sábado, 2 de mayo de 2015

La venganza


John Atkinson Grimshaw - Luz de luna de plata (1880)
Hoy se cumplían 4 meses. Mauricio recordaba a la perfección sus últimas palabras, su sonrisa en el umbral de la puerta y cómo entorno los labios para lanzar un beso a él y a los niños. Los pequeños la adoraban y solían llamarla por su nombre, pese a que él siempre insistía en que le digan tía. A ella, por supuesto, le encantaban que ellos se refieran a ella por su nombre, Marcela, pues se había creado una complicidad entre ellos, la de una hermana mayor con sus hermanos menores.
Tras esa última despedida, ella nunca llegó a su casa y desapareció por varios días, para desesperación de Mauricio y su familia. Más tarde, los peores vaticinios se cumplieron cuando la policía encontró su cuerpo inerte entre los matorrales de un terreno donde se anunciaba la construcción de un nuevo centro comercial.
La ciudad no hacía más que expresar la decadencia en la que el país se había sumido en las últimas décadas. La delincuencia era dueña de las calles y, en connivencia con la policía, desplegaba impunemente sus tentáculos en barrios obreros cómo en el que vivía Mauricio y su familia. A veces él se preguntaba si había algo que podría hacer para cambiar aquello, especialmente cuando caminaba de retorno a casa y debía pasar con la cabeza baja ante esos chiquillos que le miraban amenazadoramente y que se habían apoderado del barrio. Todos ellos eran instrumentos de un mal mayor que era dueño de la ciudad y que no se ensuciaba las manos, sino que tenía sus acólitos quienes se encargaban de cobrar sus deudas de sangre.
Mauricio, un simple empleado de un taller mecánico, donde llevaba ya casi veinte años, no podía hacer nada sino observar que toda aquella impunidad se apoderaba de la ciudad. A menudo gustaba de mirar películas donde héroes de elástica moral y a veces pocos escrúpulos solían dar una lección a toda aquella maldad, saliendo casi indemnes de golpizas, explosiones, tiroteos y luchas contra autoridades corruptas. Al finalizar las películas, una extraña sensación de esperanza se apoderaba brevemente de Mauricio, quien comenzó a creer que erradicar toda aquella violencia que se había cernido sobre la ciudad, solo era posible mediante la propia violencia, aunque esta con fines nobles.
Sin embargo, a menudo la desesperanza se apoderaba de Mauricio, porque no se creía capaz de emular aquello que se veía tan fácil en el cine, sobre todo porque –aunque le costaba admitirlo, sentía miedo. Eso hizo que Mauricio comenzara a sentir un fuerte odio contra si mismo, por sentir y no poder enfrentar aquel miedo, mientras sentía que la ciudad se caía a pedazos.
Mauricio se miraba las manos. Las palmas callosas revelaban su ardua labor diaria, de una existencia modesta y hasta ahora relativamente tranquila. Quería imaginarse aquellas manos cubiertas de sangre, pero le era imposible, quizás por su temperamento apacible o porque era la primera vez que sentía tal odio, por lo cual le era difícil manejarlo.
El asesinato de Marcela había sido mencionado en los medios de comunicación como una parte más de las estadísticas, como una más de las personas asesinadas durante la semana. Todas aquellas personas, con una historia, una vida, sueños y pasiones, se veían reducidas a números, utilizados para pregonar lo peligrosa que se había puesto la ciudad y así justificar que la gente rica se encierre tras muros que la alejaban de la realidad; mientras los pobres tenían que hacer frente a una ciudad cada vez más agresiva, donde parte de su población le temía y levantaba muros a su alrededor.
Luego del asesinato de Marcela, la policía había cogido a un grupo de sospechosos. Durante las investigaciones, Mauricio estaba totalmente seguro que ellos eran culpables, que eran quienes habían segado la vida de su hermana. Sin embargo, al poco tiempo salieron libres, pese a todos los reclamos que hizo Mauricio. “No se han encontrado pruebas suficientes para poder acusarlos” le habían dicho, aunque él no necesitaba prueba alguna, pues veía en sus rostros no solo la culpa por el crimen, sino una perturbadora alegría originada en el hecho de saberse impunes ante cualquier acto que cometiesen.
Durante la siguientes semanas la actitud de Mauricio cambió, haciéndose más malhumorado e impaciente. Tras la muerte de su hermana, la pareja de Mauricio, Leonor, fue la primera en darse cuenta que en él se había operado un cambio trascendental, que lo había convertido en un hombre totalmente diferente al que había dormido junto a ella por casi diez años. A menudo, tenía la impresión de que estaba ante un hombre taciturno cuyo interior estaba derruido, pero a punto de estallar en cualquier momento.
Mauricio colgó la llave Stillson en el cinturón y la cubrió con la gabardina gris que solía utilizar en invierno. Antes de salir, se despidió de sus dos hijos y de Leonor, intentando dar la menor solemnidad a aquella despedida para no preocuparlos, aunque tenía certeza de que no iba a regresar. Leonor, sin embargo, presintió que algo ocurría y preguntó porqué había decidido salir a esa hora. Él adujo que debía volver al taller porque no estaba seguro de haber cerrado todas las puertas y no quería problemas con el dueño. Era la explicación más absurda que podía hacer, pero en aquel momento le pareció la más adecuada. Leonor replicó que eso podía hacerlo temprano al día siguiente, que era muy tarde para que salga. Mauricio simplemente dijo que volvería pronto y salió sin mirar atrás.
