lunes, 27 de diciembre de 2010

Un día en la vida de Muerte

- A mis amigas Mafe y Carmen C. -
I
Aquel martes por la mañana no tenía nada en particular. El día se había iniciado como cualquier otro: una pila de papeles acumulados sobre el escritorio, los empleados saliendo y entrando en la oficina con archivos en los brazos, la máquina de fotocopiar trabajando sin cesar, el tecleo incesante de las computadoras, los teléfonos repiqueteando sin parar.
Muerte, sentada en su mullido sillón, miraba por la ventana de su oficina, ubicada en el piso once de uno de los rascacielos más altos del país. La ciudad bullía vida a esa hora, embotellamientos por doquier, gente caminando frenéticamente sin un destino aparente. Muerte sabía que tarde o temprano aquellas vidas pasarían por su escritorio.
Con los años, los procedimientos relativos al ser humano se habían complejizado para atender no sólo el sostenido crecimiento poblacional, sino también la cada vez más compleja vida humana. La división Muerte había sido una de las pioneras a la hora de implementar novedosos procedimientos: los trámites permitieron segar miles de vida al mismo tiempo y sólo incrementar la plantilla laboral en un veinte por ciento. De esta manera, la oficina de Muerte era un paradigma de eficiencia y de cumplimiento de objetivos anuales y quinquenales, lo cual había significado reiterados bonos e incentivos para el plantel profesional. Sin embargo, esto no había hecho más que despertar una competitividad malsana en las otras divisiones, de esta manera, la envidia entre funcionarios de las distintas divisiones estaba a la orden del día.
 Los procedimientos habían simplificado los trámites al punto que ya no era necesaria  la presencia de Muerte in situ para que expire una vida. Los archivos de todo nuevo deceso eran ingresados  en un modernísimo programa computacional, estos datos se imprimían en una ficha individual y luego Muerte rubricaba el documento para que la sentencia fuese ejecutada. Esta eficiencia también había beneficiado a otras divisiones; así, los trámites relacionados con Muerte, derivados desde la División Destino, eran cumplidos en tiempo record y con menos del uno por ciento de error.
Por otro lado, la relación con la División Azar, por increíble que parezca, era una de las más productivas y fluidas, aunque esta División era la más anárquica en cuanto a la estandarización de procesos se refiere. El soporte informático había permitido que los decesos causados por Azar puedan procesarse con suma rapidez, incluso aquellas disputadas con la División Destino, como por ejemplo, las muertes relacionadas con catástrofes naturales. Por estas indefiniciones muchos cuestionaban la existencia de estas dos divisiones, llegándose a pedir que pasen a convertirse en  oficinas dependientes de la División Muerte.
Si bien aquél día no había nada fuera de lo normal, Muerte estaba inusualmente abatida ¿quizás la División Tristeza estaba entrometiéndose sin autorización? Nada parecía hacer suponer eso, sin embargo, lo cierto es que Muerte sentía un extraño y nuevo sentimiento en el pecho que no había sentido en toda su existencia.
Tímidamente, el secretario de grandes anteojos de Muerte, asomó la cabeza desde el otro extremo del escritorio; traía consigo varios documentos para que Muerte los apruebe. Con un hilillo de voz dijo:
-          Madame, aquí traigo algunos documentos que Gran Director Ejecutivo pidió que usted revise antes de que Él decida qué hacer, creo que es algo sobre un Tsunami en Asia. También traigo algunas autorizaciones: las ordinarias y las extraordinarias.  Los de División Melancolía tienen aquí algunos trámites, Amor también, lo propio Destino y Azar aunque bueno…como siempre pelean por los mismos trámites.
Muerte ni siquiera le miró. Sólo hizo un ademán con la mano indicando que dejase los papeles sobre el escritorio. El secretario salió con sigilo intentado no cerrar abruptamente para no perturbar a Muerte.
Ya a solas, Muerte se quedó contemplando sus manos durante largo rato. Aquellas pálidas y frías manos no tenían nada en especial, ni siquiera las líneas dibujadas en la palma, ni una sola arruga que revelase el paso del tiempo. Sus manos se asemejaban a las de un maniquí, inerte y frio. Muerte, miraba aquellas manos y le parecían ajenas, una mera extensión de su cuerpo con existencia propia y que hacían su labor cotidiana – en ese momento se puso a firmar documentos – sin necesidad de consultar a su dueña y, por tanto, sin darle cuenta de sus actos.
Una vez firmadas los documentos, Muerte decidió ir a dar un paseo. Era casi hora del almuerzo y aunque no necesitaba comer, fue a sentarse en un restaurante cercano a la plaza principal. Tomó un lugar que estaba al lado de un ventanal y observó los automóviles pasar mientras comía un plato de espaguetis al pesto. Al terminar pidió un café y lo tomó en pequeños sorbos. Escucho decir a su lado:
-          Disculpe ¿Puede prestarme fuego?
Muerte giró la cabeza y vio a un hombre de unos treinta años en la mesa contigua. Sostenía en los dedos un cigarrillo. Muerte le dijo que no fumaba. El hombre respondió:
-          ¡Ah! ¡Por supuesto! El cigarrillo es malo para la salud y puede causar la muerte ¿es eso?
Muerte, al escuchar ser nombrada prestó mayor atención a lo que le decía el hombre. Ella respondió que en realidad no le preocupaba en lo más mínimo los efectos que pudiese tener el cigarrillo para su salud y que si ella no fumaba era porque nunca aprendió, ni vio la necesidad de hacerlo. El hombre, acercando su silla hacia la mesa de Muerte, dijo entonces:
-          ¿Necesidad de fumar? ¡Claro que es una necesidad! Uno fuma porque tiene la necesidad de sentir placer y punto. Hay muchas cosas que dan placer en este mundo y uno debe procurárselas todas. En eso coincido con los hedonistas: el placer es el fin de la vida y debemos buscarlo incansablemente. ¿Acaso tú no pediste los espaguetis por una razón? Ese plato te dio placer ¿Me equivoco?
Muerte respondió que si ella había elegido ese plato y no otro era sencillamente porque fue lo primero que vio al abrir el menú, y qué le abría dado lo mismo pedir cualquier otro plato.
-          ¡¿Pero será cierto eso?! Tu serías la primera persona que conozco que hace cosas espontáneamente sin buscar con ello sentir algún tipo de placer ¡Vaya hallazgo de mujer que he hecho! Por ello, creo que es necesario que yo guíe tus pasos en el encomiable camino de la búsqueda del placer, yo seré el maestro y tú la alumna en este periplo hacia el goce. ¿No sientes ya algo de ansiedad por vivir esta aventura que estremecerá los cimientos de tu existencia?
Muerte dijo que le daba lo mismo.
-          Pues entonces, hay mucho por enseñarte pequeña dama ¡Pero el tiempo apremia! ¿Te parece que nos veamos aquí mismo esta noche, como a las siete?
Muerte asintió sin entender muy bien el porqué, la verba de aquel sujeto le había enredado. El hombre se despidió de Muerte y al momento de hacerlo le dio un beso en la mejilla. Muerte se quedó sorprendida: era la primera vez que alguien hacía algo semejante con ella. Un pequeño rubor se le subió al rostro.

II
Aquella tarde, Muerte estaba inusualmente distraída, para sorpresa de todos los funcionarios de División Muerte. Su secretario, pese a que llevaba una eternidad trabajando con ella, estaba absorto ante la actitud de Muerte. Dentro de los límites – pues División Alegría no podía intervenir en los asuntos de otra división y menos en quiénes la dirigen – podría decirse que Muerte experimentaba algo similar a una felicidad producida por la expectación.
Por primera vez, a Muerte las horas se le hicieron interminables. Firmaba a toda prisa los papeles que llegaban a su escritorio, luego salía a darse una vuelta por todos los escritorios para felicitar por su trabajo a los funcionarios, éstos se miraban perplejos por la actitud irreconocible de su jefa, quien usualmente se caracterizaba por un comportamiento mesurado.
Pese a que faltaban veinte minutos para la hora fijada, Muerte salió apresuradamente de su oficina, ni ella misma entendía el motivo de su prisa. Llegó con 10 minutos de adelanto a la cita fijada, se sentó en la misma mesa y espero a que llegase el sujeto, Pasaron los minutos y la impaciencia de Muerte fue creciendo, el hombre se estaba retrasando demasiado.
Pasaban ya las ocho y diez cuando una enfadada Muerte decidió dejar el restaurante. Pagó la cuenta y salió a la calle, había empezado a llover y hacía frío, un ligero temblor recorrió la espalda de Muerte. Trastabillando, Muerte caminaba sin rumbo, intentando no mojar sus botas negras en los charcos de agua que se formaban invariablemente en la calzada y en la acera. Tras caminar unas tres calles, escucho que una voz masculina gritaba “¡Eh, muchacha! ¡Muchacha!”. Se detuvo y volteó para mirar, a una cuadra de distancia corría el hombre que la había citado.
Él estaba totalmente mojado, jadeando por la carrera; tomó a Muerte de la mano y apenas recobró el aliento dijo:
-          Muchacha, mis más sinceras disculpas por el retraso. Se me presentaron asuntos importantes en la oficina y me fue imposible salir a una hora prudente para llegar a tiempo a nuestra cita. Pido tu indulgencia por mi retraso.
Muerte miró al hombre empapado con una mezcla de regocijo y ternura por verle totalmente empapado y sin poder recobrar el aliento. El hombre, en un gesto calculado, llevó la mano de Muerte a su boca y le dio un beso. Un nuevo y desconocido impulso se apoderó de ella, Muerte estaba conmovida, sólo atinó a abrazar al hombre. La lluvia arreció inclemente.

