lunes, 4 de agosto de 2014

Diario de un septuagenario


Vincent Van Gogh - Anciano afligido (1890)
En el pasado a quién estallaba en llanto, sin motivo o razón aparente, se le consideraba poseedor de una portentosa sensibilidad, la cual solo estaba reservada para el esteta, para el poeta. En cambio, en estos tiempos a quien lo haga se le considerara neurótico, se le medicará, se le encerrará y lanzará la llave lo más lejos posible.

¿Qué tiempos nefastos me ha tocado vivir donde ya nadie es capaz siquiera de pensar en morir de amor?

 I

Con estas líneas Miguel consideraba que por fin había terminado de escribir sus memorias. No era la primera vez que daba por finalizada su labor, al cabo de algunos días releía al azar alguna sección y aumentaba algo nuevo o la reescribía por completo. Ya casi habían pasado dos años de que comenzara a escribir y nunca se daba por satisfecho.
Escribir sus memorias se había convertido en una obsesión que a veces le llenaba de ansiedad. Al releer algunos pasajes no estaba seguro si había descrito con detalle aquellas vivencias, más aún si se trataba de su juventud. En ocasiones ni siquiera estaba seguro si aquellos hechos había ocurrido realmente y  dudaba si en eran ciertos o si se los había inventado asumiéndolo como ciertos o si en realidad no eran las anécdotas de alguien a quien ya había olvidado.
Ya con casi 79 años cumplidos, a Miguel lo asaltaba el temor de morir antes de poder terminar aquel libro y peor aún, si algún editor iba a interesarse en ellos ¿A quién le pueden interesar los recuerdos de un viejo que no ha hecho nada especial en su vida? Se decía a si mismo en ocasiones, cuando estaba turbado. Escribir aquel libro de alguna manera le hacia perder el temor a la muerte e imaginaba que aquel trabajo le permitiría pasar a la posteridad.
Es por ello que trataba de mezclar sus recuerdos con la mayor cantidad de datos históricos, incluso a veces usando noticias que extraía de los viejos recortes de diario que había coleccionado en un álbum casi toda su vida. De esta manera, en su escrito desfilaban referencias a familiares, políticos, dictadores, personalidades y hechos como las crisis económicas de las que había sido testigo durante toda su vida.
Tampoco se había decidido por el título.  Hasta ahora en lo único que había pensado es en titularlo “Diario de un septuagenario: historia de un país”. Sin embargo, el nombre no le parecía que pudiese llamar la atención de algún lector, por más ávido que estuviese por conocer el país a través de los ojos de un anciano. Al fin y al cabo, pensaba, solo había trabajado en la fábrica de jabones por casi 50 años y lo único especial que había hecho todo ese tiempo era ser nombrado secretario de deportes y participar de las huelgas, sin más papel que su adhesión a las mismas.
Guardo la última página escrita en el cajón del escritorio y dejó su cuarto. Salió al patio del asilo donde se encontraban los otros ancianos tomando el sol, leyendo el periódico o mirando al jardín donde de vez en cuando revoloteaban algunas aves.
Miguel se desplazaba con la ayuda de un bastón, las reumas que le atacaban desde hace algunos años le impedían caminar con facilidad. En su juventud fue una persona bastante activa, atlética y muy sana, al punto de que casi nunca necesito visitar a un médico. Sin embargo, cuando tenía 60 años sufrió un preinfarto, a partir del cual su salud se vio minada. Para Miguel aquel preinfarto había sido el momento en el cual cayó en cuenta de su edad. A partir de ese momento, fue como si su cuerpo se hubiese hecho consciente de su verdadera edad y varias enfermedades comenzaron a atacarle, minando su salud de a poco. Primero fueron las reumas, luego problemas gástricos y hasta simples resfríos se convirtieron en pulmonías.  
