sábado, 12 de diciembre de 2009

RETORNO A OBLIVIÓN

- A mi amiga Katrin -


La tormenta de arena amainó, permitiendo que retirase el brazo con el cual cubría sus ojos. Todo a su alrededor era silencio, no importaba hacia qué lado volcase, estaba completamente sola. Subió a lo alto de una duna y vio sus huellas hundirse en el horizonte, sólo entonces se dio cuenta que estuvo caminado por horas. Todo alrededor era silencio, interrumpido sólo por el sonido de sus pies descalzos hundiéndose en la fina arena, el cosquilleo entre los dedos era agradable, aunque disminuía la velocidad de la marcha.
En toda esa inmensidad, no había ni un solo punto que le sirviese de referencia, por ello decidió echarse sobre la arena y descansar un poco. Le era difícil conciliar el sueño, la arena le picaba por todo el cuerpo.
Al despertarse, sacudió la arena de todo el cuerpo, especialmente la que se había acumulado en el pelo. Continuó caminando por varias horas, hasta que distinguió a lo lejos un volumen grisáceo que estaba a un par de horas de camino. Animada por la posibilidad de encontrar a alguien en aquel erial, aceleró su andar intentado seguir un ritmo para llegar en menos tiempo.
La distancia hacia el objeto era más larga de lo que esperaba, en cierto momento perdió de vista el objeto gris y llegó a creer que era una jugarreta de su mente agobiada. Continuó caminando hasta que el volumen tomó mayor claridad y estuvo segura de que efectivamente había encontrado algo en aquel desierto.
Más tarde, pudo distinguir perfectamente el volumen: se trataba de un objeto de forma rectangular, posiblemente esculpido en piedra.
Apresuró el paso, trastabillo varias veces, pero al fin llegó al objeto. Éste debía tener alrededor de metro y medio de altura por medio metro de ancho. Efectivamente estaba hecho en piedra, cuyo tallado mostraba raras criaturas que jamás había visto. No podía adivinar si era hueco o sólido, lo examinó durante varios segundos buscando algún resquicio para ver en su interior, aunque no halló nada. Colocó el oído junto al objeto y comenzó a darle pequeños golpes con el puño, intentado escuchar algún eco en el interior, no escucho nada por lo cual dedujo que era un bloque de piedra sólido sin nada en su interior.
Se sentó en el suelo con la espalda apoyada en el bloque de piedra tallado y se puso a pensar la utilidad que podría tener aquel hallazgo para ella. Al menos a esta hora el objeto la protegía del sol, aunque esto tampoco era algo relevante, puesto que no sentía molestia alguna con la luz solar.
Estaba sumida en sus cavilaciones cuando sintió un ligero temblor en la caja de piedra. Se giró y colocó nuevamente el oído sobre la caja, al cabo de unos cinco minutos volvió a sentirse un ligero temblor precedido por un ligero golpe. Poco a poco, los golpes fueron en crescendo hasta repetirse con cierto ritmo. Ella contestó con ligeros golpes que trataba de alternar con los del interior.
Una débil voz pedía que empujase en el lugar donde golpearía. Ella obedeció y empujo en ese punto, la caja de piedra comenzó a tambalearse y cayó sobre la arena. El golpe hizo que la caja se resquebrajase. De un hueco que se había formado en la superficie, salió una mano que buscaba aferrarse a algo, como no pudo hallar nada de donde sujetarse, pidió que quien estuviese fuera le diese una mano. Ella – sin poder salir aún de su asombro– obedeció maquinalmente sin decir una sola palabra.
De la caja de piedra, emergió un hombre vestido elegantemente. Tendría alrededor de unos treinta y ocho años, algunas canas le asomaban en las sienes. Llevaba un fino saco y pantalones color gris oscuro, una camisa blanca impecable y una corbata roja con un alfiler de oro atravesado. Cogió un pañuelo de uno de sus bolsillos y comenzó a quitarse el polvo que se había acumulado en el traje.
Por un momento, la ignoró por completo. Ella se sintió muy avergonzada de su desnudez y trato de cubrirse el cuerpo cruzando un brazo sobre el pecho y otro sobre la entrepierna.
El hombre terminó de limpiar el traje, luego pasó el pañuelo pos sus zapatos.  Sacó un sombrero de bombín de la caja de piedra y se lo puso en la cabeza con un gesto de solemnidad.
- Es el problema con la arena, cuesta quitarla de un buen traje – dijo.
Ella seguía muda intentando cubrir su cuerpo desnudo, por única respuesta asintió torpemente con la cabeza.
- Veo que va ud. desnuda ¿Olvido sus ropas o algo así? – dijo el hombre del sombrero.
- O quizás le gusta andar sin ropa, ya veo. Tiene un cuerpo precioso, puede permitírselo.
Este comentario hizo que ella se avergonzase aún más. Mientras, el hombre del sombrero buscaba algo dentro de la caja.
- Tenga. Tengo algunos vestidos extras. Son de hombre, pero eso no importa en esta situación ¿verdad? Tenga, son una camisa y un pantalón. Miraré hacia otro lado mientras usted. se viste.  Entiendo que es usted. muy tímida y que mi comentario, aunque sincero, fue demasiado imprudente, tomando en cuenta que ni siquiera nos conocemos.
Ella se vistió apresuradamente y miraba de reojo al hombre del sombrero, asegurándose de que no la espiase mientras se vestía. La ropa le quedaba algo grande pero al menos tenía algo que le cubría el cuerpo.
- Lamento decirle que no tengo un par de zapatos extras. La verdad que es algo engorroso andar descalzo en la arena. Yo lo detesto de verdad, por eso nunca salgo sin calzado.
Ella aún no se atrevía a decir nada y levantaba la cabeza de vez en cuando para mirar al hombre a la cara.
- Pero es hora de que me presente, soy Hernández. ¿Mi nombre? ¡Oh! Eso no es para nada importante, créame; no aquí donde estamos. De hecho podía haber escogido ser Fernández o Pérez o cualquier otra cosa, pero nunca seré la misma persona dos veces. Escogí el nombre al azar, sólo para serle familiar, por eso lo que menos importa es cómo me llamo.
El hombre del sombrero sacó un cigarrillo y lo encendió, entre bocanada y bocanada siguió hablando.
- ¿Cómo me metí en la caja de piedra? En realidad, creo que lo interesante es saber cómo llegó usted hasta aquí, porqué si no hubiese sido así, es probable que hubiesen pasado años hasta que alguien me ayudase. Una feliz coincidencia en verdad. Hace creer que fue el destino el que le hizo pasar por aquí; hipótesis que sería válida, claro está, si no supiésemos que el destino no existe y que la casualidad es la que teje extrañas historias.
Se llevó el cigarrillo a sus labios y luego se lo ofreció. Ella lo rechazó amablemente.
- ¡Ah, si! Lo olvidaba, la caja. Pues bien, yo me metí en la caja hace algún tiempo. Ya olvide cuanto transcurrió mientras estuve dentro, estimo que pasó un buen tiempo. ¿Qué como traje la caja aquí? Querida, dígame… ¿Dónde piensa usted. que está?
El hombre del sombrero la tomó gentilmente del brazo y la hizo sentar sobre la caja. Él se sentó junto a ella, tomó otro cigarrillo y prosiguió.
- Claro es comprensible, usted es nueva por aquí, por ello no sabe demasiadas cosas aún. Dígame… ¿Qué es lo último que recuerda antes de estar caminado en este desierto?
Ella intentó recordar, pero a su mente acudían imágenes confusas, algunas imposibles. Lo único que acudía a su mente era estar caminado por aquél inhóspito paraje.
