lunes, 27 de diciembre de 2010

Un día en la vida de Muerte

- A mis amigas Mafe y Carmen C. -
I
Aquel martes por la mañana no tenía nada en particular. El día se había iniciado como cualquier otro: una pila de papeles acumulados sobre el escritorio, los empleados saliendo y entrando en la oficina con archivos en los brazos, la máquina de fotocopiar trabajando sin cesar, el tecleo incesante de las computadoras, los teléfonos repiqueteando sin parar.
Muerte, sentada en su mullido sillón, miraba por la ventana de su oficina, ubicada en el piso once de uno de los rascacielos más altos del país. La ciudad bullía vida a esa hora, embotellamientos por doquier, gente caminando frenéticamente sin un destino aparente. Muerte sabía que tarde o temprano aquellas vidas pasarían por su escritorio.
Con los años, los procedimientos relativos al ser humano se habían complejizado para atender no sólo el sostenido crecimiento poblacional, sino también la cada vez más compleja vida humana. La división Muerte había sido una de las pioneras a la hora de implementar novedosos procedimientos: los trámites permitieron segar miles de vida al mismo tiempo y sólo incrementar la plantilla laboral en un veinte por ciento. De esta manera, la oficina de Muerte era un paradigma de eficiencia y de cumplimiento de objetivos anuales y quinquenales, lo cual había significado reiterados bonos e incentivos para el plantel profesional. Sin embargo, esto no había hecho más que despertar una competitividad malsana en las otras divisiones, de esta manera, la envidia entre funcionarios de las distintas divisiones estaba a la orden del día.
 Los procedimientos habían simplificado los trámites al punto que ya no era necesaria  la presencia de Muerte in situ para que expire una vida. Los archivos de todo nuevo deceso eran ingresados  en un modernísimo programa computacional, estos datos se imprimían en una ficha individual y luego Muerte rubricaba el documento para que la sentencia fuese ejecutada. Esta eficiencia también había beneficiado a otras divisiones; así, los trámites relacionados con Muerte, derivados desde la División Destino, eran cumplidos en tiempo record y con menos del uno por ciento de error.
Por otro lado, la relación con la División Azar, por increíble que parezca, era una de las más productivas y fluidas, aunque esta División era la más anárquica en cuanto a la estandarización de procesos se refiere. El soporte informático había permitido que los decesos causados por Azar puedan procesarse con suma rapidez, incluso aquellas disputadas con la División Destino, como por ejemplo, las muertes relacionadas con catástrofes naturales. Por estas indefiniciones muchos cuestionaban la existencia de estas dos divisiones, llegándose a pedir que pasen a convertirse en  oficinas dependientes de la División Muerte.
Si bien aquél día no había nada fuera de lo normal, Muerte estaba inusualmente abatida ¿quizás la División Tristeza estaba entrometiéndose sin autorización? Nada parecía hacer suponer eso, sin embargo, lo cierto es que Muerte sentía un extraño y nuevo sentimiento en el pecho que no había sentido en toda su existencia.
Tímidamente, el secretario de grandes anteojos de Muerte, asomó la cabeza desde el otro extremo del escritorio; traía consigo varios documentos para que Muerte los apruebe. Con un hilillo de voz dijo:
-          Madame, aquí traigo algunos documentos que Gran Director Ejecutivo pidió que usted revise antes de que Él decida qué hacer, creo que es algo sobre un Tsunami en Asia. También traigo algunas autorizaciones: las ordinarias y las extraordinarias.  Los de División Melancolía tienen aquí algunos trámites, Amor también, lo propio Destino y Azar aunque bueno…como siempre pelean por los mismos trámites.
Muerte ni siquiera le miró. Sólo hizo un ademán con la mano indicando que dejase los papeles sobre el escritorio. El secretario salió con sigilo intentado no cerrar abruptamente para no perturbar a Muerte.
Ya a solas, Muerte se quedó contemplando sus manos durante largo rato. Aquellas pálidas y frías manos no tenían nada en especial, ni siquiera las líneas dibujadas en la palma, ni una sola arruga que revelase el paso del tiempo. Sus manos se asemejaban a las de un maniquí, inerte y frio. Muerte, miraba aquellas manos y le parecían ajenas, una mera extensión de su cuerpo con existencia propia y que hacían su labor cotidiana – en ese momento se puso a firmar documentos – sin necesidad de consultar a su dueña y, por tanto, sin darle cuenta de sus actos.
