jueves, 12 de marzo de 2009

El suicidio de Cristina

Ana le había abandonado. Cristina encontró una nota sobre la mesa al llegar del trabajo. Lo escrito era totalmente confuso, pues no dejaba en claro las razones de la partida de Ana; hablaba sobre el amor, sobre no rendirse, sobre encontrar a la persona que retribuirá todo el amor; en fin, todas esas acostumbradas cursilerías que se suelen escribir cuando no queremos destrozar la vida a alguien, pese a que sabemos perfectamente que lo estamos haciendo.
Cristina leyó la carta y quedo devastada ¿Dónde quedaba el juramento de amor eterno? ¿Dónde estaban las promesas de enfrentar juntas toda adversidad? Todo se había reducido a palabras que no tenían valor alguno.
Cristina lloró desconsoladamente Su existencia se le asemejaba a una grosera historia contada por otros, sin asignarle siquiera un papel pequeño.  Nadie le echaría de menos.
Decidió que acabaría con su vida. Barajó las distintas formas de hacerlo. Pegarse un tiro en la sien, al principio le pareció la forma más adecuada, pero no tenía un arma, ni forma de conseguirla –al menos inmediatamente – además consideró que jamás había disparado un revólver en su vida. No, no era una buena forma. Además ¿Tendría el valor para acercarse el arma a la sien y apretar el gatillo? Descartó la idea.
Pensó luego en tomarse varias pastillas y esperar su muerte con tranquilidad. Sin embargo, pensó en la dificultad de este método, no tenía ninguna tableta en casa – a lo sumo un par de aspirinas –y conseguirlas representaría otro problema, pues no querrían vendérselas sin receta médica. Además ni siquiera sabía que pastillas debía tomar ¿Pastillas para dormir? ¿Antidepresivos? Quizás tendría que tomarse una botella de licor para acelerar los efectos ¿Y si no diese resultado? Seguramente acabaría en un hospital con fuertes dolores y lo único que obtendría sería un lavado estomacal, sumado a un larguísimo sermón de sus padres. La opción quedaba descartada.
Consideró el ahorcarse, pero luego cayó en cuenta que no tenía una soga, ni lugar donde sujetarla. Se imaginaba lo ridículo que sería acercarse a alguna tienda y buscar la cuerda ideal: “Disculpe, estoy buscando una cuerda…Si, es que quiero ahorcarme”, “¿Cree que esta cuerda aguante unos 55 kilos? Miré, decidí ahorcarme y no quiero pegarme un porrazo”, “Buenos días ¿Puede enseñarme su sección de cuerdas para suicidas?”. Estos y muchos otros diálogos imaginarios le hicieron sonreír por un momento. Decidió dejar de lado esta opción.
Luego reflexionó sobre la posibilidad de cortarse las venas, muerte bastante poética si es que se hacía dentro de una bañera con bastante agua, pero como no contaba con una, le pareció absurdo hacerlo en la ducha. ¡Además el desastre que armaría! Seguramente quien tendría que limpiar la sangre estaría más disgustada por tener que limpiar que por su muerte.
Sumida en sus pensamientos, salió a la terraza del departamento para fumarse un cigarro. La mente divagaba sin lograr cuajar en una idea concreta. Atardecía y las luces de la ciudad comenzaban a encenderse, el viento jugueteaba con su cabello.
Cristina inclinó la cabeza, tenía la mirada perdida en el infinito. Imagino miles de muertes,  dramáticas y ridículas, violentas y serenas; se sintió frustrada y lágrimas de cólera contra sí misma comenzaron a brotarle de los ojos.
De pronto vio la solución, veinticinco pisos la separaban del suelo. Veinticinco pisos eran la distancia para desaparecer el dolor. Veinticinco pisos y sólo silencio.
Tomó una hoja de su diario, estuvo como quince minutos pensando en que debía escribir, de quienes debía despedirse. Pensó en mencionar a Ana para darle una lección, para hacer que se sintiera culpable por su abandono. Finalmente decidió no nombrarla, pues eso la haría sentir mal y pensar que Cristina se fue odiándola para siempre. Ana lamentaría toda su vida el haberla abandonado. Comenzó a escribir:

