miércoles, 18 de marzo de 2009

La mano izquierda de María


El día que nació Maria fue por demás especial. Su madre murió a causa del parto y su último deseo fue pedir ver a la niña. La tomó en sus brazos con el rostro inundado de lágrimas, le besó la frente y le susurró un hechizo al oído, pues era una de las últimas brujas sobre la tierra. Antes de exhalar el último suspiro, con las pocas fuerzas que le quedaban, tomó su manecita izquierda de María y la llevó a sus labios, a continuación cerró los ojos y dejó este mundo para siempre.

El padre de María era un hombre grande y algo tosco, jamás hablaba sobre lo que sentía pues consideraba que un hombre que expresase sus sentimientos era cualquier cosa, menos un hombre de verdad. Sin embargo, esto no le impedía que amase a su esposa con pasión y que al verla morir su corazón se destrozara. Con lágrimas en los ojos por el dolor y el rencor, mezclados en un sentimiento extraño pero lacerante, tomó a la recién nacida y abandonó el hospital.

Al llegar a casa se encerró en el cuarto y puso a la niña en la cuna, María comenzó a llorar por la falta de alimento y de calor maternal. Mientras tanto, el padre la observaba sin inmutarse, vanos fueron los gritos de la abuela y de la nodriza, él jamás abrió la puerta, estaba devastado. María lloró y lloró por largo tiempo y poco a poco comenzó a callarse, había entendido que, a lo largo de su vida, la soledad será su única y verdadera acompañante.

El padre se dedicó a la bebida y asistía a francachelas casi a diario, apenas se acercaba a María y cuando lo hacía su mirada se llenaba de rencor al recordar a la esposa muerta, para su atolondrado y trivial razonamiento la criatura era la culpable de la ausencia de la amada. De esta manera, los años acumularon odio hacia María quien no fue ajena a ello, por eso siempre que podía escapaba al lugar más oscuro de la casa para sentarse, cerrar los ojos e imaginar que su padre la amaba.

María nunca había recibido una palabra de aliento, alguna muestra de ternura o cualquier acto imperceptible que le demostrase que su padre la quería, por ello se esforzaba en contentar lo mejor posible a su padre, en aprender las cosas por su cuenta para no tener que molestarlo. Pronto aprendió a caminar, un poco más tarde a hablar –su primera palabra, como podemos imaginar, fue papá – y pronto, pese a su corta edad, comenzó a ayudar en los quehaceres de la casa, pero era en vano, el padre apenas la miraba.

De esta manera, María hizo lo posible por que su padre la tomase en cuenta, le hacía dibujos donde él la tenía en sus brazos, le regalaba flores o pequeñas piedras de colores que encontraba en el jardín, se acercaba para abrazarlo y besarle, pero era todo en vano, él jamás le decía nada y simplemente se limitaba a rezongar y a alejarse de ella lo más posible.

Con el tiempo, el padre consiguió otra mujer y el día que la llevó a casa para que viva con él – como es de suponerse sin la menor explicación a su hija o la abuela – María se sintió traicionada y un secreto odio comenzó a surgir en su pecho. La abuela era la única persona en quien María confió siempre, era la única de quien María sentía que el afecto era retribuido, pero tan obsesionada estaba con agradar al padre que no se dio cuenta que la vida de la abuela se marchitaba lentamente y llegó el día que sus ojos no se abrieron más. María quedo desolada y aquel día, durante el entierro de la abuela, se sintió más sola que nunca.

La madrastra no era mala, pero era boba, María le era indiferente y pese a que llegó a adquirirle un gran cariño por su laboriosidad, empeño y presteza, nunca tuvo la capacidad para articular en palabras lo que sentía en su corazón, por ello prefería darle un señal de aprobación con la cabeza y darle algún caramelo. Esta actitud de condescendencia de la madrastra irritaba mucho a María y se afanó aún más en agradar a su padre, la madrastra pasó a convertirse en competencia por el cariño del padre, pese a que ella – mujer de escaso razonamiento – le daba igual el marido, siempre y cuando no haga faltar la comida en la mesa ni deje de sacarla a bailar los sábados.

Al poco tiempo la madrastra quedó embarazada y a los pocos meses llegó Nicolás, un niño enfermizo y malencarado que nunca perdió el color macilento del rostro. Pese a la evidente debilidad física – que con los años sería también espiritual – del recién nacido, el padre comenzó a expresar un inusual afecto hacía él, a tal punto que pasaba gran parte de su tiempo libre con el niño que con la esposa o los amigos. Como es de suponerse, el encono de María hacia el infante creció hasta convertirse en negación: María no aceptaba que aquella criatura paliducha y frágil fuese hermano suyo.

Sin embargo, con el tiempo el padre iría perdiendo interés en Nicolás y nuevamente comenzó a emborracharse casi a diario. Maria había visto muchas veces llorar a su padre mientras contemplaba una foto de su madre y comprendía que ese era el origen de su indiferencia con ella. Ella acostumbraba a esconderse bajo la cama para observar llorar a su padre, pues eran momentos en que lo veía humano, frágil como un niño, su corazón se enternecía más y la idea de conseguir su cariño se hacía más fuerte. Sin embargo, cierta noche en que María espiaba al padre, el destino le jugo una mala pasada: la fotografía resbalo de las manos del padre y fue a parar cerca del escondite de María.