- Ummm… dígame. ¿Recuerda al menos su nombre?... Sí, es lo que suponía, no recuerda ni siquiera eso, pero no se preocupe, siempre es igual con los recién llegados. Se acostumbrará pronto a todo, me animaría a decir que incluso ahora, ya este paraje le resulta familiar, como si estuviese en casa.
Las reflexiones del hombre del sombrero la pusieron nerviosa. Efectivamente no recordaba ni siquiera su nombre. La desesperación se apoderó de ella y comenzó a llorar. El hombre del sombrero le puso una mano sobre el hombro y quedó en silencio por un rato; luego, al ver que ella se había desahogado, continuó:
- La verdad es que usted no es la primera persona desesperada que vaga por aquí, intentando recordar algo que ni siquiera saben qué es.  Nunca dejo de sorprenderme, aunque lo he visto innumerables veces. Pero bueno, ya seque esas lágrimas y preste atención, caso contrario no podrá aprender nada.
El hombre del sombrero, dio un hábil brinco para ponerse de pie. Cambiando el tono de voz – a veces solemne, otras con jocosidad – comenzó a decir:
- Querida mía, bienvenida a ¡Oblivión! ¡No! No está Ud. muerta… ¡Esto no es ningún infierno! ¡Y menos aún el paraíso! De hecho, no existen ni avernos, ni edenes, ni purgatorios, sólo esta Oblivión. Siempre lo estuvo y siempre lo estará. No, no tiene que pensar en Oblivión como un lugar, sino como un imposible, como un improbable, una reductio ad absurdum, como diría Aristóteles.
A ella le costaba entender, le parecía confuso lo que decía hombre del sombrero. Todo a su alrededor le parecía extraño, aquel hombre con traje, la caja sobre la cual estaba sentada. El hombre del sombrero continuó hablando:
- Llegar a Oblivión es fácil. El único requisito es que alguien deje de pensar en nosotros, que se olviden que existimos, entonces llegamos a Oblivión. ¿No le ha ocurrido alguna vez que pese a amar tanto a una persona - al punto de que su propia existencia sea lo menos importante- algo hace que se separe de ella para siempre? ¿Qué sucede entonces? Pues que un día, se da cuenta que está olvidando a esa persona. Lo primero en desaparecer de la mente suele ser el tono de voz, más tarde el rostro y la sonrisa se hacen cada vez más difusos. Más tarde, su imagen se hace tan difusa que sólo es una imagen abstracta. Finalmente, llegará el día en que la olvidemos por completo y sólo evocamos un nombre sin rostro ¿Dónde estará entonces este ser amado? ¡En Oblivión!
En la medida en que el hombre del sombrero le hablaba sobre Oblivión, el lugar parecía tener mayor familiaridad para ella. Miró a todos lados, la soledad les circundaba, pero aún así sentía que pertenecía a ese lugar.
- ¿Qué sucede cuando dejamos atrás nuestra existencia terrenal? Por algún tiempo aún pervivimos en el recuerdo de nuestros seres queridos, pero en la medida en que estos van olvidándonos – o dejando ellos también su existencia – vamos pasando mayor tiempo aquí, hasta que nosotros terminamos también olvidando quienes somos. Es por eso que dije que aquí no importan los nombres, sólo somos retazos del recuerdo de alguien, somos la sombra de un recuerdo.
Ella se preguntó así misma quién podría haber sido. Las imágenes volvieron más confusas aún y terminaron desapareciendo. En todo ese océano de rostros y voces, no sabía donde encajaba.
- Pero no crea que sólo los que están muertos llegan a Oblivión. No, claro que no… no olvide que llegamos aquí cuando alguien se olvida de nosotros, por lo tanto podemos estar aquí en vida y sólo ser una de las manifestaciones de nuestro ser. Recuerde que cada persona nos ve de diferente manera, que no somos iguales para todos, cada persona tiene un recuerdo distinto de nuestro ser y si lo olvida… venimos a parar aquí. Retazos, interpretaciones, eso somos  el reflejo de un ser que ni siquiera existe. Dese cuenta: si cada individuo tiene una idea diferente de nosotros, podrán ser parecidas pero nunca serán iguales; al mismo tiempo nosotros también tenemos construimos una imagen propia de lo que somos, pero vamos construyéndola en base a las imágenes que tienen el resto de las personas ¿Cuál de todas estas imágenes de nuestro ser es entonces la real? ¿Es acaso menos real la imagen que tienen otros sobre mí que la que yo tengo sobre mi propio ser, tomando en cuenta que construyo esta imagen basándome en la de otros? ¿Por qué todas ella no pueden ser ciertas?... Preste atención ahora: si asumimos que todas estas imágenes tienen igual validez, entonces tenemos un ser con muchas dimensiones, con muchas realidades, y todas, en algún momento, vienen a parar aquí ¿Entiende? Entonces, siempre estamos en Oblivión, siempre habrá algo de nosotros que éste aquí y por lo tanto, somos seres incompletos e imposibles.
Ella se puso a pensar en lo que decía el hombre del sombrero. Imaginó muchas otras – yo vagando perdidas por aquel desierto.
- Y claro, cuando estamos aquí perdemos conciencia de quién fue nuestro ser de referencia, porque al ser una interpretación de algo que en realidad no existe, terminamos olvidando que alguna vez creímos ser alguien. Oblivión es un lugar infinito. Sepa que he estado vagando por tanto tiempo en él que ya perdí la cuenta. Por eso decidí meterme en esa caja, para pasar el rato, supongo…no halle nada mejor que hacer.
Un sentimiento de tristeza la invadió, pensó en que allí habría otras – yo caminando solitarias por Oblivión, sin saber que hacer o donde ir. Sintió que ella tenía que encontrarlas y conocerlas a todas, sólo así algún día quizás podría conocerse así misma por completo. Comentó esto con el hombre del sombrero.
- Ummmm… nunca había pensado en ello, a pesar de que yo también ando vagando por aquí hace demasiado tiempo. Es buena idea… y quizás pueda hallar a otros – yo tan elegantes como yo. Me convenció, me voy con usted, sólo déjeme tomar mis pertenencias.
El hombre del sombrero sacó un par de guantes y una sombrilla color rojo de la caja de piedra.
- Es para que protegernos del sol. Por cierto, aquí puede usted imaginarse como quiera, así que tal vez pueda pensar en sí misma vestida con algo mucho más cómodo para nuestro viaje.
Ella se miró y recordó que llevaba ropa prestada por el hombre del sombrero. Imaginó un elegante vestido negro, un collar de perlas y el cabello recogido en un moño. No quería desencajar con la elegancia del hombre del sombrero.
A propósito – dijo ella - Isabel, mi nombre es Isabel.

sábado, 17 de octubre de 2009

Parábola del llanto

I
Este es un pequeño pueblo ubicado al final de alguno de tantos derroteros. Sus fundadores emplazaron el pueblo al pie de una pequeña colina, escapando del frenesí y la vacuidad de las grandes ciudades. Este lugar ni siquiera figura en los mapas, sin embargo, sus habitantes están felices por ello, pues nada puede ofrecerles ya el estrepitoso ritmo citadino ni sus eventuales visitantes.
Nadie supo el porqué ni el cuándo, pero sus habitantes empezaron a desarrollar al extremo sus sentidos, excepto el de la vista. Con el tiempo, las cuencas de los ojos se hacían cada vez más pequeñas para dar espacio a la nariz, por ello, a nadie le pareció extraño cuando nació el primer niño sin ojos.

