martes, 27 de enero de 2015

Entrevista a un muerto


La siguiente historia podrá parecer inverosímil, pero sustento mi relato en lo que queda de mi
Jean-Antoine Watteau - La comedia italiana (1716)
probidad, ahora tan maltrecha por tanta difamación. Pero antes que comience mi historia, simplemente deseo señalar que fui un estudiante de periodismo destacado en la universidad, consiguiendo muchos lauros en esta etapa y graduándome con los más altos honores. Al finalizar mis estudios, recibí ofertas de algunos de los más reconocidos periódicos del país, quienes se habían interesado por mi persona por la repercusión que tuvo mi tesis en los círculos académicos y en el campo del periodismo de investigación. Comencé a trabajar en el periódico más importante del país (por cuestiones estrictamente legales me veo en la necesidad de omitir el nombre del diario y nombres de personas) y destaque inmediatamente, logrando ganar varios premios nacionales e internacionales por mis reportajes.
Hago referencia a todo lo anterior no en aras de influir sobre quien lee estas líneas, sino para demostrar que el relato al cual voy a referirme es real, porque jamás en mis años profesionales inventé o alteré la información que obtenía para mis reportajes.
La historia que a continuación detallaré ocurrió hace como tres años, cuando estaba por dar un nuevo giro en mi carrera profesional con tan solo 25 años, pues varios matutinos internacionales habían ofrecido contratarme. La historia que contaré sucedió precisamente en esta época y después que la redacté para publicarla en el diario, el jefe de redacción censuró mi reportaje tachándolo de “delirio”. Por supuesto que reclamé y el problema llegó a los altos mandos y la respuesta fue nuevamente la misma: no se iba a publicar.
Recurrí al campo jurídico y demandé al periódico, apoyado por un equipo de tinterillos que ahora me arrepiento de haber contratado. El juicio duró varios meses y me amparé en argucias legales como mi derecho a la libertad de expresión, a la investigación, a la crítica y el comentario y otros. Por supuesto, perdí el pleito porque, al fin y al cabo, yo era un simple periodista tratando de enfrentar a una corporación de medios de comunicación con capacidad de comprar hasta el último juez en el país. A eso se vino la deuda por las cuentas de mis abogados, que me dejaron literalmente en la calle.
Finalmente, el diario se ensaño conmigo y evitó que otros periódicos oficialistas y alternativos publiquen mi historia, no solo sobornado o amenazando a sus directores, sino también con la campaña de desprestigio que se inició contra mi. De esta manera, en la actualidad de ser una de las promesas rutilantes de mi generación, ahora no soy más que un chiflado que carga consigo una historia de fantasmas.
Sin embargo, lejos de desanimarme he decidido publicar mi historia en este blog, porque creo que el espacio virtual, aún lejos de las garras de las corporaciones periodísticas, me permitirá llegar a público alrededor de todo el mundo, para que lean un reportaje que podría haber cambiado nuestro entendimiento sobre la muerte, si tan solo se hubiese publicado. Pero bueno, sin más preámbulo comenzaré con la historia.
Era principios del mes de noviembre del 2011 y, como mencione, yo estaba trabajando para un diario. Pese a que obtenía un buen salario, mi compromiso social y ambiental – que arrastró desde mi infancia – había evitado que compre un coche y por lo general me movilizaba al trabajo caminando, pues este no estaba más que a algunas cuadras de mi apartamento. Al hacerlo, me veía obligado  a atravesar una pequeña plaza que la gente había comenzado a llamar pequeña Italia, pues se decía que muchos años atrás la comunidad italiana de la ciudad, aun muy pequeña, solía reunirse ahí los fines de semana.
Había cruzado tantas veces por esa plaza que se me hizo tan familiar que pasaba sin mirarla o a la gente que transitaba por allí. Sin embargo, todo esto cambio cierto día en que tropecé y mis huesos dieron estrepitosamente con el suelo. El dolor impidió que me incorpore con rapidez y cuando me hube levantado busqué la banca más próxima para sentarme y recuperarme.
