viernes, 26 de febrero de 2010

RETAZOS DE MEMORIA

I

La señora M. y el señor M. se conocieron cuando eran muy jóvenes. Para ambos, fue amor a primera vista que desencadenó pasión desmedida; tan sólo unas semanas después de conocerse, decidieron no separarse jamás.

Después de una sencilla ceremonia matrimonial, se mudaron a una pequeña casa alejada del pueblo, al pie de una colina. No recibían muchas visitas, preferían pasar el tiempo leyendo los libros que el señor M. traía de sus visitas a la ciudad o dar paseos por los alrededores. La gente del pueblo los consideraba personajes excéntricos, aunque les respetaban por sus educados modales, que les hacían suponer que se trataba de personas con familias distinguidas.

Cuando hacían el amor, el Señor M. solía susurrar al oído de la Señora M. su poema favorito de Schiller:

“Dime amiga, la causa de este ardiente,

puro, inmortal anhelo que hay en mí:

suspenderme a tu labio eternamente,

y abismarme en tu ser, y el grato ambiente

de tu alma inmaculada recibir.”

Decidieron no tener hijos para no tener que compartir el amor que uno sentía por el otro. Con el tiempo, la costumbre se convirtió además en complementación: eran raras las actividades que hacían sin que el otro estuviera presente. El Señor M. coleccionaba toda clase de insectos que clasificaba siguiendo uno de sus libros favoritos: el manual de entomología ilustrada del Dr. Anastasius Harald IV. El señor M. estaba convencido de que su colección tenía especímenes jamás vistos y que podría publicar su propio libro, por ello iba tomando registro minucioso de las características de cada insecto, desde su color hasta su peso.

Con los años, la señora M. adquirió un pasatiempo singular: la taxidermia. Había leído muy poco sobre el tema, aunque sus conocimientos eran producto de los años de práctica ininterrumpida. Esta afición se inició durante su primer año de vida matrimonial, cuando el señor M. le trajo como regalo un canario que murió a los pocos días. La señora M., muy triste, no quiso enterrar al canario, prefirió rellenar el cuerpo con algodón y algo de maíz; una vez terminado su trabajo, colocó al ave dentro de la jaula y se enorgulleció de su labor. A partir de ese día, comenzó a coleccionar todo tipo de animales pequeños: ratones, ranas, serpientes, aves. Todos los rincones de la casa tenían estaban adornados por alguno de los animales de la señora M., incluso el jardín tenía un par de serpientes de color verde claro.

Cierto día, el señor M. se fue a la cama malhumorado. Esa noche no recitó su acostumbrado poema de Schiller y, luego de separarse del cuerpo de la señora M., quedó profundamente dormido. Por la mañana, la señora M. notó que estaba sola en la cama y que el señor M. preparaba una valija. La señora M. preguntó qué era lo que ocurría, a lo cual el señor M. contestó:

“Anoche tuve un sueño extraño. Estaba deambulando en el reino de los sueños, rodeado de sueños posibles e imposibles, que formaban un bosque inexpugnable. Mis pasos eran lentos y continuamente mis mejillas eran heridas por las ramas de los arboles, donde maduran los sueños. Con mucha dificultad pude abrirme camino hasta llegar a una llanura gigantesca, blanca como la sal. Miré a los cuatro puntos cardinales, pero no había nada que pudiese servirme de referencia; estaba perdido, el bosque de los sueños había desaparecido también. Más tarde, me enteré de que aquel paraje era el desierto donde los onironautas se extravían cuando pierden el control de sus sueños lúcidos, mientras que su cuerpo real permanece anclado en la realidad. Pese a que este desierto parece infinito a simple vista, no tardé mucho en llegar a presencia del rey de aquel extraño lugar. Él estaba sentado en su trono, jugueteando con un trío de cuervos desplumados que huyeron al verme llegar.”

