sábado, 14 de febrero de 2015

El compañero de juego


Francisco de Goya - Casa de los locos (1812-1819)
Escribo estas líneas, que quizás sean las últimas, como complemento a mi libro “Memorias desde un psiquiátrico” que tanto éxito ha alcanzado, convirtiéndome así, según algunos críticos literarios, en una “novel y promisoria escritora para las nuevas generaciones”.
Quizás leyendo lo que voy a narrar a continuación, mi obra tenga mucho más sentido y así, más allá de ser las memorias de una época de locura que tanta curiosidad despertaron entre los lectores, se pueda entender porqué terminé internada en aquél sanatorio.
Soy la última hija de un matrimonio de cuatro hijos. Nací relativamente tarde pues mis hermanos – todos hombres – me llevaban al menos 10 años de diferencia, por lo cual durante mis primeros años ellos ya entraban en la adolescencia. Esta diferencia de edades por supuesto marcó la relación que tuve con ellos, nos queríamos mucho pero no pudimos ser compañeros de juegos. Esto hizo que ya desde muy pequeña sea relativamente solitaria, prefiriendo jugar sola antes que con otros niños. Mis padres, quienes en general eran misántropos, no hallaron extraña mi conducta, dejándome así tranquila en mis solitarios juegos.
Había yo cumplido los cinco años cuando nos mudamos de ciudad, debido al nuevo trabajo que mi madre había conseguido en una universidad. Mis padres decidieron que lo mejor era alejarse del centro de la ciudad, por lo cual alquilamos una casa en las afueras y compramos un coche para movilizar a toda la familia. Aquella era una de esas viejas casas coloniales restauradas, con las habitaciones dispuestas alrededor de un patio central y en cuyo centro se encontraba un viejo aljibe que había sido clausurado, pero que aún tenía una función ornamental. Del patio central se desprendía un pasillo que llevaba hacia un jardín trasero donde habían tres habitaciones. Por lo general,  yo disfrutaba de mis juegos en este jardín, pues me gustaba sentir la hierba entre mis pies descalzos.
De las tres habitaciones que estaba frente al jardín, dos estaban en uso. La primera fue acondicionada para el estudio de mi padre – el era un destacado pintor – y la segunda se había convertido en un espacio que mi madre utilizaba para dedicarse a la lectura y la preparación de sus clases en la universidad. No me permitían entrar a ninguna de estas habitaciones cuando ellos no estaban, pero en ocasiones me escabullía – nunca estaban cerradas – ya sea para ver lo que mi padre estaba pintando o para hojear algunos libros de cuentos que mi madre había guardado consigo. Si bien yo recién estaba aprendiendo a leer, disfrutaba mucho de las ilustraciones, las cuales podía contemplar por horas.
Cierto día que aproveché para entrar al estudio de mamá, vi que sobre su escritorio había un viejo y voluminoso libro que antes no había visto. Al principio no le presté mucha atención y me enfrasqué en mirar los libros de cuentos, pero al salir de la habitación pasé junto al libro – que estaba abierto de par en par – y vi que tenía la ilustración de un ser extraño que jamás había visto. Comencé a hojear el libro con fruición y descubrí que habían varias ilustraciones de seres sobrenaturales como hadas, dragones, demonios y muchos otros que jamás había visto. Tan inmersa estaba observando aquellos dibujos que no me di cuenta que el tiempo pasó y que mi madre había vuelto del trabajo, descubriéndome en su estudio. Al verme con el libro en las mano, su rostro se demudó y comenzó a gritarme por mi falta y comencé a llorar. Mi padre, que había llegado también en ese momento, trató de tranquilizarla y no entendía muy bien el porqué de su actitud. Mi madre, aún más nerviosa con la llegada de mi padre, trató de esconder disimuladamente aquél libro y no lo volvería a ver sino hasta que cumplí los 19 años, cuando estábamos regalando los libros de mi madre. Fue entonces que me enteré que aquel viejo libro, por el cual había sido castigada cuando era una niña, era un grimorio del demonólogo inglés Raymond Witterhad.
