sábado, 24 de enero de 2015

Nieve en Cali


Un ron con cola para mi, gracias. Agradezco la invitación, hace varios meses que no hablaba español y temo estar olvidando algunas palabras. Siempre he sido muy distraída y no tengo buena memoria.
Empezó a nevar de nuevo, creo que continuará toda la semana. Vermont suele ser muy triste en invierno, pero el otoño es hermoso con todo esos vistosos colores rojos, naranjas, amarillos…
Al principio fue difícil acostumbrarme a vivir en un pueblo tan pequeño como Saint Albans y el primer invierno fue horrible para mi. Que oscureciese a las 4 de la tarde y ver todo cubierto por nieve me deprimía. Recuerdo aquel primer invierno del 2011, en el cual apenas terminaba de trabajar corría a mi habitación para llorar. Recordaba a mi madre, a Ana y deseaba volver a Cali en ese instante. Sin embargo, poco a poco toda esa desesperación pasó y aquí estoy cuatro años después, sin el menor atisbo de pesadumbre y he aprendido a amar la nieve porque es parte de mi historia.
¿Qué cómo llegué a Saint Albans? La casualidad me trajo aquí o más bien por una amiga salvadoreña que conocí cuando trabajaba en Boston, en un hotel en la Calle Berkeley. Yo estuve trabajando antes en otro hotel en Nueva York en la Avenida 11 en Chelsea, muy cerca de Manhattan. El dueño era muy bueno conmigo y trató de mantenerme trabajando ahí mientras pudo, pese a que yo no tenía papeles.
El salario no era la gran cosa, pero me gustaba el hecho de poder conversar con gente de todas partes del mundo, incluso con gente colombiana que estaba visitando la ciudad. Era increíble la cantidad de gente de diferentes lugares que llegaba a ese lugar, incluso de países que jamás había escuchado. Me gustaba buscar conversación, porque además me permitía practicar el inglés que incluso ahora tiene muchas deficiencias. Me sentía cómoda hablando con mucha de esa gente, porque no todos tenían un buen inglés, así que no me sentía avergonzada por mis equivocaciones. Recuerdo que un día me puse a conversar con un boliviano que se quedó unos cuantos días en el lugar. Por supuesto, al principio yo no sabía que era de Bolivia y pensé que era de la India o algo así. El tenía un inglés igual o peor que el mío, pero aun así conversamos como unos diez minutos hasta que el me preguntó de donde era y yo le dije que de Colombia y entonces el me dijo algo así como “Y yo soy de Bolivia ¿Y entonces por qué estamos hablando en inglés?”. Reímos como tontos un largo rato. Luego le conté un poco sobre mi vida y el conocía esta gente en Boston que me podía alojar en su casa por un tiempo hasta encontrar otro trabajo.
Así llegué a Boston, con unos cuantos dólares en el bolsillo y la maleta casi vacía, una fría noche noviembre. La gente de la casa donde me quede por casi tres semanas en verdad se portó muy bien conmigo, de hecho ellas me ayudaron a encontrar el trabajo en aquel hotel.
El trabajo allí era muy pesado. Demasiadas habitaciones por ordenar, amplios pasillos por aspirar, muchos baños por limpiar. Pero aún así me esforcé lo más que pude para agradar a los patrones, aunque ellos tenían un trato muy distante con nosotros. Supongo que sería por ser indocumentadas y también por ser extranjeras. Eran cordiales con nosotros, pero parecía que no quisieran involucrarse en lo mas mínimo en nuestras vidas.
En este hotel conocí a Miriam, esta chica salvadoreña de mi edad – en aquel entonces teníamos 25 años – y entablamos una bonita amistad que comenzó cuando salíamos a fumar a la calle en la hora de descanso, luego del almuerzo. Pese a que era una chica muy extrovertida y simpática, apenas hablaba de su vida anterior a Boston. Ella salió de su país dejando a su hija pequeña al cuidado de su abuela. Se había embarazado muy joven y el padre de la niña jamás se hizo cargo, así que tuvo que emigrar para ahorrar dinero y darle un futuro a la niña. Esto me lo contó Miriam en uno de sus pocos y raros momentos de angustia, porque en general tenía muy buen humor.
Terminé enamorándome de ella, pero nunca se lo dije. No sé cómo hubiese tomado que otra mujer le diga que la amaba. Pero siempre creí que ella en el fondo lo sabía y que yo no le era indiferente. Cierta noche que salimos del trabajo y nos fuimos a un bar a tomar unas cervezas, ella se emborrachó un poco y tuve que llevarla a dormir a casa. Mi habitación era sumamente pequeña, apenas entraba una cama así que tuve que acostarla junto a mi. A cierta hora de la noche, ella me abrazó y comenzó a besarme el cuello, pero al rato volvió a caer dormida. Nunca hablamos sobre esa noche ni que significó aquello. De todas formas, ella volvía pronto a su país, así que cualquier posibilidad de que tengamos una historia era improbable.
Antes de marcharse a Nueva York (su vuelo de regreso partía desde allí) me contacto con una amiga suya también salvadoreña que trabajaba de niñera en esta casa en Saint Albans. Ella iba a dejar el trabajo para regresar también a su país, así que me preguntó si yo no estaría dispuesta a suplirle en el trabajo. Sus patrones estaban desesperados de conseguir a alguien que esté con los niños mientras ellos estaban en el trabajo, así que me ofrecieron muy buenas condiciones para dejar Boston y mudarme a Vermont.
