jueves, 30 de septiembre de 2010

El documento extraviado


- ¡Número dos! – anunció el pequeño megáfono colgado en la esquina superior de la habitación.
M.C. Escher - Relativity (1953)
Julián estaba impaciente. Miraba una y otra vez el número anotado en el trozo de papel, lo doblaba y después de unos segundos lo desdoblaba para observarlo nuevamente: tenía el número trece.

Transcurriría al menos una hora hasta que el megáfono anunciara: - ¡Número tres – y después de unos segundos con insistencia: - ¡Número tres, número tres! Una mujer, sentada en la fila posterior a la de Julián, se levantó y entró en la oficina. Julián pensó entonces que quizás podía haber hecho pasar su número, el trece, como un tres con tan sólo romper la parte donde estaba escrito el número uno. Sin embargo, concluyó que esta era una idea tonta y que la mujer con el número tres seguramente no habría caído en tan burda estratagema.

Las otras personas en la sala estaban sentadas en silencio, salvó un par de personas que cuchicheaban todo el rato. Un hombre mayor, sentado al lado de Julián, cabeceaba luchando por no quedarse dormido. Cuando anunciaron el número cuatro, el anciano se levantó y entró en la oficina.

Al lado de la puerta de la oficina, sentada detrás de un escritorio, estaba una secretaría con aspecto malhumorado que revisaba las hojas de un archivador. Julián se levantó de su silla, se acercó hacia ella y le dijo:

- Disculpe usted ¿No hay otra persona que pueda atendernos? ¿Quizás usted? Somos varias personas que estamos esperando por más de dos horas.

La secretaria levantó lentamente la cabeza, hasta posar la vista en los ojos de Julián, el rostro se le demudo por la ira:

- ¡En esta oficina trabajamos en la medida de nuestras posibilidades¡ ¡Cada trámite requiere tiempo para poder hacerse correctamente! ¿Además qué apuro puede tener usted ahora? ¡Siéntese y espere su turno en silencio!

Julián obedeció sin chistar, estaba sorprendido por la inesperada reacción de la secretaría. Las dos personas que cuchicheaban, soltaron una risilla por lo ocurrido a Julián, pero la secretaría les miró coléricamente por lo cual callaron de inmediato.

Las horas transcurrían y Julián lamentaba no haber llevado consigo un libro para matar el tiempo, justamente había iniciado la lectura de La peste de Albert Camus y hasta donde había llegado su lectura, el texto le había encantado; lamentaba que, dadas las circunstancias, dejaría el libro sin concluirlo.

Pensar en el libro que no terminaría de leer, le hizo recordar todas las cosas que había dejado sin concluir, desde las insignificantes hasta las más urgentes: podar el jardín o concluir de escribir su novela. En esas circunstancias todas las tareas le parecían igual de importantes, era incapaz de asignar mayor o menor relevancia a toda idea que le venía a la cabeza y que consideraba inconclusa. Los minutos seguían pasando mientras divagaba en estos pensamientos.

Las paredes de la sala de espera eran totalmente blancas, no había mancha alguna, lo cual impidió que Julián tratase de distraerse buscando dar formas a las manchas, como usualmente todos hacemos cuando nos sentimos aburridos. El piso también era blanco y reluciente, a tal punto que Julián podía verse reflejado en ese piso: -¿Qué cera usarán para el piso? – pensó. Busco encontrar algún cuadro o calendario en aquella sala, pero al no hallar nada se extraño de sobremanera, puesto que usualmente todas las oficinas de ese tipo suelen tener una de estas cosas.

Por fin el megáfono anunciaba su número, Julián se levantó con prisa y se dirigió a la puerta de la oficina. La secretaria mal encarada le miró con desprecio cuando pasó cerca a su escritorio. La oficina tenía un cartel que pedía pasar sin tocar la puerta, Julián abrió lentamente y entró. En el interior, al igual que la anterior sala, las paredes y el piso eran totalmente blancos. Sin embargo, a diferencia de la sala de espera, la oficina tenía varios estantes con grandes archivadores negros. Detrás de un escritorio color café, estaba sentado un hombre con traje y camisa negros y corbata color verde.

- Tome asiento – le dijo el hombre del traje.

- Muchas gracias – dijo Julián. Estuve esperando varias horas ahí fuera ¿Sabe?

