartó la vista del diario y miró a Alicia.
- ¿Te sientes bien, Ali? Te noto algo pálida.
- Nada, no tengo nada. Es sólo un ligero dolor de cabeza- respondió ella.
Ambas miradas quedaron fijas una en la otra durante unos segundos. Gerardo, sin decir palabra alguna, bajó la cabeza y se enfrascó nuevamente en su lectura; Alicia continuó mirando a Gerardo mientras éste llevaba el cubierto a la boca.
Durante la siesta, Alicia no pudo cerrar los ojos ni por un instante, las imágenes se le agolpaban en la mente una tras otra. Al rato, sintió que el sueño le invadía y justo cuando empezaba a quedarse dormida, sintió los fríos labios de Gerardo.
- A levantarse, flojita. Es hora de salir a trabajar- dijo Gerardo con voz meliflua, inusual en él.
El viaje en auto fue similar al de la mañana, excepto por Alicia que estaba inquieta, sumida en sus pensamientos. Gerardo volcaba la cabeza de rato en rato para observarla, en dos ocasiones entreabrió los labios intentado decir algo, pero cerraba la boca y volcaba la cabeza al frente para seguir conduciendo.
Al llegar a la oficina de Alicia, ésta se apresuró en bajar, no se sentía capaz de sentir la fría piel de Gerardo cerca de la suya. Gerardo la observó extrañado y sólo atinó a decir:
- Cuídate ¿sí?
Alicia estuvo bastante distraída toda la tarde, su compañera de trabajo, Valeria, abandonó el escritorio y se acercó hacia ella.
- ¿Sucede algo?
- Es Gerardo…- dijo Alicia dubitativa.
- ¿Todo bien entre ustedes dos?
Alicia suspiró profundamente y respondió:
- Supongo que si, es decir…no. Todo sigue igual que siempre.
Valeria se puso de cuclillas y susurró:
- ¿Le dijiste algo a él?
- No, aún nada. Es que no había motivo para decirle algo, es sólo que…
Alicia dejó escapar un largo suspiro y concluyó:
- Es sólo que…creo que ya no lo amo…creo que… voy a dejarlo.
Valeria iba a decir algo, pero el gerente entró en la oficina y dijo rudamente:
- ¡Señoritas! Éste es un lugar de trabajo, no un café. Si desean conversar podrán hacerlo al salir de la oficina, pero no en horarios de trabajo.
Y colocando varios archivadores en el escritorio de Valeria concluyó:
- Tenemos que entregar el informe de la consultoría mañana a primera hora. ¡Así que no hay tiempo que perder!
Valeria hizo una mueca de disgusto con la boca que no gustó demasiado al gerente, se reincorporó y dijo a Alicia:
- ¡Hablaremos al salir!
Alicia se puso a revisar las hojas de la consultoría, pero una parte de ella aún seguía pensando en Gerardo. Durante la tarde, tomó dos veces su teléfono celular y digitó el número de Gerardo, pero nunca realizó las llamadas.
- No, estas cosas hay que decirlas frente a frente, no por teléfono – pensó Alicia.
A las seis, salió apresuradamente pues no tuvo el valor para continuar la conversación con Valeria.
Tomó un taxi y se fue a la plaza. Vagó algún tiempo por las calles del centro, mirando los escaparates aunque, por más que lo intentaba, no miraba el contenido sino su propio reflejo, en la cartera el teléfono celular sonaba insistentemente. Cuando se sintió lo suficientemente segura para hablar con Gerardo, tomó un taxi en la Junín y 21 de mayo rumbo a su casa, el teléfono seguía y seguía sonando.

3

Alicia giró lentamente la llave, la cerradura sonó y abrió lentamente la puerta, tratando de evitar que las bisagras chillaran. Gerardo seguramente estaría esperando inquieto, mirando continuamente el reloj.