Grande fue la impresión y luego la furia del padre al agacharse para recoger la fotografía y encontrarla en las manos de María. Obnubilado por el alcohol, sacó a María a tirones y le dio la primera de las tantas palizas que a partir de aquel día serían usuales. María lloraba en un rincón con la carita hinchada, la madrastra sin inmutarse – pues la victima no era ella – le dijo: “Bien merecido te lo tienes por andar espiando a tu padre”.

Al oír a la madrastra, la ira de María comenzó a crecer desmesuradamente y de pronto comenzó un agudo dolor en la mano izquierda que sólo desapareció cuando María logró calmarse.

El tiempo fue pasando y las palizas del padre se hicieron cada vez más frecuentes, pero esta vez también incluían a Nicolás y a la madrastra quien, al poco tiempo, decidió abandonar la casa con el niño. De esta manera, María quedó a merced de los golpes del padre quien bebía hasta quedar inconsciente.

Con el tiempo, el amor de María fue apagándose y transfigurando en un temor por el padre, le rehuía pero trataba de complacerle en todo para no darle motivos para su ira. Sin embargo, los abusos eran constantes y María sólo atinaba a refugiarse en el rincón más oscuro de la casa para llorar, cuando el dolor se convertía en ira la mano izquierda comenzaba a dolerle horriblemente.

Cierto día, luego de la acostumbraba golpiza, María lloraba en su rincón, tenia el ojo derecho hinchado por el puñetazo que le había dado el padre, apenas podía abrir el ojo y casi no podía ver. De repente, notó que una luz inundaba su vista y pronto se dio cuenta que era su mano izquierda que brillaba como si tuviese un sol en la palma.

María se asustó muchísimo, cerró su mano, apartó la vista y luego, para mayor seguridad, envolvió su mano en un trapo viejo y lo puso bajo su brazo derecho. Cerró los ojos fuertemente y comenzó a pedir a su dios que aquello no fuese más que una alucinación por los golpes recibidos y que no sea una manifestación del demonio.

Al poco tiempo comenzó a escuchar una melodía y voces susurrantes, María estaba presa del pánico, pues aunque no quería abrir los ojos sabía perfectamente que todos esos sonidos extraños venían de su mano izquierda.

Las voces comenzaron a llamarla en un tono calmo, incluso creyó escuchar la voz de su madre, que recordaba desde el momento de su nacimiento cuando le había susurrado al oído aquel conjuro.

Poco a poco, María abrió los ojos vio que la luz de la mano inundaba la habitación hasta escurrirse por todas las rendijas. Sin embargo, por muy fuerte que fuese aquella luz parecía no afectar en lo más mínimo a María, quien contemplaba azorada su mano acercándola cada vez más a su rostro.

La luz era cálida y parecía impregnarse en todos los poros de su cuerpo. María tímidamente empezó a preguntar quién era quien llamaba. Poco a poco, comenzó a distinguir siluetas en la palma de su mano, aquellas sombras le hacían señas para que se acercase hacia ellos.

¿Qué hago? ¿Cómo puedo ir hacia Uds.? – pregunto María, a lo cual los seres le hicieron señas para que se acercase más.

María obedeció y fue acercando el rostro hacia su mano y se dio cuenta que podía pasar tranquilamente hacia ese otro mundo a través de su mano, era un portal que la acercaba a ese mundo desconocido.

Estuvo meditando largos minutos que hacer, finalmente decidió tocar su palma izquierda con la otra mano y ver si podía tocar a alguno de los seres.

Grande fue su sorpresa cuando metió la mano por su palma izquierda y uno de los hombrecillos del otro lado le agarró. Por más que María forcejeaba por soltarse, el hombrecillo parecía no querer soltar su mano, de pronto cobró impulso y jaló a María al nuevo mundo.

María se vio en un jardín inmenso de colores vivos, con pequeñas bestezuelas desconocidas que retozaban por el prado. El cielo era color violeta y de cuando en cuando se ponía a llover, pero en lugar de agua caían perlas de chocolate. Los arboles se movían cada cierto tiempo, rezongando porque algún ave atrevida se había puesto a construir un nido en su copa. Los ríos eran de jalea de frutilla, la favorita de María.

María, no sin cierto temor, comenzó a hablar con los seres, inició la conversación con aquel que le había atraído hacia el interior de su palma, trató de mostrarse confiada pues tenía temor de que aquellos hombrecillos no le dejasen irse nunca más de aquel lugar.

Los seres comenzaron a explicarle su historia en un lenguaje desconocido – que a María extrañamente le era familiar – y al finalizar le mostraron todo el lugar que podía recorrerse exactamente en 30 pasos y medio y un pequeño salto hacia atrás. Sin embargo, aquel mundo desconocido cambiaba constantemente y era como si cada lugar ya visitado cambiase a uno totalmente nuevo. Por ello por más pasos y brincos que dio María jamás encontraba el mismo lugar.

