miércoles, 28 de diciembre de 2011

EL ARQUETIPO


Las últimas líneas del libro decían lo siguiente:

Y ahí estaba yo, vagando por aquella inmensa ciudad. Caminaba sin un rumbo concreto, sin un destino al cual llegar, simplemente sabía que debía seguir caminando hasta que mi cuerpo se detuviese por si sólo.”
Cientos de rostros desconocidos pasaban por mi lado. A la mayoría les era indiferente mi presencia, algunos me miraban extrañados, unos pocos me sonrieron, y no faltó alguno que me observó irritado. Sin embargo, todos aquellos rostros tenían algo en común: jamás volvería a verlos”
De repente, recordé a los estoicos y pensé que en realidad sí los volvería a ver, porque tanto ellos como yo estábamos atrapados en la rueda del tiempo, condenados a encontrarnos una y otra vez por toda la eternidad. Aquellos rostros se me hicieron entonces familiares y no pude evitar que se dibujase una sonrisa en mi rostro: compartíamos todos la misma celda.”

Pese a que era la primera vez que leía aquel libro, conocía de memoria aquellas palabras, aunque combinadas de diferentes maneras. Cerró el libro y dio un gran suspiro. No sabía cuanto tiempo le había tomado, pero lo había logrado: había leído todos los libros del mundo.
La barba y el cabello le habían crecido y ocupaban casi toda la habitación; sus miembros entumecidos habían sido invadidos por plantas e insectos. Los ojos habían perdido la capacidad de distinguir los colores y el mundo se reducía al blanco y el negro, y en ciertas ocasiones el sepia.
Cuando quiso moverse, se dio cuenta que había olvidado como hacerlo. Tampoco recordaba como articular palabras, pese a que había leído libros en todos los idiomas. Durante unos minutos tuvo que concentrarse en recordar los tratados de anatomía y los libros de lingüística para poder moverse y hablar. Finalmente logró levantarse de la silla y articular sus primeras palabras: a fructibus cognoscitur arbor.
Mientras se lavaba para quitarse la suciedad acumulada por el tiempo, vio por primera vez su rostro enjuto y arrugado. El espejo reflejaba una figura que no le era familiar en lo más mínimo, tanto así que creyó por un segundo que se trataba de otra persona. Sin embargo, cuando supo por fin que aquel reflejo no era otro que él mismo, no sintió emoción alguna pues estaba ya por encima de aquellas trivialidades.
Más tarde se dio cuenta que no recordaba su nombre, pero juzgó que aquello no tenía importancia puesto que había renacido en un ser que ya no necesitaba ser identificado individualmente. Al tener todos los conocimientos del mundo, representaba a todos los seres humanos, desbordándolos. Decidió entonces que era el arquetipo.
Vistió su cuerpo desnudo y salió en busca del hombre. Al salir, observó que el lugar donde se hallaba era un yermo y que la casa en la que había estado encerrado estaba en ruinas.
Caminó por varios días, guiado por el recuerdo de los mapas que había visto en algunos libros. Al subir a una colina, pudo divisar por fin una ciudad.
Al bajar de la colina, se cruzó en el camino con algunos habitantes de la ciudad que vestían trajes de guerra, formando varias cohortes que marchaban al compás de un tambor marcial. El arquetipo preguntó a uno de los soldados sobre el motivo de la movilización, este contestó:

- Vamos a la guerra. Nuestro rey ha ordenado que destruyamos a una ciudad que se encuentra a cinco kilómetros en dirección al poniente. En los últimos años, dicha ciudad ha logrado tener mucha prosperidad desde el día en que decidieron derrocar a todos sus gobernantes y prohibir la propiedad privada. Por ello, nuestro monarca considera que esta ciudad es un peligro para la nuestra y nos envía a que matemos a todo ser vivo sin importar sexo o edad, para luego arrasar la ciudad sin dejar el menor vestigio de su existencia.

El arquetipo preguntó al soldado si aquello no le parecía una equivocación y si no sentiría culpa por asesinar a inocentes. El soldado contestó que él sólo seguía órdenes y que la sangre que se iría a derramar no mancharía sus manos, sino las del rey.
El arquetipo entró a la ciudad y notó que mucha gente vestía túnicas negras con capucha, pero además llevaban el rostro envuelto con vendas. Detuvo a una de aquellas espectrales figuras y le preguntó que era lo que le había ocurrido. Aquel ser le contestó que había una plaga de viruela en la ciudad por lo cual todos aquellos que habían enfermado estaban obligados a vestir aquellas túnicas, para que así los que no habían enfermado puedan reconocerles y evitar estar cerca de ellos para no contagiarse. El arquetipo recordó un viejo tratado médico turco que enseñaba cómo inocular a una persona antes de que enfermase de viruela, logrando así que muchas poblaciones fuesen inmunes a la plaga. Cuando quiso volver a hablar con su interlocutor éste ya había desaparecido en la multitud de enfermos.
El arquetipo siguió su camino y llegó a las calles más pobres de la ciudad. Tocó una puerta pues deseaba descansar unos minutos antes de continuar su caminata.
Una mujer salió a recibirle. Luego de que el arquetipo se presentó, la mujer le hizo entrar a su vivienda y le dijo que acompañase a la familia en la mesa, pues se disponían a almorzar.
La familia era muy numerosa, ocho hijos y dos de ellos ya tenían sus propios hijos que vivían en la misma casa. El padre era un leñador que contó al arquetipo que trabajaba muy duro a diario, pero que lo que ganaba no le era suficiente para salir de la pobreza. El arquetipo le dio algunos consejos para mejorar su trabajo y para poder ganar más dinero, también dijo al leñador que leyera mucho pues eso le haría poseedor de una riqueza intangible. El leñador le dijo que no sabía leer.
Mientras seguían conversando, la mujer del leñador salió con varias ollas humeantes que fue depositando una a una en la mesa, los niños peleaban por destaparlas, pero el leñador dio un grito que hizo que todos se sentasen en silencio. Luego, empezó a elevar una plegaria en voz alta agradeciendo aquella comida.
Las ollas fueron por fin destapadas. Algunas tenían piedras en su interior, otras sólo agua hervida y unas cuantas estaban totalmente vacías. Sin embargo, los leñadores y sus hijos simulaban sacar suculentos manjares y comérselos. El arquetipo preguntó al leñador el porqué de aquella mascarada. El leñador contestó:

- He perdido ya la cuenta de los días en que como hoy, no tenemos ningún alimento en la mesa. Hacemos esto para no perder la costumbre, para no olvidar cómo debemos alimentarnos.
El arquetipo, muy cortésmente, dijo que debía abandonar la casa pues se dirigía a la plaza de la ciudad. Dijo al leñador que vaya más tarde a la plaza con toda su familia a oírle, a lo cual accedió pues le había tomado afecto.
El arquetipo estaba ya cerca a la plaza cuando escuchó que en el templo había una muchedumbre reunida que gritaba. Se acercó y preguntó a uno de los de aquella caterva el porqué de tantos gritos. El hombre le dijo:

- Discutimos porque ayer se terminó de construir este templo y hoy nos dimos cuenta que se había erigido sin pensar en un dios en particular. Entonces, cada uno de nosotros quiere que se venere al dios por el cual profesa fe, pero esto nos ha llevado a discutir sobre cual es el dios verdadero y hasta ahora no podemos ponernos de acuerdo puesto que todos dan argumentos para que se considere a su dios como el único.

El arquetipo preguntó al hombre si se había considerado la posibilidad de que dios no exista. El hombre respondió que sí, pero que nadie había podido pensar en un argumento para demostrarlo, por lo cual se decidió por lo más fácil: usar los viejos razonamientos ya probados que demostraban la existencia de los dioses. El arquetipo se marchó del templo y siguió su camino.
Una vez en la plaza, el arquetipo arrastró un viejo cajón de madera que utilizó como podio y comenzó a pregonar con grandilocuencia:

- Escúchenme hijos e hijas mías, pues al hacerlo no estarán sino escuchándose a sí mismos, porque soy el arquetipo, soy todos y cada uno de ustedes. Hace mucho tiempo atrás, deje todo por amor a la humanidad y decidí leer todos los libros que se hubiesen escritos sobre la tierra. El objetivo de ese periplo era poseer todos los conocimientos del mundo, para así poder guiar a la humanidad en pos de la ventura perpetua. Hace poco he terminado mi tarea y ahora estoy listo para guiarles. He observado, mientras venía a esta plaza que padecen problemas que parecieran no tener solución, sin embargo, les digo que en verdad si las tienen. Sé cómo evitar las guerras, se también la cura a todas las enfermedades, conozco también todos los métodos para evitar la pobreza y el hambre y también puedo darles el argumento infalible que demuestra que los dioses no existen. Acérquense sin ningún temor hijos míos, puesto que hoy todo les será revelado.

