lunes, 7 de marzo de 2011

El desfile del dictador


La asonada militar tomó por sorpresa a todos, aquella noche en la capital se celebraba la llegada del nuevo año; petardos, fuegos artificiales, música y baile, embriagaban a sus habitantes que, a veces vanamente, esperaban las mejores dádivas de la vida en el nuevo año.

El presidente, junto a su esposa, presidió las celebraciones en la residencia presidencial que contaba con la participación de diplomáticos, magistrados, diputados, enviados especiales y toda esa laya de eminentes rastreros que pululan cual moscas a la basura en este tipo de acontecimientos. Licor del más fino llenaba las copas que se entrechocaban en medio de un sonoro ¡clink! y del rumor de las risas que, a medida que los invitados se embriagaban, aumentaban hasta hacerse majaderas. El presidente, algo embriagado ya, dijo al oído a su esposa que era hora de retirarse a su habitación.

Ya en el lecho nupcial, los vapores del alcohol despertaron la ya casi arcaica lubricidad del gobernante, quien se abalanzó como una fiera sobre su esposa para arrancarle el vestido. La primera dama dio un pequeño grito y forcejeó para librarse de la lascivia del esposo, no tanto porque lo reprobase, sino porque ella también había recordado de repente aquellos juegos de seducción eclipsados por el tiempo. Más tarde, ambos dormían profundamente satisfechos por haber podido revivir por unos instantes todo el ímpetu juvenil.

Al amanecer, las puertas de la habitación presidencial fueron sacudidas por fuertes golpes, alguien desde el exterior gritaba altaneramente combinando órdenes con befas irreproducibles. El presidente, todavía turulato por el alcohol y el combate amatorio de la pasada jornada, se levantó con desgano y conforme se iba acercando a la puerta su confusión se iba transformando en ira contra aquél desconocido que tenía la desfachatez de despertarle de esa manera.

- ¿Pero quién carajos se atreve a despertarme de esa manera?

Como respuesta, el primer mandatario recibió una sonora bofetada que le mando de bruces. La esposa que había despertado al unísono, brincó de la cama semidesnuda y corrió a socorrer al marido caído, quién sin poder salir de su estupefacción se restregaba la mejilla golpeada. El soldado de pie ante al presidente y su esposa grito a voz en cuello:

- ¡Por órdenes del Coronel Fernández desde este preciso momento queda usted arrestado!

- ¿Arrestado? ¿Pero qué broma es esta? ¡Pagará caro este ultraje, so especie de milico mal parido!

El que dijo esto último era el presidente quien, rojo de la ira, se levantó de un brinco para aporrear a aquel militar revoltoso. El soldado, como única respuesta dio otra bofetada al presidente tirándolo nuevamente al suelo, a continuación tomó la metralleta y la apuntó en la cara del gobernante, quien esta vez tuvo que rendirse ante las circunstancias. Un par soldados llegaron junto al presidente y lo levantaron de mala manera por los brazos, llevándoselo en el acto semidesnudo. Vanos fueron los gritos de la mujer del primer mandatario quien intentó correr tras de su marido, pero dos soldados le salieron al paso conteniéndola con prepotencia y torpeza.

Semidesnudo, el presidente fue conducido a un vehículo que esperaba fuera de la residencia presidencial. Cuando era empujado hacia el interior, escuchó una ráfaga de ametralladora que se superponía sobre los gritos de la esposa, al cesar los disparos no se escuchaba ya ningún chillido. El presidente quedó sorprendido por unos segundos antes de darse cuenta de lo que había ocurrido con su esposa, comenzó entonces a gritar y a conjurar maldiciones contra la soldadesca, quien respondió con un golpe de culata, haciéndole perder el conocimiento.

II 

El quinto regimiento de caballería había sido el epicentro desde donde se urdió y dirigió el golpe de Estado del coronel Fernández, quien esperaba con ansiedad la llegada de sus enviados quienes traerían primer mandatario. Más tarde, cuando la tensión ya era insoportable; al punto de que había ya considerado la clandestinidad o, en el peor de los casos, el suicidio, entró un soldado informando que la soldadesca había llegado trayendo consigo al presidente.

El coronel apenas pudo contener su alivio y su alegría al escuchar la noticia, sin embargo, a los pocos segundos trató de simular aplomo y dijo mientras carraspeaba:

- ¡Ejem! ¡Que lo conduzcan inmediatamente a mi presencia!

Mientras el soldado abandonaba la oficina para llevar a cabo la orden, el coronel nerviosamente se sentó en el sillón y ocultó rápidamente en un cajón algunos papeles viejos, ligas y clips que estaban sobre el escritorio. Luego tomó de su buró un cuadro que colocó en la pared luego de quitar el retrato del presidente depuesto, el cual por ley debía adornar los todos los despachos públicos y castrenses del país. El cuadro puesto por el coronel tenía la foto en blanco y negro de su padre, el General Fernández, viejo militar que había sido protagonista también de otros motines militares que no tuvieron éxito y que le habían costado la ignominiosa degradación del ejercito, el destierro y posteriormente – en su última aventura golpista – el fusilamiento. De tal palo tal astilla, reza el refrán, que halló motivo para ser válido en el pequeño retoño del general, puesto que el pequeño querubín se enrolaría al ejército apenas llegadas sus mocedades, donde tuvo el mayor de los éxitos por contar de sobra con dos requisitos indispensables de la vida castrense: una férrea disciplina e incapacidad para pensar.

