martes, 3 de marzo de 2015

Un día en la vida de Muerte II


No me niegues,
porque me condenas al olvido.
No me niegues,
porque me matas con desidia.
No me niegues,
porque yo no lo haré nunca.
No me niegues,
porque hagas lo que hagas
no podrás borrarme de tu piel.


John Everett Millais - Ofelia (1852)
Muerte cerró el libro y lo puso a un costado de su escritorio. Se recostó en su sillón y suspiro con pereza al ver su reloj, eran casi las tres, hora de salir como de costumbre.
Desde el fallecimiento de su hija, hace ya casi un año, Muerte había cambiado y retomado algunas de sus costumbres. Una de ellas, como lo hiciera antaño, era visitar a quienes iban a morir, lo cual ahora no tenía necesidad de hacer porque todos los procedimientos se habían automatizado. Sin embargo, a diferencia de antes solía disfrutar de conversar con el futuro difunto, porque después de lo que le había sucedido comenzó a interesarse por conocer más de la naturaleza humana.
Muerte se detuvo para fumar un cigarrillo, miró su reloj nuevamente y vió que aun tenía como 20 minutos para llegar a su cita. Dio una calada profunda y botó lentamente el humo por la nariz. Le agradaba de sobremanera el olor del cigarrillo y disfrutaba el humo que escapaba juguetón por la boca y la nariz. No solamente había aprendido a disfrutar de un cigarrillo, sino que de muchas cosas más que disfrutaban los mortales y le agradaba descubrir día a día nuevas cosas sobre ellos, en especial en los libros que le hablaban mucho sobre cómo pensaban aquellos seres hasta hace poco totalmente extraños para ella. Miró nuevamente su reloj, arrojó la colilla y comenzó a caminar.
Tras dos cuadras de camino, Muerte supo que había llegado al lugar. Al entrar a la habitación no vio a nadie por ningún lado, ni en la cama ni en el sillón que estaba en el centro. Muerte se dirigió hacia el baño, abrió la puerta y vio al hombre que estaba en la bañera. Él estaba casi tan pálido como Muerte, con los labios resecos y los ojos dilatados,  apenas giró la cabeza al verla entrar. El agua, rojiza, le llegaba por encima del pecho, casi hasta la garganta.

-       Hola, imagino que tu eres la muerte y que vienes por mí.
-       Si, soy ella y en realidad no “vengo” por ti. Simplemente estás a punto de morir y tú caminarás el camino que tengas hacer por tu cuenta. Yo solo vine a charlar un rato mientras todo sucede.
-       ¿Iré al infierno?
-       No lo sé. Yo no decido esas cosas y en realidad, tampoco podría decirte si hay algo así que se llame infierno. Sé tanto como tú sobre lo que ocurre al morir. Yo simplemente soy la muerte y mis funciones se limitan a ciertas cosas.
-       ¿Me recordará alguien después de muerto?
-       Tampoco te lo podría decir. Ustedes los seres humanos son muy caprichosos en cuanto a esas cosas. Tienen tendencia a olvidar rápidamente a quienes dicen amar, pero a veces hay ciertas personas que persisten en recordar, por ejemplo, a algunos escritores.
-       Yo soy escritor, entonces debería ser recordado.
-       Pero tú no has escrito aún nada que valga la pena ¿no es así? Por eso siempre andabas quejándote e invocándome, cómo si yo pudiera hacer algo con lo que escribes. Sin embargo, te entiendo porque ustedes los escritores tienen una obsesión conmigo que no entiendo, porque en el fondo no desean morir, sino continuar vivos en la memoria de la gente. Por ejemplo aquel escritor – cuyo nombre no recuerdo ahora- que decía algo así como “Nada nos seduce tanto como la obsesión de la muerte; la obsesión, no la muerte”.
-       Cioran, Emil Cioran dijo eso.
-       Cioran, exacto. Pero eso no me muestra otra cosa sino que ustedes son muy caprichosos. Por ejemplo tú, mírate, estás completamente aterrado de verme aquí y te arrepientes de lo que hiciste.
-       ¿Pue…puedes leer mi mente?
-       Si, pero no necesito hacerlo para saber que estás muerto de miedo. Tu rostro te delata e imagino que ahora estarás pensando en que ya no quieres morir.
-       Si, si…si. Me exalté y creo que me apresuré ¿Podrías ayudarme?
-       Realmente no. No puedo interferir en si sobrevives o no, eso depende de poderes que están por encima mío, sin embargo, a juzgar por lo mal que te cortaste las venas, estoy segura que no vas a morir de inmediato y que si alguien llega en la siguiente media hora te podrá salvar ¿Esperas a alguien?
-       No…no. No…tengo… muchos amigos. No suelen llamarme y…tendrán que pasar…varios días hasta…que se pregunten…donde estoy. Sálvame…, sálvame por favor…
-       Lo siento, nada puedo hacer salvo en el momento en que tengas que morir. Cuando sea la hora, te daré unas instrucciones precisas para que dejes esta vida.
-       Pero…es que ahora…no quiero morir.
-       Suele pasar, el arrepentimiento quiero decir. Pero no te preocupes porque mientras no te de las indicaciones, tienes esperanzas.
Mucho más tarde, Muerte dejaba el edificio y encaminaba sus pasos hacia una nueva cita. Paró en una florería y escogió un ramo con 12 rosas blancas, sus favoritas desde hace algún tiempo. Pagó con un viejo billete de 5 dólares que traía en uno de los bolsillos de su chaqueta y antes de salir se puso a bromear con un anciano risueño que acababa de entrar a la tienda. Al despedirse, le dio un abrazo y le susurró al oído: “Te veo dentro de poco”. El anciano, tomando un aire de seriedad, asintió con la cabeza y guiño un ojo. Al cabo de un rato de caminata Muerte llegó a un hospital.