Después de aquél incidente, mi madre en adelante cerraría con llave su despacho, impidiéndome así la posibilidad de entrar a mirar los libros de cuentos. Al principio, más que todo por el recuerdo del castigo que aún estaba fresco, ni siquiera intenté acercarme a la puerta, pero a menudo que pasaban los días mis deseos por ver los libros de cuentos se hicieron más acuciantes y a menudo me acercaba a la puerta y giraba el picaporte, con la esperanza que mi madre se hubiese olvidado cerrar. Sin embargo, todo era en vano, aquella puerta permanecería cerrada hasta la muerte de mi madre.
Uno de esos días en que me cercioraba si la puerta estaba abierta, intenté abrir la tercera habitación a la cual nunca le había prestado atención. La puerta estaba abierta y me metí allí con la esperanza de poder encontrar alguna puerta o abertura que me permitiese acceder al estudio de mi madre. Aquella tercera habitación era más amplia que las otras dos y estaba llena de muebles muy antiguos, totalmente cubiertos de polvo.  Desde aquel día aquella habitación se convertiría en mi nuevo espacio de juegos, porque a menudo encontraba objetos que llamaban mi atención y que incorporaba en mis solitarios juegos como sombrillas, viejas planchas de carbón, fotografías con personas desconocidas y un sinfín de objetos más.
Debo admitir que desde el primer día que entré en esa habitación sentía que no estaba sola y que alguien me observaba. Quizás por mi juventud, no le di la menor importancia a aquello, porque estoy segura que si hubiese estado en la misma situación algunos años más tarde, habría salido corriendo asustada de aquel lugar. Sin embargo, aquella presencia no me molestaba en lo absoluto e incluso hacía que mi curiosidad crezca.
Fue un día de esos, en que se me hacía más evidente que era observada en aquella soledad, que salude en voz alta. Al principio, mi voz se perdió en la habitación y no recibí respuesta alguna, así que continué jugando sin prestar mucha atención. Al cabo de un rato me sentí observada nuevamente y volví a saludar con mucho mayor empeño y al no recibir respuesta continué jugando, pero continué hablando en voz alta para que quién estuviese ahí sepa que estaba jugando y que podía unírseme.
Pasaron algunos minutos y lo vi parado frente mío. No medía más de metro y medio y tenía la apariencia de un niño de mi edad, aunque su voz era grave. Su rostro estaba casi totalmente cubierto por el pelo y nunca pude verle los ojos, tan solo asomaba su aguileña nariz y sus labios de cuya comisura derecha asomaba un colmillo amarillento y desgastado. Su vestimenta, color gris e impecablemente planchada, me recordaba a la de aquellos niños que vi en aquellas viejas fotografías.  Aquel ser se paró en silencio a observar mis juegos y yo le pregunté un par de veces si quería jugar, pero al no recibir respuesta algunas continué jugando despreocupada. Al cabo de un rato me di cuenta que se había marchado.
Durante varios días la escena se repitió y poco a poco la presencia de aquel ser se fue haciendo tan habitual que  menudo jugaba sin siquiera advertir su presencia. Pasarían algunas semanas hasta que por fin me habló y me preguntó si podía jugar conmigo. Yo acepté encantada porque por primera vez tendría un compañero de juegos y así comenzamos a jugar por varios días los juegos que yo proponía, mientras que él aceptaba en silencio todo lo que yo decidiese. Con el pasar de los días, ambos fuimos adquiriendo mayor confianza el uno al otro y a menudo el hablaba mucho más que yo, acaparando la conversación e inventando historias fantásticas para nuestros juegos.
Cierto día el ser me dijo que se había aburrido de jugar conmigo y que se marchaba. Naturalmente, yo no quería perder a mi compañero, así que le rogué para que se quedase, prometiéndole que podíamos jugar lo que él quisiera. Fue después de decir esto que me pareció por primera y única vez que pude verle los ojos, que brillaban con un fulgor inusitado, casi maligno. Él propondría en adelante una serie de actividades que más que juegos implicaban que tengamos algún tipo de competencia, por ejemplo, resolviendo charadas o juegos de palabras. Yo disfrutaba mucho de estos juegos, aunque siempre perdía para beneplácito de mi compañero.
