miércoles, 25 de febrero de 2009

Tumba acuática


El último golpe me arroja al suelo, voy perdiendo lentamente la consciencia, aunque en medio del delirio siento que uno de ellos me toma de los pies y me arrastra hasta mi celda.
- Desháganse de él – escucho decir a uno de mis torturadores, frase dicha con el menor aplomo, como si se tratase de un trámite administrativo cualquiera. A partir de ese momento me hundo en las tinieblas, no sé por cuánto tiempo – esto es lo de menos- pero con la insoportable sensación de que estoy dentro de un ataúd, tan estrecho que impide cualquier movimiento, aún el más mínimo.
Mi cuerpo adormecido ya no me pertenece, es sólo un despojo…ellos lo convirtieron en esto. Tan sólo siento el insoportable calor del charco de sangre que brota de uno de mis brazos y que me quema el rostro, pero me es imposible hacer un mínimo movimiento.
No puedo abrir los ojos, aún así hay una intensa luz que me hace retumbar la cabeza; ojala pudiera sacármela, la cabeza, digo.
A lo lejos se oyen pasos que hacen retumbar el piso, son al menos dos de mis torturadores. Los pasos se detienen, supongo que estarán observando orgullosos como han destruido a su víctima, como han socavado su espíritu golpeándole y torturándole. ¿Han sido horas o días? ¿Cuando comenzó mi suplicio?
- ¿Acabamos con el asunto aquí? – dice uno de ellos.
- No. Bastante tenemos ya con limpiar la “oficina”, es mejor que lo saquemos de aquí junto a los otros y lo llevemos hacia la laguna que está a 30 minutos de la ciudad. – responde el otro.
- ¡Treinta minutos! ¡Pero mejor si concluimos la cosa aquí de un solo tiro! Quiero salir temprano del trabajo hoy- protestó el primero.
- ¡He dicho que vamos a sacarlo de aquí! ¡Y mucho cuidado con estar contradiciendo mis órdenes, si es que no quieres ganarte una bala entre los dos ojos! ¡Vamos, ayúdame a sacarlo y ponerlo con los otros! – rugió el otro.
Nuevamente soy arrastrado, sujeto por ambos pies. Seguramente me llevan por una larga galería, con varias celdas para los prisioneros políticos. He conocido a alguno de ellos durante mi detención, no aguantaron las torturas, se rindieron y en medio de llanto delataron a sus compañeros. Pese a todo les comprendo, algunos espíritus son más susceptibles y fáciles de quebrar, aún sin agredirlos físicamente. La soledad junto a la privación de libertad, hace temblar al espíritu más templado.
Mi cuerpo es lanzado a la parte posterior de un camión, pero el piso no es uniforme, aterrice sobre algo…o alguien. A los pocos segundos siento que esta masa informe sobre la que aterrice se mueve, quizás algún desgraciado que ha dado su último suspiro.
El vehículo arranca su motor y comienza a marchar, al cabo de unos minutos llegamos a un terreno bastante accidentado. El vehículo va dando fuertes tumbos, moviendo a todos los infelices que estamos atrás. Al rato escucho un débil quejido pidiendo ayuda, quiero contestar pero mi boca está inundada por la sangre.
Lentamente logró recuperar cierto control sobre mi cuerpo, especialmente sobre mi mano izquierda la cual utilizó para reconocer mi entorno. Efectivamente estoy rodeado de otros cuerpos, tocó una mano pequeña de piel suave, seguramente de una mujer, la mano toma la mía fuertemente, nos comunicamos con ligeros apretones, aferrándonos al calor humano en tan monstruosa situación. Siento que la mano va perdiendo fuerza hasta soltar por completo la mía, ha muerto.
El coche se detiene, avanza lentamente por un camino sinuoso hasta detenerse por completo. Escucho la voz de mis verdugos que vienen platicando animadamente sobre su macabra tarea, como si sólo se tratara de deshacerse de basura.
Descargan el vehículo, toman mi cuerpo y lo arrojan – como al resto – unos metros más allá. El golpe me hace gemir, el dolor ha vuelto y también el movimiento de gran parte de mi cuerpo.