Aquel joven y destacado cadete se había transformado en un coronel de aspecto adusto y de costumbres parcas, aunque en el fondo de su ser escondía una ambición atávica: ser el primer Fernández que llegaba a la primera magistratura del país. Claro está que para satisfacer esta codicia, lo de menos era el método y los medios a utilizar; las elecciones le parecían un procedimiento nefasto y engorroso que se prestaban a la “manipulación arbitraria de los perros comunistas y toda esa calaña de izquierdosos y revoltosos que les siguen”, según solía decir a sus subordinados. En contraposición, el golpe de Estado le parecía el método más adecuado para llegar a la presidencia, aunque en sí él no consideraba este luctuoso hecho como algo reprobable, lo cual pasare a explicar, esperando seguir contando en este punto con la paciencia de mis lectores.

Desde su infancia, el padre del coronel Fernández le había contado las hazañas – exageradas cuando no ficticias – de los excelsos antepasados que enorgullecían el blasón familiar. Las historias se remontaban incluso a la Edad Media donde no faltó un Fernández que luchó junto a San Jorge en la heroica gesta de matar dragones. Tan verosímiles eran los relatos del padre del coronel, que hasta el día de su muerte estuvo convencido de la existencia de estos animales mitológicos en algunas regiones del viejo mundo.

En el truculento árbol genealógico del general Fernández no faltaron ascendientes que se habían destacado en las Cruzadas contra los infieles, ni otro que había servido a Fernando V quien precisamente había llegado al Nuevo Mundo, cuyo descendiente – versión mucho más plausible que los anteriores- se había cubierto de gloria con las tropas realistas de Goyeneche. El descendiente de este Fernández, criollos ya en el nuevo mundo, supuestamente había sido el primer general de la familia participando como estratega en varias guerras independentistas que de los nacientes países. Varios biógrafos del coronel Fernández se partieron la cabeza tratando de encontrar las fuentes bibliográficas o documentos históricos que dieran sustento al supuesto árbol genealógico de los Fernández, pero ninguno encontró nada que pudiera demostrarlo y siempre concluían en lo mismo: que el abuelo del coronel, había sido el hijo bastardo de un soldado español y una india. Estos biógrafos terminaron encarcelados y algunos muertos en condiciones misteriosas.

El padre del coronel, no había tenido la dicha – según él – de participar en ninguna guerra, por eso a falta de enemigos tuvo que buscarse algunos e inventarse otros tantos. De esta manera, todo aquel que osaba contradecirle era comunista y con el tiempo empezó a delirar con la existencia de conjuras comunistas que querían apoderarse del país, razonamiento que le sirvió para justificar sus fallidos intentos de golpes de Estado. La tozudez y su obsesión le harían terminar en el paredón una tarde de enero, cuando el coronel Fernández aún era un niño.

El coronel Fernández observaba en silencio el retrato del padre colgado en la pared, mientras en su interior se encendía un sentimiento de respeto y orgullo por el padre caído. Murmuró en voz baja: “padre, ya casi lo consigo”. Pero el retrato ni siquiera se molestó en contestarle.

Tocaron la puerta y una voz desde fuera decía que traían al prisionero. El coronel Fernández rápidamente se sentó, agarró un mapa que estaba sobre el escritorio y busco tener un aire majestuoso. Dijo entonces al soldado que entre con el prisionero.

El presidente depuesto fue metido a la oficina a empellones, tropezando hasta caer al pie del escritorio. Si bien ya era bastante mayor, las emociones de la última hora parecían haberle avejentado aún más. El general, intentando no perder su aire majestuoso se levantó del sillón, apoyó ambas manos sobre su escritorio y miró al anciano tirado en el suelo. El presidente levantó la cabeza lentamente; sus ojos que despedían piras de ira, se posaron sobre las del coronel sublevado quien sintió un escalofrío por la espalda. El anciano gritó:

- ¡¿Pero quién te has creído, especie de soldadito de plomo?! ¡Voy a mandarte a la horca por esta afrenta!

- Señor…Señor presidente queda usted depuesto…

- ¡¿Depuesto?! ¡¿Depuesto?¡ ¡Ya te enseñare yo quién depone a quién, asquerosa alimaña parlante!

Dicho esto último, el anciano se levantó, se acercó hacía el general y le propinó una sonora bofetada que casi le hizo perder el equilibrio. Los soldados, confundidos al ver agredido a su jefe, sólo atinaron a sujetar al anciano que pataleaba para que lo suelten.

El coronel Fernández, sin poder salir aún de la sorpresa y del susto, se llevó la mano a la boca de donde le escurría un pequeño hilillo de sangre, provocado por el golpe. Miró la sangre en el dorso de su mano, luego al anciano que forcejeaba por soltarse y finalmente observó a sus subordinados que no podían salir de su asombro. Poco a poco, la ira se apoderaba de su cuerpo. Abrió uno de los cajones del escritorio, tomó un pañuelo con el cual se limpió la sangre de la boca y se acercó hacia el presidente depuesto y comenzó a golpearle sin piedad hasta hacerle perder el conocimiento.

- ¡Maldito viejo! ¡Atreverse a tocarme a mí! ¡A mí!

Después de los golpes el anciano quedó tendido en el suelo, el coronel tomó el arma de su cinto y le pegó un tiro en la nuca. Las botas y parte del pantalón se le mancharon con los sesos del anciano.

III 

En las horas siguientes se desató una ola de terror por todo el país. Contingentes de militares recorrían las casas arrestando y ejecutando en el acto a los principales opositores políticos y a los sospechosos de posibles sediciones en contra del coronel.

