jueves, 20 de junio de 2013

La fiesta de los muertos


Por: Mario S. Portugal Ramírez

I
Era en verdad un pueblo insignificante, olvidado por los dioses y el Estado. Llegar hasta ahí implicaba una travesía de muchas horas que pocas personas, salvo sus habitantes, estaban dispuestos a hacer. Por eso mismo, el nombre de este lugar es irrelevante para este relato, solo basta decir que, de alguna manera, el pueblo se encontraba en el fin del mundo.
            Todo comenzó un día de un junio cualquiera y se iría repitiendo a lo largo de los años. Al principio, los pobladores estaban aterrorizados pero con el pasar de los años, al ver que todo aquello era inofensivo – o casi – se acostumbraron y se sumaron a las festividades. Por supuesto, no faltó nunca algún advenedizo que se tomó el trabajo de dar parte a las autoridades, aunque siempre eran tomados por locos o mentirosos.
            Cada año, durante la última semana de junio, los cadáveres en el cementerio volvían a la vida por setenta y dos horas, abandonando los sepulcros para organizar una fiesta en aquel camposanto. Más allá de la repulsión y temor que pudiese causar, los cadáveres ponían todo su empeño en la interpretación de la música y los bailes, lo cual entusiasmaba aún al mas reticente observador.
            La música era hipnotizante para cualquiera que la escuchase. Los muertos habían aprendido nuevos ritmos en el más allá que despertaban una sensación de alegría melancólica en los vivos quienes eran los más entusiastas bailarines. Los muertos, sin embargo, no se quedaban atrás y pese a estar algunos en los más puros huesos, bailaban con empeño y respetando siempre los rudimentos esenciales del baile, haciendo sonrojar incluso a los más avezados bailarines entre los vivos.
            El alcohol estaba también presente en esta fiesta. Si bien éste no tenía ningún efecto sobre los muertos, el entusiasmo que ponían en la fiesta hacía que parezcan embriagados al igual que los vivos.
            Al tercer día, los cadáveres regresaban lentamente a sus ataúdes, no sin antes dar abrazos y promesas de regresar al año siguiente. Un poco más tarde, el cementerio estaba desierto nuevamente y el pueblo volvía a su usual mutismo.
            Cada año, la fiesta crecía un poco más. La gente de pueblos vecinos también acudía e incluso gente extranjera que se había enterado sobre la celebración. A los muertos no parecía importarles quien estuviese allí, ellos continuaban bailando con denuedo. Aquel año, sin embargo, había un invitado quien después de observar el desarrollo de la fiesta abandonó el pueblo con intención de informar a sus superiores.

II
           
-       Monseñor, el Hermano Rafael está esperando afuera.
-       Bien. Hágalo pasar y enterémonos por fin que es todo eso sobre aquella fiesta del cementerio.
-       Hermano, pase por favor. El señor Obispo espera por usted.
-       Buenos días Hermano Rafael. ¿Qué noticias tiene para mí?
-       Tengo aquí un informe minucioso de mi viaje desde mi arribo al pueblo hasta la hora en que lo abandone. Hago una relación de las autoridades con las que me entreviste, las personas con las que hable sobre dicho asunto y todo lo que vi durante mi estancia.

Monseñor Garnica recibió el grueso informe con desagrado y lo colocó sobre su escritorio sin siquiera hojearlo.

-       Si, si, Hermano  Rafael. Voy a leer detenidamente su informe más tarde, pero ahora dígame ¿Es cierto lo que dicen los rumores? ¿Qué los muertos en ese pueblo…?
-       Si, si es cierto Monseñor. Durante tres días, los muertos abandonan sus tumbas y organizan un bacanal en el pueblo.
-       ¿¡Es cierto entonces¡? ¿Está totalmente seguro, Hermano Rafael?
-       Ciertamente, Monseñor. Lo he visto con mis ojos y no tengo razón alguna para inventar algo que no ha pasado.