Al principio nadie prestaba atención al arquetipo, pero algo más tarde llegó el leñador y su familia quienes se sentaron alrededor de él para hacerle algunas preguntas. Algunos curiosos que se acercaron, escucharon los consejos que recibía la familia de leñadores y se animaron a hacer sus propias preguntas. Conforme pasaron las horas, una gran multitud se había reunido alrededor del arquetipo en busca de respuestas para sus problemas.
Un sirviente de la corte que pasaba por ahí se acercó a escuchar y luego fue corriendo a palacio a avisar al rey sobre lo que sucedía. Más tarde, un espía de palacio se confundía entre la multitud para averiguar lo que sucedía. El espía volvió al cabo de una hora y dijo al monarca:

- ¡Oh, su alteza! ¡Antes de empezar a referir lo que vieron estos ojos, quiero encomendarme en las manos de nuestro amado dios, salvador y tirano, para que en caso de que yo dijese algo que faltase a la verdad, de inmediato Él mandase uno de sus sagrados rayos para desintegrarme por engañar a su representante sobre la tierra, es decir, Usted su grandeza. Aquel hombre que predica en la plaza dice no tener nombre, pues dice ser todos los hombres al mismo tiempo. Dice también haber leído todos los libros existentes en el orbe, lo cual le permite saber todo sobre este mundo. Ahora, en medio de la plaza, está contestando a todas las preguntas que le hace la plebe ignorante. Dice también que espera poder hablar con Usted, su Majestad, porque dice tener algunas recomendaciones que le servirán para su gobierno.
Una vez terminado el informe del espía, el rey mandó a que se le ejecutase, pues no quería que nadie en la corte se enterase que mandaba a espiar los asuntos de la plebe. Luego estuvo largo rato pensando en que hacer y llamó a reunión a sus consejeros.
Después de algunas horas de reunión a puerta cerrada, se envió a un mensajero oficial en búsqueda de el arquetipo que seguía en la plaza rodeado de mucha más gente.
El mensajero se abrió paso entre la multitud profiriendo bravatas y llegó hasta la presencia del arquetipo, anunciándole que su majestad había ordenado que le acompañe inmediatamente a palacio. El arquetipo siguió al mensajero a palacio, prometiendo a la multitud que volvería pronto.
El rey recibió al arquetipo con el mismo boato y fanfarria con los que eran recibidos otros reyes extranjeros en la corte. Sentado en su trono, rodeado de los nobles y los consejeros, se puso a dialogar con el arquetipo durante horas, preguntándole sobre política, comercio, guerra, artes y sobre todo asunto que conviene a un monarca conocer.
Pasaron las horas y el rey seguía haciendo preguntas, pero arquetipo se sintió muy cansado y dio un bostezo. Pidió al rey que le dejase dormir por algunas horas, porque había leído que la falta de sueño podía ser perjudicial para la salud del cuerpo y la mente. El rey mandó entonces a preparar la mejor habitación de palacio y le dijo que descansara y se alimentase lo mejor que pudiese, puesto que desde aquel momento lo nombraba su principal consejero. Arquetipo agradeció el gesto del monarca y se retiró a sus habitaciones, unos minutos más tarde dormía profundamente.
Aquella noche, el rey mandó a asesinar a arquetipo mientras dormía. Por la mañana, ordeno quemar todos los libros del reino y ejecutar a todos aquellos que hubiesen recibido consejos de arquetipo. En medio de la plaza, se encendió una gran hoguera cuyas llamas parecían lamer el cielo.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

LA PERSISTENCIA DEL OLVIDO



Breve biografía de Paula Seistells

Desde su infancia,Paula mostró inclinación por las letras. Con tan sólo cuatro años aprendió a leer, impulsada por su deseo de poder descifrar aquellos símbolos que contenían las historias que sus padres leían y que ella escuchaba con solazamiento. De esta manera, la pequeña niña pronto leía por su cuenta y se convirtió en una lectora insaciable,leyendo todo lo que tuviese a su alcance.
Sus padres, amantes de la literatura clásica, fomentaron su intéres por la lectura. De esta manera, Paula tuvo contacto desde temprano con clásicos como Dovstoyevsky o Stendhal.
El aprendizaje de diferentes idiomas – Paula fue políglota - le permitió leer a muchos autores en su propia lengua, aunque ella prefirió las lecturas en inglés y español – la madre era irlandesa y el padre español.
De acuerdo a algunos de sus biógrafos, Paula escribió “el jardín finito”, primera historia corta que se le atribuye, con tan solo ocho años, luego de haber terminado la lectura de Gargantua y Pantagruel de Rabelais.
Otros estudios,sugieren que la atribución de esta obra es errónea por dos motivos: el abuso de los latinazgos (Paula utilizó con moderación el latín a lo largo de su obra) y porque lejos de contener una retórica elegante, se utiliza una jerigonza arcaizante, impropia del estilo moderno y puntual que caracterizaría su obra. De esta manera, estos críticos (a los cuales llamaremos escuela de Lausanne) consideran que la primera obra de Paula fue en realidad “Las tentaciones de Bronislaw” (otra obra atribuida) por las características en su composición, sintáxis y pensamiento social y político. Esta obra, concluyen estos académicos, habría sido escrita a sus 10 años y se percibiría la influencia de Voltaire por su estilo desenfadado y sarcástico.
Empero, esta breve reseña, adelantándose a la futura publicación de un estudio más riguroso realizado en el marco del bicentenario del decimoctavo onomástico de la excelsa autora, pretende desmarcarse de ambas tendencias y presentar al público los hallazgos recientes de un estudio interdisciplinar de los más importantes académicos expertos en la literatura paulista.
De esta forma, este importante estudio sugiere que se considere a “Huelga en el hormiguero” como el primer trabajo de la genial autora, obra que en la actualidad se halla desatinadamente atribuida a un oscuro y mediocre escribidor – que no escritor – trasandino de quién se dice que tenía por costumbre robar ideas -cuando no escritos- a otros autores.
La citada obra,“Huelga en el hormiguero”, desde un enfoque antropomórfico –animista, es claro ejemplo de la influencia Goethiana y Huguiana de la autora (No olvidemos que Paula escribió un análisis crítico de“Los miserables” para una revista literaria francesa), así como su admiración por el simbolismo, sin fomar parte de este movimiento que...(continua en la página 57)

I

Paula mece las piernas debajo de la mesa, aquél movimiento siempre le ayudaba a relajarse para que la inspiración regrese, pero los últimos tres días nada parecía lograr que vuelva a escribir.
El cesto de la basura estaba lleno de papeles arrugados con ideas que comenzó, pero que finalmente desechó por considerarlas triviales. La última hoja sobre el escritorio tenía escrita la frase “La quinta puerta” desde hace varias horas, pero desde entonces no había podido escribir una letra más.
Un tanto aburrida, tomó su silla y la colocó junto a la ventana. Había comenzado a llover hace ya varias horas, pero Paula estuvo tan ensimismada que no se había percatado de ello.
Durante la mañana, había recibido una carta de su editor que de manera cortés le pedía que entregase su nuevo manuscrito a final de mes,caso contrario, la publicación tendría que posponerse hasta el siguiente año. Ella sabía perfectamente que esto significaba en realidad que perdería el contrato de publicación que con tanto trabajo había conseguido.
Paula había publicado ya un par de obras, logrando ambas una recepción tibia entre los lectores, pero que le habían generado alguna simpatía entre los miembros del círculo de escritores y de los críticos literarios. Sin embargo, Paula no estaba conforme y consideraba que aún estaba lejos de producir su mejor obra, la cual le haría acreedora al respeto incondicional de lectores y críticos.
Su obsesión por obtener este reconocimiento en parte se debía a su padre, escritor de modesto éxito que había sido continuamente desairado por el círculo de escritores, quienes en distintas ocasiones le negaron la membresía. Este rechazo generó una obsesión en el padre de Paula quien hasta el último de sus días trató de escribir una obra que le abriese las puertas del hermético grupo de escritores.
Laobsesión de Paula no se reducía sólo al deseo de lograr reconocimiento sino que se fundaba en el profundo temor de quedar en el olvido. Desde niña, había quedado fascinada por aquellos escritos y sus autores que, pese a escribir en remotos tiempos,seguían siendo comentados. Ante sus ojos, aquello era un signo de inmortalidad, pues parecían que en aquél instante – mientras leía sus escritos- los escritores estaban sentados a su lado leyéndole al oido. La obsesión por alcanzar esta inmortalidad, a través de la palabra escrita, era entonces lo que le impulsaba a escribir incansablemente y buscar su obra maestra, como medio para escapar al tan aterrado olvido.
Paula,de nuevo sentada ante la hoja de papel, presentía que su obra más importtante estaba a punto de ser escrita, pero que se negaba a manifestarse por algún capricho de su musa. Era una sensación extraña, porque parecía que una idea estaba rondando su ser,buscando el momento idóneo para expresarse.
De súbito, todo empezó a encajar y un par de palabras pronunciadas casi en voz alta fueron las que iniciaron la escritura: su obra cumbre empezó a escribirse por si misma.