Hoy decidí morir. No es algo que me hubiese estado rondando por la cabeza. Simplemente decidí morir y ya. No hay una razón aparente, es decir, no es sólo una razón sino varias que no voy a nombrar. Es sólo una decisión que tomo y ya.
La vida me parece un laberinto gigantesco por el cual llevó vagando estos veintiséis años, sin una senda que me llevé hasta el fin. Por ello, lo mejor es hacer una salida propia, creada por mí misma, sin la necesidad de seguir un camino trazado de antemano por un destino caprichoso que no soporta que tomemos decisiones. Elijo tomar mis propias decisiones y dejar de sentir que la vida me arrastra sin contemplación alguna.
Sé que mi muerte podrá afectar a muchas personas, que influirá de alguna manera en cómo se sientan sobre si mismos y  quizás lleguen a pensar que tienen algo de culpa y que podrían haber hecho algo para detenerme. A todo aquel que llegase a sentirse responsable por mi suerte, quiero decirle que no debe sentir culpa alguna: he tomado una decisión y soy la única responsable por ello.
La muerte de alguien causa dolor, pero es temporal ¿Cuántos de nosotros hemos dejado de extrañar a la persona ausente?¿Cuántos de nosotros hemos olvidado a nuestros muertos? El tiempo borra las heridas, desaparece sentimientos y aniquila cualquier dolor por más insoportable que este sea.
Yo no siento dolor alguno, entiéndase bien,  sólo me siento arrojada a este mundo sin la menor explicación, sin las reglas del juego. Es por eso que ahora decido desaparecer, porque no quiero ser parte del absurdo, de esta confusión inexpugnable.
Me despido de todos y cada uno de ustedes, ninguno es más especial que el otro, todos fueron parte de mi vida y lo seguirán siendo ahora que estoy ausente.
Les estaré esperando en el infinito. Adiós

Cuando Cristina dejo de escribir, la noche había caído y las calles se inundaron de sombras. Salió nuevamente al balcón y contempló la distancia que le separaba de la muerte.
Subió a la balaustrada del balcón. Cerró los ojos, extendió los brazos y pensó que quizás al caer descubriría que podía volar y así escaparía lejos de allí, hasta alcanzar el cielo para disolverse en las nubes. Sintió que el vacío la llamaba, que éste reclamaba su cuerpo para recibirlo en sus brazos. Dejó de sentir el cuerpo, no sabía si caí, flotaba o si estaba volando. Apretó fuertemente los párpados, imaginando que el impacto llegaría de repente y que todo se tornaría negro y silencioso.
El teléfono sonó en ese momento. Cristina abrió los ojos y se dio cuenta que aún seguía parada con los brazos abiertos, no había caído aún. El teléfono sonaba insistentemente, Cristina quedo perpleja sin saber si contestarlo o lanzarse al vacío, de alguna manera el timbre del aparato la anclaba a la realidad y rompía el momento místico en el cual se encontraba. Decidió contestar el teléfono.
- ¿Cristina? Habla Ana, estuve llamándote a la oficina y no te encontré, imagine que estabas ya en casa. ¿Sabes? Necesito hablar contigo ¿Podemos vernos en el centro en media hora? Sí, sí…en el lugar de siempre…sí. Bueno, nos vemos allá entonces, te quiero. Adiós.
Cristina tomó las llaves del coche y un abrigo por si la noche se ponía más fria. Al salir, pasó por la mesa del comedor donde había dejado la nota. La tomó, le leyó una vez más y la hizo mil pedazos. Salió apresuradamente y cerró la puerta tras de sí. No quería hacer esperar mucho tiempo a Ana.