Recuerdo cuando bajé del avión en el aeropuerto de Burlington: la nieve lo cubría todo. Por un momento pensé en dar media vuelta para comprar el primer billete de regreso a Boston, pero cuando conocí a mis patrones y los niños quedé encantada. Son unos niños muy buenos, créame. Me encariñe mucho con ellos. Pero bueno, así es cómo llegue a Vermont.
¿Si extraño Cali? No me había puesto a pensar en ello, al menos no hasta ahora. No tengo una respuesta, tendría que pensarlo un poco. Evaluar muchas cosas, mi vida actual y la de entonces.
Debo admitir que partí de Cali en circunstancias especiales de mi vida. Yo recién había terminado la universidad y conseguí un buen trabajo. Mi vida social era muy activa también, aunque en una ciudad como Cali, de la cual dicen que nunca duerme, siempre hay algo que hacer o algún lugar donde ir.
En aquel entonces acababa de mudarme con Ana y mi madre había aceptado – aunque a regañadientes – que ella y yo nos amábamos y que queríamos hacer una vida juntas, a pesar de lo que pudiese decir la gente. Teníamos alquilado un pequeño departamento cerca a San Antonio y lo amoblamos y decoramos como a ambas nos gustaba. Fue en verdad una linda experiencia, desde elegir los muebles que queríamos hasta el color de las cortinas. Hacerlo nos había unido mucho más y todos nuestros temores hacia el rechazo de la gente se disipaban en aquellos momentos. Esta felicidad no duró mucho tiempo.
Todo comenzó un día cualquiera, sin el menor viso de que algo hubiese estado gestándose en mi desde tiempo atrás ¿Cómo decirlo? Yo era una chica “normal”, con una adolescencia de lo más tranquila, de una sensatez única que incluso asombraba a la gente mayor y siempre tratando de ser positiva en todo, porque cuando me sentía mal trataba de enterrarlo en lo más profundo de mí. Yo siempre acostumbro a llevar mi propio infierno a cuestas para que nadie más tenga que cargarlo consigo. Supongo que haber acumulado todo eso llevó a que llegue aquel momento donde todo explotó, cambiándome por completo.
Recuerdo que por aquél entonces estaba leyendo “Dublineses” de Joyce. Las historias me parecían fantásticas: relatos de vidas de personas donde finalmente no había un desenlace. Sin embargo, leer aquello hizo que comience a pensar que mi propia vida era así, que en los últimos años todo se había detenido. Un sentimiento de vacío fue apoderándose de mi ser y tornándose en indiferencia.
Admito que fui perdiendo interés por todo en esos últimos meses. Solía pasar mucho tiempo acostada mirando el techo de la habitación sin decir palabra alguna. Es difícil de explicar lo que pasaba por mi cabeza en aquellos momentos, pensamientos arremolinados se confundían, se entreveraban y no concretaban en una idea, solo divagar y estar ausente de todo.
Por supuesto, esto comenzó a traerme problemas con todos, en especial con Ana.  Comenzamos a distanciarnos y nuestra relación entró en una etapa de silencio incómodo que era provocado por mi actitud. Luego empecé a pasar menos tiempo en casa pues solía dar largos paseos después del trabajo para evitar y tener que enfrentar los reclamos de Ana. Nuestra relación comenzó a resquebrajarse, aunque acepto que fue enteramente mi culpa. Por aquél entonces comencé también a consumir muchas píldoras, pero ellas no me ayudaron a desaparecer.
Aun así, creo que yo no estuve preparada cuando todo llegó a su fin. Aquel día al salir del trabajo decidí regresar pronto a casa porque estaba rendida. Al entrar en nuestra habitación vi a Ana en la cama con Miguel, un amigo nuestro que habíamos conocido en un viaje al Brasil tres años atrás. Al verlos juntos, solo atiné a salir de ahí, sin escuchar lo que Ana me decía para justificarse.
Caminé sin rumbo durante algún rato y terminé en el mirador de Belalcázar . Estaba anocheciendo y no sé si se trató de una ilusión óptica o que simplemente estuve delirando, pero vi caer nieve: Cali estaba completamente cubierta de nieve.
En ese momento supe que debía irme lejos de ahí, desaparecer, escapar, era una angustia por estar lo más lejos posible, buscar el fin del mundo si era necesario. Regresé a casa y en silencio fui sacando mis cosas para llevármelas a un hotel. Ana trató de hablar conmigo, pero yo no presté mucha atención a lo que me decía, supongo que en el fondo me dolía sobremanera lo que había sucedido. Nunca más supe de ella, no intenté escribirle, simplemente dejé morir esa parte de mi pasado y mi amor por ella. A las pocas semanas comencé los preparativos de mi viaje y luego vine aquí y todo el resto sucedió como lo conté al principio.
Supongo que es por eso que comencé a sentirme cómoda con la nieve, porque trae a mi memoria aquel momento, real o no, de una Cali completamente cubierta de nieve. No importa si fue real o no, para mi lo fue y lo será.
Aún no he llenado ese vacío que comencé a sentir aquella vez, pero de alguna manera ahora me siento completa de nuevo, aunque de una manera totalmente distinta. Si bien una parte de mi murió aquel atardecer contemplando la nieve cubrir a Cali,  eso no significa que tenga el alma incompleta, pues nació algo nuevo dentro mío, aunque ajeno y totalmente diferente. Aquella presencia suele en ocasiones estar junto a mi y contemplamos la nieve. La miramos en silencio y nos olvidamos del mundo, de nosotras mismas y quedamos deslumbradas por aquella albura inverosímil.