II

Cien años han pasado ya desde la muerte de Paula. Su obra es ya un clásico de las letras y ha sido transcrito a diferentes lenguas y leído por hombres y mujeres de todas las edades.
El conjunto de las obras de Paula empezó a merecer una creciente atención de los académicos, quienes la analizaron desde diferentes perspectivas.
Los estudios sobre su obra se ampliaron en los siguientes cincuenta años y pronto se formó una “sociedad paulisniana” cuyo objetivo era estudiar la obra de Paula desde diferentes disciplinas para lograr así un método de estudio autorreferencial. Los estudios actuales –decían sus fundadores- adolecían de un grave problema: habían sido hechos desde modelos explicativos ajenos a la obra paulista, por lo cual fracasaban al intentar explicarla en su magnitud. Por eso-añadian estos conspicuos personajes- a partir de ese momento toda nueva explicación sobre la obra paulista tendría que hacerse con el único referente de los propios escritos paulistas.
De esta manera, en los siguientes ciento treinta y nueve años –tiempo que duró la sociedad antes de que uno de sus ilustres miembros desfalcara sus arcas- se publicaron miles de doctos tratados sobre las obras de Paula; algunos de ellos escritos con cierto tino,aunque la gran mayoría no eran sino sesudas y laberíntiscas interpretaciones que dejaban al lector más confuso, pero con la certidumbre de haber leído un docto tratado con contundentes verdades ontólogicas, halladas en algún oscuro capitulo – o incluso frase- de la obra paulista.
Al diluirse la sociedad paulisniana, surgieron diferentes “escuelas”de análisis de la obra de Paula. Coíncidiendo con el nacimiento de estas escuelas, se halló el diario de Paula que sirvió para impulsar nuevos estudios sobre su obra. Se empezó así a relacionar sus experiencias, gustos, anécdotas y vida sentimental (en el diario se desarrollaban los tórridos romancesde Paula) como directo influjo sobre la obra, aunque algunas tendencias dentro de las propias escuelas negaban rotundamente la posibilidad de una relación causa –efecto entre lo psicológico y lo escrito. Aquellas voces disidentes arguían que la obra de Paula era reflejo de la realidad social,política, economica y cultural de la época e intentaban disminuirla trascendencia de lo individual sobre la obra, etiquetándola como“una variable más”. Éste sería el primer antecedente de lo que vendría.

III

Pasaron los años y los estudios sobre las obras de Paula, en especial sobre el diario, se intensificaron hasta hacerse incluso minuciosos estudios de los borrones y tachaduras: los eruditos estaban convencidos de que estos habían sido hechos adrede por Paula, quien habría querido transmitir más de lo percibido a simple vista.
La búsqueda de esas “significaciones intrínsecas” en el diario de Paula (más tarde rebautizadas por el autor que acuñó el término como “axiomas tautológícos”) generó que dentro de una de las escuelas paulistas surgiese una tendencia que consideraba el diario como un manuscríto esotérico, en el cual estaban codificados una serie de principios trascendentales que podrían obtenerse a partir de la combinación y ordenación de todas las letras contenidas en el diario.
No es de extrañar entonces el revuelo que causó años más tarde el tratado del doctor Jerominias Bosckyj: “Paula ex machina: la restauración del Estado de bienestar desde la doctrina del sistema reto-praxis” donde se aseveraba que el diario, asi como algunas de las obras “juveniles” de Paula no eran de su autoría. El ilustrísimo doctor fue excomulgado de los círculos academicos paulistas y se le prohibió enseñar en el sistema educativo.
Tendrían que pasar muchos años antes que nuevos estudiosos paulistas retomasen las conclusiones del malogrado doctor para demostrar –esta vez de manera contundente – que al menos cinco escritos de la“etapa germinal” del conjunto de la obra paulista habían sido atribuidos erróneamente. Aquellos estudios, sin embargo, no tuvieron el mismo éxito para demostrar la aprocrificidad del diario de Paula,por lo cual los siguientes estudios realizados se enfocaron ante todo a reivindicar la imagen de Bosckyj, cuya obra habría sido el punto de quiebre entre los estudios paulistas tradicionales y los contemporáneos. Éste sería el segundo antecedente de lo que vendría.

IV

Los estudios de Paula eran para aquel entonces tan numerosos que pronto no quedó palabra, coma o punto sobre el cual no se hubiese escrito algún tratado. De esta manera, las nuevas interpretaciones sobre la obra de Paula comenzaron a buscar aquellos aspectos que la autora no había mencionado. Éste sería el último antecedente,
Con el correr de los años, los estudios sobre la obra de Paula la mencionaban cada vez menos y sólo eran autorreferenciales: los eruditos analizaban los tratados de sus adversarios y publicaban sendos estudios donde los refutaban.
Pronto, esto se volvió la norma más que la excepción y los sabios paulistas olvidaron por completo cual era su objeto de estudio inicial. Con los años, la obra de Paula fue completamente olvidada.
Pero detengámonos en este punto, dejemos a los eruditos en sus doctas elucubraciones y volvamos a aquel preciso instante donde Paula se encuentra sentada escribiendo su obra cumbre.
Sentada y balanceando las piernas, Paula escribe con inusitado brio, pues sabe que algo grandioso está ocurriendo en ese preciso instante. Sabe también que está a punto de alcanzar su deseo más anhelado:escapar del olvido.
Sin embargo, mientras Paula escribe, convencida que ha ganado la pulseta al olvido, a su lado yace sentado el Olvido, invisible para sus ojos mortales. El Olvido, susurrándole palabras al oído o bien tomando la mano de Paula, ha decidido entretenerse con esta mortal y sus ansias de inmortalidad. Paula,sin percatarse de la presencia de esta entidad celeste, redacta la última frase de su obra, ignorando que está siendo escrita para ser olvidada.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Amor y Odio (PARTE I)



I


Amor y Odio nacieron una tarde de septiembre. Para el universo, el parto supuso un espasmo que retorció sus cimientos, ocasionando que el esfuerzo le dejase tan agotado que sucumbió por un momento al esfuerzo, deteniendo su perpetuo movimiento por un instante.
Nadie supo nunca quienes fueron los progenitores de las dos criaturas, algunos especularon que los padres eran Muerte y Tiempo, aunque ellos hasta el dia de hoy niegan esa posible relación incestuosa.
Los dos huérfanos eran idénticos entre sí, sin embargo, con el pasar del tiempo los huérfanos irían marcando cada vez con mayor claridad sus caracteres tan disimiles. De esta forma, llegó el día en que Odio decidió renegar de su hermano y abandonarle. Amor, acongojado, buscó sin suerte por mucho tiempo al hermano perdido, pero cuando casi había cejado en su empeño, pues suponía que Odio estaba muerto, le encontró de casualidad sentado en el suelo mirando el suelo ensimismado.
-          ¡Odio, hermano! ¡ He estado buscándote por tanto tiempo! ¡Mi corazón se regocija por poder por fin hallarte! ¡Ea, querido hermano es hora de marchar a casa!
Odio, sumido en sus pensamientos, volcó la cabeza al ver a su hermano y  dijole irritado.
-          ¡Con que al fin apareces, estúpido soñador!  ¡He estado aguardándote por mucho tiempo! Tengo en mente un negocio y necesito que me ayudes a realizarlo.
-          ¿Y cuál es esa idea que, amado hermano?
-          Pues vamos a inventar un nuevo sentimiento que llene el alma de los mortales. ¡Ya he pensado en todo!
Odio se levantó con un pequeño salto y arrastró consigo a Amor, quien aún no comprendía nada.

II

Odio y Amor inauguraron un pequeño taller donde planeaban producir el nuevo sentimiento. A falta de herramientas apropiadas tuvieron que diseñarlas; en esto Amor mostraba mayor habilidad y paciencia que Odio, quien no podía esperar a que todo estuviera listo para poder iniciar la producción.
Al cabo de algunas semanas, Amor estaba preparado para iniciar la producción e hizo  un diseño del nuevo sentimiento. Mientras tanto, Odio se encargó – nadie sabe donde - de hallar la materia prima que serviría para la producción. Los primeros intentos no tuvieron mucho éxito, pues a Amor le costaba trabajar con la materia prima traída por Odio. Sin embargo, pronto tuvieron la primera muestra y Odio estaba decidido a probarla cuanto antes.
Aquel lector, cuya senectud se lo permita, recordará las características de aquel sentimiento producido por Odio y Amor. Quien escribe, mero narrador sin la experiencia ni las canas suficientes, lamentablemente sólo ha oído las historias de algunos ancianos sobre aquel sentimiento producido por los dos hermanos, del cual se dice que fue el sentimiento más grandioso experimentado por cualquier mortal.
Sin embargo, al poco tiempo los problemas comenzaron en el pequeño taller. Odio increpaba al hermano por la demora para producir el sentimiento y le amenazó con dejar de proveer la materia prima. Amor, intentando complacer a su hermano, buscó algunos ayudantes a quienes ensenó con paciencia los rudimentos de su oficio.  Sin embargo, esto no fue suficiente para Odio, quién a diario traía más ayudantes al taller para que aprendan del oficio, pero ni aun así se sentía conforme.
Cierto día, Odio llegó malhumorado al taller.  No saludo a nadie, ni siquiera a Amor y tiró la puerta de su despacho tras de sí. Al cabo de una hora, salió sin decir palabra y se dirigió al depósito donde se encerró por horas. Más tarde, salió con una sonrisa en la cara, llevando unos planos en la mano. Llamó a Amor y le dijo:
-          Hermano, el negocio marcha demasiado lento y tenemos que aumentar la producción si no queremos quedarnos rezagados, necesitamos mecanizarnos. Vamos a echar a todos esos inútiles que tienes por ayudantes y a sustituirlos por estas maquinas que he diseñado.  Caso contrario, nunca podremos atender la creciente demanda.
Amor, pensativo, contempló los planos sin entenderlos del todo. Los observó una y otra vez y finalmente posó su mirada en la siniestra sonrisa de Odio.
-          Hermano, la producción marcha bien. Los ayudantes trabajan con tesón y muchos de ellos han adquirido maestría en el arte. Temo que si nos mecanizamos, como dices, nuestra producción carezca de alma, pues no se hará con la paciencia y el cariño con la que se viene haciendo hasta ahora.  Me opongo a que despidamos a los ayudantes.
Odio escuchaba a Amor sin decir palabra, pero el rostro iba enrojeciéndosele de furia. Arrugó los planos con ira y se dirigió a la puerta. Ya en el umbral se dio la vuelta y dijo con rabia:
-          Debí suponer que tu acostumbrada estupidez y falta de ambición haría fracasar cualquier intento mío por mejorar el negocio. ¡Pues sea! ¡Quédate en tu miserable taller con tus inútiles ayudantes! ¡Yo levantaré por mi cuenta una fabrica donde produciré un mejor producto que el tuyo y que te sacará del mercado! ¡Eso si, ni pienses que voy a dejarte usar mi materia prima! ¡Tendrás que buscarte la tuya!
Dicho esto, Odio salío del taller dando un portazo. Los ayudantes de Amor se quedaron atónitos y contemplaban la congoja de su maestro quien, tras unos minutos de quedarse en silencio mirando la puerta, se sentó en su banca preferida, tomó sus herramientas y se puso a tallar mientras lloraba.