El hombre del traje no contestó, miraba con atención un archivador que llevaba el nombre de Julián escrito en letras doradas. Julián continuó:

- Cuando estaba afuera, le comenté sobre la demora a la secretaria ¿Me creería que ella, en lugar de darme una explicación o una posible solución, se molestó y me mando a callar? ¡Esa mujer carece de modales! Deberían ustedes tener más cuidado con la gente que ponen a trabajar en este sitio. ¡Imagínese! ¡Mandarme a callarme de esa forma! Por suerte, yo me caracterizo por ser una persona tranquila y no respondí ante tal agresión, nada obtenía yo discutiendo con una persona como esa, excepto quizás más groserías.

El hombre del traje, cerró repentinamente el archivador. Lanzó un suspiro y miró a Julián interrogativamente. Dijo entonces:

- ¿En verdad está usted reclamándome porque la secretaría le mando a callar? Pues ella tuvo mucha razón al hacerlo ¡Tiene usted una bocota que debería mantener cerrada¡ ¿Dónde cree que está? ¿Qué más le da esperar una o cinco horas? ¡Está usted muerto, hombre! ¡Ya no debería importarle cuantas horas tuvo que esperar!

Julián quedó en silencio, cabizbajo. Había pasado tanto tiempo en aquella sala de espera, que casi había olvidado que estaba muerto. Después de unos segundos dijo con vergüenza:

- Tie…tiene usted razón, discúlpeme. Procuraré dejar de quejarme tanto. Es sólo que aún me cuesta aceptar el hecho de que estoy…muerto.

- Si, a todos les cuesta al principio, pero lo hará ¡Se lo aseguro! Pronto dejará de importarle el tiempo, pues aquí no nos regimos a ninguna ley física. Pero ahora veamos su archivo, a ver… Julián Martínez, treinta y un años, soltero, licenciado en filosofía y letras ¿Filosofía y letras? ¡Pues vaya¡ ¡Seguro que apenas le alcanzaba el dinero para comer!

- Bueno, también era escritor, lea…lea, aquí lo dice.

- Si, ya veo. Pero aquí dice que usted escribía poesía y eso, como sabemos, cualquier pelafustán medianamente instruido puede hacerlo, así que usted no era un escritor verdaderamente. Además, acá indica que usted estaba escribiendo una novela y que estaba quedando bastante mala.

- ¿Qué? ¿Dice eso ahí?

- Si, vea. Aquí, en esta línea. Pero no se preocupe, eso no se le contará como pecado. La falta de talento no es un pecado.

- ¿Pero quién escribe eso? ¿Quién es aquél que se atreve a decir que mi novela iba a ser mala, antes incluso de que la concluyera?

El hombre del traje soltó una carcajada. Pasaron unos segundos antes que pudiese recobrar la compostura. Dijo entonces:

- ¿Cómo que quién se atreve, hombre? Pues está claro: ¡Dios! ¡El Altísimo, el Supremo Hacedor o póngale el nombre que más le suene familiar! ¿Quién cree que escribió su archivo? ¿Quién sino Él podría escribir y juzgar sobre un hecho, antes incluso de que éste aconteciera?

Julián se sonrojó al escuchar la respuesta. Dijo entonces:

- De todas formas… aún no veo el motivo de mi presencia en esta oficina.

- Pues bien, hombre. La situación es muy sencilla: vamos a hacer un recuento de todos los pecados que cometió y a partir de ellos decidiremos donde ubicarle.

- ¿Dónde ubicarme?

- Es decir, si le corresponde quedarse con nosotros o si irá usted con nuestros vecinos del “piso de abajo”.

- ¿El piso de abajo? ¿El infierno?

- Si, el infierno. Pero bueno, mejor vamos a comenzar porque tengo a mucha gente esperando allá afuera. Umm… veamos, a los cinco años lanzó un gato a un pozo, entre los ocho y los diez cazaba pajarillos a pedradas, a los catorce espiaba a su tía mientras se bañaba ¡vaya, hombre! A los quince empezó a fumar; a los dieciséis se emborrachó por primera vez; a los dieciséis y medio, bajo los efectos del alcohol, le tocó el seno a la madre de su amigo. A los veintitrés militó usted en el partido comunista…

- ¿!Como¡? ¿¡Van a considerar mi militancia con los comunistas como un pecado?!

El hombre del traje miró a Julián con una sonrisa irónica y le dijo:

- No sea bobo, hombre ¿Cómo no vamos a considerar pecado una doctrina cuyo uno de sus lemas es “La religión es el opio del pueblo”?

- ¡Pero yo nunca dejé de creer en Dios! ¡Fui comunista, pero jamás cuestione la existencia de Dios! Por otra parte, estos últimos años participe activamente en una iglesia adventista!