Dicho y hecho me acerqué hacia una de las bancas que estaba apenas a 5 metros míos y advertí que un sujeto estaba sentado dando de comer a las palomas. El hombre, sin inmutarse, continuó arrojando migajas a las aves y parecía no verme ni siquiera cuando me senté junto a él.  
-       Tremendo porrazo que me di ¿eh? – dije avergonzado para salir del paso, pero el hombre no contestó.
-       Espero no haberme lastimado nada, odio los médicos y no quisiera tener que visitar uno. Por otro lado, llegaré tarde al trabajo, pero no importa ¿Le gustan los médicos a usted? – el sujeto continuó en silencio.
-       Bueno, creo que podré caminar. Ya se me pasó el dolor. Ahora discúlpeme porque tengo que irme al trabajo.
Irritado, abandoné el lugar pensando lo fácil que  es toparse con personas maleducadas. Sin embargo, celebre para mis adentros la perfección de mis modales frente a tan extraño sujeto, no habiendo perdido la flema en ningún momento, pese a su clara mala educación. Durante el resto de la tarde no pude sacarme al individuo de mi cabeza y comencé a sentir una profunda antipatía por él, pese a que ni siquiera lo conocía.
Los siguientes días mi enfado contra él comenzó a crecer porque me di cuenta de algo que no había advertido: el hombre estaba siempre sentado en el mismo lugar cuando yo pasaba. Mi enojo poco a poco se convirtió en curiosidad y, a partir de ese día, comencé a observarlo con detenimiento hasta darme cuenta de algo: el sujeto siempre estaba ahí a la misma hora alimentando a las palomas, sin el menor signo de apuro por ir al trabajo. Como buen periodista, comencé mis conjeturas y establecí dos hipótesis, una más verosímil que la otra: era un desempleado – el país no salía de su recesión – que agotado y desanimado por la falta de trabajo, había decidido pasar los días en la plaza, quizás mintiéndole a la esposa diciéndo que salía a buscar trabajo. La segunda hipótesis, muy poco probable, es que era uno de esos tipos que se había hecho rico con la especulación de combustible a principios del milenio, por lo cual ahora disfrutaba excéntricamente de su riqueza alimentando aves. Descarté esta última hipótesis al observar como iba vestido: ninguna señal de que usase ropa más cara que la mía y tampoco de ningún guardaespaldas, como acostumbran a tener los magnates.
El lector se preguntará porque no inicié esta narración describiendo físicamente al sujeto, como suele hacerse en este tipo de reportajes. La razón es sencilla y tiene relación con la observación de su vestimenta: sus rasgos faciales no denotaban ninguna particularidad fenotípica e incluso a simple vista parecían opacos. Este hallazgo hizo que me interese aún más por el sujeto.
Con el pasar de los días, mi curiosidad y, por que no decirlo , mi olfato periodístico comenzaron a crecer y dije al jefe de redacción que estaba tras una historia interesante y que por ello mi presencia en el periódico sería intermitente. Mi jefe, consciente de mi laboriosidad y sensibilidad por las buenas noticias, no chistó a la hora de darme el permiso requerido.
De esta manera, comencé a frecuentar la plaza y a diario me sentaba junto al sujeto, tratando de establecer una conversación con él. Todo fue en vano por al menos dos semanas, pero mi tenacidad no me permitió rendirme e intenté imitarlo para agradarle, alimentando también a las palomas. Hice lo mismo durante varios días hasta que, por primera vez en mi vida, perdí la paciencia al no poder obtener respuestas de mi interlocutor. Tiré la bolsa de migajas, me levanté y estaba a punto de marcharme cuando el hombre dijo:
-       No les des tantas migajas de una sola vez. Estas aves suelen comer hasta morir.
Quedé pasmado por su comentario y, por primera vez, no supe que contestar. El individuo me dijo entonces que volviese a sentarme y dijo:
-       Me has estado hostigando por varios días ¿Qué quieres de mí?