Alicia imaginó a Gerardo sentado en el automóvil con la vista hacia la puerta de su oficina y observando de rato en rato su reloj. Probablemente habría abandonado inquieto el coche, cuando vio que nadie más salía, para preguntar al portero por ella.
Después habría conducido velozmente a casa, mientras discaba una y otra vez el número del teléfono de Alicia. Al llegar al edificio habría preguntado por ella en portería y luego con los López, los vecinos, y seguramente ahora estaría sentado en el sofá hecho un manojo de nervios.
Mientras Alicia imaginaba el posible itinerario de Gerardo en la última hora y media, concluyó que era relativamente fácil romper con la vida rutinaria de Gerardo.
- Es tan absurdamente predecible – pensó mientras se asomaba una ligera sonrisa en sus labios.
Para sorpresa de Alicia, Gerardo no estaba en casa.
Abrió el refrigerador, sacó una cerveza y se tumbó en el sofá a mirar televisión, mientras aguardaba el arribo de Gerardo. Al cabo de unos quince minutos, oyó abrir la puerta y vio asomarse a Gerardo sosteniendo un ramo de rosas.
Gerardo se acercó hacia ella, le entregó las flores y simplemente dijo:
- Te amo…
Alicia, algo absorta, sólo atinó a abrazarlo.
No habían transcurrido más que algunos minutos para que Alicia sienta que Gerardo había regresado a su rutinaria vida. Consideraba que Gerardo se sentía inseguro cuando algo, aunque sea ligeramente, cambiaba.
Alicia se puso a preparar la cena, mientras que Gerardo encendía el estéreo y colocaba el Réquiem de Cherubini, su disco favorito. La última hora y media casi le había hecho enloquecer y necesitaba sosegar sus nervios.
Mientras, en la cocina, Alicia servía la cena, pero aún sentía el tedio que le acompañó durante todo el día.
- Así que este es el Spleen del que hablaba Baudelaire – pensó.
Antes de llamar a Gerardo, apoyó ambos manos en el mesón de mármol, suspiró profundamente y caviló:
- Tengo que decírselo ahora.
Alicia tomó ambos platos los colocó sobre la pequeña mesa circular de la cocina. Se dirigió hacia la puerta, la entreabrió ligeramente y dijo en voz alta:
- Gerardo…la cena está servida.
Gerardo entreabrió la puerta, sujetó un extremo con la mano, asomó tímidamente la cabeza y exclamó:
- Eeeeh…la verdad es que esta noche quisiera que cenemos en la mesa del comedor – acto seguido apartó la cabeza y cerró la puerta.
Alicia, algo molesta, suspiró profundamente, tomó ambos platos y abandonó la cocina pensando que pese a que Gerardo estaba casi seco por dentro, aún podía intuir que algo estaba por suceder aquella noche.
- ¡Como le cuesta perder su rutina! – pensó Alicia para sí.
Al salir, Alicia se dio cuenta que Gerardo había apagado las luces de la sala. Sobre la mesa ardían un par de velas cuya tenue luz iluminaba lo suficiente a Gerardo, quien se encontraba rebuscando entre los discos hasta tomar al fin uno.
Puso el disco en el estéreo, apretó play y Alicia sintió que la sala entera se inundaba de su canción favorita: How deep is your love; de los Bee Gees.
Alicia recorrió una de las sillas, se sentó y posó su mirada en Gerardo, mientras le comparaba con una persona ahogándose que manotea vanamente aún cuando sabe que pronto va a hundirse.
- Yo, yo… pen…pensé que podríamos tener una…una velada especial- balbuceó Gerardo y añadió tragando saliva: - Vos y yo…una…una…cena especial.
Alicia asintió con la cabeza aunque estaba molesta. Detestaba el tartamudeo que le venía a Gerardo cada vez que éste se ponía nervioso.
- Su inseguridad de nuevo, su maldita inseguridad cuando siente que le han arrebatado su rutina. ¡Como se aferra a ella! – pensó ella.
