martes, 27 de enero de 2015

Entrevista a un muerto


La siguiente historia podrá parecer inverosímil, pero sustento mi relato en lo que queda de mi
Jean-Antoine Watteau - La comedia italiana (1716)
probidad, ahora tan maltrecha por tanta difamación. Pero antes que comience mi historia, simplemente deseo señalar que fui un estudiante de periodismo destacado en la universidad, consiguiendo muchos lauros en esta etapa y graduándome con los más altos honores. Al finalizar mis estudios, recibí ofertas de algunos de los más reconocidos periódicos del país, quienes se habían interesado por mi persona por la repercusión que tuvo mi tesis en los círculos académicos y en el campo del periodismo de investigación. Comencé a trabajar en el periódico más importante del país (por cuestiones estrictamente legales me veo en la necesidad de omitir el nombre del diario y nombres de personas) y destaque inmediatamente, logrando ganar varios premios nacionales e internacionales por mis reportajes.
Hago referencia a todo lo anterior no en aras de influir sobre quien lee estas líneas, sino para demostrar que el relato al cual voy a referirme es real, porque jamás en mis años profesionales inventé o alteré la información que obtenía para mis reportajes.
La historia que a continuación detallaré ocurrió hace como tres años, cuando estaba por dar un nuevo giro en mi carrera profesional con tan solo 25 años, pues varios matutinos internacionales habían ofrecido contratarme. La historia que contaré sucedió precisamente en esta época y después que la redacté para publicarla en el diario, el jefe de redacción censuró mi reportaje tachándolo de “delirio”. Por supuesto que reclamé y el problema llegó a los altos mandos y la respuesta fue nuevamente la misma: no se iba a publicar.
Recurrí al campo jurídico y demandé al periódico, apoyado por un equipo de tinterillos que ahora me arrepiento de haber contratado. El juicio duró varios meses y me amparé en argucias legales como mi derecho a la libertad de expresión, a la investigación, a la crítica y el comentario y otros. Por supuesto, perdí el pleito porque, al fin y al cabo, yo era un simple periodista tratando de enfrentar a una corporación de medios de comunicación con capacidad de comprar hasta el último juez en el país. A eso se vino la deuda por las cuentas de mis abogados, que me dejaron literalmente en la calle.
Finalmente, el diario se ensaño conmigo y evitó que otros periódicos oficialistas y alternativos publiquen mi historia, no solo sobornado o amenazando a sus directores, sino también con la campaña de desprestigio que se inició contra mi. De esta manera, en la actualidad de ser una de las promesas rutilantes de mi generación, ahora no soy más que un chiflado que carga consigo una historia de fantasmas.
Sin embargo, lejos de desanimarme he decidido publicar mi historia en este blog, porque creo que el espacio virtual, aún lejos de las garras de las corporaciones periodísticas, me permitirá llegar a público alrededor de todo el mundo, para que lean un reportaje que podría haber cambiado nuestro entendimiento sobre la muerte, si tan solo se hubiese publicado. Pero bueno, sin más preámbulo comenzaré con la historia.
Era principios del mes de noviembre del 2011 y, como mencione, yo estaba trabajando para un diario. Pese a que obtenía un buen salario, mi compromiso social y ambiental – que arrastró desde mi infancia – había evitado que compre un coche y por lo general me movilizaba al trabajo caminando, pues este no estaba más que a algunas cuadras de mi apartamento. Al hacerlo, me veía obligado  a atravesar una pequeña plaza que la gente había comenzado a llamar pequeña Italia, pues se decía que muchos años atrás la comunidad italiana de la ciudad, aun muy pequeña, solía reunirse ahí los fines de semana.
Había cruzado tantas veces por esa plaza que se me hizo tan familiar que pasaba sin mirarla o a la gente que transitaba por allí. Sin embargo, todo esto cambio cierto día en que tropecé y mis huesos dieron estrepitosamente con el suelo. El dolor impidió que me incorpore con rapidez y cuando me hube levantado busqué la banca más próxima para sentarme y recuperarme.
Dicho y hecho me acerqué hacia una de las bancas que estaba apenas a 5 metros míos y advertí que un sujeto estaba sentado dando de comer a las palomas. El hombre, sin inmutarse, continuó arrojando migajas a las aves y parecía no verme ni siquiera cuando me senté junto a él.  