Con una mezcla de sorpresa ante la pregunta, solo atiné a decir que buscaba saber que hacía ahí, si cada día que se sentaba en la plaza obedecía a una frustración ante la escasez de empleo que azotaba la nación. El hombre rompió en una carcajada que me erizó hasta el alma.
-       ¡Empleo! ¡Menuda ocurrencia! Ya me veo yo en mi actual estado buscando un trabajo ¿Qué tendría que hacer? ¿Espantar mocosos en una de esas casas del terror en la feria de la ciudad?
Pregunté al sujeto si al decir “estado” se refería a su desempleo. Calló por varios minutos y pensé que no iba a volver a hablarme hasta que dijo:
-       Si te dijera que con la palabra “estado” me refiero a que estoy muerto ¿me creerías?
Negué con la cabeza, mientras en mi interior pensaba que mis dotes periodísticas habían fallado por primera vez y que estaba entrevistando a un loco. Traté, sin embargo, de sacar el mayor provecho de la situación y me imaginé un reportaje que hablaría sobre la clase desposeída a partir del relato de una persona insana marginada totalmente del sistema económico. A pesar de todo, me dije a mi mismo, loco o no sacaría un interesante reportaje de aquella situación. Él respondió:
-       Te ves muy joven, aunque aparentas más años por tu forma formal de vestir y por esas horribles gafas que llevas. Imagino que eres uno de esos niños que tratan de actuar cómo mayores desde que son muy pequeños para lograr reconocimiento en esos círculos de la adultez que parecen inaccesibles cuando eres un niño. En todo caso, creo que para ser tan joven eres muy incrédulo, aunque considero que esa incredulidad es solo una fachada que pones.
Pese a que me molestó el comentario – siempre he tenido un gusto exquisito por la moda y si decidí juntarme con gente mayor fue porque las conversaciones de mis congéneres me aburrían– le pregunté quién era y porqué iba allí todos los días. Él, sin inmutarse siquiera por mis preguntas, continuó hablando:
-       Y encima eres impaciente. Típico de la juventud, andar a prisa como si la juventud se les fuese a ir en un suspiro. Te preguntaré de nuevo ¿Me creerías si te digo que soy un fantasma?
Esta vez negué en voz alta y me dije a mi mismo que no me iba a dejar intimidar con ese loco. La entrevista saldría aún a pesar suyo. Pregunté algo, no recuerdo exactamente qué, pero el siguió con su alocución.
-       Mira, quizás en otras circunstancias y considerando tu actitud grosera habría dado por terminada la entrevista. Pero no lo haré porque me divierte hablar contigo y hoy quiero enseñarte algo que seguramente te bajará del pedestal, o jaula más bien, a la que ya te has acostumbrado. Lo cierto es que aunque toda tu racionalidad quiera negarlo, tienes frente a ti a un tipo muerto hace varios años ya.
Dije entonces que si era verdad que estaba muerto, me lo demuestre en ese instante. Él calló por un buen rato y creí que mi razón había triunfado sobre su locura, por lo cual me sentí orgulloso de estar retomando el control de aquella entrevista. Justo cuando abría la boca para hablar, el sujeto me interrumpió y continuó hablando.
-       Claro que puedo demostrarte, pero sería muy fácil para ti e incluso doloroso, es decir, quiero que dejes tu escepticismo de forma gradual y que cuestiones tus propias creencias. Yo podría volar o desaparecer frente a tus ojos e incluso tomar posesión de tu cuerpo por unos segundos, sin embargo, no lo haré porque temo que huyas despavorido.