III

Paso poco tiempo hasta que el taller de Amor se quedó sin la materia prima que odio proveía. Por este motivo, Amor tuvo que buscar una nueva materia prima que  fuese parecida a la que usaba, pero los productos no eran iguales. Convencido de que jamás podría igualar la calidad de la materia prima perdida, decidió finalmente utilizar la que tenía a mano y crear un nuevo sentimiento, lo más parecido al anterior. Llamó a este sentimiento amor.
El nuevo sentimiento se hizo pronto muy popular entre los mortales y casi todos sin excepción pedían al taller de amor que les fabricase uno. Sin embargo, pese a contar con varios ayudantes, la producción del taller de Amor no siempre alcanzaba para atender a todas las solicitudes.
Por otro lado, pese a que los ayudantes de Amor tenían mucha práctica en el oficio, sus productos jamás pudieron compararse con los del maestro, lo cual hasta el día de hoy hace que algunos solicitantes obtengan productos que no siempre encajan con sus especificaciones ni con sus necesidades. Es por esto que continuamente escuchamos a quienes se quejan por amores no correspondidos, por amores hirientes, por amores incompletos, por amores frágiles que se rompen al menor embate, por amores perros…
Sólo aquellos quienes tienen la suerte de recibir un producto hecho por el propio maestro Amor, no tienen la menor queja, puesto que el sentimiento es producido con tal maestría que sólo puede causar dicha, incluso escapando a la influencia de Muerte. Se dice por ahí, que incluso la misma Muerte experimentó en carne propia el sentimiento hecho por el maestro Amor.

lunes, 7 de marzo de 2011

El desfile del dictador


La asonada militar tomó por sorpresa a todos, aquella noche en la capital se celebraba la llegada del nuevo año; petardos, fuegos artificiales, música y baile, embriagaban a sus habitantes que, a veces vanamente, esperaban las mejores dádivas de la vida en el nuevo año.

El presidente, junto a su esposa, presidió las celebraciones en la residencia presidencial que contaba con la participación de diplomáticos, magistrados, diputados, enviados especiales y toda esa laya de eminentes rastreros que pululan cual moscas a la basura en este tipo de acontecimientos. Licor del más fino llenaba las copas que se entrechocaban en medio de un sonoro ¡clink! y del rumor de las risas que, a medida que los invitados se embriagaban, aumentaban hasta hacerse majaderas. El presidente, algo embriagado ya, dijo al oído a su esposa que era hora de retirarse a su habitación.

Ya en el lecho nupcial, los vapores del alcohol despertaron la ya casi arcaica lubricidad del gobernante, quien se abalanzó como una fiera sobre su esposa para arrancarle el vestido. La primera dama dio un pequeño grito y forcejeó para librarse de la lascivia del esposo, no tanto porque lo reprobase, sino porque ella también había recordado de repente aquellos juegos de seducción eclipsados por el tiempo. Más tarde, ambos dormían profundamente satisfechos por haber podido revivir por unos instantes todo el ímpetu juvenil.

Al amanecer, las puertas de la habitación presidencial fueron sacudidas por fuertes golpes, alguien desde el exterior gritaba altaneramente combinando órdenes con befas irreproducibles. El presidente, todavía turulato por el alcohol y el combate amatorio de la pasada jornada, se levantó con desgano y conforme se iba acercando a la puerta su confusión se iba transformando en ira contra aquél desconocido que tenía la desfachatez de despertarle de esa manera.

- ¿Pero quién carajos se atreve a despertarme de esa manera?

Como respuesta, el primer mandatario recibió una sonora bofetada que le mando de bruces. La esposa que había despertado al unísono, brincó de la cama semidesnuda y corrió a socorrer al marido caído, quién sin poder salir de su estupefacción se restregaba la mejilla golpeada. El soldado de pie ante al presidente y su esposa grito a voz en cuello:

- ¡Por órdenes del Coronel Fernández desde este preciso momento queda usted arrestado!

- ¿Arrestado? ¿Pero qué broma es esta? ¡Pagará caro este ultraje, so especie de milico mal parido!

El que dijo esto último era el presidente quien, rojo de la ira, se levantó de un brinco para aporrear a aquel militar revoltoso. El soldado, como única respuesta dio otra bofetada al presidente tirándolo nuevamente al suelo, a continuación tomó la metralleta y la apuntó en la cara del gobernante, quien esta vez tuvo que rendirse ante las circunstancias. Un par soldados llegaron junto al presidente y lo levantaron de mala manera por los brazos, llevándoselo en el acto semidesnudo. Vanos fueron los gritos de la mujer del primer mandatario quien intentó correr tras de su marido, pero dos soldados le salieron al paso conteniéndola con prepotencia y torpeza.

Semidesnudo, el presidente fue conducido a un vehículo que esperaba fuera de la residencia presidencial. Cuando era empujado hacia el interior, escuchó una ráfaga de ametralladora que se superponía sobre los gritos de la esposa, al cesar los disparos no se escuchaba ya ningún chillido. El presidente quedó sorprendido por unos segundos antes de darse cuenta de lo que había ocurrido con su esposa, comenzó entonces a gritar y a conjurar maldiciones contra la soldadesca, quien respondió con un golpe de culata, haciéndole perder el conocimiento.

II 

El quinto regimiento de caballería había sido el epicentro desde donde se urdió y dirigió el golpe de Estado del coronel Fernández, quien esperaba con ansiedad la llegada de sus enviados quienes traerían primer mandatario. Más tarde, cuando la tensión ya era insoportable; al punto de que había ya considerado la clandestinidad o, en el peor de los casos, el suicidio, entró un soldado informando que la soldadesca había llegado trayendo consigo al presidente.

El coronel apenas pudo contener su alivio y su alegría al escuchar la noticia, sin embargo, a los pocos segundos trató de simular aplomo y dijo mientras carraspeaba:

- ¡Ejem! ¡Que lo conduzcan inmediatamente a mi presencia!

Mientras el soldado abandonaba la oficina para llevar a cabo la orden, el coronel nerviosamente se sentó en el sillón y ocultó rápidamente en un cajón algunos papeles viejos, ligas y clips que estaban sobre el escritorio. Luego tomó de su buró un cuadro que colocó en la pared luego de quitar el retrato del presidente depuesto, el cual por ley debía adornar los todos los despachos públicos y castrenses del país. El cuadro puesto por el coronel tenía la foto en blanco y negro de su padre, el General Fernández, viejo militar que había sido protagonista también de otros motines militares que no tuvieron éxito y que le habían costado la ignominiosa degradación del ejercito, el destierro y posteriormente – en su última aventura golpista – el fusilamiento. De tal palo tal astilla, reza el refrán, que halló motivo para ser válido en el pequeño retoño del general, puesto que el pequeño querubín se enrolaría al ejército apenas llegadas sus mocedades, donde tuvo el mayor de los éxitos por contar de sobra con dos requisitos indispensables de la vida castrense: una férrea disciplina e incapacidad para pensar.

Aquel joven y destacado cadete se había transformado en un coronel de aspecto adusto y de costumbres parcas, aunque en el fondo de su ser escondía una ambición atávica: ser el primer Fernández que llegaba a la primera magistratura del país. Claro está que para satisfacer esta codicia, lo de menos era el método y los medios a utilizar; las elecciones le parecían un procedimiento nefasto y engorroso que se prestaban a la “manipulación arbitraria de los perros comunistas y toda esa calaña de izquierdosos y revoltosos que les siguen”, según solía decir a sus subordinados. En contraposición, el golpe de Estado le parecía el método más adecuado para llegar a la presidencia, aunque en sí él no consideraba este luctuoso hecho como algo reprobable, lo cual pasare a explicar, esperando seguir contando en este punto con la paciencia de mis lectores.

Desde su infancia, el padre del coronel Fernández le había contado las hazañas – exageradas cuando no ficticias – de los excelsos antepasados que enorgullecían el blasón familiar. Las historias se remontaban incluso a la Edad Media donde no faltó un Fernández que luchó junto a San Jorge en la heroica gesta de matar dragones. Tan verosímiles eran los relatos del padre del coronel, que hasta el día de su muerte estuvo convencido de la existencia de estos animales mitológicos en algunas regiones del viejo mundo.

