sábado, 11 de abril de 2009

Al caer la noche


La noche cae sobre la ciudad. La luna llena se levanta orgullosa, observando la ciudad y las incontables historias que se desarrollan en ella.

Sobre un sofá, rodeado por las sombras, los amantes buscan desesperadamente los labios del otro, mientras las caricias se suceden con ternura hasta llegar al paroxismo.

En una habitación, inundada también por las sombras, Martín toma el revolver y los proyectiles del pequeño cajón del armario. Una sonrisa demencial se dibuja en sus labios, enciende un cigarrillo y se le ve satisfecho, la noche ha comenzado.

¿Que extraño poder tiene la noche que es capaz de despertar las mayores pasiones pero también los más grotescos actos?

Martín observa extasiado el arma, carga los proyectiles y luego la guarda en el bolsillo.

La noche es joven – dice – y no hace más que comenzar.

El viejo coche demora en encender, el motor ruge como si presagiase la desgracia. Martín conduce sin tener un destino aparente; lo guía el azar, siempre lo ha hecho, cada una de sus acciones parecen tener premeditación, una lógica aparente, pero yo lo sé, es el azar quien dirige sus acciones.

Frena de repente, enciende otro cigarrillo y sale del vehiculo. Unos metros más adelante una pareja de adolescentes discute. La adolescente llora amargamente, abraza al muchacho mientras busca su mirada, él rehúye el contacto visual y tiene en el rostro una sonrisa arrogante.

Buenas noches – dice Martín con tono mortuorio - ¿No creen que es tarde para estar fuera de casa?

Acto seguido, dispara en la frente de la muchacha, la sangre salpica al rostro del joven amante, quien es incapaz de reaccionar por el estupor. Martín vuelve al coche, enciende el motor y acelera a fondo.

Niños jugando a ser amantes, eso es lo que más disfruto. ¡Son tan inocentes! ¡Creen poder lograrlo todo con el amor! ¡Amor, amor, amor!

Una risa demencial se apodera de él. Conduce sin rumbo sin casi observar la ruta por el ataque de risa del cual es presa. El semáforo da el alto, frena en seco, pero eso no basta pues golpea al coche parado delante.

En el vehículo impactado se escucha el llanto de un bebé, es una familia. La madre abraza con vehemencia al niño mientras respira agitada por el susto. La puerta del conductor se abre, el padre baja gritando y gesticula amenazadoramente, quiere golpear a Martín.

Martín ha dejado de reír, su semblante está sombrío. Escucha en silencio los insultos del padre quien ha comenzado a golpear el vehiculo. Martín acaricia la empuñadura del arma, baja lentamente el vidrio, justo cuando el hombre se acerca, y dispara al corazón del desafortunado.

El semáforo cambia y Martín acelera a fondo nuevamente. Pasa al lado de la ventanilla de la mujer, ésta la mira con horror y es incapaz de proferir palabra alguna, difícilmente pensará en anotar la placa del vehiculo de Martín.

Es increíble – murmura Martín – como la gente pierde la cabeza tan fácil por una minucia, hasta el punto de arriesgar su propia vida.

El camino elegido por Martín va hacia los barrios marginales. Una música estridente puede escucharse desde varios metros atrás, se detiene en un bar con algunos parroquianos ebrios cantando y platicando a gritos.

Martín se estaciona bajo un árbol unos metros más adelante, no quiere que nadie identifique su vehículo. Abre la guantera y saca un gorro pasamontañas mientras musita: las cosas que tiene uno que hacer.

Sale del vehiculo y se acerca al bar, los borrachines apenas reparan de su presencia. Se acerca a una de las mesas donde un sujeto duerme la borrachera, tiene la cabeza apoyada sobre la mesa y los brazos colgando en el aire. Martín lo sacude con violencia hasta hacerle despertar.

¿Pero que quieres, hijo de puta?- dice el borrachín mientras incorpora la cabeza; gran error, Martín ama a su madre y se vuelve loco cuando le hacen un insulto de esta naturaleza. Sin embargo, parece tranquilo, en realidad es imposible saber su reacción debajo del pasamontañas, sólo puede observarse un ligero temblor en sus labios.