-       Tremendo porrazo que me di ¿eh? – dije avergonzado para salir del paso, pero el hombre no contestó.
-       Espero no haberme lastimado nada, odio los médicos y no quisiera tener que visitar uno. Por otro lado, llegaré tarde al trabajo, pero no importa ¿Le gustan los médicos a usted? – el sujeto continuó en silencio.
-       Bueno, creo que podré caminar. Ya se me pasó el dolor. Ahora discúlpeme porque tengo que irme al trabajo.
Irritado, abandoné el lugar pensando lo fácil que  es toparse con personas maleducadas. Sin embargo, celebre para mis adentros la perfección de mis modales frente a tan extraño sujeto, no habiendo perdido la flema en ningún momento, pese a su clara mala educación. Durante el resto de la tarde no pude sacarme al individuo de mi cabeza y comencé a sentir una profunda antipatía por él, pese a que ni siquiera lo conocía.
Los siguientes días mi enfado contra él comenzó a crecer porque me di cuenta de algo que no había advertido: el hombre estaba siempre sentado en el mismo lugar cuando yo pasaba. Mi enojo poco a poco se convirtió en curiosidad y, a partir de ese día, comencé a observarlo con detenimiento hasta darme cuenta de algo: el sujeto siempre estaba ahí a la misma hora alimentando a las palomas, sin el menor signo de apuro por ir al trabajo. Como buen periodista, comencé mis conjeturas y establecí dos hipótesis, una más verosímil que la otra: era un desempleado – el país no salía de su recesión – que agotado y desanimado por la falta de trabajo, había decidido pasar los días en la plaza, quizás mintiéndole a la esposa diciéndo que salía a buscar trabajo. La segunda hipótesis, muy poco probable, es que era uno de esos tipos que se había hecho rico con la especulación de combustible a principios del milenio, por lo cual ahora disfrutaba excéntricamente de su riqueza alimentando aves. Descarté esta última hipótesis al observar como iba vestido: ninguna señal de que usase ropa más cara que la mía y tampoco de ningún guardaespaldas, como acostumbran a tener los magnates.
El lector se preguntará porque no inicié esta narración describiendo físicamente al sujeto, como suele hacerse en este tipo de reportajes. La razón es sencilla y tiene relación con la observación de su vestimenta: sus rasgos faciales no denotaban ninguna particularidad fenotípica e incluso a simple vista parecían opacos. Este hallazgo hizo que me interese aún más por el sujeto.
Con el pasar de los días, mi curiosidad y, por que no decirlo , mi olfato periodístico comenzaron a crecer y dije al jefe de redacción que estaba tras una historia interesante y que por ello mi presencia en el periódico sería intermitente. Mi jefe, consciente de mi laboriosidad y sensibilidad por las buenas noticias, no chistó a la hora de darme el permiso requerido.
De esta manera, comencé a frecuentar la plaza y a diario me sentaba junto al sujeto, tratando de establecer una conversación con él. Todo fue en vano por al menos dos semanas, pero mi tenacidad no me permitió rendirme e intenté imitarlo para agradarle, alimentando también a las palomas. Hice lo mismo durante varios días hasta que, por primera vez en mi vida, perdí la paciencia al no poder obtener respuestas de mi interlocutor. Tiré la bolsa de migajas, me levanté y estaba a punto de marcharme cuando el hombre dijo:
-       No les des tantas migajas de una sola vez. Estas aves suelen comer hasta morir.
Quedé pasmado por su comentario y, por primera vez, no supe que contestar. El individuo me dijo entonces que volviese a sentarme y dijo:
-       Me has estado hostigando por varios días ¿Qué quieres de mí?
Con una mezcla de sorpresa ante la pregunta, solo atiné a decir que buscaba saber que hacía ahí, si cada día que se sentaba en la plaza obedecía a una frustración ante la escasez de empleo que azotaba la nación. El hombre rompió en una carcajada que me erizó hasta el alma.
-       ¡Empleo! ¡Menuda ocurrencia! Ya me veo yo en mi actual estado buscando un trabajo ¿Qué tendría que hacer? ¿Espantar mocosos en una de esas casas del terror en la feria de la ciudad?