- Lo siento Martínez, iglesia equivocada. Dios tiene convenio de exclusividad con la Iglesia Católica. Pero bueno, a propósito del opio y otras sustancias alucinógenas. Acá se señala que usted fumo marihuana un par de veces y que inhalo cocaína en una oportunidad.

- ¡Pero sólo fue para probar lo que se sentía! ¡Nunca más volví a probarla!

- Lo siento, pero los hechos fueron consumados, por lo tanto, se le contarán como pecados. Tres pecados en su expediente para ser precisos.

- ¡Dos pecados! Sólo fueron marihuana y cocaína ¡No probé ninguna otra cosa más!

- No estamos contando la cantidad de drogas que usted probó, sino la cantidad de veces que lo hizo. Dos veces marihuana, una cocaína, son tres pecados. Aquí, se contabiliza la cantidad de los pecados cometidos, no su variedad. ¡Imagínese si no lo hiciéramos así! No importaría la cantidad de personas que matase un asesino, sino sólo el hecho de que cometió asesinato ¡Eso no sería correcto ni justo a la hora de determinar y ejecutar el castigo! Mire por ejemplo ese archivador a su izquierda, ese tiene el detalle de las veces en que usted cometió masturbación.

El rostro de Julían se coloreó por la vergüenza. Miró con asombro el archivo que le señalaba el hombre del traje. Dijo entonces:

- ¿Co…como? ¿Acaso es eso un pecado?

- ¡Claro que si, hombre! ¿No conoce la historia de Onan? ¿Acaso no leyó usted la biblia? No, por supuesto que no, aquí dice que jamás leyó usted la biblia. ¡Desde luego que el onanismo es un pecado! ¡Y de los graves!

- ¿Pero cómo pueden ustedes saber…como pueden contar las veces que yo…?

- Pues mire aquí, este es sólo un resumen de las veces que usted lo cometió. En el archivo que le señale anteriormente tengo el detalle de todas y cada una de las veces que lo hizo, además el detalle sobre quién o quiénes pensaba usted y las situaciones que imaginaba al hacerlo. Como verá, también tenemos otros archivos detallados con las veces que usted se emborracho, blasfemó, fumó, fornico, no fue a misa, etc . ¡Tomamos nota de todo y al detalle! ¿Por qué cree que siempre insistimos en que una vida austera y contemplativa como requisito para llegar al paraíso? ¿En que debe evitarse la tentación y su consumación en el pecado, si se quiere gozar de la gloria eterna que ofrece Nuestro Señor? Y en cuanto a cómo sabemos todo lo que usted hizo en su vida, no olvide que Dios siempre observa a su rebaño y no pierde ningún detalle de lo que hace.

Julián estaba perplejo, no podía imaginar a un Dios voyerista que estaba presente en cada una de sus acciones. De pronto dejo de pensar en eso para que no se le anotara otro pecado. Dijo entonces:

- ¿Pero…pero acaso Dios no tiene cosas más importantes que hacer que estar mirando si yo…?

- Dios está en todos lados, está aquí en esta oficina, esta afuera en la sala de espera, en la tierra de los vivos, en los planetas y galaxias más lejanas, en fin: esta alrededor nuestro y en nosotros. ¡Es ubicuo! Lo ve todo y a todos al mismo tiempo. Y no hay pecado, por insignificante que este sea, del que él no esté enterado. ¡Pero, hombre! ¿Cómo puede usted ignorar eso? Claro, se me olvidaba: usted no fue precisamente un destacado feligrés del Templo del Señor. Vea, aquí también tenemos registrada sus ausencias a nuestra Santa Iglesia.

- ¡Pero cuando era niño fui monaguillo! ¡Por casi cuatro años! ¿Acaso eso no se toma en cuenta? – dijo Julían, con inusitado brio y confianza pues pensaba que tenía un argumento contundente contra el proceso sumario que le hacía el hombre del traje.

El hombre del traje quedó en silencio, tomó el auricular del teléfono que tenía sobre el escritorio (Julián no se había percatado del teléfono todo ese tiempo), marcó el cero y dijo:

- Señorita Teresa ¿Puede traerme el archivo de Pecados Especiales? Gracias, aguardo.

El hombre del traje colgó el teléfono y quedo en completo silencio. Se limitaba a mirar el archivo de Julián, acción que hizo que la confianza de Julián vaya en aumento, pues pensaba que su argumento había echado por tierra las acusaciones de su interlocutor. Se dio cuenta entonces de lo mucho que le gustaría fumarse un cigarrillo en aquel momento de triunfo.