Antes del mediodía, el coronel intervino los medios de comunicación. Al mediodía se preparaba para dar su primer mensaje a la nación donde anunciaría el nuevo régimen. Sentado en una silla del estudio de televisión le prepararon para salir al aire. Una maquillista le pasaba polvo por el rostro: “Es para que no brille cuando las luces le enfoquen”, decía. Mientras, un peluquero le aplicaba brillantina en el cabello. Todos esos detalles eran excesivos para el coronel, acostumbrado a lo sumo a tener el traje militar impecable y el rostro bien afeitado. En un momento de ira le pasó por la cabeza mandar a fusilar a los dos cosmetólogos, pero la idea se le desvaneció cuando un sargento se acercó con un documento oficial que anunciaba que el Alto Mando Militar había decidido entregar el mando de las Fuerzas Armadas al Coronel Fernández en aras de consolidar la “revolución liberadora” – eufemismo utilizado en adelante para denominar la asonada militar – ascendiéndole además al rango de general de la república. El ahora general Fernández, no cabía en sí de contento. Sin embargo, decidió mandar a liquidar al Alto Mando Militar para evitar sorpresas amargas.

Luego de finalizado el mensaje a la Nación, se dirigió a la Escuela Militar donde citó a sus subordinados que le informen sobre la situación en el país. Las noticias eran halagüeñas para el general Fernández: en todo el país se había eliminado a la oposición y el resto de las divisiones militares había aceptado al general como el nuevo presidente de la república. Satisfecho, el general Fernández se retiró al palacio presidencial donde le habían informado que le esperaba una muchedumbre para aclamarle,

Mientras se dirigía a la concentración, algunos de sus hombres de confianza daban órdenes a los soldados para que saquen por las buenas o por las malas a los vecinos de sus hogares para que acudan a vitorear al dictador. De esta manera, largas filas de familias enteras caminaban con las manos sobre la nuca hacia el palacio presidencial para vitorear por la fuerza al general Fernández.

Más tarde, el general, sentado en el despacho presidencial, esperaba la señal de su edecán para salir a la terraza del palacio para recibir la ovación de la ciudadanía. Mientras aguardaba al edecán, hizo algunas llamadas telefónicas; la primera fue a su anciana madre, recluida en un asilo, para avisarle sobre lo sucedido; la anciana, sorda como una tapia y afectada por la senilidad, no se enteró siquiera de quién le hablaba. La segunda llamada fue al quinto regimiento de caballería, solicitando se traigan de su despacho todos sus efectos personales, especialmente el cuadro de su padre, subrayando que si el cuadro sufría algún daño en el transporte se las verían personalmente con él. La tercera llamada fue al presidente del país vecino para informar sobre la situación, el mandatario del país vecino se excusó para no contestar su llamada. La cuarta llamada fue a Anita, su novia, a quien le pidió matrimonio prometiéndole llenarla de joyas y ropas finísimas cuando fuese su primera dama. La quinta llamada fue al principal periódico del país – ahora tomado por los militares – donde ordenó que la edición del día siguiente debía llevar en su página principal el mensaje “Triunfo de la Revolución liberadora” junto a una foto suya que haría llegar con su edecán, ordenó además que se recojan opiniones positivas de la ciudadanía apoyando al régimen.

El edecán tocó la puerta del despacho presidencial y dijo con solemnidad:

- Señor…, el pueblo clama por su excelencia.

- ¡Ya era hora, maldición! ¡Ea! ¡Vamos a ver a mi pueblo!

Mientras se acerba a la terraza del palacio presidencial, el general reconoció a los personajes notables del país que, haciendo gala de su sentido de la oportunidad, saludaban con respeto el triunfo de la “revolución liberadora”. Estaban presentes el representante del empresariado; su santidad el cardenal, quien aprovecho para dar su bendición al dictador; el dueño del Banco Central; y la representante del Club Social. Todos se deshicieron en lisonjas con el general Fernández y no faltó alguno que le llamó “Prócer nacional”. El general, genuinamente conmovido, prometió que los fusilaría a todos. El lapsus linguae del general rápidamente fue corregido por el edecán, para disipar el pavor indisimulable que había surgido en los rostros de aquel ilustre hato de lameculos.

- Er…lo que el general quiso decir es que les hará condecorar… por sus incondicionales y desinteresados servicios a la patria.

Nunca sabremos si el general quiso o no quiso decir eso, puesto que para ese entonces se había asomado al balcón para ver a la multitud.

La plaza estaba llena de cabo a rabo, los soldados habían hecho un buen servicio al arrastrar – figurativa y literalmente hablando – a los ciudadanos desde sus casas hasta la plaza. Algunos soldados vestidos de civil y disimulados en el gentío eran quienes iniciaban y guiaban los vítores para el general, mientras otros apuntaban sin el menor disimulo a quienes se negasen a rendir homenaje al nuevo presidente. Aquellos que, pese a todo, se negaban a aclamar al general, eran rápidamente sacados de la multitud a la fuerza, llevados un par de cuadras más allá y ejecutados con un balazo en la frente sin la menor contemplación.

El general Fernández estaba emocionado hasta las lágrimas, en lo más profundo de su ser deseaba tener a su padre al lado para que contemplase la obra de su hijo. El clamor de la muchedumbre era ensordecedor, el viento tibio de aquella tarde agitaba las banderas de la manifestación. El general pensaba para sí mismo que aquel era un momento histórico y que debía ser inmortalizado, ordenó entonces al edecán que varios fotógrafos se apostasen en diferentes lugares para documentar el hecho. Ordenó también que grabasen su discurso y que inmediatamente este fuese transcrito para ser publicado en la edición del día siguiente de los diarios. El edecán cumplió la orden de inmediato y a los pocos minutos alcanzó un micrófono al general para que hablase a la multitud. Éste dijo entonces:

- Conciudadanos, grande y profunda es mi emoción al ver tan maravillosa y espontánea concentración. Nuestros enemigos internos han sido destruidos por completo y ahora nada puede ya perturbar nuestro periplo hacia la libertad, el progreso y el orden. Por fin, de aquí en adelante, podremos pensar en un porvenir luminoso para nosotros, nuestros hijos y los hijos de sus hijos. Los negros nubarrones del infortunio se han disipado y dado paso a un futuro radiante y halagüeño para nuestra patria. Debemos estar agradecidos con nuestro señor Dios que puso los hados a favor de la patria y que ha sido implacable en la destrucción de aquellos apátridas, ateos y comunistas que se habían apoderado de nuestro país y que lo estaban llevando a su perdición moral, social, económica y política. Nuestro Señor me pidió que sea implacable con sus enemigos y confió en que yo llevase la batuta en esta su Guerra Santa. Confío en haber cumplido tan gloriosa gesta con el mejor de los denuedos y confío también en que nuestros historiadores sepan dar cuenta de ello en sus libros de historia, para que así nuestros hijos y sus hijos no olviden jamás el ejemplo que he querido dar a este sufrido pueblo. Confió también en que vosotros, querido pueblo, sepáis valorar el regalo que hago a la patria: su libertad.

En ese momento, el edecán que tras bastidores se movía de un lado a otro, coordinando los detalles de la arenga, tropezó accidentalmente con el cable del micrófono, arrebatándoselo de manos del general. Una breve risa recorrió entre la multitud, la cual fue rápidamente fue acallada por los soldados. Mientras tanto, el dictador miraba furioso al edecán que recibió un puntapié en la rodilla cuando devolvió el micrófono al general.

- ¡Ejem! Decía yo que la libertad es un regalo que hago hoy, queridos compatriotas. Sin embargo, así como se los obsequio también la razón me exige que sea yo también quien la salvaguarde. Más que nunca, los enemigos de la patria nos acechan no sólo con su verborrea apátrida sino también con sus actos terroristas. Estos traidores están infiltrados entre nosotros sin que nos demos cuenta, están en nuestras familias, en nuestros barrios, en las escuelas y universidades ¡incluso en el gabinete! Donde se escoden cual serpientes dispuestas a atacar a traición. Por eso pido queridos conciudadanos, llamando a su sentido común, que no duden ni un instante en denunciar a estos renegados ante las autoridades, sólo así lograremos extirpar a este cáncer de nuestro seno.

El dictador estiró la mano en busca de un vaso de agua para remojar la garganta que se le había secado con la alocución al pueblo. Al no encontrar vaso alguno (el edecán lo había olvidado por completo y no logró entender el gesto del general) se llevó la mano a la boca, carraspeó y continuó el discurso:

- ¡Compatriotas! Quiero también comunicarles que dos importantes eventos tendrán curso en las siguientes semanas. Primero, para celebrar la “revolución liberadora”, declararé regocijo nacional durante tres días, a partir de mañana. Segundo, dentro de exactamente treinta días se celebra mi onomástico, el cual coincidirá también con el primer mes de la revolución, es por ello que declararé ese día como el día de refundación nacional, por lo cual se harán una serie de festejos que culminarán con un magno desfile. Este desfile deberá ser fastuoso para que así otras naciones imiten nuestro ejemplo y alienten a sus gloriosas fuerzas armadas a iniciar gestas gloriosas como la nuestra. Es por eso que les pido, más bien, demando ¡oh, patriotas! Que se preparen con el rigor y el entusiasmo necesario para que la celebración de la refundación de la patria quede para siempre registrada en los anales de la historia universal.

Al terminar de hablar, el general Fernández esperaba que la multitud le aclame, pero esto no pasó. Todos los presentes se miraban unos a otros, totalmente confundidos por las primeras medidas del dictador. Instantes después, uno de los militares infiltrados comenzó a vitorear al dictador, mientras los soldados apuntaron las armas contra el público para obligarles a sumarse a la aclamación.

Al escuchar a la multitud, el general se retiró satisfecho hacia su despacho. Se sentó en su sillón y subió las piernas al escritorio. Tomó uno de los habanos cubanos que había mandado a pedir y lo encendió en tono triunfal. Al echar la primera bocanada al aire se dio cuenta de que, tal como lo había pedido, trajeron el cuadro de su padre y estaba colgado cerca a la puerta. El dictador bajo rápidamente las pies del escritorio, como si se tratase de un niño descubierto en plena fechoría. Se acercó al cuadro para contemplar la adusta figura del padre. Acarició suavemente el lienzo mientras decía en voz baja: ¡Padre, lo logre! ¡Tu hijo es ahora el presidente! ¡Llevaré tu nombre en alto siempre!

El dictador emocionado al contemplar el lienzo, apenas podía contener las lágrimas. Ante esa figura muda y ausente se atrevió después de mucho tiempo, a abrir su corazón y a dar rienda suelta a sus sentimientos. El retrato seguía imperturbable.

En ese mismo instante, el edecán golpeó suavemente la puerta, anunciando que la limusina presidencial había llegado para llevar al general a la residencia presidencial. El dictador, apenas pudo enjugarse las lágrimas y contestó de mala manera al edecán.

Más tarde, en la residencia presidencial, el dictador daba instrucciones para acondicionar los ambientes. Ni bien terminó, llegaron algunos de los flamantes ministros para poder dar curso a los festejos por el “regocijo nacional” y el “Día de la refundación”. El general Fernández ordeno que se diesen grandes fiestas durante los tres días del “regocijo nacional” en todos los cuarteles, en agradecimiento a la soldadesca por el apoyo brindado durante la “revolución liberadora”. Uno de los ministros dijo consternado:

- ¡Pero… excelencia! ¿Cree usted que es conveniente bajar la guardia precisamente ahora que acaba de consolidarse la revolución? ¿No cree que nuestros enemigos podrían aprovechar los festejos para contraatacar?