No dice nada, sólo apunta el arma hacia el pecho del ebrio y aprieta el gatillo. El hombre tarda unos segundos en darse cuenta que está muerto, luego se desploma en el piso y se forma un charco de sangre. El resto de la gente recupera la conciencia, arrebatada por los vapores del alcohol, y huye desesperadamente en todas direcciones. Martín regresa al coche con paso cansino, se sienta, se quita el pasamontañas y enciende el vehiculo mientras musita: ¡Insultar a la santa de mi madre, se habrá visto tamaña desfachatez!

Algunos calles más adelante, Martín detiene el coche. Una mendiga con un niño en los brazos se acerca a pedir limosna. La mujer no imagina el peligro, el hambre de la criatura la obliga a acercarse, Martín baja la ventanilla y la observa, no escucha lo que dice la mujer pues sus pensamientos divagan quien sabe donde. Saca la pistola y la coloca en el cuerpecito de la criatura, la mujer le observa aterrada sin poder reaccionar, Martín retira el arma y ahora la apunta hacia la mujer.

P…P…Por ffff… favor – dice la mujer con un hilo de voz – só…sólo que…quería algo para alimentar a mi niña, no…no… nos lastime.

Martín les observa sin decir palabra alguna, busca dinero en su bolsillo, lo arroja a la mujer y parte raudamente.

(Suspiro)Ese dinero sólo les servirá para sobrevivir un día más ¿Pero y mañana? ¿Y yo soy el monstruo? Monstruosa es esta sociedad que permite que madres e hijos se mueran de hambre en las calles, sin sentir el menor remordimiento. ¿Y qué es lo que hacemos? Les echamos un mendrugo y con eso nos compramos paz interior, creemos que con ese acto somos misericordiosos, que seremos salvos y que estamos más cerca de la salvación y la vida eterna. Pretendemos comprarnos un pedazo de cielo arrojando un mendrugo de pan al prójimo y sin embargo en el fondo deseamos que se atragante con el, pues no soportamos la idea de que podemos llegar a estar en la misma situación. ¡Homo homini Lupus!

Extraño personaje, este Martín. Por un lado muestra un total desprecio por la vida ajena, pero por otro tiene estos accesos de sensibilidad que enloquecerían al más avezado de los psiquiatras. Un tipo sin nada particular, común y corriente si se quiere, con un trabajo y una vida aparentemente normal, dentro de lo esperado socialmente.

Martín trabaja como cajero en un banco, es bastante callado y algo tímido con las mujeres, lo cual no significa que no se enamore con pasión. Las personas que le conocen no pueden decir que se trate de una mala persona, algo extraño y reservado quizás…reservado, es la palabra que utilizan muchos a falta de una que exprese el total desconcierto que transmite. Por supuesto que hay personas a las cual les resulta verdaderamente insoportable, su pasividad es lo que más les molesta, en especial a muchos clientes que no soportan la holganza con la que trabaja Martín. Su jefe tampoco parece soportarlo, en cierta ocasión, éste le reprendía a la par de recapacitarle con uno de sus acostumbrados monólogos sobre la responsabilidad y el entusiasmo que deben acompañar al trabajo, grande fue su sorpresa al ver que Martín no le prestaba la más mínima atención, se encontraba extasiado por el vuelo de una mosca. En sus relaciones sentimentales la situación tampoco varía, al principio se apasiona hasta el punto de estar dispuesto a dar la vida misma, pero luego se apodera de él la más extrema displicencia, al punto de que ni siquiera fue capaz de asistir al funeral de una de sus novias, cuando le preguntaron si se encontraba bien y si podría superar la pena de perderla, el respondió con la más funesta procacidad que tendría que empezar a buscar otra novia. Insolente, eso es lo que es Martín, jamás indiferente.

Martín detiene el vehiculo y enciende un cigarrillo, no dice nada y parece estar atento a algo que sucederá pronto sin saber exactamente de que se trata. De repente se oyen chillidos en una de las casas, son los chillidos de una mujer, el llanto de un niño y las diatribas de un hombre.

Es una pelea conyugal – masculla Martín con el cigarrillo en los labios – una habitual y sencilla riña conyugal, veremos que sucede.