Ya con 70 años, llegó el día en el cual su hermana menor le había dicho que quizás era mejor que se inscriba en una casa de retiro y que aprovechara el dinero de la jubilación y sus ahorros en el banco para tener una atención adecuada, puesto que a ella le era imposible ir a verlo al otro lado de la ciudad con frecuencia. Miguel vio así que su vida se fue transformando de a poco. Vendió el coche y el pequeño departamento que estaba muy deteriorado, se deshizo de casi todas sus cosas y solo guardó algunas mudas de ropa, fotografías, los mencionados álbumes con los recortes, algunos libros y todo aquello que pudo caber en sus dos maletas. Al poco tiempo se encontraba ya en aquel asilo y por más que había pasado casi 9 años, nunca se acostumbró del todo a aquel sitio.
Miguel siempre fue algo huraño y tuvo pocas amistades. Ahora se encontraba solo pues casi todos sus amigos habían fallecido o se encontraban lidiando con su propia vejez.
Nunca tuvo hijos. Amó a muchas mujeres a lo largo de su vida, pero su natural misantropía le había impedido decidirse a formar una familia con alguna de ellas. Al cabo de un tiempo, aquellas mujeres a las que amó, se alejaron formando sus vidas lejos de Miguel. Él, sin embargo, aún recordaba sus labios, el olor de su pelo y la tersura de sus pieles, aunque se daba cuenta que había olvidado sus voces.
Miguel caminó lentamente hacia el jardín. Uno de los enfermeros se acercó hacia él y le preguntó si había tomado ya sus pastillas. Miguel asintió y vio que el enfermero no quedó del todo convencido, por lo cual le recordó que era necesario que se las tome si quería estar “sano como un muchacho”.
A Miguel le molestaba la condescendencia con las que los enfermeros trataban a los ancianos, incluido él. Si bien entendía que muchos de sus compañeros ya no podían valerse por si mismos, especialmente los que sufrían de Alzheimer o de senilidad, ese no era su caso. Odiaba en verdad que le tratasen como un ser desvalido, incapaz de hacer las cosas por si mismo.
En el jardín se encontró con Zacarías, anciano 5 años menor que él, con quien había entablado algo similar a una amistad. Sin embargo, hablar con Zacarías no siempre le era grato, especialmente cuando este venía a contarle que había recibido alguna carta de su hijo que vivía en la capital o cuando le anunciaba que este le visitaría. Para Miguel los días de visita, especialmente las festividades, le representaban un dolor inmenso porque su hermana raramente venía a visitarle y cuando lo hacía llegaba con alguno de sus nietos que no estaban interesados en lo más mínimo en aquel viejo tío-abuelo.
Miguel y Zacarías se sentaron en una mesa. Zacarías sacó el tablero de ajedrez y comenzaron un juego que terminó minutos antes de la hora de almuerzo, con victoria de Miguel. Zacarías se jactó de del triunfo, diciendo que aquella era la treintava victoria del mes frente a tan solo 5 veces que Miguel le había derrotado.
Como de costumbre, Miguel comió muy poco y si terminó de comer era por la insistencia de una de las enfermeras. Al llegar a su habitación, Miguel se sintió mareado y a los minutos fue a vomitar, la comida le hizo daño nuevamente. Se cepillo los dientes y se acostó, comenzó a soñar.