La señora M. escuchaba intrigada. Consideraba que todo lo que decía el señor M. era por la falta de sueño y hambre, dijo entonces que se levantaría para prepararle huevos revueltos con tocino. El señor M. no contestó y prosiguió su relato:

“El rey me observó en silencio por unos instantes. En el lugar donde debían estar sus ojos, sólo habían dos cuencas vacías, oscuras como pozos sin fondo. Di unos pasos para acercarme a él, pero inmediatamente salieron a cerrarme el paso dos arlequines patizambos, armados con grandes espadas, cuyas empuñaduras estaban ornamentadas con piedras preciosas. Uno de los arlequines me propinó un fuerte golpe en el vientre, mientras gritaba que yo era un insolente por no prosternarme ante su soberano, iba a golpearme nuevamente cuando el rey habló. Su voz era un estruendo que desató una ventisca en el salón del trono, tuve que sujetarme a uno de los arlequines para no salir volando del lugar.”

La señora M. abrazó al señor M. y le miró a los ojos. Usualmente, cuando él se ponía serio, ella le abrazaba y pasaba poco tiempo antes de que ambos estallen en risa. Sin embargo, el señor M. continuó imperturbable su relato:

“El rey se volvió gigantesco y llegó un momento en que sólo podía ver un retazo de su manto negro que para mi tenía dimensiones infinitas, como si estuviese de pie contemplando el universo. Sentía su presencia rodeándome todo el cuerpo, cuando hablaba su voz retumbaba en mi cabeza. El rey habló sobre una batalla en nuestro plano físico, allá en el fin del mundo. Sus generales le habían traicionado, muchos de ellos desertaban para sumarse a las filas del enemigo. La batalla se estaba perdiendo y era necesario tomar acciones drásticas, por ello el rey me dijo que fui elegido para comandar sus tropas. Es por eso que debo partir sin más demora, el tiempo apremia”

La señora M. quedó perpleja, miró nuevamente a los ojos del señor M., esperando que éste desista de la broma y comience a reír. El señor M. no dijo nada más, retiró los brazos de la señora M. y continuó empacando impasible. Al cabo de unas dos horas, la señora M. observaba como la figura del señor M. se hacía cada vez más y más pequeña hasta perderse en el horizonte.

Pasaron cinco años, la señora M., recibió un par de cartas del señor M. donde este le relataba confusamente, los pormenores de una batalla imaginaria. La señora M, nunca pudo contestar porque las misivas no traían la dirección del remitente, tampoco pudo ver a quien dejaba las cartas en su pórtico.

Pasaron tres años más, no hubo más noticias del señor M. Todas las tardes, la señora M. salía al jardín a la hora del crepúsculo para mirar el horizonte esperando el regreso de su esposo, los meses pasaron y comprendió que nunca volvería a verlo.

II

Una mañana de enero, la señora M. se despertó con una insoportable sensación de vacío. Corrió a la cocina, se comió todo lo que encontró en el refrigerador y la alacena, pero aún así la sensación no desaparecía. Decidió entonces, que debía hacer algo para hacer desaparecer esa soledad.

Durante diez noches, la señora M. visitó los panteones de los pueblos vecinos. Con un azadón, una pala y otras pequeñas herramientas, fue desenterrando cadáveres y tomando los pedazos que juzgaba necesarios. Lo más complicado fue encontrar los ojos apropiados, los que hallaba no le satisfacían, mas al fin pudo hallar un cadáver cuyos ojos le parecieron perfectos.

La señora M. cosió y cosió incansablemente todos los retazos por varios días. A veces, cuando el retazo no le satisfacía, visitaba nuevamente alguno de los cementerios para buscar la pieza que le agradara. Nadie sabe exactamente cuánto demoró la señora M. en juntar y coser todos los retazos, lo cierto es que pasaron varias estaciones y una calurosa tarde de verano, la señora M. dio por finalizado su trabajo.

“Voy a llamarlo W. Será el señor W.” – se dijo así misma, mientras contemplaba su obra. Se inclinó hacia el cuerpo y le susurró algo al oído, luego le dio un beso en los labios. El cuerpo empezó a sufrir convulsiones que hicieron que caiga de la mesa donde estaba acostado, rodó unos minutos antes de quedar totalmente inerte, la señora M. arrastró el cuerpo hasta la cama y lo arropó.

