martes, 10 de febrero de 2009

EL CUMPLEAÑOS DEL PERRO



- Dedicado a Marcelo, mi primo -



Un caluroso día de enero, el perro decidió celebrar su cumpleaños. Qué diablos – se dijo a sí mismo- organizaré una gran fiesta e invitaré a todos los amigos y conocidos. ¡Será una fiesta inolvidable!
El perro puso todo su empeño en la organización del evento,  estuvo varias noches aullando para que la convocatoria llegara a todos los rincones de la ciudad. De esta manera, el ágape estaba en hocico de todos y muchos se morían por ser invitados.
El perro visitó todos los basurales de la ciudad, tuvo mucho cuidado en seleccionar la mejor basura para agasajar a sus invitados. Estaba convencido que las ratas, tan criticonas y maliciosas como ellas solas, estarían mirando y criticando todo, en especial la comida, pese a que ellas usualmente devoraban cualquier inmundicia que tuvieran enfrente.
De esta manera, el perro reunió algunos alimentos en descomposición, latas de conserva semivacías, huesos, pañales usados, verduras y frutas podridas - para las aves que asistiesen al festín - y algunas botellas con bebidas. También seleccionó pedazos de trapo, hojas de periódicos y uno que otro objeto que le parecía atractivo para ambientar el callejón.
Decorar el callejón le tomó dos días de trabajo arduo. Arrastro varias cajas sobre las cuales acomodó parte de la comida y bebida; colgó algunos rollos de papel higiénico en las paredes para darle más fastuosidad al evento; tuvo el acierto de traer arena y esparcirlo en al menos tres lugares, para que sirviesen de baños para los comensales; colocó algunos periódicos en el piso para demarcar la pista de baile (los gatos eran unos bailarines apasionados).
Separó cuidadosamente las mesas para evitar cualquier discusión entre invitados. Para las aves dispuso un lugar sobre uno de los muros para impedir (al menos al principio) que los gatos se lanzarán a comérselas; la mesa de los gatos estaba cerca de la salida del callejón, para que así pudiesen escapar en caso de que algún perro se comportase necio e intente perseguirles; para las ratas y ratones dispuso el lugar más oscuro del callejón, cerca a un hueco que daba al sótano del edificio contiguo; para los perros, como era de esperar, dispuso la mesa más amplia y con mejor ubicación en el callejón, además, seleccionó los manjares más exquisitos de la recolección que hizo en los basurales, incluyendo los restos de una bolsa de comida para canes que halló por casualidad: el perro quería demostrar opulencia ante sus amigos.
Horas antes de que comenzase la fiesta empezó a acicalarse. Aunque detestaba el agua, eso no le impidió sumergirse en una zanja de aguas estancadas en las afueras de la ciudad; una vez que el fango secó, apenas se distinguía la voraz sarna que desde hace algún tiempo le comía una de las patas traseras. Se lavó el hocico con los restos de dentífrico de un tubo que halló en uno de los basurales, peinó con empeño las orejas y tomando un pedazo de carbón disimuló la resequedad de su casi rosada nariz.
Llegó la esperada hora y los invitados empezaron a llegar al callejón. Los primeros en llegar fueron las aves: palomas, loros y algunos canarios se sentaron en la mesas del muro. A continuación arribaron los gatos que acostumbraban a andar en grupo, llegaron caminando en fila por un muro y se movían al compás de una pegajosa tonada que maullaban. Los perros llegaron armando barullo por toda la calle, no faltó alguna que otra riña, pues se aprovechó la ocasión para zanjar alguna diferencia. Las ratas y ratones llegaron tarde, pues estuvieron rondando por la fiesta para ver si había un buen ambiente, pero sobre todo para evitar ser devorados por los gatos.
La fiesta se animó rápidamente, las bebidas lograron que todos los invitados se sienten en cualquier mesa sin ningún tipo de problema. En la mesa de las aves, donde se jugaba a los dados, una rata desplumaba a todos los jugadores, pero no por su habilidad en el juego, sino porque el diminuto cerebro de las aves les impedía recordar las jugadas que hacían.
