domingo, 23 de mayo de 2010

Libro: CIUDADANIAS RURALES por Astrid Bosch y Mario Portugal

La década de los 90 trajo una serie de reformas que transformaron el Estado boliviano, una de ellas fue la construcción de un sistema de participación ciudadana (Ley de Participación Popular), mediante el cual la ciudadanía comienza a tomar parte en la decisión del uso y ejecución de recursos municipales.


La ley de Participación Popular fue vista, dentro y fuera de Bolivia, como una oportunidad para la promoción del desarrollo humano y sostenible. Es decir, un desarrollo que asegure no solamente el crecimiento económico, sino también inclusión y equidad, basadas en la participación de los ciudadanos en decisiones de los gobiernos. Sin embargo, tras quince años de vigencia de la ley, son evidentes las falencias del sistema de participación popular, porque la adjudicación e inversión de recursos no es transparente, las demandas de la ciudadanía no son satisfechas y la inversión pública se hace de manera no inclusiva.

Para muchos, la Ley de Participación Popular es letra muerta. Sin embargo, la sociedad civil, frente a estas frustraciones, monta laboriosamente y en forma intuitiva, herramientas de participación que le permiten ir más allá de las leyes para incidir en las decisiones públicas. Este libro explora los mundos vitales de dos experiencias novedosas de participación ciudadana, una que hace uso del medio radial, la otra de formas comunitarias indígenas de organización.

Con este libro, la Red de Participación Ciudadana y Control Social (Red PCCS) y el Servicio Alemán de Cooperación Social y Técnica (DED) explican qué hizo posible el surgimiento y cómo funcionan “El pueblo Habla” en el municipio de Saavedra (departamento de Santa Cruz) y una “herramienta Intercultural Descentralizada” de participación en el municipio de Uncía (departamento de Potosí).