Durante varios días, el cuerpo del señor W. ardió en fiebre y sufrió convulsiones. Poco a poco, los ataques fueron desapareciendo y el señor W. durmió profundamente. Una mañana, mientras la señora M. preparaba el desayuno, apareció en la cocina caminando con dificultad y balbuceando algunas palabras, sin terminar de construir una frase coherente. La señora M. le alimentó y aseo con cuidado. Aquella noche hicieron el amor con desesperación, pero el señor W. no recitó ningún poema a la señora M.

Pasaron los meses, el señor W. casi no hablaba. Solía sentarse a mirar a la señora M. rellenar con algodón los pequeños animales. Después de unas semanas, se aburrió de observar y pasaba horas frente a la ventana, mirando las formas que tomaban las nubes, para luego dibujarlas en el cuaderno que la señora M. le había regalado. Por las noches, salía a caminar y a veces regresaba al despuntar el alba, tiritando y con la ropa humedecida por el rocío. Con el tiempo su rostro se tornó lívido y anguloso, bajó de peso y el traje que la señora M. le había dado le quedaba muy grande, los niños del pueblo comenzaron a llamarlo espantapájaros, por su aspecto espigado.

“Me marcho…” – balbuceó un día el señor W., pero la señora M. no contestó y siguió haciendo sus labores cotidianas. El señor W. empacó su colección de rocas, el cuaderno de dibujos, un trozo de pan y una botella de vino. Salió silbando un fragmento de una sinfonía de Mahler, que la señora M. escuchaba usualmente por las tardes. Tiraba piedras a los estanques, corría detrás de las aves, se subía a las ramas de los árboles para columpiarse y así, haciendo un montón de travesuras, desapareció y nadie le volvió a ver jamás.

Cierto día, el señor M. apareció en la puerta de la casa. Su mirada cansina y extraviada hicieron temer a la señora M. que hubiese perdido la razón. Ayudó al señor M. a meterse al lecho y éste durmió por cinco días, soltando fuertes ronquidos que parecían los gruñidos de un animal herido. Al despertar, pidió que la señora M. le sirviese algo de comer y devoró todo lo que tuvo delante, masticando apenas. Luego, más relajado, dijo a la señora M.:

“Durante mucho tiempo he luchado. Al principio la guerra tenía un significado, compartí sus ideales y no había nada más importante para mí que enfrentarme en las batallas, cumpliendo con mi deber. Con el pasar del tiempo, fui perdiendo el entusiasmo inicial y la guerra me pareció absurda. Mis compañeros de armas fueron cayendo en las batallas y un día me di cuenta que estaba completamente sólo, tan sólo con la compañía de las aves de rapiña, comensales infaltables de los campos de batalla. El enemigo desapareció también, en medio de una batahola de sangre y desperdicio. Me vi entonces en el centro del campo de batalla, sin ejércitos que comandar, sin enemigos a quien enfrentar, sólo y en medio de cuerpos mutilado. Darme cuenta de esto hizo que perdiera la razón y deambulé sin destino. Pasé hambre y frio, recibí repudio de las víctimas inocentes y falsa condescendencia de los que salieron victoriosos con la guerra. Después de algún tiempo, recobré la cordura y decidí que la lucha había terminado; enterré armas y condecoraciones recibidas, ya nada tenía valor sin una batalla. Ahora estoy aquí, regresé a tu lado, pero la guerra aún sigue en mi interior”

La señora M. abrazó al señor M. sin decir nada. El señor M. estalló en llanto inconsolable y prometió que no volvería a marcharse.

El señor M. ha comenzado a redactar su libro sobre entomología, aún no decide el título y busca uno que despierte expectativas en el lector. Considera que tiene alrededor de 70 especímenes que no fueron descubiertos previamente, ya puso nombres a algunos de ellos. La señora M. ha dejado de lado la taxidermia, colabora con el señor M. en la selección de especímenes y en la redacción del libro. Cree haber visto un par de veces al señor W., espiando por la ventana de la cocina, aunque no está del todo segura porqué la vista le falla un poco, especialmente cuando anochece.