lunes, 17 de agosto de 2009

EL DÍA QUE ROBAMOS LA POESÍA


I

Como de costumbre, la reunión de la hermandad de la Rueda Triste comenzó con nuestro ritual tradicional. Más tarde, al concluir la ceremonia, nos relajamos y la charla se hizo menos solemne, más pueril. Un pequeño grupo salió al corredor a discutir sobre Stendhal; otros en cambio, preferimos quedarnos sentados en el pequeño salón a escuchar la Música para los reales fuegos artificiales de Haendel.

Al cabo de una hora, pasamos al salón, era la hora de la poesía. Mallarmé, Baudelaire y Verlaine; Bécquer, Lorca y Vallejo, poesía en medio de nuestro viaje químico. Las palabras eran carne y se fundían voluptuosas, para luego ascender en columnas iridiscentes que remataban en cabezas de monstruosos pero amigables seres que huían hacia nuestros vientres, abriéndose paso por las gargantas jadeantes. Cada poema, cada palabra, nos significaba una nueva visión, la acentuación de nuestro desenfreno narcótico.

Aquel periplo tóxico habría continuado por su acostumbrado derrotero, si no fuese porqué uno de nuestros hermanos había decidido gastarnos una broma. En la pila de libros de nuestros insignes bardos colocó a un oscuro e infame ser que se atrevía a decirse poeta. Este bufón, juntaba un puñado de palabras que presentaba como poemas, llevado seguramente por la pasión lúbrica que le despertó alguna pueblerina de medio pelo, cuya apostura residía, seguramente, únicamente en la ofuscada imaginación del infame que habría optado por dedicar aquellos groseros sonetos de amor, como muestra de su grotesca pasión.

Así, aquella inmunda verborrea nos arrebato de la ensoñación, mientras nuestro hermano, el pesado bromista, se desternillaba de risa a costa nuestra. Yo estaba particularmente molesto y la mirada socarrona de nuestro hermano me exaltaba aún más, por suerte poseo un espíritu templado que impidió que le diese un par de bofetadas.

Pasado ya el mal rato, todos los hermanos nos pusimos a charlar sobre lo ocurrido. Nos dimos cuenta que se había vuelto muy común que cualquier escritorzuelo afile su podredumbre lírica para presentarla como poesía: sintiéndose, por si fuese poco, transportado instantáneamente al olimpo de los grandes poetas, con quienes, (según su un chabacano razonamientos) se sentiría equiparado por el sólo hecho de haber publicado su escatología.

Nuestra reunión concluyó, pero nos pusimos una tarea: recolectar la mayor cantidad de excrecencia de aquellos poetastros para continuar el debate y, de ser posible, buscar una solución para aquella circunstancia tan desfavorable.

Debo confesar que me fue imposible leer por completo a alguno de aquellos protervos autores. Me los imaginaba como unos grotescos seres bípedos cuya boca ocupaba el espacio que correspondía a la cabeza y el dorso. Labios tumefactos y oscuros, muelas carcomidas emanando fétidos humores, siniestra arca que se abre en medio de un chillido herrumbroso para dar paso a miles de demonios, quienes al tocar la úvula se ven trastocados en palabras, para luego salir chillando hasta fundirse en prosa siniestra. Aquellos seres – boca, sin cerebro ni corazón, tendrían como único objetivo de su existencia suplir plétora por atributo, mutilación por estética, al palurdo por el esteta. No podíamos permitirlo, de ninguna manera.

A finales de septiembre la hermandad se reunió. Todos los hermanos presentaron sus hallazgos y los resultados eran irrebatibles: la poesía había sido secuestrada y vejada. A partir de ese momento, se decidió que la Hermandad de la Rueda Triste debía tomar cartas en el asunto.

A discusión fue acalorada, las soluciones, desde las más simples hasta las más descabelladas, no eran viables. Me sumí en la desesperación y comencé a fraguar alguna solución, finalmente todo estaba claro: teníamos que recurrir a los conocimientos arcanos de la Hermandad.