La nariz se había desarrollado tanto que fácilmente podían oler crecer la hierba fresca de la comarca vecina, distante a varios kilómetros.
El oído también había adquirido capacidades insospechables. Cierta vez, un habitante dejó caer accidentalmente una caja con alfileres al suelo; el estrepito fue el equivalente a una lluvia de meteoritos. Con el oído tan desarrollado, les resultaba fácil escuchar la más mínima vibración de las cosas, aunque estas estuviesen inmóviles. Las vibraciones del entorno les permitían guiarse con soltura por el lugar, tenían tal precisión al caminar que cualquier persona con una vista excelente les hubiese envidiado.
En cuanto al gusto, éste les permitía que en cada bocado pudiesen identificar instantáneamente los sabores, pero también sentir aquellos que usualmente una persona normal no podría.
Finalmente, el sentido del tacto era tan intenso que un roce casual significaba sumirse en un maremágnum de sensaciones,
De esta manera, los sentidos desarrollados habían suplido por completo a la vista. Con el tiempo, nadie recordaba este sentido e incluso no podían imaginarse que existiesen seres que aún dependiesen de él.

II
Sucedió tan repentinamente que nadie en el pueblo tuvo tiempo para reflexionar sobre el hecho. En el seno de una de las familias más tradicionales, nació un niño diferente a los demás. La criatura era bastante grande y rolliza, tenía el cabello rojizo y la piel pálida cual tiza. Sin embargo, lo más extraño del recién nacido era que nació con ojos.
El estupor y el chismorreo eran generalizados. Los padres, aunque estaban avergonzados, decidieron criar al niño como si se tratase de un niño normal. Rubicundo, como lo llamaremos desde ahora porque su nombre no nos importa, era callado y algo bobo. Sus sentidos no se habían desarrollado como los de los demás, por eso fue motivo de burla para otros niños del pueblo.
Al serle negados los sentidos tan desarrollados, Rubicundo optó por vendarse permanentemente los ojos, intentando así utilizar el resto de sus sentidos. Pero era en vano, tropezaba y caía continuamente, logrando sólo la mofa de los otros niños y la molestia de los mayores.
Rubicundo solía pasear por la orilla del estanque del pueblo. Se sentaba en un tronco a mirar absorto las ondas que se formaban en la superficie del agua. Cuando se cansaba, se tumbaba boca arriba para mirar las formas de las nubes; castillos, seres alados y toda clase de seres imposibles pasaban ante su vista, antes de diluirse en nuevas formas. Siempre estaba sólo, nadie del pueblo podía comprender el deleite que hallaba Rubicundo al contemplar el estanque y el cielo sin usar el olfato o el oído, le tomaban por loco o estúpido.
Rubicundo se paseaba taciturno por todo el pueblo, sus padres, gracias a sus sentidos aumentados, notaban el abatimiento de su hijo y continuamente pedían a sus dioses que le favorecieran y le ayudaran a encontrar sosiego.
Pasaron los años, Rubicundo, ya un adolescente, desapareció un día del pueblo. Los padres estaban desconsolados y rogaban a diario por él. Mientras, los habitantes suspiraban aliviados por la desaparición de la oveja negra que había perturbado la tranquilidad del pueblo.

III
Un día, tras varios años de ausencia, Rubicundo retornó al pueblo intempestivamente. Se había convertido en un hombre fornido y algo torpe, aunque cuidaba que sus maneras sean suaves y educadas.
Rubicundo abrazó efusivamente a sus padres y estos casi no dejaron que hablase por las continuas preguntas que le hacían. Todo el pueblo aguzaba aún más el oído para saber sobre el paradero de Rubicundo; éste, sabiendo perfectamente que todo el pueblo estaría al tanto de lo que diría, fue parco en sus palabras y prefirió oír a sus padres. Al finalizar la conversación, manifestó que quería convocar una audiencia en el pueblo lo antes posible.
Todos en el pueblo se preguntaban cuál sería el motivo de la audiencia, cuando Rubicundo habló con el Alcalde para fijar el día del evento, sólo dijo que quería hacerles una revelación. Se fijó la fecha para dos semanas después, todo el pueblo estaba en ascuas. Rubicundo se paseaba tranquilo por el pueblo con cierta desfachatez, confiado en que había despertado la curiosidad del pueblo entero.
Finalmente llegó el día indicado. Rubicundo se presentó con quince minutos de retraso, acto totalmente calculado para avivar la llama de la curiosidad. Estaba sereno, o al menos así lo notaron sus coterráneos, pues no sentían emanar olor alguno que denotase pánico, tan sólo un ligero olor a lavanda del cuello de la camisa.
Rubicundo se paró en el atrio, miró con cierto desdén a la audiencia y comenzó a reír como un poseso. Los habitantes del pueblo apenas salían del pasmo que les había provocado la macabra risa, cuando Rubicundo, tan intempestivamente como antes, comenzó a llorar sin consuelo alguno.
Todos los presentes quedaron atónitos, jamás habían sentido algo así. Las lágrimas tenían una vibración nueva, extraña, hechizante. Emanaban también un ligero y casi imperceptible olor, algunos se acercaron para tocarlas e incluso la probaron. Nadie había visto jamás tal prodigio.
Fue entonces, cuando Rubicundo instó al pueblo a abrazar una nueva fe, la lacrimología. Sólo con ella, decía Rubicundo, el pueblo podría liberar sus emociones y sería libre. Llamó a abandonar la vida de pecado al que les había sumido el deleite sensual y a dejar entrar en su alma el fuego sagrado del sentido perdido. La multitud aclamó a Rubicundo como su salvador.
Desde aquel día, Rubicundo se convirtió en la persona más influyente del pueblo. Todos estaban maravillados con él, pues nadie en el pueblo podía derramar lágrimas y hasta aquél día sólo habían sido leyendas que se perdían en el tiempo.
Algunos trataron de parecerse lo más posible a Rubicundo, no sólo imitando su manera de comportarse, sino lacerándose el rostro para abrir pequeños orificios, simulando orbitas donde colocaban pequeños guijarros a manera de ojos. Muchos de ellos esperaban que con esto, algún día podrían aprender a derramar lágrimas como Rubicundo, quién, lejos de sentir remordimiento observaba divertido los acontecimientos y trataba con desdén a la gente del pueblo.
Yo llegué al poco tiempo a este extraño pueblo. Fue producto de una casualidad, pues me extravié y tome un camino que me llevó al extraño poblado. Conocí y platiqué con Rubicundo, contemple horrorizado como esos extraños seres se laceraban así mismos sin emitir la menor queja.
Traté de hacer entrar en razón a Rubicundo, pero éste como única respuesta me dirigió una sonrisa sarcástica, mientras me pedía meterme en los asuntos que me concernían. Hablé también con muchos de los habitantes, éstos tampoco me hicieron caso, sólo me dijeron que yo jamás entendería su situación, pues tenía ojos y podía llorar, por lo tanto era salvo.
Al tercer día decidí abandonar el pueblo. Ahora, mientras escribo estas líneas me doy cuenta que sería imposible regresar al pueblo, no puedo recordar el camino por más que lo intente. Pienso en toda esa gente dañándose por tratar de llorar. Lo único que me queda es rezar a nuestros dioses y pedirles que de alguna manera intercedan para salvar a esa gente de sí misma.