Sin prestar mucha atención a lo que me decía. Bombardeé con preguntas tales cómo donde vivía, si tenía familia, si usaba algún tipo de medicación y muchas otras preguntas que termine hilando atropelladamente: comencé a sentir un ligero temor que se apoderaba muy lentamente de mi cuerpo. Él continuó:
-       ¿Sabes tú la diferencia entre estar vivo y muerto? Al menos en mi caso, prefiero ser un difunto ¿Sabes por qué? Por una sencilla razón: nunca me llevé bien con los vivos. Desde chico fui el raro de la escuela ¿sabes como es eso? Seguro que sí, porque imagino que tu también eras como yo cuando pequeño: solitario y ligeramente más inteligente que otros, por lo cual tu soledad se convirtió en arrogancia. Pues bien, cuando crecí la situación no fue muy diferente para mi y siempre era considerado un tipo extraño, aún por mi familia. Eso me llevó a vivir una especie de reclusión, busqué un trabajo en el cual pudiese trabajar con una computadora y con el menor contacto posible con otros seres humanos. Siempre me gustó la soledad, pero como todo ser humano a veces necesitaba con desesperación el contacto con otras personas. La soledad en extremo puede llevarte a situaciones de desesperación ¿Has comenzado a llorar alguna vez sin tener el menor motivo?
Asentí en silencio. El continuó:
-       Pues bien, en mis últimos años mi soledad se acentuó. Sentía como si el mundo si hubiese olvidado de mi por completo. No recibía llamadas, ni cartas y solía salir muy poco a la calle, solo para hacer cosas puntuales. Pero llegó un momento en que la soledad se me hizo insoportable por un hecho que ocurrió poco antes de mi muerte. Clamé por ayuda, busqué a mis viejos amigos y hable con mi familia, pero cuando les contaba sobre ello me tachaban de imaginativo e incluso no faltó quien me dijese loco. Me aislé mucho más al no encontrar atención alguna ¿Cómo explicártelo? Eran como gritos mudos desde alma que pedían ayuda, comprensión, afecto, pero nadie me tomó en cuenta.
Para ese momento, me pareció que la voz de mi interlocutor se había hecho más lúgubre y triste. Tomó unas migajas de la bolsa y las echó a las palomas. Continuó hablando:
-       Al poco tiempo todo ocurrió. Estaba atravesando la calle  y un coche que venía a alta velocidad me embistió. Caí muerto al instante, al menos sin sentir el menor sufrimiento. Yo había escuchado que cuando uno va a morir frente a uno desfila toda su vida en un parpadeo, pero en mi caso fue totalmente diferente. Yo solo tuve una imagen fija: un cuadro de Jean Antoine Watteau llamado “La comedia italiana”. Esta imagen era la portada de un disco con “la sinfonía de los juguetes” de Leopold Mozart que mi padre tenía y que me hacía escuchar de niño. Pues bien, tuve esta imagen fija durante mi muerte. Qué significa eso no lo sé.
Pregunté al sujeto que se sentía estar muerto. Intentó varias respuestas vanamente, finalmente dijo:
-       Es difícil explicarlo, más aún si aún te encuentras en el plano de los vivos como yo. Lo único que te puedo decir al respecto es que prefiero estar muerto. Cuando estaba vivo no recibí una palabra de aliento, un abrazo, un te quiero; pero cuando se enteraron de mi muerte, todos lamentaban mi partida, se arrepentían de no haberme visitado, de no haberse acordado de mí y de no haberme dicho cuan importante era en sus vidas. Estando muerto al menos ya no tengo que aguantar tanta hipocresía. Además ¿Cuánto tiempo crees que duré en los pensamientos de toda esta gente? Fui olvidado al cabo de unas semanas y ya nadie se acuerda ahora de mí. Prefiero que sea así, al menos ahora me siento más tranquilo aquí entre los muertos. No tienes idea de la cantidad de muertos que caminan por las calles de la ciudad, es solo que nadie tiene tiempo para detenerse y observar con atención.
Pregunté a qué se había referido con aquél hecho acaecido poco antes de su muerte. El hombre contestó:
-       Me refería a un sueño que tuve, fue una premonición por así decirlo. Yo no solía soñar mucho y cuando lo hacía, era muy intenso. El último sueño, donde se me mostró que moriría, lo olvide apenas me desperté, pero el sentimiento de que algo me iba a pasar no me abandonó. He conversado con otros muertos y también tuvieron un sueño que predijo su fallecimiento, por eso suele pasar que algunas personas comienzan a actuar extraño antes de morir y tratan de despedirse, aunque de una manera muy disimulada ¿Qué por qué se hace esto? Supongo que es porque, como en mi caso, la gente pensará que has enloquecido, aunque también hay otros que no quieren preocupar a las personas a su alrededor. Sin embargo, algo si es cierto: cuando vas a hablar de ello hay como una fuerza interior que te impide hacerlo, que ahoga las palabras que van a salir de tu boca.
