
Recuerdo aquella tarde. La mañana fue calurosa, pero a esa hora se había puesto gris y llovía horriblemente. Las gotas de agua se estrellaban en la ventana haciéndola crepitar. Te llamé y te dije que te sentases, que necesitaba hablar contigo. ¡Fue tan duro! Llegaste con una sonrisa en el rostro, iluminabas la habitación entera, en contraste con la tormenta de fuera. Caminaste lentamente hacia el sillón sin dejar de mirarme, no pude soportarlo y miré al suelo. Te dejaste caer en el sillón. Un mechón de pelo tapo uno de tus ojos, el otro me miraba atentamente. No me atrevía a mirarte.
- Tengo que irme – me dices sin más, yo no comprendo, luego añades para siempre y comienzo a llorar. Entonces me cuentas sobre aquel sueño de laberintos y tu madre, aquella mujer que te abandonó tan pequeño. Es curioso, no le guardas resentimiento, al contrario, parece que la amases como a nadie en este mundo. Sí, tienes razón, tu sueño es confuso, no esperes que lo entienda, nadie podría hacerlo más que tú. Al menos me tranquiliza que digas que me amas, pensaba que ya no lo hacías. Terminas de contarme el sueño, ambos quedamos en silencio, sin mirarnos. Es una locura, pero creo comprenderte, creo comprenderte de verdad.
Nos quedamos sentados uno junto al otro durante un buen rato. Rompes el silencio y dices que lo entiendes. Tu respuesta hace que me turbe, pensaba que te enojarías y que no querrías saber nada de mí. Dices que me amas y que por eso entiendes lo que siento. Sólo me pides esta noche, nuestra última noche, nada más.

Lo susurras a mi oído y luego me miras. Los luceros de tus ojos se hunden en sus pozos de agua oscura y estallan.
No quiero llorar, pero no puedo evitarlo. Me cubro la cara con las manos, pero mi garganta suelta un quejido. Me tomas las muñecas y apartas mis manos del rostro. Tienes una expresión dulce. Me besas, me besas y me tomas.
Hacemos el amor por toda la casa, terminamos exhaustos sobre la alfombra de la sala, leemos nuestro poema favorito y te quedas dormida a los pocos minutos, me hundo en mis pensamientos. No puedo evitar el pensar que te dejaré, que dejaré al ser amado para salir en pos de algo que ni yo mismo entiendo bien que es. Todo esta aún oscuro, me levanto y te tapo el cuerpo con una cobija. Sólo empaco algunos cosas, lo indispensable, no debo llevar demasiada carga, no se por donde empezar siquiera. Ni siquiera se que dirección tomare al llegar a la calle. Supongo que algún extraño instinto me guiará.
Al tumbarnos en la alfombra estoy exhausta, pero te pido que leamos nuestro poema favorito, Claro de luna de Verlaine: Tu alma es un paisaje elegido/Que encantan máscaras y bergamascaras/Tocando el laúd y danzando casi tristes bajo sus disfraces fantásticos./Al ir cantando en el modo menor/Amor vencedor y la vida oportuna,no tienen el aire de creer en su ventura/Y su canción se une al claro de luna/Al sereno claro de luna triste y bello, que hace soñar a los pájaros en los árboles y sollozar de éxtasis los surtidores, los grandes surtidores esbeltos entre los mármoles./ El sueño cae pesadamente sobre mi cabeza y me hundo en él. Sin embargo, no duermo del todo, tengo estos extraños sueños anclados en la realidad. Extrañas situaciones en las que ambos estamos inmersos, a veces escapando de algo o alguien, sólo para encontrarnos. Siento como te levantas y colocas la cobija sobre mi cuerpo. Entras a la habitación, seguramente preparando el equipaje. Sales, estas frente a mí de nuevo, me besas la frente.
Y cuando estoy a punto de salir, pienso que todo esto es una locura. Que debería dejarme de todas estas fantasías y sueños de madres – fantasmas y tumbarme a tu lado hasta el día siguiente, pero no puedo hacerlo. Duermes agitada, seguramente será alguna pesadilla. Dices algo entre sueños, creo que mi nombre, pero quizás es sólo mi imaginación. Me inclino hacia ti, te beso la frente y tu calor inunda mi cuerpo por última vez. Estás dormida, así es mejor. Así el adiós no será tan doloroso, así será fácil para ambos.
La comisura de tus labios en mi frente me hace estremecer. Finjo dormir, pero lloró en la oscuridad. Me muerdo los labios para evitar que me escuches llorar. Abres la puerta, te quedas un tiempo parado ahí. Espero unos minutos y corro a la ventana. Te veo en la calle, desorientado, mirando de un lado a otro. Finalmente te decides por un camino y te vas. Al menos ha dejado de llover.
Por unos instantes fui incapaz de cerrar la puerta tras de mi, estaba a punto de arrepentirme, pero pensé que si no lo hacía ahora la sensación jamás me abandonaría. Cerré la puerta y me marche. Al llegar a la calle, sucedió como lo había pensado, no sabia que dirección tomar. Dubite por unos instantes, ya amanecía y temía que despertases antes de que yo me hubiese marchado. Finalmente, decidí irme hacia la derecha sin estar convencido del todo. Al menos ha dejado de llover.