lunes, 28 de septiembre de 2009

LOS DIOSES OCULTOS

- A Myriam Mas, quien sigue saltando de nube en nube -

Una mañana de marzo, el cielo se llenó de negros y pesados nubarrones, anunciando la lluvia. El sol luchaba por abrirse espacio entre las nubes, prodigando sus más fuertes haces de luz, pero todo era en vano, la ciudad se oscurecía poco a poco.

Una copiosa lluvia comenzó a caer, las gotas tamborileaban en la ventana, antes de resbalar hasta el alféizar. Myriam se envolvió en las tibias sábanas y se quedo dormida nuevamente.

Pronto dejó de llover, pero aún algunas nubes cargadas con lluvia persistían. Después de tan terrible lluvia, surgió un bello arcoíris, con colores tan intensos que parecían obra del ensueño de un pintor.

El murmullo del viento despertó a Myriam. Lentamente se incorporó sobre la cama y se restregó los ojos. Buscó las pantuflas y se asomó a la ventana. La niña dio un bostezo y estiró los brazos, desperezándose. Era domingo, seguramente mamá dormiría aún y se molestaría con ella sí la hacía despertar, pese a que le había prometido llevarle al parque.

Myriam fue a la cocina y se sirvió un vaso de leche. Volvió a su habitación y se tumbó en el piso con el libro de cuentos que papá le había traído de su último viaje. El libro tenía ilustraciones en blanco y negro muy bonitas, la protagonista era una niña como ella que hacía un viaje por globo por todo el mundo. Myriam pensó que a ella también le gustaría viajar por todo el mundo, conociendo gente, comiendo caramelos de todo tipo y cuidando perritos huérfanos…¡Tom! ¡Había dejado a Tom en el jardín toda la noche!

Tom era el perro labrador que el padre de Myriam le había regalado al cumplir ésta cinco años. Tom había crecido rápidamente, cuando llegó a casa cabía en una de las manos de Myriam, pero ahora era tan grande que cuando se paraba en dos patas (un truco que papá le había enseñado), fácilmente doblaba en tamaño a Myriam.

Myriam salió corriendo a buscar a Tom. Con la lluvia de la madrugada y el frio, Tom podía coger un resfriado. Al salir al jardín, silbó y llamó a Tom por su nombre. El perro tardó unos segundos en aparecer, se había guarecido en una caja de madera que el papá de Myriam dejó en el jardín.

Tom aparece meneando la cola de contento y llena de lengüetazos de afecto a la niña.

- ¡Basta Tom! ¡Basta! ¡me haces cosquillas! – dice Myriam, mientras se cubre del efusivo y húmedo saludo de Tom.

El patio estaba lleno de charcos. Myriam observa las ondas que el viento hace sobre el agua. Pero Tom mete las patas al charco y vuelve a lamer el rostro de la niña. Myriam se aparta del perro antes de que éste le manche los pijamas con las patas.

- ¡Aparta, Tom, aparta! – dice Myriam con disgusto. Pero Tom piensa que la niña juega con él y sujeta con los dientes un extremo del pijama.

La niña logra soltar el pijama y huye riendo, Tom la persigue dando ladridos. Myriam corre saltando los pequeños charcos rumbo al otro extremo del jardín. Tom, quien en un momento determinado se detuvo y salió disparado para el otro lado, la intercepta y hace caer sentada a la niña, lamiéndola hasta sacarle carcajadas.

- ¡Tom, ya basta! – dice Myriam retorciéndose por las cosquillas.

Finalmente logra abrazar a Tom por el cuello, tranquilizándolo un poco. Myriam se acomoda el cabello alborotado y se pone de pie. Tarda unos segundos en darse cuenta en lo que tiene frente a sí. En medio de su jardín, justo al lado del rosal de mamá, estaba uno de los extremos del arcoíris.

Myriam no daba crédito a sus ojos. En la escuela la maestra le había dicho que los arcoíris son ilusiones ópticas que se forman cuando la luz atraviesa las gotas de agua. Mamá le había dicho que nunca tenían un principio y un final, aunque a veces pareciese que si lo tuvieran. Papá le había contado que algunos duendes escondían su oro en los extremos.

Myriam estuvo examinado maravillada el arcoíris, dio vueltas alrededor y quiso tocarlo, aunque sabía, como le habían dicho mamá y la maestra, que sólo era una ilusión óptica. Grande fue su sorpresa cuando sus dedos tocaron el arcoíris.

El arcoíris parecía hecho de algodón, pero parecía estable como el más firme de los puentes. Myriam miraba pasmada los suaves colores del arcoíris que dejaban ver al otro lado. Fue entonces cuando decidió ver que encontraría del otro lado.

Corrió apresuradamente a su habitación, se vistió rápidamente y bajó al jardín. Con la prisa, no se percató que pisó las margaritas preferidas de mamá; éstas, retorcidas por el dolor, cerraron sus pétalos y pasaría un buen tiempo antes de que volvieran a abrirlas.

Myriam comenzó a ascender por el arcoíris. Subió y subió hasta que volcó y vio que su hogar estaba a lo lejos, parecía una casa de muñecas, con los muros blancos, el tejado naranja y la cerca roja bordeando el jardín. Al lado del rosal, justo donde comenzaba el arcoíris, vio a Tom, ladrando como loco para que Myriam baje.

Myriam continuó caminado hasta que pudo ver toda la ciudad, como estaba algo cansada se sentó en uno de los bordes y se puso a contemplar las casas de la ciudad. Del lado izquierdo vio los barrios ricos de la ciudad; las casas eran muy bonitas y tenían grandes jardines bien cuidados con fuentes y algunas esculturas, las calles estaban llenas de árboles y atestados de flores. Muchas personas desayunaban en sus jardines suculentos platillos y descansaban relajados aunque con un asomo de preocupación en sus rostros. Los niños retozaban y reían mientras jugaban con bellos juguetes de madera ornamentados con pinturas de vivos colores.

- Así que la gente es totalmente feliz – pensó enternecida.

Luego de unos minutos, Myriam observó el lado derecho de la ciudad, el panorama cambiaba completamente. Ante sus ojos se extendían casas hechas con madera vieja, ladrillos rajados y pedazos de plástico. Las calles sin árboles ni flores, el viento arrastraba polvo que cubría y marchitaba aún más las moradas. Sobre sus mesas había muy poco para comer. Los niños se sentaban en los pórticos con juguetes viejos y con sus ropas raídas por el uso. Pese a todo, Myriam observó que escondían una alegría inmensa dentro de sus semblantes tristes.