II

El primer volumen del Tratado sobre la naturaleza, sus formas y sus seres elementales del maestro Elías Soler, patriarca de la Hermandad de la Rueda Triste del siglo XVII, relataba la historia de un antiguo brujo que había logrado retener al genio de la elocuencia con un conjuro.

El hechicero, con la ayuda del genio prisionero, compuso las más sublimes églogas que hicieron de este personaje el más solicitado por lo monarcas de todos los reinos de la tierra. El brujo no acostumbraba escribir sus composiciones, sino guardárselas en la memoria, por ello ni siquiera el hachazo que segó su vida, logró que estas composiciones abandonen su cabeza, para mayor frustración del emperador que había ordenado la ejecución.

Al morir el brujo, el genio de la elocuencia fue libre y juró que nunca más sería prisionero de ningún mortal. Se elevó a gran velocidad hasta tocar los cielos y una vez ahí explotó en miles de fragmentos, alojándose estos, en mayor o menor cantidad, en todos los seres humanos.

Sin embargo, ese no fue el fin del genio. Maestro de la metempsicosis, el genio engendró a una doncella etérea, que desapareció sin dejar rastro en la tierra, pero que se dice que aparece cada vez que alguien va a escribir un poema, susurrándole al oído ideas para volcarlo en palabras. Puede suceder que esta musa, caprichosa desde su nacimiento, encuentre simpatía con aquel a quien inspira, pasando más tiempo con éste e incluso tomando su mano para escribir sus ideas en el papel. Al contrario, cuando alguien le repugna, suele inspirar las más ridículas odas, lo cual demuestra su arrogancia y confirma que se resiste a ser poseída por sólo una persona.

El Tratado de Soler, indicaba como se hizo el conjuro para atrapar al genio, pero advertía sobre la inutilidad del mismo con la musa. Él mismo, según señalaba, lo había intentado en varias ocasiones infructuosamente, obsesión que le haría llevado a la tumba, aunque esto último lo sabíamos por un volumen de Los libros del errante invisible del Dr. Anastasio Kondra.

Estuvimos buscando en la biblioteca de la hermandad todo lo que podía ayudarnos a aprisionar a esta musa. Al cabo de unos tres meses, teníamos la respuesta.

III

Como podrán suponer, no voy a darles todos los detalles del ritual ni las herramientas necesarias para la invocación. Baste decir que conseguimos todos los elementos (aún los más raros) y fuimos colocándolos en el octograma que dibujamos en el sótano de la Hermandad.

Nuestro gran líder estuvo invocando a la musa por horas, pero todo era en vano, no sucedía nada. Más tarde alguien hizo notar que una palabra de la invocación estaba siendo mal pronunciada y que la sangre de un cuenco se había endurecido. Tuvimos que revisar los libros en búsqueda de la palabra correcta y hacer un nuevo sacrificio para obtener sangre fresca.

Nuevamente el líder comenzó con el rito y esta vez si hubo resultados. Un fuerte hedor se apoderó de toda la habitación, tan insoportable que tuvimos que cubrirnos la nariz con pañuelos. Al poco rato, las velas se habían convertido en columnas de fuego que lamían el techo, temimos que toda la casa de la hermandad se incendiase, pero por suerte no ocurrió ninguna desgracia.

De pronto, la musa salió disparada del cuenco de sangre, montaba sobre un ser mitad humano mitad cerdo, a quien castigaba terriblemente con un látigo que tenía en la mano izquierda. En la mano derecha sujetaba un par de ojos que emanaban una cegadora luz que iluminaba por completo la habitación, encegueciéndonos a todos. El chillido de su voz nos desorientó por completo, arrojándonos al suelo con las palmas de la mano cubriendo los oídos.

El único a salvo de todo era nuestro maestro, que continuaba de pie en el octograma, intentando retener a la musa. Invocó casi a gritos para lograr la obediencia de aquel demonio que reptaba por las paredes y que ahora nos daba de latigazos a todos. Conforme el maestro avanzaba en el conjuro, más débil se hacia la musa, lo cual nos permitió incorporarnos y ponernos a buen recaudo.