Pregunté al sujeto si al decir “estado” se refería a su desempleo. Calló por varios minutos y pensé que no iba a volver a hablarme hasta que dijo:
-       Si te dijera que con la palabra “estado” me refiero a que estoy muerto ¿me creerías?
Negué con la cabeza, mientras en mi interior pensaba que mis dotes periodísticas habían fallado por primera vez y que estaba entrevistando a un loco. Traté, sin embargo, de sacar el mayor provecho de la situación y me imaginé un reportaje que hablaría sobre la clase desposeída a partir del relato de una persona insana marginada totalmente del sistema económico. A pesar de todo, me dije a mi mismo, loco o no sacaría un interesante reportaje de aquella situación. Él respondió:
-       Te ves muy joven, aunque aparentas más años por tu forma formal de vestir y por esas horribles gafas que llevas. Imagino que eres uno de esos niños que tratan de actuar cómo mayores desde que son muy pequeños para lograr reconocimiento en esos círculos de la adultez que parecen inaccesibles cuando eres un niño. En todo caso, creo que para ser tan joven eres muy incrédulo, aunque considero que esa incredulidad es solo una fachada que pones.
Pese a que me molestó el comentario – siempre he tenido un gusto exquisito por la moda y si decidí juntarme con gente mayor fue porque las conversaciones de mis congéneres me aburrían– le pregunté quién era y porqué iba allí todos los días. Él, sin inmutarse siquiera por mis preguntas, continuó hablando:
-       Y encima eres impaciente. Típico de la juventud, andar a prisa como si la juventud se les fuese a ir en un suspiro. Te preguntaré de nuevo ¿Me creerías si te digo que soy un fantasma?
Esta vez negué en voz alta y me dije a mi mismo que no me iba a dejar intimidar con ese loco. La entrevista saldría aún a pesar suyo. Pregunté algo, no recuerdo exactamente qué, pero el siguió con su alocución.
-       Mira, quizás en otras circunstancias y considerando tu actitud grosera habría dado por terminada la entrevista. Pero no lo haré porque me divierte hablar contigo y hoy quiero enseñarte algo que seguramente te bajará del pedestal, o jaula más bien, a la que ya te has acostumbrado. Lo cierto es que aunque toda tu racionalidad quiera negarlo, tienes frente a ti a un tipo muerto hace varios años ya.
Dije entonces que si era verdad que estaba muerto, me lo demuestre en ese instante. Él calló por un buen rato y creí que mi razón había triunfado sobre su locura, por lo cual me sentí orgulloso de estar retomando el control de aquella entrevista. Justo cuando abría la boca para hablar, el sujeto me interrumpió y continuó hablando.
-       Claro que puedo demostrarte, pero sería muy fácil para ti e incluso doloroso, es decir, quiero que dejes tu escepticismo de forma gradual y que cuestiones tus propias creencias. Yo podría volar o desaparecer frente a tus ojos e incluso tomar posesión de tu cuerpo por unos segundos, sin embargo, no lo haré porque temo que huyas despavorido.
Sin prestar mucha atención a lo que me decía. Bombardeé con preguntas tales cómo donde vivía, si tenía familia, si usaba algún tipo de medicación y muchas otras preguntas que termine hilando atropelladamente: comencé a sentir un ligero temor que se apoderaba muy lentamente de mi cuerpo. Él continuó:
-       ¿Sabes tú la diferencia entre estar vivo y muerto? Al menos en mi caso, prefiero ser un difunto ¿Sabes por qué? Por una sencilla razón: nunca me llevé bien con los vivos. Desde chico fui el raro de la escuela ¿sabes como es eso? Seguro que sí, porque imagino que tu también eras como yo cuando pequeño: solitario y ligeramente más inteligente que otros, por lo cual tu soledad se convirtió en arrogancia. Pues bien, cuando crecí la situación no fue muy diferente para mi y siempre era considerado un tipo extraño, aún por mi familia. Eso me llevó a vivir una especie de reclusión, busqué un trabajo en el cual pudiese trabajar con una computadora y con el menor contacto posible con otros seres humanos. Siempre me gustó la soledad, pero como todo ser humano a veces necesitaba con desesperación el contacto con otras personas. La soledad en extremo puede llevarte a situaciones de desesperación ¿Has comenzado a llorar alguna vez sin tener el menor motivo?
