Se había iniciado la construcción de un nuevo túnel, uno que desembocaría en la parte norte del jardín, cerca de la puerta de la cocina y de las preciosas migajas que quedaban esparcidas a diario. Por ello, la reina de la colonia y el concejo de hormigas ancianas habían ordenado construir aquél ambicioso túnel, el más grande que jamás se hubiese hecho. La obra era tan portentosa que ninguno de los abuelos de la colonia recordaba historia o mito alguno que igualase tal hazaña, salvo la creación de la colonia, historia tan antigua que se perdía en el inicio de los tiempos.
La colonia entera estaba eufórica, por doquier se anunciaba con gran boato el túnel, obra magnífica que traería mejores días y que serviría de ejemplo de la grandeza de la colonia frente a otras colonias enemigas. El túnel permitiría tener tanta comida que solucionaría para siempre el problema de conseguir alimento. De esta forma, todos quedaron hechizados, en mayor o menor medida, con las ventajas que traería el túnel.
El día que se iniciaron los trabajos, hubo una ceremonia presidida por el concejo de hormigas ancianas y la mismísima reina. Muchas hormigas quedaron lloraban al ver a la reina en persona, grande y corpulenta, ataviada en su manto de hojas; evocando así los breves segundos luego del alumbramiento, donde tenían la única oportunidad de ver a su madre, porque luego eran separadas para comenzar su educación y el trabajo que harián hasta que la vida abandone sus cuerpos.
El silencio se apoderó de la colonia, la reina, de pie en el atrio, comenzó a hablar sobre los gloriosos días que vendrían. No era nada nuevo que no hubiese oído la colonia, pero adquiría una nueva dimensión en boca de la reina. Al finalizar su intervención, la reina fue ovacionada con gran estrépito.
Las obras se iniciaron con algunos incidentes, una copiosa lluvia inundó varias galerías auxiliares matando a muchas hormigas, la corriente también malogró parte de las provisiones. Pese a los malos presagios, las hormigas siguieron trabajando con empeño.
Los días y las semanas fueron pasando, la obra avanzaba pero el entusiasmo se había hundido cual piedra en el fondo del estanque. El trabajo era brutal e intenso, a diario había decenas de hormigas muertas, que inmediatamente eran suplidas por nuevas hormigas. No había tiempo ni siquiera para llorar a las compañeras muertas, mientras las nuevas obreras entraban, los cuerpos inertes de otras eran arrastradas al exterior para ser amontonadas en un pozo que se había cavado para tal efecto. El pozo casi estaba lleno y pronto tendría que construirse uno nuevo.
En marzo, se toparon con la gran roca. Se decidió que lo mejor era rodearla por la derecha, pero parecía no tener fin. En julio el gran derrumbe, muchas compañeras quedaron atrapadas y no pudieron ser rescatadas, murieron de hambre. Luego de éste incidente tuvo que volver a cavarse gran parte del túnel. Los meses siguieron pasando, solo cavar y cavar y seguir cavando.
Las provisiones eran escasas, la colonia había quedado alejada y el suministro de comida era irregular, las hormigas morían de hambre. Hubo reclamos de algunas, pero se les ordenó volver al trabajo, mientras se buscaba dar solución a los problemas..
En noviembre, unas lombrices interrumpieron el trabajo. Perforaron varios puntos del túnel y el agua se filtraba provocando algunos derrumbes. Tuvo que taparse todo lo perforado por los gusanos, la comida seguía siendo escasa.
En diciembre, se toparon con la colonia vecina que excavaba un túnel en sentido perpendicular. Los túneles pasaban demasiado cerca, la colonia vecina consideró que el gran túnel era una amenaza. Los oficios diplomáticos fueron vanos, se desató la guerra y muchas obreras fueron muertas por las hormigas guerreras de la colonia enemiga. Continuaron las negociaciones diplomáticas, pero las obras no pararon, al contrario, se exigió redoblar esfuerzos para recuperar el tiempo perdido y para suplir la mano de obra muerta en el ataque. Se llegó a un acuerdo con la colonia enemiga, permitirían el paso del túnel a cambio de la mitad de las provisiones guardadas, la ración de comida disminuyó a la mitad, el hambre azotaba a las hormigas.