Con un nudo en la garganta, confesé al espectro:
-       Pues…pues yo he tenido también ese sueño del cual hablas. En mi caso, lo recuerdo muy bien y no me lo he podido sacar de la cabeza. Yo estaba en una reunión con todas las personas que me aman, incluso aquellas que ya no veo hace mucho tiempo. La mesa estaba servida con manjares desconocidos que todos disfrutaban mientras conversaban animadamente. En cierto momento, se anunció que era hora de mi investidura y aparecieron unas figuras encapuchadas que me desnudaron para luego ponerme una túnica blanca. Uno de estos seres mojó la mano en un pequeño envase lleno de aceite y dibujo una cruz en la frente y otra en el lado izquierdo de mi pecho, a la altura del corazón. A continuación, los engendros se retiraron y cada uno de mis seres queridos comenzó a hablar sobre lo importante que era para ellos. Algunos lloraban de alegría cuando recordaban algún hecho concreto sobre mi vida. Una vez que todos terminaron de hablar me levantaron en hombros y me llevaron vitoreando hacia una especie de altar que se encontraba en medio de la habitación. Me acostaron en el lugar y en ese momento yo me di cuenta que estaba totalmente paralizado, quizás por alguna de las bebidas que probé durante la comida. La gente hizo un círculo alrededor del altar y uno de los presentes, creo que era mi padre, dijo que el momento había llegado. Al instante, todos se abalanzaron contra mi cuerpo inerte y comenzaron a devorarme. El dolor era insoportable, pero el trance en el que estaba me impedía gritar o moverme. Al cabo de unos minutos quede en los huesos, pero dejaron intacto mi corazón  que seguía latiendo en el pecho e insuflándome vida. A continuación trajeron un sarcófago y depositaron mi osamenta en él. Luego me sacaron fuera de la casa, emitiendo unos alaridos de dolor escalofriantes. Al cabo de un rato podía escuchar que la tierra caía sobre el ataúd, pero nada podía hacer ya.
Este fue mi sueño y desde entonces no he podido sacármelo de la cabeza. Pese a que me estremeció, no le había dado mucha importancia hasta que me contaste tu historia ¿Significa entonces que…voy a morir?
Después de hacerle mi pregunta, el ser giró su cabeza para verme. Hasta ese momento no había advertido que en lugar de ojos, solo tenía unas cuencas oscuras que parecían cavidades infinitas. No estoy del todo seguro, pero me pareció que de aquellas orbitas escaparon unas lágrimas. El espectro giró la cabeza y dijo:
-       Pues si lo soñaste es que pasará. No te puedo asegurar cuando, quizás mañana o dentro de algunos pocos años. La experiencia es diferente para cada uno de nosotros.
Pregunté al ser porqué continuaba aún en el plano de los vivos, precisamente en ese lugar, una pequeña  y recóndita plaza. Señaló con la mano hacia el frente y contestó:
-       ¿Ves esa esquina? Ahí es precisamente donde morí, donde el coche me atropelló hace casi 10 años. El conductor, quizá por miedo o por simple desidia, no se detuvo y huyó del lugar. Yo estoy aquí porque aguardo que vuelva a pasar por aquí para encararlo. Sin embargo, no estoy seguro del color ni las características del coche, porque realmente no lo vi cuando me atropelló. Confío en que cuando aparezca en lo más profundo de mi sabré que ese es el vehículo que me asesinó. Tampoco tengo del todo claro que haré cuando esto suceda. No sé si asustaré al conductor, si le diré que me mató hace muchos años o si terminaré quebrándome para luego abrazarle en silencio. Entre tanto, estoy aquí alimentando a estas aves, mientras espero ver aparecer ese vehículo.
