sábado, 17 de octubre de 2009

Parábola del llanto

I
Este es un pequeño pueblo ubicado al final de alguno de tantos derroteros. Sus fundadores emplazaron el pueblo al pie de una pequeña colina, escapando del frenesí y la vacuidad de las grandes ciudades. Este lugar ni siquiera figura en los mapas, sin embargo, sus habitantes están felices por ello, pues nada puede ofrecerles ya el estrepitoso ritmo citadino ni sus eventuales visitantes.
Nadie supo el porqué ni el cuándo, pero sus habitantes empezaron a desarrollar al extremo sus sentidos, excepto el de la vista. Con el tiempo, las cuencas de los ojos se hacían cada vez más pequeñas para dar espacio a la nariz, por ello, a nadie le pareció extraño cuando nació el primer niño sin ojos.

La nariz se había desarrollado tanto que fácilmente podían oler crecer la hierba fresca de la comarca vecina, distante a varios kilómetros.
El oído también había adquirido capacidades insospechables. Cierta vez, un habitante dejó caer accidentalmente una caja con alfileres al suelo; el estrepito fue el equivalente a una lluvia de meteoritos. Con el oído tan desarrollado, les resultaba fácil escuchar la más mínima vibración de las cosas, aunque estas estuviesen inmóviles. Las vibraciones del entorno les permitían guiarse con soltura por el lugar, tenían tal precisión al caminar que cualquier persona con una vista excelente les hubiese envidiado.
En cuanto al gusto, éste les permitía que en cada bocado pudiesen identificar instantáneamente los sabores, pero también sentir aquellos que usualmente una persona normal no podría.
Finalmente, el sentido del tacto era tan intenso que un roce casual significaba sumirse en un maremágnum de sensaciones,
De esta manera, los sentidos desarrollados habían suplido por completo a la vista. Con el tiempo, nadie recordaba este sentido e incluso no podían imaginarse que existiesen seres que aún dependiesen de él.

II
Sucedió tan repentinamente que nadie en el pueblo tuvo tiempo para reflexionar sobre el hecho. En el seno de una de las familias más tradicionales, nació un niño diferente a los demás. La criatura era bastante grande y rolliza, tenía el cabello rojizo y la piel pálida cual tiza. Sin embargo, lo más extraño del recién nacido era que nació con ojos.
El estupor y el chismorreo eran generalizados. Los padres, aunque estaban avergonzados, decidieron criar al niño como si se tratase de un niño normal. Rubicundo, como lo llamaremos desde ahora porque su nombre no nos importa, era callado y algo bobo. Sus sentidos no se habían desarrollado como los de los demás, por eso fue motivo de burla para otros niños del pueblo.
Al serle negados los sentidos tan desarrollados, Rubicundo optó por vendarse permanentemente los ojos, intentando así utilizar el resto de sus sentidos. Pero era en vano, tropezaba y caía continuamente, logrando sólo la mofa de los otros niños y la molestia de los mayores.
Rubicundo solía pasear por la orilla del estanque del pueblo. Se sentaba en un tronco a mirar absorto las ondas que se formaban en la superficie del agua. Cuando se cansaba, se tumbaba boca arriba para mirar las formas de las nubes; castillos, seres alados y toda clase de seres imposibles pasaban ante su vista, antes de diluirse en nuevas formas. Siempre estaba sólo, nadie del pueblo podía comprender el deleite que hallaba Rubicundo al contemplar el estanque y el cielo sin usar el olfato o el oído, le tomaban por loco o estúpido.
Rubicundo se paseaba taciturno por todo el pueblo, sus padres, gracias a sus sentidos aumentados, notaban el abatimiento de su hijo y continuamente pedían a sus dioses que le favorecieran y le ayudaran a encontrar sosiego.
Pasaron los años, Rubicundo, ya un adolescente, desapareció un día del pueblo. Los padres estaban desconsolados y rogaban a diario por él. Mientras, los habitantes suspiraban aliviados por la desaparición de la oveja negra que había perturbado la tranquilidad del pueblo.