Durante la cena, apenas intercambiaron miradas, de rato en rato Gerardo sonreía a Alicia y está le respondía con otra sonrisa, para luego bajar la vista hacia el plato. El silencio sólo era quebrado por el ruido de los cubiertos al tocar los platos.

4

Alicia tomó una ducha antes de acostarse. Gerardo se había duchado antes, mientras ella recogía los platos sucios y los dejaba en el fregadero.
Al salir de al ducha, Alicia advirtió que Gerardo había encendido varias velas alrededor de la cama, suspiró nuevamente sin disimular su enfado y pensó en que la gente hace todo lo posible, a veces inconscientemente, por retrasar lo inevitable.
No vio a Gerardo por ningún lado y se acercó hacía la cama, se quitó la toalla que le cubría el cuerpo y se puso el camisón para dormir.
De repente, sintió que Gerardo le tomaba la cintura y acercaba los labios hacia su cuello. Alicia se estremeció al sentir la fría piel de Gerardo tocar la suya. Gerardo continuó besándola mientras iba retirando delicadamente los tiros del camisón logrando que este cayera al piso.
Gerardo posó sus manos en los pechos de Alicia y los acarició. Alicia respiraba lentamente y tenía la vista posada fijamente en la llama de una vela que bailaba agitadamente.
Lentamente, Gerardo fue bajando uno de sus brazos hasta llegar al ombligo, con delicadeza metió la mano bajo la braga de Alicia, ésta dejó escapar un seco jadeo y comenzó a gemir despacio cuando Gerardo comenzó a acariciarla. Alicia, levantó una mano, tomó la cabeza de Gerardo y acercó los labios a los suyos.
Los minutos siguientes se hicieron confusos, el ritmo frenético de Gerardo hacía que el mundo se diluyera para ella en un todo, fijo en el tiempo. Alicia sintió que la piel de Gerardo había recobrado su tibieza, mientras éste exploraba su cuerpo con sus besos, deslizando la punta de la lengua desde los pezones hasta detenerse entre sus piernas.
Alicia apartó a Gerardo y se hecho de lado jadeando, sin embargo, él se acercó lentamente y la tomó nuevamente.
Esta vez, Alicia sintió ser transportada en el tiempo, a aquel día cuando hizo el amor por primera vez con Gerardo. Era la fiesta de 15 años de Alicia y Gerardo y ella lograron escabullirse aprovechando la distracción de los padres con los invitados. Una vez en el dormitorio de Alicia, ambos intentaron deshacerse torpemente de sus ropas sin lograrlo del todo, pues el deseo y los nervios eran más fuertes que ambos. Casi vestidos, comenzaron a amarse aunque con la inexperiencia y el nerviosismo de la primera vez.
El recuerdo de la cálida piel de Gerardo se quedó grabado en la mente de Alicia a partir de aquel día y en ese momento, muchos años después, aquella evocación se hacía realidad.
Cuando terminaron, ambos estuvieron echados uno junto al otro por unos minutos, sin emitir palabra alguna. Alicia sintió que la piel de Gerardo recuperaba su habitual frigidez y recorrió hasta su extremo de la cama para evitar tocarlo.
Al cabo de un rato, Alicia se puso de pie y mientras se recogía el pelo miraba con cierto desdén a Gerardo, tumbado sobre la cama.
Alicia recogió el camisón del piso, se lo puso nuevamente y dio unos pasos hacia la ventana. Durante unos minutos observó en silencio la calle, donde los árboles eran azotados por el frígido viento, aún así abrió un poco la ventana para que entrase un poco de aire pues se sentía consumida por un ardor inexplicable que le recorría todo el cuerpo.
El viento se escurrió por la abertura, abriéndose paso hasta estrellarse contra su rostro, Alicia inhaló profundamente y sintió un hormigueo que le nacía en el vientre y que fluía ininterrumpidamente hasta llegar a su boca, cruzando raudamente su garganta. La sensación se le hizo más y más insoportable y sentía que su cuerpo se rendía ante el hormigueo, incapaz de contenerlo.