Monseñor Garnica se quedó callado unos segundos. Luego se sentó pensativo en su escritorio y al poco tiempo continuó hablando.

-       Es lo que me temía entonces. Estamos ante una herejía. ¿Averiguó si esos seres fueron bautizados?
-       Si, fueron bautizados. En general, el pueblo es bastante meticuloso cuando se trata de respetar los procedimientos eclesiales. Todos los habitantes cumplen con los sacramentos, incluyendo los muertos.
-       De todas formas, allí hay una herejía que debe ser combatida. Estoy seguro que todo eso es obra de posesión demoniaca. En fin, por ahora no podemos hacer nada más, habrá que prepararnos para el año siguiente. Espero, hermano Rafael, que acepte usted seguir involucrado en este delicado caso.
-       Lo hare gustoso Monseñor. Todo sea con tal  hacer respetar los más elementales preceptos de nuestra sagrada institución.
-       Muy bien Hermano Rafael. Puede retirarse ahora.
-       Su bendición Monseñor.
     
Monseñor Garnica dio su bendición con desgano y una vez se marchó el Hermano Rafael, comenzó a hojear el informe y a leer fragmentos aleatoriamente. Aburrido al poco de unos minutos, tiró el informe al escritorio y se sentó pensando en que de ninguna manera permitiría ese tipo de herejías en su diócesis.

III

Monseñor Garnica estaba aún fatigado por el largo viaje del día anterior. La noche en la improvisada posada que el Alcalde del pueblo había preparado, tampoco había sido de lo mejor, no tanto por el incómodo colchón sino por los mosquitos que estuvieron picándole el cuerpo toda la noche.
            El sol a esa hora – casi mediodía- era abrasador y el ligero viento que recorría no sólo no refrescaba sino que arrastraba arena y basura. Monseñor Garnica miraba sorprendido al Hermano Rafael quién a pesar del hábito franciscano que vestía, no parecía ser afectado por el calor en lo más mínimo. Mientras secaba el sudor de su frente con un pañuelo, Monseñor Garnica pensaba para sí que quería abandonar lo más pronto aquel horrible lugar.
            Mientras continuaban su camino, la gente del pueblo se acercaba con timidez para pedir la bendición a los dos clérigos. Monseñor Garnica lo hacía con cierto fastidio, pues sentía que cada movimiento extra que hacía le causaba aún más calor. Finalmente, llegaron a la oficina del Alcalde o al menos el espacio que se utilizaba para esto, pues en la pequeña habitación sólo había un escritorio, unas cuantas sillas y el retrato del general Ramírez, actual presidente de facto.
            Cuando los dos clérigos ingresaron al despacho del alcalde, él estaba ocupado desalojando a las gallinas que usualmente pasaban más tiempo en aquella improvisada oficina que el mismo alcalde. Al ver entrar al Monseñor y al Hermano Rafael, el alcalde invitó a Monseñor y al Hermano Rafael a tomar asiento.

-       Buenos días, Monseñor. Buenos días Padrecito Rafael. Los estaba esperando con entusiasmo. No todos los días este pueblo recibe visitantes tan ilustres como ustedes.
-       Buenos días señor Alcalde. El Hermano Rafael y yo estamos agradecidos con usted por haberse ocupado de todos los preparativos concernientes a nuestra llegada. Espero que intuya usted el motivo de nuestra visita.
-       Si Monseñor, por supuesto. Entiendo que están ustedes interesados en participar de la fiesta que anualmente tenemos aquí en el pueblo.
-       Participar no es exactamente la palabra que usaría, señor alcalde. De acuerdo a lo informado por el Hermano Rafael, quién estuvo aquí de incógnito el pasado año,  se está cometiendo una herejía que debemos combatir.

El alcalde, quedó sorprendido por unos segundos por las palabras de Monseñor Garnica. Sacó una carta de uno de los cajones y la releyó antes de conquistar.

