martes, 7 de abril de 2015

Historia de una fotografía encontrada en Bruselas


-A mi amiga Vicky M. por poner el reto- 
12 de febrero
No faltaba mucho para que el avión llegue a su destino cuando comenzó a trepidar por la
Gustav Klimt - El beso (1907 - 1908)
turbulencia. Anna se puso nerviosa, pues nunca le gustaron los aviones y este viaje le parecía eterno, pese a que no había más de dos horas desde Madrid a Bruselas. En ese momento añoró su habitación en Buenos Aires y deseo estar en su cama entre las cobijas.
La respiración se le entrecortó y sintió una gota de sudor recorriéndole la sien derecha. En ese momento el intercomunicador se activó y el piloto pidió que todos los pasajeros volviesen a sus asientos y que se colocasen los cinturones. Anna se abrochó el cinturón y observó que la gente de adelante hacía lo mismo con cierta tensión. En ese momento se preguntó que haría toda esa gente si el avión cayese, seguramente gritar y llorar se respondió a si misma. Ella nunca había creído en Dios, pero en ese momento una fuerza irresistible por rezar se apoderó de ella y, aunque nunca lo había hecho, comenzó a pedir que por favor no la deje morir así.
De repente, sintió la mano de Manuel sujetando firmemente la suya, al mismo tiempo que le susurraba algo al oído. Al voltear la cabeza, vio al muchacho sonriendo, diciéndole en ese lenguaje sin palabras de los enamorados que se tranquilice, que todo iba a estar bien. Anna sintió que su temor se sosegó con tan solo sentir que él estaba cerca suyo. Le miró a los ojos y sus labios buscaron los suyos.
Los intercomunicadores se activaron nuevamente y el capitán anunció que el avión había comenzado el descenso al aeropuerto. Por fin, tras varias horas de viaje, Anna y Manuel llegaban a Bruselas.
Era la primera vez que Manuel salía de Argentina, mientras que Anna ya había tenido la oportunidad de viajar por varios países al finalizar la universidad. Habían pasado casi cuatro años desde que dejó su natal Madrid para conocer Europa y América y tenía un cariño especial por Bruselas, donde vivió 6 meses antes de emprender ruta hacia América Latina. Quedó fascinada por el continente, quedándose por más tiempo en Buenos Aires donde sobrevivía haciendo pequeños trabajos y con lo que pudo ahorrar en Europa.
Ambos se conocieron en un café en avenida Corrientes, un día que la casualidad parecía haberse detenido también allí, embrujada por el refulgir de la ciudad. No se necesitó más que segundos para que se gustasen de inmediato y fue Anna quien tomó la iniciativa, acercándose a él con la excusa de pedirle fuego para encender un cigarrillo. Desde el inicio era evidente que tenían cosas y gustos en común, como bandas y ciertos novelistas, aunque diferían en pequeños detalles. Anna pensaba que el mejor disco de Pearl Jam era Vitalogy, porque representaba el momento de mayor experimentación y sinceridad del grupo; mientras que consideraba que La cartuja de Parma era la obra definitiva de Sthendal por aquella profundidad que daba a sus personajes. Manuel, por su parte, creía que era si iba a hablarse de experimentación y ser consecuente, el disco que lo resumía era No code, incomprendido en su tiempo y grandioso en retrospectiva; en tanto que era Rojo y negro la mejor novela del escritor francés, pues consideraba que nadie había narrado con tal maestría todos los intrincados actos de un arribista. “Y es que Sorels los ha habido antes y los hay ahora y siempre actúan de la misma forma. Más que una novela, esa obra parece un tratado sociológico” dictaminó sin convencer del todo a la muchacha.
-       A mi me gusta cómo escribe Borges, aunque leí que era un facho de mierda – dijo la muchacha.
-       Ser escritor no te hace necesariamente una mejor persona – dijo el muchacho encogiéndose de hombros – Puedes escribir bellamente, pero en el fondo ser una terrible persona. Mucha gente que escribe se esconde tras sus textos y en el fondo es una forma de pavonearse para ocultar su inseguridad. Es cómo decir al mundo: “¡Mírenme, préstenme atención! ¡Ámenme! ¡Ámenme porque yo escribo y ustedes no!”.