Algunos segundos después entró la secretaria mal encarada, quien traía consigo un archivo. Lo dejo sobre el escritorio, mientras contemplaba con desprecio a Julián. El hombre del traje le agradeció y rompió por fin su silencio:

- Bien, aquí está. Si, justamente la etapa en que usted hacia de monaguillo. ¿No creerá que hemos olvidado las veces que usted se tomó el vino de la ceremonia? Además, están las veces en que hizo alguna jugarreta al señor párroco, por ejemplo, la vez que mezclo orín en el vino ¡Y justo en la misa de navidad! ¡Eso agrava más la situación! ¡ Tampoco olvidamos las veces que usted blasfemó en contra del señor cura, sólo porque le daba coscorrones por no ser un monaguillo aplicado. Vea, todas las faltas que usted cometió mientras fue monaguillo quedan registrados en nuestro archivo de Pecados Especiales, pues son faltas que por sus características tienen mayor gravedad. Más aún si están relacionadas a temas doctrinarios o eucarísticos, como en su caso ¡No olvide que la Iglesia Católica, goza de oficialidad para nosotros! Por tanto, estos pecados se consideran más graves aún, al tratarse de herejías.

Julián se puso pálido de nuevo. Hecho un manojo de nervios, sólo atinó a decir:

- ¿Pero… pero acaso no se toman en cuenta las veces que di limosna a los mendigos? ¿O la vez en que done una considerable suma para la restauración del púlpito en la iglesia de mi barrio?

- Lo siento Martínez, pero las cosas no funcionan así. No tomamos en cuenta acciones para la disminución de los pecados cometidos. Sólo se contabilizan los pecados, no las buenas obras. ¡Además, ni siquiera las categorizamos como buenas obras, pues son sólo acciones que ustedes están en la obligación de cumplir! ¿Dar limosna a un mendigo? ¡Esa no es una buena acción, es una obligación! ¡Siempre tendrían que hacerlo y no sólo arrojarles monedas, sino darles cobijo y alimento como a un hermano! En cuanto a la suma que donó para esa Iglesia ¿No se le ha ocurrido que usted siempre estuvo en la obligación de mantener el templo de Nuestro Señor en perfectas condiciones? Mire Martínez, le aconsejo algo: piense bien lo que va a decir, porque sólo agrava su situación no solo porque muestra que no siente el menor remordimiento alguno por sus acciones, sino que trata de justificarlas.

- Lo…lo siento. Yo…yo, me exalté. Es sólo…es sólo que desconocía que habían cosas que podían tomarse como un pecado.

- ¡Pero por supuesto que las va a desconocer Martínez! ¡Jamás le dio la gana de ponerse a leer nuestra Santa Biblia para saber cuál era el camino correcto que debían orientar sus acciones!

Julián, más avergonzado aún por los comentarios, bajó la cabeza y vio que el cordón del zapato izquierdo se le había desamarrado. En aquel momento, se sintió como un pequeño niño que recibe una reprimenda y que espera con zozobra escuchar su castigo. Con un hilo de voz dijo:

- ¿Iré al infierno?

- Eso lo veremos en unos momentos, Martínez. Antes tengo que ver si se arrepintió con sinceridad antes de morir. Luego se tomará la decisión sobre el lugar en el cual le corresponde pasar la eternidad.

- ¡Pero yo morí en un accidente automovilístico! ¡No sabía que iba a morir precisamente ese día, camino al trabajo! ¿Cómo podía arrepentirme de nada si ignoraba que iba a morir?

- Lo siento, pero ese no es un argumento. Siempre hay tiempo para arrepentirse, sólo basta un segundo. Además, si usted hubiese acudido regularmente con su párroco para que le tome la confesión, seguramente habría tenido menor cantidad de pecados por los cuales dar cuenta y así tendría mayores oportunidades para ingresar al Edén. Pero usted y yo sabemos perfectamente que no fue precisamente muy aplicado en materias concernientes a nuestro Señor y la salvación del espíritu ¿no?

- No…no. Es cierto, nunca me confesaba, era por la falta de tiempo, el trabajo, el maldito trabajo.

- Martínez, usted sabe perfectamente que todo lo que incumbe directamente a nuestro Señor están por encima del resto. Deje de hablar, se mete usted en peores problemas cada vez que abre la boca.