Asentí en silencio. El continuó:
-       Pues bien, en mis últimos años mi soledad se acentuó. Sentía como si el mundo si hubiese olvidado de mi por completo. No recibía llamadas, ni cartas y solía salir muy poco a la calle, solo para hacer cosas puntuales. Pero llegó un momento en que la soledad se me hizo insoportable por un hecho que ocurrió poco antes de mi muerte. Clamé por ayuda, busqué a mis viejos amigos y hable con mi familia, pero cuando les contaba sobre ello me tachaban de imaginativo e incluso no faltó quien me dijese loco. Me aislé mucho más al no encontrar atención alguna ¿Cómo explicártelo? Eran como gritos mudos desde alma que pedían ayuda, comprensión, afecto, pero nadie me tomó en cuenta.
Para ese momento, me pareció que la voz de mi interlocutor se había hecho más lúgubre y triste. Tomó unas migajas de la bolsa y las echó a las palomas. Continuó hablando:
-       Al poco tiempo todo ocurrió. Estaba atravesando la calle  y un coche que venía a alta velocidad me embistió. Caí muerto al instante, al menos sin sentir el menor sufrimiento. Yo había escuchado que cuando uno va a morir frente a uno desfila toda su vida en un parpadeo, pero en mi caso fue totalmente diferente. Yo solo tuve una imagen fija: un cuadro de Jean Antoine Watteau llamado “La comedia italiana”. Esta imagen era la portada de un disco con “la sinfonía de los juguetes” de Leopold Mozart que mi padre tenía y que me hacía escuchar de niño. Pues bien, tuve esta imagen fija durante mi muerte. Qué significa eso no lo sé.
Pregunté al sujeto que se sentía estar muerto. Intentó varias respuestas vanamente, finalmente dijo:
-       Es difícil explicarlo, más aún si aún te encuentras en el plano de los vivos como yo. Lo único que te puedo decir al respecto es que prefiero estar muerto. Cuando estaba vivo no recibí una palabra de aliento, un abrazo, un te quiero; pero cuando se enteraron de mi muerte, todos lamentaban mi partida, se arrepentían de no haberme visitado, de no haberse acordado de mí y de no haberme dicho cuan importante era en sus vidas. Estando muerto al menos ya no tengo que aguantar tanta hipocresía. Además ¿Cuánto tiempo crees que duré en los pensamientos de toda esta gente? Fui olvidado al cabo de unas semanas y ya nadie se acuerda ahora de mí. Prefiero que sea así, al menos ahora me siento más tranquilo aquí entre los muertos. No tienes idea de la cantidad de muertos que caminan por las calles de la ciudad, es solo que nadie tiene tiempo para detenerse y observar con atención.
Pregunté a qué se había referido con aquél hecho acaecido poco antes de su muerte. El hombre contestó:
-       Me refería a un sueño que tuve, fue una premonición por así decirlo. Yo no solía soñar mucho y cuando lo hacía, era muy intenso. El último sueño, donde se me mostró que moriría, lo olvide apenas me desperté, pero el sentimiento de que algo me iba a pasar no me abandonó. He conversado con otros muertos y también tuvieron un sueño que predijo su fallecimiento, por eso suele pasar que algunas personas comienzan a actuar extraño antes de morir y tratan de despedirse, aunque de una manera muy disimulada ¿Qué por qué se hace esto? Supongo que es porque, como en mi caso, la gente pensará que has enloquecido, aunque también hay otros que no quieren preocupar a las personas a su alrededor. Sin embargo, algo si es cierto: cuando vas a hablar de ello hay como una fuerza interior que te impide hacerlo, que ahoga las palabras que van a salir de tu boca.