Cierto día, se anunció que la ración de comida se repartiría cada dos días. Las hormigas quedaron estupefactas al oír la noticia, el rumor fue creciendo hasta convertirse en rechifla y luego en gritos.
- ¡A la huelga! – gritaron las más indignadas.
- ¡Huelga! – respondió la multitud.
Las hormigas fueron abandonando sus puestos de trabajo. Las hormigas guerreras trataron de hacerlas volver a la fuerza, pero eran pocas y fueron fácilmente doblegadas por la muchedumbre. Las hormigas obreras tomaron por la fuerza el depósito de alimentos y descubrieron que los guerreros y los que dirigían las obras recibían la misma ración que antes que se firmase el acuerdo con la colonia enemiga.
Se redactó un documento con las demandas de las hormigas obreras. Entre sus principales demandas estaba recibir una ración de alimento justa y disminuir las horas de trabajo. Enviaron a un emisario. Este volvió después de algunos días, con el mensaje del Concejo de hormigas ancianas: las hormigas debían volver al trabajo o se atendrían a las consecuencias.
Las hormigas obreras se prepararon para ir a la guerra. Buscaron armas y aunque no tenían experiencia militar, no les faltaba voluntad para resistir el embate. Armaron trincheras, trazaron estrategias, tomaron posiciones, pusieron vigías y una tensa calma se apoderó del campamento, el ataque llegaría en cualquier momento.
Uno de los vigías llegó corriendo y gritando:
- ¡Ya vienen! ¡Ya vienen!
Las hormigas se parapetaron para esperar al agresor, un silencio sepulcral se apoderó del campamento. Se escuchó retumbar el suelo, las hormigas guerreras marchaban al compás. Los pasos fueron retumbando cada vez con más fuerza, hasta que pudo distinguirse la primera fila de hormigas guerreras.
- ¡En nombre de la colonia y de su majestad, la reina, se les ordena volver inmediatamente al trabajo! – gritó el sargento que comandaba la escuadra.
- ¡Nos negamos a trabajar mientras no se mejoren las condiciones para las obreras! – respondió alguien de la multitud.
- ¡Las condiciones mejorarán cuando la obra esté terminada! ¡Habrá tanto alimento como quieran, podrán comer hasta que les revienten las panzas! – dijo el coronel.
- ¡Promesas, promesas! ¡Estamos cansados de promesas! ¡Tenemos la panza vacía hoy! ¡Sus promesas no nos llenarán la panza! – gritó otra hormiga y la multitud aplaudió aprobatoriamente.
- ¡Son unas traidoras! ¡Traicionan a la reina madre! ¡A quién les ha dado vida! – rugió el sargento.
- ¡Pues la vida que nos dio nos la quita haciéndonos trabajar hasta morir en este absurdo túnel! – gritó otra hormiga.
- ¡Voy a ponerles la situación clara! ¡La reina y el Concejo de hormigas ancianas me han enviado aquí para restablecer el curso de la obra, no para negociar ni escuchar quejas! – dijo el sargento.
- ¡Pues nosotras no volveremos al trabajo mientras no cumplan con nuestras demandas! ¡No hemos pedido nada que no fuese justo ni imposible! ¡Sólo queremos condiciones de trabajo dignas!
- ¿¡Justicia!? ¿Qué saben unas miserables obreras de lo que es justo o no? La justicia pertenece a aquel que tenga la fuerza para poseerla y ustedes, miserables obreras, no tienen fuerza alguna ¡Vuelvan al trabajo en este instante! – gritó el sargento.
- ¡Jamás! ¡Antes morir que seguir trabajando como esclavas!
- Pues eso si se los puedo conceder – dijo el sargento con una sonrisa siniestra.
A una orden del sargento, las hormigas guerreras marcharon. Las hormigas obreras resistieron valientemente, pero las hormigas guerreras eran mucho más grandes e iban mejor armadas. La batalla fue terrible, por todo el lugar se esparcían cuerpos muertos. Algunas hormigas moribundas gritaban de dolor hasta exhalar su último suspiro. Cuerpos mutilados por doquier, llanto y grito se confundían hasta convertirse en un estertor que fue languideciendo a medida que pasaban las horas.
