sábado, 22 de noviembre de 2014

Exilio interior


¿Eres boliviano? – dijo la mujer y  me miraba mientras esperaba con ansiedad mi respuesta.
Salvador Dalí- La persistencia de la memoria (1931)
-       Si – contesté tímidamente
-       Lo supuse por tu acento ¿Eres de La Paz?
-       No, soy de Oruro, pero vivo en Santa Cruz.
-       ¡Santa Cruz! Bella ciudad, excepto por nosotros los collas que estamos invadiéndola.
No supe que decir, solo atiné a encogerme de hombros y seguí escuchando lo que me decía.
- ¿Qué haces aquí? ¿Trabajas?
-       Solo vine de vacaciones por unos cuantos días.
-       Yo vivo aquí casi 15 años. Lindo país, aquí se puede trabajar sin tanta huelga, ni protestas. Ya es hora de que alguien ponga orden en nuestro país. Extraño Cochabamba, pero ya me acostumbre a vivir aquí.

Al leer estas anotaciones en su diario, Julio recordó vagamente el rostro de la mujer y aquel día en la playa. Añoraba esos días y deseaba que volviesen. De repente el teléfono sonó y pensó que seguramente era la llamada que esperaba para poder escapar del país, antes de que la policía lo detuviese como a sus compañeros. Al poco rato, su hermana entró y le dijo que debía salir de inmediato. Le entregó un papel con las indicaciones que debía seguir para encontrarse con alguien que le ayudaría a comenzar su viaje.
Julio entró al cuarto de su madre. Ella estaba sentada sobre la cama. ¿Ya es hora? – preguntó. En silencio, se levantó para abrazar a Julio y rompió en llanto.
La hermana de Julio entró al poco rato, suavemente apartó a la madre de los brazos de Julio.
 – Debes irte ya, tienes que encontrarte con ese hombre a las nueve – dijo la hermana.
En el momento en que salía de la habitación el llanto de la madre se hizo más fuerte. Julio sentía que se le estremecía el alma.
Antes de salir a la calle se colocó una gorra y bajó la visera para cubrirse un poco el rostro. Pensó usar unas gafas oscuras pero consideró que con ello se vería sospechoso.  El día estaba soleado aunque algo frío. Calculó que caminando llegaría al lugar de la reunión en media hora si es que no tenía ningún retraso en el camino. Miró su reloj y eran las ocho, tenia tiempo suficiente.
Ya en la calle caminó sin demasiada prisa. Pensó que si caminaba con rapidez, alguien podría sospechar que estaba escapando. En las dos primeras cuadras no había gente así que eso le tranquilizó. Al llegar a la avenida vio que algunas tiendas estaban abiertas y pensó en comprar algo para comer. Desistió de su idea al pensar que ese podría ser un perfecto lugar para una celada.
Siguió caminado por unas cuantas cuadras más y de pronto quedó aterrorizado. Un camión militar pasó junto a su lado y se detuvo en la siguiente cuadra, frente a una casa. Varios militares saltaron del vehículo y se quedaron parados.
Julio no sabía que hacer. Quedó paralizado y pensó dar la vuelta para comenzar a correr, pero temió que le dispararán por la espalda. Tampoco servía quedarse parado ahí porque los militares pronto se acercarían. No le quedaba más opción que continuar caminando e intentar pasar desapercibido.

