“Y ahí estaba yo, vagando por aquella inmensa ciudad. Caminaba
sin un rumbo concreto, sin un destino al cual llegar, simplemente
sabía que debía seguir caminando hasta que mi cuerpo se detuviese
por si sólo.”
“Cientos
de rostros desconocidos pasaban por mi lado. A la mayoría les era
indiferente mi presencia, algunos me miraban extrañados, unos pocos
me sonrieron, y no faltó alguno que me observó irritado. Sin
embargo, todos aquellos rostros tenían algo en común: jamás
volvería a verlos”
“De
repente, recordé a los estoicos y pensé que en realidad sí los
volvería a ver, porque tanto ellos como yo estábamos atrapados en la
rueda del tiempo, condenados a encontrarnos una y otra vez por toda la
eternidad. Aquellos rostros se me hicieron entonces familiares y no
pude evitar que se dibujase una sonrisa en mi rostro: compartíamos
todos la misma celda.”
Pese
a que era la primera vez que leía aquel libro, conocía de memoria
aquellas palabras, aunque combinadas de diferentes maneras. Cerró el
libro y dio un gran suspiro. No sabía cuanto tiempo le había
tomado, pero lo había logrado: había leído todos los libros del
mundo.
La
barba y el cabello le habían crecido y ocupaban casi toda la
habitación; sus miembros entumecidos habían sido invadidos por
plantas e insectos. Los ojos habían perdido la capacidad de
distinguir los colores y el mundo se reducía al blanco y el negro, y
en ciertas ocasiones el sepia.
Cuando
quiso moverse, se dio cuenta que había olvidado como hacerlo.
Tampoco recordaba como articular palabras, pese a que había leído
libros en todos los idiomas. Durante unos minutos tuvo que
concentrarse en recordar los tratados de anatomía y los libros de
lingüística para poder moverse y hablar. Finalmente logró
levantarse de la silla y articular sus primeras palabras: a
fructibus cognoscitur arbor.
Mientras se lavaba para quitarse la suciedad acumulada por el tiempo,
vio por primera vez su rostro enjuto y arrugado. El espejo reflejaba
una figura que no le era familiar en lo más mínimo, tanto así que
creyó por un segundo que se trataba de otra persona. Sin embargo,
cuando supo por fin que aquel reflejo no era otro que él mismo, no
sintió emoción alguna pues estaba ya por encima de aquellas
trivialidades.
Más tarde se dio cuenta que no recordaba su nombre, pero juzgó que
aquello no tenía importancia puesto que había renacido en un ser
que ya no necesitaba ser identificado individualmente. Al tener todos
los conocimientos del mundo, representaba a todos los seres humanos,
desbordándolos. Decidió entonces que era el arquetipo.
Vistió su cuerpo desnudo y salió en busca del hombre. Al salir,
observó que el lugar donde se hallaba era un yermo y que la casa en
la que había estado encerrado estaba en ruinas.
Caminó por varios días, guiado por el recuerdo de los mapas que
había visto en algunos libros. Al subir a una colina, pudo divisar
por fin una ciudad.
Al bajar de la colina, se cruzó en el camino con algunos habitantes
de la ciudad que vestían trajes de guerra, formando varias cohortes
que marchaban al compás de un tambor marcial. El arquetipo preguntó
a uno de los soldados sobre el motivo de la movilización, este
contestó:
El arquetipo preguntó al soldado si aquello no le parecía una
equivocación y si no sentiría culpa por asesinar a inocentes. El
soldado contestó que él sólo seguía órdenes y que la sangre que
se iría a derramar no mancharía sus manos, sino las del rey.
El arquetipo entró a la ciudad y notó que mucha gente vestía
túnicas negras con capucha, pero además llevaban el rostro
envuelto con vendas. Detuvo a una de aquellas espectrales figuras y
le preguntó que era lo que le había ocurrido. Aquel ser le contestó
que había una plaga de viruela en la ciudad por lo cual todos
aquellos que habían enfermado estaban obligados a vestir aquellas
túnicas, para que así los que no habían enfermado puedan
reconocerles y evitar estar cerca de ellos para no contagiarse. El
arquetipo recordó un viejo tratado médico turco que enseñaba cómo
inocular a una persona antes de que enfermase de viruela, logrando
así que muchas poblaciones fuesen inmunes a la plaga. Cuando quiso
volver a hablar con su interlocutor éste ya había desaparecido en
la multitud de enfermos.