- ¡Lo que creo es que usted es un paleto y un imbécil! – grito de repente el dictador - ¿Qué no entiende que debemos mantener la moral de la tropa alta? Además, he mandando a desembarazarnos de nuestros enemigos, actuales y en potencia. Así que no hay absolutamente nada que temer, al contrario, en cuanto se vea la magnitud de los festejos, todo posible opositor no tendrá más remedio que unirse a las solemnidades y aceptar que la revolución ha triunfado.

Más tarde, las órdenes del general se pusieron en marcha: calles, hogares y cuarteles se embanderaron y adornaron con motivos patrios. El general fue en persona a participar de los festejos en los cuarteles, adonde llegaba con toneles de vino y licor de todo tipo. Demás está decir que él también, habituado a seguir las añejas tradiciones militares, se emborrachó como una cuba y terminó luego, en compañía de algunos ministros y militares destacados, visitando todos los burdeles de la ciudad.

El segundo y el tercer día los festejos se concentraron en la residencia presidencial. El dictador, totalmente borracho, apenas era consciente de las celebraciones de sus acólitos. Apenas despertaba continuaba bebiendo y ordenaba a todos los presentes a que siguieran su ejemplo. También gritaba a la banda militar para que interpretasen, una y otra vez, viejos himnos marciales que le recordaban a su padre. Al finalizar el tercer día, el dictador fue conducido casi a rastras a sus habitaciones.

La fiesta poco a poco fue languideciendo mientras llegaba el amanecer, los últimos comensales fueron despertados a las ocho en punto, hora en que el dictador solía tomar su café. Por la calle se veía a muchos militares ebrios trastabillando mientras intentaban caminar, otros dormían tirados en las aceras, ajenos a todo ruido. Pasarían algunas horas hasta que llegasen los informes.

IV 

- ¡Excelencia! ¡Excelencia! – gritaba el edecán mientras corría presuroso a las habitaciones del dictador.

Al llegar a la puerta la golpeó con desesperación, dentro no se oía nada más que los ronquidos del general Fernández. Al no obtener respuesta, el edecán se animó a abrir la puerta y entrar. Se acercó al lecho del dictador y le sacudió con desesperación para que despertase. Éste, despertó atolondrado aún ebrio, al ver al edecán, quien le sacudía, comenzó a gritar.

- ¡Traidor! ¡A mí la guardia! ¡Este traidor quiere asesinarme!

- ¡Excelencia! ¡Excelencia! ¡Cálmese, se lo ruego! ¡Yo sería incapaz de traicionarle!

- ¿Qué es lo quieres entonces, rata? ¿Cómo osas despertarme?

- ¡Traigo noticias terribles! ¡Oh, Dios! ¡Ni siquiera sé si tengo el valor para decírselas!

- ¿Qué ha sucedido? ¿Nuestros enemigos se han sublevado?

- ¡No, no, excelencia!

- ¡La soldadesca se ha sublevado! ¡Es eso! ¡Los malditos me han traicionado! ¡Traidores! ¡Traidores! ¡Pero venderé cara mi vida!

- ¡No, excelencia! ¡Los soldados siguen fieles a sus órdenes y ellos serían incapaces de sublevarse! ¡Le adoran!

- ¡Mamá! ¡Mamacita! ¿Qué le ha ocurrido a mamá? ¡Dime que no le ha pasado nada!

- Su madre, hasta donde sabemos, se encuentra en buen estado de salud. Algo sorda y senil, quizás ¡Pero se encuentra perfectamente, excelencia!

- ¡Es Anita! ¡Amor mío! ¿Qué te han hecho esos malditos? ¡Atentar contra una criatura pura no tiene perdón!

Dicho esto, el dictador se incorporó de un brinco y corrió hacia la cómoda para sacar su revólver. A continuación, salió corriendo de la habitación gritando maldiciones. El edecán, corrió tras suyo para alcanzarlo:

- ¡Excelencia! ¡Excelencia! ¡Deténgase por favor! ¡No le ha sucedido nada a su prometida!

Al escuchar esto, el dictador se detuvo en seco, los vapores del alcohol se le habían dispersado con el susto, comenzó entonces a enfurecerse. Al llegar el edecán junto a él, le tomó por el cuello y le puso el revólver en la nariz:

- ¡Especie de insecto rastrero! ¿Qué maneras son éstas de sobresaltarme tan temprano en la mañana?

- ¡Excelen…excelencia! ¡Tranquilícese…por favor!

- ¿Cómo quieres que esté tranquilo, gusano? ¡Si acabas de entrar a mis aposentos gritando que algo terrible ha ocurrido!

- Al…algo terrible ha ocurrido, en efecto. Pe…pero le puedo asegurar que…no tiene nada que ver con su madre o su prometida!

El dictador apartó bruscamente al edecán haciendo que éste cayera en el piso, sin dejar de apuntar le espetó:

- ¡Habla de una buena vez, malnacido! ¿Cuál es entonces esa mala noticia que me traes? ¡Habla ya, antes de que pierda la calma y te vuele los sesos!

- Son…son…son los civiles, excelencia. Ellos…ellos han huido.

- ¿Cómo que han huido? ¡Habla claro, infeliz!

- Ellos…ellos han…han huido, señor ¡Todos los civiles han huido! ¡Han abandonado el país!

El general Fernández corrió apresuradamente a vestirse, mientras gritaba al edecán que llame al vehículo presidencial. Unos pocos minutos después corría hacia la limusina.