-       ¿Por qué dejaste Bolivia?
-       Por la dictadura de Barrientos, claro. Yo había comenzado la universidad y ahí conocí a un grupo de estudiantes que fueron mis mentores políticos. Al poco tiempo yo ya era muy activa en la organización. Pero llegó al dictadura y varios tuvimos que escapar del país.
-       ¿Estuviste presa?
-       No, salí del país justo a tiempo, cuando empezaron las detenciones. Estaban los escuadrones de la muerte ¿sabes? Varios de mis compañeros desaparecieron, otros fueron torturados. Irme del país fue una decisión difícil, pero cuando metieron presa a una de mis compañeras y no supimos de ella por casi una semana fue cuando tome mi decisión. Los padres de esta chica estaban desesperados pero nunca perdieron la esperanza de hallarla. Ella fue violada y quedó embarazada, nunca supe si tuvo o no al niño.
-       ¿Cuándo saliste de Bolivia viniste directo aquí?
-       No, estuve escondida en Uruguay por unos meses. Luego vine aquí, el lugar era tranquilo para vivir y decidí quedarme. Fue duro al principio porque luego de algún tiempo comencé a pensar sobre el motivo que me trajo aquí y estuve enfurecida conmigo misma. Pero bueno, ahora la cosa no esta tan mal en Bolivia.  De vez en cuando salen algunas noticias en el periódico, además hay aquí un comerciante que siempre viaja por allí y le pido que me traiga algunos diarios para estar algo informada. Pero claro, siempre los mismos problemas marchas, huelgas ¡Un caos! ¡Y todo sigue igual o peor aún! Es como decía ese escritor, Lampedusa creo que se llama, “cambiar todo para que nada cambie”. Eso es precisamente lo que sucede en ese país. En cambio aquí en este pueblecito todo es igual desde que llegué, por eso me gusta tanto estar aquí.

Tembloroso, Julio continuó caminando con la cabeza gacha hacia el camión militar. Al llegar a la esquina, uno de los militares lo vio y se acercó hacia él. – ¡Documentos! – gritó el militar. Julio se paró en seco y entró en pánico.
-       ¿Co..cómo?- dijo balbuceando
-       ¡Documentos dije! – gritó nuevamente el militar
Julio sacó temblando su identificación y se la dio al militar, quien se la arrebató y comenzó a observar la fotografía y a Julio.
-       ¿Qué llevas en la mochila? –
-       Ropa…solo llevo ropa.
-       ¡Ábrela y muéstrame!
Julio abrió lentamente la mochila y le mostró el interior al militar. Este comenzó a sacar las cosas y a botarlas a la calle.
-       ¡Así que solo ropa, carajo! ¿Qué es esto? – dijo mostrando el diario de Julio.
-       Es…un diario, mi diario.
-       ¡Así que este mariquita escribe un diario! – rugió.
Julio estaba paralizado, vio que otros dos militares también se aproximaban para ver que pasaba. De pronto, un golpe en el estómago le hizo caer de rodillas.
-       ¡A ver si con eso se te quita lo maricón! – gritó el militar y luego le dio una patada que hizo que Julio se desplomase por completo.
Julio se protegió el rostro instintivamente, pensó en que todo había acabado para él. De pronto sintió que lo sujetaban y lo levantaban. Eran los otros dos militares que lo tenían sujeto, mientras que el primer militar sostenía un revolver.
-       ¡Este país está jodido por gente como tú! ¿Hiciste al menos servicio militar?
-       Sí, hace dos años – contestó Julio con un hilo de voz mientras miraba que el militar seguía con el revolver en las manos. De pronto sintió otro golpe en el estómago.
-       ¡Carajo, pues se ve que no aprendiste nada porque no puedes aguantar ni un golpe!
Julio se sentía perdido. Pensaba que en cualquier momento le iban disparar y que moriría ahí mismo en la calle. El militar seguía hablando, pero no entendía nada. Solo un extraño zumbido en los oídos. Los otros dos hombres le seguían sosteniendo con fuerza.
De repente, desde el interior de la casa donde estaba parado el camión salió un grupo de militares que llevaban a un hombre retenido, tenía la cabeza encapuchada. Lo subieron rápidamente al camión y uno de los militares hizo señas a los que estaba con Julio. Al soltarle, Julio se desplomó al piso y no supo cuanto tiempo quedó tendido ahí.
Después de un rato, recuperó la conciencia y se puso en pie. Vio todas sus pertenecías tiradas en el piso, incluyendo su diario y la identificación. Guardó todo y siguió caminando. Faltaban 20 minutos para las nueve.Pese a que le faltaban unas cuantas cuadras, Julio sintió que cada paso que daba lo alejaba aún más de su destino. Camino sin mirar a nadie directo a la cara, por miedo a encontrarse a algún conocido que pudiese hacerle demorar más.
Llegó a las nueve en punto. Había un taxi estacionado, dentro un hombre que miró a Julio con detenimiento. Se subió al asiento trasero y dijo la frase pactada para que el hombre se diese cuenta quien era.
El hombre encendió el coche y se marcharon.

