sábado, 12 de diciembre de 2009

RETORNO A OBLIVIÓN

- A mi amiga Katrin -


La tormenta de arena amainó, permitiendo que retirase el brazo con el cual cubría sus ojos. Todo a su alrededor era silencio, no importaba hacia qué lado volcase, estaba completamente sola. Subió a lo alto de una duna y vio sus huellas hundirse en el horizonte, sólo entonces se dio cuenta que estuvo caminado por horas. Todo alrededor era silencio, interrumpido sólo por el sonido de sus pies descalzos hundiéndose en la fina arena, el cosquilleo entre los dedos era agradable, aunque disminuía la velocidad de la marcha.
En toda esa inmensidad, no había ni un solo punto que le sirviese de referencia, por ello decidió echarse sobre la arena y descansar un poco. Le era difícil conciliar el sueño, la arena le picaba por todo el cuerpo.
Al despertarse, sacudió la arena de todo el cuerpo, especialmente la que se había acumulado en el pelo. Continuó caminando por varias horas, hasta que distinguió a lo lejos un volumen grisáceo que estaba a un par de horas de camino. Animada por la posibilidad de encontrar a alguien en aquel erial, aceleró su andar intentado seguir un ritmo para llegar en menos tiempo.
La distancia hacia el objeto era más larga de lo que esperaba, en cierto momento perdió de vista el objeto gris y llegó a creer que era una jugarreta de su mente agobiada. Continuó caminando hasta que el volumen tomó mayor claridad y estuvo segura de que efectivamente había encontrado algo en aquel desierto.
Más tarde, pudo distinguir perfectamente el volumen: se trataba de un objeto de forma rectangular, posiblemente esculpido en piedra.
Apresuró el paso, trastabillo varias veces, pero al fin llegó al objeto. Éste debía tener alrededor de metro y medio de altura por medio metro de ancho. Efectivamente estaba hecho en piedra, cuyo tallado mostraba raras criaturas que jamás había visto. No podía adivinar si era hueco o sólido, lo examinó durante varios segundos buscando algún resquicio para ver en su interior, aunque no halló nada. Colocó el oído junto al objeto y comenzó a darle pequeños golpes con el puño, intentado escuchar algún eco en el interior, no escucho nada por lo cual dedujo que era un bloque de piedra sólido sin nada en su interior.
Se sentó en el suelo con la espalda apoyada en el bloque de piedra tallado y se puso a pensar la utilidad que podría tener aquel hallazgo para ella. Al menos a esta hora el objeto la protegía del sol, aunque esto tampoco era algo relevante, puesto que no sentía molestia alguna con la luz solar.
Estaba sumida en sus cavilaciones cuando sintió un ligero temblor en la caja de piedra. Se giró y colocó nuevamente el oído sobre la caja, al cabo de unos cinco minutos volvió a sentirse un ligero temblor precedido por un ligero golpe. Poco a poco, los golpes fueron en crescendo hasta repetirse con cierto ritmo. Ella contestó con ligeros golpes que trataba de alternar con los del interior.
Una débil voz pedía que empujase en el lugar donde golpearía. Ella obedeció y empujo en ese punto, la caja de piedra comenzó a tambalearse y cayó sobre la arena. El golpe hizo que la caja se resquebrajase. De un hueco que se había formado en la superficie, salió una mano que buscaba aferrarse a algo, como no pudo hallar nada de donde sujetarse, pidió que quien estuviese fuera le diese una mano. Ella – sin poder salir aún de su asombro– obedeció maquinalmente sin decir una sola palabra.
De la caja de piedra, emergió un hombre vestido elegantemente. Tendría alrededor de unos treinta y ocho años, algunas canas le asomaban en las sienes. Llevaba un fino saco y pantalones color gris oscuro, una camisa blanca impecable y una corbata roja con un alfiler de oro atravesado. Cogió un pañuelo de uno de sus bolsillos y comenzó a quitarse el polvo que se había acumulado en el traje.
Por un momento, la ignoró por completo. Ella se sintió muy avergonzada de su desnudez y trato de cubrirse el cuerpo cruzando un brazo sobre el pecho y otro sobre la entrepierna.
El hombre terminó de limpiar el traje, luego pasó el pañuelo pos sus zapatos.  Sacó un sombrero de bombín de la caja de piedra y se lo puso en la cabeza con un gesto de solemnidad.
- Es el problema con la arena, cuesta quitarla de un buen traje – dijo.
Ella seguía muda intentando cubrir su cuerpo desnudo, por única respuesta asintió torpemente con la cabeza.
- Veo que va ud. desnuda ¿Olvido sus ropas o algo así? – dijo el hombre del sombrero.
- O quizás le gusta andar sin ropa, ya veo. Tiene un cuerpo precioso, puede permitírselo.