III
De nuevo en el restaurante el hombre pidió los platos más exiticos de la casa, hizo que Muerte probase cada uno de ellos pidiéndole que mastique lentamente para sentir el sabor en su boca. Luego ordenó diferentes tipos de vino que bebieron con fruición. Más tarde, ya un poco borrachos, salieron a caminar por la ciudad. La luz de los faroles formaba figuras extrañas en los charcos.
Se detuvieron en una solitaria plaza, Muerte tomó del bolsillo de su chaqueta un cigarrillo y lo encendió, quería sorprender al hombre con este gesto, por eso se había procurado un cigarrillo antes de acudir a la cita. El hombre se rió conmovido al ver cómo Muerte tosía por su inexperiencia para fumar.
-          Probemos de éste – dijo mostrando una pequeña bolsa con unas hierbas extrañas – es un tabaco especial que me regalaron unos amigos.
El hombre sacó papel, puso la hierba y lió el cigarrillo. Sacó una caja de fósforos de su bolsillo, encendió uno y acercando la llama, pitó el cigarrillo hasta encenderlo. Luego de darle una bocanada profunda, se lo pasó a Muerte quién pitó reiteradas veces hasta sentir un sosiego que se apoderaba lentamente de su cuerpo. Ambos empezaron a reír sin motivo alguno.
En medio de aquellas risas, el hombre llevó una mano al gélido rostro de Muerte. Ambos dejaron de reír. Para Muerte, los ojos negros de aquél hombre le recordaban una noche sin estrellas, aquellas donde antaño solía darse una vuelta por el mundo, montada en su carruaje tirado por sombras, para estar presente en las defunciones de los seres humanos. El hombre había comenzado a acariciarle el rostro y los labios, Muerte sintió un extraño deseo que no había sentido antes. Fue entonces cuando se dieron el primer beso.
-          ¿Quieres ir a mi departamento? – dijo el hombre al oído de Muerte.
Muerte sin comprender la petición, dijo que era mejor si iban a su departamento que estaba más cerca. Por algún extraño y nuevo motivo para ella, quería pasar el mayor tiempo posible con aquel hombre. Al rato tomaron un taxi, durante el trayecto continuaron los besos tenían cada vez mayor pasión. Aquel hombre, gustaba de coquetear con la muerte, aunque en esta ocasión ignoraba cuan cerca estaba de ella. Muerte sintió que la mano del hombre acariciaba una de sus piernas.
Al llegar al departamento, todo fue un torbellino. Las pasiones afloraron violentamente y se confundieron, inextricables. El hombre quitó lentamente el vestido a Muerte, mientras le besaba todo el cuerpo. Luego, Muerte desnudó con desesperación a su amante. Durante toda su existencia, Muerte había tenido ante si a millones de hombres desnudos que yacían en su lecho de agonía esperándola, sin embargo, por primera vez veía a uno de ellos obnubilada por el deseo.
Se tendieron en la cama y se amaron con desenfreno, buscando con desesperación los labios del otro. Muerte sintió un nuevo y agradable cosquilleo que le nacía en el bajo vientre y que se extendía por todo su ser; por primera vez, el cuerpo de Muerte estaba tibio. El hombre, estaba extraviado en medio de aquel inusitado placer, si bien muchas mujeres habían pasado por su lecho, por alguna extraña razón ésta era completamente distinta: a su lado sentía que alcanzaba la plenitud de la vida. Al llegar al éxtasis, ambos gritaron al unísono en medio de una confusa maraña de deseo al cual se rindieron. Hicieron el amor varias veces durante aquella noche.
Casi amanecía y, por primera vez, Muerte dormía profundamente. El hombre, en cambio, estaba despierto con la mente en blanco, con un vago sentimiento de temor anidado en su ser. Sin saberlo, había estado al borde de la muerte varias veces durante aquella noche, al principio la sensación le producía una embriaguez de la que jamás hubiese querido salir, pero a aquella hora el placer se disipaba y daba paso a un terror inexplicable.
El hombre se vistió lentamente, intentando no hacer ruido alguno que despierte a su amante. La miró una vez más durmiendo en el lecho y notó que la palidez de Muerte se había acentuado. Puso un dedo sobre su rostro y sintió la piel helada de Muerte. Un escalofrio se apoderó de su cuerpo: huyó inmediatamente de lugar.

IV
Muerte despertó al cabo de algunas horas, sintió que estaba sola en su lecho. Se levantó y buscó al hombre por todo el departamento, no se explicaba el porqué de su ausencia pero no sintió congoja alguna.
Al llegar a su oficina, Muerte estaba radiante, bromeó con los empleados y se tomó una taza de café – algo inusual en ella – con uno de ellos. Más tarde, llamó por el intercomunicador a su secretario. Muerte felicitó al pequeño funcionario de grandes anteojos por todo aquél tiempo de su inestimable y eficaz servicio. El secretario sólo atinó a sonrojarse al escuchar las palabras corteses de su jefa. Luego de la retahíla de lisonjas, Muerte pidió al secretario que le trajese por favor – era también la primera vez que decía por favor – un cigarrillo y una copa de vino tinto, un malbec de ser posible. El secretario, desconcertado por el pedido, salió disparado para cumplir la orden, al poco rato volvió con el encargo.
Muerte degustó por primera vez el vino y sintió que éste corría con una delicada aspereza por su garganta. Luego encendió el cigarro y pese a que no tuvo el efecto del tabaco que le dio su amante la noche anterior, le causo mucho placer. Toda aquella jornada se la pasó canturreando una canción, los funcionarios estaban aún más desconcertados.
A las siete fue directo al restaurante, pensaba que allí encontraría a su amante. No sabía porqué pero imagino que entre ellos existía un lenguaje tácito que les impulsaría a volver al mismo lugar y a la misma hora. A las ocho, Muerte salió a la calle, miró a ambos lados para ver si su amante aparecía por fin. Se sentó en la acera y espero con paciencia durante un par de horas más. Luego hizo el mismo recorrido que ella y su amante habían hecho la noche anterior, esperando que en algún momento el hombre apareciese, pero todo fue en vano. Al llegar a su departamento, se tumbó en su cama y lloró por primera vez.
Los días siguientes fueron un tormento para los empleados de División Muerte, la impaciencia y la ira de Muerte aumentaban a cada minuto. El que se llevaba la peor parte era el pequeño secretario de los grandes anteojos, quien debía aguantar en silencio a la irascible Muerte que llegó incluso a golpearlo: el secretario se levantó del piso en silencio, tomó sus anteojos y salió del despacho de Muerte sin decir nada.
Lo que más mortificaba a Muerte es que no sabía nada de su amante, “de saberlo inmediatamente le quitaba la vida” pensó, aunque esto no era más que una amenaza producida por el despecho, pues difícilmente se habría animado a hacerlo.
Los días pasaron y cada noche, al dar las siete Muerte volvía al restaurante y hacía el mismo itinerario con la esperanza de que su amado apareciese, todo fue en vano.
Luego de algunos días, Muerte llegó a la oficina en total mutismo. Cuando llamó al secretario le trató con total deferencia, parecía que no quisiese pasar mucho tiempo con nadie. En los días siguientes la actitud de Muerte fue la misma, trataba de evitar a toda costa a sus funcionarios, quienes estaban extrañados por lo que ocurría últimamente con su jefa. La extrañeza se convirtió en preocupación y finalmente decidieron que alguien debería animarse a hablar con Muerte para ver qué era lo que sucedía, aquel alguien, por unanimidad, debía ser el secretario de grandes anteojos, pues él era quien mejor conocía a Muerte. No está de más decir que el pequeño secretario no estuvo muy de acuerdo con ninguno de los argumentos y literalmente fue arrastrado hasta el despacho de Muerte, intimidado quizá por la golpiza que le había propinado Muerte hace algunos días.
Al entrar, se percató que Muerte no estaba sentada en su sillón. Miró por toda la oficina y no pudo hallar a su jefa. Con sigilo se acercó al baño y se percató que unos débiles sonidos escapaban del interior, la puerta estaba entreabierta. Asomó tímidamente la cabeza y vio a Muerte sentada en el piso con la cabeza en el retrete, había estado vomitando.

V
La noticia del embarazo de Muerte era la comidilla de las demás divisiones. La división Vida, había optado por la discreción, aunque se esperaba que su directora general, Vida, diese algún comunicado oficial. El comunicado de la División Vida  fue muy escueto y simplemente señalaba que ellos no tenían ninguna participación, directa o indirecta, en lo que le ocurría a la directora general de la División Muerte. Las divisiones Azar y Destino, en cambio, se disputaban lo ocurrido, aunque luego tuvieron que guardar silencio al llegar una dura reprimenda escrita del Gran Director Ejecutivo. Este memorándum, por cierto,  fue uno de los pocos pronunciamientos oficiales del Gran Director Ejecutivo, conocido también como Dios, quién  - a decir de sus colaboradores -  había dado la orden inmediata de que se volviese al trabajo y que no toleraría que se siguiese dando vueltas sobre aquel asunto.
En la División Muerte, se esperaba que tarde o temprano llegase algún memorándum que informase sobre la remoción de Muerte del cargo, por eso los funcionarios trabajaban más de lo acostumbrado con la esperanza de quedar bien ante los ojos del nuevo director general. Sin embargo, para sorpresa de todos, llegó un memorándum que ratificaba en el cargo a Muerte y que ordenaba a los funcionarios volver a sus labores acostumbradas.
Pasaron semanas y el embarazo de Muerte se hacía cada vez más visible. Muerte, deambulaba taciturna y se enfrascaba sin tregua en su trabajo, sin dirigir más que algunas palabras sueltas a su secretario. Algunos días detenía su trabajo y miraba el horizonte sin detenerse en algún lugar fijo, luego tocaba su hinchado vientre al sentir los movimientos de aquella vida que se desarrollaba en su interior. Al cabo de unos meses tuvo que dejar su ropa acostumbrada y volvió a usar su tradicional túnica negra; al menos esa prenda disimulaba en algo su embarazo. Pasaban los meses y Muerte se volvió melancólica, a veces su secretario la encontraba llorando debajo de su escritorio, asustada por lo que le ocurría y que era incapaz de comprender. Pese a que el secretario de los grandes anteojos era discreto, el llanto de Muerte era tan evidente que pronto se propagó el nuevo rumor entre lso empleados y las otras divisiones. Así, la División Melancolía tuvo que sacar raudamente un comunicado indicando que ellos nada tenían que ver con el estado de Muerte.
Cierto día, Muerte con la barriga muy grande ya, estaba sentada en una banca de la plaza contemplando a unos niños que alimentaban a las aves. Al levantar la mirada, vio a su amante que pasaba frente a ella abrazando a una mujer por la cintura. Muerte se levantó sobresaltada y corrió tras él, al alcanzarlo se lanzó a sus brazos para estupefacción del hombre y su mujer.  Muerte, comenzó a besarlo y a preguntarle donde había estado, que porqué no le había buscado todo ese tiempo. Muerte lloraba a lágrima viva y dijo que ahora ya nada les podría separar. El hombre, con el rostro desencajado por la sorpresa, apartó bruscamente a Muerte y le miró el vientre. Luego dijo enfurecido:
-          ¿Pero quién demonios eres tú? ¿Acaso te conozco? ¿Cómo te atreves a faltarnos al respeto a mí y a mi esposa?
Muerte, confundida, se disculpó como pudo con la mujer que acompañaba al hombre, luego dijo que todo ese tiempo había estado pensando en él  y que ahora esperaba un hijo suyo. El hombre, pálido al escuchar la historia del embarazo, rugió a Muerte:
-          ¡Desdichada! ¿Piensas que vas a achacarme una criatura que no es mía? ¡Yo jamás te he visto en mi vida! ¡Me confundes con otra persona!
Muerte dijo que no había ninguna confusión. El hombre dijo desesperadamente:
-          Pero entonces, si es verdad que tú me conoces, seguramente sabrás cuál es mi nombre ¿no es así?
Muerte dijo que ignoraba su nombre. El hombre, ya más tranquilo, dijo en tono triunfal a su mujer:
-          ¡Ya ves querida, esta condenada delira! ¡Ni siquiera sabe quien soy! ¡Seguramente armará todo este detestable teatro a todo aquél que se encuentra por la plaza!
La mujer del hombre, buscando salir del estupor en el que se encontraba, miró a Muerte y le preguntó si sabía el nombre de su esposo. Muerte admitió que no sabía su nombre, pero estaba seguro de que era él. El hombre no cedió ni un milímetro en su argumento, la mujer volvió a preguntar por el nombre, Muerte una vez más dijo que lo desconocía. La mujer dijo entonces:
-          Pues entonces te voy a pedir que nos dejes en paz a mí y a mi esposo. No estoy para este tipo de sobresaltos, yo también estoy embarazada. Cómo sabrás perfectamente, no podemos tener conmociones fuertes.
Muerte miró con odio ambos. Con un solo gesto podía quitarles la vida y también a la criatura que la mujer llevaba en el vientre. Sin embargo, Muerte no pudo hacerlo, una fuerza más poderosa que ella la detuvo.
 La pareja se perdía en el horizonte, mientras Muerte les seguía con la mirada, unos gruesos lagrimones rodaron por sus pálidas mejillas.
VI