-       ¿Volviste a Bolivia en algún momento?
-       Si, regresé cuando mi padre falleció, hace cinco años. Estuve como un mes y luego regresé.
-       ¿Nunca pensaste en regresar a vivir en Bolivia?
-       No, es que esto del exilio ¿sabes? En realidad, es el hecho de vivir afuera, sea de manera forzada o por decisión propia, te cambia. Si, te cambia no solo físicamente, sino en el alma. Poco a poco vas perdiendo esos lazos que te unen con tu país, difícil de explicar. Todo se te va haciendo ajeno y en algún momento te das cuenta que eres un extraño en tu propia tierra.
-       Creo que yo no tendría ese problema. Por muchos años que estuviese afuera, volvería tarde o temprano a Bolivia.
-       Eso es fácil de decir, pero estar en el extranjero es algo que te cambia por completo. Yo te conté que regresé hace cinco años por lo de mi padre, pero no te dije cómo me sentí allá. Pese a que crecí en esa casa y que conocía todo el barrio como la palma de mi mano, cuando llegué me costó orientarme. El barrio cambio mucho en todo este tiempo, nuevas construcciones, nueva gente. Había una pequeña tienda en mi cuadra, al llegar no estaba allí y para mí fue como sentir que perdí una parte de mi niñez. ¿Qué te queda entonces? En mi caso refugiarme en mis fantasías, inventarme un mundo en el cual nunca dejé mi hogar.
Después de decir esto, la mujer quedó en silencio. Estaba ensimismada, mirando a la calle y parecía como si no se diese cuenta que yo estaba allí a su lado. Yo, incomodo por su prolongado silencio,  me despedí y salí. La mujer no dijo nada, creo que no escucho cuando me fui o quizás nunca se dio cuenta de mi presencia y tuvo una charla consigo misma.

Julio bajó del avión y tomó enseguida un taxi. El tráfico era terrible a esa hora, por lo cual se demoró más de lo que había previsto. El barrio estaba irreconocible, varios edificios estaban en lugares donde Julio recordaba que habían casas.
La casa de la madre estaba igual que siempre, aunque la habían pintado de un color diferente. Tocó el timbre y al poco rato salió una anciana que se quedó mirándolo en silencio. Julio tardó unos segundos en darse cuenta que era su madre. La abrazó y ambos comenzaron a llorar. Al poco rato salió su hermana que estaba irreconocible, ya era una mujer y no la adolescente que Julio recordaba. Ella traía en sus brazos a un niño que tendría como 8 meses.
-       Es tu sobrino Fabián, es el menor – dijo la hermana.
Julio miró con curiosidad al bebé. Le tomó una de las manitas y la besó.
-       Pasa, pasa. Estarás cansado y hambriento, te preparé tu platillo favorito – dijo la madre mientras tomaba una de las maletas de Julio.
-       Mamá, deja que yo meto las maletas – dijo Julio pero la madre ya estaba dentro.
Julio y la hermana entraron. Apenas pudo reconocer la casa por dentro, habían cambiado tantas cosas, aunque aún habían muchos objetos que permanecían ahí. Vio el viejo espejo heredado por la madre y se miró en el. Pese a que a diario se miraba para afeitarse, por unos segundos vio a un extraño en el reflejo, porque buscaba ver su imagen de juventud.
La madre les llamó para cenar. Julio se sentó en la mesa y comió poco. La madre y la hermana comenzaron a hacerle varias preguntas y le contaron sobre eventos y personas que Julio apenas recordaba. Sin embargo, Julio estaba sentado ahí, respondiendo como un autómata perdido en sus pensamientos. Cuando retornó a la realidad, se dio cuenta que estaba sentado frente a personas que desconocía.