Para cuando la batalla terminó, miles de hormigas obreras habían sido aniquiladas. Las hormigas obreras sobrevivientes depusieron armas y fueron obligadas a volver al trabajo. Las hormigas guerreras se tumbaban a ver a las hormigas obreras trabajar, mientras se burlaban de ellas. La ración de comida era escasa, las hormigas guerreras tenían raciones dobles que comían delante de las obreras para mofarse de ellas.
A los pocos días, se presentó la reina de la colonia en el campamento. Venía acompañada por su sequito real y algunas hormigas ancianas del Concejo. Las hormigas guerreras obligaron a algunas obreras a preparar un atrio para la reina madre. Luego se juntó por la fuerza a todas las obreras.
La reina madre subió con dificultad al atrio. Quedó en silencio por algunos segundos y luego dijo:
- ¡Hijitas mías! He acudido a ustedes en cuanto he podido. Me he enterado que unas agitadoras estuvieron sembrado la discordia entre ustedes, hasta que lograron confundirlas y obligarlas a abandonar nuestra gran obra. Pues ahora les digo que esas agitadoras han sido eliminadas, que aquellas quienes han traicionado a su madre han sido castigadas. ¡Hijas mías! No pueden siquiera imaginar cuán grande es el sufrimiento de una madre, más aún cuando son sus propias hijas quienes le traicionan. No tienen idea de cuánto he sufrido estos días, cuanto he llorado por todas ustedes, pues el corazón de una madre está inflamado de amor por sus hijos y a veces ese amor supone castigo. ¡Les castigo porque les amo! ¡Les castigo para protegerlas de ustedes mismas! El castigo ha sido duro, pero siempre fue guiado por mi amor de madre. Ahora les pido que vuelvan al trabajo, que trabajen con tesón y sin descanso hasta culminar nuestra obra. A culminar aquella obra que nuestras nietas no podrán nombrar sin que la emoción les embargue, pues estarán disfrutando de sus beneficios. Ahora, hijitas mías, les pido que vuelvan al trabajo, no como su reina sino como una madre, les pido hagan orgullosa a su madre.
Las hormigas obreras callaron por un instante, luego comenzaron a susurrar entre sí hasta que el susurro se convirtió en vítores a la reina. La huelga había terminado definitivamente.
Las obras se reanudaron con denodado esfuerzo. Muchas más hormigas murieron, los alimentos seguían escaseando, pero nadie reclamaba. En general, las condiciones habían empeorado. En verdad, la batalla contra las hormigas guerreras había diezmado a las obreras, pero la estocada final fueron las palabras de la reina: había aniquilado el espíritu de resistencia.
Pasaron los meses y por fin un día la obra concluyó. Un haz de luz se coló por una pequeña abertura, habían llegado a la superficie. Las obreras enloquecieron de júbilo, el campamento se lleno de canciones y bailes. Mandaron a un emisario a informar a la reina y a invitarle a la inauguración de la obra, la reina envió un mensaje excusándose por no poder asistir a los festejos, en su lugar acudió una representante del Concejo de hormigas ancianas. La hormiga anciana era muy malhumorada y poco dada a las fiestas, inauguró el túnel y casi de inmediato retornó a la colonia, odiaba tener que relacionarse con hormigas obreras pese a que en su juventud había sido una de ellas.
Al día siguiente, se hizo la última excavación para salir hasta la superficie. Salieron las primeras hormigas para ver el paraíso prometido: la cocina donde el alimento estaba esparcido hasta por los suelos.
La estupefacción se apoderó de la multitud. En el lugar donde alguna vez estuvo la cocina sólo quedaban ruinas. La multitud fue rodeada por las hormigas guerreras.
- ¡Ea! ¡De vuelta a la colonia! ¡Su majestad ha ordenado que mañana comenzará la construcción de un túnel hacia el lado sur, por debajo de la cerca!
Las hormigas obreras se metieron al túnel en silencio sin romper la formación. Un sentimiento de frustración se apoderó de la multitud. Caminaron en silencio durante días, por aquel túnel donde sus compañeras habían perecido. Cuando llegaron al lugar donde se había librado la batalla, creyeron escuchar los gritos de los hormigas caídas. Caminaron noche y día por aquel túnel que tantas vidas había consumido y que ahora era inútil.
Al día siguiente retornaron al trabajo.

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