Un día, cumplidos los nueve meses, Muerte empezó a sentir unos dolores más fuertes de lo usual. Llamó por el intercomunicador a su secretario que entró deprisa al despacho.
-          El bebé esta por nacer – observó el secretario de las grandes gafas.
Muerte miró con estupor a su subordinado, le dijo que diablos era lo que debía hacer entonces. El secretario, con un tono paternal dijo:
-          Por ahora usted no debe hacer nada más que relajarse, Madame. Yo me encargaré de llevarle al hospital más cercano.
Pasaron las horas y el parto de Muerte fue un éxito. Mas tarde, Muerte dormía inquieta en una habitación del hospital. Al cabo de unos minutos despertó y miró extrañado a su alrededor, la habitación estaba llena de flores, globos y tarjetas que los empleados de su oficina le habían traído mientras ella dormía. Muerte se palpó el vientre, la hinchazón había desaparecido, la criatura ya no estaba más en su interior. Se llenó de gozo, pensó que por fin podría volver a asumir sus funciones con normalidad, que todo lo ocurrido había sido un mal trago que no se volvería a repetir. Llamó a su secretario – estaba segura que él estaría afuera de la habitación, esperando – y le ordenó inmediatamente que le trajese documentos para firmar, que no había tiempo que perder. El secretario quiso decir algo, pero ante la impaciencia de Muerte salió disparado para cumplir al orden. Al cabo de una media hora volvió con lo solicitado, Muerte se puso a leer y firmar los documentos, luego dijo al secretario que para mañana, a primera hora, quería tener todos los documentos retrasados sobre su escritorio, no podía perder más tiempo. El secretario dijo entonces:
-          Se hará como usted diga, Madame. Sin embargo,… no creo que se conveniente que retorne al trabajo con tanta premura. Yo y el resto de los empleados podremos encargarnos de la documentación en su ausencia.
Muerte preguntó al secretario porqué suponía que ella iba a ausentarse, teniendo en cuenta que se sentía de lo mejor. No sin cierto rubor, por dirigirse de esa forma a su superiora, el secretario dijo:
-          Es comprensible que tú te sientas mejor, al fin y al cabo eres Muerte y eres eterna. Sin embargo, si yo hablaba de tu ausencia por unos días, era porque pensábamos que necesitarías unos días para acostumbrarte a tu nueva condición: la de madre.
Muerte se quedó absorta, si bien le había pasado por la cabeza saber sobre el destino de la criatura, asumía que ella al ser Muerte, jamás podría engendrar vida y que, naturalmente, la criatura nacería muerta. Muerte empezó a temblar, preguntó a  su secretario si la criatura aún vivía.
-          Vive, evidentemente, si no ni siquiera hubiese tocado el tema por el respeto que te debo.
Luego el secretario hizo un ademán con la mano, indicando a la enfermera que pase. La enfermera traía en sus brazos al bebé de Muerte. El secretario, acomodándose las grandes gafas, dijo:
-          Es una niña, es tu hija. Ahora tienes una vida a tu cargo y debes cuidarla y protegerla.
Muerte comenzó a gritar de desesperación. Sus chillidos despertaron a la criatura que comenzó a llorar también. Muerte perdió el sentido y se desplomó en su lecho. Una lividez diferente a la usual se apoderó de su rostro.
Durante varios días, Muerte deliró consumida por la fiebre. En su delirio veía a su amante y a la criatura que se alejaban de ella. Luego, cuando Muerte lograba alcanzarlos, ellos se giraban y comenzaban a gritarle e insultarle, diciéndole que le odiaban. Muerte se despertaba llorando para luego volver a desplomarse. Esto se repitió durante varios días.
Al cabo de una semana, el secretario de los grandes anteojos recibió una llamada del hospital, le informaban que Muerte había despertado y que se encontraba mejor. Corrió a verla. Al llegar a la habitación vio una pequeña cuna a la izquierda de la cama de Muerte, en ella la criatura dormía profundamente. Una enfermera trataba inútilmente de que Muerte se tomarse unas pastillas, al ver llegar al secretario de los grandes anteojos, la enfermera dijo que se daba por vencida y que él quizás tendría mejor suerte con la paciente. No se equivocó, Muerte aceptó sin chistar las grageas que le ofrecía el secretario. Durante unos minutos ambos quedaron en silencio, la criatura empezó a llorar. El secretario de los grandes anteojos dijo:
-          Escucha, Muerte. Tu hija te reclama, debes atenderla.
Muerte dijo que aquel ser le era extraño y que todo seguramente había sido una broma de la División Vida, cuya directora general buscaba continuamente como mortificarla. El secretario, se quitó los anteojos, tomó un pañuelo de su bolsillo y se puso a limpiar los vidrios, luego dijo:
-          Quizás eso es cierto, pero debes rendirte a las circunstancias. Hace ya mucho tiempo que ya no eras la misma, hija mía. Has experimentado diferentes sentimientos: amor, odio, melancolía y si bien quizás todo ha sido influencia de aquellas divisiones que están en competencia con nosotros, es innegable que has cambiado para bien. Detrás de toda muerte siempre habrá una nueva vida, ese es el ciclo eterno. No lo olvides, Tú y tu hermana melliza, Vida, fueron concebidas en el mismo momento, son dos lados de la misma moneda. Por eso no es de extrañar que tú también puedas engendrar vida cuando así lo decidas, como ella de generar muerte. Esa criatura necesita a su madre, te necesita a ti, ¡oh, Muerte!
Cuando el secretario de los grandes anteojos terminó de hablar, tomó a la criatura de la cuna y se la alcanzó a Muerte. Ésta, no sin cierto temor, la tomó en su regazo y cerró los ojos durante un momento antes de verla. Era idéntica al padre, en los ojos, en la forma de los labios y la nariz, pero indudablemente era la hija de muerte, porque estaba tan pálida como ella.
Muerte acercó el pecho de la bebé a su oído y sintió alborozo ¡Su hija tenía un corazón que latía frenéticamente! Apretó a la niña a su regazo y sintió que el calor de aquel cuerpecito invadía todo su ser. Muerte lloraba de felicidad. La niña comenzó a llorar nuevamente, Muerte no sabía qué hacer, miró desconcertada al secretario de los grandes anteojos:
-          La niña llora porque tiene hambre, Vamos, Muerte, debes alimentarla. Dale tu seno ella sabrá que hacer.
Muerte, obedeció maquinalmente y destapo uno de sus pechos, hinchado por la leche. La pequeña boca de la criatura buscó con desesperación el pezón hasta encontrarlo, luego comenzó a beber desesperadamente. Muerte desbordaba felicidad, su usual lividez desapareció y su rostro tomó un color carmín, no podía dejar de llorar de alegría. La criatura, sorbía la leche del seno de Muerte, poco a poco se fue marchitando hasta secarse como una hoja en otoño, al cabo de unos minutos lanzo un último suspiro y su cuerpo quedó inerte, sin vida.

jueves, 30 de septiembre de 2010

El documento extraviado


- ¡Número dos! – anunció el pequeño megáfono colgado en la esquina superior de la habitación.
M.C. Escher - Relativity (1953)
Julián estaba impaciente. Miraba una y otra vez el número anotado en el trozo de papel, lo doblaba y después de unos segundos lo desdoblaba para observarlo nuevamente: tenía el número trece.

Transcurriría al menos una hora hasta que el megáfono anunciara: - ¡Número tres – y después de unos segundos con insistencia: - ¡Número tres, número tres! Una mujer, sentada en la fila posterior a la de Julián, se levantó y entró en la oficina. Julián pensó entonces que quizás podía haber hecho pasar su número, el trece, como un tres con tan sólo romper la parte donde estaba escrito el número uno. Sin embargo, concluyó que esta era una idea tonta y que la mujer con el número tres seguramente no habría caído en tan burda estratagema.

Las otras personas en la sala estaban sentadas en silencio, salvó un par de personas que cuchicheaban todo el rato. Un hombre mayor, sentado al lado de Julián, cabeceaba luchando por no quedarse dormido. Cuando anunciaron el número cuatro, el anciano se levantó y entró en la oficina.

Al lado de la puerta de la oficina, sentada detrás de un escritorio, estaba una secretaría con aspecto malhumorado que revisaba las hojas de un archivador. Julián se levantó de su silla, se acercó hacia ella y le dijo:

- Disculpe usted ¿No hay otra persona que pueda atendernos? ¿Quizás usted? Somos varias personas que estamos esperando por más de dos horas.

La secretaria levantó lentamente la cabeza, hasta posar la vista en los ojos de Julián, el rostro se le demudo por la ira:

- ¡En esta oficina trabajamos en la medida de nuestras posibilidades¡ ¡Cada trámite requiere tiempo para poder hacerse correctamente! ¿Además qué apuro puede tener usted ahora? ¡Siéntese y espere su turno en silencio!

Julián obedeció sin chistar, estaba sorprendido por la inesperada reacción de la secretaría. Las dos personas que cuchicheaban, soltaron una risilla por lo ocurrido a Julián, pero la secretaría les miró coléricamente por lo cual callaron de inmediato.

Las horas transcurrían y Julián lamentaba no haber llevado consigo un libro para matar el tiempo, justamente había iniciado la lectura de La peste de Albert Camus y hasta donde había llegado su lectura, el texto le había encantado; lamentaba que, dadas las circunstancias, dejaría el libro sin concluirlo.

Pensar en el libro que no terminaría de leer, le hizo recordar todas las cosas que había dejado sin concluir, desde las insignificantes hasta las más urgentes: podar el jardín o concluir de escribir su novela. En esas circunstancias todas las tareas le parecían igual de importantes, era incapaz de asignar mayor o menor relevancia a toda idea que le venía a la cabeza y que consideraba inconclusa. Los minutos seguían pasando mientras divagaba en estos pensamientos.

Las paredes de la sala de espera eran totalmente blancas, no había mancha alguna, lo cual impidió que Julián tratase de distraerse buscando dar formas a las manchas, como usualmente todos hacemos cuando nos sentimos aburridos. El piso también era blanco y reluciente, a tal punto que Julián podía verse reflejado en ese piso: -¿Qué cera usarán para el piso? – pensó. Busco encontrar algún cuadro o calendario en aquella sala, pero al no hallar nada se extraño de sobremanera, puesto que usualmente todas las oficinas de ese tipo suelen tener una de estas cosas.