Sucedió que en cierta ocasión (esto se repetiría un par de veces más en la siguientes semanas) pude derrotar al ser en su propio juego y este se enfureció tanto que no atinó a otra cosa que darme un golpe en uno de los brazos. Comencé a llorar amargamente por el dolor y el ser se conmovió por mi llanto, así que se disculpó y me pidió que no avisara nada a mis padres, porque sino no nos dejarían jugar nunca más.
Con lágrimas aún en los ojos dejé la habitación sin decir palabra y salí frotándome el brazo y en ese instante uno de mis hermanos que llegaba de la escuela me vio y preguntó que había sucedido. Yo no dije nada y continúe llorando y mi hermano me alzó en sus brazos y me llevó al comedor. Al cabo de un rato, mis padres llegarían y mi hermano les diría que me había encontrado llorando sin razón. Mis padres preguntaron a la sirvienta, Raquel, si ella sabia algo, mas ella contestó que no se había enterado de nada y que la última vez que me vio antes de comenzar a preparar el almuerzo, yo estaba jugando tranquilamente en el jardín del fondo.
Mi padre se dio cuenta que yo aun me frotaba el brazo y observó que un moretón se había formado, reclamando airadamente a Raquel. Ella negó que me hubiese golpeado y mi padre me preguntó si fue ella la que me había hecho, a lo cual negué con la cabeza. Me preguntó entonces quién había sido quien me hizo aquello y yo solo callé y continué llorando en silencio. Mi madre me consoló y me preguntó que había pasado, pero yo no dije nada. Más tarde, yo recuperé el animo y mis padres llegaron a la conclusión de que había tenido algún golpe fortuito mientras jugaba.
Pese a lo que ocurrió, no pude mantenerme alejada de aquella habitación más que por un par de días. Regresé nuevamente a jugar allí y el ser se acercó en silencio y al cabo de un rato me pidió disculpas y me agradeció por no haber contado lo que ocurrió. Al poco tiempo estábamos jugando como si nada hubiese ocurrido. Sin embargo, al cabo de unas semanas volvió a ocurrir una situación semejante. El ser se había inventado un nuevo juego en el cual le vencí y este montó en cólera y volvió a golpearme, esta vez en ambos brazos. Salí nuevamente llorando desconsoladamente de allí y Raquel fue esta vez la que me halló llorando.
Mi padre, totalmente furioso, estaba convencido de que era Raquel la que me había golpeado y la despidió esa misma tarde. Mi madre, tratando de serenar a mi padre, parecía sospechar algo de lo que estaba pasando y se acercó hacía mí para preguntarme quien me había hecho eso. Yo solo callé y miré el suelo ante la insistencia de mi madre. Al cabo de un rato me mandaron a acostarme y puede escuchar una airada discusión entre mis padres.
En esta ocasión, me tomó varios días volver a la habitación aquella a jugar, porque además mis padres y hermanos estaban observando continuamente que yo estuviese bien. Sin embargo, tras unos días, aquel control se relajó y todo volvió a la normalidad. De la misma forma, yo también regresé al poco tiempo a jugar con el ser.
En los siguientes meses, todo transcurrió con tranquilidad y continué a menudo con mis juegos con el ser. Sin embargo, todo cambiaría drásticamente un día cuando habíamos iniciado un nuevo juego. Casi desde le principio, el ser comenzó a perder lo cual hizo que se encolerice a tal punto de que terminó perdiendo los estribos. En cierto punto, cuando vio que yo ganaba y que no podría hacer nada para cambiar la situación, perdió el control sobre si mismo y enfurecido comenzó a golpearme sin compasión hasta hacerme caer al piso. Fuera de sí, tomó una vara y me descargó sendos golpes en la espalda y en la cara y me hubiese continuado golpeado si yo no escapaba de aquel lugar. Salí llorando y sangrando y mi padre, quien había llegado a su estudio sin que yo me diese cuenta, salió de inmediato al oírme llorar. Se quedó atónito al verme sangrar y corrió para abrazarme y me preguntó quién me había hecho aquello. Yo, apenas podía hablar por el llanto, pero señale la habitación y mi padre se asomó al interior. Al cabo de un rato salió y me preguntó si había visto entrar a alguien a esa habitación, a lo cual yo dije entre lágrimas que quien me golpeó era el niño de gris. Mi padre calló entonces y me abrazó con fuerza. Luego me llevó entre sus brazos a la sala, donde procedió a curar mis heridas. Luego me llevó a la cama y me acostó, noté entonces que en su rostro se dibujó una angustia inexplicable.