-       Si, he conocido a mucha de esa gente. Que todo el tiempo se la pasa hablando de lo último que escribió, que si acaban de publicarle en alguna revista, que si sí siente que está tomando riesgos que no había tomado antes para escribir su última novela. Es cierto lo que dices, es cómo si tratasen de echarte en cara su supuesta superioridad, solo por el hecho de escribir algo.
-       Y  es que en realidad yo estoy convencido que cualquiera puede llegar a ser un excelente escritor con tan solo cierta práctica y disciplina. Recuerdo haber leído un texto en la universidad de Walter Benjamin, si no me falla la memoria, donde él decía que el narrar es una actividad artesanal, lo cual te da a entender que es algo que puedes aprender y no un don que te toca por designios de la vida.
Las horas pasaron en conversaciones de todo tipo y parecía que cada uno de ellos buscase cualquier tema para poder pasar más tiempo juntos. Frente a ellos se cernía la posibilidad de no volverse a ver luego de aquella noche, por lo cual buscaron alargar la velada lo mas que pudieron, pese a que tenían que trabajar temprano. En el momento de despedirse intercambiaron números, lo cual dejaba abierta un pequeño haz de luz de un posible reencuentro, aunque ambos secretamente pensaban que el otro no llamaría.
Manuel fue quien tuvo la iniciativa esta vez y discó el número con un nerviosismo que no terminaba de entender, porque se decía a si mismo que quizás ella no contestaría o, de hacerlo, que no recordaría quién era él, haciendo que una simple llamada se convierta en un total bochorno. Para su tranquilidad, Anna no solo recordó quien era, sino que se escuchaba genuinamente feliz de escuchar al voz del muchacho. Él no supo sino hasta después que Anna estuvo esperando impacientemente su llamada, llegando a creer que Manuel no llamaría, lo cual le había puesto en el dilema de llamarle o no, pues no quería parecer una desesperada. Quedaron de encontrarse a las ocho para cenar algo y tomar unos tragos. Aquella noche se besaron por primera vez.
Había pasado un año y medio desde aquel entonces y en ocasiones Anna miraba de reojo a Manuel y se preguntaba si él sería el amor de su vida. Su madre le había dicho una vez que el amor llegaba cuando menos se lo esperaba y, aunque en el pasado esa sentencia le parecía cursi, ahora estaba casi convencida de lo dicho por su madre. En los últimos días, se sumía en estos pensamientos con frecuencia, resonando las palabras de la madre con mayor fuerza. Pero esta ensoñación se dispersaba en ciertos momentos y trataba de decirse a si misma que era una boba por pensar en todo aquello y que arruinaría todo si acaso dijese a Manuel que le amaba. Sin embargo, allí, tan lejos de Buenos Aires, Anna sentía que su amor por el muchacho se hacía más y más fuerte, pues le veía emocionado como un niño al sentirse en otro país tan distinto al suyo. Anna no quiso preguntar, pero estaba convencida que era la primera vez que Manuel salía de Argentina.
Llegaron al edificio donde que alquilaron un departamento por unos días. La dueña había dejado instrucciones de recoger las llaves con el vecino del tercer piso, pues ella se encontraba de viaje en aquel momento. Tocaron y salió un hombre malencarado que preguntó en francés que es lo que querían. Manuel no entendía nada de francés y de rato en rato comprendía algunas palabras de la conversación entre Anna y el viejo. Al terminar, Anna le dijo que el departamento estaba en el cuarto piso y que aquel hombre tenía un carácter muy especial, por lo cual era preferible tratar lo menos posible con él. Manuel preguntó que le había dicho el viejo, a lo cual Anna contestó evasivamente diciéndole que él no debía preocuparse, que no era nada importante.