Luego de decirme esto último el hombre se quedó callado y no respondió a ninguna pregunta más, ni comentó nada en absoluto. Me quede sentado en silencio contemplando las palomas durante un par de horas y luego me fui de allí rumbo al periódico para redactar lo sucedido. El resultado de este reportaje ya lo comenté al principio de mi relato.
Los problemas que surgieron por mi reportaje, mi renuncia, los juicios, etc., hicieron que no me acerque a la plaza para encontrarme con aquel hombre. El lector dirá que si hubiese sacado una foto al ser o si al menos le hubiese pedido que me acompañe a la redacción para corroborar la historia, ninguno de mis problemas habrían sucedido. Lo cierto es que si no hice esto fue por miedo. Tenía temor de encontrarme con el espectro porque me inquietaba que esto acelerase mi propia muerte. Al año siguiente el municipio derrumbó aquella plaza para que las calles que confluían en ella no tuvieran que rodearla. Fue entonces que volví para ver si encontraba a ese hombre. No pude verlo, pero creo que sigue esperando pacientemente en alguna esquina hasta que aquel misterioso coche aparezca.

sábado, 24 de enero de 2015

Nieve en Cali


Un ron con cola para mi, gracias. Agradezco la invitación, hace varios meses que no hablaba español y temo estar olvidando algunas palabras. Siempre he sido muy distraída y no tengo buena memoria.
Empezó a nevar de nuevo, creo que continuará toda la semana. Vermont suele ser muy triste en invierno, pero el otoño es hermoso con todo esos vistosos colores rojos, naranjas, amarillos…
Al principio fue difícil acostumbrarme a vivir en un pueblo tan pequeño como Saint Albans y el primer invierno fue horrible para mi. Que oscureciese a las 4 de la tarde y ver todo cubierto por nieve me deprimía. Recuerdo aquel primer invierno del 2011, en el cual apenas terminaba de trabajar corría a mi habitación para llorar. Recordaba a mi madre, a Ana y deseaba volver a Cali en ese instante. Sin embargo, poco a poco toda esa desesperación pasó y aquí estoy cuatro años después, sin el menor atisbo de pesadumbre y he aprendido a amar la nieve porque es parte de mi historia.
¿Qué cómo llegué a Saint Albans? La casualidad me trajo aquí o más bien por una amiga salvadoreña que conocí cuando trabajaba en Boston, en un hotel en la Calle Berkeley. Yo estuve trabajando antes en otro hotel en Nueva York en la Avenida 11 en Chelsea, muy cerca de Manhattan. El dueño era muy bueno conmigo y trató de mantenerme trabajando ahí mientras pudo, pese a que yo no tenía papeles.
El salario no era la gran cosa, pero me gustaba el hecho de poder conversar con gente de todas partes del mundo, incluso con gente colombiana que estaba visitando la ciudad. Era increíble la cantidad de gente de diferentes lugares que llegaba a ese lugar, incluso de países que jamás había escuchado. Me gustaba buscar conversación, porque además me permitía practicar el inglés que incluso ahora tiene muchas deficiencias. Me sentía cómoda hablando con mucha de esa gente, porque no todos tenían un buen inglés, así que no me sentía avergonzada por mis equivocaciones. Recuerdo que un día me puse a conversar con un boliviano que se quedó unos cuantos días en el lugar. Por supuesto, al principio yo no sabía que era de Bolivia y pensé que era de la India o algo así. El tenía un inglés igual o peor que el mío, pero aun así conversamos como unos diez minutos hasta que el me preguntó de donde era y yo le dije que de Colombia y entonces el me dijo algo así como “Y yo soy de Bolivia ¿Y entonces por qué estamos hablando en inglés?”. Reímos como tontos un largo rato. Luego le conté un poco sobre mi vida y el conocía esta gente en Boston que me podía alojar en su casa por un tiempo hasta encontrar otro trabajo.
Así llegué a Boston, con unos cuantos dólares en el bolsillo y la maleta casi vacía, una fría noche noviembre. La gente de la casa donde me quede por casi tres semanas en verdad se portó muy bien conmigo, de hecho ellas me ayudaron a encontrar el trabajo en aquel hotel.
