jueves, 15 de noviembre de 2012

El último espectro


Han pasado tantos años y sin embargoparece que fue tan sólo ayer. Tendría unos 13 años cuando la vi por primeravez. En aquel entonces, lo recuerdo con claridad, estaba buscando un libro deOnnetti y la vi parada de espaldas hacia mí en ese vestido gris tancaracterístico en ella. Mi timidez natural me impidió que siquiera me leacercase, así que al poco rato estuve enfrascado en la lectura y ya me habíaolvidado de su presencia.

Al día siguiente volví a verla. Esta vez estuveespiando protegido por los libros en el estante que me hacían prácticamenteinvisible. La observé por algunos minutos cuando súbitamente ella volteó y me miró.En ese momento, volví a mi silla rápidamente y trate de disimular la vergüenzaque sentía. Sin embargo, no escuchaba sus pasos por lo que supuse que no semovió. Levante lentamente la cabeza y la vi, pálida y en silencio frente a mi.

Su súbita aparición me dejó atónito y nopodía articular ninguna palabra, deseaba escapar de ahí pero mis piernas norespondían. Ella estuvo observándome por varios minutos hasta que por fin habló.Me dijo que lo menos que podía hacer era saludarla ya que le espiaba. Con unhilo de voz le dije hola y traté de disculparme pero las palabras se ahogabanen mi garganta angustiada. Tras un par de minutos, ella giró y se fue.

Poco a poco recuperé el aplomo y decidíque lo mejor que podía hacer era ir a pedirle perdón por lo ocurrido. Me fuihasta donde ella estaba y la encontré leyendo. Comencé a disculparme y ellaparecía no escucharme, pero luego cerró el libro y me contó su historia.

Ella era un espíritu que moraba en labiblioteca por casi cien años. Se había propuesto leer todos y cada uno de loslibros que habían pero aún no había terminado su tarea. Nuevos libros llegaban,otros desaparecían y por más que se esforzaba no había sino leído más que lamitad. Había empezado hace unas semanas con lasección de literatura y ahora estaba leyendo la madre de Gorki. Me dijo que le gustaba como estaba escrito,aunque no le aficionaba demasiado la literatura que pretendía hacer política.Le dije que, en el fondo, toda la literatura hace política,  se encogió de hombros y me respondió queaunque eso era verdad, prefería aquella donde no era tan explícita.

Le pregunté que era lo que buscaba en loslibros a lo cual respondió que nada en particular, sólo poder entender elmundo. Me confesó que a medida que leía, sentía que cada vez se hallaba máslejos de cualquier entendimiento. El conocimiento sólo trae dolor, me confesó,mientras más entiendes más infeliz eres pues sabes que ignoras aún más. Dijoestar atrapada en un círculo vicioso del cual se sentía incapaz de escapar. Sin embargo, ella estaba segura de quepronto sería liberada de aquél castigo autoimpuesto, aunque ella no lo deseaba.Los libros desaparecerán pronto, musitó con enfado, las hojas no seránnecesarias y las bibliotecas no tendrán razón de ser. Nunca más podremos sentirla caricia del papel entre nuestros dedos, ni el casi imperceptible olor de latinta. Pronto, todos los libros estarán contenidos dentro de un espaciovirtual: insignificante a la vista, pero colosal en el interior. Me dijo queella sabía todo esto pues el conocimiento adquirido le había permitido verpresente, pasado y futuro al mismo tiempo, como si se tratase de una esfera.

Es por eso que ella consideraba quedebería partir pronto, porque los tiempos que venían no estaban hechos paraella. Ahora ya no envejeces, me dijo, te vuelves obsoleto. Buscando consolarla,le dije que siempre podría leer en las hojas de los árboles y en los epitafiosde las lápidas. No respondió, pues seguía ensimismada observando un futuro quepara mí era imposible de ver.
Han pasado mas de cincuenta años y puedodar fe de las palabras del espectro. La biblioteca ha quedado hace mucho tiemposin sus libros, es ahora tan sólo una cáscara que vendrán pronto a derrumbar.Una vez que esto suceda, estaré sólo y deberé marcharme de aquí a buscar algoque leer.

viernes, 28 de septiembre de 2012

DESDE EL FONDO DEL CORAZÓN

Cuando desperté estaba totalmente bañado en sudor. Malditas fiebres, me han dejado en los huesos ¿Qué fue de ese gallardo soldado por el cual las mujeres se volvían locas? Mírenme ahora, tengo las carnes colgando y este apestoso olor que emana de mi cuerpo.

Pero eso no es nada comparado a este miedo incontrolable. No puedo siquiera dormir pues tengo miedo de verle nuevamente. No podía haber sido en peor momento, con mis enemigos tan cerca, peleándose por mis restos.

Al menos los niños y Alicia pudieron salir del país, eso al menos es un consuelo. Quisiera poder ir tras ellos, pero no puedo rendirme, no puedo dar ese gusto a mis enemigos. Sin embargo, cada vez es más difícil con él acechando mi lecho de muerte.