Los gritos de la mujer se hacen cada vez más estridentes, al parecer el sujeto a comenzado a golpearla, el llanto del niño languidece hasta perderse. Martín termina de fumar el cigarro, lo arroja por la ventanilla y sale precipitadamente del coche.

Camina con paso seguro hacia el domicilio, hunde la puerta de una patada y entra sin proferir palabra alguna. El hombre se gira sorprendido y mira a Martín, tiene un garrote en la mano derecha, seguramente golpeaba con éste a la mujer. El sujeto reacciona e intenta agredir a Martín, gran error, una bala le impacta en la pierna. El tipo se acuesta lentamente en el suelo gimiendo de dolor, Martín tiene una mirada sombría en el rostro, observa a la mujer y al niño que comienza nuevamente a llorar, tiene la carita cubierta de sangre.

Martín saca a rastras al tipo que gimotea pidiendo clemencia, la mujer se arroja a los pies de Martín pidiendo compasión por el hombre. Martín aparta con una bofetada a la mujer y le grita: ¡Estúpida! ¿Te golpea a ti y al niño y encima pretendes defenderle? ¡Aparta! ¡Voy a hacer lo que se debería hacer con todos los tipos de su calaña!

Martín arroja al sujeto a la calle, le da un par de patadas en el estomago para que deje de hablar. Tiende boca abajo al sujeto y le dispara en la nuca, la víctima deja de moverse instantáneamente y se forma un río de sangre que avanza lentamente hasta llegar a la calle. Entra nuevamente a la casa, toma a la mujer por los hombros y la sacude para luego lanzarla al piso.

Debería matarte a ti también – le dice a la mujer mientras le apunta en la boca – pero no voy a hacerlo pues tienes que cuidar a ese niño, ayudarle a que cicatricen las heridas, en especial las de alma.

Martín sube nuevamente al coche, por primera vez en la noche se le ve nervioso. Tiembla y le cuesta insertar la llave en el contacto. Las sienes le palpitan de cólera.

La gente es estúpida – dice maquinalmente mientras arranca a toda velocidad – les haces el favor de quitarles una carga de encima, que ellos por temor no lo hacen pero que en el fondo desean hacerlo, y dudan y vuelven a dudar. Siempre es lo mismo, tratan de encontrar un punto intermedio imposible en algún lugar de los extremos. Jamás quieren comprender, pese a que en su interior lo saben perfectamente, que todo en esta vida es blanco o negro, jamás de los jamases será gris.

La noche avanza raudamente, son casi las tres de la madrugada. Martín se detiene a cargar combustible, tiene una discusión con el empleado pues se niega a apagar su cigarrillo. Gran error, el empleado puede sospechar y podría llamar a la policía. Al final no sucede nada, Martín se mete al vehiculo molesto, insulta por última vez al empleado antes de partir.

Llega a ser gracioso – observa - si ese empleado supiera lo que llevó en el bolsillo seguramente no se atrevería a discutir tan airadamente. Así es la vida, una verdadera tómbola; en un instante estás vivo, maldiciendo lo lento que pasan los minutos y al otro puedes tener una bala en el cuerpo y rogar a tu dios que esos últimos segundos que te quedan de vida se hagan eternos ¡Somos tan fútiles!

Calles adelante hay un atraco, un jovenzuelo arrebata la cartera de una mujer luego de amenazarla con un cuchillo, el muchacho huye a toda carrera. Martín pisa el acelerador a fondo y logra alcanzarlo, los nervios traicionan al muchacho y se mete a un callejón, esta atrapado.

Eres mío – dice Martín mientras se relame los labios.

El joven, al verse atrapado, instintivamente saca la daga y la agita amenazadoramente en el aire, se ve que jamás ha hecho daño a nadie y que sólo la tiene para meter miedo a sus víctimas.

Martín se acerca con una sonrisa en los labios y menea la cabeza negativamente en señal de sorna y muestra el arma al chico, éste palidece por completo.

El chico le ruega piedad a Martín, éste parece fastidiarse con la actitud del muchacho pues esperaba hallar un poco de resistencia; el cazador rechaza a la presa pues no ha tenido el placer de acecharla hasta hacerle comprender su perdición, la presa se entrega sin ofrecer la menor resistencia.