De repente, se giró violentamente hacía Gerardo, apoyó el cuerpo y los brazos en la ventana que quedó a sus espaldas, las palabras huían de su boca, sin poder hacer nada para evitarlo. Era como si hubiese perdido el control de su cuerpo frente a una fuerza superior, las palabras le parecían ajenas como si fuesen pronunciadas por otra persona.
- Gerardo, ya no te amo. Ya no puedo soportarte, te detesto – y continuó: - Voy a dejarte. Me marcho mañana a primera hora.
Gerardo se incorporó sobre la cama se sentó en el borde que estaba al otro extremo, quedando de espaldas a Alicia. Largó un profundo suspiro y dijo casi imperceptiblemente:
- Pero,..pero…es que yo te a-amo…
Lentamente se puso de pie quedando frente a la otra ventana y continuó dando la espalda a Alicia, giró apenas la cabeza, lo suficiente para ver de soslayo a Alicia. La tenue luz que se colaba por la ventana, hizo que Alicia apenas distinguiese el rostro de Gerardo, envuelto por las sombras. Según ella creía, Gerardo la miraba fijamente, aunque no podía adivinar el espacio de las cuencas donde los ojos pertenecían.
Los hombros de Gerardo brillaban ligeramente, de pronto él giró hacia Alicia y se quedó inmóvil, convirtiéndose en una silueta viviente.
- Me marcho mañana- repitió Alicia azorada, mientras sentía que la angustia le cerraba la garganta.
Gerardo siguió inmóvil al otro lado sin pronunciar palabra, inmerso en la penumbra. De súbito, en el espacio correspondiente al rostro, se asomaron un par de lágrimas que fueron descendiendo emanando luz propia hasta desaparecer.
Alicia se sentó en la cama, de espaldas a Gerardo, sin proferir palabras. A los pocos segundos oyó sus pasos que se perdieron tras la puerta del lavabo.
Alicia apoyó su cabeza en la almohada, recogió ambas piernas y a los pocos minutos quedó profundamente dormida.

5

Miles y miles de imágenes de seres informes poblaban la pesadilla de Alicia, cada uno de ellos se acercaba hacía ella quien, aterrada, distinguía en aquellas formas grotescas los rostros de las personas que conocía.
Cuando se acercaban hacia ella, los seres le reprochaban con voz chillona el trato que daba a Gerardo y sus planes de abandonarlo. En el desfile de engendros estaban sus padres, los padres de Gerardo, Valeria, el gerente de la oficina, los López y aún el taxista que la había traído a casa. Atrás, en el fondo, se erguía Gerardo como silueta viviente, Alicia quedó entonces convencida de que aquél ser era el verdadero Gerardo.
La pesadilla duró algunos minutos, Alicia abrió los ojos exaltada y palpó el lado de la cama de Gerardo para sentir su cuerpo, pero no lo encontró.
Se puso de pie y vio la puerta del lavabo entreabierta de donde escapaba una tenue luz mezclada con vapor. Buscó la bata, pues sintió algo de frío, y caminó lentamente hacia la puerta del cuarto de baño.
Empujó lentamente la puerta con una mano, mientras con la otra protegía sus ojos de la luz, la vista fue aclarándosele perezosamente y de repente vio la sangre escurriéndose por todo el piso.
Gerardo estaba metido en la tina con el agua cubriéndole el cuerpo hasta el pecho, tenía la cabeza ligeramente recostada hacía atrás con los ojos entreabiertos y en blanco, uno de sus brazos colgaba fuera de la tina y dejaba caer un hilillo de sangre en el piso, mientras que el otro teñía el agua de color carmesí. Gerardo se había cortado las venas de las muñecas y de las piernas.