-       Pero…la carta que usted me envió no dice absolutamente nada sobre esto, Monseñor.
-       En efecto, señor alcalde. Soy consciente del contenido ambiguo de la misiva porque la redacté yo. Evidentemente, lo que ocurre en este pueblo es un caso delicado que debe ser tratado con el mayor tino y discreción, por lo cual decidí que no le revelaría nuestros planes concretos hasta estar aquí, tan solo manifesté nuestro interés por asistir.
-       ¿Qué es lo que piensan hacer, Monseñor?
-       Todo indica que un exorcismo. Pero primero tengo que ver la herejía antes de poder determinar lo que haremos eactamente. Por eso necesitamos que ustedes nos guié entre aquel bacanal, señor alcalde.
-       Bueno… yo estaba justamente preparando mi ropa para la fiesta. Pero…claro, pueden ustedes ir conmigo, pero no sé si a ellos les gustará la idea de un exorcismo.
-       ¿A quién se refiere con “ellos”, señor Alcalde?
-       Creo que el alcalde habla de los convidados, Monseñor. Tanto vivos como muertos, puesto que esta fiesta es muy popular entre los fieles ¿no es así, señor Alcalde?
-       Sí, en efecto. La mayoría de la gente del pueblo participa. También asiste gente de pueblos vecinos. Ellos podrían llegar a molestarse si se interrumpe la fiesta, ni que decir de los habitantes del cementerio.
-       Como lo había anticipado. Por eso es crucial mantener mucha discreción en este asunto para poder ir allí sin ninguna resistencia previa ¿Todos los habitantes participan de esa maléfica fiesta?
-       Bueno, casi todos, aunque hay un pequeño grupo de vecinos que rechaza la fiesta.
-       Creo que podríamos convocarlos para que asistan con nosotros ¿verdad Monseñor?
-       Si, Hermano Rafael. Ellos nos ayudarán a bendecir el lugar.
-       Monseñor…
-       ¿Si, señor alcalde?
-       ¿Qué sucede si me opongo a que ustedes interfieran en la fiesta?
-       Será usted excomulgado, señor Alcalde. Así de sencillas son las cosas. Ahora mismo estoy haciendo la vista gorda y ni siquiera he tomado en consideración que tamaño sacrilegio ha sido tolerado y aún promovido por su administración. Todos los que participan de la herejía deberían ser excomulgados también, sin embargo, luego de haberlo considerado largamente, no voy a llegar a este extremo pues entiendo que todo el pueblo ha sido engañado por esos maléficos seres.
-       Comprenda señor alcalde, que para Monseñor y para mí lo más importante ahora es combatir la posesión demoniaca. Luego Monseñor decidirá la penitencia que debe hacer el pueblo.
-       Señor Alcalde ¿Tengo su palabra de que no dirá absolutamente nada de lo conversado aquí?
-       Si, Monseñor. Prometo que no diré nada a nadie.
-       Muy bien. Monseñor y yo vendremos a recogerle media hora antes de medianoche que es la hora en que empieza la celebración en el cementerio. Entre tanto, le pediría que me dé el nombre de algunos de los vecinos que nunca participaron de la fiesta. He de organizarlos durante el día para que nos colaboren esta noche.
-       Por supuesto, padre Rafael. Haré llamar a don Juan, quién es el principal opositor a la fiesta.
-       Dejo todo lo referente a organizar a los fieles en sus manos Hermano Rafael. Buenos días, señor alcalde, hasta esta noche.
-       Buenas días, Monseñor.

Luego de dejar la oficina del alcalde. Monseñor Garnica se dirigió hacía la habitación que le habían preparado. Una vez allí, sacó de su equipaje un polvoriento volumen del Rituale Romanum y se puso a estudiar el capítulo sobre exorcismo. Más tarde, sacó de la valija el Summa Daemoniaca y el Exorcística y estuvo repasándolos junto a sus apuntes durante el resto del día, hasta que el Hermano Rafael vin0 a recogerle.

-       Monseñor, estamos listos. He organizado al grupo de fieles que está contra la fiesta demoniaca. Están todos allá afuera, esperándole.