Este comentario hizo que ella se avergonzase aún más. Mientras, el hombre del sombrero buscaba algo dentro de la caja.
- Tenga. Tengo algunos vestidos extras. Son de hombre, pero eso no importa en esta situación ¿verdad? Tenga, son una camisa y un pantalón. Miraré hacia otro lado mientras usted. se viste.  Entiendo que es usted. muy tímida y que mi comentario, aunque sincero, fue demasiado imprudente, tomando en cuenta que ni siquiera nos conocemos.
Ella se vistió apresuradamente y miraba de reojo al hombre del sombrero, asegurándose de que no la espiase mientras se vestía. La ropa le quedaba algo grande pero al menos tenía algo que le cubría el cuerpo.
- Lamento decirle que no tengo un par de zapatos extras. La verdad que es algo engorroso andar descalzo en la arena. Yo lo detesto de verdad, por eso nunca salgo sin calzado.
Ella aún no se atrevía a decir nada y levantaba la cabeza de vez en cuando para mirar al hombre a la cara.
- Pero es hora de que me presente, soy Hernández. ¿Mi nombre? ¡Oh! Eso no es para nada importante, créame; no aquí donde estamos. De hecho podía haber escogido ser Fernández o Pérez o cualquier otra cosa, pero nunca seré la misma persona dos veces. Escogí el nombre al azar, sólo para serle familiar, por eso lo que menos importa es cómo me llamo.
El hombre del sombrero sacó un cigarrillo y lo encendió, entre bocanada y bocanada siguió hablando.
- ¿Cómo me metí en la caja de piedra? En realidad, creo que lo interesante es saber cómo llegó usted hasta aquí, porqué si no hubiese sido así, es probable que hubiesen pasado años hasta que alguien me ayudase. Una feliz coincidencia en verdad. Hace creer que fue el destino el que le hizo pasar por aquí; hipótesis que sería válida, claro está, si no supiésemos que el destino no existe y que la casualidad es la que teje extrañas historias.
Se llevó el cigarrillo a sus labios y luego se lo ofreció. Ella lo rechazó amablemente.
- ¡Ah, si! Lo olvidaba, la caja. Pues bien, yo me metí en la caja hace algún tiempo. Ya olvide cuanto transcurrió mientras estuve dentro, estimo que pasó un buen tiempo. ¿Qué como traje la caja aquí? Querida, dígame… ¿Dónde piensa usted. que está?
El hombre del sombrero la tomó gentilmente del brazo y la hizo sentar sobre la caja. Él se sentó junto a ella, tomó otro cigarrillo y prosiguió.
- Claro es comprensible, usted es nueva por aquí, por ello no sabe demasiadas cosas aún. Dígame… ¿Qué es lo último que recuerda antes de estar caminado en este desierto?
Ella intentó recordar, pero a su mente acudían imágenes confusas, algunas imposibles. Lo único que acudía a su mente era estar caminado por aquél inhóspito paraje.
- Ummm… dígame. ¿Recuerda al menos su nombre?... Sí, es lo que suponía, no recuerda ni siquiera eso, pero no se preocupe, siempre es igual con los recién llegados. Se acostumbrará pronto a todo, me animaría a decir que incluso ahora, ya este paraje le resulta familiar, como si estuviese en casa.
Las reflexiones del hombre del sombrero la pusieron nerviosa. Efectivamente no recordaba ni siquiera su nombre. La desesperación se apoderó de ella y comenzó a llorar. El hombre del sombrero le puso una mano sobre el hombro y quedó en silencio por un rato; luego, al ver que ella se había desahogado, continuó:
- La verdad es que usted no es la primera persona desesperada que vaga por aquí, intentando recordar algo que ni siquiera saben qué es.  Nunca dejo de sorprenderme, aunque lo he visto innumerables veces. Pero bueno, ya seque esas lágrimas y preste atención, caso contrario no podrá aprender nada.
El hombre del sombrero, dio un hábil brinco para ponerse de pie. Cambiando el tono de voz – a veces solemne, otras con jocosidad – comenzó a decir:
- Querida mía, bienvenida a ¡Oblivión! ¡No! No está Ud. muerta… ¡Esto no es ningún infierno! ¡Y menos aún el paraíso! De hecho, no existen ni avernos, ni edenes, ni purgatorios, sólo esta Oblivión. Siempre lo estuvo y siempre lo estará. No, no tiene que pensar en Oblivión como un lugar, sino como un imposible, como un improbable, una reductio ad absurdum, como diría Aristóteles.