- Estas personas parecen felices pese a ser muy pobres. Sin embargo, no comprendo porque hay tanta injusticia ¿Por qué todos no podemos tener prosperidad y ser igual de felices? – se preguntó a si misma.

Una tenue lluvia cayó en el rostro de Myriam, sacándola de sus cavilaciones. Para no mojar la preciosa falda verde que le había regalado mamá, corrió para alejarse de la nube que había dejado caer la lluvia.

Al poco tiempo, llegó a un lugar donde se asomaba una fuerte luz que atravesaba las nubes. Myriam saltó sobre una nube, luego sobre otra y otra, y comenzó a subir hacía la luz.

Llegó hasta un tapiz formado por blancas nubes que se extendía a lo largo del firmamento. Caminó por unos minutos hasta llegar a una puerta de madera que se abrió de par en par. Myriam siguió caminando hasta que distinguió a un anciano harapiento y famélico sentado sobre una nube, su rostro brillaba como el sol y sus facciones inspiraban una gran tranquilidad.

Myriam se acercó al anciano y dijo:

- Buenos días ¿Vive Ud. aquí?

- Sí, vivo desde el principio de los tiempos en este lugar – contestó el viejo.

- ¿Tú eres dios? – preguntó Myriam sobresaltada.

- Lo fui hasta hace mucho tiempo, ahora la gente me ha olvidado. – contestó el anciano dios con amargura.

- ¿Te olvidaron? ¿Cómo pudo pasar eso? – dijo Myriam, mientras se sentaba al lado del dios anciano.

- Sucedió hace incontables siglos, cuando todos los seres eran dichosos y no existía la injusticia en sus corazones, entonces yo era su dios y ellos siempre pensaban en mí y yo en ellos. Eran tiempos de paz cuando todos los hombres podían ascender hasta aquí para comunicarse conmigo.

- Escuche viejas historias sobre ello, pero siempre pensé que eran cuentos que nos contaban a los niños – dijo Myriam.

- En aquel entonces el mundo era aún más bello, pero sucedió que un día el ser humano recibió un regalo de mi hermano: el oro. Él repartió el oro entre todas las personas, desatando la avaricia. Algunos de ellos no soportaban que todos tengan la misma cantidad de oro y la codicia y la avaricia, hermanas gemelas, nacieron aquel dia en sus corazones. De esta forma, algunos despojaron del oro a otros por la fuerza o mediante engaños, desde aquel día reinó la injusticia y la gente me olvidó poco a poco. Con el tiempo el corazón de mi hermano se volvió egoísta y guardó su oro sólo para él – cuando el viejo dios terminó de hablar señaló a lo lejos una nube donde se encontraba otro dios, obeso y con vestidos más ricos.

- ¿Nunca intentaste hablar con él para que comparta sus riquezas? – preguntó Myriam.

- Una vez se lo dije, pero se molestó tanto conmigo que me hecho de su hogar y me tiene prohibida la entrada – dijo el viejo dios todo apesadumbrado.

- ¡Pues yo hablaré con él! ¡Sé que lo convenceré! – dijo Myriam parándose de repente.

- Él sólo te recibirá si le llevas algún regalo – observó el dios anciano.

Myriam se quitó la pequeña gargantilla de oro que llevaba, era un regalo que la abuela le había hecho antes de morir. Aquel día, junto a su lecho, la abuela le había dado la joya mientras le decía que lo valioso en el regalo no era el oro con el que estaba hecho, sino el cariño que llevaba consigo.

La niña se despidió del anciano dios y continuó caminando por el arcoíris, rumbo a la morada del dios rico. En el trayecto, la tormenta se desató y el arcoíris amenazaba con desplomarse, varías veces Myriam estuvo a punto de caer pero su determinación era fuerte, tenía que llegar a su destino.

Al poco tiempo llegó hasta un banco de nubarrones negros donde fuertes truenos resonaban. Myriam comenzó a ascender por los nubarrones hasta llegar nuevamente a una explanada formada por nubes negras.

Estuvo caminado por un buen rato, el estertor de los truenos y los refulgentes relámpagos que bullían a su alrededor hicieron que se ponga nerviosa. De repente llegó hasta una gran puerta, ricamente ornamentada por oro y joyas preciosas. Tocó tímidamente pero la puerta no se abría, llamó nuevamente y de repente una voz horrible bramó:

- ¿Quién anda ahí?

- Traigo un regalo – contestó Myriam con un hilo de voz.

Pasaron unos minutos y la puerta se abrió con gran estrépito. Myriam observó al dios rico echado sobre una nube que parecía desplomarse bajo su peso.

El dios rico era obeso, malencarado y masticaba sin cesar. Sus vestidos, pese a ser muy ricos, estaban manchados por los restos de comida que caían de su boca. Detrás de él, había un pequeño cofre que refulgía como si fuese el sol mismo.

- ¿Quién eres? ¿Qué quieres? – rugió el dios.

- Me llamo Myriam y traigo un regalo para Ud. – dijo mientras extendía la mano que sujetaba la gargantilla.

- ¿Me interrumpiste de mis quehaceres para traerme tan diminuto regalo? – gritó enfurecido el dios. Acto seguido tomó con violencia la gargantilla de la mano de Myriam y se puso a observarla.

- Es un regalo de mi abuela – comentó Myriam.

- Ummmm… pues no está del todo mal y yo ando muy pobre últimamente – dijo el dios rico más sereno.

- Sé que es pequeño, pero su valor es incalculable, mi abuela me lo regaló con amor – comentó Myriam.

- ¡Amor, amor! Ja, ja, ja, ja ¡Que tonterías dices, niña! ¡El oro es lo que vale, por supuesto! ¡Por eso los hombres hacen guerras por obtenerlo! – dijo el dios rico mientras guardaba la joya en el cofrecillo.

- ¿Por qué ese cofrecillo brilla tanto? – preguntó Myriam.

- ¡Pero que preguntas haces, niña ingenua! ¡Porque ahí es donde guardo todo mi oro, para protegerlo de los ladrones!

- ¿Y quién quiere robárselo? – inquirió Myriam.

- ¿Pues quién más podría ser? ¡Los hombres! ¡Esos guiñapos intentaron varias veces despojarme de mi oro, pero nunca pudieron! ¡Lamento el día en que les regale parte de mi riqueza! ¡Era tan joven e ingenuo entonces! Ellos comenzaron a pelearse y arrebatarse el oro y luego quisieron más y más, fue entonces cuando algunos atrevidos quisieron quitarme el oro que aún guardaba ¡Pero yo los descubrí! ¡Por ello desde entonces tengo todo mi oro guardado en este cofrecillo! ¡Por eso es que he engordado tanto! No puedo moverme de aquí ¡Ni siquiera para visitar a mis sobrinas, las hadas!

El dios rico se tumbó nuevamente sobre su nube y comenzó a devorar los manjares sobre su mesa, ni siquiera parecía recordar que Myriam estaba ahí, comía y comía sin quitarle el ojo a su tesoro.