Una vez firmadas los documentos, Muerte decidió ir a dar un paseo. Era casi hora del almuerzo y aunque no necesitaba comer, fue a sentarse en un restaurante cercano a la plaza principal. Tomó un lugar que estaba al lado de un ventanal y observó los automóviles pasar mientras comía un plato de espaguetis al pesto. Al terminar pidió un café y lo tomó en pequeños sorbos. Escucho decir a su lado:
-          Disculpe ¿Puede prestarme fuego?
Muerte giró la cabeza y vio a un hombre de unos treinta años en la mesa contigua. Sostenía en los dedos un cigarrillo. Muerte le dijo que no fumaba. El hombre respondió:
-          ¡Ah! ¡Por supuesto! El cigarrillo es malo para la salud y puede causar la muerte ¿es eso?
Muerte, al escuchar ser nombrada prestó mayor atención a lo que le decía el hombre. Ella respondió que en realidad no le preocupaba en lo más mínimo los efectos que pudiese tener el cigarrillo para su salud y que si ella no fumaba era porque nunca aprendió, ni vio la necesidad de hacerlo. El hombre, acercando su silla hacia la mesa de Muerte, dijo entonces:
-          ¿Necesidad de fumar? ¡Claro que es una necesidad! Uno fuma porque tiene la necesidad de sentir placer y punto. Hay muchas cosas que dan placer en este mundo y uno debe procurárselas todas. En eso coincido con los hedonistas: el placer es el fin de la vida y debemos buscarlo incansablemente. ¿Acaso tú no pediste los espaguetis por una razón? Ese plato te dio placer ¿Me equivoco?
Muerte respondió que si ella había elegido ese plato y no otro era sencillamente porque fue lo primero que vio al abrir el menú, y qué le abría dado lo mismo pedir cualquier otro plato.
-          ¡¿Pero será cierto eso?! Tu serías la primera persona que conozco que hace cosas espontáneamente sin buscar con ello sentir algún tipo de placer ¡Vaya hallazgo de mujer que he hecho! Por ello, creo que es necesario que yo guíe tus pasos en el encomiable camino de la búsqueda del placer, yo seré el maestro y tú la alumna en este periplo hacia el goce. ¿No sientes ya algo de ansiedad por vivir esta aventura que estremecerá los cimientos de tu existencia?
Muerte dijo que le daba lo mismo.
-          Pues entonces, hay mucho por enseñarte pequeña dama ¡Pero el tiempo apremia! ¿Te parece que nos veamos aquí mismo esta noche, como a las siete?
Muerte asintió sin entender muy bien el porqué, la verba de aquel sujeto le había enredado. El hombre se despidió de Muerte y al momento de hacerlo le dio un beso en la mejilla. Muerte se quedó sorprendida: era la primera vez que alguien hacía algo semejante con ella. Un pequeño rubor se le subió al rostro.

II
Aquella tarde, Muerte estaba inusualmente distraída, para sorpresa de todos los funcionarios de División Muerte. Su secretario, pese a que llevaba una eternidad trabajando con ella, estaba absorto ante la actitud de Muerte. Dentro de los límites – pues División Alegría no podía intervenir en los asuntos de otra división y menos en quiénes la dirigen – podría decirse que Muerte experimentaba algo similar a una felicidad producida por la expectación.
Por primera vez, a Muerte las horas se le hicieron interminables. Firmaba a toda prisa los papeles que llegaban a su escritorio, luego salía a darse una vuelta por todos los escritorios para felicitar por su trabajo a los funcionarios, éstos se miraban perplejos por la actitud irreconocible de su jefa, quien usualmente se caracterizaba por un comportamiento mesurado.
Pese a que faltaban veinte minutos para la hora fijada, Muerte salió apresuradamente de su oficina, ni ella misma entendía el motivo de su prisa. Llegó con 10 minutos de adelanto a la cita fijada, se sentó en la misma mesa y espero a que llegase el sujeto, Pasaron los minutos y la impaciencia de Muerte fue creciendo, el hombre se estaba retrasando demasiado.