- ¡A palacio! – grito al chofer.

Al llegar a la sala de reuniones, todos los miembros del gabinete le esperaban con rostros de preocupación. El ministro del interior, pálido como un papel, fue el que informó de la situación al dictador.

- Su excelencia, algo grave ha ocurrido.

- ¡Dime algo que no sepa, pedazo de animal! ¡Ese imbécil que tengo por edecán farfullo algo sobre que los civiles han huido!

- Pues…eso es precisamente lo que ha sucedido, señor ¡Los civiles han huido!

El dictador golpeo con ambos puños la mesa y seguidamente se abalanzó sobre el ministro el interior. A duras penas, pudieron los otros ministros pudieron detener al dictador que golpeaba con furia al ministro. Mientras lo sujetaban, otro de los ministros dijo:

- Excelencia, le ruego que se tranquilice

- ¿¡Tranquilizarme?! ¡¿Me pides tranquilizarme, bastardo?¡ ¿Cómo voy a tranquilizarme si todos ustedes pretenden burlarse de mí?

- Excelencia, en ningún momento a nadie del honorable gabinete se le ocurriría burlarse de su ilustrísima persona. Sólo intentamos comunicarle que todos los civiles del país aprovecharon los días de regocijo para abandonar el país.

- ¿Abandonaron el país? ¿Pero cómo es eso posible? ¿Y nadie se dio cuenta caso?

Otro ministro respondió tímidamente:

- Señor, tal cual usted había ordenado todo el ejército celebró los tres días de regocijo, lo cual los civiles aprovecharon para huir del país.

- ¿Cómo? ¿Pero dónde huyeron esos traidores? ¡no puede ser que no haya quedado nadie!

- En efecto, excelencia. No queda nadie. Todos los civiles cruzaron las fronteras rumbo a los países vecinos.

- ¡Pero eso es inaudito! ¡Nuestros vecinos deberían expulsarles inmediatamente!

El ministro de relaciones exteriores habló entonces:

- Excelencia, yo ya redacté una carta oficial pidiendo a los países vecinos que expulsen inmediatamente a los sublevados, sólo falta su firma y será enviada.

- ¡Estúpidos! ¡Estoy rodeado de estúpidos! ¿Qué efecto podría tener una tonta carta? ¡Pásenme inmediatamente el teléfono para que me comunique con los presidentes!

En las siguientes horas, el dictador sostuvo largas conferencias con los presidentes, todas ellas terminaron abruptamente tras las injurias y amenazas proferidas por el general Fernández: ningún presidente aceptó deportar a los civiles y comunicaron que ya se estaba tramitando el refugio para todos los evadidos. El dictador, fuera de sí, convocó nuevamente a su gabinete.

- ¡Esto es la guerra! ¡Vamos a aplastarlos a todos! ¡Lamentarán haberse enfrentado al general Fernández! ¡Declararemos inmediatamente la guerra, señor ministro de guerra!

El aludido, demudado por el miedo dijo:

- Excelencia…le ruego que considere la delicada situación. Nuestro ejército no es demasiado numeroso en comparación a nuestros vecinos, tampoco podemos reclutar a nuevos soldados, ahora que los civiles han decido fugarse. Además, nuestro armamento es obsoleto en comparación al resto de los países.

- ¡No me importa! ¡Los atacaremos uno a uno y lograremos la victoria! ¡Convoquen al Concejo de guerra inmediatamente!

Vanas fueron las súplicas del gabinete y del Concejo de guerra, el dictador estaba decidido y comenzó la campaña con el país limítrofe más próximo. Los resultados fueron pésimos, el ejército del dictador fue aplastado y muchos soldados fueron hechos presos, otros aprovecharon la confusión para huir hacia países vecinos en busca de refugio. Al cabo de dos días, el dictador llamó nuevamente a su gabinete.

- ¡Maldita sea! ¡Malditos sean todos! ¡Estoy rodeado de inútiles! ¡Pero no me vencerán! ¡Mandaremos a todo el ejército, aunque tengan todos que morir!

Los ministros se miraron entre sí aterrados. El ministro de relaciones exteriores dijo:

- Excelencia, consideramos que no es conveniente seguir con las hostilidades. Corremos el peligro de que la comunidad internacional se inmiscuya en el asunto y sólo empeorarían las cosas para nosotros, más países se unirían a nuestros enemigos y sería nuestro fin.

El dictador, visiblemente molesto aspiró profundamente y dijo más tranquilo:

- ¿Qué propone entonces?

- Agotar todas las vías formales. Le propongo que enviemos inmediatamente una misiva dirigida a la comunidad internacional donde hagamos conocer el comportamiento inescrupuloso y arbitrario de nuestros vecinos al recibir a los evadidos.

- Está bien, enviemos esa carta. Pero quiero también que enviemos secretamente otras cartas a países aliados, llamándoles a unirse a nuestra causa. Considero que ellos responderán inmediatamente ante esta iniquidad y aceptarán combatir a nuestro lado ante tamaña injusticia.

La carta a la comunidad internacional fue redactada, asimismo la correspondencia secreta para los países aliados. El dictador dio entonces conferencias de prensa y entrevistas a periodistas nacionales y extranjeros donde denunciaba que los países vecinos habían raptado a sus compatriotas, llamando además a sus conciudadanos a volver inmediatamente.

A los pocos días, la respuesta de la comunidad internacional era clara: apoyarían a los civiles que habían huido de la dictadura. Las cartas a los países aliados tampoco tuvieron mucha suerte, sea por estrategia o simplemente por la animadversión al dictador, todos respondieron que no estaban dispuestos a involucrarse en ninguna acción bélica. El dictador, furioso, convocó nuevamente a su gabinete:

- ¡Malditos! ¡Malditos cobardes! ¡Nos han dado la espalda en el momento en que más se les necesita! ¿Qué haremos ahora? ¿Pero es posible que no haya quedado ni un solo civil?