El trabajo allí era muy pesado. Demasiadas habitaciones por ordenar, amplios pasillos por aspirar, muchos baños por limpiar. Pero aún así me esforcé lo más que pude para agradar a los patrones, aunque ellos tenían un trato muy distante con nosotros. Supongo que sería por ser indocumentadas y también por ser extranjeras. Eran cordiales con nosotros, pero parecía que no quisieran involucrarse en lo mas mínimo en nuestras vidas.
En este hotel conocí a Miriam, esta chica salvadoreña de mi edad – en aquel entonces teníamos 25 años – y entablamos una bonita amistad que comenzó cuando salíamos a fumar a la calle en la hora de descanso, luego del almuerzo. Pese a que era una chica muy extrovertida y simpática, apenas hablaba de su vida anterior a Boston. Ella salió de su país dejando a su hija pequeña al cuidado de su abuela. Se había embarazado muy joven y el padre de la niña jamás se hizo cargo, así que tuvo que emigrar para ahorrar dinero y darle un futuro a la niña. Esto me lo contó Miriam en uno de sus pocos y raros momentos de angustia, porque en general tenía muy buen humor.
Terminé enamorándome de ella, pero nunca se lo dije. No sé cómo hubiese tomado que otra mujer le diga que la amaba. Pero siempre creí que ella en el fondo lo sabía y que yo no le era indiferente. Cierta noche que salimos del trabajo y nos fuimos a un bar a tomar unas cervezas, ella se emborrachó un poco y tuve que llevarla a dormir a casa. Mi habitación era sumamente pequeña, apenas entraba una cama así que tuve que acostarla junto a mi. A cierta hora de la noche, ella me abrazó y comenzó a besarme el cuello, pero al rato volvió a caer dormida. Nunca hablamos sobre esa noche ni que significó aquello. De todas formas, ella volvía pronto a su país, así que cualquier posibilidad de que tengamos una historia era improbable.
Antes de marcharse a Nueva York (su vuelo de regreso partía desde allí) me contacto con una amiga suya también salvadoreña que trabajaba de niñera en esta casa en Saint Albans. Ella iba a dejar el trabajo para regresar también a su país, así que me preguntó si yo no estaría dispuesta a suplirle en el trabajo. Sus patrones estaban desesperados de conseguir a alguien que esté con los niños mientras ellos estaban en el trabajo, así que me ofrecieron muy buenas condiciones para dejar Boston y mudarme a Vermont.
Recuerdo cuando bajé del avión en el aeropuerto de Burlington: la nieve lo cubría todo. Por un momento pensé en dar media vuelta para comprar el primer billete de regreso a Boston, pero cuando conocí a mis patrones y los niños quedé encantada. Son unos niños muy buenos, créame. Me encariñe mucho con ellos. Pero bueno, así es cómo llegue a Vermont.
¿Si extraño Cali? No me había puesto a pensar en ello, al menos no hasta ahora. No tengo una respuesta, tendría que pensarlo un poco. Evaluar muchas cosas, mi vida actual y la de entonces.
Debo admitir que partí de Cali en circunstancias especiales de mi vida. Yo recién había terminado la universidad y conseguí un buen trabajo. Mi vida social era muy activa también, aunque en una ciudad como Cali, de la cual dicen que nunca duerme, siempre hay algo que hacer o algún lugar donde ir.
En aquel entonces acababa de mudarme con Ana y mi madre había aceptado – aunque a regañadientes – que ella y yo nos amábamos y que queríamos hacer una vida juntas, a pesar de lo que pudiese decir la gente. Teníamos alquilado un pequeño departamento cerca a San Antonio y lo amoblamos y decoramos como a ambas nos gustaba. Fue en verdad una linda experiencia, desde elegir los muebles que queríamos hasta el color de las cortinas. Hacerlo nos había unido mucho más y todos nuestros temores hacia el rechazo de la gente se disipaban en aquellos momentos. Esta felicidad no duró mucho tiempo.