Pasaban ya las ocho y diez cuando una enfadada Muerte decidió dejar el restaurante. Pagó la cuenta y salió a la calle, había empezado a llover y hacía frío, un ligero temblor recorrió la espalda de Muerte. Trastabillando, Muerte caminaba sin rumbo, intentando no mojar sus botas negras en los charcos de agua que se formaban invariablemente en la calzada y en la acera. Tras caminar unas tres calles, escucho que una voz masculina gritaba “¡Eh, muchacha! ¡Muchacha!”. Se detuvo y volteó para mirar, a una cuadra de distancia corría el hombre que la había citado.
Él estaba totalmente mojado, jadeando por la carrera; tomó a Muerte de la mano y apenas recobró el aliento dijo:
-          Muchacha, mis más sinceras disculpas por el retraso. Se me presentaron asuntos importantes en la oficina y me fue imposible salir a una hora prudente para llegar a tiempo a nuestra cita. Pido tu indulgencia por mi retraso.
Muerte miró al hombre empapado con una mezcla de regocijo y ternura por verle totalmente empapado y sin poder recobrar el aliento. El hombre, en un gesto calculado, llevó la mano de Muerte a su boca y le dio un beso. Un nuevo y desconocido impulso se apoderó de ella, Muerte estaba conmovida, sólo atinó a abrazar al hombre. La lluvia arreció inclemente.

III
De nuevo en el restaurante el hombre pidió los platos más exiticos de la casa, hizo que Muerte probase cada uno de ellos pidiéndole que mastique lentamente para sentir el sabor en su boca. Luego ordenó diferentes tipos de vino que bebieron con fruición. Más tarde, ya un poco borrachos, salieron a caminar por la ciudad. La luz de los faroles formaba figuras extrañas en los charcos.
Se detuvieron en una solitaria plaza, Muerte tomó del bolsillo de su chaqueta un cigarrillo y lo encendió, quería sorprender al hombre con este gesto, por eso se había procurado un cigarrillo antes de acudir a la cita. El hombre se rió conmovido al ver cómo Muerte tosía por su inexperiencia para fumar.
-          Probemos de éste – dijo mostrando una pequeña bolsa con unas hierbas extrañas – es un tabaco especial que me regalaron unos amigos.
El hombre sacó papel, puso la hierba y lió el cigarrillo. Sacó una caja de fósforos de su bolsillo, encendió uno y acercando la llama, pitó el cigarrillo hasta encenderlo. Luego de darle una bocanada profunda, se lo pasó a Muerte quién pitó reiteradas veces hasta sentir un sosiego que se apoderaba lentamente de su cuerpo. Ambos empezaron a reír sin motivo alguno.
En medio de aquellas risas, el hombre llevó una mano al gélido rostro de Muerte. Ambos dejaron de reír. Para Muerte, los ojos negros de aquél hombre le recordaban una noche sin estrellas, aquellas donde antaño solía darse una vuelta por el mundo, montada en su carruaje tirado por sombras, para estar presente en las defunciones de los seres humanos. El hombre había comenzado a acariciarle el rostro y los labios, Muerte sintió un extraño deseo que no había sentido antes. Fue entonces cuando se dieron el primer beso.
-          ¿Quieres ir a mi departamento? – dijo el hombre al oído de Muerte.
Muerte sin comprender la petición, dijo que era mejor si iban a su departamento que estaba más cerca. Por algún extraño y nuevo motivo para ella, quería pasar el mayor tiempo posible con aquel hombre. Al rato tomaron un taxi, durante el trayecto continuaron los besos tenían cada vez mayor pasión. Aquel hombre, gustaba de coquetear con la muerte, aunque en esta ocasión ignoraba cuan cerca estaba de ella. Muerte sintió que la mano del hombre acariciaba una de sus piernas.
Al llegar al departamento, todo fue un torbellino. Las pasiones afloraron violentamente y se confundieron, inextricables. El hombre quitó lentamente el vestido a Muerte, mientras le besaba todo el cuerpo. Luego, Muerte desnudó con desesperación a su amante. Durante toda su existencia, Muerte había tenido ante si a millones de hombres desnudos que yacían en su lecho de agonía esperándola, sin embargo, por primera vez veía a uno de ellos obnubilada por el deseo.