Ni bien entraron se desploman en la cama y pese al cansancio, no pudieron evitar hacer el amor. Luego de una larga siesta, salieron a caminar por la ciudad para luego ir al café favorito de Anna. Unas cuadras antes de llegar, Anna señaló la ventana de un edificio y dijo que allí alquilaba una habitación cuando vivía en Bruselas. Manuel, sin pensar realmente en su pregunta, dijo si ella vivía sola allí o acompañada de alguien, a lo cual la muchacha contestó distraídamente que vivió un tiempo con un novio. Luego de la respuesta de la muchacha, ambos quedaron en un extraño silencio, como si hubiesen traspasado una puerta al pasado que habían evitado hacer. Sin embargo, la ligera incomodidad no duró más que unos segundo, pues ya estaba frente a la puerta del café. Ella dijo que probase el Té Chai o el Capuccino, pues eran de los mejores de la ciudad, Manuel se decidió por el té.  Ya pasadas las 11, salieron del café y Anna le dijo que no estaban muy lejos del departamento, por lo cual podían ahorrarse el taxi e ir caminando. Al llegar a la casa, ambos se desplomaron en la cama tan agotados que se durmieron sin siquiera ponerse la pijama.

13 de febrero
Anna y Manuel salieron temprano a caminar por la ciudad. Manuel quería llevar algunos recuerdos para su madre y hermana y entró a una tienda de artesanías para buscar algún regalo, algo no muy grande para que no ocupe mucho lugar en la maleta. Una vez que Manuel hizo sus compras, Anna le dijo que quería comprar una botella de vino para la noche, por lo cual entraron a una tienda donde ella eligió una botella y la guardó en su bolso.
Más tarde. Almorzaron algo ligero y cuando estaban a punto de terminar de comer, Manuel sacó un papel doblado del bolsillo de la chaqueta. “Es algo que te escribí hace unos días. Feliz San Valentín” dijo y leyó el poema. Anna, a pesar de que siempre se burlaba de la poesía y de quienes pretendían escribirla, no pudo evitar sentirse conmovida. “Pero hoy no es San Valentín, sino mañana” dijo sonriendo. Manuel perplejo dijo que ella tenia la razón, que todos esos cambios de horario habían hecho que se confundiera con los días. Anna le dio un beso y luego dijo que no importaba, que el poema era muy bonito y que le amaba por haberlo escrito. De repente se puso pálida al darse cuenta de lo que había dicho, miró a Manuel en cuyo rostro no encontró ningún atisbo de sorpresa, sino de serenidad. “Yo también te amo” le dijo con seguridad.
Durante el resto de la tarde, continuaron caminando por la ciudad, mientras planeaban su siguiente parada: Holanda. Frente a una tienda vieron un photoboot y a Anna le pareció divertida la idea de tomarse unas fotos. Una vez dentro, hicieron muecas frente a la cámara y se ubicaron en diferentes posiciones. Manuel miró luego con atención las fotografías, rompió una y dijo “Me quedaré con esta” para luego guardarla en el bolsillo de la chaqueta. Anna guardó el resto de las fotos en su billetera.
Al atardecer, Anna le enseñó a Manuel un bar que adoraba y que visitaba cuando vivía en Bruselas. Ambos pidieron cerveza y se sentaron en una solitaria mesa al fondo del bar, donde sus labios se buscaron con desesperación. Más tarde, abandonaron el bar para irse a casa, con un Manuel un poco mareado por las cervezas.
Al llegar, entraron riendo y hablando en voz alta mientras subían las escaleras. Cuando estaban atravesando el tercer piso, el viejo mal encarado salió a su puerta y dijo algo a Anna en francés que Manuel no llegó a entender, aunque por el tono de voz adivino que se trataba de un reproche. Anna contestó airada y luego de discutir por unos momentos, tomó la mano de Manuel y lo arrastró consigo, mientras continuaba hablando muy fuerte. Al entrar al departamento, Manuel preguntó que era lo que había sucedido pasó y Anna le dijo que no se preocupase, que solo eran los berrinches de un viejo amargado.
Anna sacó la botella de vino y buscó en los cajones de la cocina el destapacorchos. Sirvió dos vasos y le dijo a Manuel que se sentase en el sofá de la sala. A medida que el líquido de la botella disminuía, los vapores del vino hicieron que Anna olvide el incidente y pronto no pudo sino pensar en Manuel. Un poco más tarde, estaban en el lecho amándose con desespero, como si fuese la última vez.