Todo comenzó un día cualquiera, sin el menor viso de que algo hubiese estado gestándose en mi desde tiempo atrás ¿Cómo decirlo? Yo era una chica “normal”, con una adolescencia de lo más tranquila, de una sensatez única que incluso asombraba a la gente mayor y siempre tratando de ser positiva en todo, porque cuando me sentía mal trataba de enterrarlo en lo más profundo de mí. Yo siempre acostumbro a llevar mi propio infierno a cuestas para que nadie más tenga que cargarlo consigo. Supongo que haber acumulado todo eso llevó a que llegue aquel momento donde todo explotó, cambiándome por completo.
Recuerdo que por aquél entonces estaba leyendo “Dublineses” de Joyce. Las historias me parecían fantásticas: relatos de vidas de personas donde finalmente no había un desenlace. Sin embargo, leer aquello hizo que comience a pensar que mi propia vida era así, que en los últimos años todo se había detenido. Un sentimiento de vacío fue apoderándose de mi ser y tornándose en indiferencia.
Admito que fui perdiendo interés por todo en esos últimos meses. Solía pasar mucho tiempo acostada mirando el techo de la habitación sin decir palabra alguna. Es difícil de explicar lo que pasaba por mi cabeza en aquellos momentos, pensamientos arremolinados se confundían, se entreveraban y no concretaban en una idea, solo divagar y estar ausente de todo.
Por supuesto, esto comenzó a traerme problemas con todos, en especial con Ana.  Comenzamos a distanciarnos y nuestra relación entró en una etapa de silencio incómodo que era provocado por mi actitud. Luego empecé a pasar menos tiempo en casa pues solía dar largos paseos después del trabajo para evitar y tener que enfrentar los reclamos de Ana. Nuestra relación comenzó a resquebrajarse, aunque acepto que fue enteramente mi culpa. Por aquél entonces comencé también a consumir muchas píldoras, pero ellas no me ayudaron a desaparecer.
Aun así, creo que yo no estuve preparada cuando todo llegó a su fin. Aquel día al salir del trabajo decidí regresar pronto a casa porque estaba rendida. Al entrar en nuestra habitación vi a Ana en la cama con Miguel, un amigo nuestro que habíamos conocido en un viaje al Brasil tres años atrás. Al verlos juntos, solo atiné a salir de ahí, sin escuchar lo que Ana me decía para justificarse.
Caminé sin rumbo durante algún rato y terminé en el mirador de Belalcázar . Estaba anocheciendo y no sé si se trató de una ilusión óptica o que simplemente estuve delirando, pero vi caer nieve: Cali estaba completamente cubierta de nieve.
En ese momento supe que debía irme lejos de ahí, desaparecer, escapar, era una angustia por estar lo más lejos posible, buscar el fin del mundo si era necesario. Regresé a casa y en silencio fui sacando mis cosas para llevármelas a un hotel. Ana trató de hablar conmigo, pero yo no presté mucha atención a lo que me decía, supongo que en el fondo me dolía sobremanera lo que había sucedido. Nunca más supe de ella, no intenté escribirle, simplemente dejé morir esa parte de mi pasado y mi amor por ella. A las pocas semanas comencé los preparativos de mi viaje y luego vine aquí y todo el resto sucedió como lo conté al principio.
Supongo que es por eso que comencé a sentirme cómoda con la nieve, porque trae a mi memoria aquel momento, real o no, de una Cali completamente cubierta de nieve. No importa si fue real o no, para mi lo fue y lo será.
Aún no he llenado ese vacío que comencé a sentir aquella vez, pero de alguna manera ahora me siento completa de nuevo, aunque de una manera totalmente distinta. Si bien una parte de mi murió aquel atardecer contemplando la nieve cubrir a Cali,  eso no significa que tenga el alma incompleta, pues nació algo nuevo dentro mío, aunque ajeno y totalmente diferente. Aquella presencia suele en ocasiones estar junto a mi y contemplamos la nieve. La miramos en silencio y nos olvidamos del mundo, de nosotras mismas y quedamos deslumbradas por aquella albura inverosímil.