Al principio pensé que no era más que un delirio por la fiebre, pero luego me di cuenta que incluso le veía cuando me sentía aliviado. Siempre ahí, parado frente a mi con ese manto negro, con el bastón de plata en la mano, con el sombrero de fieltro coronando esa extraña máscara. ¡Ah, maldita máscara! Pero ya la había visto antes, claro. Aquella vez que ojeaba ese viejo libro, estaba ahí: el médico de la peste. Desde entonces, aquella extraña máscara que simulaba ser un ave de rapiña, se me apareció en sueños y luego escapó de ellos. Supongo que ese día el mundo habrá perdido totalmente la razón Pero lo peor eran aquellas orbitas simulando ser ojos, dos esferas negras que me recordaban la terrible oscuridad del delirio.

El estaba ahí, antes que mis enemigos por supuesto. Estaba ahí parado observándome, mientras mis enemigos forzaban la puerta para entrar.



Septiembre 26

Ramírez apenas levantaba el auricular pero ya podía escuchar los improperios del presidente. Luego de unos minutos, tomaba su chaqueta y salía apresuradamente rumbo a la Casa presidencial, eran aproximadamente las 8 de la mañana. Al llegar, los guardias le informaron que el presidente estuvo vociferando desde que despertó, pero nadie podía decirle cuál era el motivo.

Ni bien entró al despacho, el presidente tomó el diario y lo arrojó con violencia sobre el escritorio.

- ¿Me puede decir que es esto?

- Es un periódico su excelencia – respondió asustado.

- ¡Claro que sé que es un periódico, pedazo de mierda! ¡Me refiero a lo que esta escrito en el!

Ramírez tomó el periódico tratando de simular aplomo y leyó en el titular: “Huelguistas rechazan propuesta gubernamental para volver al trabajo”.



- ¿Quién es malnacido que estuvo negociando con los huelguistas a mis espaldas?

- El licenciado Gutiérrez, señor, su ministro de Régimen interior.



El presidente se puso rojo de cólera y gritó a Ramírez que hiciera venir cuanto antes a su gabinete en pleno. Una hora más tarde el gabinete estaba reunido escuchando al presidente gritando al Ministro Gutiérrez, que estaba colorado como un tomate por la rabia contenida. Un poco más tarde, los ministros tuvieron que intervenir para que el presidente no muela a golpes al desdichado funcionario, que escapó muerto del susto.



- ¡Maldita sea! ¡Escuchen todos! ¡Queda terminantemente negociar con esa banda de forajidos ociosos! ¡Especialmente con aquél pelagatos de Alandia, que se cree muy poderoso por comandar a esos rufianes! ¡Pero ya sabrán lo que es mano dura! ¡Quiero que ahora mismo redacten el decreto para promulgar el toque de queda! ¡Y luego manden a patrullar a toda la policía y el ejército, para meter presa a toda esa gentuza!


Septiembre 27



Había amanecido con una lluvia copiosa, pero aún así había mucha actividad a lo largo de la capital. Los camiones recorrían las casas de los líderes sindicales y los detenían, llevándoles a algún paradero desconocido.

Aquella mañana, el presidente había amanecido con una fiebre alta, pero aún así rehusó a quedarse en cama. Más tarde, sin embargo, tuvo un desvanecimiento por lo cual tuvo que volver a su lecho para descansar el resto de la tarde. Desde aquel día, los cuadros de fiebre alta se alternarían con los días de lucidez. Sin embargo, el presidente no tuvo más remedio que ir delegando responsabilidades a sus subalternos.



Septiembre 30
Ramírez esperaba sentado en el despacho mientras el presidente se vestía. Al llegar, le notó muy demacrado y parecía más delgado. Sin embargo, de sus ojos aun emanaba aquel fuego de severidad lo cual siempre lograba que Ramírez agachará la cabeza sin atreverse a mirar esa terrible mirada.



- ¿Qué novedades tienes para mí? El periódico no dice nada respecto a la huelga o a la intervención de nuestras tropas.

- Tal como su excelencia ordenó, los principales medios de comunicación han sido “disuadidos” para cambiar el tenor de sus noticias, así no agitan más a la población.

- ¡Excelente! ¿Y cómo ha reaccionado la gente? ¿Qué dicen en las calles?



Ramírez dudo por unos segundos, tragó saliva y dijo:



- El pueblo está contento con las últimas decisiones de su excelencia. En lo que respecta a los huelguistas, la información que manejamos nos dice que la mayoría de los sindicatos se han desbandado y los pocos dirigentes que quedaron se encuentran en la clandestinidad.

- ¿Y cuanto tiempo tardarán nuestras fuerzas en ubicarlos?

- Creemos que hasta el fin de esta semana ya tendremos a todos, señor presidente.

- ¡Excelente! ¡Manténgame informado de todo lo que acontece! ¡mañana mismo regresaré al trabajo!



Sin embargo, aquella noche la fiebre volvió y el edecán del presidente le escuchó hablar sobre un pájaro gigante que habría entrado en su habitación.



Octubre 5


El presidente masticaba lentamente una hogaza de pan, mientras escuchaba el informe de Ramírez. Habían sido varios días ya en los cuales el presidente no probaba un bocado ni tenía un informe de la situación política del país.