No puedo decir por cuanto tiempo dormí, pero cuando me desperté escuche que en la sala mis padres discutían. Me asomé sin ser vista y escuché que mi padre decía que tenían que mandarme al psicólogo con urgencia porque mi actitud se había vuelto tan rara que había comenzado a hacerme daño a mi misma. Mi madre, quien decía que no había necesidad de un psicólogo, callaba cuando mi padre le preguntaba  que era lo que estaba sucediendo entonces.
Cuando terminaron de hablar – no me quedó claro que determinación habían tomado – me escabullí hasta mi habitación y me acosté. Al poco tiempo mi madre entró y vio que estaba despierta y se sentó en la cama. Con una mano sobre mi frente me preguntó que era lo que había sucedido, a lo cual yo solo guarde silencio aunque no pude evitar llorar. Ella me dijo entonces si había visto algo en aquella habitación, lo cual negué pero sin poder contener el llanto. Mi madre volvió a preguntarme con mucha ternura quién era él que me había hecho esto, a lo cual terminé respondiendo que era “el niño de gris”. Mi madre, sin decir una palabra, me besó en la frente y salió de mi habitación. Al poco rato quedé profundamente dormida.
No puedo precisar cuanto tiempo transcurrió entre lo último que relaté y los acontecimientos que sucedieron a continuación. Presumo, sin embargo, que todo comenzaría aquella misma noche, aunque yo no me percaté de ello sino muchos días después. La tercera habitación fue cerrada con un candado y mi madre me prohibió que me acerque al patio trasero. Entre tanto, mi padre me llevaba dos veces por semana a una psicóloga infantil que a la postre se convertiría en el inicio de mis terapias con psicólogos y luego psiquiatras a las cuales mi padre insistiría que acuda en los siguientes años, especialmente luego de la muerte de mi madre. Supongo, ahora viéndolo en retrospectiva, que mi padre consideró que yo tenía algún problema mental desde pequeña, por eso su insistencia durante estos años para que acuda a terapia.
Yo, impedida ahora de poder siquiera acercarme al patio del fondo, jugaba en la soledad de mi cuarto, aunque a veces deseaba poder acercarme a aquella habitación prohibida. Cierta noche me desperté presa de una extraña sensación que presagiaba que algo malo estaba ocurriendo. La noche estaba muy avanzada y me dio miedo, por lo cual decidí irme a dormir con mis padres como muchas veces lo había hecho. Sin embargo, cuando entré a su habitación solo vi a mi padre que dormía profundamente en el lecho, pero mi madre no estaba ahí.  Me fui a la sala y a la cocina, pensando encontrarla ahí. Luego salí al patio y me asomé a las habitaciones de mis hermanos pensando hallarla, pero no estaba. Decidí entonces ir hacia el patio trasero, pensando que ella se encontraría en su despacho y efectivamente vi la puerta abierta, aunque la luz estaba apagada. Vi entonces que había un tenue resplandor que provenía de la tercera habitación y me asomé con mucho miedo. Observé que aquel fulgor provenía de una vela que yacía sobre el suelo y me asome para ver que sucedía en el interior. Al hacerlo, vi a mi madre ataviada en un mato negro con capucha y parada sobre una extraña figura dibujada en el piso, similar a una estrella. Sostenía en una de sus manos un candelabro con otra vela, la cual le servía para iluminar la otra mano con la cual agarraba el viejo libro que tiempo atrás había encontrado en su despacho y que me había valido un castigo de su parte. Leía algo en aquél libro, aunque sus palabras eran incomprensibles para mí. La estuve observando durante un buen rato, pensando que quizás el ser se asomaría e intentaría hacerle daño, pero nada sucedió. Cuando mi madre terminó de pronunciar aquellas palabras, apagó la vela y se dispuso a salir de la habitación, por lo cual yo me apresuré en regresar a mi habitación. Durante algunas noches la escena se repitió: mi madre haciendo aquel extraño conjuro mientras yo la espiaba, pero no sucedió nada.