Escucho a uno de ellos gritarle al otro para que se apresure con la gasolina, imagino que estarán amontonando los cuerpos para luego rociarlos y prenderles fuego. Maquinalmente pienso en escapar lejos de ese lugar, trato de incorporarme y salir corriendo pero es imposible, el cuerpo me duele terriblemente, quizás tengo ambas piernas rotas, inutilizadas por completo.
Con gran esfuerzo logro girar hasta quedar boca abajo, el dolor es insoportable, pero tengo que huir cuanto antes de ese lugar, mientras mis verdugos estén distraídos.
Me arrastro impulsándome con el brazo izquierdo ¡Si tan sólo pudiera abrir los ojos y ver hacia donde voy! Llego hasta una saliente y mi mano sólo encuentra el vacío, ningún ruido aparente el fondo, ninguno en absoluto, que pudiera hacerme creer que hay un río al cual poder caer, me acerco y me precipito al vacío.
Caigo unos segundos hasta tocar tierra y continuo mi descenso rodando. En el trayecto me hiero el cuerpo con algunas rocas, haciendo el dolor más insoportable aún. Unas ramas detienen mi descenso, arrastro el cuerpo para continuar mi huida.
Trato de seguir arrastrándome pero el dolor, sumado al cansancio que se apodera de mi cuerpo, es insoportable y pierdo el conocimiento. Al cabo de unos minutos oigo a mis torturadores acercándose hacía donde me encuentro, vienen lanzando grandes risotadas mezcladas con palabras soeces, al acercarse hacia mí cambian su tono de voz, están furiosos y comienzan a maldecirme mientras lanzan golpes contra mi cuerpo.
- Así que el difunto no quiere reunirse con sus colegas ¡Se habrá visto mayor desfachatez! – dice uno con sorna.
Los asesinos golpean mi cuerpo hasta hacerme desmayar. Al rato despierto sobresaltado, uno de ellos me arrojó agua fría en el rostro.
- Vamos a ver – dice uno de ellos – como es que suplicas y pides perdón por traicionar a tu patria y a nuestro amado presidente. ¡Pide perdón ahora y quizás te perdonemos la vida!
- O quizás te matemos rápido y sin sufrimiento – acota el otro gravemente.
Abro la boca, pero no para responder a esa inmundicia humana, sino para toser y expulsar la sangre que inunda mi boca y mis pulmones. Uno de los torturadores acerca una botella de licor a mis labios y vuelca su contenido en mi garganta por unos segundos. El fuerte licor despeja mi garganta y mi cabeza.
A continuación siento que me acercan un cigarrillo a los labios, aspiro profundamente y siento un gran alivio recorrerme todo el cuerpo. El humo del tabaco me trae a la memoria, a María, a mis hijos y la fatídica noche en que me despedí de ellos sin saber que jamás volvería a verlos, aquella noche que por una extraña razón María lloró más de que de costumbre mientras me pedía con vehemencia que me quede, que me quede a su lado en casa y que no vaya a la reunión del partido. ¡Si tan sólo le hubiese hecho caso!
Estoy aún absorto en estos recuerdos cuando siento que uno de mis verdugos quita el cigarrillo de mi boca. Siento su fétido aliento cerca de mi rostro mientras me habla pausadamente, casi con afección.
- ¿Estás listo para pedir perdón a tu patria, a nuestro presidente, el general, y a renegar contra tus ideas comunistas?
- Quizás necesite unos golpecitos para aflojarle la lengua- dice hoscamente el otro.
- ¡No te acerques! Yo sé perfectamente lo que hago – dice el primero.
Siento nuevamente el licor en los labios, bebo ávidamente esta vez, pues su amargo sabor es lo único que me recuerda que aún tengo sensaciones en el cuerpo. Nuevamente siento alejarse la botella y el infecto hálito de mi torturador cerca al rostro.
