jueves, 8 de enero de 2009

MUNDOS EN COLISIÓN

La cálida luz del amanecer inundó la habitación, el despertador anunciaba insistentemente el inicio de la nueva jornada.
Sebastián estiró el brazo tratando, vanamente, de encontrar el despertador sobre la mesita de noche. Los ojos, aún cerrados, se negaban a recibir el resplandor matutino. Estuvo como diez minutos dormitando hasta que al fin decidió levantarse. Se sentó al borde de la cama, estirando los brazos y piernas para desperezarse, giró levemente la cabeza hacia atrás y miró a su esposa.
- Isa, es hora de levantarse.
Recibió un rezongo como única respuesta, lo cual hizo que se inclinará y dijera a su oído:
- Es hora de levantarse, flojita.
Isabel, entreabrió los ojos y dijo:
- Sólo cinco minutos más – y volvió a entornar los párpados.
Sebastián comenzó a besarle suavemente el cuello, los rezongos de Isabel iban ascendiendo en intensidad, hasta hacerse gemidos de placer. Se tendió nuevamente en la cama junto a ella y le hizo el amor.
Sebastián silbaba una vieja canción mientras se duchaba, pensaba en que tendría que arreglar el tejado, la época de lluvias había llegado y varias goteras habían aparecido por toda la casa.
Mientras se afeitaba, se dio cuenta de que le había aparecido las primeras canas en las sienes.
Tendré que teñirlas – se dijo a si mismo- No, mejor no. Es mejor envejecer con dignidad y con canas, al fin y al cabo cuarenta y dos años no pasan en vano.
Isabel tenía la mesa con el desayuno servido, Sebastián se sentó y tomó el diario mientras sorbía su tasa de café. Al cabo de unos minutos, aparecieron los dos pequeñuelos con gran estrépito, discutiendo incansablemente y con gran bullicio.
- A ver, a ver ¿Qué es lo que sucede? ¿Por qué pelean desde tan temprano en la mañana? – dijo Sebastián con voz severa pero no sin cierta ternura.
Los niños quedaron mudos por uno segundos, Daniela, la hija menor, al final rompió el silencio:
- Es que ayer dibuje a la familia y Mauricio quiere romper el dibujo.
- ¡No es cierto! ¡No es cierto! ¡Yo sólo quería ver el dibujo, pero Daniela no quiere enseñármelo!
- A ver, muéstrame el dibujo – dijo Sebastián enternecido.

Daniela estiró la mano y entregó el dibujo a Sebastián, mientras lo hacía hizo una morisqueta a Mauricio, causando su enojo.
- ¡Calma, calma!– dijo Sebastián, mientras recibía el dibujo de manos de Daniela y esquivaba la manita de Mauricio que intentaba quitársela.
- ¡Harán enfadar a papá y no les traerá más caramelos ni les llevará el domingo a pasear al parque! - advirtió Isabel con cierta indiferencia, mientras terminaba de servir el desayuno para los niños.
Aquella advertencia fue esencial para que los niños, como por arte de magia, se quedaran completamente en silencio y se sentarán en la mesa.
Sebastián observó el dibujo de Daniela con ternura. En el papel estaban garabateados unos monigotes con colores pasteles, parados frente a lo que parecía ser una casa con un jardín lleno de flores, con un árbol en el centro y coronado por un sol sonriente.
- Vamos a ver ¿Cuál se supone que soy yo? – preguntó Sebastián totalmente conmovido.
Daniela, sacando la lengua a Mauricio en actitud triunfante, se sentó en el regazo de Sebastián y comenzó a explicarle su obra.
- Este con uniforme verde, corbata y lentes eres tú, papito – dijo Daniela.
- ¿Por qué tengo la cabeza más grande? – inquirió Sebastián divertido.
- Es que mamá siempre nos dice que tú eres la cabeza de la familia, además eres el papá más inteligente, los papás de las otros chicos son unos bobos – explicó Daniela con una seriedad que hizo sonreír a Sebastián.