La calle estaba inundada de neblina  y solo se veían siluetas tenuemente iluminadas que aparecían y desaparecían en la bruma. Mientras caminaba, Mauricio se cruzó con varias personas que aun transitaban a esas horas, quienes apresuraban el paso para alejarse de él, pensando que les haría algún daño.
Mauricio también sentía el mismo temor cuando se cruzaba con alguien, pero inmediatamente llevaba la mano al cinturón y acariciaba la llave, la cual le infundía un valor que jamás había pensado que podía sentir. En aquel momento, sentía que se había convertido en uno de aquellos personajes de las películas, capaces de hacer sus propias reglas, de imponer la justicia allí donde parecía que nadie más podría hacerlo. De esta manera, a medida que avanzaba a su destino, comenzó a sentir una sensación de satisfacción y de orgullo y toda duda se disipó en él, comenzando a creer que lo que haría era correcto y justo.
Se detuvo una cuadra antes de su destino y oteó a sus víctimas. Como casi cada noche, los cuatro hombres conversaban animadamente sentadas en una escalera, mientras esperaban la hora de su ronda por el barrio. Hablaban de una de sus últimas fechorías, la destrucción de un negocio de unas cuadras más abajo por no pagar la “protección” mensual. Uno de ellos se ufanaba de la golpiza que había dado al dueño del local y bromeaba sobre la cara de terror del hombre.
Mauricio, con paso tembloroso, se dirigió en pos de aquellos hombres, con la intención de vengar a  su hermana. En cierto momento, lamentó lo que estaba haciendo y deseo con vehemencia estar arropado en su cama en la seguridad de su hogar. Pero sabía que era tarde, porque los cuatro hombres ya se habían percatado de su proximidad.
Se detuvo a unos cuantos metros de donde estaban ellos, los miró con odio y su mente se llenó de imágenes confusas donde aquellos hombres violaban y mataban a su hermana sin compasión, lo cual encendió aún más su ira, haciendo que camine los últimos metros que lo mantenían a una distancia prudente de los delincuentes.
Al verlo acercarse, los hombres se levantaron de sus lugares y miraron desafiante al extraño, mientras buscaban sus armas. Mauricio se detuvo y los miró en silencio, los cuatro hombres también observaban con atención a cualquier movimiento extraño de aquel intruso.
Uno de los delincuentes gritó a Mauricio qué era lo que quería, que aquella calle era de ellos y que nadie sin su autorización podía pasar, menos aun la policía. Mauricio continuaba impávido, inmóvil en su lugar mirando a los cuatro hombres que comenzaron a impacientarse por su silencio.
Mauricio había pensado cientos de veces en esa situación y hasta tenía memorizadas las palabras que diría,  un breve discurso donde hablaría sobre la justicia, la maldad y el bien y que remataría en mencionar que aquella era una venganza por la muerte de una inocente: su hermana. Si bien casi ninguno de sus héroes decían algo antes de inclinar la balanza de la justicia con sus puños, Mauricio había juzgado que era necesario hacerlo, para dar solemnidad al momento y porque creía que ese tipo de palabras tendrían efecto sobre la maldad inherente de aquellos hombres.
Cuando quiso comenzar a hablar, Mauricio se dio cuenta que había olvidado por completo lo que iba a decir y que tan solo recordaba algunas palabras concretas. Comenzó a improvisar un discurso y decidió hacerlo con la voz enronquecida, porque pensó que así mostraría su rudeza y que aquello atemorizaría a los delincuentes. Los cuatro hombres, al escuchar la falsedad de la voz con la que Mauricio quería impresionarlos, comenzaron a reírse como locos y no escucharon ni siquiera una sola palabra de lo que decía el extraño.
A Mauricio lo invadió entonces una mezcla de miedo que poco a poco se convirtió en ira, al darse cuenta que los cuatro hombres se burlaban de él. Sacó entonces la llave que tenía colgada en el cinturón y la blandió amenazante. Al ver que aquel hombre les amenazaba, los delincuentes dejaron de reír y empuñaros sus dagas y uno de ellos sacó un revólver.
Un disparo se escuchó en la calle y Mauricio sintió que el brazo izquierdo, donde llevaba el arma, le quemaba como si un tizón estuviese pegado a él. Se llevó la otra mano al brazo y sintió que la sangre se escurría por la gabardina hasta chorrear al suelo.
Mauricio miró que los delincuentes con las dagas se le acercaban lentamente para rodearlo, resguardados por el cuarto con el arma. No tenía salida alguna, no había vuelta atrás, tan solo atacar y terminar con aquello.
Un grito que fue transformándose en un estertor dejó aterrorizados a los delincuentes. Lo que había comenzado como un grito humano, se transformó en un rugido animal que anunciaba muerte, que clamaba sangre por aquella que ellos habían derramado.
A lo lejos, las siluetas que emergían y se sumergían continuamente en la neblina, se detuvieron por unos segundos al escuchar aquel bramido que parecía surgir desde las fauces del propio infierno urbano, como si fuese la misma ciudad la que rugía como una fiera. Se escucharon entonces varios disparos y luego silencio, que luego fue interrumpido por los ruidos cotidianos de la noche.
Comenzó a llover y, mientras las siluetas corrían para guarecerse y se transformaban en seres vivos al ser dispersada la neblina, una alcantarilla en una solitaria calle arrastraba un chorro de sangre hacia el vientre de la ciudad.