El jovenzuelo está de rodillas, dice que no roba para drogarse, sino para alimentar a sus cinco hermanos. La misma historia de siempre, ni siquiera ha tenido un poco de originalidad, comprensible pues ha mojado los pantalones de miedo.

Martín se ve disgustado, la historia también le ha parecido una falacia. Sujeta con violencia un brazo del muchacho, busca entre sus ropas y halla la droga. El joven parece comprender que se halla perdido, baja la cabeza en señal de sometimiento y vergüenza. La presa se entrega a las fauces de la fiera.

Martín camina agitado, por primera vez en la noche parece haber perdido por completo el control. Se lleva las manos a la cabeza, maldice al muchacho, le apunta con el revolver, deja de apuntarle.

Martín se sienta al lado del chico, suspira y enciende el cigarro, se lo ofrece al muchacho quien lo rechaza tímidamente, Martín se enfurece y le apunta con el arma nuevamente hasta obligarle a dar una bocanada. Pasan lo minutos, se le ve más tranquilo, el muchacho también parece haber recuperado cierta calma. Ambos entablan una conversación, se cuentan sus vidas, ríen de alguna anécdota, se ponen sombríos al contar una desgracia. A lo lejos se escuchan las sirenas de la policía.

¡Bien! – dice Martín mientras se incorpora de un salto – es hora de irse.

¿Entonces soy libre? – pregunta con timidez el muchacho.

No, aún no eres libre, pero pronto lo serás – contesta Martín mientras una sombra de perversidad se apodera de su rostro.

Vamos a hacer las cosas de lo más sencillas – continúa Martín mientras se agacha hacia el muchacho – voy a colocar una bala en el tambor del revólver y voy a girarlo ¡Así! ¿Ves? Y cada uno de nosotros a su turno pondrá la pistola sobre su sien y apretará el gatillo. Si la bala me toca a mi, serás libre ¡Sencillo! ¿Verdad?

¿Y si la bala me toca a mí? – dice ingenuamente el aterrado muchacho.

Pues también serás libre – responde Martín con una sonrisa de perturbación.

Martín ofrece el arma al muchacho, este tiembla y no quiere aceptar. Martín pierde la calma y golpea al chico hasta que este accede a sujetar el revolver. Lo tiene en la mano pero casi lo deja caer por los nervios, está tan asustado que ni siquiera se da cuenta que podría equilibrar la balanza a su favor, disparar contra Martín y huir. El muchacho dubita y el arma se le escapa de las manos finalmente, Martín ruge de rabia, esta fuera de sí. La fiera se desespera con la sumisión de la presa.

¿Te doy una oportunidad y la vas a desperdiciar? ¿Qué no te das cuenta de tu situación? ¡Puedo volarte los sesos ya mismo en este mismo instante! ¿No vas a aprovechar la chance que se te presenta?

El muchacho comienza a vomitar por el miedo, Martín se impacienta aún más, se sujeta la cabeza y maldice al muchacho, se acerca y le coloca el cañón dentro la boca.

Por ultima vez ¿Vas a desechar la oportunidad de salir vivo? ¿O deseas que te dispare ya mismo? ¡No sabes el gusto que me dará el hacerlo!

El jovenzuelo queda abrumado por la determinación en la mirada de Martín, comprende que no tiene más opciones. Toma el arma de la mano de la mano de Martín, se lo coloca en la sien, jala el gatillo y…¡Clic!

Al parecer la suerte esta de tu lado esta noche, muchacho. Veamos si es también condescendiente conmigo, si gusta de tener dos amantes.

¡Clic!

El débil sonido del percutor parece retumbar por todo el callejón, el muchacho esperaba con expectativa, creía verse librado de su celador. Se pone nervioso, nuevamente es su turno…¡Clic!

¡Vaya suerte la tuya! Veo que te aferras a la vida, sinvergüenza. ¡Eso me place! ¡Hace más divertido esto! Ahora es mi turno.

Martín nuevamente lleva el revolver a su sien, el muchacho observa con atención, reza en voz baja pidiendo a Dios que le sea propicio y acabe su tormento, que mate al demente.

¡Clic!