Finalmente el conjuro estaba terminado y la musa se detuvo en seco, como si estuviese paralizada. No era del todo fea, tenía ciertos rasgos humanos, aunque mezclados con los de una bestia. Las formas del cuerpo se asemejaban al de una mujer, la tersura de la piel también, aunque claramente era la de un ofidio. Por la comisura de sus labios se escapaban afilados colmillos y cuando abrió la boca notamos que no tenía la cavidad de la laringe. Pese a que la musa era un ser monstruoso, todos en la habitación empezamos a sentir una atracción lasciva hacia ella, que nos volvió irracionales por unos momentos hasta el punto de ponernos a pelear por tener el derecho de yacer con ella.

El maestro seguía parado tranquilamente recitando un nuevo conjuro en voz baja, cerró el libro sagrado y se aproximó a la monstruosa beldad. Tomó una aguja que estaba clavada en uno de los cuerpos entregados al sacrificio. Cogió a la musa del pelo y, en un movimiento fugaz y preciso, la metió dentro del ojo de la aguja. La musa salió de su embeleso y lucho para escapar, pero el maestro rompió la aguja en dos y el terrible ser quedó a su merced. Lo habíamos hecho, habíamos atrapado a la poesía.

IV

Los meses siguientes fueron de relativa tranquilidad y placer. Notamos como los anaqueles de las librerías cedían paso a poetas clásicos; los poetastros, en cambio, habían desaparecido. Lo estábamos logrando, realmente lo estábamos haciendo.

En las reuniones de la Hermandad leímos más poesía que nunca, sentíamos tranquilidad al saber que ya ahora ningún necio, autodenominado poeta, estaría escupiendo su fútil verborrea. Ahora todos tendrían que leer a los poetas clásicos, pero sin la pretensión de lograr lo mismo que ellos.

No más estúpidos poemas de amor, no más añoranzas anticuadas al terruño de antaño, no más groseros mensajes a la dama de la muerte, no más pusilánimes palabras a la melancolía, no más palabras derrochadas, no más poetastros no más poesía.

La musa dentro del ojo de la aguja, fue guardada en una de las bóvedas de la hermandad. Se agitaba constantemente, intentando huir. Maldecía un momento y al otro rompía en llanto; las lágrimas, por supuesto, eran fingidas, sólo buscaba nuestra compasión para poder liberarla. Nadie le hizo caso y con el paso de los días llegamos a olvidarnos por completo de ella.

El mundo era más perfecto ahora, sin tanto necio que intentase convertirse en bardo. La Hermandad de la Rueda Triste lo había logrado, había creado un mundo más perfecto.

V

Si bien el conjuro que aprisionó a poesía fue eficaz, el maestro temía que se deshiciera. Por eso se designó a cada cofrade un día para cuidar la aguja rota.

Era una tarea bastante agobiante, los gritos de la musa no eran audibles pero no por ello dejabas de escucharlos dentro de tu cabeza. A veces sus palabras eran dulces y sensuales; otras, profería maldiciones y soeces irreproducibles. Sin embargo, a medida que fueron pasando los meses, fue comunicándose cada vez menos hasta que entró en un mutismo absoluto.

Mientras tanto, la hermandad celebraba su última hazaña. El rebaño estaba desorientado, acudía a los viejos poetas para hallar una expresión a sus sentimientos y sus epístolas se habían vuelto mesuradas. Nada de falsa poesía, no podían hacerla, ya no.

En cada reunión nos sentábamos a informar los hechos o anécdotas que observábamos en nuestras falsas vidas. Nos divertían en especial las historias de algún impúber que ya no era capaz de crear una torpe metáfora para dedicársela a su novia, o la desesperación de algún melancólico viajero al no poder escribir nada más que una descripción exacta de su terruño abandonado.

