martes, 20 de julio de 2010

EL MANIFIESTO DE LOS CAÍDOS

Un rumor recorría el salón, ya habían transcurrido más de quince minutos de la hora fijada. En los pasillos, algunos  asistentes reclamaban airadamente por la demora. Los que estaban sentados en la primera hilera de asientos charlaban en voz baja. Los de la última fila, en cambio, hablan animadamente y no faltaba alguno que soltaba una risotada que de inmediato era respondida con un “¡silencio ahí atrás!”.

 Estaban todos los personajes importantes de la ciudad, desde el presidente de la nación hasta el representante de la asociación de juristas. No era para menos: hace algunos días circulaba una invitación de algo llamado “asociación de caídos”, quienes invitaban a las autoridades y personas influyentes de la ciudad a una conferencia donde se  leería un  manifiesto a la nación. Si bien al principio se había tomado la invitación como una broma, todos los personajes influyentes decidieron ir cuando se enteraron que el presidente de la nación y su principal contrincante acudirían a la cita – era tiempo de elecciones – por lo cual no estaba de más asistir y recomendarse con ambos, para quizás luego obtener un buen cargo, junto a un bonito despacho, en el gabinete presidencial; no importaba quién ganase, no importaba realmente quien ganase, lo importante era el cargo, con el bonito despacho, en el gabinete presidencial. Por ello, muchos de los asistentes, que habían desechado la invitación, tuvieron que ponerse en cuatro patas para buscarla en el cesto de los papeles y así aprovechar la ocasión para recomendarse con los candidatos, lo que en lenguaje del ciudadano común, desinteresado por las triquiñuelas políticas, equivale a decir: “chupar las medias”.

Un haz de luz se filtraba por una de las ventanas laterales del auditorio, iluminando tenuemente el podio. La luz se reflejaba en el vaso con agua asentado en la esquina derecha del podio, formando un pequeño resplandor, que se hacía más leve dependiendo de la posición en la cual se estaba sentado en el auditorio. La ventilación era precaria y el aire estaba viciado. Pese al clima frio y lluvioso de fuera, el calor dentro del auditorio era insoportable, obligando a muchos asistentes a quitarse el saco para colocarlo en el respaldo de la silla delantera.

El piso de madera, donde estaba asentado el podio, crujió anunciando que alguien se acercaba. El ruido de los pasos sobre la madera era tan fuerte que todo el auditorio quedó en silencio. Los que estaban en la parte trasera del auditorio aguzaban la vista para ver quién se acercaba; los que estaban en el pasillo fueron advertidos de que el acto iba a comenzar  y corrieron al auditorio para buscar una silla vacía, pero muchos tuvieron que quedarse de pie, apoyando la espalda en la pared del fondo, junto a la puerta principal.
 Una oscura figura quedó de pie en el podio, no podían distinguírsele los ojos y sólo se advertían unas cuencas grises que parecían observar al auditorio. La piel del orador, pálida cual papel, contrastaba con el elegante traje gris que llevaba. Sus movimientos eran imprecisos, aunque intentaban demostrar solemnidad.
La pálida figura carraspeó y comenzó a exhortar al auditorio, moviendo las manos y el cuerpo acompasadamente al principio, para luego hacerlo con violencia, a medida que su alocución avanzaba.

Estimados conciudadanos, compañeros de lucha, patriotas, amigos, hermanos y pueblo en general. El motivo que nos reúne hoy es, debo admitirlo, por demás desagradable e incómodo. Traigo conmigo un airado reclamo de aquellos que en su debido momento fueron útiles para ustedes, pero que ahora ya hasta su nombre ha sido olvidado. Me refiero a quienes ustedes llamaron a sacrificarse por un ideal.
En efecto, durante siglos, casi desde el origen del mismo hombre, nos llamaron a luchar, a sacrificar nuestras vidas por algún ideal. Nos prometieron un sinfín de quimeras, materiales e inmateriales: pan, trabajo, riqueza, libertad, igualdad, patria, dios, orden, progreso, identidad, el nuevo hombre; en fin, nos prometieron el cielo en la tierra.
Nosotros, entusiasmados por la firmeza de su arenga, estuvimos en la vanguardia recibiendo sin rechistar lanzas, bayonetas y balas, mientras ustedes se ponían a buen recaudo en la retaguardia, huyendo cuando la situación  se ponía adversa. Hemos caído en incontables campos de batalla, con el pecho destrozado, en manos de nuestros propios hermanos que también peleaban por otro ideal distinto. Fuimos piezas de un juego de ajedrez donde los únicos vencedores fueron ustedes, mientras nosotros caíamos de bruces, con el rostro enterrado en la hierba, perdiendo no sólo nuestra vida, sino nuestros nombres.
“Nuestros caídos”, “nuestros defensores”, “nuestros héroes”, “nuestros próceres”, incluso “soldados desconocidos”, nos llamaron. Nos pusieron todo tipo de denominativos, olvidando deliberadamente nuestros nombres, mientras ustedes se disputaban el figurar en los libros de historia y poseer las riquezas de la nación liberada o saqueada. Una vez conseguido lo que ambicionaron, rápidamente nos olvidaron, nos borraron por completo. Sin embargo, cada uno de nosotros ha tenido un rostro, una vida. Ha amado y sido amado. Pero todo eso nos lo han quitado.
¿Y que recibimos nosotros? Mandaron a hacer  monumentos cuya inauguración les sirvió de pretexto para utilizar sus elegantes galas; declararon un día conmemorativo que les sirvió para pavonearse ante el resto del pueblo; mandaron a escribir libros sobre la valiente gesta que sólo ensalzaba sus supuestas hazañas; hicieron componer canciones donde sólo resonaban sus nombres. Pero esto es lo de menos, en el más allá ya no nos importa el homenaje ni el oropel.
Lo que venimos a reclamarles este día, es el haber abandonado los ideales por los cuales nos enviaron a morir. Nos hablaron de libertad y ahora son los que esclavizan, de igualdad y ahora son los que explotan al débil, de justicia y ahora son los verdugos, de pan y ahora son los que especulan y se enriquecen a costa del hambre del pueblo, de dios y ahora pretenden ser nuestros dioses. He aquí que venimos a encararles su desidia e hipocresía, a nombre de todos nuestros compañeros que cayeron y que caerán por vuestras mentiras.