Sin decir una sola palabra, Monseñor Garnica se puso la estola, tomó la mitra y el báculo y salió a la calle junto al Hermano Rafael y los fieles. Unos minutos más tarde tocaban la puerta del alcalde quien se puso nervioso al notar las murmuraciones de los fieles que acompañaban a los clérigos.

IV


… Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tu vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan. Prepararas una mesa….

            La fiesta había comenzado hace varias horas y pese a los esfuerzos de Monseñor Garnica, el Hermano Rafael y el grupo de fieles, el exorcismo no parecía tener ningún efecto.

…El enemigo me persigue a muerte, empuja mi vida al sepulcro, me confina a las tinieblas como a los muertos ya olvidados…

            Monseñor Garnica estaba frustrado, pues todos sus intentos parecían vanos. Al cabo de un rato, pidió a los fieles que tomaran un descanso y se sentó en la hierba a revisar sus libros. Mientras tanto, el Hermano Rafael estaba distribuyendo algo de comida a los fieles que les habían acompañado. Después de casi una hora, Monseñor Garnica guardó sus libros y se acercó al Hermano Rafael y le susurro al oído:

-       Creo que he hallado el porqué de nuestro fracaso hasta ahora. Hemos estado haciendo el exorcismo suponiendo que cada cadáver estaba poseído por un demonio, pero tengo la sospecha de que es solo un demonio el que está causando esto.
-       ¿Cómo podemos hallar a ese demonio?
-       Observando y preguntando a la gente. Comencemos preguntándole a ese viejo odre de vino que llaman alcalde. Creo que aún está lo suficientemente sobrio como para ayudarnos.

Después de algunos minutos el Hermano Rafael trajo del brazo al alcalde. Monseñor conversó con él y luego fue a decirle al Hermano Rafael que creía que podría manejar la situación por su cuenta pero que si necesitaba su ayuda le avisaría. Luego se dirigió al centro de la fiesta junto al alcalde. Al llegar allí, el alcalde señaló a uno de los cadáveres que usaba un vestido blanco destrozado por las polillas. El cráneo del cadáver apenas conservaba algo de piel, sobre todo en la cabeza, de donde se descolgaban unos hirsutos mechones negros. El muerto usaba un gran sombrero de paja decorado con algunas flores artificiales.

-       Buenos días de Dios. Soy el Obispo Rodolfo Garnica que ha llegado expresamente a detener esta herejía.
-       Buenos días, monseñor. Sea bienvenido a nuestra fiesta.
-       El Señor es mi Pastor, nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por…
-       Disculpe monseñor, pero creo que está perdiendo el tiempo al tratar de exorcizarme. No hay demonio alguno involucrado aquí.
-       …el sendero justo, por el honor de su nombre. Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tu vas conmigo…
-       Amén, Monseñor. Cuando termine su oración está usted cordialmente invitado a nuestra fiesta.

Luego de haber dicho esto, el cadáver se dio la vuelta y dejó sólo a Monseñor Garnica con sus rezos.

-       ¡Ah demonio! ¿Pretendes confundirme? ¡Pues Nuestro Señor es testigo de que no podrás hacerlo, porque su palabra me protege y soy su representante!

Monseñor Garnica hecho una buena cantidad de agua bendita que llegó principalmente al sombrero. El cadáver, se quitó el sombrero y lo observó.