La poesía era ahora de la hermandad, ya no estaba diseminada con el rebaño. Era nuestra y no pensábamos compartirla.

La desorientación del rebaño fue motivo de debate dentro de la hermandad. A largo plazo lo veíamos peligroso, capaz de hacer estallar una revolución sin un fin ulterior, porqué ni siquiera sabrían lo que estaban buscando.

Decidimos que lo mejor era poner un final permanente a todo ello. Debíamos despojar al rebaño de la posibilidad de crear, de soñar. Sólo así podríamos tenerlos sumisos y serían arcilla fresca en manos de la hermandad para poder modelarla, sin imperfección alguna. Era un plan muy ambicioso y más peligroso aún, pero decidimos hacerlo.

VI

Vigila al hermano E…, actúa muy raro, quizás va a traicionarnos- me dijo el maestro, aquella tarde.

Yo no notaba nada diferente en el comportamiento de E… siempre había sido algo lerdo e inoportuno. Sin embargo, hice caso al maestro y traté de observarlo, aún fuera de la hermandad, cuando asumíamos nuestras vidas falsas.

E… daba cátedra en la Universidad, casado, dos hijos y una pequeña casa en las afueras de la ciudad. Al parecer el hermano E…había optado por asumir una vida falsa bastante predecible y anodina. Tenía una rutina diaria entre la universidad y su hogar, que vario muy poco en las primeras dos semanas que estuve observando, pero hubo algunos días que no pude vigilarlo porque yo también me veía obligad a asumir mi vida falsa.

Una noche le seguí hasta un café en el centro, me senté en una mesa alejada a la suya, pero que me permitía estar oculto pero al mismo tiempo poder observarlo. E… se sentó y pidió algo para tomar, sacó un bloc de papel del portafolio y un lápiz, pero no escribió nada. Extrañado, decidí acercarme hacia él para saludarlo, al reconocerme se puso nervioso y cubrió con rapidez el bloc.

Me senté en su mesa y me puse a conversar con él, se puso aún más nervioso cuando le pregunté sobre lo que escribía. Al rato, me despedí y simule marcharme, aunque sólo cruce la calle para poder seguir observándolo.

A los pocos minutos llegó una muchacha, se sentó junto a él. Tendría apenas unos 20 años, era muy atractiva y por su forma de vestir y comportarse concluí que era una alumna de E… y que tenía un romance con él.

Abandonaron la mesa y se subieron al coche, corrí al mío y les seguí con cautela. Fueron hacia la zona de los departamentos estudiantiles, ambos entraron a uno de los departamentos de uno de los edificios. No me quedaba duda alguna, eran amantes.

Protegido por las sombras nocturnales, me aproximé hacía el vehiculo de E…, miré por la ventanilla y vi un pequeño bulto en el interior. Era el portafolio

Esperé alrededor de un par de horas a que E… saliera, en el momento en que se subía al coche y disponía a marcharse, me acerque hacia él.

¡Buenas noches! – dije con vehemencia, notando como E… palidecía al escucharme. Me respondió con la voz temblorosa, lo cual me hizo pensar que estaba aterrado y que esa era mi oportunidad.

Seguí hablando muy elocuentemente y antes de que el mismo pudiese darse cuenta estaba a su lado en el vehiculo. Hable de muchas cosas, E… sólo callaba y como única respuesta asentía levemente con la cabeza. Cuando le hable de la chica se puso lívido y totalmente desconcertado sólo atino a decirme que sólo era una aventura de su vida falsa y que eso no afectaría su devoción con la Hermandad.

Pedí que me dejase en el centro, tan asustado estaba con mi presencia que ni siquiera se dio por enterado que me quede con su portafolio. Lo abrí inmediatamente y busque el bloc de papel en su interior. Leí detenidamente una y otra vez, el maldito E… estuvo escribiendo poesía.


VII

E… desapareció tras nuestro encuentro, la Hermandad lo buscaba para deshacerse de él. Nuestros planes corrían peligro, por lo cual era apremiante hacer el ritual para capturar la creatividad.