Al cabo de algunas semanas, mamá cayó enferma y aunque mi padre trajo varios médicos, ninguno pudo diagnosticar que era lo que le sucedía. Su condición se fue deteriorando y falleció dos semanas antes de que cumpla seis años. El golpe para la familia fue terrible, en especial para mi padre quien se encerró en sí mismo y se volvió sobreprotector conmigo. Para aquel entonces, yo estaba segura que el ser aquel de la tercera habitación había tenido algo que ver con la muerte de mi madre y se lo dije a mi padre en varias ocasiones, ante lo cual el se enfureció y me dijo que debía dejar de decir tonterías. Yo insistía tanto con el tema que mi padre hizo que acuda con mayor frecuencia a las terapias psicológicas.
Estuvimos menos de seis meses en aquella casa. Mi padre decidió que debíamos mudarnos a otra ciudad para tratar de recomenzar de nuevo y así empacamos todo, incluyendo las cosas de mi madre, y partimos una tarde de noviembre. Yo estaba sentada en la parte trasera del coche y miré por la ventana posterior nuestra antigua casa, hasta que esta se perdió de vista por completo. Ya desde aquel día, sentía que había una presencia muy cerca de mí, que no podía ver, pero que estaba ahí.
En los siguientes años aquella sensación de que había alguien quien me observaba y me perseguía fue haciéndose más intensa, lo cual terminó desarrollando en mi un delirio de persecución. Yo estaba segura que era el ser de la antigua casa que me había seguido y no me dejaba en paz. A menudo, cuando la sensación se hacía insoportable, entraba en cólera y comenzaba a gritar para que se presente ante mí, llamándole asesino por haber matado a mi madre. Mi padre y mis hermanos, me hallaron en mi habitación varias veces totalmente presa de la furia y gritando a la nada, incluso arrojando las cosas por los aires exigiendo a ese “alguien” que se presente.
En los siguientes años, la sensación iba variando de intensidad, sintiendo que en algunas ocasiones él me había dejado por fin en paz, pero finalmente sentía que su presencia había vuelto, intensificando aún más aquella extraña sensación que causaba en mi su cercanía. Para aquel entonces yo había entrado en la adolescencia y acudía a la escuela, aunque no tenia ninguna amistad porque se había extendido el rumor de que yo estaba loca. Es en esta época también que mi padre decidió que yo debía acudir a terapia psiquiátrica y comenzaría también mi historia con los medicamentos para los trastornos psiquiátricos. Debo reconocer que el uso de éstos en muchas ocasiones me hicieron pensar que lo que había pasado en mi niñez y lo que sentía en ese entonces eran solo productos de mi imaginación, pero cambie de parecer cuando comenzamos a deshacernos de algunas cosas de mi difunta madre. Acaba yo de cumplir diecinueve años en aquel entonces.
Mi padre, motivado por la posibilidad de dar un paso adelante en nuestras vidas, decidió que era tiempo de deshacerse de algunas cosas que habían pertenecido a mi madre. Estábamos una tarde empacando los libros para donarlos a la biblioteca pública cuando descubrí por casualidad aquel libro que vi en mi niñez y que tantos problemas me había causado. Lo saqué disimuladamente sin que mi padre ni mis hermanos se dieran cuenta y lo escondí debajo del colchón. Desde aquella misma noche comencé una cuidadosa lectura del mismo y logré así aprender mucho sobre demonios y hechizos para invocarlos y repelerlos. Me enteré así que aquel ser con el cual yo jugaba de niña era un trasgo, un ser que habitualmente mora en los hogares y que en ocasiones incluso se muda junto a la familia. No concordaba, sin embargo, aquella maldad que había demostrado conmigo y con mi madre, por lo cual me incliné a pensar que se trataba más bien de un demonio que habitaba esa antigua casa y que ahora me perseguía.