-       Hola, mira, te traje flores. No sé si te gustarán las flores blancas.
-       Que sean blancas o de cualquier color es lo de menos. Lo que importa en verdad es el gesto. Yo estoy aquí abandonada hace meses en este hospital y nadie ha venido a visitarme. Si no fuese por mis ahorros, estoy seguro que incluso me habrían echado a la calle los de este hospital.
-       No tendrías porque quejarte, puesto que fue decisión tuya elegir la soledad. Renunciaste a tener hijos, siempre evitaste involucrarte sentimentalmente con alguien y rehuiste a tener amistades duraderas. Fuiste una misántropa y aquí al final del camino esto es lo que resulta.
-       No me quejo. Sé que esto fue mi decisión, pero nunca pensé cuan vulnerable iba a estar al caer enferma. Cuando aún estaba saludable, sentía cómo si el mundo me perteneciese, que hiciere lo que hiciere nada podría detenerme. Sin embargo,…ahora… Pero no lo entiendo ¿Qué hice para merecerlo? ¿Por qué hiciste que me enferme?
-       Yo no te hice enfermar. Yo simplemente seré la responsable de ti cuando la vida deje tu cuerpo.
-       ¿Sabías que soñé con mi muerte? Es curioso, no suelo recordar mi sueños, así que siempre he creído que cuando lo hacía era porque eran la premonición de que algo iba a ocurrir. El sueño que tuve, hace casi un año ya, fue que estaba conduciendo en una carretera durante un día soleado. El lugar era inhóspito y realmente no había cómo disfrutar del paisaje por más de unos minutos. En el coche me acompañaban gente que ya casi ni recordaba haber conocido: un viejo amor de juventud, una compañera de mis primeros años universitarios, un hombre que fue mi abogado para unos trámites específicos y junto a mi estaba un amigo de la infancia que murió en un accidente. Este último era quien quizás más llamaba mi atención, porque en mi sueño seguía siendo el niño que recordaba, aunque conversaba como si fuese un mayor y me contaba algunas anécdotas sobre los países que había visitado en sus viajes, aunque yo me daba cuenta que en realidad eran recuerdos míos sobre mis propias experiencias.
Los otros pasajeros también contaban sus propias historias y poco a poco las narraciones relataban experiencias que habían tenido en lugares no solo lejanos, sino fueras de toda lógica. De esta manera, me contaron sobre animales fantásticos, sobre seres humanos imposibles, sobre situaciones improbables y sobre lugares que nunca podrían existir.
Al poco tiempo, anocheció y nos detuvimos en el camino. Prendimos una hoguera y continuaron las historias, incluso una sobre ti, según recuerdo, que decía que te habías enamorado y que incluso tuviste un hijo. Debo reconocer que mis historias no estaban a la altura de las que me narraban mis interlocutores, así que suplí mi falta de historias que valieran la pena por la mejor de las retóricas de la que era capaz.
Hubo, sin embargo, una historia que llamó particularmente mi atención y que fue precisamente aquella que hizo referencia a mi propia muerte. Se trataba de un país en los confines del mundo donde por siglos había una batalla entre dos gigantes. La lucha en sí era muy lenta, pues para estos seres inmortales el tiempo es diferente al de nosotros, por lo cual aquella lucha de siglos para nosotros a ellos no les representaba sino unos minutos. Alrededor del campo de batalla habían algunas aldeas que se habían establecido a lo largo del tiempo, pues los gigantes se encontraban en un forcejeo con sus espadas y habían durado así varios siglos casi sin moverse, no representando ningún peligro real para sus habitantes. Sin embargo, al cabo de algunos años ocurrió un acontecimiento: el forcejeó cesó y uno de los gigantes cayó herido al suelo. La gente, una vez pasado el susto, rodeó al gigante agonizante para contemplarlo con curiosidad y de repente una lluvia roja cayó sobre sus cabezas: el otro gigante también había sido herido de muerte, pero se alejó del lugar lentamente para morir en otro lado.
Un niño entre la multitud, quizás para quien menos extraña era aquella situación, se acercó al oído del gigante y le gritó porque estaban peleando. El gigante, casi en su último suspiro, apuntó con uno de sus dedos hacia su pecho izquierdo.
La curiosidad pudo más que los escrúpulos de la gente y estos se treparon al pecho del gigante recién fallecido. Vieron que su pecho no estaba cubierto de carne, sino que la caja torácica estaba al aire. Dentro del pecho estaba una mujer atrapada que intentaba escurrirse por las aberturas de los huesos sin poder lograrlo. La gente intentó sin ningún éxito ayudar a la mujer, las sierras quedaban rápidamente inservibles, incapaces de serrar aquellos huesos duros como el diamante.
Alguien preguntó a la mujer cómo había llegado allí a lo cual ella respondió que todo se debía a aquel gigante había perdido su corazón en la batalla contra el otro gigante. Al tener aquel espacio vacío, la raptó y la puso ahí para que supliese al corazón en tanto enfrentaba al otro gigante para recuperar el verdadero. Sin embargo, al haber muerto el gigante era de esperarse que también todo el cuerpo lo haría, incluyendo ella. De esta manera, ante sus ojos la mujer fue marchitándose hasta quedar convertida en un montón de hojarasca.
Cuando mis interlocutores terminaron de contarme esta historia, me di cuenta de que la preocupación se había apoderado de sus rostros y comprendí que aquella mujer del relato era yo y que me habían contado todo eso para decirme que mi muerte se aproximaba. Al poco tiempo de ese sueño, los exámenes decían que estaba enferma y luego vino todo esto y ahora estoy aquí, esperándote.
-       Me parece muy interesante ese sueño que me contaste. Yo jamás he soñado, porque no puedo hacerlo.
-       Eso es muy triste.
-       ¿Lo es?
-       Creo que sí. Al fin y al cabo, los sueños nos permiten escapar de la realidad de vez en cuando.
-       Yo no necesito hacerlo, puedo hacerlo cuando quiera y, como imaginarás, mi condición me permite ver y saber cosas que ustedes los mortales no pueden siquiera imaginar.
-       No lo había pensado, pero es cierto.
-       Sin embargo, algún día me gustaría poder hacerlo. Siempre es bueno experimentar nuevas cosas.
-       Oye…me gustaría seguir hablando, pero los dolores… han vuelto y son muy intensos.
-       Es hora. Escucha muy bien lo que voy a decirte.
-       Si ¿Pero antes puedo pedirte un favor?
-       Si.
-       Mira, esto es algo que escribí aquí para alguien que me hizo daño. Quiero que se lo entregues. No sabrá de quien es, pero al menos quiero que le llegue a las manos.