Alicia retrocedió un par de pasos y llevó instintivamente ambas manos hacia su rostro para cubrir su boca. Los primeros dos gritos se ahogaron en su garganta, a partir del tercero los gritos fueron ganando intensidad hasta convertirse en un alarido continuo y estremecedor.
Los López se levantaron sobresaltados y corrieron para ver que sucedía, tocaron desesperadamente la puerta y, tras un rato, se abrió lentamente descubriendo a una trémula y pálida Alicia, semidesnuda y empapada en sangre.
La señora López vistió apresuradamente a Alicia, quien había caído en un mutismo total, con lo primero que tuvo al alcance de su mano en el guardarropa. Mientras lo hacía tuvo que lidiar con un repentino ataque histérico de Alicia y con la intromisión de dos de sus pequeños hijos, uno que atisbaba con curiosidad por la puerta del cuarto baño y con otro que estaba parado en el umbral de la puerta del dormitorio, mirando con curiosidad a Alicia, quien había empezado a sollozar emitiendo un gemido lastimero.
- ¿Que le pasa a Alicia, mamá? ¿Por qué llora? ¿Está enferma? ¿Qué le pasa a Gerardo? ¿Por qué llora Alicia? ¿Está enferma? ¿Por qué llora, mamá? ¿Mamá? ¡Mamá!
- ¡Largo de aquí, vuelvan a la cama! – gritó la señora López, con el rostro demudado por la ira, logrando que los chiquillos desaparecieran en el acto.
Mientras tanto, el señor López luchaba por sacar el cuerpo inconsciente de Gerardo fuera de la tina, lográndolo luego de un gran esfuerzo. Lo colocó sobre una toalla que había dispuesto para colocar el cuerpo desnudo y desgarró con los dientes parte de su pijama para proveerse de tela que convirtió en groseros torniquetes.
Pese a que creía distinguir vagamente el chillido de la sirena de la ambulancia, que había llamado previamente a sacar a Gerardo de la tina, el señor López juzgó que lo más conveniente era bajar los siete pisos que los separaban de la calle.
- Tiempo…Es vital ganar tiempo – pensó para sí el señor López.
Comunicó su plan a la señora López y a Alicia, quien había recuperado el juicio, para que buscarán algo con que proteger el cuerpo desnudo de Gerardo del fuerte frío de la calle.
Entre los tres trasladaron hasta la puerta del elevador, no sin cierta dificultad, el cuerpo casi inerme de Gerardo quien dejaba escapar un ligero pero persistente quejido. Pese a que al principio la solución de bajar a Gerardo por el elevador parecía la solución más rápida y sencilla, tropezaron con el problema de tener que erguirlo para que quepa en el elevador. Con mucha dificultad lo pusieron de pie, con un brazo alrededor del cuello del Señor López y con el otro en el de Alicia.
La sangre se escurría profusamente por la ropa de Alicia, haciendo que ésta entre en un nuevo estado de histeria. La señora López logró detener el copioso flujo con cierto éxito, ajustando fuertemente los pedazos de tela dispuestos como torniquetes.
La suerte estaba de su lado pues al llegar a la planta baja ingresaba la camilla empujada por un enfermero quien, junto a otro, ayudó a poner a Gerardo sobre el armazón.
Los López siguieron la ambulancia en su auto y decidieron acompañar a Alicia en el hospital hasta asegurarse que Gerardo iba a estar fuera de peligro. Al cabo de un rato, una enfermera les comunicó que Gerardo estaba fuera de peligro, que había perdido mucha sangre pero que tras coserle las heridas y realizarle una transfusión, habían logrado salvarle la vida.
Alicia, más tranquila, agradeció a los López y les rogó que no se preocupasen por ellos y que volviesen a casa para cuidar a los niños. Les dio un beso en la frente a ambos y luego quedó a sola esperando poder ver a Gerardo, mientras se cubría con la manta que la señora López le había dejado por si acaso sintiese frío.