III
Un día, tras varios años de ausencia, Rubicundo retornó al pueblo intempestivamente. Se había convertido en un hombre fornido y algo torpe, aunque cuidaba que sus maneras sean suaves y educadas.
Rubicundo abrazó efusivamente a sus padres y estos casi no dejaron que hablase por las continuas preguntas que le hacían. Todo el pueblo aguzaba aún más el oído para saber sobre el paradero de Rubicundo; éste, sabiendo perfectamente que todo el pueblo estaría al tanto de lo que diría, fue parco en sus palabras y prefirió oír a sus padres. Al finalizar la conversación, manifestó que quería convocar una audiencia en el pueblo lo antes posible.
Todos en el pueblo se preguntaban cuál sería el motivo de la audiencia, cuando Rubicundo habló con el Alcalde para fijar el día del evento, sólo dijo que quería hacerles una revelación. Se fijó la fecha para dos semanas después, todo el pueblo estaba en ascuas. Rubicundo se paseaba tranquilo por el pueblo con cierta desfachatez, confiado en que había despertado la curiosidad del pueblo entero.
Finalmente llegó el día indicado. Rubicundo se presentó con quince minutos de retraso, acto totalmente calculado para avivar la llama de la curiosidad. Estaba sereno, o al menos así lo notaron sus coterráneos, pues no sentían emanar olor alguno que denotase pánico, tan sólo un ligero olor a lavanda del cuello de la camisa.
Rubicundo se paró en el atrio, miró con cierto desdén a la audiencia y comenzó a reír como un poseso. Los habitantes del pueblo apenas salían del pasmo que les había provocado la macabra risa, cuando Rubicundo, tan intempestivamente como antes, comenzó a llorar sin consuelo alguno.
Todos los presentes quedaron atónitos, jamás habían sentido algo así. Las lágrimas tenían una vibración nueva, extraña, hechizante. Emanaban también un ligero y casi imperceptible olor, algunos se acercaron para tocarlas e incluso la probaron. Nadie había visto jamás tal prodigio.
Fue entonces, cuando Rubicundo instó al pueblo a abrazar una nueva fe, la lacrimología. Sólo con ella, decía Rubicundo, el pueblo podría liberar sus emociones y sería libre. Llamó a abandonar la vida de pecado al que les había sumido el deleite sensual y a dejar entrar en su alma el fuego sagrado del sentido perdido. La multitud aclamó a Rubicundo como su salvador.
Desde aquel día, Rubicundo se convirtió en la persona más influyente del pueblo. Todos estaban maravillados con él, pues nadie en el pueblo podía derramar lágrimas y hasta aquél día sólo habían sido leyendas que se perdían en el tiempo.
Algunos trataron de parecerse lo más posible a Rubicundo, no sólo imitando su manera de comportarse, sino lacerándose el rostro para abrir pequeños orificios, simulando orbitas donde colocaban pequeños guijarros a manera de ojos. Muchos de ellos esperaban que con esto, algún día podrían aprender a derramar lágrimas como Rubicundo, quién, lejos de sentir remordimiento observaba divertido los acontecimientos y trataba con desdén a la gente del pueblo.
Yo llegué al poco tiempo a este extraño pueblo. Fue producto de una casualidad, pues me extravié y tome un camino que me llevó al extraño poblado. Conocí y platiqué con Rubicundo, contemple horrorizado como esos extraños seres se laceraban así mismos sin emitir la menor queja.
Traté de hacer entrar en razón a Rubicundo, pero éste como única respuesta me dirigió una sonrisa sarcástica, mientras me pedía meterme en los asuntos que me concernían. Hablé también con muchos de los habitantes, éstos tampoco me hicieron caso, sólo me dijeron que yo jamás entendería su situación, pues tenía ojos y podía llorar, por lo tanto era salvo.
Al tercer día decidí abandonar el pueblo. Ahora, mientras escribo estas líneas me doy cuenta que sería imposible regresar al pueblo, no puedo recordar el camino por más que lo intente. Pienso en toda esa gente dañándose por tratar de llorar. Lo único que me queda es rezar a nuestros dioses y pedirles que de alguna manera intercedan para salvar a esa gente de sí misma.