El arquetipo siguió su camino y llegó a las calles más pobres de
la ciudad. Tocó una puerta pues deseaba descansar unos minutos antes
de continuar su caminata.
Una mujer salió a recibirle. Luego de que el arquetipo se presentó,
la mujer le hizo entrar a su vivienda y le dijo que acompañase a la
familia en la mesa, pues se disponían a almorzar.
La familia era muy numerosa, ocho hijos y dos de ellos ya tenían sus
propios hijos que vivían en la misma casa. El padre era un leñador
que contó al arquetipo que trabajaba muy duro a diario, pero que lo
que ganaba no le era suficiente para salir de la pobreza. El
arquetipo le dio algunos consejos para mejorar su trabajo y para
poder ganar más dinero, también dijo al leñador que leyera mucho
pues eso le haría poseedor de una riqueza intangible. El leñador le
dijo que no sabía leer.
Mientras seguían conversando, la mujer del leñador salió con
varias ollas humeantes que fue depositando una a una en la mesa, los
niños peleaban por destaparlas, pero el leñador dio un grito que
hizo que todos se sentasen en silencio. Luego, empezó a elevar una
plegaria en voz alta agradeciendo aquella comida.
Las ollas fueron por fin destapadas. Algunas tenían piedras en su
interior, otras sólo agua hervida y unas cuantas estaban totalmente
vacías. Sin embargo, los leñadores y sus hijos simulaban sacar
suculentos manjares y comérselos. El arquetipo preguntó al leñador
el porqué de aquella mascarada. El leñador contestó:
- He perdido ya la cuenta de los días en que como hoy, no tenemos
ningún alimento en la mesa. Hacemos esto para no perder la
costumbre, para no olvidar cómo debemos alimentarnos.
El arquetipo, muy cortésmente, dijo que debía abandonar la casa
pues se dirigía a la plaza de la ciudad. Dijo al leñador que vaya
más tarde a la plaza con toda su familia a oírle, a lo cual accedió
pues le había tomado afecto.
El arquetipo estaba ya cerca a la plaza cuando escuchó que en el
templo había una muchedumbre reunida que gritaba. Se acercó y
preguntó a uno de los de aquella caterva el porqué de tantos
gritos. El hombre le dijo:
El arquetipo preguntó al hombre si se había considerado la
posibilidad de que dios no exista. El hombre respondió que sí, pero
que nadie había podido pensar en un argumento para demostrarlo, por
lo cual se decidió por lo más fácil: usar los viejos razonamientos
ya probados que demostraban la existencia de los dioses. El arquetipo
se marchó del templo y siguió su camino.
Una vez en la plaza, el arquetipo arrastró un viejo cajón de madera
que utilizó como podio y comenzó a pregonar con grandilocuencia:
- Escúchenme hijos e hijas mías, pues al hacerlo no estarán sino escuchándose a sí mismos, porque soy el arquetipo, soy todos y cada uno de ustedes. Hace mucho tiempo atrás, deje todo por amor a la humanidad y decidí leer todos los libros que se hubiesen escritos sobre la tierra. El objetivo de ese periplo era poseer todos los conocimientos del mundo, para así poder guiar a la humanidad en pos de la ventura perpetua. Hace poco he terminado mi tarea y ahora estoy listo para guiarles. He observado, mientras venía a esta plaza que padecen problemas que parecieran no tener solución, sin embargo, les digo que en verdad si las tienen. Sé cómo evitar las guerras, se también la cura a todas las enfermedades, conozco también todos los métodos para evitar la pobreza y el hambre y también puedo darles el argumento infalible que demuestra que los dioses no existen. Acérquense sin ningún temor hijos míos, puesto que hoy todo les será revelado.