Se tendieron en la cama y se amaron con desenfreno, buscando con desesperación los labios del otro. Muerte sintió un nuevo y agradable cosquilleo que le nacía en el bajo vientre y que se extendía por todo su ser; por primera vez, el cuerpo de Muerte estaba tibio. El hombre, estaba extraviado en medio de aquel inusitado placer, si bien muchas mujeres habían pasado por su lecho, por alguna extraña razón ésta era completamente distinta: a su lado sentía que alcanzaba la plenitud de la vida. Al llegar al éxtasis, ambos gritaron al unísono en medio de una confusa maraña de deseo al cual se rindieron. Hicieron el amor varias veces durante aquella noche.
Casi amanecía y, por primera vez, Muerte dormía profundamente. El hombre, en cambio, estaba despierto con la mente en blanco, con un vago sentimiento de temor anidado en su ser. Sin saberlo, había estado al borde de la muerte varias veces durante aquella noche, al principio la sensación le producía una embriaguez de la que jamás hubiese querido salir, pero a aquella hora el placer se disipaba y daba paso a un terror inexplicable.
El hombre se vistió lentamente, intentando no hacer ruido alguno que despierte a su amante. La miró una vez más durmiendo en el lecho y notó que la palidez de Muerte se había acentuado. Puso un dedo sobre su rostro y sintió la piel helada de Muerte. Un escalofrio se apoderó de su cuerpo: huyó inmediatamente de lugar.

IV
Muerte despertó al cabo de algunas horas, sintió que estaba sola en su lecho. Se levantó y buscó al hombre por todo el departamento, no se explicaba el porqué de su ausencia pero no sintió congoja alguna.
Al llegar a su oficina, Muerte estaba radiante, bromeó con los empleados y se tomó una taza de café – algo inusual en ella – con uno de ellos. Más tarde, llamó por el intercomunicador a su secretario. Muerte felicitó al pequeño funcionario de grandes anteojos por todo aquél tiempo de su inestimable y eficaz servicio. El secretario sólo atinó a sonrojarse al escuchar las palabras corteses de su jefa. Luego de la retahíla de lisonjas, Muerte pidió al secretario que le trajese por favor – era también la primera vez que decía por favor – un cigarrillo y una copa de vino tinto, un malbec de ser posible. El secretario, desconcertado por el pedido, salió disparado para cumplir la orden, al poco rato volvió con el encargo.
Muerte degustó por primera vez el vino y sintió que éste corría con una delicada aspereza por su garganta. Luego encendió el cigarro y pese a que no tuvo el efecto del tabaco que le dio su amante la noche anterior, le causo mucho placer. Toda aquella jornada se la pasó canturreando una canción, los funcionarios estaban aún más desconcertados.
A las siete fue directo al restaurante, pensaba que allí encontraría a su amante. No sabía porqué pero imagino que entre ellos existía un lenguaje tácito que les impulsaría a volver al mismo lugar y a la misma hora. A las ocho, Muerte salió a la calle, miró a ambos lados para ver si su amante aparecía por fin. Se sentó en la acera y espero con paciencia durante un par de horas más. Luego hizo el mismo recorrido que ella y su amante habían hecho la noche anterior, esperando que en algún momento el hombre apareciese, pero todo fue en vano. Al llegar a su departamento, se tumbó en su cama y lloró por primera vez.
Los días siguientes fueron un tormento para los empleados de División Muerte, la impaciencia y la ira de Muerte aumentaban a cada minuto. El que se llevaba la peor parte era el pequeño secretario de los grandes anteojos, quien debía aguantar en silencio a la irascible Muerte que llegó incluso a golpearlo: el secretario se levantó del piso en silencio, tomó sus anteojos y salió del despacho de Muerte sin decir nada.
Lo que más mortificaba a Muerte es que no sabía nada de su amante, “de saberlo inmediatamente le quitaba la vida” pensó, aunque esto no era más que una amenaza producida por el despecho, pues difícilmente se habría animado a hacerlo.
Los días pasaron y cada noche, al dar las siete Muerte volvía al restaurante y hacía el mismo itinerario con la esperanza de que su amado apareciese, todo fue en vano.
Luego de algunos días, Muerte llegó a la oficina en total mutismo. Cuando llamó al secretario le trató con total deferencia, parecía que no quisiese pasar mucho tiempo con nadie. En los días siguientes la actitud de Muerte fue la misma, trataba de evitar a toda costa a sus funcionarios, quienes estaban extrañados por lo que ocurría últimamente con su jefa. La extrañeza se convirtió en preocupación y finalmente decidieron que alguien debería animarse a hablar con Muerte para ver qué era lo que sucedía, aquel alguien, por unanimidad, debía ser el secretario de grandes anteojos, pues él era quien mejor conocía a Muerte. No está de más decir que el pequeño secretario no estuvo muy de acuerdo con ninguno de los argumentos y literalmente fue arrastrado hasta el despacho de Muerte, intimidado quizá por la golpiza que le había propinado Muerte hace algunos días.