Por fin el megáfono anunciaba su número, Julián se levantó con prisa y se dirigió a la puerta de la oficina. La secretaria mal encarada le miró con desprecio cuando pasó cerca a su escritorio. La oficina tenía un cartel que pedía pasar sin tocar la puerta, Julián abrió lentamente y entró. En el interior, al igual que la anterior sala, las paredes y el piso eran totalmente blancos. Sin embargo, a diferencia de la sala de espera, la oficina tenía varios estantes con grandes archivadores negros. Detrás de un escritorio color café, estaba sentado un hombre con traje y camisa negros y corbata color verde.

- Tome asiento – le dijo el hombre del traje.

- Muchas gracias – dijo Julián. Estuve esperando varias horas ahí fuera ¿Sabe?

El hombre del traje no contestó, miraba con atención un archivador que llevaba el nombre de Julián escrito en letras doradas. Julián continuó:

- Cuando estaba afuera, le comenté sobre la demora a la secretaria ¿Me creería que ella, en lugar de darme una explicación o una posible solución, se molestó y me mando a callar? ¡Esa mujer carece de modales! Deberían ustedes tener más cuidado con la gente que ponen a trabajar en este sitio. ¡Imagínese! ¡Mandarme a callarme de esa forma! Por suerte, yo me caracterizo por ser una persona tranquila y no respondí ante tal agresión, nada obtenía yo discutiendo con una persona como esa, excepto quizás más groserías.

El hombre del traje, cerró repentinamente el archivador. Lanzó un suspiro y miró a Julián interrogativamente. Dijo entonces:

- ¿En verdad está usted reclamándome porque la secretaría le mando a callar? Pues ella tuvo mucha razón al hacerlo ¡Tiene usted una bocota que debería mantener cerrada¡ ¿Dónde cree que está? ¿Qué más le da esperar una o cinco horas? ¡Está usted muerto, hombre! ¡Ya no debería importarle cuantas horas tuvo que esperar!

Julián quedó en silencio, cabizbajo. Había pasado tanto tiempo en aquella sala de espera, que casi había olvidado que estaba muerto. Después de unos segundos dijo con vergüenza:

- Tie…tiene usted razón, discúlpeme. Procuraré dejar de quejarme tanto. Es sólo que aún me cuesta aceptar el hecho de que estoy…muerto.

- Si, a todos les cuesta al principio, pero lo hará ¡Se lo aseguro! Pronto dejará de importarle el tiempo, pues aquí no nos regimos a ninguna ley física. Pero ahora veamos su archivo, a ver… Julián Martínez, treinta y un años, soltero, licenciado en filosofía y letras ¿Filosofía y letras? ¡Pues vaya¡ ¡Seguro que apenas le alcanzaba el dinero para comer!

- Bueno, también era escritor, lea…lea, aquí lo dice.

- Si, ya veo. Pero aquí dice que usted escribía poesía y eso, como sabemos, cualquier pelafustán medianamente instruido puede hacerlo, así que usted no era un escritor verdaderamente. Además, acá indica que usted estaba escribiendo una novela y que estaba quedando bastante mala.

- ¿Qué? ¿Dice eso ahí?

- Si, vea. Aquí, en esta línea. Pero no se preocupe, eso no se le contará como pecado. La falta de talento no es un pecado.

- ¿Pero quién escribe eso? ¿Quién es aquél que se atreve a decir que mi novela iba a ser mala, antes incluso de que la concluyera?

El hombre del traje soltó una carcajada. Pasaron unos segundos antes que pudiese recobrar la compostura. Dijo entonces:

- ¿Cómo que quién se atreve, hombre? Pues está claro: ¡Dios! ¡El Altísimo, el Supremo Hacedor o póngale el nombre que más le suene familiar! ¿Quién cree que escribió su archivo? ¿Quién sino Él podría escribir y juzgar sobre un hecho, antes incluso de que éste aconteciera?

Julián se sonrojó al escuchar la respuesta. Dijo entonces:

- De todas formas… aún no veo el motivo de mi presencia en esta oficina.

- Pues bien, hombre. La situación es muy sencilla: vamos a hacer un recuento de todos los pecados que cometió y a partir de ellos decidiremos donde ubicarle.

- ¿Dónde ubicarme?

- Es decir, si le corresponde quedarse con nosotros o si irá usted con nuestros vecinos del “piso de abajo”.

- ¿El piso de abajo? ¿El infierno?

- Si, el infierno. Pero bueno, mejor vamos a comenzar porque tengo a mucha gente esperando allá afuera. Umm… veamos, a los cinco años lanzó un gato a un pozo, entre los ocho y los diez cazaba pajarillos a pedradas, a los catorce espiaba a su tía mientras se bañaba ¡vaya, hombre! A los quince empezó a fumar; a los dieciséis se emborrachó por primera vez; a los dieciséis y medio, bajo los efectos del alcohol, le tocó el seno a la madre de su amigo. A los veintitrés militó usted en el partido comunista…

- ¿!Como¡? ¿¡Van a considerar mi militancia con los comunistas como un pecado?!

El hombre del traje miró a Julián con una sonrisa irónica y le dijo:

- No sea bobo, hombre ¿Cómo no vamos a considerar pecado una doctrina cuyo uno de sus lemas es “La religión es el opio del pueblo”?

- ¡Pero yo nunca dejé de creer en Dios! ¡Fui comunista, pero jamás cuestione la existencia de Dios! Por otra parte, estos últimos años participe activamente en una iglesia adventista!

- Lo siento Martínez, iglesia equivocada. Dios tiene convenio de exclusividad con la Iglesia Católica. Pero bueno, a propósito del opio y otras sustancias alucinógenas. Acá se señala que usted fumo marihuana un par de veces y que inhalo cocaína en una oportunidad.

- ¡Pero sólo fue para probar lo que se sentía! ¡Nunca más volví a probarla!

- Lo siento, pero los hechos fueron consumados, por lo tanto, se le contarán como pecados. Tres pecados en su expediente para ser precisos.

- ¡Dos pecados! Sólo fueron marihuana y cocaína ¡No probé ninguna otra cosa más!

- No estamos contando la cantidad de drogas que usted probó, sino la cantidad de veces que lo hizo. Dos veces marihuana, una cocaína, son tres pecados. Aquí, se contabiliza la cantidad de los pecados cometidos, no su variedad. ¡Imagínese si no lo hiciéramos así! No importaría la cantidad de personas que matase un asesino, sino sólo el hecho de que cometió asesinato ¡Eso no sería correcto ni justo a la hora de determinar y ejecutar el castigo! Mire por ejemplo ese archivador a su izquierda, ese tiene el detalle de las veces en que usted cometió masturbación.

El rostro de Julían se coloreó por la vergüenza. Miró con asombro el archivo que le señalaba el hombre del traje. Dijo entonces:

- ¿Co…como? ¿Acaso es eso un pecado?

- ¡Claro que si, hombre! ¿No conoce la historia de Onan? ¿Acaso no leyó usted la biblia? No, por supuesto que no, aquí dice que jamás leyó usted la biblia. ¡Desde luego que el onanismo es un pecado! ¡Y de los graves!

- ¿Pero cómo pueden ustedes saber…como pueden contar las veces que yo…?

- Pues mire aquí, este es sólo un resumen de las veces que usted lo cometió. En el archivo que le señale anteriormente tengo el detalle de todas y cada una de las veces que lo hizo, además el detalle sobre quién o quiénes pensaba usted y las situaciones que imaginaba al hacerlo. Como verá, también tenemos otros archivos detallados con las veces que usted se emborracho, blasfemó, fumó, fornico, no fue a misa, etc . ¡Tomamos nota de todo y al detalle! ¿Por qué cree que siempre insistimos en que una vida austera y contemplativa como requisito para llegar al paraíso? ¿En que debe evitarse la tentación y su consumación en el pecado, si se quiere gozar de la gloria eterna que ofrece Nuestro Señor? Y en cuanto a cómo sabemos todo lo que usted hizo en su vida, no olvide que Dios siempre observa a su rebaño y no pierde ningún detalle de lo que hace.

Julián estaba perplejo, no podía imaginar a un Dios voyerista que estaba presente en cada una de sus acciones. De pronto dejo de pensar en eso para que no se le anotara otro pecado. Dijo entonces:

- ¿Pero…pero acaso Dios no tiene cosas más importantes que hacer que estar mirando si yo…?

- Dios está en todos lados, está aquí en esta oficina, esta afuera en la sala de espera, en la tierra de los vivos, en los planetas y galaxias más lejanas, en fin: esta alrededor nuestro y en nosotros. ¡Es ubicuo! Lo ve todo y a todos al mismo tiempo. Y no hay pecado, por insignificante que este sea, del que él no esté enterado. ¡Pero, hombre! ¿Cómo puede usted ignorar eso? Claro, se me olvidaba: usted no fue precisamente un destacado feligrés del Templo del Señor. Vea, aquí también tenemos registrada sus ausencias a nuestra Santa Iglesia.

- ¡Pero cuando era niño fui monaguillo! ¡Por casi cuatro años! ¿Acaso eso no se toma en cuenta? – dijo Julían, con inusitado brio y confianza pues pensaba que tenía un argumento contundente contra el proceso sumario que le hacía el hombre del traje.

El hombre del traje quedó en silencio, tomó el auricular del teléfono que tenía sobre el escritorio (Julián no se había percatado del teléfono todo ese tiempo), marcó el cero y dijo:

- Señorita Teresa ¿Puede traerme el archivo de Pecados Especiales? Gracias, aguardo.

El hombre del traje colgó el teléfono y quedo en completo silencio. Se limitaba a mirar el archivo de Julián, acción que hizo que la confianza de Julián vaya en aumento, pues pensaba que su argumento había echado por tierra las acusaciones de su interlocutor. Se dio cuenta entonces de lo mucho que le gustaría fumarse un cigarrillo en aquel momento de triunfo.

Algunos segundos después entró la secretaria mal encarada, quien traía consigo un archivo. Lo dejo sobre el escritorio, mientras contemplaba con desprecio a Julián. El hombre del traje le agradeció y rompió por fin su silencio:

- Bien, aquí está. Si, justamente la etapa en que usted hacia de monaguillo. ¿No creerá que hemos olvidado las veces que usted se tomó el vino de la ceremonia? Además, están las veces en que hizo alguna jugarreta al señor párroco, por ejemplo, la vez que mezclo orín en el vino ¡Y justo en la misa de navidad! ¡Eso agrava más la situación! ¡ Tampoco olvidamos las veces que usted blasfemó en contra del señor cura, sólo porque le daba coscorrones por no ser un monaguillo aplicado. Vea, todas las faltas que usted cometió mientras fue monaguillo quedan registrados en nuestro archivo de Pecados Especiales, pues son faltas que por sus características tienen mayor gravedad. Más aún si están relacionadas a temas doctrinarios o eucarísticos, como en su caso ¡No olvide que la Iglesia Católica, goza de oficialidad para nosotros! Por tanto, estos pecados se consideran más graves aún, al tratarse de herejías.

Julián se puso pálido de nuevo. Hecho un manojo de nervios, sólo atinó a decir:

- ¿Pero… pero acaso no se toman en cuenta las veces que di limosna a los mendigos? ¿O la vez en que done una considerable suma para la restauración del púlpito en la iglesia de mi barrio?