EDITORIAL PLURAL

sábado, 1 de mayo de 2010

AMORES VIOLENTOS

Hoy por la tarde, daba un paseo por la plaza del pueblo y me topé con un extraño personaje. Estaba totalmente andrajoso y con el hirsuto cabello teñido de rojo. Era un hombre mayor, calculo que tendrá la misma edad que tú, abuelo. Aparentemente el hombre está loco, farfullaba todo el tiempo y apenas pude entender lo que decía.
Eran poemas. Lo que ese hombre farfullaba eran poemas.
¿Poemas? ¡Qué cosa más rara! Por lo visto tú le conoces, abuelo.
En efecto, le conozco. Es el loco del pueblo, pero es completamente inofensivo y rara vez se porta agresivo. En general, es muy introvertido y casi no habla con nadie. Como la gente en el pueblo conoce su historia, le tienen lástima y tratan de darle de comida y cobijo. En agradecimiento, él les hace pequeños trabajos en la casas y, en contadas ocasiones, les escribe algún poema.
¿Y esos poemas sobre que hablan?
Incoherencias, nada más que incoherencias ¿Qué puedes pedirle a la mente de un loco? Es cierto que hay locos muy creativos, cuya locura es precisamente fuente de inspiración. Sin embargo, nuestro loco es, por así decirlo, común y corriente, un loco de remate. Mira, aquí justamente tengo guardado uno de sus poemas, soy uno de los pocos beneficiados, por así decirlo. Cuando me entrego el poema dijo que lo guardase bajo siete llaves, porque considera que tras su muerte le sucederá el favor de la crítica y el mundo entero se dará cuenta de su genialidad, brindándole homenaje póstumo.
Cinco o seis dijiste al oído
¡Bestia! ¡Te detesto, te detesto!
Guardé tus palabras en un cofre,
escondido en un rincón del corazón.
Lo paseo las noches sin claro de luna,
y me responde en perfecto latín:
contengo un amor violento.
Olvidé tu voz, mas no tus palabras
Casi olvido tu rostro, tu calor se fue.
Cuelgo mi máscara junto al espejo,
entre las mismas palabras dichas:
no quiero verte, extraño espectro.
Pero tú ríes y el dolor permanece,
y yo sólo tengo amor violento.
Son ya diez y sigo huyendo,
y tú estás en el fin del mundo,
enredada en mi mortaja gris.
Tu sangre brota y es púrpura,
bebida de lúbricos búhos.
Arrulla a tu bella criatura,
pero con mi amor violento
¡Pero qué sarta de boberías! ¡El tipo está realmente chiflado!
Y de remate, debo añadir. En ocasiones se le ha visto en el basurero hablando con perros, gatos y ratas.
¿Y qué les dice?
Discursos sobre el significado de la democracia para los sofistas de la antigua Grecia.
- - - Risas –
¡Vaya loco que tienen en el pueblo, abuelo! ¡Es de lo más divertido!
Sí, siempre fue bastante excéntrico.
¿Tú lo conociste antes de que enloqueciera?
Todos los habitantes, con más o menos mi edad, lo conocieron antes de su locura. Nuestro loco llegó al pueblo al finalizar sus estudios de filosofía y letras en la universidad de la capital. Fue contratado como maestro de la escuela del pueblo, aunque sus estudios y sus conocimientos ampliamente rebasaban el cargo. Era muy retraído y hablaba muy poco con las personas que no conocía bien, lo cual hizo que la gente pensará que se trataba de pedantería, rasgo usual en otras personas que, al igual que él, llegaban de la capital. Recuerdo muy bien la primera vez que le vi, su figura era estrambótica y tenía las narices, literalmente metidas en un libro. Mis amigos y yo nos acercamos, le quitamos el libro y salimos corriendo, él corrió detrás nuestro sin decir nada. Cuando nos cansamos de correr, continuamos con nuestra pesada broma. Hicimos un círculo entre todos, lanzábamos el libro sobre su cabeza, obligándole a correr de un lado para el otro. Cuando el libro llegó a mis manos, lo puse en el piso cuidadosamente, él me miró a los ojos con un gesto de desesperación y se inclinó lentamente a recogerlo. Cuando estuvo agachado, le di un fuerte puntapié en el trasero que le hizo trastabillar hasta caer. No podíamos parar de reír. Él se levantó, limpio su traje cuidadosamente y, mientras lo hacía, de sus ojos comenzaron a brotar lágrimas. Esto exacerbó más nuestras burlas y groserías. Él se limpió las lágrimas con la manga del saco y se marchó sin decirnos nada.
Eso fue muy cruel, abuelo.
Sí, lo fue en verdad. Pero ten en cuenta que en aquel entonces éramos sólo unos niños tontos. Ver a este personaje que, pese a tener nuestra misma edad, era tan formal y serio, hizo que inevitablemente se convierta en blanco de nuestras bromas. Sin embargo, el nunca decía nada, no se quejaba de nuestras bromas pesadas. Como era de esperarse, este silencio no hizo más que aumentar nuestras ganas de burlarnos de él, aunque su indiferencia término aburriéndonos, por lo cual tiempo después dejamos de incordiarle. Además, cuando se enamoró, pasaba menos tiempo en la plaza leyendo.