Al entrar, se percató que Muerte no estaba sentada en su sillón. Miró por toda la oficina y no pudo hallar a su jefa. Con sigilo se acercó al baño y se percató que unos débiles sonidos escapaban del interior, la puerta estaba entreabierta. Asomó tímidamente la cabeza y vio a Muerte sentada en el piso con la cabeza en el retrete, había estado vomitando.

V
La noticia del embarazo de Muerte era la comidilla de las demás divisiones. La división Vida, había optado por la discreción, aunque se esperaba que su directora general, Vida, diese algún comunicado oficial. El comunicado de la División Vida  fue muy escueto y simplemente señalaba que ellos no tenían ninguna participación, directa o indirecta, en lo que le ocurría a la directora general de la División Muerte. Las divisiones Azar y Destino, en cambio, se disputaban lo ocurrido, aunque luego tuvieron que guardar silencio al llegar una dura reprimenda escrita del Gran Director Ejecutivo. Este memorándum, por cierto,  fue uno de los pocos pronunciamientos oficiales del Gran Director Ejecutivo, conocido también como Dios, quién  - a decir de sus colaboradores -  había dado la orden inmediata de que se volviese al trabajo y que no toleraría que se siguiese dando vueltas sobre aquel asunto.
En la División Muerte, se esperaba que tarde o temprano llegase algún memorándum que informase sobre la remoción de Muerte del cargo, por eso los funcionarios trabajaban más de lo acostumbrado con la esperanza de quedar bien ante los ojos del nuevo director general. Sin embargo, para sorpresa de todos, llegó un memorándum que ratificaba en el cargo a Muerte y que ordenaba a los funcionarios volver a sus labores acostumbradas.
Pasaron semanas y el embarazo de Muerte se hacía cada vez más visible. Muerte, deambulaba taciturna y se enfrascaba sin tregua en su trabajo, sin dirigir más que algunas palabras sueltas a su secretario. Algunos días detenía su trabajo y miraba el horizonte sin detenerse en algún lugar fijo, luego tocaba su hinchado vientre al sentir los movimientos de aquella vida que se desarrollaba en su interior. Al cabo de unos meses tuvo que dejar su ropa acostumbrada y volvió a usar su tradicional túnica negra; al menos esa prenda disimulaba en algo su embarazo. Pasaban los meses y Muerte se volvió melancólica, a veces su secretario la encontraba llorando debajo de su escritorio, asustada por lo que le ocurría y que era incapaz de comprender. Pese a que el secretario de los grandes anteojos era discreto, el llanto de Muerte era tan evidente que pronto se propagó el nuevo rumor entre lso empleados y las otras divisiones. Así, la División Melancolía tuvo que sacar raudamente un comunicado indicando que ellos nada tenían que ver con el estado de Muerte.
Cierto día, Muerte con la barriga muy grande ya, estaba sentada en una banca de la plaza contemplando a unos niños que alimentaban a las aves. Al levantar la mirada, vio a su amante que pasaba frente a ella abrazando a una mujer por la cintura. Muerte se levantó sobresaltada y corrió tras él, al alcanzarlo se lanzó a sus brazos para estupefacción del hombre y su mujer.  Muerte, comenzó a besarlo y a preguntarle donde había estado, que porqué no le había buscado todo ese tiempo. Muerte lloraba a lágrima viva y dijo que ahora ya nada les podría separar. El hombre, con el rostro desencajado por la sorpresa, apartó bruscamente a Muerte y le miró el vientre. Luego dijo enfurecido:
-          ¿Pero quién demonios eres tú? ¿Acaso te conozco? ¿Cómo te atreves a faltarnos al respeto a mí y a mi esposa?
Muerte, confundida, se disculpó como pudo con la mujer que acompañaba al hombre, luego dijo que todo ese tiempo había estado pensando en él  y que ahora esperaba un hijo suyo. El hombre, pálido al escuchar la historia del embarazo, rugió a Muerte:
-          ¡Desdichada! ¿Piensas que vas a achacarme una criatura que no es mía? ¡Yo jamás te he visto en mi vida! ¡Me confundes con otra persona!