- Lo siento Martínez, pero las cosas no funcionan así. No tomamos en cuenta acciones para la disminución de los pecados cometidos. Sólo se contabilizan los pecados, no las buenas obras. ¡Además, ni siquiera las categorizamos como buenas obras, pues son sólo acciones que ustedes están en la obligación de cumplir! ¿Dar limosna a un mendigo? ¡Esa no es una buena acción, es una obligación! ¡Siempre tendrían que hacerlo y no sólo arrojarles monedas, sino darles cobijo y alimento como a un hermano! En cuanto a la suma que donó para esa Iglesia ¿No se le ha ocurrido que usted siempre estuvo en la obligación de mantener el templo de Nuestro Señor en perfectas condiciones? Mire Martínez, le aconsejo algo: piense bien lo que va a decir, porque sólo agrava su situación no solo porque muestra que no siente el menor remordimiento alguno por sus acciones, sino que trata de justificarlas.

- Lo…lo siento. Yo…yo, me exalté. Es sólo…es sólo que desconocía que habían cosas que podían tomarse como un pecado.

- ¡Pero por supuesto que las va a desconocer Martínez! ¡Jamás le dio la gana de ponerse a leer nuestra Santa Biblia para saber cuál era el camino correcto que debían orientar sus acciones!

Julián, más avergonzado aún por los comentarios, bajó la cabeza y vio que el cordón del zapato izquierdo se le había desamarrado. En aquel momento, se sintió como un pequeño niño que recibe una reprimenda y que espera con zozobra escuchar su castigo. Con un hilo de voz dijo:

- ¿Iré al infierno?

- Eso lo veremos en unos momentos, Martínez. Antes tengo que ver si se arrepintió con sinceridad antes de morir. Luego se tomará la decisión sobre el lugar en el cual le corresponde pasar la eternidad.

- ¡Pero yo morí en un accidente automovilístico! ¡No sabía que iba a morir precisamente ese día, camino al trabajo! ¿Cómo podía arrepentirme de nada si ignoraba que iba a morir?

- Lo siento, pero ese no es un argumento. Siempre hay tiempo para arrepentirse, sólo basta un segundo. Además, si usted hubiese acudido regularmente con su párroco para que le tome la confesión, seguramente habría tenido menor cantidad de pecados por los cuales dar cuenta y así tendría mayores oportunidades para ingresar al Edén. Pero usted y yo sabemos perfectamente que no fue precisamente muy aplicado en materias concernientes a nuestro Señor y la salvación del espíritu ¿no?

- No…no. Es cierto, nunca me confesaba, era por la falta de tiempo, el trabajo, el maldito trabajo.

- Martínez, usted sabe perfectamente que todo lo que incumbe directamente a nuestro Señor están por encima del resto. Deje de hablar, se mete usted en peores problemas cada vez que abre la boca.

Julían obedeció, no dijo nada más. Mientras tanto, el hombre del traje buscaba y rebuscaba entre las hojas de los archivadores. Revisó una y otra vez, luego fue pasando lentamente página a página sin éxito. Finalmente levanto el archivador y lo agitó en el aire, esperando que cayese algún papel, pero fue en vano. Sacó otros archivos y siguió buscando. Después de algún tiempo de búsqueda infructuosa, se dirigió a la puerta y regresó en compañía de la secretaría mal encarada. Ambos se pusieron a revisar nuevamente los archivos, una y otra y otra y otra vez. El hombre del traje se rascaba la cabeza desconcertado, la secretaría revisaba con desesperación nuevamente los primeros archivos pero por más que lo intentó no pudo hallar lo que buscaba el hombre del traje. Salió a su escritorio y se puso a buscar entre sus propios papeles, pero era en vano, no encontró nada. El hombre del traje, visiblemente molesto, tomó el teléfono e hizo varias llamadas, llegó incluso a elevar la voz mientras hablaba con alguien. Colgó el teléfono y salió de la oficina.

Julián estaba tan confuso por todo lo ocurrido anteriormente, que no prestó atención a lo que sucedía a su alrededor, estaba ausente, sumido en sus pensamientos. Cerraba los ojos con fuerza, pensando que al abrirlos despertaría en su cama y que todo eso no sería más que un anecdótico sueño.

Después de un rato, el hombre del traje oscuro regresó a la oficina, se sentó en su silla visiblemente molesto y dijo:

- Martínez, debo decirle que ya hallamos el problema de su caso: nos falta un documento, el documento donde indica si usted se arrepintió o no de sus pecados.

- ¿Es decir que tuve tiempo de arrepentirme antes de morir?

- No. Lo que quiere decir es que usted aún no ha muerto.

Julián empalideció y abrió los ojos preso del pavor. El hombre del traje oscuro prosiguió:

- Usted aún no ha muerto, está en coma. Su cuerpo es mantenido con vida con unos aparatos, allá en la tierra.

- ¿Pero entonces voy a regresar a la tierra?

- Mientras esté en coma, no: se quedará aquí. No sabemos si usted saldrá del coma pronto o si demorará varios años, eso está en manos de Dios y sus designios son inescrutables aún para nosotros, simples funcionarios de su Reino. Tampoco parece que sufrirá usted una muerte provocada allá en la tierra, puesto que, según mis informes, sus familiares han decidido mantenerlo con vida cueste lo que cueste, con la esperanza de que salga del coma. Tampoco le ayuda mucho el hecho de que en su país de origen la ley no permita la eutanasia.

- Eso, significa que…

- Eso significa que ahora mismo, no podemos darle una respuesta sobre cuál es el destino que le espera: si el Edén o…

- …o el piso de abajo

- Exacto, Martínez. Así que no le queda más remedio que aguardar a que alguna de las dos soluciones se presente: su muerte o su salida del estado de coma.

- ¿Pero entonces…? ¿Mientras tanto…que hago yo?

- Mientras no haya una solución definitiva va a tener que esperar fuera. Cuando tengamos la solución se le llamará por el megáfono.

- Pero hasta entonces podrían pasar horas, días o…

- …o años. Exacto Martínez, podría pasar años antes de que su caso se solucione. Pero por el momento la solución está fuera de nuestro alcance. Así que va a tener ser paciente y esperar afuera, así nosotros podremos continuar normalmente nuestras labores. Buenas tardes, señor Martínez.

- ¡Pero…pero ustedes no pueden hacerme eso! ¡No pueden decirme que no saben cuánto tengo que esperar! ¡No pueden…!

- Dije buenas tardes, Martínez. Afuera hay mucha gente aguardando y es justo que se les atienda y no se les haga esperar. No haga usted más escándalo, no olvide que su archivo sigue abierto y que aún se le van contabilizando sus pecados. Julián quedó en silencio, iba a decir algo pero prefiero callar. Dio las buenas tardes, abandonó la oficina y fue a sentarse en el mismo asiento donde anteriormente estuvo esperando. Al cabo de unos segundos se acercó al escritorio de la secretaria mal encarada, le preguntó si por casualidad no tenía un periódico o una revista para leer. La secretaria abrió uno de los cajones de su escritorio, sacó un grueso y empolvado libro con letras doradas., lo soltó sobre la mesa y le dijo a Julián que tuviese cuidado con no ajar las hojas, pues ella misma se encargaría de revisarlas cuando el libro fuese devuelto. Las letras doradas del libro decían “Santa Biblia”. Julián, con el libro entre las manos volvió a su asiento, abrió la primera hoja y se puso a leer. Lamentaba no haber traído consigo el libro de Camus.