¡Ah! ¿Es decir que este hombre estuvo enamorado alguna vez?
¡Y de qué manera! En el pueblo vivían los Rosado, una de las familias más influyentes de la región. Eran gente poderosa, con una respetable fortuna en dinero y tierras. Los Rosado tenían tres hijos, la mayor se había casado con un rico hacendado, la segunda estudiaba en la capital y el menor aún asistía a la escuela. La llegada de nuestro querido loco, coincidió con el retorno de la capital de la segunda hija de los Rosado, quien llegaba después de tres años a pasar sus vacaciones en el pueblo. Cuando se marchó, era una niña pálida y flacucha, pero los años de ausencia la convirtieron en una de las más bellas mujeres de la región. Siempre se portó arrogante, pero tras su retorno de la capital su vanidad creció aún más. Decía, sin asomo del menor remordimiento, que detestaba el pueblo y a todos los campesinos ignorantes que vivían en él. Los habitantes del pueblo, enfurecidos, no le hablaban, aunque no se atrevieron a quitarle el saludo para evitarse el rencor del Señor Rosado; casi todos en el pueblo trabajaban directa o indirectamente para él.
¿Y nuestro loco?
Mereció la atención de la muchacha. Pese a que él era sólo un modesto profesor, sin fortuna o herencia alguna, ella le tuvo consideración por el sólo hecho de que también venía de la capital; para ella, esto le hacía superior a todo el resto de las personas en el pueblo. Al principio, nuestro loco no se mostro más amistoso con ella que con el resto de nosotros, es más, incluso trataba de evitar todo posible encuentro con ella. Supongo que eso habrá influido en el amor propio de la muchacha, haciendo que su mayor prioridad fuese lograr la atención del joven maestro. De esta manera, ella literalmente comenzó a asediarlo desde el principio, tratando continuamente de romper toda defensa. Se sentaba junto a él, le pedía que le lea algunos versos – a lo cual él accedía leyendo algo de Mallarmé, le invitaba a su casa a tomar el té o a charlar sobre alguna nueva novela publicada. Poco a poco, la muchacha logró su primer objetivo: lograr la confianza y la amistad del joven profesor. Pero como sabrás, hija mía, la línea que separa la amistad del amor es muy delgada, no en vano dijo Lord Byron “La amistad es el amor sin sus alas”. De esta manera, él comenzó a enamorarse perdidamente de la muchacha.
¿Qué decían los padres de la chica?
Ellos no miraban con buenos ojos aquella amistad. Deploraban los modales y la cultura del muchacho, pues opinaban que ninguna de esas virtudes le traería dinero, además, alguien les metió la idea de que era comunista, lo cual hizo que le aborreciesen aún más. Sin embargo, toleraron aquella amistad, porque mantenía ocupada a la muchacha y porqué estaban seguros que sólo era uno de sus acostumbrados y pasajeros caprichos.
¿Y él? ¿Qué hizo entonces?
Se enamoró por completo. Le escribía apasionadas cartas y le dedicaba poemas y canciones. Para todos en el pueblo, se nos hizo costumbre verlo dirigirse a la casa de la muchacha con un ramo de rosas que dejaba en el pórtico, por temor a la ira de los padres. Al parecer, el rechazo de los padres hizo que él se esforzase por dar mayores y mejores gustos a la muchacha, que a la larga provocaron que termine descuidándose de sí mismo.
¿Y la muchacha? ¿Estaba tan enamorada como él?
Tal como habían imaginado los padres, aquella amistad con el joven profesor sólo había sido un capricho pasajero. Aquel capricho no se convirtió en amor, mas bien, con el tiempo, se convirtió en desaire. Fueron incontables las ocasiones que vimos salir al joven maestro de casa de la muchacha con los ojos inundados en lágrimas. Sin embargo, como ella gustaba y necesitaba ser halagada, al poco tiempo se disculpaba con el profesor y nuevamente se iniciaba el círculo acostumbrado: recibía las atenciones del profesor, pero sin comprometerse con él de ninguna manera posible.
¿Pero acaso el era tan tonto para no darse cuenta de todo esto?