En el truculento árbol genealógico del general Fernández no faltaron ascendientes que se habían destacado en las Cruzadas contra los infieles, ni otro que había servido a Fernando V quien precisamente había llegado al Nuevo Mundo, cuyo descendiente – versión mucho más plausible que los anteriores- se había cubierto de gloria con las tropas realistas de Goyeneche. El descendiente de este Fernández, criollos ya en el nuevo mundo, supuestamente había sido el primer general de la familia participando como estratega en varias guerras independentistas que de los nacientes países. Varios biógrafos del coronel Fernández se partieron la cabeza tratando de encontrar las fuentes bibliográficas o documentos históricos que dieran sustento al supuesto árbol genealógico de los Fernández, pero ninguno encontró nada que pudiera demostrarlo y siempre concluían en lo mismo: que el abuelo del coronel, había sido el hijo bastardo de un soldado español y una india. Estos biógrafos terminaron encarcelados y algunos muertos en condiciones misteriosas.

El padre del coronel, no había tenido la dicha – según él – de participar en ninguna guerra, por eso a falta de enemigos tuvo que buscarse algunos e inventarse otros tantos. De esta manera, todo aquel que osaba contradecirle era comunista y con el tiempo empezó a delirar con la existencia de conjuras comunistas que querían apoderarse del país, razonamiento que le sirvió para justificar sus fallidos intentos de golpes de Estado. La tozudez y su obsesión le harían terminar en el paredón una tarde de enero, cuando el coronel Fernández aún era un niño.

El coronel Fernández observaba en silencio el retrato del padre colgado en la pared, mientras en su interior se encendía un sentimiento de respeto y orgullo por el padre caído. Murmuró en voz baja: “padre, ya casi lo consigo”. Pero el retrato ni siquiera se molestó en contestarle.

Tocaron la puerta y una voz desde fuera decía que traían al prisionero. El coronel Fernández rápidamente se sentó, agarró un mapa que estaba sobre el escritorio y busco tener un aire majestuoso. Dijo entonces al soldado que entre con el prisionero.

El presidente depuesto fue metido a la oficina a empellones, tropezando hasta caer al pie del escritorio. Si bien ya era bastante mayor, las emociones de la última hora parecían haberle avejentado aún más. El general, intentando no perder su aire majestuoso se levantó del sillón, apoyó ambas manos sobre su escritorio y miró al anciano tirado en el suelo. El presidente levantó la cabeza lentamente; sus ojos que despedían piras de ira, se posaron sobre las del coronel sublevado quien sintió un escalofrío por la espalda. El anciano gritó:

- ¡¿Pero quién te has creído, especie de soldadito de plomo?! ¡Voy a mandarte a la horca por esta afrenta!

- Señor…Señor presidente queda usted depuesto…

- ¡¿Depuesto?! ¡¿Depuesto?¡ ¡Ya te enseñare yo quién depone a quién, asquerosa alimaña parlante!

Dicho esto último, el anciano se levantó, se acercó hacía el general y le propinó una sonora bofetada que casi le hizo perder el equilibrio. Los soldados, confundidos al ver agredido a su jefe, sólo atinaron a sujetar al anciano que pataleaba para que lo suelten.

El coronel Fernández, sin poder salir aún de la sorpresa y del susto, se llevó la mano a la boca de donde le escurría un pequeño hilillo de sangre, provocado por el golpe. Miró la sangre en el dorso de su mano, luego al anciano que forcejeaba por soltarse y finalmente observó a sus subordinados que no podían salir de su asombro. Poco a poco, la ira se apoderaba de su cuerpo. Abrió uno de los cajones del escritorio, tomó un pañuelo con el cual se limpió la sangre de la boca y se acercó hacia el presidente depuesto y comenzó a golpearle sin piedad hasta hacerle perder el conocimiento.

- ¡Maldito viejo! ¡Atreverse a tocarme a mí! ¡A mí!

Después de los golpes el anciano quedó tendido en el suelo, el coronel tomó el arma de su cinto y le pegó un tiro en la nuca. Las botas y parte del pantalón se le mancharon con los sesos del anciano.

III 

En las horas siguientes se desató una ola de terror por todo el país. Contingentes de militares recorrían las casas arrestando y ejecutando en el acto a los principales opositores políticos y a los sospechosos de posibles sediciones en contra del coronel.

Antes del mediodía, el coronel intervino los medios de comunicación. Al mediodía se preparaba para dar su primer mensaje a la nación donde anunciaría el nuevo régimen. Sentado en una silla del estudio de televisión le prepararon para salir al aire. Una maquillista le pasaba polvo por el rostro: “Es para que no brille cuando las luces le enfoquen”, decía. Mientras, un peluquero le aplicaba brillantina en el cabello. Todos esos detalles eran excesivos para el coronel, acostumbrado a lo sumo a tener el traje militar impecable y el rostro bien afeitado. En un momento de ira le pasó por la cabeza mandar a fusilar a los dos cosmetólogos, pero la idea se le desvaneció cuando un sargento se acercó con un documento oficial que anunciaba que el Alto Mando Militar había decidido entregar el mando de las Fuerzas Armadas al Coronel Fernández en aras de consolidar la “revolución liberadora” – eufemismo utilizado en adelante para denominar la asonada militar – ascendiéndole además al rango de general de la república. El ahora general Fernández, no cabía en sí de contento. Sin embargo, decidió mandar a liquidar al Alto Mando Militar para evitar sorpresas amargas.

Luego de finalizado el mensaje a la Nación, se dirigió a la Escuela Militar donde citó a sus subordinados que le informen sobre la situación en el país. Las noticias eran halagüeñas para el general Fernández: en todo el país se había eliminado a la oposición y el resto de las divisiones militares había aceptado al general como el nuevo presidente de la república. Satisfecho, el general Fernández se retiró al palacio presidencial donde le habían informado que le esperaba una muchedumbre para aclamarle,

Mientras se dirigía a la concentración, algunos de sus hombres de confianza daban órdenes a los soldados para que saquen por las buenas o por las malas a los vecinos de sus hogares para que acudan a vitorear al dictador. De esta manera, largas filas de familias enteras caminaban con las manos sobre la nuca hacia el palacio presidencial para vitorear por la fuerza al general Fernández.

Más tarde, el general, sentado en el despacho presidencial, esperaba la señal de su edecán para salir a la terraza del palacio para recibir la ovación de la ciudadanía. Mientras aguardaba al edecán, hizo algunas llamadas telefónicas; la primera fue a su anciana madre, recluida en un asilo, para avisarle sobre lo sucedido; la anciana, sorda como una tapia y afectada por la senilidad, no se enteró siquiera de quién le hablaba. La segunda llamada fue al quinto regimiento de caballería, solicitando se traigan de su despacho todos sus efectos personales, especialmente el cuadro de su padre, subrayando que si el cuadro sufría algún daño en el transporte se las verían personalmente con él. La tercera llamada fue al presidente del país vecino para informar sobre la situación, el mandatario del país vecino se excusó para no contestar su llamada. La cuarta llamada fue a Anita, su novia, a quien le pidió matrimonio prometiéndole llenarla de joyas y ropas finísimas cuando fuese su primera dama. La quinta llamada fue al principal periódico del país – ahora tomado por los militares – donde ordenó que la edición del día siguiente debía llevar en su página principal el mensaje “Triunfo de la Revolución liberadora” junto a una foto suya que haría llegar con su edecán, ordenó además que se recojan opiniones positivas de la ciudadanía apoyando al régimen.

El edecán tocó la puerta del despacho presidencial y dijo con solemnidad:

- Señor…, el pueblo clama por su excelencia.

- ¡Ya era hora, maldición! ¡Ea! ¡Vamos a ver a mi pueblo!

Mientras se acerba a la terraza del palacio presidencial, el general reconoció a los personajes notables del país que, haciendo gala de su sentido de la oportunidad, saludaban con respeto el triunfo de la “revolución liberadora”. Estaban presentes el representante del empresariado; su santidad el cardenal, quien aprovecho para dar su bendición al dictador; el dueño del Banco Central; y la representante del Club Social. Todos se deshicieron en lisonjas con el general Fernández y no faltó alguno que le llamó “Prócer nacional”. El general, genuinamente conmovido, prometió que los fusilaría a todos. El lapsus linguae del general rápidamente fue corregido por el edecán, para disipar el pavor indisimulable que había surgido en los rostros de aquel ilustre hato de lameculos.

- Er…lo que el general quiso decir es que les hará condecorar… por sus incondicionales y desinteresados servicios a la patria.

Nunca sabremos si el general quiso o no quiso decir eso, puesto que para ese entonces se había asomado al balcón para ver a la multitud.

La plaza estaba llena de cabo a rabo, los soldados habían hecho un buen servicio al arrastrar – figurativa y literalmente hablando – a los ciudadanos desde sus casas hasta la plaza. Algunos soldados vestidos de civil y disimulados en el gentío eran quienes iniciaban y guiaban los vítores para el general, mientras otros apuntaban sin el menor disimulo a quienes se negasen a rendir homenaje al nuevo presidente. Aquellos que, pese a todo, se negaban a aclamar al general, eran rápidamente sacados de la multitud a la fuerza, llevados un par de cuadras más allá y ejecutados con un balazo en la frente sin la menor contemplación.