Manuel besó los ojos de Anna y le dijo en oído derecho “Te amo”. Anna, sin pensarlo siquiera contestó que ella le amaba también. El muchacho contempló el rostro de Anna envuelto por las penumbras, apenas iluminado por pequeños haces de luz que se escurrían desde la calle y no pudo dejar de pensar en otra cosa que no fuese que quería pasar el resto de su vida con ella.

14 de febrero
 Manuel, víctima de la resaca, continuaba en cama y no estaba dispuesto a levantarse tan temprano para salir a caminar, pese a la insistencia de Anna. Ella por fin se rindió y le dijo que haría algunas compras y que luego visitaría a algunos conocidos, pero que estaría de regreso a la hora de almuerzo. Manuel, más dormido que despierto, dijo que estaría listo a su regreso.
Manuel despertó como a las 3 de la tarde y se dio cuenta que Anna aún no ha llegado. Revisó el pequeño refrigerador que había en la cocina en busca de algo para tomar y también para saber si había algo que pudiese usar para prepararse algo para comer. No encontró más que una botella de agua y una bolsa de papas fritas que devoró en un santiamén. El hambre le hacía crujir el estomago, pero no se animó a aventurarse solo para ir a comer algo, primero por su desconocimiento del francés y segundo porque su inglés era bastante rudimentario para poder expresar claramente lo que quería. Sin embargo, su mayor temor era salir y que Anna llegase mientras él estaba ausente, logrando solo que la muchacha se preocupe por él.  Decido ya a quedarse y esperar por Anna,  Manuel encendió la televisión y, aunque, no podía entender casi nada, se distrajo pasando los canales sin prestar atención a ninguno en particular. Las horas pasaron y Anna no regresaba aún, lo cual preocupaba a Manuel aunque atribuía la demora a la visita a las amistades.
Casi por casualidad, encontró un delgado libro en español en el estante. Era un viejo número de Selecciones del Reader’s digest de los años cincuenta. Manuel hojeó la revista con curiosidad y le hizo gracia que varios de sus artículos atacaban a la ex Unión Soviética, aunque terminaron por interesarle dos narraciones de casos que habían ocurrido en la vida real: un hombre perdido en una tormenta de nieve en Massachusetts y otro sobre un grupo de sobrevivientes del naufragio de un barco mercante que hacía la ruta Chile – España. Cuando terminó de leer ambas historias, sacó de su maleta el libro que trajo consigo para leer en el viaje: “El hombre que amaba a los perros” de Padura y se acostó en el sillón para leerlo, quedándose dormido al poco tiempo.

15 de febrero (madrugada)
 Manuel despertó sobresaltado y se dio cuenta que se había quedado dormido en el sillón. Escuchó en ese momento que tocaban insistentemente a la puerta. El muchacho se levantó aprisa, pensando que era Anna quien tocaba pues quizás había extraviado la llave. “Ya voy” gritó mientras busca presuroso sus pantuflas.
Al abrir la puerta no vio a Anna, sino a tres hombres, dos de ellos vestidos de policias. El que no estaba vestido de policía sacó una credencial del bolsillo de la chaqueta y se la enseño a Manuel mientras le hablaba algo en francés. El hombre guardó la identificación y entró presuroso al departamento, siendo imitado por los otros hombres. El hombre comenzó a decir algo en francés a Manuel y éste trató de entender lo que decía, pero sin éxito. “No entiendo, no hablo francés ¿Qué sucede? ¿Quiénes son ustedes?” dijo un confundido Manuel que no atinaba a hacer algo ante aquella situación. Uno de los policías se acercó al hombre sin uniforme y le dijo algo, asintiendo este último con la cabeza. Al rato, el policía volvió con otro hombre que dijo en un rudimentario español, mezclado con italiano, si Manuel entendía inglés. El muchacho dijo que sí, pero que no era muy bueno por lo cual  prefería hablar en español para entender lo que sucedía. El hombre dijo algo a los otros policías y luego dejó del departamento, al cabo de unos 10 minutos, entró otro policía quien preguntó a Manuel: “¿Hablas español? ¿De donde eres?”. El muchacho dijo que entendía era argentino y que había llegado al país apenas hace algunos días.