Martín lanza una risotada y eleva los brazos en señal de triunfo.

¡Ea! ¡Ea! ¡Lo he logrado! Prolongo mi vida unos minutos más. Quedan dos compartimientos en el tambor del revolver, mocoso. ¡Dos posibilidades, una sola oportunidad! – dice Martín con una sonrisa siniestra en el rostro, mientras coloca el arma en la mano del muchacho.

¿Cuál de nosotros tendrá la bala y cual la oportunidad, mocoso? ¡Ahora es tu turno!

El muchacho se ve sereno, al parecer ha llegado a comprender que la muerte se aproxima y lejos de rechazarla o negarla, la espera con sosiego pues sabe que es inevitable.

¡Clic!

Martín lanza nuevamente una horrible risotada, parece haber perdido por completo la razón. Se enjuga las lágrimas que le ha provocado tanta risa, toma el revóver y se lo pone a la sien. El muchacho se ve aliviado pero expectante, no ve la hora para salir de ese lugar.

¡Pues bien, mocoso! Al parecer el azar ha intercedido por ti, eso era de esperarse ¿Sabes? Pues todos los de tu ralea dejan que el azar sea el que imponga sus designios. ¿Sabes que yo no creo en el azar? ¡Ah!¡Claro! Tú y el resto de tus semejantes también habla del destino ¡Casi lo había olvidado! Sólo que evocan a uno u otro cuando les conviene ¿no? Cuando no tienen control alguno sobre sus vidas evocan al azar ¡Pero cuando hacen algo erróneo culpan al destino! ¿Qué dices? ¿Que esto no es cierto puesto que cuando hacen lo correcto también mencionan al destino? ¡Nada más falso! Lo hacen, pero es para vanagloriarse, pues creen que la vida les tiene reservado algo singular, totalmente especial y diferente al resto. ¡Creen ser especiales sólo por que las dádivas son sólo para uds. y para nadie más! ¡Y enloquecen o guardan rencor secretamente cuando ese hecho le sucede al prójimo! ¡Son todos unos egoístas! Pero yo sé como es esto ¿Sabes? El azar y el destino se contraponen y se anulan finalmente, ni azar ni destino, uno es el que forja su futuro y esté no es ni bueno ni malo, es sólo eso: nada. Y no tenemos porqué atribuirlo ni reclamárselo a nada ni nadie.

Mientras Martín decía esto, el muchacho se había incorporado. Estaba tranquilo, parecía haber olvidado su situación y escuchaba embelesado las palabras que el delirio de Martín le hacía decir, grave error. Es por ello que casi no se dio cuenta cuando Martín súbitamente quitó el revolver de su sien y le disparó al estomago. El muchacho tardó unos instantes en darse cuenta de su situación, se tomó el estómago con ambas manos y se tendió en el suelo.

Pues al parecer ambos nos aferramos más de lo esperado a esta vida, mocoso. Sin embargo, hay una gran diferencia entre nosotros, tenemos diferentes motivos para desear continuar con esta existencia ¿Cuáles motivos son los que verdaderamente cuentan? ¡No podría responderte ni en mil años! Quizás nuestros motivos sean verdaderamente importantes o quizás no lo sean en absoluto ¿Quién sabe? Puede que sean verdaderamente tan estúpidos o vacuos que no valga la pena que sigamos vivos ¿Quién podría decirlo? ¡Pues nosotros mismos! ¡Nadie más! Y te aseguro que cada uno concluirá que sus motivos son más válidos y negará los del otro, porque esa es la vida, mocoso. Nos aferramos a nuestras verdades absolutas y no soportamos que nadie más las cuestione y cuando caemos en cuenta que nuestra verdad es una falacia, enloquecemos en lugar de aceptarla, nos ponemos violentos y deseamos defender nuestro dogma aunque hubiésemos comprobado su error. Eso es la vida muchacho, aferrarse a mentiras que son lo único que nos mantiene cuerdos.

Martín estaba completamente desquiciado en ese momento, se acercó al muchacho que aún no agonizaba y le besó la frente. Guardó el arma en el bolsillo y se subió al coche.