martes, 7 de septiembre de 2010

LA CIÉNAGA

Por los polvorientos caminos del erial avanzan tres tristes figuras. Dos van a caballo, una a pie, cubiertos de polvo, con la boca seca y hostigados por el ardiente sol, parecen vagar sin rumbo mecidos por el viento.
Los que montan caballos tienen la tez  quemada por el sol, calzan botas, pantalones largos, camisa y sombrero de ala ancha, son los patrones. Quien va sin montura; descalzo, con harapos que le cubren el cuerpo; es el indio, que camina silencioso y tratando de no perder el paso a los patrones, pues se arriesga a recibir unos azotes por retrasarlos.
-          No entiendo como ha podido Ud. afincarse tan lejos del pueblo, compadre.
-          Ya me conoce compadre. No soporto el bullicio de los centros poblados y prefiero la tranquilidad del campo.
-          Entiendo a lo que se refiere compadre, pero yo prefiero soportar todo ese ruido y estar cerca de gente civilizada. Mis tierras no están más que a tres horas del pueblo, pero las suyas…
-          Lo sé, no a todo el mundo le atrae viajar tantos días para ir hasta mis tierras, pero yo lo prefiero así.
-          Sin embargo compadre, yo no entiendo cómo ha podido usted acostumbrarse a vivir rodeado de indios salvajes.
-          Ellos trabajan bastante bien.
-          Si, yo sé que trabajan muy bien. De hecho, yo en mi finca utilizo su mano de obra, por ello preferí construir casas para que vivan familias enteras a cambio de trabajo. No contrato gente en el pueblo, sólo como capataces, porque de jornaleros trabajan la mitad que un indio y cobran más. En cambio, a los indios sólo tengo que darles comida y el alcohol que tanto les gusta, pero a cambio la familia entera trabaja. Sin embargo, yo me refería a cómo puede vivir rodeado de ellos, sin otro blanco con quien poder conversar.
-          Ahora mismo charlo con usted, compadre.
-          No sea cínico compadre. Me refiero a todo el tiempo que no tiene visitas en la hacienda. Estos indios son tan ignorantes e indolentes que ni siquiera se esfuerzan por aprender español. Además, son muy supersticiosos, pues aún creen en falsos dioses y constantemente mienten al párroco.
Una gran serpiente salió reptando por la senda. Los caballos se pararon en seco, nerviosos. El indio inmutable, tomó el machete que tenía colgado. Con el cayado que llevaba en una mano, ágilmente aplastó la cabeza de la serpiente para luego cortarla con el machete. La serpiente descabezada, se agitó por unos instantes, como si estuviese danzando un último vals de muerte. Poco a poco, los últimos rastros de vida fueron desvaneciéndose del cuerpo de la serpiente, luego el indio tomó el cuerpo para guardárselo en el morral. El visitante en el caballo miró todo esto atónito, el anfitrión continuaba impasible.
-          ¡Si algo hay que reconocer a estos indios, es la sangre fría que les corre por las venas! Éste ni siquiera parece haberse sorprendido por la aparición de la serpiente ¡Estoy seguro que le hubiese dado lo mismo cortar una serpiente o el cuello de alguno de nosotros!
-          No exagere compadre. Pero ya ve como estos indios tienen muchas cualidades. Entre ellas su aplomo ante casi cualquier circunstancia.
-          Usted lo llama aplomo compadre, pero yo le llamó perversidad. Yo dudo que nuestro Señor les haya otorgado un alma y el don de la razón ¡Son como bestias salvajes! Totalmente impredecibles y dispuestos a traicionar a quien fuese.
-          Disiento en ello, compadre. Estos indios, especialmente el que nos acompaña, son totalmente confiables. Harían cualquier cosa que les pidiese y jamás me traicionarían.
El indio, sin darse siquiera como aludido, caminaba en silencio sin perder el paso de las monturas de los dos hombres. El morral que llevaba al hombro estaba manchado con la sangre aún fresca de la serpiente.
Tras varias horas de camino llegaron a la hacienda, los indios salieron a recibir a los recién llegados, mirándolos en silencio. Los niños fueron los únicos que se acercaron entre risas y gritos, tras que el visitante se bajó del caballo lo rodearon mirándolo con asombro. Mientras caminaba, le siguieron  y la algazara se hizo más fuerte, algunos indios mayores sonreían al ver al visitante perseguido por la comitiva de niños. Uno de los niños, el más osado, se sujeto del morral del visitante, mientras gritaba divertido. El hombre, al sentir que le jalonaban el morral, montó en cólera y despachó una sonora cachetada al niño que le caer al suelo, ante el asombro de todos los observantes. Luego de tan violenta reacción, el grupo de niños desapareció para esconderse detrás de sus madres. El visitante gritaba furioso:
-          ¡Malditas bestias! ¡Uno se descuida un minuto y estas bestias le toman confianza! ¿Lo ve, compadre? ¡Es por eso que detesto a estos infelices indios! ¡Ni siquiera son capaces de enseñar a sus hijos el respeto que deben guardar hacia nosotros!
El visitante, furibundo, se quitó el cinturón para continuar golpeando al niño en el piso, pero fue detenido a tiempo por el anfitrión.
-          ¡Cálmese, compadre! ¡Es sólo un niño!
-          ¡Niño o no, son unas malditas bestias! ¡Un perro vale más que ellos!
-          ¡Es suficiente compadre!¿Tengo que recordarle que soy su anfitrión y que usted, como mi invitado, debe guardar respeto al estar en mi hogar?
El invitado reaccionó ante las palabras del anfitrión y guardó el cinto. Visiblemente avergonzado dijo:
-          Disculpe mis modales compadre. Es el cansancio, el largo viaje hasta aquí ha influido sobre mi paciencia y el comportamiento de esa bestezuela ha terminado por ofuscarme.
-          Olvídelo compadre. Ahora, le invito a pasar a la casa para que se asee y tomar una bebida fría. Es casi mediodía y el almuerzo pronto estará listo.
Más tarde, cuatro indios le trajeron un gran barreño de madera lleno de agua. El invitado se desnudo y se sumergió, el calor era intenso a esa hora y el agua estaba perfecta. Tomó el morral y sacó un mapa, se puso a estudiarlo para ver cuánto camino había avanzado esos días. En el mapa, la distancia recorrida parecía ínfima, pero en verdad el trayecto había sido largo. Pasaron los minutos y quedó dormido dentro del agua, el brazo con el mapa se quedó colgando fuera del barreño y se le escapó de las manos, cayendo en un charco de agua que lo mojó por completo.
Entraron un par de indias llevando consigo toallas y rompa limpia. El visitante despertó de su sopor y se puso en pie para secarse. Las indias, al ver la desnudez del visitante, sonrieron y secretearon en un idioma inentendible. El visitante, al darse cuenta de que era observado, se colocó una toalla en la cintura y luego gritó a las mujeres para que salgan de la habitación. Algunos pensamientos acudieron a su cabeza:
-          Estos indios son libidinosos, en especial las mujeres. Si no fuese porque la palabra de nuestro señor Cristo ha llegado hasta estos lares, es seguro que se la pasarían todo el día follando, como los animales irracionales y primarios que son. Esas mujeres me miraron con lascivia que nunca vi en una mujer blanca, ni aún entre las mujerzuelas ¿Cómo hará para aguantar mi compadre? Más aún desde que enviudó, hace ya casi 10 años. Desde la muerte de su esposa se vino a vivir aquí, entre estos miserables, casi sin tener contacto con blancos y ni que decir de mujeres. ¿Será posible que mantenga relaciones carnales con indias? No sería raro, pues no tengo noticia de que frecuente ninguna mujer del pueblo, además a decir verdad, estas indias son bastante atractivas, pese a ser unos seres inferiores por naturaleza. Sin embargo, el que tenga contacto sexual con estas mujeres, es antinatural y una herejía ante los ojos de nuestro señor Jesucristo, pues escrito está que tener trato carnal con cualquier bestia es un grave pecado. ¿Será por  eso que actuó así cuando quise golpear a aquél mocoso? Ahora que lo pienso, aquella bestezuela tenía la piel más clara, quizás es un bastardo suyo, un error de la naturaleza engendrado en alguna de estas indias. ¡Estoy seguro que muchos de esos niños son hijos suyos! ¡Pobre compadre! ¡El vivir rodeado de estos indios ha hecho que abandone el sendero de nuestro Señor Jesucristo, el único camino hacia la liberación, haciéndolo caer en manos de la herejía y la depravación!
En estos profundos y teológicos pensamientos estaba cuando una niña india, en imperfecto español le comunicó que el almuerzo estaba servido. El visitante miró de pies a cabeza a la niña, tendría al menos unos doce años, con la piel ligeramente más clara que el resto de los indios, el pelo liso y negro hasta la cintura, los rasgos del rostro ligeramente diferentes a otros niños indios y con unos ojos verde olivo que delataban quien era el padre de la niña. Al invitado le recorrió un escalofrío por la espalda, se persigno tres veces y salió al comedor.
El almuerzo no era variado, ni tampoco abundante. Algo de carne seca, tubérculos, cereales y algunas frutas. Para beber, había una jarra de agua fresca y otra con una bebida fermentada que preparaban los indios. El invitado se sirvió agua y rechazó la bebida fermentada, aduciendo que no gustaba de tomar las bebidas con la que los indios se embrutecían y faltaban al respeto al Señor Jesucristo. El anfitrión con una mueca de disgusto, que no trato de disimular, sacó de su bodega una botella de vino que fue aceptada por el visitante. Al terminar el almuerzo, tomaron un par de sillas y salieron a sentarse en el pórtico de la casa, donde corría una agradable brisa.
-          ¿Sabe compadre? Nunca imaginé que avanzaría tan lejos, menos aún en territorio de indios, sólo para cobrar una deuda.
-          Yo también estoy sorprendido, compadre. Aunque conozco muy bien su ambición, no imagine que ésta le animaría finalmente a cobrar una deuda injusta.
-          ¿Injusta, compadre? Yo sólo vine a cobrar lo que me corresponde por derecho.
-          ¿Por derecho, compadre? ¿Son acaso unos intereses tan altos, que han cuadriplicado mi deuda, algo que estén en el ámbito de la justicia?
-          Los intereses no son más que el justo y cabal reconocimiento por la ayuda que uno presta al prójimo en momentos de desesperanza.
-          ¿El justo y cabal reconocimiento, compadre? Concuerdo en que su préstamo me ayudó a salir del apuro que tenía en ese momento, pero no me di cuenta que salí de un problema para entrar a otro: los fuertes intereses que usted pide.
-          Sin embargo, en aquel momento aceptó las condiciones, compadre. Por lo tanto, hubo un consentimiento de su parte sin presión alguna. Yo en este caso, no hice más que tenderle la mano desinteresadamente, prestándole el dinero que bien podría haber invertido en otro negocio.
-          ¿Negocio? En otra usura, querrá decir.
-          ¡Usted me ofende, compadre! Le recuerdo nuevamente que usted estaba al corriente de los intereses, los cuales no hacen más que reponer las molestias que obtuve por mi desprendimiento. Yo sólo fui orientado por la necesidad de colaborar al prójimo, cómo predicaba nuestro señor Jesucristo.
-          Si compadre, en verdad tiene usted tal actitud de servicio al prójimo que a veces me es imposible dejar de compararlo con uno de los apóstoles o incluso con el mismo Jesucristo.
-          ¡No voy a tolerar tal blasfemia, compadre! ¡Y menos aún de alguien quien mantiene  relaciones carnales con indios, contraviniendo así las más elementales reglas de una sociedad civilizada!
El silencio se apoderó del lugar, un ligero viento agitó la camisa del visitante, quien se había puesto de pie exaltado. El anfitrión bajó la cabeza, dubitó por unos instantes y dijo:
-          ¿Quién le ha dicho tal cosa?
-          No ha tenido que decírmelo nadie, pues yo lo he visto con mis propios ojos. No hay que ser muy observador para darse cuenta que la niña india que vino a llamarme para almorzar es hija suya. El color de los ojos la delatan. Confiéselo compadre, ha estado usted fornicando con estas indias y esa niña es prueba de ello, es hija suya.