- ¿Dices entonces que ya se han apresado a todos los cabecillas? ¿Y que mi popularidad aumentó desde que se desarticuló la huelga?

- Todo parece anunciar que sí, señor.

- ¿Y que ha sido de esa rata de Alandia? ¿Se deshicieron de él cómo les pedí?

- Me han informado que están pronto ha cogerle, su excelencia. No creo que tome más que un par de días.



La conversación terminó unos minutos después puesto que el presidente empezó a sentirse mareado y tuvo que volver a su lecho. Ramírez abandonó la residencia presidencial para irse a reunir con el gabinete. El día se había tornado gris y amenazaba con llover muy pronto.



Octubre 7


Una fuerte explosión sacó al presidente del profundo sueño en el que había estado por casi 24 horas. Salió semidesnudo a la terraza y sólo alcanzó a ver una oscura columna de humo gris que se elevaba hacia el cielo. Sin embargo, a juzgar por la distancia del humo la explosión no había podido ser en otro lugar que en el ministerio del interior.

Corrió a darse una ducha y poco menos de media hora después esperaba a que llegué el coche presidencial para llevarlo a palacio. En el camino pasaron a recoger a Ramírez quien se veía distraído esa mañana, pese a las imprecaciones del presidente.

Al poco rato llegaron a palacio, el presidente apenas espero a que el coche se detuviera y salió disparado rumbo a la sala de reuniones. El gabinete cesó de hablar al verle llegar.



- ¿Pero que carajos ha pasado en el Ministerio del Interior? ¿Y que hacen ustedes reunidos sin que yo esté presente?

Los ministros quedaron en silencio y se miraron unos a otros. Fue el ministro de trabajo quien rompió ele embarazoso silencio.



- Los radicales hicieron estallar una bomba esta mañana, excelencia.

- ¡Vaya novedad, pedazo de idiota! Por supuesto que sé que ha sido una bomba, lo que quiero saber es quien ha sido y porqué.

- Fue un ala radical de los huelguistas, excelencia. Es un nuevo grupo que se formo en una de las fábricas de zapatos.

- ¿Cómo es eso? ¡Pero si Ramirez me dijo que se había desarticulado a los huelguistas!

- Eso no fue así, señor presidente. En realidad, la huelga se ha generalizado y se han unido nuevos grupos, el país entero está parado desde hace casi una semana.

- ¿Pero que dices, alimaña? ¿Es decir, que Ramírez me ha estado mintiendo todo este tiempo? ¡Ahora mismo vamos a buscar una solución definitiva para esos huelguistas!

- Lo siento, excelencia pero es muy tarde. Ya hemos comenzado las negociaciones apenas estalló la bomba.

- ¿¡Como es eso, maldito?! ¡Me han traicionado! ¡Voy a hacerlos fusilar a todos!

- Lo siento, señor presidente pero usted no tiene ningún poder acá ni sobre el ejército, nosotros hemos asumido el control desde hace varios días.

El presidente se abalanzaba sobre el ministro para golpearlo cuando fue tomado bruscamente por los soldados que le custodiaban. El ministro del trabajo continuó.



- Hemos enviado a su señora e hijos a un país vecino, donde están en calidad de asilados, así que no tiene porque preocuparse por ellos.

- ¡Maldito! ¡No permitiré que me quiten el poder! ¡El pueblo está conmigo! ¡Ellos se levantarán en armas al escuchar esta injusticia!

- Al contrario señor, ellos están en contra suya ¿Sabe usted? Lamentablemente hubo muchos huelguistas muertos estos días como resultado de nuestros operativos. La gente está muy enojada y pide su cabeza. Nosotros, por el bien del país tenemos que dársela. Alandía ha aprovechado el momento y es la principal figura de los revoltosos, así que estamos virtualmente en sus manos. No podemos permitir que el país caiga en la anarquía. Ahora, sea tan amable de volver a su residencia mientras nosotros decidimos que hacer.

El presidente pataleaba intentando inútilmente soltarse de los guardias, pero era en vano pues la enfermedad había consumido sus fuerzas. Al poco tiempo, la poca energía que le quedaba se disipo y se desmayó. Los guardias lo llevaron cargando hasta su lecho.


Octubre 12


Los días precedentes, las negociaciones habían fracasado. Durante la mañana, se formó una gran marcha que fue avanzando hasta llegar a la casa presidencial. Los ánimos se exaltaron y al poco tiempo entraron por la fuerza destruyendo todo a su paso. Al poco tiempo dieron con la habitación del presidente, tumbaron la puerta y la turba enardecida sacó al presidente. Estuvieron arrastrando el cadáver desnudo por varias calles del centro. Era un espectáculo horrible, pues el cuerpo estaba completamente desfigurado por los golpes recibidos, al poco tiempo quedó desmembrado.

Años más tarde, conocí a este hombre de mediana edad que me aseguró haber sido uno de los primeros en entrar a la habitación presidencial. Encontraron, según me aseguró, al presidente desnudo, agitando los brazos como un ave y gritando algo así como “Ab imo pectore. Saodalis tuus