María fue enterándose de la historia y los problemas que aquejaban a los hombrecillos y se comprometió a ayudarlos siempre que le fuese posible. De esta manera, los seres organizaron una fiesta que culminó cuando María atravesó nuevamente su palma izquierda para regresar a su hogar.

Vano sería contar las aventuras que María tuvo y las veces que restituyó el bien en aquel nuevo mundo, sólo diremos que María únicamente podía acceder al cosmos de los hombrecillos cada vez que su padre la golpeaba y ella huía llorando al rincón más oscuro de la casa.

Muchas veces María intentó entrar a aquel mundo fantástico cuando sentía pena y se ponía a llorar por algún otro motivo, pero era en vano, la palma de su mano ni siquiera parecía mostrar pequeños ápices de aquella luz.

Con el tiempo, María fue creciendo y aguantando con mayor entereza los vejámenes de su padre, por lo cual fue olvidándose de llorar, haciendo menos recurrentes sus viajes al mundo de la palma de su mano.

A sus quince años escapó de su hogar y vivió en las calles, las historias escuchadas y las experiencias vividas templaron su corazón, hasta hacerlo indolente. María se había convertido en una persona sin sentimientos sin capacidad de llorar.

Poco a poco, la situación de María mejoró de sobremanera, consiguió un empleo, logró estudiar y conoció a un muchacho que con el tiempo sería su esposo.

María había olvidado por completo a su padre y las palizas, sólo se dedicaba a trabajar y a comprar las cosas que no había podido en su niñez.

Al cumplir treinta y cinco años, ya con un par de hijos – con quienes apenas compartía su tiempo, más que todo por su indiferencia – su matrimonio comenzó a convertirse en un infierno. Aquel muchacho de quien se había enamorado se convirtió en un ser egoísta e infiel. Muchas fueron las discusiones entre María y su esposo cuando este llegaba tarde a casa y sin dar ninguna explicación. Un par de veces incluso encontró a su marido con su amante en su propia cama, María se centró en el trabajo y se abstrajo del mundo.

Un día, su marido llegó borracho y haciendo un escándalo: había tenido la desvergüenza de llevar a dos de sus amantes a su propia casa. María echó a las mujeres y comenzó a increpar a su marido, poco a poco toda su ira contenida fue manifestándose y de los gritos pasó a los golpes y arañazos.

El esposo discutió con María, fue perdiendo el control mientras sujetaba con fuerza a María de las muñecas. De pronto, perdió por completo el control, tomó una botella que tenía cerca y la destrozó en la cabeza de María, ésta cayó al suelo en un charco de sangre.

A los pocos minutos llegó la ambulancia – los vecinos habían llamado a la policía al oír tal escándalo – y encontraron a María en el piso con la cabeza ensangrentada y la mano izquierda fuertemente apretada. El marido había huido y no se sabía su paradero.

María estaba en coma. Pasó varios meses en el hospital sin dar el menor signo de vida.

Cierta noche – y esto me lo contaron algunos pacientes que fueron testigos, aunque sus versiones eran a veces contradictorias – cuentan que la habitación donde estaba María se iluminó de repente, era un resplandor extraño que atravesaba las paredes del hospital pero que no cegaba a nadie.

Algunos pacientes que se levantaron alarmados pudieron ver a María envuelta en un haz de luz, se levantó de su lecho y fue metiendo el cuerpo por su palma izquierda. A continuación, su cuerpo cayó inerte al suelo, tenía un color cenizo – como si se hubiese calcinado –aún respiraba pero seguía en coma. Sin embargo, para horror de los pacientes y los enfermeros que corrieron a la habitación, la mano izquierda de María se había calcinado hasta la altura del codo, dejando sólo a la vista un muñón oscuro pero que al exponerse a la oscuridad emitía un resplandor tenue pero embriagador.

Me enteré de la historia de María hace algunos años, pensé que eran uno de esos mitos que se inventan y adquieren vida propia en la ciudad. Sin embargo, un día llegué por casualidad al hospital donde ella aún sigue en coma, ella está tendida ahí – ya con el cabello blancuzco por la edad – con ese extraño muñón resplandeciente en lugar del brazo izquierdo. Seguramente seguirá ayudando a estos seres en su mundo fantástico, algunos creemos que decidió sellar el portal – su brazo izquierdo – para nunca más tener que volver; otros opinan que fue un accidente, que ella quería volver pero que sucedió algo que destruyó el portal. Quizá nunca lo sepamos o quizás podamos averiguarlo cuando conozcamos a alguien que pueda acceder a ese mundo.

He estado buscando a una persona así por años, créame, pero hasta el día de hoy no he encontrado a nadie que pueda hacerlo, quizás mi vida no alcance para hacer esta tarea. Por eso le cuento esta historia, porque tengo la esperanza que quizás Ud. o alguien a quien refiera esta extraña historia, pueda encontrar a una persona que acceda a ese mundo y pueda preguntar a María que fue lo que ocurrió. Sólo espero vivir lo suficiente para poder enterarme.