A ella le costaba entender, le parecía confuso lo que decía hombre del sombrero. Todo a su alrededor le parecía extraño, aquel hombre con traje, la caja sobre la cual estaba sentada. El hombre del sombrero continuó hablando:
- Llegar a Oblivión es fácil. El único requisito es que alguien deje de pensar en nosotros, que se olviden que existimos, entonces llegamos a Oblivión. ¿No le ha ocurrido alguna vez que pese a amar tanto a una persona - al punto de que su propia existencia sea lo menos importante- algo hace que se separe de ella para siempre? ¿Qué sucede entonces? Pues que un día, se da cuenta que está olvidando a esa persona. Lo primero en desaparecer de la mente suele ser el tono de voz, más tarde el rostro y la sonrisa se hacen cada vez más difusos. Más tarde, su imagen se hace tan difusa que sólo es una imagen abstracta. Finalmente, llegará el día en que la olvidemos por completo y sólo evocamos un nombre sin rostro ¿Dónde estará entonces este ser amado? ¡En Oblivión!
En la medida en que el hombre del sombrero le hablaba sobre Oblivión, el lugar parecía tener mayor familiaridad para ella. Miró a todos lados, la soledad les circundaba, pero aún así sentía que pertenecía a ese lugar.
- ¿Qué sucede cuando dejamos atrás nuestra existencia terrenal? Por algún tiempo aún pervivimos en el recuerdo de nuestros seres queridos, pero en la medida en que estos van olvidándonos – o dejando ellos también su existencia – vamos pasando mayor tiempo aquí, hasta que nosotros terminamos también olvidando quienes somos. Es por eso que dije que aquí no importan los nombres, sólo somos retazos del recuerdo de alguien, somos la sombra de un recuerdo.
Ella se preguntó así misma quién podría haber sido. Las imágenes volvieron más confusas aún y terminaron desapareciendo. En todo ese océano de rostros y voces, no sabía donde encajaba.
- Pero no crea que sólo los que están muertos llegan a Oblivión. No, claro que no… no olvide que llegamos aquí cuando alguien se olvida de nosotros, por lo tanto podemos estar aquí en vida y sólo ser una de las manifestaciones de nuestro ser. Recuerde que cada persona nos ve de diferente manera, que no somos iguales para todos, cada persona tiene un recuerdo distinto de nuestro ser y si lo olvida… venimos a parar aquí. Retazos, interpretaciones, eso somos  el reflejo de un ser que ni siquiera existe. Dese cuenta: si cada individuo tiene una idea diferente de nosotros, podrán ser parecidas pero nunca serán iguales; al mismo tiempo nosotros también tenemos construimos una imagen propia de lo que somos, pero vamos construyéndola en base a las imágenes que tienen el resto de las personas ¿Cuál de todas estas imágenes de nuestro ser es entonces la real? ¿Es acaso menos real la imagen que tienen otros sobre mí que la que yo tengo sobre mi propio ser, tomando en cuenta que construyo esta imagen basándome en la de otros? ¿Por qué todas ella no pueden ser ciertas?... Preste atención ahora: si asumimos que todas estas imágenes tienen igual validez, entonces tenemos un ser con muchas dimensiones, con muchas realidades, y todas, en algún momento, vienen a parar aquí ¿Entiende? Entonces, siempre estamos en Oblivión, siempre habrá algo de nosotros que éste aquí y por lo tanto, somos seres incompletos e imposibles.
Ella se puso a pensar en lo que decía el hombre del sombrero. Imaginó muchas otras – yo vagando perdidas por aquel desierto.
- Y claro, cuando estamos aquí perdemos conciencia de quién fue nuestro ser de referencia, porque al ser una interpretación de algo que en realidad no existe, terminamos olvidando que alguna vez creímos ser alguien. Oblivión es un lugar infinito. Sepa que he estado vagando por tanto tiempo en él que ya perdí la cuenta. Por eso decidí meterme en esa caja, para pasar el rato, supongo…no halle nada mejor que hacer.
Un sentimiento de tristeza la invadió, pensó en que allí habría otras – yo caminando solitarias por Oblivión, sin saber que hacer o donde ir. Sintió que ella tenía que encontrarlas y conocerlas a todas, sólo así algún día quizás podría conocerse así misma por completo. Comentó esto con el hombre del sombrero.
- Ummmm… nunca había pensado en ello, a pesar de que yo también ando vagando por aquí hace demasiado tiempo. Es buena idea… y quizás pueda hallar a otros – yo tan elegantes como yo. Me convenció, me voy con usted, sólo déjeme tomar mis pertenencias.
El hombre del sombrero sacó un par de guantes y una sombrilla color rojo de la caja de piedra.
- Es para que protegernos del sol. Por cierto, aquí puede usted imaginarse como quiera, así que tal vez pueda pensar en sí misma vestida con algo mucho más cómodo para nuestro viaje.
Ella se miró y recordó que llevaba ropa prestada por el hombre del sombrero. Imaginó un elegante vestido negro, un collar de perlas y el cabello recogido en un moño. No quería desencajar con la elegancia del hombre del sombrero.
A propósito – dijo ella - Isabel, mi nombre es Isabel.