El general Fernández estaba emocionado hasta las lágrimas, en lo más profundo de su ser deseaba tener a su padre al lado para que contemplase la obra de su hijo. El clamor de la muchedumbre era ensordecedor, el viento tibio de aquella tarde agitaba las banderas de la manifestación. El general pensaba para sí mismo que aquel era un momento histórico y que debía ser inmortalizado, ordenó entonces al edecán que varios fotógrafos se apostasen en diferentes lugares para documentar el hecho. Ordenó también que grabasen su discurso y que inmediatamente este fuese transcrito para ser publicado en la edición del día siguiente de los diarios. El edecán cumplió la orden de inmediato y a los pocos minutos alcanzó un micrófono al general para que hablase a la multitud. Éste dijo entonces:

- Conciudadanos, grande y profunda es mi emoción al ver tan maravillosa y espontánea concentración. Nuestros enemigos internos han sido destruidos por completo y ahora nada puede ya perturbar nuestro periplo hacia la libertad, el progreso y el orden. Por fin, de aquí en adelante, podremos pensar en un porvenir luminoso para nosotros, nuestros hijos y los hijos de sus hijos. Los negros nubarrones del infortunio se han disipado y dado paso a un futuro radiante y halagüeño para nuestra patria. Debemos estar agradecidos con nuestro señor Dios que puso los hados a favor de la patria y que ha sido implacable en la destrucción de aquellos apátridas, ateos y comunistas que se habían apoderado de nuestro país y que lo estaban llevando a su perdición moral, social, económica y política. Nuestro Señor me pidió que sea implacable con sus enemigos y confió en que yo llevase la batuta en esta su Guerra Santa. Confío en haber cumplido tan gloriosa gesta con el mejor de los denuedos y confío también en que nuestros historiadores sepan dar cuenta de ello en sus libros de historia, para que así nuestros hijos y sus hijos no olviden jamás el ejemplo que he querido dar a este sufrido pueblo. Confió también en que vosotros, querido pueblo, sepáis valorar el regalo que hago a la patria: su libertad.

En ese momento, el edecán que tras bastidores se movía de un lado a otro, coordinando los detalles de la arenga, tropezó accidentalmente con el cable del micrófono, arrebatándoselo de manos del general. Una breve risa recorrió entre la multitud, la cual fue rápidamente fue acallada por los soldados. Mientras tanto, el dictador miraba furioso al edecán que recibió un puntapié en la rodilla cuando devolvió el micrófono al general.

- ¡Ejem! Decía yo que la libertad es un regalo que hago hoy, queridos compatriotas. Sin embargo, así como se los obsequio también la razón me exige que sea yo también quien la salvaguarde. Más que nunca, los enemigos de la patria nos acechan no sólo con su verborrea apátrida sino también con sus actos terroristas. Estos traidores están infiltrados entre nosotros sin que nos demos cuenta, están en nuestras familias, en nuestros barrios, en las escuelas y universidades ¡incluso en el gabinete! Donde se escoden cual serpientes dispuestas a atacar a traición. Por eso pido queridos conciudadanos, llamando a su sentido común, que no duden ni un instante en denunciar a estos renegados ante las autoridades, sólo así lograremos extirpar a este cáncer de nuestro seno.

El dictador estiró la mano en busca de un vaso de agua para remojar la garganta que se le había secado con la alocución al pueblo. Al no encontrar vaso alguno (el edecán lo había olvidado por completo y no logró entender el gesto del general) se llevó la mano a la boca, carraspeó y continuó el discurso:

- ¡Compatriotas! Quiero también comunicarles que dos importantes eventos tendrán curso en las siguientes semanas. Primero, para celebrar la “revolución liberadora”, declararé regocijo nacional durante tres días, a partir de mañana. Segundo, dentro de exactamente treinta días se celebra mi onomástico, el cual coincidirá también con el primer mes de la revolución, es por ello que declararé ese día como el día de refundación nacional, por lo cual se harán una serie de festejos que culminarán con un magno desfile. Este desfile deberá ser fastuoso para que así otras naciones imiten nuestro ejemplo y alienten a sus gloriosas fuerzas armadas a iniciar gestas gloriosas como la nuestra. Es por eso que les pido, más bien, demando ¡oh, patriotas! Que se preparen con el rigor y el entusiasmo necesario para que la celebración de la refundación de la patria quede para siempre registrada en los anales de la historia universal.

Al terminar de hablar, el general Fernández esperaba que la multitud le aclame, pero esto no pasó. Todos los presentes se miraban unos a otros, totalmente confundidos por las primeras medidas del dictador. Instantes después, uno de los militares infiltrados comenzó a vitorear al dictador, mientras los soldados apuntaron las armas contra el público para obligarles a sumarse a la aclamación.

Al escuchar a la multitud, el general se retiró satisfecho hacia su despacho. Se sentó en su sillón y subió las piernas al escritorio. Tomó uno de los habanos cubanos que había mandado a pedir y lo encendió en tono triunfal. Al echar la primera bocanada al aire se dio cuenta de que, tal como lo había pedido, trajeron el cuadro de su padre y estaba colgado cerca a la puerta. El dictador bajo rápidamente las pies del escritorio, como si se tratase de un niño descubierto en plena fechoría. Se acercó al cuadro para contemplar la adusta figura del padre. Acarició suavemente el lienzo mientras decía en voz baja: ¡Padre, lo logre! ¡Tu hijo es ahora el presidente! ¡Llevaré tu nombre en alto siempre!

El dictador emocionado al contemplar el lienzo, apenas podía contener las lágrimas. Ante esa figura muda y ausente se atrevió después de mucho tiempo, a abrir su corazón y a dar rienda suelta a sus sentimientos. El retrato seguía imperturbable.

En ese mismo instante, el edecán golpeó suavemente la puerta, anunciando que la limusina presidencial había llegado para llevar al general a la residencia presidencial. El dictador, apenas pudo enjugarse las lágrimas y contestó de mala manera al edecán.

Más tarde, en la residencia presidencial, el dictador daba instrucciones para acondicionar los ambientes. Ni bien terminó, llegaron algunos de los flamantes ministros para poder dar curso a los festejos por el “regocijo nacional” y el “Día de la refundación”. El general Fernández ordeno que se diesen grandes fiestas durante los tres días del “regocijo nacional” en todos los cuarteles, en agradecimiento a la soldadesca por el apoyo brindado durante la “revolución liberadora”. Uno de los ministros dijo consternado:

- ¡Pero… excelencia! ¿Cree usted que es conveniente bajar la guardia precisamente ahora que acaba de consolidarse la revolución? ¿No cree que nuestros enemigos podrían aprovechar los festejos para contraatacar?

- ¡Lo que creo es que usted es un paleto y un imbécil! – grito de repente el dictador - ¿Qué no entiende que debemos mantener la moral de la tropa alta? Además, he mandando a desembarazarnos de nuestros enemigos, actuales y en potencia. Así que no hay absolutamente nada que temer, al contrario, en cuanto se vea la magnitud de los festejos, todo posible opositor no tendrá más remedio que unirse a las solemnidades y aceptar que la revolución ha triunfado.

Más tarde, las órdenes del general se pusieron en marcha: calles, hogares y cuarteles se embanderaron y adornaron con motivos patrios. El general fue en persona a participar de los festejos en los cuarteles, adonde llegaba con toneles de vino y licor de todo tipo. Demás está decir que él también, habituado a seguir las añejas tradiciones militares, se emborrachó como una cuba y terminó luego, en compañía de algunos ministros y militares destacados, visitando todos los burdeles de la ciudad.

El segundo y el tercer día los festejos se concentraron en la residencia presidencial. El dictador, totalmente borracho, apenas era consciente de las celebraciones de sus acólitos. Apenas despertaba continuaba bebiendo y ordenaba a todos los presentes a que siguieran su ejemplo. También gritaba a la banda militar para que interpretasen, una y otra vez, viejos himnos marciales que le recordaban a su padre. Al finalizar el tercer día, el dictador fue conducido casi a rastras a sus habitaciones.

La fiesta poco a poco fue languideciendo mientras llegaba el amanecer, los últimos comensales fueron despertados a las ocho en punto, hora en que el dictador solía tomar su café. Por la calle se veía a muchos militares ebrios trastabillando mientras intentaban caminar, otros dormían tirados en las aceras, ajenos a todo ruido. Pasarían algunas horas hasta que llegasen los informes.

IV 

- ¡Excelencia! ¡Excelencia! – gritaba el edecán mientras corría presuroso a las habitaciones del dictador.

Al llegar a la puerta la golpeó con desesperación, dentro no se oía nada más que los ronquidos del general Fernández. Al no obtener respuesta, el edecán se animó a abrir la puerta y entrar. Se acercó al lecho del dictador y le sacudió con desesperación para que despertase. Éste, despertó atolondrado aún ebrio, al ver al edecán, quien le sacudía, comenzó a gritar.

- ¡Traidor! ¡A mí la guardia! ¡Este traidor quiere asesinarme!

- ¡Excelencia! ¡Excelencia! ¡Cálmese, se lo ruego! ¡Yo sería incapaz de traicionarle!

- ¿Qué es lo quieres entonces, rata? ¿Cómo osas despertarme?

- ¡Traigo noticias terribles! ¡Oh, Dios! ¡Ni siquiera sé si tengo el valor para decírselas!

- ¿Qué ha sucedido? ¿Nuestros enemigos se han sublevado?

- ¡No, no, excelencia!

- ¡La soldadesca se ha sublevado! ¡Es eso! ¡Los malditos me han traicionado! ¡Traidores! ¡Traidores! ¡Pero venderé cara mi vida!

- ¡No, excelencia! ¡Los soldados siguen fieles a sus órdenes y ellos serían incapaces de sublevarse! ¡Le adoran!

- ¡Mamá! ¡Mamacita! ¿Qué le ha ocurrido a mamá? ¡Dime que no le ha pasado nada!