Los gatos se pusieron a cantar en coro mientras levantaban y entrechocaban con una pata sus copas, luego salieron a la pista de baile y bailaron en grupo hasta caer con la panza arriba.
Los perros armaron tremendo jolgorio con el cumpleañero, le gastaron bromas y se rieron a costa de él, recordando algunas anécdotas de cuando era un cachorro. Al escuchar cantar a los gatos, se pusieron a aullar con vehemencia para demostrar que ellos podían hacer más bullicio, algunos perros bebieron tanto que se quedaron dormidos con la lengua fuera del hocico y no faltó uno que se puso a roncar pegando unos gruñidos que erizaban el lomo de los gatos.
Algunas horas más tarde se sirvió la comida, los invitados quedaron asombrados por los delicados manjares que se les puso enfrente y, como tenían un hambre bestial, se lanzaron a devorar todo lo que se les puso enfrente, incluso los gatos – recatados y acostumbrados a cuidar las apariencias- comieron con avidez. Al final, todos quedaron satisfechos con la cena, incluso las aves que de tan hinchadas que estaban parecía que las plumas les saltaban del cuerpo.
Luego de la cena se continuó tomando las bebidas y los invitados quedaron tan borrachos que olvidaron por completo al agasajado, quien dormía la borrachera en uno de los rincones del callejón.
De repente, en la entrada del callejón apareció Sebas el vagabundo, que acostumbraba a dormir en aquel lugar. Al ver su morada invadida, su ira fue tal, que empezó a repartir anatemas, manotazos y patadas por doquier. Todos los invitados huyeron espantados;  las aves fueron las primeras en abandonar la fiesta; los gatos, siempre en grupo, treparon por uno de los muros, aunque algunos que iban tan borrachos que cayeron del muro, con tan mala suerte que recibieron unos cuantos golpes de Sebas; los perros huyeron despavoridos evitando al vagabundo – alguno incluso paso entre sus piernas – pero varios recibieron sendos garrotazos – Sebas se había armado con un palo – en sus lomos; las ratas y ratones buscaron escondrijos cercanos, pero no porque les faltase tiempo para escapar, sino porque disfrutaban ver como el vagabundo repartía batacazos entre los invitados, especialmente si eran gatos.
Al cabo de unos minutos el callejón quedó en silencio, todos los invitados habían huido. Sólo un jadeante Sebas, garrote en mano y con los ojos inyectados en sangre, quedaba parado al centro de toda la inmundicia que había dejado la fiesta. De repente, Sebas oyó un raro gruñido en uno de los rincones del callejón: era el cumpleañero que aún dormía la borrachera, ajeno a todo lo que había ocurrido. El vagabundo tembló de cólera ante tanta desfachatez, se acercó hacía el perro y le pegó tal patada que terminó de bruces en el suelo y con el zapato descosido por el impacto.
El perro pegó un tremendo aullido, salió disparado del callejón con la pata encogida de dolor y corrió tanto, que terminó en los límites de la ciudad donde, aún sin poder reponerse del susto, comenzó a lamerse la pata adolorida.
Una de las últimas ratas que quedaba en el callejón y que había visto todo lo ocurrido, corrió a contar lo sucedido por toda la ciudad, pero lo hizo con tanta vehemencia que terminó exagerando lo ocurrido. Por tal razón, durante un par de días se pensó que el perro había muerto molido a golpes, posteriormente, cuando éste apareció, todos comenzaron a llamar embustera a la rata y nunca más se le creyó sus historias, aunque estas fueran verídicas.
Pese a lo ocurrido, los comentarios de la fiesta fueron positivos y fue motivo de charla durante largo tiempo y, como anécdota, se comentaba la aparición de Sebas el vagabundo. Algunos exageraban su reacción frente al vagabundo, manifestando que fueron los últimos en abandonar el lugar y que no desaprovecharon la oportunidad para darle una mordida al agresor. Nadie sabe si el año entrante el perro piensa organizar otra fiesta de cumpleaños.