Los minutos pasaron lentamente y Alicia se sentó en uno de los asientos de plástico, aguardando alguna noticia.

6

Mientras Alicia terminaba de recordar lo acontecido durante la jornada, sintió una mano que se apoyaba delicadamente en uno de sus hombros.
- Soy la doctora Ampuero. Fui yo la que atendí a su esposo.
- No es mi esposo, es mi novio – dijo distraídamente Alicia.
- Disculpe, quise decir su novio – corrigió la doctora Ampuero mientras tomaba con la mano un brazo de Alicia.
- Acompáñeme por aquí por favor.
Caminaron por un largo por un largo pasillo flanqueado por varias puertas, mientras sus pasos resonaban. Finalmente, se detuvieron frente a una y la doctora susurró:
- ¿Es la primera vez que él intenta quitarse la vida?
- Si, al menos eso creo – respondió Alicia.
- ¿Está segura? ¿Nunca le comentó nada? ¿Quizá de su adolescencia? – inquirió la doctora.
- No, jamás me contó algo nada y en los diez años que llevamos juntos nunca intentó algo así – respondió Alicia, con la vista en el suelo, intentado recordar algo que pudiera dar algún indicio.
La doctora miró durante unos minutos el rostro cabizbajo de Alicia e indicó:
- Gerardo está inmerso en una profunda depresión y no es nada raro que se sienta frustrado durante la recuperación e intenté atentar nuevamente contra su vida.
Alicia levantó la cabeza y miró a la doctora a los ojos sin proferir palabra alguna. La doctora Ampuero advirtió un leve temblor en los ojos de Alicia que creyó delataban que se aproximaba un ataque de histeria, así que concluyó:
- Él tendrá que seguir un tratamiento psiquiátrico y eventualmente podría ser medicado en caso de no poder superar el trauma.
Alicia continuaba en silencio.
- Por ello, es necesario que usted, como su pareja, esté permanentemente a su lado, apoyándolo más que nunca – continuó la doctora.
- “Más que nunca…más que nunca…” - estas palabras resonaban en la mente de Alicia, mientras la Doctora Ampuero empujaba la puerta para que Alicia entré al cuarto donde estaba Gerardo.
- Ahora los dejo solos, pero sólo unos minutos porque su novio está agotado por la perdida de sangre y no es bueno que se sobrexcite más por esta noche –concluyó la doctora, mientras dejaba sola a Alicia.
Alicia vio a Gerardo con los brazos extendidos sobre la cama con las palmas de las manos hacia arriba, tenía ambas muñecas vendadas. Se veía demacrado, con los ojos cerrados e inusualmente hundidos
- ¿Gerardo? ¿Gerardo? ¿Estás despierto? - susurró Alicia mientras se acercaba con calma hacia la cama.
Gerardo entornó lentamente los párpados y fijó su vista en Alicia.
- Toma mi mano, Ali – murmuró Gerardo.
Alicia obedeció y tomó una de sus manos, sintiendo nuevamente aquella gélida piel. Gerardo continuó musitando:
- Te amo, Ali. Mi vida no vale nada sin ti ¿Sabes? No vale nada, ni un céntimo…por favor…no me dejes.
Alicia sintió la agitación que inundaba el pecho de Gerardo. Éste continuó:
- Quédate conmigo, Alí. No me abandones…prométeme que nunca vas a abandonarme, que estarás a mi lado para siempre.
Los labios de Alicia se entreabrieron y se agitaban errantes incapaces de soltar sonido alguno. Sentía que el frío toque de la piel de Gerardo invadía todo su cuerpo.
Alicia balbuceó algunas palabras antes de decir:
- Lo…lo prometo. Prometo que me quedaré por siempre a tu lado.
Cuando terminó de hablar, sus ojos dejaron asomar lágrimas de desesperación. Sentía la frialdad que emanaba de la piel de aquella silueta viviente, que se apoderaba de su cuerpo y ahora de su alma, para siempre…