II

Hola miguel – dijo el niño.
¿Dónde estoy? ¿Quién eres? Yo estaba en el asilo ¿Quién me trajo acá? – dijo Miguel sobresaltado.
¿Qué no te acuerdas? – dijo el niño con una sonrisa- Esta es la casa donde viviste desde tus 5 a los 8 años. Séptima calle No23
¿Cómo llegue aquí? ¿Quién eres tú? – dijo Miguel tomando al niño del brazo.
¿Acaso no te reconoces a ti mismo cuando tenías 6 años? ¿Qué también ahora vas a olvidarte de ti mismo?- Espetó sombrío el niño.
Miguel se puso pálido y dijo ¿Es que estoy soñando acaso? ¡No juegues conmigo mocoso! ¡Dime quién eres y cómo llegue aquí si no quieres que te jale una oreja!
El niño se soltó el brazo con enojo y respondió: ¿Qué más da si es que estás soñando, si viajaste en el tiempo o si por fin moriste? ¿Acaso no te basta con visitar un lugar que fue parte de tu vida y que te hizo lo que eres? Ven asómate a la ventana ¡Silencio! Solo mira y calla.
Miguel se asomó a la ventana. Dentro había una mujer sentada al teléfono, era su madre. El anciano se estremeció. Mientras tanto, el niño tocaba la puerta con desesperación, la mujer dejó el teléfono y salió corriendo.
¡¿Qué sucede Miguelito?! ¿Quién es este señor? – dijo la mujer- El niño se puso a llorar y entró corriendo a la casa.
Miguel se quedó turbado viendo a su madre, un hilo de voz escapó de su garganta: ¿Ma..Ma..Mamá?
La mujer gritó todo alterada: ¿Quién es usted? ¿Qué le ha hecho a mi hijo?
Miguel contestó: Nada, yo no le hecho nada…mamá ¿No me reconoces? ¡soy Miguel! ¡Tu…tu..tu…hijo!
Enfurecida, la mujer grito nuevamente: ¿Pero que acaso estás loco, viejo? ¡Voy a llamar ahora mismo a la policía!
Desde adentro de la casa se escucho la voz de un hombre que decía: ¿Adelaida? ¿Qué sucede? ¿Por qué está llorando Miguelito? ¿A quién gritas?
Miguel trató de meterse a la casa mientras decía: ¿Papá? ¿Papá eres tú? ¡Soy yo, Miguel tu hijo! ¡Papá, no pasa nada es mamá que no me reconoce!
La mujer chillo y empujó a Miguel fuera de la casa, quien cayó a la calle. La puerta se cerró de sopetón. Miguel se levantó adolorido, miró furtivamente por la ventana que la mujer tomaba el teléfono y gritaba alterada, mientras el hombre trataba de calmarla para entender que sucedía.
Miguel se dio cuenta que corría peligro. Se apresuró en alejarse y al llegar a la esquina miró que sucedía. Al poco rato, el hombre salía de la casa para mirar alrededor. Miguel no se había equivocado al reconocer la voz, era su padre.
El anciano consideró la situación y decidió marcharse lo más rápido que le permitían sus piernas. Al cabo de caminar un par de cuadras, viró a la derecha y se disponía a seguir caminando cuando sintió que alguien le cogía de la ropa.
¡No he hecho nada! ¡Déjenme ir por favor! ¡Soy solo un anciano que pasaba por ahí! ¡El niño comenzó todo! ¡Quería confundirme diciendo que él era yo hace muchos años!
¿Aún no me crees que soy tú? Dijo una vocecilla. Miguel tornó la cabeza y vio nuevamente al niño que sonreía macabramente.
¡ah! ¡Eres tú condenado chiquillo! ¡Mira en los líos que me has metido por mentirme! ¡Aléjate de mi si no quieres que te dé un coscorrón! – gritó Miguel mientras blandía su bastón como si estuviese siendo atacado.
El niño corrió algunos metros mientras reía. Comenzó a tirar guijarros a Miguel, quien por más que se esforzaba no podía alcanzar al niño. Al cabo de unos metros, Miguel se sentó muy agitado en el borde de la acera. El niño se acercó al anciano guardando una prudente distancia.
¡Condenado rapaz! ¡Por tu culpa voy a tener un infarto! – dijo Miguel agitado-
¡Pobre y miserable anciano! – dijo el niño – ¡Mira en lo que nos has convertido! ¿Acaso no puedes ver la piltrafa humana que eres? ¡Me siento mal con tan solo verte! ¡Jamás quiero ser tú!
Miguel enfurecido contestó: ¿Por qué sigues diciendo que tu y yo somos la misma persona? ¿Por qué quieres jugar conmigo? ¿Acaso te divierte ver el sufrimiento de un anciano que ni siquiera conoces?
Dicho esto, Miguel sintió que le dolía el pecho. Estaba a punto de darle un paro cardiaco. Comenzó a respirar con agitación.
El niño se acercó y le dijo al oído: ¿Es así como vamos a terminar? ¿Muertos en la calle como un vagabundo? ¡Ya no siquiera intentas luchar! ¿Qué has hecho de mi anciano? ¿En qué despreciable ser voy a volverme? Mira, ya llegan papá y mamá con un policía. Vamos a morir en una húmeda y sucia celda, en eso me has convertido.
Miguel casi no podía contestar, todo se había vuelto borroso y confuso. Sintió una mano agarrándole del hombro y agitándole.
¡Despierta Miguel, despierta! ¡Estás teniendo una pesadilla hombre! – dijo Zacarías.
Miguel abrió los ojos. El techo manchado por la humedad le era familiar, estaba en el asilo. Aquello no había sido más que una pesadilla.