Myriam se sentó cerca de él, no dijo nada pues pensaba en que hacer para ablandar el corazón de aquel dios egoísta. Luego dijo con determinación:

- ¿Sabes? creo que si regalaras todo tu oro a los pobres, éste dejaría de tener valor y así los hombres ya no serían tan codiciosos. Así tú también tendrías tiempo para visitar a tus sobrinas, las hadas, y no tendrías que estar vigilando todo el tiempo el cofre. ¿No crees que serías más feliz si no tuvieras riquezas de que preocuparte?

El dios rico estalló en risa, se movió tanto que desató una horrible tormenta eléctrica sobre la ciudad. Al cabo de unos minutos, ya más tranquilo, comenzó a enfurecerse por la idea de Myriam y dijo:

- ¿Regalar yo mis riquezas? ¿¡Como se te ocurre!? ¡A mi nadie me ha regalado nada! ¿Por qué yo tendría que hacerlo? – dijo enfurecido, mientras zarandeaba a la niña.

- Yo te regalé algo que quería mucho, el oro no es lo que vale sino el cariño con el cual te lo di– dijo Myriam con pánico.

- ¡Así que era eso! – dijo el dios rico con sorna. ¡Debí imaginarlo! ¡Nadie da nada sin esperar algo a cambio! ¡Pues no pienso hacerlo, no regalaré mis riquezas y tampoco voy a devolverte lo que me diste!

- ¡Quédate con el y que te aproveche! – gritó Myriam enfada mientras bajaba de la nube para marcharse.

El dios la observó, cambio su semblante y recordó que hacia siglos que no había tenido una visita. Se tranquilizó y antes de que Myriam se pierda de vista le llamó, le hizo tomar asiento en la mesa de los manjares y le dijo que le acompañara en la cena.

Myriam aceptó la invitación de mala gana, casi no probó bocado y si lo hizo fue por educación. El dios rico trataba de congraciarse con la niña, aunque no mencionó para nada la posibilidad de regalar su tesoro. Habló y habló y le contó a Myriam sobre las hadas, sobre los dioses del norte y sobre cualquier veleidad que le venía a la mente, se sentía sólo y quería que Myriam le acompañase por algún tiempo.

La niña, menos enfadada ya, le preguntó sobre su hermano, el dios anciano. El dios rico se puso rojo de cólera, pero se tranquilizó pues no quería espantar a Myriam. Finalmente, con lágrimas en los ojos, le confesó que extrañaba mucho a su hermano y que hacia mucho tiempo que le había perdonado, pero que no podía verle pues no podía dejar su tesoro sin vigilancia.

El dios rico estuvo hablando por muchas horas sobre todos sus amigos y parientes a quienes ya no veía, mientras le contaba sobre ellos a Myriam, sus ojos se llenaban de lágrimas y en ocasiones no podía continuar su relato por el nudo en su garganta. En esos momentos, Myriam quedaba en silencio y observaba con tristeza los sollozos del dios rico y no entendía como un ser podía ser tan infeliz por decisión propia.

El dios rico siguió contando sus penas a Myriam y le confesó que era la primera visita que había tenido en miles de años, que le entristecía no tener con quien hablar, alguien con quien jugar al ajedrez, en fin, tener un amigo de verdad. Mientras contaba todo esto, escanciaba vino en una copa de oro, tomándosela de sopetón. Al poco tiempo, el dios rico dormía su borrachera en medio de fuertes ronquidos que hacían retumbar el cielo.

Myriam se acercó al dios rico y notó que su fisonomía era menos severa que al principio. Dormía intranquilo, con una mueca de tristeza en el rostro y con lagrimones rodándole por las mejillas.

Myriam le acarició el cabello y el dios rico gimoteó como un bebé, mientras llamaba a su hermano el dios anciano. La niña se quedó unos minutos a su lado, tomándole la mano. El dios rico dormía con serenidad.

Al poco rato, el sueño se apoderó de Myriam y se tendió en una nube cercana al dios rico. Durmió unos cuantos minutos y tuvo un sueño donde se encontró con la abuela, se sentó a su lado y le pidió consejo para ayudar al desdichado dios. De pronto, Myriam despertó sobresaltada: había hallado la solución.

La niña se escabulló con sigilo hacia donde estaba el cofrecillo con el tesoro, lo tomó y lo escondió en uno de los bolsillos de su vestido verde. A continuación, se dirigió con sigilo hacia la puerta de oro, intentando no pisar ningún rayo para no despertar al dios rico.

Una vez que hubo bajado hacia el arcoíris, corrió hacia la morada del dios anciano. Éste al verle llegar todo agitada, le preguntó:

- ¿Qué sucede mi niña? ¿Viste a mi hermano?

Myriam, aún si recuperar el aliento, sacó el cofre de su bolsillo y se lo mostró al dios anciano quien exclamó:

- ¿Pero que has hecho, niña? ¡Mi hermano te buscará furioso hasta encontrarte! ¡Su venganza será terrible!

- Voy a librarle de su condena – dijo Myriam en tono grave. Es por culpa de este cofre que tu hermano es el ser más infeliz que he conocido y es gracias a este oro que la injusticia apareció en el mundo. Es por eso que voy a repartir el oro por todo el mundo, así todos podrán tenerlo y perderá su valor. Ya no será causa de guerras ni desdicha.

El dios anciano miró a la niña sin proferir una sola palabra, sólo atinó a asentir con la cabeza y a sonreírle. Myriam dejó al dios anciano y brinco de nube en nube para regresar al arcoíris.

Una vez hubo llegado al arcoíris, observó que las nubes de tormenta se acercaban y entre los fuertes truenos distinguió los gritos de cólera del dios rico.

- ¡Ladrona! ¡Ladrona! – chillaba el dios rico mientras bajaba con dificultad hacia el arcoíris.

Myriam comenzó a correr. Sentía tras suyo las pesadas pisadas del dios rico que cada vez se acercaba más. El arcoíris amenazaba con desplomarse por el peso del dios rico y por el centro apareció una rajadura.

Al cabo de unos minutos, Myriam se detuvo; el dios rico jadeante paró en seco y pidió a la niña que le devuelva el cofre con su tesoro. Ella, sin proferir palabra, abrió el cofre y miró al dios rico a los ojos, su mirada mostraba determinación.

- ¡No te atreverás, maldición! – rugió el dios.

Myriam lanzó el cofrecillo al vacio. Todos los tesoros en su interior cayeron y se repartieron por todo el mundo. Las calles, las casas, los jardines, las personas e incluso las mascotas quedaron cubiertos por polvo de oro, piedras preciosas y todo tipo de riquezas.

Al principio todos se alegraron y bailaron de alegría, festejando las riquezas caídas del cielo. Al cabo de unos instantes, se dieron cuenta que todo estaba cubierto de oro y que era un absurdo guardarlo, porque por doquier las riquezas desbordaban.

Los niños jugaban en las calles con todo tipo de piedras preciosas, pero había tal abundancia que una piedra común era mucho más valiosa que cualquier diamante o zafiro. La gente, con cierta molestia, comenzó a limpiar sus casas, jardines, flores y mascotas de la avalancha de oro y piedras preciosas que habían caído, ya no tenían valor alguno.