Aquel grimorio enseñaba también como repeler a algunos demonio y supuse que mi madre había intentado ahuyentar a aquel ser sin éxito, por lo cual él se había enfurecido haciéndola enfermar hasta morir. Me aprendí un sortilegio para espantarlo y durante varias noches estuve haciendo el conjuro a la espera de que el ser me dejase por fin en paz. La última noche que hice el hechizo logré que el ser se presentase ante mi, quien, totalmente furioso, me dijo que ya no le vería, pero que eso no significaba que no iba a estar allí y que en adelante se encargaría de que mi vida fuese miserable. El ser cumplió su promesa pues no volví a sentir su presencia pero a cambio comencé a sentir nuevas y peligrosas sensaciones: voces que se agolpaban en mi cabeza. Estoy segura que una de esas voces era la de él, pero nunca pude saberlo con certeza. Poco a poco fui perdiendo mi nexo con la realidad y no pasó mucho tiempo para que pierda el control sobre mi pues aquellas voces me impedían pensar en otra cosa que no fuesen ellas. Al cabo de unas semanas me internaron en el hospital psiquiátrico, cuando uno de mis hermanos me halló presa de la histeria gritando que sacaría a como de lugar las voces de mi cabeza, mientras blandía en una de mis manos un picahielos.
Entrar a una institución psiquiátrica con tan solo 20 años, es una pesadilla para cualquiera de mi edad, en especial cuando te diagnostican esquizofrenia.
Mi primer año allá fue de aislamiento interno, mas al segundo año comencé a sentirme mejor y fue cuando decidí escribir sobre mi experiencia en el psiquiátrico. Por supuesto, me limité a narrar sobre lo que me ocurría, sobre mis percepciones y sobre algunos de mi compañeros en el hospital – guardando siempre sus identidades – mas no hablé de aquello que me había llevado a aquel estado.
Para cuando un editor se interesó en mi manuscrito, yo estaba ya siendo dada de alta en el hospital y regresando a casa de mi padre.
Cuando el libro salió y se volvió un éxito en ventas, las ofertas para asistir a eventos y dar conferencias me llovieron, lo cual me permitió independizarme y comenzar mi carrera como escritora. Todo parecía entonces estar bien hasta hace una semana.
Después de haber estado en el psiquiátrico y llevado adelante mi lenta recuperación, había llegado a la conclusión de que todos mis recuerdos infantiles sobre aquel ser, además de la conversación la última noche que hice aquel conjuro, no eran sino producto de mi febril imaginación.
Sin embargo, sucedió que hace unos días, mientras escribía algunas ideas para mi primera novela, escuche un ruido en mi habitación y me asome a ver que pasaba. La ventana estaba abierta, por lo cual pensé que había sido el viento que había hecho caer algo, así que cerré la ventana y volví a mi escritorio a seguir escribiendo. Al cabo de un rato volví a escuchar los ruidos, esta vez con mayor intensidad, por lo cual entré nuevamente a la habitación y vi con sorpresa que el ser estaba sentado en mi cama jugueteando con algunos objetos que había tomado de mi cómoda.
Al verlo, me quede perpleja y abrí y cerré varias veces los ojos, pensando que solo era producto de mi imaginación. Sin embargo, el pequeño ser se acercó hacia mí, me tomó de la mano y me hizo sentar en la cama junto a él. Yo obedecí maquinalmente, angustiada y sin capacidad de poder responder ante aquella situación. El ser se sentó a mi lado y durante varios minutos no dijo nada, hasta que al fin me preguntó si quería jugar con él, a lo cual yo respondí angustiada que sí.
Es de esta forma que he estado jugando con él estas últimas noches, más por miedo que por ganas de hacerlo, pues me preocupaba su reacción si me negaba. Sin embargo, esta noche he cometido el error de ganarle en el juego y él se ha puesto furioso. Comenzó a golpearme sin compasión y apenas pude escapar de él para encerrarme en mi habitación. Sin embargo, él sigue ahí afuera furibundo, lanzando las cosas por los aires y jurando que va a matarme por haberle ganado. He estado varias horas aquí encerrada, aprovechando el tiempo – que creo que es el último que me queda – para narrar sobre los motivos que me llevaron a escribir mi libro: este ser que en su furia demencial golpea mi puerta en este instante para poder entrar.