Julían obedeció, no dijo nada más. Mientras tanto, el hombre del traje buscaba y rebuscaba entre las hojas de los archivadores. Revisó una y otra vez, luego fue pasando lentamente página a página sin éxito. Finalmente levanto el archivador y lo agitó en el aire, esperando que cayese algún papel, pero fue en vano. Sacó otros archivos y siguió buscando. Después de algún tiempo de búsqueda infructuosa, se dirigió a la puerta y regresó en compañía de la secretaría mal encarada. Ambos se pusieron a revisar nuevamente los archivos, una y otra y otra y otra vez. El hombre del traje se rascaba la cabeza desconcertado, la secretaría revisaba con desesperación nuevamente los primeros archivos pero por más que lo intentó no pudo hallar lo que buscaba el hombre del traje. Salió a su escritorio y se puso a buscar entre sus propios papeles, pero era en vano, no encontró nada. El hombre del traje, visiblemente molesto, tomó el teléfono e hizo varias llamadas, llegó incluso a elevar la voz mientras hablaba con alguien. Colgó el teléfono y salió de la oficina.

Julián estaba tan confuso por todo lo ocurrido anteriormente, que no prestó atención a lo que sucedía a su alrededor, estaba ausente, sumido en sus pensamientos. Cerraba los ojos con fuerza, pensando que al abrirlos despertaría en su cama y que todo eso no sería más que un anecdótico sueño.

Después de un rato, el hombre del traje oscuro regresó a la oficina, se sentó en su silla visiblemente molesto y dijo:

- Martínez, debo decirle que ya hallamos el problema de su caso: nos falta un documento, el documento donde indica si usted se arrepintió o no de sus pecados.

- ¿Es decir que tuve tiempo de arrepentirme antes de morir?

- No. Lo que quiere decir es que usted aún no ha muerto.

Julián empalideció y abrió los ojos preso del pavor. El hombre del traje oscuro prosiguió:

- Usted aún no ha muerto, está en coma. Su cuerpo es mantenido con vida con unos aparatos, allá en la tierra.

- ¿Pero entonces voy a regresar a la tierra?

- Mientras esté en coma, no: se quedará aquí. No sabemos si usted saldrá del coma pronto o si demorará varios años, eso está en manos de Dios y sus designios son inescrutables aún para nosotros, simples funcionarios de su Reino. Tampoco parece que sufrirá usted una muerte provocada allá en la tierra, puesto que, según mis informes, sus familiares han decidido mantenerlo con vida cueste lo que cueste, con la esperanza de que salga del coma. Tampoco le ayuda mucho el hecho de que en su país de origen la ley no permita la eutanasia.

- Eso, significa que…

- Eso significa que ahora mismo, no podemos darle una respuesta sobre cuál es el destino que le espera: si el Edén o…

- …o el piso de abajo

- Exacto, Martínez. Así que no le queda más remedio que aguardar a que alguna de las dos soluciones se presente: su muerte o su salida del estado de coma.

- ¿Pero entonces…? ¿Mientras tanto…que hago yo?

- Mientras no haya una solución definitiva va a tener que esperar fuera. Cuando tengamos la solución se le llamará por el megáfono.

- Pero hasta entonces podrían pasar horas, días o…

- …o años. Exacto Martínez, podría pasar años antes de que su caso se solucione. Pero por el momento la solución está fuera de nuestro alcance. Así que va a tener ser paciente y esperar afuera, así nosotros podremos continuar normalmente nuestras labores. Buenas tardes, señor Martínez.

- ¡Pero…pero ustedes no pueden hacerme eso! ¡No pueden decirme que no saben cuánto tengo que esperar! ¡No pueden…!

- Dije buenas tardes, Martínez. Afuera hay mucha gente aguardando y es justo que se les atienda y no se les haga esperar. No haga usted más escándalo, no olvide que su archivo sigue abierto y que aún se le van contabilizando sus pecados. Julián quedó en silencio, iba a decir algo pero prefiero callar. Dio las buenas tardes, abandonó la oficina y fue a sentarse en el mismo asiento donde anteriormente estuvo esperando. Al cabo de unos segundos se acercó al escritorio de la secretaria mal encarada, le preguntó si por casualidad no tenía un periódico o una revista para leer. La secretaria abrió uno de los cajones de su escritorio, sacó un grueso y empolvado libro con letras doradas., lo soltó sobre la mesa y le dijo a Julián que tuviese cuidado con no ajar las hojas, pues ella misma se encargaría de revisarlas cuando el libro fuese devuelto. Las letras doradas del libro decían “Santa Biblia”. Julián, con el libro entre las manos volvió a su asiento, abrió la primera hoja y se puso a leer. Lamentaba no haber traído consigo el libro de Camus.