- Escúchenme hijos e hijas mías, pues al hacerlo no estarán sino escuchándose a sí mismos, porque soy el arquetipo, soy todos y cada uno de ustedes. Hace mucho tiempo atrás, deje todo por amor a la humanidad y decidí leer todos los libros que se hubiesen escritos sobre la tierra. El objetivo de ese periplo era poseer todos los conocimientos del mundo, para así poder guiar a la humanidad en pos de la ventura perpetua. Hace poco he terminado mi tarea y ahora estoy listo para guiarles. He observado, mientras venía a esta plaza que padecen problemas que parecieran no tener solución, sin embargo, les digo que en verdad si las tienen. Sé cómo evitar las guerras, se también la cura a todas las enfermedades, conozco también todos los métodos para evitar la pobreza y el hambre y también puedo darles el argumento infalible que demuestra que los dioses no existen. Acérquense sin ningún temor hijos míos, puesto que hoy todo les será revelado.
Al principio nadie prestaba atención al arquetipo, pero algo más
tarde llegó el leñador y su familia quienes se sentaron alrededor
de él para hacerle algunas preguntas. Algunos curiosos que se
acercaron, escucharon los consejos que recibía la familia de
leñadores y se animaron a hacer sus propias preguntas. Conforme
pasaron las horas, una gran multitud se había reunido alrededor del
arquetipo en busca de respuestas para sus problemas.
Un sirviente de la corte que pasaba por ahí se acercó a escuchar y
luego fue corriendo a palacio a avisar al rey sobre lo que sucedía.
Más tarde, un espía de palacio se confundía entre la multitud para
averiguar lo que sucedía. El espía volvió al cabo de una hora y
dijo al monarca:
- ¡Oh, su alteza! ¡Antes de empezar a referir lo que vieron estos
ojos, quiero encomendarme en las manos de nuestro amado dios,
salvador y tirano, para que en caso de que yo dijese algo que
faltase a la verdad, de inmediato Él mandase uno de sus sagrados
rayos para desintegrarme por engañar a su representante sobre la
tierra, es decir, Usted su grandeza. Aquel hombre que predica en la
plaza dice no tener nombre, pues dice ser todos los hombres al mismo
tiempo. Dice también haber leído todos los libros existentes en el
orbe, lo cual le permite saber todo sobre este mundo. Ahora, en
medio de la plaza, está contestando a todas las preguntas que le
hace la plebe ignorante. Dice también que espera poder hablar con
Usted, su Majestad, porque dice tener algunas recomendaciones que le
servirán para su gobierno.
Una vez terminado el informe del espía, el rey mandó a que se le
ejecutase, pues no quería que nadie en la corte se enterase que
mandaba a espiar los asuntos de la plebe. Luego estuvo largo rato
pensando en que hacer y llamó a reunión a sus consejeros.
Después de algunas horas de reunión a puerta cerrada, se envió a
un mensajero oficial en búsqueda de el arquetipo que seguía en la
plaza rodeado de mucha más gente.
El mensajero se abrió paso entre la multitud profiriendo bravatas y
llegó hasta la presencia del arquetipo, anunciándole que su
majestad había ordenado que le acompañe inmediatamente a palacio.
El arquetipo siguió al mensajero a palacio, prometiendo a la
multitud que volvería pronto.
El rey recibió al arquetipo con el mismo boato y fanfarria con los
que eran recibidos otros reyes extranjeros en la corte. Sentado en su
trono, rodeado de los nobles y los consejeros, se puso a dialogar con
el arquetipo durante horas, preguntándole sobre política, comercio,
guerra, artes y sobre todo asunto que conviene a un monarca conocer.
Pasaron las horas y el rey seguía haciendo preguntas, pero arquetipo
se sintió muy cansado y dio un bostezo. Pidió al rey que le dejase
dormir por algunas horas, porque había leído que la falta de sueño
podía ser perjudicial para la salud del cuerpo y la mente. El rey
mandó entonces a preparar la mejor habitación de palacio y le dijo
que descansara y se alimentase lo mejor que pudiese, puesto que desde
aquel momento lo nombraba su principal consejero. Arquetipo agradeció
el gesto del monarca y se retiró a sus habitaciones, unos minutos
más tarde dormía profundamente.
Aquella noche, el rey mandó a asesinar a arquetipo mientras dormía.
Por la mañana, ordeno quemar todos los libros del reino y ejecutar a
todos aquellos que hubiesen recibido consejos de arquetipo. En medio
de la plaza, se encendió una gran hoguera cuyas llamas parecían
lamer el cielo.

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