Esperamos al plenilunio, teníamos todo listo para el ritual, los cánticos sagrados comenzaron cuando de escucharon gritos de fuera.

Algunos hermanos salimos a ver que estaba ocurriendo, al llegar al salón vimos varios vidrios rotos y junto a los fragmentos piedras que habían sido lanzadas desde el exterior. Abrimos la puerta y vaya disgusto que nos llevamos.

Frente a una horda del rebaño estaba E… reclamando que se suelte a la poesía. La ira al ver al traidor me inyectó los ojos de sangre y corrí hacia él con la intención de destrozarlo, pero una lluvia de piedras y golpes me hizo desistir, hasta tumbarme en el suelo. Fui apartado por algunos hermanos de la jauría humana, todo el cuerpo me dolía pero estaba con vida.

El maestro salió para encarar a E…, éste se puso bastante nervioso al ver la altivez del maestro y su mirada fría reprochándole su traición. Por un momento E…dubitó, pero los gritos exacerbados del rebaño volvieron a animarle insuflándole un nuevo y renovado valor.

Exigió nuevamente que se entregue a la poesía. El maestro se negó rotundamente y pidió a la gente que se retirase en silencio a sus moradas. Los abucheos y gritos crecían. E… gritó a voz en cuello su demanda, el maestro respondió negativamente con la cabeza.

La jauría humana se lanzó contra el maestro, luego contra la cofradía. Finalmente, comenzaron a destruir y quemar todo el lugar. Yo – por mis heridas- y algunos de los hermanos habíamos abandonado el lugar, llevándonos algunos de los antiguos volúmenes arcanos. A lo lejos vimos como incendiaban todo, las llamas parecían acariciar el cielo, llevándose en su danza macabra milenarios conocimientos convertidos en cenizas. Las lágrimas de rencor precedieron a las de tristeza.

Huimos por la colina que estaba cerca de nuestro templo, algunos se escondieron en estrechas madrigueras que encontramos al caminar, otros decidimos continuar huyendo hasta ponernos a mejor recaudo en alguna de nuestras propiedades, aunque temíamos que E… sabría donde encontrarnos. Quedamos sólo cuatro, al llegar a la punta de colina, contemplamos el incendio.

De las piras emergió una figura familiar que levantó en gesto triunfante el pequeño cofre con la aguja, era E…Lanzó con violencia el pequeño cofre en repetidas ocasiones hasta astillarlo, luego tomó la aguja rota y unió ambos pedazos.

La musa salió chillando, su apariencia era lívida y sus facciones eran ahora cadavéricas. Sus órbitas expelían fuego y sus gritos iracundos eran aterradores. Tuvimos que taparnos los oídos, a E… le explotaron los tímpanos. La musa se aproximó hacia E…quién cayó de rodillas horrorizado.

Con la mano donde sujetaba un par de ojos, tapó la boca de E… y estuvo en esa posición por unos segundos. Al retirar su mano, E… quedó sin boca alguna, aquel orificio donde antes existía una boca se había sellado, como si nunca hubiese existido.

El brazo de la musa que sostenía el látigo giró sobre su cabeza y fustigó a E…La mus reía con aquella risa infrahumana, mientras E… se retorcía por el dolor, sin poder gritar siquiera. Al rato, la musa llamó a su montura, el cerdo apareció gruñendo jalando una carroza hecha con huesos humanos. A continuación, la musa ató a E… juntó al cerdo, levantó nuevamente el látigo y repartió latigazos y arengas a sus cabalgaduras. Los tres desaparecieron disueltos en la noche.

Nos quedamos contemplando unos minutos más. Ahora estaban saqueando lo último que quedaba de nuestro templo, antes de que éste se desplomase. Los cuatro hermanos teníamos lágrimas en los ojos, pero era preciso desaparecer de ahí. Continuamos caminado sin rumbo definido.