El dios rico vio perplejo como todas sus riquezas caían e inundaban el mundo, lloró de rabia y su rabieta fue tan estrepitosa que terminó destruyendo el arcoíris. Myriam desapareció. El dios anciano estuvo buscándola por mucho tiempo pero no pudo encontrarla, vanos fueron también los intentos de su hermano, quien se había calmado ya, pero no había rastro alguno de Myriam.

Desde aquel día, el mundo se hizo más justo y todas las personas eran por igual felices, nadie tenía la necesidad de acumular riquezas.

Los dos dioses se reconciliaron y repartieron dones sobre toda la tierra. Como ambos ya no tenían preocupaciones tenían tiempo para visitar a los parientes, a los amigos e incluso a los mismos habitantes de todo el mundo.

Nunca más se supo de Myriam. Cuentan las historias que en ocasiones, cuando sale un arcoíris, puede observarse una bella niña, con un precioso vestido verde, con el cabello color chocolate agitado por el viento, con los ojos brillando como un par de luceros y que ríe mientras observa divertida toda la felicidad que hay en el mundo, sentada en el borde de algún arcoíris.

jueves, 10 de septiembre de 2009

HUELGA EN EL HORMIGUERO



-->
Se había iniciado la construcción de un nuevo túnel, uno que desembocaría en la parte norte del jardín, cerca de la puerta de la cocina y de las preciosas migajas que quedaban esparcidas a diario. Por ello, la reina de la colonia y el concejo de hormigas ancianas habían ordenado construir aquél ambicioso túnel, el más grande que jamás se hubiese hecho. La obra era tan portentosa que ninguno de los abuelos de la colonia recordaba historia o mito alguno que igualase tal hazaña, salvo la creación de la colonia, historia tan antigua que se perdía en el inicio de los tiempos.

La colonia entera estaba eufórica, por doquier se anunciaba con gran boato el túnel, obra magnífica que traería mejores días y que serviría de ejemplo de la grandeza de la colonia frente a otras colonias enemigas. Aquel anhelado túnel permitiría por fin tener tanta comida que solucionaría para siempre el problema de conseguir alimento. De esta forma, todos quedaron hechizados, en mayor o menor medida, con las ventajas que traería la obra.

El día que se iniciaron los trabajos, hubo una ceremonia presidida por el concejo de hormigas ancianas y la mismísima reina. Muchas hormigas lloraron al ver a la reina en persona, pues luego del alumbramiento eran separadas para comenzar su preparación para el trabajo, por lo cual raramente tenían la oportunidad de ver a su madre.

La reina se asomó al balcón preparado para la ceremonia. Estaba ataviada en un manto de hojas y su cabeza estaba adornada por pétalos trenzado, llevaba su cetro en la mano izquierda. Al verla, la colonia comenzó a vitorear a su soberana durante varios minutos y ela algarabía habría continuado de no ser que la reina levanto el cetro: era su señal para hablar. El silencio se apoderó de la colonia, la soberana, de pie en el atrio, comenzó a hablar sobre los gloriosos días que vendrían. Al finalizar su intervención, la reina fue ovacionada con gran estrépito.

Las obras se iniciaron con algunos incidentes, una copiosa lluvia inundó varias galerías auxiliares matando a muchas hormigas y malogrando parte de las provisiones destinadas a las obreras. Pese al infortunio inicial y los malos presagios de algunas hormigas agoreras, se siguió trabajando con mucho empeño.

Los días y las semanas fueron pasando, la obra avanzaba pero el entusiasmo iba disminuyendo. El trabajo era brutal e intenso, a diario había decenas de hormigas muertas que inmediatamente eran suplidas por nuevas hormigas. No había tiempo ni siquiera para llorar a las compañeras muertas, pues mientras las nuevas obreras se incorporaban al trabajo, los cuerpos inertes de otras eran arrastradas al exterior para ser amontonadas en un pozo que se había cavado para tal efecto. El pozo casi estaba lleno y pronto tendría que construirse uno nuevo.

En marzo, se toparon con la gran roca. Se decidió que lo mejor era rodearla por la derecha, pero parecía no tener fin. En julio el gran derrumbe, muchas compañeras quedaron atrapadas y no pudieron ser rescatadas. Debido a este incidente se tuvo que volver a cavar una parte significativa del túnel. Los meses siguieron pasando, el trabajo continuaba y el fin parecía lejano.

Las provisiones eran cada vez más escasas y se comenzó a racionar la comida. La colonia había quedado alejada, por lo tanto el suministro de comida era irregular. Muchas hormigas morían de hambre, pero aún así continuaban llegando nuevas hormigas, cada vez más jóvenes.

En noviembre, unas lombrices interrumpieron el trabajo. Perforaron varios puntos del túnel y el agua se filtró provocando derrumbes. Tuvo que taparse todo lo perforado por los gusanos. La comida escaseaba aún más.

En diciembre, se toparon con la colonia vecina que excavaba un túnel en sentido perpendicular. La colonia vecina  consideró que el gran túnel era una amenaza para ellas por lo cual enviaron a sus diplomáticos para evitar que se construya la obra. Los oficios diplomáticos fueron vanos y la colonia vecina se retiró de las negociaciones anunciando medidas más drásticas. A finales de diciembre, varios destacamentos de hormigas guerreras de la colonia enemiga atacaron por sorpresa la obra, matando a cientos de hormigas obreras. El hormiguero no estaba en condiciones de armar un ejercito porque mucha de su población estaba trabajando en la obra, por lo cual buscaron reanudar las relaciones diplomáticas. Pese a la guerra las obras no pararon, al contrario, se exigió redoblar esfuerzos para recuperar el tiempo perdido y para suplir la mano de obra muerta en el ataque.

En enero se llegó a un acuerdo con la colonia enemiga: permitirían el paso del túnel a cambio de la mitad de las provisiones que tenia almacenada la colonia. La ración de comida disminuyó aun más y el hambre azotaba a las hormigas.

Cierto día, se anunció que la ración de comida se repartiría cada dos días. Las hormigas quedaron estupefactas al oír la noticia, el rumor fue creciendo hasta convertirse en rechifla y luego en gritos.

- ¡A la huelga! – gritaron las más indignadas.

- ¡Huelga! – respondió la multitud.

Las hormigas fueron abandonando sus puestos de trabajo. Las hormigas guerreras trataron de hacerlas volver a la fuerza, pero eran pocas y fueron fácilmente doblegadas por la muchedumbre. Las hormigas obreras tomaron por la fuerza el depósito de alimentos y descubrieron que los guerreros y los que dirigían las obras recibían la misma ración que antes que se firmase el acuerdo con la colonia enemiga.

Las hormigas obreras redactaron un documento con sus demandas. Entre sus principales demandas estaba recibir una ración de alimento justa y disminuir las horas de trabajo. Enviaron a un emisario. Este volvió después de algunos días con el mensaje del Concejo de hormigas ancianas: las hormigas debían volver al trabajo o se atendrían a las consecuencias.

Las hormigas obreras se prepararon para ir a la guerra. Buscaron armas y aunque no tenían experiencia militar, no les faltaba voluntad para resistir la agresión del ejército. Armaron trincheras, trazaron estrategias, tomaron posiciones, pusieron vigías y una tensa calma se apoderó del campamento, el ataque llegaría en cualquier momento.