El orador no pudo continuar con su discurso, las rechiflas y groserías del auditorio le hicieron callar. El presidente de la nación, con las mejillas coloradas por la indignación, salió furibundo del lugar. Su contrincante, atusándose el bigote, maquinaba sobre cómo aprovechar la situación a su favor; finalmente salió por una puerta lateral, seguido por los aduladores de turno, quiénes intentaban recomendarse con él, manifestando que el discurso claramente había hecho mención de la ignominiosa y censurable gestión del presidente en ejercicio y que de ninguna manera, lo dicho aludía a la intachable figura de vuestra merced, honorable veterano de patrióticas batallas, insigne patricio, amigo de los pobres y buen compañero que, dicho sea de paso, tendría una contundente victoria en los comicios venideros, pues se había granjeado la simpatía del electorado, gracias a sus inigualables atributos intelectuales y morales, que había puesto al servicio de la patria, lo cual demostraba, sin lugar a dudas, su denodado y desinteresado esfuerzo por engrandecer a nuestra nación.

Los siguientes días. los personajes ilustres de la ciudad se pusieron a debatir sobre el manifiesto. Se hicieron reuniones, simposios, debates, conferencias, cumbres, congresos, mesas redondas y todo tipo de actividades, donde cada asistente se concentraba en demostrar que el resto de los concurrentes se equivocaba, en lugar de argumentar la validez de sus propia posición.

Los diarios se inundaron de sesudos ensayos sobre las consecuencias filosóficas, históricas, sociológicas, políticas, económicas, jurídicas, antropológicas, psicológicas, filológicas, morales, éticas e incluso estéticas, del manifiesto de los caídos.

El presidente de la nación y su ilustre contrincante, tuvieron maratónicas e intensas reuniones - donde incluso llegaron a recordar al otro que era un verdadero hijo de puta-  que culminaron en un histórico pacto “por la libertad, democracia, dignidad, pan, techo, trabajo, dios y las buenas costumbres”; rubricado en tres copias  en las instalaciones del Club social, ante la presencia de un dignísimo auditorio compuesto por ministros, diputados, altos mandos del ejército, intelectuales, obispos, artistas y damas de la beneficencia; pacto que seguramente será registrado en los anales de la historia de nuestra nación por los escribidores que tuvimos el gratísimo privilegio de estar presentes en tan memorable acto.

El acuerdo fue puesto en funcionamiento de inmediato. Los monumentos y placas conmemorativas a los caídos fueron retirados y se pusieron en su lugar nuevos monumentos y placas, conmemorando el acuerdo entre el presidente de la nación y su contrincante. Los libros de historia fueron quemados en hogueras públicas, el gobierno se encargó de repartir el combustible. Se encargó a los historiadores patriotas a reescribir los libros de historia, teniendo el cuidado de no hacer mención de ningún caído: las batallas se transformaban así, en enfrentamientos donde no había muertos ni entre vencedores ni vencidos. Las tumbas de los caídos fueron removidas y sus cuerpos enterrados en fosas comunes en lugares ignotos, en lugar de las tumbas se pusieron obeliscos con la efigie del presidente de la nación y su contrincante dándose el apretón de manos luego de la firma del acuerdo. Así, en general, se prohibió hablar de los caídos bajo pena de fusilamiento.

Con el tiempo, la gente terminó por olvidarse de los caídos y dejó también de creer en “esos absurdos ideales que sólo creen los apátridas, ateos, inmorales, desfachatados, horribles y mal vestidos revoltosos”, según se acostumbraba a decir. Todos aprendieron a vivir para el presente, a conformarse con lo que había y a no malgastar el tiempo en tonterías, como en leer este relato.