Será como dije: si el muchacho muere será libre, si resiste y decide vivir, mañana comenzará una nueva existencia. De una u otra forma le he salvado.

Las sirenas de la policía resonaban por toda la ciudad, Martín no parecía inmutarse en lo más mínimo por ello. Estuvo manejando por alrededor de una hora hasta que paró en la puerta de una casa donde se celebraba una fiesta. Tomó varias balas de la guantera y se colocó nuevamente el pasamontañas. Salió del carro gritando.

Martín irrumpió en la celebración y comenzó a disparar sobre la gente. No distinguía entre hombre, mujer o niño. Al acabársele las municiones volvió con rapidez al carro y aceleró a fondo.

La condición humana es tan frágil –dijo distraídamente mientras doblaba una esquina - somos capaces de las más grandes hazañas y de los más monstruosos crímenes. Me incluyo en lo primero. Sin embargo, es tan fácil quebrarnos, reír hace un minuto y al siguiente llorar desconsoladamente. Nunca lo entenderé del todo, nunca llegaré a comprender porque en el fondo somos tan frágiles.

El resto de la noche, Martín cometió otros asesinatos. Es imposible narrar el terror de la gente y las desequilibradas reflexiones de Martín antes de cometer los crímenes.

La policía estaba enloquecida, incapaz de dar con la pista del criminal. Los escasos testigos daban indicios totalmente contradictorios, algunos incluso describían el aspecto del asesino totalmente diferente a lo que en realidad era Martín. Lo supimos porqué volvimos a uno de los lugares que visitamos aquella noche, Martín se divertía al escuchar los testimonios de los testigos, incluso se metía en medio de la muchedumbre esperando que alguien le reconociera, nadie lo hizo. La policía estaba confundida, buscando una lógica para dar con el paradero del criminal, pero no podía encontrarla. Todo aquello no tenía lógica alguna o quizás sí la tenía, pero estaba en algún lugar de la mente de Martín.

Abandonamos el vehiculo en el parque cerca al lago que está en las afueras de la ciudad. Martín había previsto todo: el auto era robado y tenía un galón lleno de combustible con el cual roció el vehiculo para prenderle fuego.

Vi a Martín sacar unas cuantas balas de la guantera antes de incendiar el auto. Pensé erróneamente que con el automóvil ardiendo la única pista posible para dar con la identidad y el paradero de Martín se desvanecía, gran error.

Yo soy la pista viviente, soy el principal testigo y cómplice de todo lo sucedido esta noche. No sé si Martín piensa en deshacerse de mí, quizás lo tiene planeado desde el principio o quizás ni siquiera lo ha tomado en cuenta. ¿Quién puede saber su siguiente acción?

Caminamos sobre la hierba humedecida por el alba, él se retrasa unos pasos. Escucho que carga el arma mientras comienza otro de sus insufribles monólogos. Esta vez no escucho lo que dice, sólo puedo escuchar como llena el revólver con las balas. Quizás me está preparando para morir o quizá simplemente habla porque quiere hacerlo, porque realmente necesita sacar todo lo que corre por su mente ¿Quién puede saberlo?

Continuamos caminado hacia la autopista. Martín ha dejado de hablar o más bien lo sigue haciendo pero para si mismo. No me atrevo a volcar, siento un hormigueo en la nuca, quizás tiene el arma apuntándome la cabeza ¿Quién puede saberlo?

Pienso en salir corriendo, pero luego me doy cuenta que sería en vano, Martín me mataría fácilmente si empezará a huir. No tengo salida ¿o la tengo? Al fin lo comprendo, nunca ha sido cosa del azar, Martín siempre ha tenido todo calculado.

No voy a correr, estoy tan metido en esto como Martín, soy su cómplice. También yo mate a toda esa gente con mi indiferencia, con mi inacción. Podía evitarlo, podía detenerlo, pero no lo hice. No soy nadie para juzgarlo, ninguno de nosotros lo es, nuestra falsa moral y sus valores ingenuos no pueden afectarlo ahora, el es tan ruin o tan santo como cualquiera de nosotros. El está más allá de todo ello, no podemos atrevernos a juzgarlo, nadie puede hacerlo. Después de todo ¿Quién de nosotros va a atreverse a arrojar la primera piedra?