Una de esas tardes, uno de los vigías llegó corriendo y gritando:

- ¡Ya vienen! ¡Ya vienen!

Las hormigas se parapetaron para esperar al agresor. Un silencio sepulcral se apoderó del campamento, algunas hormigas huyeron del lugar aterradas por la cercanía del ejército. Al poco rato el suelo comenzó a retumbar: eran las hormigas guerreras que marchaban al compás. Los pasos fueron retumbando cada vez con más fuerza, hasta que pudo distinguirse la primera fila de hormigas guerreras.

- ¡En nombre de la colonia y de su majestad, la reina, se les ordena volver inmediatamente al trabajo! – gritó el coronel que comandaba la escuadra.

- ¡Nos negamos a trabajar mientras no se mejoren las condiciones para las obreras! – respondió alguien de la multitud.

- ¡Las condiciones mejorarán cuando la obra esté terminada! ¡Habrá tanto alimento como quieran, podrán comer hasta que les revienten las panzas! – dijo el coronel.

- ¡Promesas, promesas! ¡Estamos cansados de promesas! ¡Tenemos la panza vacía hoy! ¡Sus promesas no nos llenarán la panza! – gritó otra hormiga y la multitud aplaudió aprobatoriamente.

- ¡Son unas traidoras! ¡Traicionan a la reina madre! ¡A quién les ha dado vida! – rugió el coronel.

- ¡Pues la vida que nos dio nos la quita haciéndonos trabajar hasta morir en este absurdo túnel! – gritó otra hormiga.

- ¡Voy a ponerles la situación clara! ¡La reina y el Concejo de hormigas ancianas me han enviado aquí para restablecer el curso de la obra, no para negociar ni escuchar quejas! – dijo el militar.

- ¡Pues nosotras no volveremos al trabajo mientras no cumplan con nuestras demandas! ¡No hemos pedido nada que no fuese justo ni imposible! ¡Sólo queremos condiciones de trabajo dignas!

- ¿¡Justicia!? ¿Qué saben unas miserables obreras de lo que es justo o no? La justicia pertenece a aquel que tenga la fuerza para poseerla y ustedes, miserables obreras, no tienen fuerza alguna ¡Vuelvan al trabajo en este instante! – gritó el coronel.

- ¡Jamás! ¡Antes morir que seguir trabajando como esclavas!

- Pues eso si se los puedo conceder – dijo el coronel con una sonrisa siniestra.

A una orden del coronel, los destacamentos embistieron a las rebeldes. Las hormigas obreras resistieron valientemente, pero las hormigas guerreras eran mucho más grandes e iban mejor armadas. La batalla fue terrible, por todo el lugar se esparcían cuerpos muertos. Algunas hormigas moribundas gritaban de dolor hasta exhalar su último suspiro. Cuerpos mutilados por doquier, llanto y grito se confundían hasta convertirse en un estertor que fue languideciendo a medida que pasaban las horas.

Para cuando la batalla terminó, miles de hormigas obreras habían sido aniquiladas. Las hormigas obreras sobrevivientes depusieron armas y fueron obligadas a volver al trabajo. Las hormigas guerreras se tumbaban a ver a las hormigas obreras trabajar, mientras se burlaban de ellas. La ración de comida para las obreras  se disminuyó aun más, aunque las hormigas guerreras tenían raciones dobles que comían delante de las obreras para mofarse de ellas.

A los pocos días, se presentó la reina de la colonia en el campamento. Venía acompañada por su sequito real y algunas hormigas ancianas del Concejo. Las hormigas guerreras obligaron a algunas obreras a preparar un atrio para la reina madre. Luego se juntó por la fuerza a todas las obreras.

La reina madre subió con dificultad al atrio. Quedó en silencio por algunos segundos y luego dijo:

- ¡Hijitas mías! He acudido a ustedes en cuanto he podido. Me he enterado que unas agitadoras estuvieron sembrado la discordia entre ustedes, logrando confundirlas y obligarlas a abandonar nuestra gran obra. Pues ahora les digo que esas instigadoras han sido eliminadas y se reprimirá a aquellas quienes osen traicionar a nuestro pueblo¡Hijas mías! No pueden siquiera imaginar cuán grande es el sufrimiento de una madre, más aún cuando son sus propias hijas quienes le traicionan. No tienen idea de cuánto he sufrido estos días, cuanto he llorado por todas ustedes. El corazón de una madre está inflamado de amor por sus hijas aunque a veces ese amor signifique también castigo. ¡Les castigo porque las amo! ¡Lea castigo para protegerlas de ustedes mismas! La sanción ha sido dura, lo sé, pero siempre fue guiada por mi amor de madre. Ahora les pido que vuelvan al trabajo, que lo hagan con tesón y sin descanso para culminar cuanto antes nuestra obra, la cual no podrá ser nombrada por nuestras nietas sin que la emoción les embargue. Ahora, hijitas mías, les pido que vuelvan al trabajo, se los pide una madre orgullosa.

Las hormigas obreras callaron por un instante, luego comenzaron a susurrar entre sí hasta que el susurro se convirtió en vítores a la reina. La huelga había terminado definitivamente.

Las obras se reanudaron con denodado esfuerzo. Muchas más hormigas murieron, los alimentos siguieron escaseando, pero ya nadie reclamaba. La batalla contra las hormigas guerreras había diezmado a las obreras, pero la estocada final fueron las palabras de la reina: había aniquilado cualquier espíritu de resistencia.

Pasaron los meses y por fin un día la obra concluyó. Un haz de luz se coló por una pequeña abertura: por fin habían llegado a la superficie. Las obreras enloquecieron de júbilo y el campamento se lleno de canciones y bailes. Mandaron a un emisario a informar a la reina y a invitarle a la inauguración de la obra,. La soberana envió un mensaje excusándose por no poder asistir a los festejos y en su lugar acudió una representante del Concejo de hormigas ancianas. La hormiga anciana era muy malhumorada y poco dada a las fiestas, inauguró el túnel y casi de inmediato retornó a la colonia, pues odiaba tener que relacionarse con hormigas obreras pese a que en su juventud había sido una de ellas.

Al día siguiente, se hizo la última excavación para salir hasta la superficie. Salieron las primeras hormigas para ver el paraíso prometido: la cocina donde el alimento estaba esparcido hasta por los suelos.

La estupefacción se apoderó de la multitud. En el lugar donde alguna vez estuvo la cocina sólo quedaban ruinas. La multitud fue rodeada por las hormigas guerreras.

- ¡Ea! ¡De vuelta a la colonia! ¡Su majestad ha ordenado que mañana comenzará la construcción de un túnel hacia el lado sur, por debajo de la cerca!

Las hormigas obreras se metieron al túnel en silencio sin romper la formación. Un sentimiento de frustración se apoderó de la multitud. Caminaron en silencio durante días, por aquel túnel donde sus compañeras habían perecido. Cuando llegaron al lugar donde se había librado la batalla, creyeron escuchar los gritos de los hormigas caídas.

Al día siguiente retornaron al trabajo.