Con un nudo en la garganta, confesé al espectro:
-       Pues…pues yo he tenido también ese sueño del cual hablas. En mi caso, lo recuerdo muy bien y no me lo he podido sacar de la cabeza. Yo estaba en una reunión con todas las personas que me aman, incluso aquellas que ya no veo hace mucho tiempo. La mesa estaba servida con manjares desconocidos que todos disfrutaban mientras conversaban animadamente. En cierto momento, se anunció que era hora de mi investidura y aparecieron unas figuras encapuchadas que me desnudaron para luego ponerme una túnica blanca. Uno de estos seres mojó la mano en un pequeño envase lleno de aceite y dibujo una cruz en la frente y otra en el lado izquierdo de mi pecho, a la altura del corazón. A continuación, los engendros se retiraron y cada uno de mis seres queridos comenzó a hablar sobre lo importante que era para ellos. Algunos lloraban de alegría cuando recordaban algún hecho concreto sobre mi vida. Una vez que todos terminaron de hablar me levantaron en hombros y me llevaron vitoreando hacia una especie de altar que se encontraba en medio de la habitación. Me acostaron en el lugar y en ese momento yo me di cuenta que estaba totalmente paralizado, quizás por alguna de las bebidas que probé durante la comida. La gente hizo un círculo alrededor del altar y uno de los presentes, creo que era mi padre, dijo que el momento había llegado. Al instante, todos se abalanzaron contra mi cuerpo inerte y comenzaron a devorarme. El dolor era insoportable, pero el trance en el que estaba me impedía gritar o moverme. Al cabo de unos minutos quede en los huesos, pero dejaron intacto mi corazón  que seguía latiendo en el pecho e insuflándome vida. A continuación trajeron un sarcófago y depositaron mi osamenta en él. Luego me sacaron fuera de la casa, emitiendo unos alaridos de dolor escalofriantes. Al cabo de un rato podía escuchar que la tierra caía sobre el ataúd, pero nada podía hacer ya.
Este fue mi sueño y desde entonces no he podido sacármelo de la cabeza. Pese a que me estremeció, no le había dado mucha importancia hasta que me contaste tu historia ¿Significa entonces que…voy a morir?
Después de hacerle mi pregunta, el ser giró su cabeza para verme. Hasta ese momento no había advertido que en lugar de ojos, solo tenía unas cuencas oscuras que parecían cavidades infinitas. No estoy del todo seguro, pero me pareció que de aquellas orbitas escaparon unas lágrimas. El espectro giró la cabeza y dijo:
-       Pues si lo soñaste es que pasará. No te puedo asegurar cuando, quizás mañana o dentro de algunos pocos años. La experiencia es diferente para cada uno de nosotros.
Pregunté al ser porqué continuaba aún en el plano de los vivos, precisamente en ese lugar, una pequeña  y recóndita plaza. Señaló con la mano hacia el frente y contestó:
-       ¿Ves esa esquina? Ahí es precisamente donde morí, donde el coche me atropelló hace casi 10 años. El conductor, quizá por miedo o por simple desidia, no se detuvo y huyó del lugar. Yo estoy aquí porque aguardo que vuelva a pasar por aquí para encararlo. Sin embargo, no estoy seguro del color ni las características del coche, porque realmente no lo vi cuando me atropelló. Confío en que cuando aparezca en lo más profundo de mi sabré que ese es el vehículo que me asesinó. Tampoco tengo del todo claro que haré cuando esto suceda. No sé si asustaré al conductor, si le diré que me mató hace muchos años o si terminaré quebrándome para luego abrazarle en silencio. Entre tanto, estoy aquí alimentando a estas aves, mientras espero ver aparecer ese vehículo.
Luego de decirme esto último el hombre se quedó callado y no respondió a ninguna pregunta más, ni comentó nada en absoluto. Me quede sentado en silencio contemplando las palomas durante un par de horas y luego me fui de allí rumbo al periódico para redactar lo sucedido. El resultado de este reportaje ya lo comenté al principio de mi relato.
Los problemas que surgieron por mi reportaje, mi renuncia, los juicios, etc., hicieron que no me acerque a la plaza para encontrarme con aquel hombre. El lector dirá que si hubiese sacado una foto al ser o si al menos le hubiese pedido que me acompañe a la redacción para corroborar la historia, ninguno de mis problemas habrían sucedido. Lo cierto es que si no hice esto fue por miedo. Tenía temor de encontrarme con el espectro porque me inquietaba que esto acelerase mi propia muerte. Al año siguiente el municipio derrumbó aquella plaza para que las calles que confluían en ella no tuvieran que rodearla. Fue entonces que volví para ver si encontraba a ese hombre. No pude verlo, pero creo que sigue esperando pacientemente en alguna esquina hasta que aquel misterioso coche aparezca.