Este es un pequeño y apacible pueblo que vive a las faldas de una montaña. Los habitantes son unas cuantas familias que por muchas generaciones vivieron en el lugar, todos se conocen desde siempre. Se conocen y saben que esperar de ellos mismos, porqué es un pueblo tan pequeño – y perdido en la falda de una de tantas montañas – que si vivieses ahí no podrías imaginar que hay más allá, pues para todos los habitantes el mundo se reduce a aquel pueblo y aquellas personas.

En un pueblo tan pequeño es difícil soñar, menos aún crear. No lo necesitan, menos aún tú. Sólo puedes esperar lo cotidiano, lo esperado, lo que te toca por tradición, porque “así lo hizo tu padre y así debes hacerlo tú”.

Es por ello que este pequeño pueblo es tan particularmente aburrido y te aseguro que, si tu vivieses en él, el máximo gozo que tendrías sería observar las estrellas por las noches, eso sí, teniendo mucho cuidado en que nadie te vea pues te ganarías fácilmente un coscorrón y una reprimenda por “estar perdiendo el tiempo”. La vida pasa así apacible, cada día tras de otro, si nada nuevo, pues todo azar ha sido erradicado de tu mente.

Sin embargo, cierto noche cuando saliste a observar a escondidas el cielo – pues te propusiste pintarlo, aunque has escondido cuidadosamente de tus padres el pedazo de carbón y el papel con que vas a hacerlo- escuchas una risa terrible que se va haciendo cada vez más poderosa.

Todo el pueblo ha escuchado el estrépito pero no saben que es ni de donde proviene, algunos ya están de rodillas santiguándose y rezando a su dios para que los proteja. Los miras con asco y sigues atento a lo que pueda ocurrir.

El bosque parece en llamas, el circulo de orantes se ha extendido más y te das cuenta que eres el único de pie. El resto de la gente ora con desesperación, pero su dios los observa desde lo alto y aburrido ya de tantos rezos, se gira y continúa durmiendo.

El tiempo va disminuyendo su marcha hasta detenerse por completo. Ni una brizna se mueve en todo el lugar. Las hojas se quedan paralizadas en el aire sin llegar al suelo. Entonces los ves.

Un carruaje hecho con huesos es tirado por un par de monstruosos seres. Uno de ellos tiene la apariencia de un cerdo, pero en lugar de pezuñas tiene brazos y piernas humanos y parte de su torso también, sus ojos conservan una débil luz de inteligencia pasada.

El otro ser es menos raro, pero no por eso menos monstruoso. No tiene boca y de sus ojos emana pus en lugar de lágrimas. Tiene un raro tatuaje en su pecho, una rueda dentro de un cáliz coronado por rosas o algo así, el cáliz tiene inscrito una señal, las has visto alguna vez en la escuela, es una cruz egipcia, o al menos eso crees.

El carruaje se detiene cerca de ti. Una dama preciosa se apea y se acerca hacia ti, el liviano velo que envuelve su cuerpo te deja ver todas sus femeniles formas. Parece una mujer, pero tiene la piel de serpiente. Estás paralizado ante esa visión, enamorado y a la vez aterrado.

Aquella extraña hembra se acerca hacía ti, restriega lascivamente su sexo y sus senos contra tu cuerpo y luego te besa. Sientes sus labios helados, como si besarás un pedazo de hielo, la sensación te agrada y terminas cerrando los ojos inundado por el placer repentino. Buscas desesperadamente su lengua pero ella te encuentra primero, se acarician desesperadamente y se envuelven en una danza macabra y lasciva; finalmente la suya te envuelve, porque es la lengua de un reptil y se abre paso por tu garganta hasta apoderarse de tu estómago y luego del resto de tu cuerpo, que se retuerce en violentos espasmos, preso de la inmensa delectación que te produce la cópula. Llega el éxtasis y tu mundo se derrumba, primero desordenadamente y luego en una perfecta progresión; mundo cuadriculado que cae cuadro a cuadro hasta no quedar más que vestigios.