- Está de vestido rojo, tacones y bolso es mamá – continuó Daniela.
- ¿Qué es lo que sostiene en la otra mano? – preguntó Sebastián.
- Es la cacerola para preparar la comida – contestó Daniela frunciendo el entrecejo al ver que su dibujo no era comprendido.
Sebastián rió con ganas y besó la diminuta nariz de Daniela.
Esta del vestido naranja soy yo – prosiguió Daniela – con un regalo para ti y mamá.
- ¿Y qué regalos nos darás? – preguntó Sebastián.
- A mamá un perfume, para que vaya a las fiestas y para ti un cinturón, para que no se te note la barriga – contestó Daniela con seriedad.
Sebastián e Isabel soltaron una carcajada al unísono.
- ¿Ya ves? Hasta tu hija piensas que estás engordando – dijo Isabel mientras se sentaba junto a Sebastián.
- Gordito, pero aún así irresistible ¿No? – alegó Sebastián, mientras besaba los labios de Isabel, provocando gestos de repugnancia en los niños.
Este de acá – continuó Daniela - es Mauricio y tiene toda la ropa sucia por estar jugando con sus amigos.
- ¡Tú eres la única que tiene la ropa sucia! – rugió Mauricio, manoteando hasta golpear a Daniela, quien comenzó a llorar.
- ¡Mauricio! ¿Qué te he dicho de pelear con tu hermana? – dijo Sebastián con severidad y tono grave. ¿Cuántas veces te he dicho que debes proteger a tu hermanita?
- ¿Por qué tengo que defenderla yo? – preguntó Mauricio con lágrimas en los ojos y la voz entrecortada.
- ¡Por qué tú eres su hermano mayor y el hombre de la casa después de mí! ¡Algún día tú tendrás que tomar mi lugar y proteger a tu mamá y a tu hermana! – dijo Sebastián con firmeza, pero con un tono comprensivo.
Mauricio cruzó los brazos enfadado, Daniela enjugó sus lágrimas contra el pecho de Sebastián y al ver la reprimenda hacia Mauricio se regocijó e inmediatamente dejó de llorar.
- A ver, Danielita, sigue explicándole tu dibujo a papá – dijo Isabel conciliadora.
- Este de aquí con las alas, es mi perrito Pancho que nos sigue cuidando desde el cielo, como dice mamá.
Sebastián, ya sin enfado alguno, besó la frente de Daniela y apretó cariñosamente el hombro de Mauricio.
- Si, hijita. Pancho nos sigue cuidando a ti, a Mauricio, a mamá y a mí – dijo Sebastián.
Luego del desayuno, Sebastián tomó su chaqueta y accidentalmente derramó su paquete de cigarrillos. Daniela que estaba cerca, miró con enfado el paquete y luego a su padre.
- Mamá dijo que no debes fumar, que eso te hace daño – dijo Daniela con amargura.
Sebastián le susurró al oído:
- Mejor no hacer enfadar a mamá. Que este sea un secreto entre los dos ¿si?
Pero era muy tarde, Isabel había presenciado todo y miraba a Sebastián con cierto disgusto. Él se acercó, la tomó por la cintura y prometió que dejaría de fumar, mientras le daba un beso.
- ¡Prométemelo! ¡Vamos promételo! – dijo Isabel mientras evitaba los besos de Sebastián para mirarle en los ojos. Sebastián prometió nuevamente e Isabel con cierta resignación autocomplaciente, aceptó el beso de su esposo. Los niños espiaban a sus padres desde la cocina.
- Hoy voy a prepararte tu plato favorito: cordero al horno – anunció Isabel mientras Sebastián se aproximaba a la puerta.
Sebastián se despidió de los niños e Isabel y se fue hacia el garaje para sacar el coche. Ya en la carretera encendió un cigarrillo y sus pensamientos devaneaban entre arreglar el tejado, comprarle un nuevo cachorro a Daniela y llevar consigo a Mauricio a pescar el fin de semana con los amigos, al fin y al cabo, estaba a punto de cumplir los ocho años, era ya todo un hombrecito.
Al cabo de veinte minutos, Sebastián llegó a las oficinas de la Dirección de Seguridad Interna. Estacionó el coche en el lugar de siempre y se quitó la chaqueta al entrar. El soldado que custodiaba la entrada se le cuadró mientras Sebastián respondía el saludo llevándose la palma de la mano a la frente. Caminó por uno de los corredores y casi al instante apareció otro soldado con un portafolio en mano que entregó a Sebastián apenas le vio.
Sebastián observó los documentos y la foto mientras mascullaba distraídamente:
- Laura Ramírez…dieciocho años…estudiante de derecho…militante del Partido Comunista desde hace un año…Inteligencia informa que es muy cercana a los dos principales líderes…vive con su madre y abuela…padre fallecido en la revuelta comunista del 66…
- La “roja” no ha querido “cantar” nada aún, mi teniente – dijo el soldado mientras trataba de seguir el apresurado paso de Sebastián.
- ¿No ha dicho nada? ¿Le dijeron que su madre corre peligro si no habla? – preguntó Sebastián.
- Nada, ya se le amenazó con la madre y los amigos, pero aún así se resiste a hablar ¡Estos “rojos” son unos testarudos, mi teniente! – contestó el soldado agitado.
- Ummm…déjemela a mí, soldado. Ya veremos si habla o no – contestó Sebastián.
La herrumbrada puerta del galpón se abrió con gran estrépito, la oscuridad reinaba en el lugar, los pasos de Sebastián y del soldado resonaban hasta perderse en el amplio espacio. Sebastián buscó el interruptor del foco que iluminó tenuemente el lugar.
Sentada en una silla con el cuerpo atado y una venda en los ojos, yacía una mujer con la cabeza gacha. Sebastián le susurró al oído con displicencia:
- Me han dicho que no ha querido cooperar ¿Es cierto eso?
- Nun…nunca…les diré nada – dijo la muchacha con un hilo de voz.
- Malo, malo, malo… ¿Así que nos ha tocado una niña maleducada? Soldado, déjenos a solas un momento – ordenó Sebastián, mientras remangaba los puños del uniforme.
Sebastián se aproximó a la pequeña mesa metálica ubicada a dos metros de la prisionera. Eligió su herramienta de tortura preferida: las pinzas. Los gritos de la muchacha fueron aterradores.
Al cabo de una hora, Sebastián se encontraba recostado contra la pared afuera del galpón, sostenía un cigarrillo entre los labios mientras limpiaba la sangre de sus manos con un viejo trapo. No veía la hora de llegar a casa para saborear el cordero al horno de Isabel.