El policía que hablaba español dijo a Manuel que encontraron el cuerpo de Anna estrangulada en un callejón no muy lejos de allí. En el bolso habían encontrado el recibo por el alquiler  del departamento y era por ello que estaban allí con fines investigativos.
Manuel, perplejo, no pudo contener las lágrimas y comenzó a llorar, mientras comenzaba a tener una sensación extraña sobre los hombros, como si de pronto todo el peso del mundo se le viniera encima. Perdiendo el control, se lanzó sobre el policía y tomándole de las solapas del uniforme comenzó a zarandearle mientras le gritaba que quién era el que mató a Anna. Los otros policías intervinieron y redujeron a Manuel. El policía que hablaba español, recuperando su aplomo dijo que aún no tenían más que conjeturas sobre la identidad del asesino, porque aún estaban en etapa investigativa.
“¡Encuentren a ese bastardo! ¡Voy a matarlo!” – rugía Manuel totalmente fuera de sí. El policía que hablaba español dijo entonces: “El vecino dijo que anoche les vio llegar borrachos y armando un escándalo. Creyó que estaban peleando y que por eso tuvo que salir a su puerta para evitar mayores problemas. Dice también que cree haberles escuchado discutir durante la noche y que está seguro que oyó llorar y gritar a Anna, pero que él no quiso hacer nada en ese momento por miedo”.
“¡Pero ese tipo es una mentiroso! ¡Anna y yo jamás hemos peleado¡ ¡Ella salió temprano en la mañana para visitar a sus amistades y yo me quedé durmiendo!” gritó Manuel con aflicción.
“Pues el vecino dice que no vio a Anna ni a ti salir durante todo el día, pero que le pareció escuchar ruidos raros en las escaleras en la madrugada. El vecino de abajo concuerda también que escuchó salir a alguien cargando algo pesado en la madrugada, pero que no se molestó en mirar porque pensó que eran ustedes que se marchaban llevando su equipaje.” – dijo el policía mirando fijamente a Manuel, esperando su reacción.
“¡Esa gente miente! Nosotros estuvimos durmiendo toda la noche y Anna salió temprano y yo me quede durmiendo ¿Cuántas veces voy a tener que repetirlo?” – dijo Manuel bajando la voz paulatinamente porque sentía que algo malo estaba pasando.
“En todo caso, nadie te está acusando, simplemente queremos que nos acompañes a la estación de policía para hacerte algunas preguntas que nos ayudarán a esclarecer que paso con tu novia. Es mejor que cooperes y no obstaculices con nuestro trabajo si quieres descubrir que sucedió. No te preocupes, se te proveerá un abogado que hable español para que le cuentes lo que sabes antes de decírnoslo a nosotros. Ahora, te aconsejo que te tranquilices y, sobre todo, que no digas nada más pues podrías complicar tu situación.” Dijo el policía a  Manuel mientras le alcanzaba su chaqueta para que se la pusiera.
Al bajar las escaleras, el vecino miraba curioso, apoyado en la baranda de su piso. Manuel le dirigió una mirada de odio que el viejo no pudo resistir y se metió presuroso en su departamento. En la calle había dos patrullas esperando, la gente se agolpaba curiosa para ver que sucedía, mientras se contaban diferentes historias sobre los hechos ocurridos.
Amanecía, Manuel sintió que el frío de la madrugada le cortaba lentamente el rostro. Metió sus manos a los bolsillo para calentar las manos y en uno de ellos tocó un trozo de papel. Lo sacó del bolsillo: era la fotografía que se había tomado con Anna. En ese instante una ráfaga de viento le arrebató la fotografía y se la llevó volando varios metros, antes de dejarla en el suelo. Una vez allí, el viento continuó jugando con ella, llevándola caprichosamente de un lado a otro.