-       Como verá Monseñor el agua bendita no tiene efecto alguno sobre mí o sobre cualquier de mis compañeros, porque todos hemos sido bautizados en su momento. De hecho, todos tenemos los sacramentos. Cuando estábamos vivos fuimos muy cuidadosos de cumplir con todos los mandatos de la Iglesia y ahora, pese a estar muertos, los seguimos cumpliendo.
-       ¡Pero ustedes están muertos! ¡No pueden estar caminando entre los vivos! ¡Esto es obra de la magia negra!
-       No hay magia de por medio aquí, Monseñor. Tan sólo un grupo de muertos que estaba aburrido de esperar el día en que todos debemos regresar de la muerte. Para muchos de nosotros ha sido bastante larga la espera y no crea que es fácil esperar ahí abajo con toda clase de alimañas comiéndonos las entrañas.
-       ¡Pero abajo es donde pertenecen! ¡Aquí arriba es sólo para nosotros, los vivos!
-       Nosotros decidimos salir una vez cada año porque esta situación nos parecía injusta. Cuando morimos ustedes lloran amargamente por nosotros y durante algún tiempo vienen a visitarnos. Sin embargo, en la medida que transcurre el tiempo, sus visitas se hacen cada vez más cortas hasta que un día nos olvidan por completo. Eso es aún peor mientras más pasan los años, porque finalmente nos condenan al olvido y nadie viene ya a visitarnos. Yo, por ejemplo, hace más de cien años que no he recibido visita alguna. Incluso mi lápida ha sido maltratada por el tiempo y ya ni siquiera puede leerse mi nombre.
-       Pero eso es natural. En la medida en que pasa el tiempo todos seremos olvidados. También me pasará a mi a su debido tiempo.
-       Eso es cierto monseñor. Pero ahora usted lo dice sin la más mínima preocupación porque aún no lo ha experimentado. Pero usted no ha experimentado lo que es la completa soledad. Tampoco tiene idea de la magnitud del olvido. Es convertirse en un ser incorpóreo que vaga por un lugar que existe al margen del recuerdo, de la imaginación o incluso de los sueños. Una vez ahí, lo poco de humanidad que queda va disipándose, haciéndose más difusa, hasta que llega el día en que uno olvida por completo quién fue y sabe que nadie podrá ayudarlo, porque ya nadie lo recuerda. Yo he estado ahí, Monseñor, donde toda esperanza es vana. Yo estuve ahí por una eternidad y he olvidado mi nombre, yo he olvidado quién fui. Es por eso que decidí salir cada año, para encontrar algún indicio que me ayude a recordar o al menos una señal que me sirva para inventar un recuerdo sobre mi misma.
-       Es una historia triste lo entiendo, pero aún así es un sacrilegio lo que están haciendo. Voy a excomulgarles.
-       Haga lo que quiera Monseñor. No nos importa en verdad. Estamos muertos ¿recuerda?
-       Entonces amenazaré a los vivos que participan de esta herejía. Ellos si recapacitarán.
-       Puede hacerlo Monseñor. Si continúan viniendo o no es decisión de ellos. Nosotros continuaremos haciendo esto cada año. Usted puede venir cuantas veces quiera, siempre será bienvenido a nuestra fiesta.

Los siguientes dos días, Monseñor gritó hasta desgañitarse amenazando a los vivos que participaban en la fiesta. Nadie le prestó atención. Sólo un convidado que estaba bastante borracho se molestó cuando Monseñor le zarandeaba y terminó golpeándole en la nariz. Poco a poco, los fieles que habían acompañado a Monseñor Garnica decidieron irse al ver la inefectividad del clérigo.
Cada año, durante las siguientes tres décadas, Monseñor Garnica volvia al pueblo tratando de hacer el exorcismo o para excomulgar a los participantes de la fiesta. Monseñor Garnica terminó obsesionándose con combatir aquella herejía y se dedicó a leer todo lo posible sobre exorcismo. En cierto punto comenzó a leer libros de magia negra y practicó extraños conjuros que ocasionaron que sea suspendido de sus funciones y amenazado con la excomunión. Pero a él ya nada le importaba, solo quería detener la fiesta de los muertos a toda costa.
Al cabo de unos años, la presencia  de monseñor Garnica se había vuelto familiar para los asistentes a la fiesta, al punto de que ya nadie podía imaginar la celebración sin su presencia tan pintoresca. El trigésimo primer año después de la primera visita de Monseñor Garnica llegó la noticia de su fallecimiento. Se guardó un minuto de silencio en su honor. La calavera del vestido blanco y el sombrero de paja, decidió no participar en la fiesta de ese año en señal de duelo.