-          ¿Y qué piensa hacer ahora compadre? ¿Va a contárselo a todos en el pueblo?
-          Sé que usted piensa que yo soy indiscreto. Sin embargo, yo me caracterizo por mi reserva y prudencia. Pero aún así su falta es grave y de regreso al pueblo, tendré que contárselo al señor párroco, para que él venga en persona a tomarle confesión e imponerle penitencia. Quizás así el pueda salvar su alma, mancillada ya por culpa de estos indios malnacidos.
-          ¿Confesarme ante ese párroco? ¡Antes tendría él que ser confesado! ¡Ese pedófilo rastrero hace tiempo habría sido ex comulgado si no gozase de los favores de la esposa del alcalde, de quién es amante! ¡No hablará en serio al pedirme que me confiese ante esa escoria humana!
-          Compadre, voy a hacer como si no hubiese escuchado las injustas acusaciones que hace usted sobre nuestro señor párroco. Rumores totalmente infundados por cierto, pues nuestro clérigo ha demostrado integridad y una vida consagrada a Dios. Además, la supuesta aventura que usted aduce tiene con la dignísima esposa de nuestro alcalde, son sólo rumores de gente ociosa que envidia la calidad moral de tan insignes personajes, cuyo papel ha sido primordial para la evangelización de los indios. Yo personalmente, he estado presente en casa del señor Alcalde, cuando su esposa reza al rosario junto a nuestro párroco, tres veces al dia, después de cada comida, cumpliendo así con sus obligaciones a nuestro Señor.
-          La supuesta evangelización de indios que usted señala beneficia enteramente a ambos. A la mujer porque consigue mano de obra gratuita para trabajar en las tierras de su ilustre esposo y al párroco que consigue aplacar su concupiscencia con los cuerpos de niños y mujeres indias.
-          ¡Compadre, no pienso tolerar más sus acusaciones infundadas contra dos dignísimos representantes de nuestra sociedad! ¡Le advierto que de continuar usted, haré llegar sus insinuaciones al mismísimo alcalde y otros ilustres representantes del Estado! Ellos no sólo estarán furiosos por sus infundadas acusaciones, sino también por enterarse de los tratos carnales que ha tenido con las indias, lo cual puede generar que le confisquen sus tierras por atentar contra la moral pública.
El anfitrión suspiro profundamente. Se levantó del asiento, entró en la casa y tras unos minutos salió con un mapa en la mano.
-          Compadre, sé cuando tengo perdida una batalla. Es evidente que mis palabras me hacen proclive a perder mis propiedades, cómo ya le ocurrió antes a algunas personas que fueron acusadas y juzgadas, en virtud a una ley inexistente, por favorecer a los indios aún cuando realmente no lo hicieran. Sé que dicha ley ha sido inventada por el Alcalde y algunos poderosos del pueblo para obtener las tierras que codician. Por ello, voy a retractarme de lo dicho anteriormente y vamos a hablar sobre mis obligaciones pecuniarias con usted. El caso es que no tengo el dinero en efectivo como ya le había comentado antes de partir, pero pienso pagarle la deuda con ganado, aunque ahora mismo tampoco tengo los animales en mi poder.
-          ¡Pero compadre! ¿Cómo es posible eso? ¡Me ha traído hasta aquí, haciendo que descuide mis obligaciones, sólo para decirme que no va a pagarme?
-          En ningún momento dije tal cosa, compadre. Sólo dije que no tengo los animales aquí para pagarle. En efecto, tengo los animales a un día y medio de camino de la hacienda, pastando al otro lado del rio, allá donde crece más forraje.
El anfitrión extendió el mapa sobre la silla y señalo con el dedo el lugar donde estaba el ganado, continuó diciendo:
-          Mire, compadre. Como desagravio por mi comportamiento de hace unos minutos y para hacer que el viaje valga la pena, voy a recompensarle dándole más ganado del que le prometí.
-          Es usted un hombre generoso y correcto, compadre. Le diré a nuestro párroco que le tome en cuenta en sus plegarias ¿Cuándo partimos?
-          Compadre, he pasado casi tres semanas en el pueblo antes de retornar con usted. En todo ese tiempo la hacienda ha estado al cuidado de los indios, pero como usted mismo sabrá, hay ciertos quehaceres que ellos son incapaces de hacer y que requieren mi atención inmediata. Por eso no podré acompañarle, tendrá que ir usted sólo.
-          ¿Sólo? ¡Pero yo no conozco estos rumbos!
-          Lo sé y por eso le acompañará el indio que vino con nosotros. Es un gran guía y conoce perfectamente la zona. Le ayudará además a juntar el ganado y traerlo.
El invitado paseo pensativo con cierto mal humor, pero recordó que el trato le favorecía y sólo era necesario un pequeño sacrificio.
-          Está bien compadre, iré junto al indio a recoger el ganado ¿Cuándo puedo partir?
-          Dispondré que todo esté listo para que partan mañana. Ahora voy a sacar unas cuantas botellas de aguardiente para celebrar nuestro acuerdo.
Los dos hombres se pusieron a beber hasta quedar borrachos, cuando se acabó el aguardiente y el vino, bebieron la bebida fermentada hecha por los indios. El visitante se retiró a altas horas de la noche, en anfitrión se quedó dormido sobre un silla, roncando ruidosamente.
El invitado, tanteaba en la oscuridad sin poder encontrar su habitación. Halló una puerta, busco el picaporte y entró a una espaciosa habitación. Sobre una cama, cubierta con un mosquitero, dormía la niña india de ojos verdes. El invitado se acercó a la cama tambaleándose y se puso a observarla. El cuerpo de la niña, cubierto con un delgado camisón blanco, delataba los nacientes pechos.
La lascivia se apoderó del cuerpo del invitado y se abalanzó sobre ella. Le cubrió la boca con una mano mientras con la otra le desagarraba la ropa. La niña lloraba mientras era violada. Luego de cometer el crimen, el invitado se quedó dormido sobre el charco de sangre que se formó en la cama. La niña aprovechó el sueño del visitante para escapar de la habitación.
Al día siguiente, el invitado se despertó con las primeras luces de la mañana. Tenía el vientre, el sexo y las piernas manchadas con sangre seca. En las sabanas y el colchón había una mancha carmesí. El invitado volcó el colchón en el catre, para esconder la mancha, quitó las sábanas y fue a su habitación a esconderlas entre su equipaje. El barreño con el agua estaba listo, así que se sumergió en él para limpiarse la sangre seca. Se restregó y restregó los lugares manchados, especialmente el sexo, restregándolo con desesperación para luego estallar en lágrimas.
-          ¡Señor Jesucristo, perdóname! El veneno que toman los indios me ha degradado a su nivel, ha hecho que el demonio se apodere de mi cuerpo y que peque contra Ti y tu palabra. ¡He fornicado con una de esas bestias y ahora mi alma está condenada en el averno! Perdóname, Señor Jesucristo, he sido engatusado por estas malditas bestias lascivas.
Salió del barreño, se arrodilló desnudo en medio de la habitación y se puso a rezar con desesperación. Más tarde tocaron su puerta, el invitado entró en pánico pensando que era la india de los ojos verdes, se colocó apresuradamente una toalla y dijo que no le molestaran porque se estaba aseando. Del otro lado, se escucho la voz del anfitrión que le invitaba a pasar al comedor a a servirse el desayuno.
En la mesa del desayuno, el visitante estaba ausente, no seguía la conversación del anfitrión quien hablaba animadamente. El invitado pensaba:
-          ¿Será que él está enterado de lo que pasó? ¿Por qué no me dice nada? ¿Me está torturando? ¿O es que se burla de mí, porque sabe que me he rebajado a su nivel?
Dos indias entraron en el comedor trayendo agua, leche, pan recién horneado y algo de queso.
-          ¿No come usted, compadre? Mire que con la resaca de esta mañana me levanté con ganas de comerme una vaca entera, cola y todo.
-          No…gracias. En verdad me siento un poco indispuesto, creo que esa bebida que toman los indios me ha afectado al estomago y no me siento demasiado bien. Quisiera más bien saber si todo está dispuesto para mi partida.
-          Ya casi está todo listo. Ahora mismo están cargando a su caballo algunos víveres para el viaje, en menos de una hora estará usted en camino.
El visitante, cabizbajo, levantó instintivamente la mirada y miró hacia la puerta. En el portal, estaba la india de los ojos verdes observándole en silencio, con aire impasible, sin la menor expresión en su rostro que delatará odio, miedo o sentimiento alguno. Sólo le observaba de pie, en silencio. El invitado sintió que aquellos ojos verdes le perforaban la cabeza hasta llegar al centro de su alma, aterrado apartó la mirada de la muchacha y se levantó de la mesa violentamente.
-          ¡Una hora! ¡Entonces me queda menos tiempo del que pensaba para tener listo mi equipaje! Es mejor que me retire a mi habitación cuanto antes para ordenar mis pertenencias. Le ruego que disculpe mis modales compadre, pero es mejor tener el equipaje listo para salir cuanto antes.
-          Entiendo compadre, mandare a alguien para que le ayude.
-          ¡No es necesario, puedo hacerlo yo sólo!
El visitante se retiró a su habitación y se puso a empacar, no sabía que hacer con las sábanas manchadas con sangre. Justo en el instante en que tenía las sábanas entre las manos, una india entró a la habitación trayéndole ropa limpia. El invitado sacó a empujones a la india, maldiciéndola. Trancó la puerta, tomó las sábanas y las dobló, formando un paquete que luego guardó en el morral. Corrió a la puerta y al abrirla se encontró con la india de los ojos verdes. El invitado se detuvo en seco, totalmente paralizado por el pánico, la niña le miraba sin decir nada. Pasados unos segundos, el pavor del invitado se convirtió en rabia y hecho a la india de los ojos verdes amenazándola con el brazo en alto.
Salió de la casa y se interno en el monte. Camino unos minutos hasta que la hacienda se perdió de vista y hasta estar seguro de que nadie le seguía. Sacó las sábanas manchadas del morral, cavó apresuradamente con las manos hasta hacer un hueco lo suficientemente profundo para esconder el paquete. Colocó las sábanas en el hueco y luego las cubrió de tierra. A continuación, volvió apresuradamente a la hacienda, al parecer nadie había notado su ausencia.
Una vez en la habitación, ya más tranquilo, terminó de ordenar su equipaje y se dispuso a salir. Buscó a su anfitrión, le abrazó efusivamente y le dijo que pasaría por ahí al regresar con el ganado. Luego se dirigió al establo a recoger su caballo.
Cargaba las últimas cosas en su montura cuando sintió una presencia detrás de él. Se giró lentamente y vio a la india de los ojos verdes de pie frente, con un paquete entre las manos. El visitante entró en pánico al ver el paquete ¿Acaso aquella india le había seguido sin que él se diese cuenta? ¿Le había seguido y visto donde escondía las sabanas para luego desenterrarlas? Nuevamente, la sorpresa inicial se convirtió en ira, el visitante se abalanzó sobre la niña y comenzó a abofetearla mientras la maldecía. La niña lloraba mientras intentaba cubrirse el rostro de los golpes que recibía del visitante.
-          ¡Compadre! ¿! Qué hace usted!? ¿Acaso ha perdido la razón? ¡Pare ya de golpear a esa niña!
El anfitrión sujetó fuertemente al invitado, permitiendo a la niña que se escabulla. Poco a poco, el invitado fue calmándose.
-          ¡No puedo creerlo, compadre! ¿Golpea usted a una niña por el sólo hecho de ofrecerle un pedazo de queso para su viaje?
El invitado miró atónito el paquete, lo tomó del suelo y lo desenvolvió. En efecto, dentro había un gran trozo de queso.
-          Compadre ¿Está usted bien? Quizás es mejor que pase esta noche aquí, por lo visto la borrachera de ayer le ha descompuesto más de lo que creía.
-          No,no…no, compadre… le agradezco, pero estoy bien y es mejor que parta cuanto antes.
-          ¿Está usted seguro, compadre? Mire que puede quedarse en la hacienda el tiempo que usted guste.
-          Si,…estoy seguro. Debo irme cuanto antes.