- Mira – dice él – no hagas las cosas más difíciles. Tan sólo di que te arrepientes de tus crímenes contra la patria y las cosas serán más sencillas para ti ¿Sabes? Solo eso te pedimos y nada más. ¿Es que no tienes consideración con nosotros? Es tarde y debemos ir a nuestros hogares, seguramente nuestras esposas estarán preocupadas.
La maldad de mi torturador me eriza los pelos e impulsa mi odio contra él, pero nada puedo hacer, mi cuerpo no responde.
- Vamos. ¿Vas a hacerlo? ¿Vas a decirlo y así nos vamos pronto a casa? ¿Eh? – me dice insistentemente.
Abro lentamente la boca, tomo un poco de aire y mi pecho es inundado por el mayor desprecio hacia esa abyecta situación, hacia esos seres espantosos y lentamente digo:
- Vete a la mierda -
Mi verdugo suspira y contesta:
- ¡Que tozudo pueden llegar a ser! ¡Y qué increíblemente estúpidos son, si llegan hasta el punto de morir por sus bobas ideas de igualdad! ¿Acaso somos iguales, comunista? ¿No ves que tengo tu vida me pertenece y que puedo quitártela cuando me de la gana? ¿No me hace eso tu superior?
- ¡Tú y tus estúpidas ideas! ¡Mientras tanto yo tengo el culo congelado por esperarte! ¡Déjame pegarle un tiro en la cabeza y nos vamos! ¡La cena debe estar enfriándose y mi mujer se pondrá insoportable! – ruge el otro.
- Quédate tranquilo. Déjame disfrutar esto. Me gusta ver cuando se quiebran y  se aferran a cualquier pequeña esperanza que les das, ahí son presas fáciles y se desmoronan. Estos comunistas olvidan fácilmente sus ideales y se ponen a llorar como niños de cinco años – dice mi torturador como si se tratase de un león que ha acechado su presa pero que la ha perdido, asumiendo ahora la estrategia del chacal, alimentarse con los restos.
Siento apoyar su mano sobre mi cabeza y mientras se ríe me dice:
- Pues bueno, comunista. Me has sorprendido ¡De verdad! Y yo que pensaba matarte de un solo tiro para hacerte las cosas más fáciles. Pues bien, tu osadía te ha hecho acreedor a un funeral de lujo. ¡Esta noche dormirás con los peces!
Pese a los reclamos del otro oscuro personaje, la perversidad de mi torturador logra prevalecer y al cabo de unos minutos soy atado de pies y manos y transportado metros más allá. Un poco más lejos escucho al otro torturador maldiciendo por cargar la pesada piedra que atarán a mi cuerpo para que me arrastre hasta el fondo. Al cabo de unos minutos el ritual está listo, ambos hombres me incorporan sujetándome por ambos brazos.
- ¿Una oración final antes de que te echemos al agua, comunista? ¡Oh, espera! ¡Se me olvidaba que todos ustedes son unos malditos ateos! – y en medio de una risa infernal siento que ambos hombres me sueltan hacia el vacío.
El helada agua me hace reaccionar. Agito desesperadamente mi cuerpo para poder zafarme de las ataduras. El pesado objeto que tengo en los pies me arrastra rápidamente hasta el fondo.
Al cabo de unos segundos dejo de hundirme, he llegado hasta el fondo. Siento como el poco oxigeno que me queda en los pulmones se va consumiendo, me quedan algunos minutos de vida.
Me agito con vehemencia hasta que finalmente logró soltar mi brazo izquierdo, el único miembro de mi cuerpo que no está del todo inutilizado. Busco maquinalmente mis ojos y consigo quitarme la venda que me ciega, el agua permite que pueda abrir los parpados, todo alrededor es oscuridad.
Levanto la vista, en la superficie se yergue orgullosa la luna llena, enviando su tenue claridad hacia el estanque y logrando que las aguas dejen que lleguen hasta mis ojos, colmándolos. Mis pulmones comienzan a atestarse de agua, todo esfuerzo por liberarme es vano, desisto de mi idea. ¿Para qué luchar ya? Sólo quiero mirar el rostro a la luna y mostrarme igual de orgulloso. Ella, allá en el tope del mundo y yo, desde acá, desde el fondo de la ciénaga.