III

Miguel y Zacarías jugaron un par de partidas que les tomó casi toda la tarde. Zacarías ganó nuevamente, Miguel no estaba concentrado en el juego.
Al finalizar, Zacarías dijo a Miguel que le acompañara a su habitación antes de la cena, porque quería enseñarle algo. Miguel casi estaba seguro  delo que sería y acompaño a su amigo con cierto desgano.
Zacarías abrió el cajón de su velador y sacó un sobre. Lo abrió y enseñó unas fotos a Miguel.
-       Mira Miguel ¡Que grandes y hermosos están mis nietos! ¿No te parece?
Miguel asintió y no dijo nada. Ya había visto varias veces aquellas fotos.
-       ¡Mira a Ivancito! ¡Cada día más grande e inteligente! ¡Se parece tanto a mí cuando tenía su edad! ¡Tiene los mismo ojos de su padre y de mí! ¡Es imposible no darse cuenta que es mi nietito!
Miguel miró sin atención las fotos, todo por cortesía. Ya había visto tantas veces a aquellos niños rechonchos y horribles y escuchado siempre las mismas historias sobre ellos, que eran los mejores estudiantes de la escuela, que eran niños muy bien educados, que cada semana le mandaban una carta al abuelo…
-       Eh…si… ¡Vaya grandes que están! – dijo Miguel todo distraído sin siquiera prestar atención a sus propias palabras - ¿Y cómo se llaman?
-       ¡Pero si te lo he dicho tantas veces, hombre! – respondió Zacarías mirando azorado las fotografías – ¡Ivancito es el mayor y la niña se llama Alexa!
-       ¡Oh! Lo había olvidado – dijo Miguel indiferente, mientras miraba la puerta aunque no se animaba a salir, por respeto a su amigo - ¿No crees que ya estarán sirviendo la cena?
-       ¡Espérate un momento, viejo cascarrabias!- dijo emocionado Zacarías - ¡Yo sé bien que te he mostrado varias veces estas fotos! A diferencia tuya, yo sí tengo una buena memoria. Si te traje aquí era para mostrarte esta otra foto ¿Recuerdas que te hable de mi hija Sara? ¿La que vive en Sídney? ¡No, claro que no lo recuerdas! ¡Si hasta hay veces que siento estar hablando a la pared cuando lo hago contigo! Sara es mi hija menor, acaba de tener a su bebé ¡Es una niña hermosa! ¡Mira! ¡Me mando unas fotos suyas!
-       ¡Oh, si! ¡Sara! – respondió Miguel con falso interés -¡Por supuesto que recuerdo que me hablaste ella!
-       ¡Voy a tragarme esa mentira tuya nada más porque estoy muy emocionado por mi nueva nietecita! ¡Además, Sara me escribió diciéndome que me visitará para fin de año para que conozca a la niña! Solo está esperando que crezca un poco para poder hacer tan largo viaje!
-       ¡Oh, si claro! – dijo Miguel aburrido, mientras se levantaba para marcharse-¡Por supuesto, que los niños pequeños no pueden viajar tan largas distancias porque es peligroso para su salud! Es mejor que tu hija espere a que crezca la pequeña…Por cierto ¿cómo se llama tu nieta?
-       Olga, la pequeña Olguita – respondió Zacarías sin quitar la mirada de la fotografía.

Un escalofrio recorrió la espalda de Miguel. Apresurado, dejó el cuarto de su amigo y se dirigió hacia su habitación. ¡Olga¡ ¡Olga! ¿Cómo pude olvidarme de ella? – se dijo a si mismo. ¡Mi primer amor! ¡Mi primer beso! ¿Cómo borré a Olga de mi memoria? ¿Cómo es que no he escrito nada sobre ella?
Al llegar a su habitación comenzó a buscar agitadamente entre las hojas que había escrito. No encontró la menor referencia de ella. Comenzó a recordar, pequeños atisbos de hacía tantos años. Sensaciones, olores, todo comenzó a tomar claridad, cómo si hubiese ocurrido ayer. Sacó su máquina de escribir y comenzó a redactar.
Miguel no había escrito ni una línea cuando entró una enfermera. Le dijo que era hora de la cena y que debía ir. Miguel se negó rotundamente aduciendo que tenía trabajo pendiente y que eso era más importante ahora. La enfermera insistió, pero Miguel no hacia caso.
La mujer quiso retirar la maquina de escribir para evitar que el anciano siguiera escribiendo. Miguel se enfureció y comenzó a golpear con el bastón a la enfermera, luego tomó lo que tuviese a mano y lo arrojó a la mujer, quien salió apresuradamente.
Al cabo de unos minutos la mujer volvió acompañada de dos enfermeros. Miguel se ofusco y quiso golpearlos con el bastón. Todo se salió de control.
Al cabo de unos minutos de forcejeó, Miguel agotado ya, no paraba de dar puntapiés a los enfermeros, quienes finalmente lograron controlar al anciano y lo tendieron en la cama. Miguel injuriaba a los dos jóvenes, mientras tanto la enfermera  sedó a Miguel. Al poco tiempo el anciano caía en un sopor incontrolable. Quedó dormido después de unos minutos.
Al día siguiente, Miguel apenas recordaba lo sucedido la noche anterior. Había olvidado a Olga.