sábado, 27 de diciembre de 2008

Estampas de la ciudad I


La vi por primera vez en una de las calles del centro. Me pidió, por el amor de Dios, que le regalase una monedita, un bolivianito, para comprarse pan. Extendió la mano y el corazón se me encogió.

Era una mujer de avanzada edad, el cabello totalmente blanco, el rostro arrugado como un viejo pergamino, menuda, de voz suave y casi imperceptible pero que hace estremecerte el alma. Alrededor de ella giran muchas historias que sólo otros personajes nocturnos conocen; unos dirán que pide dinero en las calles porque es la única forma para contentar a la desalmada hija que descarga toda su ira en el cuerpo de la anciana, otros explicarán que hace muchos años murió su único hijo y que el insoportable dolor le hizo perder la razón, aquellos contarán que tiene al marido muy enfermo y que por ello mendiga en las calles buscando dinero para su curación; no me creo totalmente todas estas historias, las combino, reordeno, reescribo y termino totalmente enredado en ellas y la anciana se convierte en un enigma indescifrable, con un misterioso origen y un futuro incierto.

Su mirada melancólica me paraliza por completo, torpemente busco en mis bolsillos alguna moneda extraviada para dársela. El mundo entra en un mutismo absoluto, estoy sólo frente a ella, como acusado frente al jurado; inerme y confuso, contemplo a la vida, sus deliberadas omisiones y sus crueles designios.

Por fin, mi mano tropieza con una fría moneda y para mi este momento, perdido como estoy en medio de la vacuidad, encontrar un objeto sólido equivale a hallar algo de que aferrarse y evitar este perpetuo descenso, sempiterna caída de tres segundos.

Jamás podré saber hacia donde la dirige su errante caminar, alma en pena de la ciudad adormecida por el egoísmo; le lanzaré la moneda para comprarme cinco minutos de indolencia y de amor propio, luego ella se hundirá en la noche con su pausado caminar, internándose en el olvido de la ciudad que todo lo alberga en sus brazos.