El ministro del interior respondió:

- Ni uno sólo, excelencia. Durante toda la semana envié a las tropas a requisar casa por casa y no se encontró a nadie. También mande a explorar bosques y cuevas. No queda un alma.

- ¿Y ahora? ¿Y ahora qué hacemos?

- Enfrentar la realidad, excelencia. En el país sólo ha quedado el ejército, no hay un solo civil.

El dictador golpeó violentamente con el puño la mesa de reuniones. Se levantó y se fue a su despacho, pidiendo a su edecán no ser molestado la siguiente media hora. En el despacho, el dictador rompió en llanto, lagrimas de ira inundaron sus ojos. Se acercó al retrato de su padre y dijo:

- ¡padre! ¡Padre! ¡He sido traicionado por esos gusanos! ¿Qué debo hacer ahora? ¡Dime algo padre! ¡Contéstame!

El retrato no respondió, la imagen del general Fernández padre seguía impasible. El dictador se desplomó en su asiento, totalmente abatido. Entro en un delirio que le hizo soñar despierto en los civiles que abandonaban el país, los veía huyendo con una sonrisa macabra en el rostro: aquella alegría era por haberse burlado del dictador.

De pronto, el dictador se acordó del desfile:

- ¡El desfile! ¡Maldición! Faltan unas cuantas semanas para el desfile y para mi onomástico! ¡Estos traidores huyeron por eso! ¡No querían hacer el desfile! ¡Malditos! ¡Malditos sean!

El dictador se puso a llorar a lágrima viva, eran tan fuertes sus sollozos que el edecán y su guardia personal la escucharon desde fuera del despacho, todos se miraron entre sí, pero no se atrevieron a comentar nada. Al cabo de un buen rato, el dictador, mucho más tranquilo, llamó a su edecán y le ordenó que convocase a su gabinete para una reunión dentro de dos horas.

Más tarde, los ministros trataban de animar a un silencioso general, señalándole que habían motivos halagüeños como para esperar que la situación pronto cambiaría. Se señalo que, pese a todo, el ejército había manifestado unánimemente sumisión incondicional a su caudillo. El ministro de relaciones exteriores manifestó que las reuniones y negociaciones con los diplomáticos de los países extranjeros hacían suponer que pronto se podría conseguir que los civiles regresen a la patria, eso sí, con ciertas condiciones. El ministro de economía dijo que había mandado a regimientos a ocuparse de la producción agrícola y pecuaria para evitar que escaseen los alimentos, señalando además que también se haría lo mismo con otros sectores productivos lo cual, al cabo de algunos meses, permitiría que se reanuden las exportaciones. El ministro de vivienda dijo que la soldadesca estaba más contenta y agradecida que nunca con el general porque se les había entregado las casas y los bienes de los civiles fugitivos. Así, uno a uno los ministros informaron sobre las acciones tomadas que permitirían mantener al régimen.

Sin embargo, el dictador apenas les escuchaba. En su mente, sólo tenía una idea fija: el desfile. Al cabo de un rato, tomó una determinación: el desfile se haría cueste lo que cueste.

- Señores ministros, agradezco de corazón el interés y su comprometida labor para mantener con vida a la “revolución liberadora”, sin embargo, creo que estamos olvidando un acto importante que gritará a los cuatro vientos que nuestra revolución continuará pese a todo. Como recordarán, uno de mis primeros decretos fue que se realice un desfile que proclamaría el éxito de la revolución. Después de mucho pensarlo he decidido que este se haga en la fecha indicada.

Los ministros quedaron estupefactos, el ministro de cultura fue el que primero rompió el silencio:

- Excelencia, no dudo que el simbolismo de las fiestas es un vehículo para mostrar a nuestro régimen saludable. Por eso, pediremos a nuestras gloriosas fuerzas armadas que de inmediato se preparen para tan magno acto.

- ¡Por supuesto que el ejército deberá desfilar! ¡Es su obligación, maldita sea! ¿Pero cómo puede ser posible un desfile que celebre nuestra “revolución liberadora” sin la presencia de los civiles que precisamente la agradezcan?

Los ministros se miraron entre sí, el ministro del interior dijo:

- Pero excelencia. Ya le comunique que mande a requisar todas las ciudades y no hay un solo civil ¿Cómo podríamos hacer un desfile de civiles sin la presencia de estos?

- ¡Pero seguramente habrá alguien¡ ¡No puedo siquiera pensar en que no haya nadie!

- Bueno…como mencione no queda nadie…

- ¿Absolutamente nadie?

- Eh…sin mencionar a perros y gatos, pues no queda nadie.

El dictador se levantó de su asiento y se dirigió a un ventanal. Los ministros siguieron con la mirada su camino. El general Fernández dijo entonces:

- Sea, pues si así lo quieren entonces, que sean perros y gatos. Voy a decretar inmediatamente que perros y gatos ahora serán considerados como civiles.




Horas más tarde, el controvertido decreto fue lanzado, gatos y perros eran ahora considerados como los nuevos civiles y, por tanto, estaban sujetos a cumplir con todas las obligaciones inherentes a este nuevo estatus, principalmente los concernientes al desfile en conmemoración al primer mes de la “revolución liberadora”.

Patrullas de militares recorrieron así todas las ciudades para capturar a los nuevos “ciudadanos” y así ponerlos inmediatamente en instrucción para los festejos. Algunos militares, especialmente los especializados en adiestrar perros, se pusieron en campaña para instruir a los animales.