Caes, pero tu monstruosa amante te sujeta en sus lívidos brazos. Te susurra al oído que te ha dejado en cinta, que ahora llevas un pedazo de su ser al cual deberás hacer crecer. Te ha dado parte de sí, te ha regalado el don de la elocuencia.

Nuevamente en el carruaje, tu amante gira la fusta sobre su cabeza, flagela a sus cabalgaduras y parte raudamente dejando una estela plateada tras de sí. El horizonte parece abrirse a su paso hasta engullirla. El pueblo queda rodeado de un extraño fulgor que lo impregna todo y que no puedes quitarte por más fuerte que restriegues.

Al despertar estás rodeado por la gente que te mira con estupor, muchos vieron tu macabro apareamiento. Asustado, necesitas llorar, necesitas un abrazo, pero todos te rehuyen. Pero el miedo se dispersa y cede paso a la ira, alguien grita que copulaste con el demonio y que estas maldito. Te zarandean, te escupen y luego quieren lapidarte; huyes y la turba te persigue con teas encendidas, llamándote maldito.

Logras perder a la turba, las sienes te palpitan, el corazón quiere salirse por tu garganta, pero al menos estás a salvo. Amanece y decides avanzar sin mirar atrás, mudas de piel como las serpientes y decides jamás volver a aquel lugar.

Pasan los años, el pueblo al pie de las montañas agoniza. La gente va abandonado el lugar, piensan que está maldito, uno de sus hijos cohabitó con el demonio y el lugar ha sido maldecido. Parten sin rumbo a continuar sus estériles vida, sin dejar huella alguna. Nadie les recuerda, a nadie les importa. El último habitante cierra tras de sí el portón de su hogar, pensaba ir hacia el este pero escuchó hablar de ti – ahora convertido en un influyente literato – y piensa que jamás iría a un lugar donde rindiesen pleitesía a un pecador. Se santigua tres veces y reza a su dios, éste interrumpido en su descanso desata una tormenta que cala hasta los huesos al último habitante. El dios detesta a sus gazmoños fieles que le importunan con sus plegarias vacuas.

VIII

Cinco años pasaron desde la destrucción del templo de la Hermandad de la Rueda Triste. Al principio costó reunirnos, pero lo logramos, seguimos adelante.

Muchos de nosotros tuvimos que abandonar nuestras anteriores vidas falsas para asumir otras. Yo ahora soy un influyente crítico literario – mi éxito e influencia se debe a los mecanismos que activó la Hermandad – y continuamente destrozo las aspiraciones de las mocedades de algún poetastro. Es muy sencillo en verdad, una palabra mía y adiós sueños de algún mocoso infeliz con pretensiones de poeta. Claro está que hay algunos que tienen una chispa divina, como si la musa en su evasión se hubiese encargado de repartir sus dones entre ellos. El último que tengo sobre el escritorio es particularmente bueno, destinado a convertirse en un clásico, casi tengo certeza de ello.

Muchos de nuestros escritos arcanos fueron escamoteados por las turbas, así que hacemos todo lo posible por recuperarlos, a veces incluso tenemos que ponernos violentos.

Otros conocimientos sencillamente fueron devorados por las llamas. Siglos y siglos de conocimiento acumulado extraviados en minutos. Pero la Hermandad no ha muerto, está más viva que nunca.

Al ser uno de los sobrevivientes con más grados he sido propuesto para ser maestro, en la siguiente reunión se decidirá quién es el elegido. Tengo muchas ilusiones con el cargo, he estado planeándolo todo, llevar a la Hermandad hasta cotas jamás soñadas por nadie. Es sólo cuestión de tiempo, la Hermandad será grandiosa de nuevo y nos impondremos al ganado. Es inevitable, la Hermandad de la Rueda Triste asumirá su papel, así está escrito.

Termino de leer el borrador. Al margen de la última hoja he anotado como sugerencia que se publique inmediatamente al novel autor. Realmente tiene algo extraordinario, tiene un don.