Muerte dijo que no había ninguna confusión. El hombre dijo desesperadamente:
-          Pero entonces, si es verdad que tú me conoces, seguramente sabrás cuál es mi nombre ¿no es así?
Muerte dijo que ignoraba su nombre. El hombre, ya más tranquilo, dijo en tono triunfal a su mujer:
-          ¡Ya ves querida, esta condenada delira! ¡Ni siquiera sabe quien soy! ¡Seguramente armará todo este detestable teatro a todo aquél que se encuentra por la plaza!
La mujer del hombre, buscando salir del estupor en el que se encontraba, miró a Muerte y le preguntó si sabía el nombre de su esposo. Muerte admitió que no sabía su nombre, pero estaba seguro de que era él. El hombre no cedió ni un milímetro en su argumento, la mujer volvió a preguntar por el nombre, Muerte una vez más dijo que lo desconocía. La mujer dijo entonces:
-          Pues entonces te voy a pedir que nos dejes en paz a mí y a mi esposo. No estoy para este tipo de sobresaltos, yo también estoy embarazada. Cómo sabrás perfectamente, no podemos tener conmociones fuertes.
Muerte miró con odio ambos. Con un solo gesto podía quitarles la vida y también a la criatura que la mujer llevaba en el vientre. Sin embargo, Muerte no pudo hacerlo, una fuerza más poderosa que ella la detuvo.
 La pareja se perdía en el horizonte, mientras Muerte les seguía con la mirada, unos gruesos lagrimones rodaron por sus pálidas mejillas.
VI

Un día, cumplidos los nueve meses, Muerte empezó a sentir unos dolores más fuertes de lo usual. Llamó por el intercomunicador a su secretario que entró deprisa al despacho.
-          El bebé esta por nacer – observó el secretario de las grandes gafas.
Muerte miró con estupor a su subordinado, le dijo que diablos era lo que debía hacer entonces. El secretario, con un tono paternal dijo:
-          Por ahora usted no debe hacer nada más que relajarse, Madame. Yo me encargaré de llevarle al hospital más cercano.
Pasaron las horas y el parto de Muerte fue un éxito. Mas tarde, Muerte dormía inquieta en una habitación del hospital. Al cabo de unos minutos despertó y miró extrañado a su alrededor, la habitación estaba llena de flores, globos y tarjetas que los empleados de su oficina le habían traído mientras ella dormía. Muerte se palpó el vientre, la hinchazón había desaparecido, la criatura ya no estaba más en su interior. Se llenó de gozo, pensó que por fin podría volver a asumir sus funciones con normalidad, que todo lo ocurrido había sido un mal trago que no se volvería a repetir. Llamó a su secretario – estaba segura que él estaría afuera de la habitación, esperando – y le ordenó inmediatamente que le trajese documentos para firmar, que no había tiempo que perder. El secretario quiso decir algo, pero ante la impaciencia de Muerte salió disparado para cumplir al orden. Al cabo de una media hora volvió con lo solicitado, Muerte se puso a leer y firmar los documentos, luego dijo al secretario que para mañana, a primera hora, quería tener todos los documentos retrasados sobre su escritorio, no podía perder más tiempo. El secretario dijo entonces:
-          Se hará como usted diga, Madame. Sin embargo,… no creo que se conveniente que retorne al trabajo con tanta premura. Yo y el resto de los empleados podremos encargarnos de la documentación en su ausencia.
Muerte preguntó al secretario porqué suponía que ella iba a ausentarse, teniendo en cuenta que se sentía de lo mejor. No sin cierto rubor, por dirigirse de esa forma a su superiora, el secretario dijo:
-          Es comprensible que tú te sientas mejor, al fin y al cabo eres Muerte y eres eterna. Sin embargo, si yo hablaba de tu ausencia por unos días, era porque pensábamos que necesitarías unos días para acostumbrarte a tu nueva condición: la de madre.
Muerte se quedó absorta, si bien le había pasado por la cabeza saber sobre el destino de la criatura, asumía que ella al ser Muerte, jamás podría engendrar vida y que, naturalmente, la criatura nacería muerta. Muerte empezó a temblar, preguntó a  su secretario si la criatura aún vivía.