Este joven pese a a tener una amplia cultura, era totalmente inexperto en cuestiones del amor y los infortunios derivados de éste. Cuando él reclamaba la falta de atención de la muchacha, ella le recordaba que sólo se había acercado a él por amistad, por lo tanto, se deslindaba de responsabilidad de cualquier sentimiento producido que, para ella, era sólo una confusión y malinterpretación del joven profesor. Sin embargo, en el fondo ella no quería renunciar a las atenciones del joven profesor por vanidad, cuando él se decidía a alejarse por completo, eran suficientes un par de días para que la muchacha apareciese en la puerta de la escuela a la espera del profesor. Tras una larga conversación, donde ella sumisamente deponía las armas, aunque, por supuesto, sin llegar a comprometerse, el joven profesor parecía borrar de su memoria el reciente desplante de la muchacha y reanudaba su cortejo con ardor inusitado. Como verás, nieta mía, este hombre acostumbraba a edificar grandes castillos en la arena, que el viento se llevaba implacable.
¡No puedo creer que alguien sea tan tonto! Pero dime, abuelo ¿No apareció alguna otra mujer en su vida?
Hubo un tiempo en que una muchacha del pueblo mostró interés por el profesor. Era una muchacha sencilla aunque de buen corazón, escuchaba con atención las especulaciones filosóficas del profesor, sin entenderlas del todo. Sin embargo, el interés de esta muchacha por el profesor era genuino.
¿Y qué pasó con la otra chica?
Herida en su amor propio, no estuvo dispuesta a soportar tal afrenta y menos por una “desdichada campesina”, como ella la llamaba. Sistemáticamente, comenzó a alejar al joven profesor de la otra muchacha. Dio mayores atenciones al joven profesor e incluso dicen que le permitió besarle. A partir de este momento, el camino fue irreversible: el joven profesor quedó completamente enamorado y nunca más volvió a existir otra mujer en su vida. La muchacha caprichosa, viéndose triunfante de la secreta contienda con la otra chica, perdió nuevamente el interés por el joven y los desplantes hacia él se acentuaron: tenía la actitud de quien está seguro de su victoria y de la imposibilidad de arrebatársela.
¿Y el profesor, abuelo? ¿No decía nada por el desdén de la muchacha?
Otra cosa que debes tener en cuenta, niña mía, es el pequeño intersticio que hay entre el amor y la obsesión. Quizás el amor es en sí una obsesión, pero puede ser sublime si dos personas asumen y distribuyen correctamente esta obsesión. Si uno ama más que el otro, ya tienes en ciernes un problema. Pero si uno ama y el otro no, ahí tienes un descalabro total. Este es precisamente el caso de nuestro joven profesor, convertido luego en el loco del pueblo.
¿Quieres decir que su amor por ella le enloqueció?
En parte. Como te había dicho antes, las atenciones hacia ella, hicieron que las atenciones para sí mismo se redujesen a lo más esencial. De hecho se pasaba más tiempo escribiendo poemas, que leyendo libros o preparando sus clases para la escuela. Sin embargo, el detonante fue la llegada al pueblo de Mr. Smith, un ingeniero que se había enriquecido en la construcción. Aficionado a la buena vida y las bellas mujeres, no pasó mucho tiempo para que echase los ojos en la hija de los Rosado, quienes le abrieron sus puertas por el sólo hecho de ser un extranjero, considerándolo por ello mejor a cualquiera de los “pobres diablos” del pueblo.
¿Y la muchacha?
La muchacha quedó enamorada de él. Aunque según dicen, en el fondo todo era sólo un cálculo: en Mr. Smith veía la oportunidad de salir del pueblo y del país, logrando de esta forma su m{as deseado anhelo: codearse con gente a la cual ella consideraba digna de ella.
¿Y el profesor? ¿Qué pasó con él?
Nuestra querida muchacha se desembarazó de él de la peor forma. Buscó motivos reales e imaginarios para romper todo contacto con él. Pese a todo, el joven profesor fue constante y no se dio por vencido. Sin embargo, el final era inevitable: un día, ella le confesó que estaba enamorada de Mr. Smith. Ese fue el principio de la locura del profesor. Faltó varios días al trabajo en la escuela, se dice que estuvo en cama, poseído por fuertes fiebres. Cuando reapareció, visitó insistentemente la casa de la muchacha, sin respuesta alguna. En ocasiones, él esperaba todo el día en la vereda del frente, esperando que ella se asome al balcón. La muchacha era tajante en su respuesta, el profesor se marchaba del lugar llorando a lágrima viva.
¡Pobre hombre! Sin embargo, no puedo dejar de pensar que en el fondo era un total imbécil, por enamorarse de alguien quien no tuvo jamás la menor intención de corresponderle. ¿Qué crees tú, abuelo?
Estoy de acuerdo contigo. Sin embargo, debemos ser cautelosos al emitir nuestro juicio. ¿Quién no ha cometido locuras por amor? ¿Locuras de las cuales uno se avergüenza? ¿Locuras qué, con el pasar de los años, jamás podríamos repetir?
Quizás tienes razón, abuelo. Pero dime ¿Qué pasó con el profesor y la muchacha?