Pasan los segundos, los minutos, las horas y se inicia la danza macabra. Nadie puede seguir el ritmo al tiempo, baila a su propio compás y olvida que tiene invitados. Baila sólo y esta embelesado. Tan animado es su paso que sus pies comienzan a levantar una bruma que envuelve a sus invitados, todos olvidan y su carne se pudre. El tiempo sigue bailando en medio de toda la carne putrefacta. Baila y baila y nadie puede seguirle el paso.
Tres años pasaron sin tener noticia tuya. Dicen que el tiempo cura las heridas, pero es mentira, quedan las cicatrices y esas sólo las puedes cubrir o disimular, pero siguen ahí. El primer año fue bastante complicado, no tenía un plan definido, el mañana parecía haberse diluido. Algunas noches tristes creía verte parado en alguna esquina, tomando un café por la plaza o pasando en algún coche. Te veía en todas partes, estaba obsesionada. Limité mis salidas al máximo, me escondí de las amistades y me metí de lleno en el trabajo, tenía un vacío que llenar a como de lugar. Al segundo año, me sobrepuse y busque viejas amistades, antiguos amores y deje de pensar en ti. O al menos eso pensaba. Empecé a odiarte, borré los buenos momentos y recordé sólo los malos, los hice aún peores, quizás me invente otros. Finalmente te escondí en una esquina de mi corazón y comencé a olvidar. La indiferencia me lleno por completo. Al tercer año, olvide todo, sentía como si hubiese renacido. Conocí a muchas personas agradables, volví a enamorarme, llegaron nuevos desencantos y te desterré para siempre de mí o eso creía. Hace un par de días recibí correspondencia tuya, la primera en tres años. Me decías que volvías a la ciudad hoy, que querías verme, que podíamos tomar un café para charlar, que me esperabas en el aeropuerto, claro, sólo si quería verte. Mis manos temblaban mientras leía tu carta, la leí varias veces sin poder salir del asombro, pensé que estaba soñando. Todo este tiempo estabas aquí junto a mí, nunca te fuiste.
Nostalgia, esa es la primera sensación que viene a mi al bajar del avión. Luego se presenta la ansiedad… ¿Habrá recibido mi carta? ¿Estará ella esperándome? Han cambiado tantas cosas para mi, viaje por muchos lados, conocí mucha gente, me enamore, estuve casado. Trato de imaginar cuanto habrás cambiado durante estos años…. No vino, ella no vino. Seguramente habrá hecho pedazos mi carta, seguramente me odia. ¿Tanto viaje para esto?
Llego al aeropuerto con prisa, dejo el coche andando y me pongo a correr buscándote. Todos se vuelcan a mirarme, una loca corriendo por todo el aeropuerto, yendo y viniendo de un lado para el otro. De pronto te veo y me quedo clavada en el piso. Pareces reconocerme también.
Te veo. No me odias. Viniste, viniste por mí. Las palabras se agolpan en mi boca, camino hacia ti. Estás parada sin decir nada, está más bella que nunca. Me acercó a ti, no se que decirte, no sé que hacer. Nerviosamente te tiendo la mano para saludarte. Te echas a mis brazos y me besas.
Nuestros labios se buscan desesperadamente, nos abrazamos y nos quedamos dormidos. Me despiertas con un beso, estas en mí nuevamente, nos fundimos en un solo ser. Ya nunca más estaremos separados, somos nuevamente uno. Llegamos al éxtasis y explotamos en una batahola de colores y sensaciones. Te acarició el pelo, has cambiado bastante, te ves más sereno. Acaricias mi cuerpo y me miras a los ojos. Te amo, dices.
Te amo, desde que te conocí. Hace tres años te dejé por un sueño, quizás parecía una excusa absurda, pero para mí era lo más importante en ese momento. No habría podido ser feliz si no lo hacía, si no iba en pos de este sueño. Aprendí sobre la circularidad del universo y que hiciese lo que hiciese, todo me traería aquí, a tu lado. Pero tenía que entenderlo, tenía que perderme en el mundo, tener nuevas experiencias, conocer nueva gente, enamorarme y sufrir, sólo así lo entendería y me sentiría en paz conmigo mismo. Agradezco al cielo que sólo fueron tres años, que sólo demoré eso para comprenderlo y no toda una vida, pero aún cuando ese hubiese sido el caso, seguramente habría regresado a tu lado en la siguiente vida. Más tarde o más temprano tendría que encontrarte, te perdí para poder hallarte.
…te perdí para poder hallarte – terminas de decir para luego besarme. Estás junto a mí, somos uno nuevamente. Nunca nos separamos, siempre estuviste junto a mi. Nos quedamos dormidos y soñamos. Derrumbamos los muros que dividen los sueños y decidimos quedarnos inmersos en uno construido por nosotros. No tenemos necesidad de despertar, nunca más.
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