-          Vive, evidentemente, si no ni siquiera hubiese tocado el tema por el respeto que te debo.
Luego el secretario hizo un ademán con la mano, indicando a la enfermera que pase. La enfermera traía en sus brazos al bebé de Muerte. El secretario, acomodándose las grandes gafas, dijo:
-          Es una niña, es tu hija. Ahora tienes una vida a tu cargo y debes cuidarla y protegerla.
Muerte comenzó a gritar de desesperación. Sus chillidos despertaron a la criatura que comenzó a llorar también. Muerte perdió el sentido y se desplomó en su lecho. Una lividez diferente a la usual se apoderó de su rostro.
Durante varios días, Muerte deliró consumida por la fiebre. En su delirio veía a su amante y a la criatura que se alejaban de ella. Luego, cuando Muerte lograba alcanzarlos, ellos se giraban y comenzaban a gritarle e insultarle, diciéndole que le odiaban. Muerte se despertaba llorando para luego volver a desplomarse. Esto se repitió durante varios días.
Al cabo de una semana, el secretario de los grandes anteojos recibió una llamada del hospital, le informaban que Muerte había despertado y que se encontraba mejor. Corrió a verla. Al llegar a la habitación vio una pequeña cuna a la izquierda de la cama de Muerte, en ella la criatura dormía profundamente. Una enfermera trataba inútilmente de que Muerte se tomarse unas pastillas, al ver llegar al secretario de los grandes anteojos, la enfermera dijo que se daba por vencida y que él quizás tendría mejor suerte con la paciente. No se equivocó, Muerte aceptó sin chistar las grageas que le ofrecía el secretario. Durante unos minutos ambos quedaron en silencio, la criatura empezó a llorar. El secretario de los grandes anteojos dijo:
-          Escucha, Muerte. Tu hija te reclama, debes atenderla.
Muerte dijo que aquel ser le era extraño y que todo seguramente había sido una broma de la División Vida, cuya directora general buscaba continuamente como mortificarla. El secretario, se quitó los anteojos, tomó un pañuelo de su bolsillo y se puso a limpiar los vidrios, luego dijo:
-          Quizás eso es cierto, pero debes rendirte a las circunstancias. Hace ya mucho tiempo que ya no eras la misma, hija mía. Has experimentado diferentes sentimientos: amor, odio, melancolía y si bien quizás todo ha sido influencia de aquellas divisiones que están en competencia con nosotros, es innegable que has cambiado para bien. Detrás de toda muerte siempre habrá una nueva vida, ese es el ciclo eterno. No lo olvides, Tú y tu hermana melliza, Vida, fueron concebidas en el mismo momento, son dos lados de la misma moneda. Por eso no es de extrañar que tú también puedas engendrar vida cuando así lo decidas, como ella de generar muerte. Esa criatura necesita a su madre, te necesita a ti, ¡oh, Muerte!
Cuando el secretario de los grandes anteojos terminó de hablar, tomó a la criatura de la cuna y se la alcanzó a Muerte. Ésta, no sin cierto temor, la tomó en su regazo y cerró los ojos durante un momento antes de verla. Era idéntica al padre, en los ojos, en la forma de los labios y la nariz, pero indudablemente era la hija de muerte, porque estaba tan pálida como ella.
Muerte acercó el pecho de la bebé a su oído y sintió alborozo ¡Su hija tenía un corazón que latía frenéticamente! Apretó a la niña a su regazo y sintió que el calor de aquel cuerpecito invadía todo su ser. Muerte lloraba de felicidad. La niña comenzó a llorar nuevamente, Muerte no sabía qué hacer, miró desconcertada al secretario de los grandes anteojos:
-          La niña llora porque tiene hambre, Vamos, Muerte, debes alimentarla. Dale tu seno ella sabrá que hacer.
Muerte, obedeció maquinalmente y destapo uno de sus pechos, hinchado por la leche. La pequeña boca de la criatura buscó con desesperación el pezón hasta encontrarlo, luego comenzó a beber desesperadamente. Muerte desbordaba felicidad, su usual lividez desapareció y su rostro tomó un color carmín, no podía dejar de llorar de alegría. La criatura, sorbía la leche del seno de Muerte, poco a poco se fue marchitando hasta secarse como una hoja en otoño, al cabo de unos minutos lanzo un último suspiro y su cuerpo quedó inerte, sin vida.