-          Dispense usted si soy tan insistente compadre, pero el sentido común y la solidaridad me obligan a volver a preguntarle si se encuentra usted bien. Miré que golpear a una niña, aunque se trate de una india, sólo porque le trajo el pedazo de queso que yo le obsequie para el viaje…pues me hace temer que usted no se encuentre en condiciones para hacer el camino.
-          No, compadre. Todo está bien, se lo aseguro. Sólo perdí los estribos por unos minutos. Son los nervios antes de comenzar el camino, usuales a todo viajero por más experimentado que este sea.
-          Pues, si usted lo dice compadre. En fin, lo espero afuera, junto al guía que ya está listo para partir.
-          En seguida estoy allá, compadre. Sólo deme unos minutos para tomar aire.
El anfitrión abandonó el establo dejando al invitado a solas. Al cabo de unos minutos, más tranquilo ya, tomó el paquete y una leve sonrisa se le dibujo en el rostro por haber armado ese escándalo sólo por un pedazo de queso. Terminó de cargar a su montura y se dispuso a ponerse en marcha.
Al salir, el anfitrión estaba esperándole rodeado de varios indios. El invitado abrazó efusivamente a su anfitrión y le dijo que volvería al cabo de unos días.
-          Compadre, irá usted acompañado por Rodolfo, un guía excelente que conoce el camino como la palma de su mano. Además, el conoce muy bien el rio que en esta época del año, es muy traicionero por las lluvias. En caso de que le faltasen víveres, Rodolfo de inmediato cazará alguna presa para que se alimenten, conoce además las frutas silvestres que pueden ser consumidas. El único problema es que él no habla español, aunque si lo entiende, pero me imagino que ese detalle no significará la menor molestia para usted.
-          En efecto compadre, yo no tengo nada que conversar con estos salvajes. ¡Ea! ¡En marcha!
El visitante espoleó el caballo, el indio, siempre a pie, comenzó a caminar sin perder el paso. El invitado se quitó el sombrero para despedirse de su anfitrión, quien contestó con un gesto similar. Los indios observaban en silencio. Adelante, la niña de los ojos verdes, con el rostro hinchado, observaba al visitante, quien nuevamente sintió que sus ojos le llegaban hasta el alma. Un escalofríole recorrió la espalda al recordar su crimen. Golpeo ligeramente los costados del caballo quien se puso al trote, el indio se puso a correr detrás del jinete.
Más tarde, la hacienda se perdía en el horizonte. Ahora, el visitante hacia que su montura camine lentamente, para que el indio pudiese seguirle el paso. El indio jadeaba aún por la carrera detrás del jinete, aunque no por eso descuidaba el paso.
El visitante miraba al indio con sorna y no entendía que aquel tuviese por nombre Rodolfo. A su entender, daba lo mismo ponerles o no un nombre a los indios, porque nunca los utilizaban. Pensó para sus adentros:
-          Estos indios son menos valiosos que un perro. Peor aún que un caballo o un jumento, a quienes se les puede cargar varios kilos, mientras que estos indios no soportan más peso de los que aguantaría un ser humano. Verdaderamente no entiendo porqué nuestro Señor Dios creó a estos salvajes, siendo que carecen de las cualidades de otros animales. i siquiera son superiores a la mujer, ser creado por el Altísimo para la dignísima tarea de servir al hombre. Aún con toda la imperfección inherente de la mujer, esta supera con creces al indio. ¡Y ni hablar de la mujer india! Ser aún más inferior al indio, cuya existencia tiene menor sentido a no ser las que tengan como fin la fornicación ¿Acaso no soy yo precisamente una víctima del origen demoniaco de este ser infame? ¿No está acaso el mismo Satanás más cerca de la india que incluso nuestro Supremo Señor? ¿Sin embargo ¿Quién soy yo para cuestionar los designios del Altísimo? Lo único que debo entender es que todas las bestias, incluyendo a estos indios, han sido creados para que el hombre, ser privilegiado de la creación, se sirva de ellas, tal como dispuso desde el principio de los tiempos nuestro Supremo Hacedor.
El visitante iba sumido en tan doctos pensamientos que versaban sobre cuestiones teológicas, filosóficas y biológicas, que casi no se dio cuenta que llegaba el atardecer. Pararon cerca de un gran árbol y amarraron al caballo. El indio, sin que el visitante se lo pidiera siquiera, encendió una pequeña fogata y se puso a cocinar. El visitante, con un poco de aversión, comió lo cocinado por el indio, mientras comía le miraba con extrañeza. Luego de comer, el invitado tomó un sorbo de vino y se echo a dormir.
Aquella noche, el sueño del visitante fue invadido por pesadillas donde era recurrente la presencia de la india de los ojos verdes, quien le observaba en silencio, sin rastro alguno de sentimiento en el rostro. Los ojos verdes de la india parecían invadir todo el espacio hasta convertirse en ojos gigantes que lo miraban cual si se tratase de un simple insecto. El visitante, totalmente aterrado, huía sin poder esconderse de aquellos ojos verdes, no importaba donde se ocultase, siempre sentía aquellos ojos penetrantes sobre él.
El visitante despertó sobresaltado y empapado en sudor, el indio le zarandeaba con desesperación. La actitud del indio le indignó y le pegó una bofetada que le hizo caer al suelo. El indio, desde el suelo balbuceaba:
-          ¡Bandidos! ¡Bandidos!
-          ¿Bandidos? ¿De qué estás hablando indio de mierda?
-          ¡Bandidos! ¡Bandidos!
El visitante miró alrededor suyo, el corcel había desaparecido junto a su equipaje. Entonces cayó en cuenta de lo que decía el indio: mientras dormían habían sido atracados por bandoleros y estos les rodeaban, seguramente para asesinarles. La noche tenía luna llena, que alumbraba como si se tratase de un farol, sin embargo, el visitante no pudo ver a ninguno de los cuatreros, que supuso estaban ocultos en el monte. Llevó la mano al cinto y tomó su revólver, dio un par de tiros hacía el monte, allí donde había escuchado algún ruido, aunque no estaba seguro si se trataba de uno de los pillos o algún animal. Nuevamente, disparo aleatoriamente, creyendo que con esto los bandidos se intimidarían. Volvió a cargar el arma y apuntó a todos lados con la mano temblorosa.
El indio se puso de pie e hizo señas para que el visitante le siguiera. Éste avanzó unos pasos s sin dejar de apuntar al monte, luego comenzó a correr. Tomaron una senda que les condujo a una gran loma de arena, en cuya cúspide el visitante aguzó la vista para ver si les seguían, aunque no pudo ver a ninguno de sus perseguidores, aunque tenía la certeza de haber visto siluetas que se movían apresuradamente en el interior del monte, como si se estuviesen agrupándo antes del ataque final.
-          ¡Maldito indio! ¿Dónde me llevas? ¡Aquí en esta loma estamos a descubierto, los pillos no tardarán en alcanzarnos!
El indio, señaló hacia el rio, luego hizo un gesto para que el visitante le siguiera. Corrieron unos cuantos metros antes de llegar al lecho semiseco del rio, no había demasiada agua y la corriente era moderada. Corrían por lugares enfangados, las piernas del visitante se hundían hasta la rodilla, cayó un par de veces.
-          ¡Infeliz! ¡Nos alcanzarán rápidamente si seguimos por el fango! ¡Es mejor que sigamos el curso del rio!
El indio negó rotundamente con la cabeza.
-          Serpiente, serpiente.
En efecto, el visitante se dio cuenta que algunas serpientes flotaban apaciblemente sobre las aguas y a simple vista parecían ser ramas flotando, tan sólo las delataban los ojos que brillaban en la penumbra. Preso de la desesperación, el visitante decidió seguir el paso al indio. Algunas nubes cubrieron la luna, casi no se podía ver donde pisaba. El indio gritó:
-          ¡Bandidos! ¡Bandidos!
El visitante, entró en pánico y fue dando brincos en el fango como pudo, hasta lograr rebasar al indio. Las piernas se le hundían en el lodo, una de las botas se le quedo atascada e intentó sacarla con desesperación, pero no pudo hacerlo. Tomó nerviosamente el arma del cinto y disparó en todas direcciones tratando de ahuyentar a los cuatreros. El arma se quedó sin balas y se dio cuenta que en la carrera había dejado caer las municiones. Tiró el arma, sacó el pie de la bota aprisionada y continuo moviéndose a trastabilladas. No vio al indio por ningún lado, lo cual le hizo poner más ansioso.
Continuó corriendo en el fango por varios metros, a cada paso sus pies se hundían en el lodo. De pronto, cayó en un pozo donde el fango le llegaba hasta la cintura. Trató desesperadamente de de aferrarse a algún borde, pero por más que estiraba sus manos sólo encontraba fango del cual era imposible asirse, entró en pánico y comenzó a gritar en medio de sollozos.
-          ¡Malditos bandidos! ¡malditos! ¡Ayúdenme a salir de aquí! ¡Me hundo! ¡Por el amor de Dios, les ruego que me saquen de aquí antes de que me hunda por completo!
Nadie contestó a sus súplicas. El invitado gritó por un rato, hasta darse cuenta de que no había ningún bandolero cerca que pudiese escucharle. Comenzó a gritar entonces:
-          ¡Indio! ¡Indio! ¡Maldito indio, ayúdame! ¡Sácame de aquí! ¡Me hundo!
No hubo respuesta alguna. La voz del visitante se quebró y comenzó a llorar. Grito entonces:
-          ¡Rodolfo! ¡Rodolfo! ¡Ayúdame por el amor de Dios! ¡Me hundo! ¡Sácame de aquí, Rodolfo!
El viento despejó las nubes que cubrían la luna, una tenue claridad volvió al rio. El visitante tenía el fango hasta el pecho, levantaba los brazos buscando asirse a algo, pero cada minuto se hundía más.
El indio apareció caminando lentamente, sus pisadas casi no hacían ruido. Se detuvo a algunos metros del visitante.
-          ¡Rodolfo! ¡hijo mío! ¡Volviste por mí! ¡Gracias, gracias! ¡Ayúdame a salir de aquí, te lo ruego! ¡Cada minuto que pasa me hundo más!
El indio seguía de pie en silencio. El visitante dijo nuevamente con voz nerviosa.
-          ¿Qué esperas Rodolfo? ¡Ayúdame a salir de aquí, hijo mío, te lo ruego! ¡Sigo hundiéndome en esta maldita ciénaga!
El indio seguía de pie inmutable. El visitante se dio cuenta entonces que el indio no venía a socorrerle, sino a mirar cómo se hundía. Gritó rabioso:
-          ¡Maldito hijo de puta! ¡Viniste a ver cómo me hundo! ¡Sólo te acercaste a cerciorarte de que no tenía salvación! ¡Maldito hijo de puta!
El visitante se hundía más cada minuto que pasaba, el fango le llegaba ya a la barbilla: todo esfuerzo por moverse hacía que se hundiese más aprisa. De pronto, como una centella le vino a la mente: el colchón, habían encontrado el colchón manchado con sangre. Su compadre le había traicionado, había planeado enviarle a la muerte con aquel indio, para así resarcirse por la violación de la india de los ojos verdes y también para evitar el pago de la deuda. Se maldijo a sí mismo por ser tan idiota. El fango le llegaba ya a la altura de la nariz y le era difícil respirar.
Levantó la vista. El indio seguía de pie mirándole hundirse, en su rostro no había expresión alguna, ni de felicidad ni de odio, tan sólo observaba en silencio. Sus ojos parecían brillar en la oscuridad, como si fuesen los de un felino, el resplandor de aquellos ojos implacables era verde, como los ojos de la niña india. Por un momento creyó verla parada ahí, observándole en lugar del indio. Le entró entonces una duda ¿Había sido realmente su compadre quién planeo la celada? ¿No habían sido los indios quienes le tendieron la trampa y quienes se escondieron en el monte simulando ser bandoleros? Quizás ahora mismo, su compadre también estaba siendo traicionado por los indios. Nunca lo sabría. “Cría cuervos y te sacarán los ojos”, pensó.
Con su último aliento elevó una plegaria, pidiendo a Dios que reciba su espíritu en su gloria eterna y que castigue con las llamas del infierno a aquellos indios apóstatas. Luego cerró los ojos y dejó que el fango invada su cuerpo.
Si las plegarias del visitante llegaron a oídos de su Dios no podemos afirmarlo ni negarlo. Lo cierto es que en aquél instante el implacable y rencoroso Hacedor Supremo parecía estar distraído observando a unos niños que inundaban un hormiguero. Una sonrisa de placer se dibujaba en su rostro, al igual que los niños que se regodeaban en su fechoría.