- Su madre, hasta donde sabemos, se encuentra en buen estado de salud. Algo sorda y senil, quizás ¡Pero se encuentra perfectamente, excelencia!

- ¡Es Anita! ¡Amor mío! ¿Qué te han hecho esos malditos? ¡Atentar contra una criatura pura no tiene perdón!

Dicho esto, el dictador se incorporó de un brinco y corrió hacia la cómoda para sacar su revólver. A continuación, salió corriendo de la habitación gritando maldiciones. El edecán, corrió tras suyo para alcanzarlo:

- ¡Excelencia! ¡Excelencia! ¡Deténgase por favor! ¡No le ha sucedido nada a su prometida!

Al escuchar esto, el dictador se detuvo en seco, los vapores del alcohol se le habían dispersado con el susto, comenzó entonces a enfurecerse. Al llegar el edecán junto a él, le tomó por el cuello y le puso el revólver en la nariz:

- ¡Especie de insecto rastrero! ¿Qué maneras son éstas de sobresaltarme tan temprano en la mañana?

- ¡Excelen…excelencia! ¡Tranquilícese…por favor!

- ¿Cómo quieres que esté tranquilo, gusano? ¡Si acabas de entrar a mis aposentos gritando que algo terrible ha ocurrido!

- Al…algo terrible ha ocurrido, en efecto. Pe…pero le puedo asegurar que…no tiene nada que ver con su madre o su prometida!

El dictador apartó bruscamente al edecán haciendo que éste cayera en el piso, sin dejar de apuntar le espetó:

- ¡Habla de una buena vez, malnacido! ¿Cuál es entonces esa mala noticia que me traes? ¡Habla ya, antes de que pierda la calma y te vuele los sesos!

- Son…son…son los civiles, excelencia. Ellos…ellos han huido.

- ¿Cómo que han huido? ¡Habla claro, infeliz!

- Ellos…ellos han…han huido, señor ¡Todos los civiles han huido! ¡Han abandonado el país!

El general Fernández corrió apresuradamente a vestirse, mientras gritaba al edecán que llame al vehículo presidencial. Unos pocos minutos después corría hacia la limusina.

- ¡A palacio! – grito al chofer.

Al llegar a la sala de reuniones, todos los miembros del gabinete le esperaban con rostros de preocupación. El ministro del interior, pálido como un papel, fue el que informó de la situación al dictador.

- Su excelencia, algo grave ha ocurrido.

- ¡Dime algo que no sepa, pedazo de animal! ¡Ese imbécil que tengo por edecán farfullo algo sobre que los civiles han huido!

- Pues…eso es precisamente lo que ha sucedido, señor ¡Los civiles han huido!

El dictador golpeo con ambos puños la mesa y seguidamente se abalanzó sobre el ministro el interior. A duras penas, pudieron los otros ministros pudieron detener al dictador que golpeaba con furia al ministro. Mientras lo sujetaban, otro de los ministros dijo:

- Excelencia, le ruego que se tranquilice

- ¿¡Tranquilizarme?! ¡¿Me pides tranquilizarme, bastardo?¡ ¿Cómo voy a tranquilizarme si todos ustedes pretenden burlarse de mí?

- Excelencia, en ningún momento a nadie del honorable gabinete se le ocurriría burlarse de su ilustrísima persona. Sólo intentamos comunicarle que todos los civiles del país aprovecharon los días de regocijo para abandonar el país.

- ¿Abandonaron el país? ¿Pero cómo es eso posible? ¿Y nadie se dio cuenta caso?

Otro ministro respondió tímidamente:

- Señor, tal cual usted había ordenado todo el ejército celebró los tres días de regocijo, lo cual los civiles aprovecharon para huir del país.

- ¿Cómo? ¿Pero dónde huyeron esos traidores? ¡no puede ser que no haya quedado nadie!

- En efecto, excelencia. No queda nadie. Todos los civiles cruzaron las fronteras rumbo a los países vecinos.

- ¡Pero eso es inaudito! ¡Nuestros vecinos deberían expulsarles inmediatamente!

El ministro de relaciones exteriores habló entonces:

- Excelencia, yo ya redacté una carta oficial pidiendo a los países vecinos que expulsen inmediatamente a los sublevados, sólo falta su firma y será enviada.

- ¡Estúpidos! ¡Estoy rodeado de estúpidos! ¿Qué efecto podría tener una tonta carta? ¡Pásenme inmediatamente el teléfono para que me comunique con los presidentes!

En las siguientes horas, el dictador sostuvo largas conferencias con los presidentes, todas ellas terminaron abruptamente tras las injurias y amenazas proferidas por el general Fernández: ningún presidente aceptó deportar a los civiles y comunicaron que ya se estaba tramitando el refugio para todos los evadidos. El dictador, fuera de sí, convocó nuevamente a su gabinete.

- ¡Esto es la guerra! ¡Vamos a aplastarlos a todos! ¡Lamentarán haberse enfrentado al general Fernández! ¡Declararemos inmediatamente la guerra, señor ministro de guerra!

El aludido, demudado por el miedo dijo:

- Excelencia…le ruego que considere la delicada situación. Nuestro ejército no es demasiado numeroso en comparación a nuestros vecinos, tampoco podemos reclutar a nuevos soldados, ahora que los civiles han decido fugarse. Además, nuestro armamento es obsoleto en comparación al resto de los países.

- ¡No me importa! ¡Los atacaremos uno a uno y lograremos la victoria! ¡Convoquen al Concejo de guerra inmediatamente!

Vanas fueron las súplicas del gabinete y del Concejo de guerra, el dictador estaba decidido y comenzó la campaña con el país limítrofe más próximo. Los resultados fueron pésimos, el ejército del dictador fue aplastado y muchos soldados fueron hechos presos, otros aprovecharon la confusión para huir hacia países vecinos en busca de refugio. Al cabo de dos días, el dictador llamó nuevamente a su gabinete.

- ¡Maldita sea! ¡Malditos sean todos! ¡Estoy rodeado de inútiles! ¡Pero no me vencerán! ¡Mandaremos a todo el ejército, aunque tengan todos que morir!

Los ministros se miraron entre sí aterrados. El ministro de relaciones exteriores dijo:

- Excelencia, consideramos que no es conveniente seguir con las hostilidades. Corremos el peligro de que la comunidad internacional se inmiscuya en el asunto y sólo empeorarían las cosas para nosotros, más países se unirían a nuestros enemigos y sería nuestro fin.

El dictador, visiblemente molesto aspiró profundamente y dijo más tranquilo:

- ¿Qué propone entonces?

- Agotar todas las vías formales. Le propongo que enviemos inmediatamente una misiva dirigida a la comunidad internacional donde hagamos conocer el comportamiento inescrupuloso y arbitrario de nuestros vecinos al recibir a los evadidos.

- Está bien, enviemos esa carta. Pero quiero también que enviemos secretamente otras cartas a países aliados, llamándoles a unirse a nuestra causa. Considero que ellos responderán inmediatamente ante esta iniquidad y aceptarán combatir a nuestro lado ante tamaña injusticia.

La carta a la comunidad internacional fue redactada, asimismo la correspondencia secreta para los países aliados. El dictador dio entonces conferencias de prensa y entrevistas a periodistas nacionales y extranjeros donde denunciaba que los países vecinos habían raptado a sus compatriotas, llamando además a sus conciudadanos a volver inmediatamente.

A los pocos días, la respuesta de la comunidad internacional era clara: apoyarían a los civiles que habían huido de la dictadura. Las cartas a los países aliados tampoco tuvieron mucha suerte, sea por estrategia o simplemente por la animadversión al dictador, todos respondieron que no estaban dispuestos a involucrarse en ninguna acción bélica. El dictador, furioso, convocó nuevamente a su gabinete:

- ¡Malditos! ¡Malditos cobardes! ¡Nos han dado la espalda en el momento en que más se les necesita! ¿Qué haremos ahora? ¿Pero es posible que no haya quedado ni un solo civil?

El ministro del interior respondió:

- Ni uno sólo, excelencia. Durante toda la semana envié a las tropas a requisar casa por casa y no se encontró a nadie. También mande a explorar bosques y cuevas. No queda un alma.

- ¿Y ahora? ¿Y ahora qué hacemos?

- Enfrentar la realidad, excelencia. En el país sólo ha quedado el ejército, no hay un solo civil.

El dictador golpeó violentamente con el puño la mesa de reuniones. Se levantó y se fue a su despacho, pidiendo a su edecán no ser molestado la siguiente media hora. En el despacho, el dictador rompió en llanto, lagrimas de ira inundaron sus ojos. Se acercó al retrato de su padre y dijo:

- ¡padre! ¡Padre! ¡He sido traicionado por esos gusanos! ¿Qué debo hacer ahora? ¡Dime algo padre! ¡Contéstame!

El retrato no respondió, la imagen del general Fernández padre seguía impasible. El dictador se desplomó en su asiento, totalmente abatido. Entro en un delirio que le hizo soñar despierto en los civiles que abandonaban el país, los veía huyendo con una sonrisa macabra en el rostro: aquella alegría era por haberse burlado del dictador.

De pronto, el dictador se acordó del desfile:

- ¡El desfile! ¡Maldición! Faltan unas cuantas semanas para el desfile y para mi onomástico! ¡Estos traidores huyeron por eso! ¡No querían hacer el desfile! ¡Malditos! ¡Malditos sean!