Muerte tomó una de las rosas blancas y se la llevó a la nariz. El olor de la flor era algo que disfrutaba en demasía y salió con ella en la mano. Afuera había comenzado a llover, por lo cual se cerró la chaqueta y comenzó a caminar. Más adelante se detuvo en un café y pidió un expreso, sacó el papel doblado del bolsillo y la curiosidad pudo más que ella y leyó su contenido: “No me niegues…”
Muerte salió apresurada del café dejando unas monedas sobre la mesa. No se había fijado en la hora y tuvo que correr para poder llegar. Al doblar en una esquina vio el cuerpo del hombre en el suelo en un charco de sangre que se mezclaba con la lluvia. El tráfico se había detenido y un montón de gente curiosa rodeaba al hombre, mientras uno gritaba que alguien llame una ambulancia.
Muerte se puso de cuclillas  y miró al hombre a los ojos. El hombre lloraba y no podía articular ninguna palabra por el dolor. Muerte comenzó a llorar también sin explicarse del todo bien porqué, creía encontrar en aquellos ojos un destello que le era familiar pero que había olvidado por alguna razón. Cuando iba a intentar hacer algo, se dio cuenta que era tarde y que el hombre estaba a punto de morir. Le dio un beso en la frente y le cerró los ojos. Al cabo de un rato Muerte se alejaba del lugar con el hombre de la mano, mientras la lluvia arreciaba sin clemencia.
-       Esta lloviendo mucho y creo que me dejé el paraguas en el piso.
-       Déjalo. Adoro cuando la lluvia me moja el rostro.