La muchacha desapareció un día, sin avisar a nadie. Luego se supo que se marchó para contraer nupcias con Mr. Smith. Ella había sido muy cuidadosa de que su partida no llegase a los oídos del profesor. Sin embargo, a los pocos días, éste se entero y fue el fin: enloqueció por completo. Pasó varios días llorando frente a la casa de la muchacha, ni siquiera las amenazas del padre de la chica lograron hacerle mover de ahí. Sentado en la puerta, comenzó a escribir interminables cartas y poemas para la muchacha, entre un verso y otro, perdió la razón. Le despidieron del trabajo y le desalojaron de la habitación donde vivía, así comenzó a mendigar por el pueblo y a dormir en las calles. La gente le tuvo compasión, incluso yo, que antes había sido su antagonista, ahora le ayudaba al verlo en tan deplorable situación. El jamás paró de escribir, escribía y escribía. Así, la lucidez del otrora profesor fue perdiéndose en las tinieblas de la locura.
¿Y la muchacha? ¿Se enteró de lo sucedido?
Como lo mencione, la muchacha detestaba al pueblo y a su gente. Nos consideraba gente inferior a la cual sólo podía aborrecerse. Por ello mismo, su partida significó una ruptura total con el pueblo, jamás se enteró de lo sucedido con el profesor, jamás le escribió ni pretendió tener noticia de él. Al igual que un niño caprichoso, olvidó el juguete desechado y buscó uno nuevo.
¿Y el loco? ¿No trató de buscarla?
La familia de la muchacha mantuvo en reserva su paradero. No querían que aquel muchacho que despreciaban importunase a su “preciosa hija”. Antes de enloquecer, él buscó enterarse del paradero de la muchacha por todos los medios posibles, pero al encontrarse un callejón sin salida desistió de la idea y se refugió en su locura. Sin embargo, los poemas y cartas que escribe, son manifestaciones del gigantesco amor que aún siente por ella. En su mente, ella no se ha marchado y sólo espera que salga de su casa a encontrarse con él, como lo hacía antes.
¿Ella jamás volvió?
Hace algunos años, serán unos diez al menos, ella volvió al pueblo. Regresó para recoger algunas posesiones y vender la casa familiar. En los pocos días que estuvo aquí, no fue capaz de disimular su repugnancia por estar en “el pueblito de mierda éste, lleno de campesinos ignorantes” como repetía constantemente. Luego de vender la casa y las últimas posesiones familiares, se marchó para nunca más volver.
¿El loco la vio en aquel entonces?
Desde que perdió la razón, el loco acostumbraba dormir cerca de la casa de los Rosado, a veces incluso delante de la misma puerta. Casualmente, atinó a dormir en la puerta uno de los días cuando ella se encontraba en el pueblo. Por la mañana, ella salía de la casa y se topó con el loco. Comenzó a gritar y hacer tal escándalo que el loco se puso de pie de un brinco. Al hacerlo, ambos se quedaron mirando fijamente por varios segundos. Ninguno reconoció al otro, el tiempo había hecho estragos en sus rostros. A continuación, ella tomó una escoba y comenzó a golpear al loco sin piedad, gritándole mientras lo hacía. El loco huyó despavorido y no volvió a dormir cerca hasta asegurarse de que aquella mujer se había ido.
¿Ninguno reconoció al otro?
No, no lo hicieron. La mujer ni siquiera recordaba al joven profesor cuando se lo mencionaron. Quizás lo olvido de verdad o lo hizo deliberadamente, no lo sabemos. Pero era seguro que ella quiso olvidar todo lazo que la uniese al pueblo que tanto aborrecía, olvidando también al joven profesor. Eso permitirá que te des cuenta hasta qué punto a ella jamás le interesó el pobre loco.
Pero si estaba tan enamorado, ¿Cómo es que el loco no reconoció a la mujer?
Eso es en verdad un misterio. Quizás fue el paso del tiempo que arruga los rostros y cambia las voces, quizás la locura hizo que el hombre olvidará por completo la causa de su locura, o quizás…
…el loco deliberadamente simuló no reconocer a la mujer ¿No crees que eso es también posible, abuelo?
Es muy posible. Quizás el loco deliberadamente evitó reconocer a la mujer para no encender la llama de su desdicha nuevamente, o quizás él quiere recordarla tal como el último día en que la vio. Es posible que el loco ame ahora tan sólo una imagen difusa en su mente, de una mujer que nunca existió realmente y cuyas virtudes sólo estaban en la mente del loco. En cuanto a ella, nunca sabremos cuál era exactamente el interés que tenia por él. ¿Un capricho? ¿Un reto? ¿Perversa diversión? Lo cierto es que nuestro loco, seguirá escribiendo poemas a una mujer que nunca volverá, pero que seguirá esperando hasta el fin de sus días.