El dictador se puso a llorar a lágrima viva, eran tan fuertes sus sollozos que el edecán y su guardia personal la escucharon desde fuera del despacho, todos se miraron entre sí, pero no se atrevieron a comentar nada. Al cabo de un buen rato, el dictador, mucho más tranquilo, llamó a su edecán y le ordenó que convocase a su gabinete para una reunión dentro de dos horas.

Más tarde, los ministros trataban de animar a un silencioso general, señalándole que habían motivos halagüeños como para esperar que la situación pronto cambiaría. Se señalo que, pese a todo, el ejército había manifestado unánimemente sumisión incondicional a su caudillo. El ministro de relaciones exteriores manifestó que las reuniones y negociaciones con los diplomáticos de los países extranjeros hacían suponer que pronto se podría conseguir que los civiles regresen a la patria, eso sí, con ciertas condiciones. El ministro de economía dijo que había mandado a regimientos a ocuparse de la producción agrícola y pecuaria para evitar que escaseen los alimentos, señalando además que también se haría lo mismo con otros sectores productivos lo cual, al cabo de algunos meses, permitiría que se reanuden las exportaciones. El ministro de vivienda dijo que la soldadesca estaba más contenta y agradecida que nunca con el general porque se les había entregado las casas y los bienes de los civiles fugitivos. Así, uno a uno los ministros informaron sobre las acciones tomadas que permitirían mantener al régimen.

Sin embargo, el dictador apenas les escuchaba. En su mente, sólo tenía una idea fija: el desfile. Al cabo de un rato, tomó una determinación: el desfile se haría cueste lo que cueste.

- Señores ministros, agradezco de corazón el interés y su comprometida labor para mantener con vida a la “revolución liberadora”, sin embargo, creo que estamos olvidando un acto importante que gritará a los cuatro vientos que nuestra revolución continuará pese a todo. Como recordarán, uno de mis primeros decretos fue que se realice un desfile que proclamaría el éxito de la revolución. Después de mucho pensarlo he decidido que este se haga en la fecha indicada.

Los ministros quedaron estupefactos, el ministro de cultura fue el que primero rompió el silencio:

- Excelencia, no dudo que el simbolismo de las fiestas es un vehículo para mostrar a nuestro régimen saludable. Por eso, pediremos a nuestras gloriosas fuerzas armadas que de inmediato se preparen para tan magno acto.

- ¡Por supuesto que el ejército deberá desfilar! ¡Es su obligación, maldita sea! ¿Pero cómo puede ser posible un desfile que celebre nuestra “revolución liberadora” sin la presencia de los civiles que precisamente la agradezcan?

Los ministros se miraron entre sí, el ministro del interior dijo:

- Pero excelencia. Ya le comunique que mande a requisar todas las ciudades y no hay un solo civil ¿Cómo podríamos hacer un desfile de civiles sin la presencia de estos?

- ¡Pero seguramente habrá alguien¡ ¡No puedo siquiera pensar en que no haya nadie!

- Bueno…como mencione no queda nadie…

- ¿Absolutamente nadie?

- Eh…sin mencionar a perros y gatos, pues no queda nadie.

El dictador se levantó de su asiento y se dirigió a un ventanal. Los ministros siguieron con la mirada su camino. El general Fernández dijo entonces:

- Sea, pues si así lo quieren entonces, que sean perros y gatos. Voy a decretar inmediatamente que perros y gatos ahora serán considerados como civiles.




Horas más tarde, el controvertido decreto fue lanzado, gatos y perros eran ahora considerados como los nuevos civiles y, por tanto, estaban sujetos a cumplir con todas las obligaciones inherentes a este nuevo estatus, principalmente los concernientes al desfile en conmemoración al primer mes de la “revolución liberadora”.

Patrullas de militares recorrieron así todas las ciudades para capturar a los nuevos “ciudadanos” y así ponerlos inmediatamente en instrucción para los festejos. Algunos militares, especialmente los especializados en adiestrar perros, se pusieron en campaña para instruir a los animales.

Mientras tanto, el dictador había evitado hacer apariciones públicas, sólo se presentaba eventualmente para ver cómo iba el adiestramiento de los animales. La mayoría de su tiempo la dedicaba a tratar de escribir sus memorias, proyecto en el que, pese a que se había enfrascado denodadamente, fue incapaz de realizar por su escaso talento literario, decidiendo finalmente convocar en secreto, bajo pena de muerte, a un joven soldado que había demostrado tener dotes literarios. Así, días antes del desfile y trabajando día y noche, el joven soldado terminó de escribir las memorias del dictador que contenían especulaciones históricas, hechos de vida corregidos, eventos heroicos inventados – cuando no copiados – citas ajenas atribuidas – pesimamente modificadas para no parecerse al original – y elucubraciones teóricas que el dictador había dictado luego de escandalosas borracheras que él solía llamar “febriles accesos de inspiración”.

Finalmente llegó el día del desfile. El dictador había mandando a confeccionarse un traje de fiesta que no sólo consistía en su uniforme militar, sino en una capa que llegaba hasta el piso, la cual le había hecho tropezar en varias oportunidades, por lo cual se decidió que el edecán sea el que la levante cuando el dictador caminaba. También había mandado a confeccionar un sable con incrustaciones de oro en la hoja y piedras preciosas en la empuñadura. Finalmente, se había colocado todas las condecoraciones que tenía, aumentando además a última hora nuevas condecoraciones que había mandado a inventar y a conceder como la Real presea de los campos gloriosos de batalla o la medalla al valor de la decima quinta columna de la marina bélica.

El general, junto a su gabinete salió al palco de palacio de gobierno. El edecán con una señal hizo que los militares vitorearan al dictador. Minutos más tarde, comenzó el desfile militar que ingresó a la plaza de armas seguida por la banda militar. Más tarde, entraron todo el regimiento de ingeniería que guiaban tanques, camiones y otros instrumentos bélicos. El dictador y su gabinete aplaudían desde su palco.

Al poco rato llegó el momento del ingreso del desfile de los civiles. Primero entraron los gatos que llevaban atados al cuello y cola pequeños listones con los colores de la bandera. Los gatos entraron marchando al unísono con la cabeza y el rabo alto, sorprendentemente marcando el compás, aunque el golpe de sus suaves patas no emitían sonido alguno. Los gatos dieron una vuelta a la plaza y se detuvieron en el sector oeste, formando tres columnas.

A los pocos minutos, entraron los perros. Estos tenían sobre el lomo la bandera patria y el hocico llevaban banderines con la imagen del dictador. Los instructores habían logrado enseñar a los perros a emitir un gruñido corto y seco que emulaba el golpe de sus patas en el suelo. De esta manera, los perros entraron con mucha más pompa que los gatos, marchando al compás de la música marcial. Ante este espectáculo y la perfecta sincronización de los perros, el gabinete y el dictador no pudieron menos que aplaudir entusiastamente. Los perros dieron una vuelta a la plaza y formaron columnas en el lado este y sur de la plaza.

La soldadesca, escoltando a algunos coroneles que llevaban arreglos florales, formaron en la parte norte de la plaza de armas, frente al palco, a una señal comenzaron a vitorear al dictador. Mientras tanto, los instructores de los gatos hicieron una señal y estos comenzaron a ronronear en un sonido continuo y que fue in crescendo. Por su parte, los instructores de los perros dieron la señal para que una parte de ellos aullaran y otra ladrase, opacando así al ronroneo de los gatos.

Los vítores de los soldados, sumados a los ruidos hechos por gatos y perros emulaban así una extraña aclamación que inflamó de orgullo al dictador quien, visiblemente emocionado, se puso de pie y aplaudió con vehemencia el homenaje. El gabinete, mas por ganarse la simpatía del dictador que por admiración hacia el desfile, se levantaron de sus asientos para aplaudir también.

El edecán, hizo un nuevo gesto con la mano y un soldado instaló rápidamente en un podio, el micrófono que el dictador usaría para dar su mensaje proselitista. El general se acercó hacia el micrófono, sacó los papeles con su discurso - que había preparado previamente- y se dispuso a hablar. Fue entonces que ocurrió un hecho no previsto por nadie. Un gato que no había sido atrapado los días anteriores apareció cerca a la columna de los perros y erizó el lomo. Uno de los perros rompiendo la concentración se acercó gruñendo al gato, ante lo cual este respondió con una zarpazo en el hocico. El perro atacado comenzó entonces a ladrar y se lanzó detrás del gato que huyó despavorido hacia la columna de los otros gatos, al internarse en ella el perro, los gatos comenzaron a huir despavoridos en todas las direcciones, algunos hacia donde estaban los perros. Los perros de la columna, obedeciendo a sus instintos, se lanzaron detrás de los gatos rompiendo la formación. Instructores y militares, a su vez, se lanzaron detrás de perros y gatos para intentar volverlos a la formación, demás está decir que se ganaron zarpazos y mordeduras en manos y piernas.

Así, a los pocos minutos toda la plaza se convirtió en un caos, donde militares, perros y gatos huían y a su vez eran perseguidos por otros. El gabinete y el edecán miraban desconcertados los hechos. El edecán miró a su costado para ver la reacción del dictador, pero por más que lo buscó no pudo encontrarlo en medio de todo ese barullo.

El dictador, había huido a su oficina y se encerró con llave. Lloraba desconsoladamente mientras buscaba obtener respuesta a lo ocurrido interrogando al cuadro de su padre. El retrato tampoco respondió en esta oportunidad, seguía impasible con la vista mirando al infinito.