Mientras tanto, el dictador había evitado hacer apariciones públicas, sólo se presentaba eventualmente para ver cómo iba el adiestramiento de los animales. La mayoría de su tiempo la dedicaba a tratar de escribir sus memorias, proyecto en el que, pese a que se había enfrascado denodadamente, fue incapaz de realizar por su escaso talento literario, decidiendo finalmente convocar en secreto, bajo pena de muerte, a un joven soldado que había demostrado tener dotes literarios. Así, días antes del desfile y trabajando día y noche, el joven soldado terminó de escribir las memorias del dictador que contenían especulaciones históricas, hechos de vida corregidos, eventos heroicos inventados – cuando no copiados – citas ajenas atribuidas – pesimamente modificadas para no parecerse al original – y elucubraciones teóricas que el dictador había dictado luego de escandalosas borracheras que él solía llamar “febriles accesos de inspiración”.

Finalmente llegó el día del desfile. El dictador había mandando a confeccionarse un traje de fiesta que no sólo consistía en su uniforme militar, sino en una capa que llegaba hasta el piso, la cual le había hecho tropezar en varias oportunidades, por lo cual se decidió que el edecán sea el que la levante cuando el dictador caminaba. También había mandado a confeccionar un sable con incrustaciones de oro en la hoja y piedras preciosas en la empuñadura. Finalmente, se había colocado todas las condecoraciones que tenía, aumentando además a última hora nuevas condecoraciones que había mandado a inventar y a conceder como la Real presea de los campos gloriosos de batalla o la medalla al valor de la decima quinta columna de la marina bélica.

El general, junto a su gabinete salió al palco de palacio de gobierno. El edecán con una señal hizo que los militares vitorearan al dictador. Minutos más tarde, comenzó el desfile militar que ingresó a la plaza de armas seguida por la banda militar. Más tarde, entraron todo el regimiento de ingeniería que guiaban tanques, camiones y otros instrumentos bélicos. El dictador y su gabinete aplaudían desde su palco.

Al poco rato llegó el momento del ingreso del desfile de los civiles. Primero entraron los gatos que llevaban atados al cuello y cola pequeños listones con los colores de la bandera. Los gatos entraron marchando al unísono con la cabeza y el rabo alto, sorprendentemente marcando el compás, aunque el golpe de sus suaves patas no emitían sonido alguno. Los gatos dieron una vuelta a la plaza y se detuvieron en el sector oeste, formando tres columnas.

A los pocos minutos, entraron los perros. Estos tenían sobre el lomo la bandera patria y el hocico llevaban banderines con la imagen del dictador. Los instructores habían logrado enseñar a los perros a emitir un gruñido corto y seco que emulaba el golpe de sus patas en el suelo. De esta manera, los perros entraron con mucha más pompa que los gatos, marchando al compás de la música marcial. Ante este espectáculo y la perfecta sincronización de los perros, el gabinete y el dictador no pudieron menos que aplaudir entusiastamente. Los perros dieron una vuelta a la plaza y formaron columnas en el lado este y sur de la plaza.

La soldadesca, escoltando a algunos coroneles que llevaban arreglos florales, formaron en la parte norte de la plaza de armas, frente al palco, a una señal comenzaron a vitorear al dictador. Mientras tanto, los instructores de los gatos hicieron una señal y estos comenzaron a ronronear en un sonido continuo y que fue in crescendo. Por su parte, los instructores de los perros dieron la señal para que una parte de ellos aullaran y otra ladrase, opacando así al ronroneo de los gatos.

Los vítores de los soldados, sumados a los ruidos hechos por gatos y perros emulaban así una extraña aclamación que inflamó de orgullo al dictador quien, visiblemente emocionado, se puso de pie y aplaudió con vehemencia el homenaje. El gabinete, mas por ganarse la simpatía del dictador que por admiración hacia el desfile, se levantaron de sus asientos para aplaudir también.

El edecán, hizo un nuevo gesto con la mano y un soldado instaló rápidamente en un podio, el micrófono que el dictador usaría para dar su mensaje proselitista. El general se acercó hacia el micrófono, sacó los papeles con su discurso - que había preparado previamente- y se dispuso a hablar. Fue entonces que ocurrió un hecho no previsto por nadie. Un gato que no había sido atrapado los días anteriores apareció cerca a la columna de los perros y erizó el lomo. Uno de los perros rompiendo la concentración se acercó gruñendo al gato, ante lo cual este respondió con una zarpazo en el hocico. El perro atacado comenzó entonces a ladrar y se lanzó detrás del gato que huyó despavorido hacia la columna de los otros gatos, al internarse en ella el perro, los gatos comenzaron a huir despavoridos en todas las direcciones, algunos hacia donde estaban los perros. Los perros de la columna, obedeciendo a sus instintos, se lanzaron detrás de los gatos rompiendo la formación. Instructores y militares, a su vez, se lanzaron detrás de perros y gatos para intentar volverlos a la formación, demás está decir que se ganaron zarpazos y mordeduras en manos y piernas.

Así, a los pocos minutos toda la plaza se convirtió en un caos, donde militares, perros y gatos huían y a su vez eran perseguidos por otros. El gabinete y el edecán miraban desconcertados los hechos. El edecán miró a su costado para ver la reacción del dictador, pero por más que lo buscó no pudo encontrarlo en medio de todo ese barullo.

El dictador, había huido a su oficina y se encerró con llave. Lloraba desconsoladamente mientras buscaba obtener respuesta a lo ocurrido interrogando al cuadro de su padre. El retrato tampoco respondió en esta oportunidad, seguía impasible con la vista mirando al infinito.