martes, 24 de marzo de 2015

Morir/renacer en marzo


Exordio
Se miró al espejo y el reflejo no le decía nada, tenía a un ser extraño ante sí. Abrió el grifo a toda
Odilon Redon - Ofelia (1903)
su potencia y el agua comenzó a correr. Estaba helada y aún así sentirla en su rostro no hacía que pueda volver a la realidad. Aquel día, frente al espejo, con casi 45 años cumplidos, Marco luchaba desesperadamente por reconocer su propio reflejo.

I
Alfonsina miraba al suelo, tratando de entender aquella situación. Sus padres le habían dicho “Estarás mejor allí”, “Vas a poder ir al colegio”, “Tus padrinos son buenitos, te van a tratar como a una hija”, “Tus padrinos te comprarán mucha ropa y cosas bonitas” y cosas por el estilo que la habían hecho desear que ese día llegase pronto, sin embargo, llegado por fin el ansiado momento no podía sino llorar de pena.
Sus padrinos habían sido buenos con ella siempre. Después de todo, iban hasta el pueblo a visitarles dos veces por mes desde que ella se acordaba, llevando algunas cosas como sardinas, mermelada y galletas; que eran unos manjares que toda la gente en el pueblo envidiaba. A ella también le hacían regalos en especial ropa, sin embargo, quizás lo que más recordaba era aquella vez cuando le regalaron aquella bonita muñeca, todo delgada, rubia y sonriente, que le había hecho desear ser así y ya no ser tan morena ni con el pelo tan oscuro. Recordaba que sus padrinos habían llegado en uno de esos impresionantes y grandes coches hasta la puerta de su casa, que su padrino traían en los brazos una caja envuelta con un bonito papel y una cinta – tenía ambos guardados hasta hoy – y al abrirlo ¡Oh sorpresa! Aquella linda muñeca en el interior.
Alfonsina estaba extraviada en sus pensamientos mientras los mayores hablaban sobre su futuro.
-       Aquí va a estar mejor que en el pueblo. Nosotros la vamos a tratar como si fuese nuestra hija.
-       Es que tengo mucha pena comadre. Primera vez que la Alfonsinita va a estar lejos de nosotros.
-       Ya está grande, ya tiene trece años y ya tiene que aprender a trabajar, ya es todo una señorita. Además, como te dijimos María y yo, una vez que nuestro nietito esté más grande, ella ya podrá ir a la escuela por las noches, para sacar el bachillerato. Eso luego le servirá para conseguir mejores trabajos aquí en la ciudad. Allá en el pueblo no tiene ningún futuro.
-       ¡Ay, compadre! ¡Es que me da mucha pena mi hijita!
-       Compadre Oscar ¿Usted entiende que Alfonsina va a estar mejor con nosotros?
-       Si comadre. Disculpe que la Teresa se ponga así, ya hablamos de esto con ella y estamos los dos de acuerdo. No le haga caso, la Teresa es una llorona.
-       ¿Y tú estás de acuerdo con quedarte con nosotros Alfonsina?
-      
-       ¡Alfonsina! ¡Responde a tu madrina!

Alfonsina no se había dado por enterada de lo que hablaban los mayores y solo cuando su padre le llamó la atención,  se dio cuenta que hablaban sobre ella. No había escuchado la pregunta, pero sabía que esperaban que conteste con un sí. Asintió con la cabeza y se quedó mirando con curiosidad hacia la ventana, donde unos pajarillos revoloteaban haciendo extrañas siluetas en el aire.

-       ¡Pues ya está! La Alfonsina se queda aquí entonces, bajemos sus cosas del coche y luego les llevo de nuevo al pueblo. Ustedes podrán visitarle cuando quieran y cada vez que tengamos que ir por allá la llevaremos también para que les visite compadres.
-       Gracias compadrito, gracias comadrita. La Teresa y yo no sabemos como agradecerles. Ahora que lleguemos al pueblo le voy a mandar un corderito, Comadre. La Teresa le va a mandar ya sazonado ¿no Teresa?
-        
Pero Teresa no pudo responder, había abrazado a Alfonsina y ambas lloraban inconsolables. El padre de Alfonsina, visiblemente molesto, se acercó y las separó, tomó de la mano a Teresa y la llevó rumbo al coche.
Alfonsina quería ir detrás de ellos, pero sintió las manos de su madrina en sus hombros y temió hacer algo. Ella le condujo con calma hasta el umbral de la puerta desde donde vieron el coche partir con sus padres.
La madrina le dijo a continuación que recogiera sus cosas para llevarlas a la habitación donde iba a dormir. Al abrir la puerta, un fuerte olor a humedad escapó del lugar y estaba muy oscuro. Su madrina encontró el interruptor de la luz, luego de tantear por unos segundos en la pared. Aquella habitación no tenía ni una sola ventana y estaba llena de cachivaches, incluso sobre la cama. La madrina le pidió ayuda para despejar la cama y luego sacudieron un poco el viejo y roído colchón. Más tarde, su madrina le entregó unas percudidas sábanas y unas viejas cobijas que olían muy mal.
Alfonsina estaba sentada en la cama y comenzó a sacar las pocas cosas que había traído consigo: algo de ropa, un par de zapatos y unos cuadernos que había utilizado en la escuela, porque aún tenían hojas y pensaba que podría usarlos cuando vaya al colegio nuevamente. Al rato golpearon levemente la puerta y luego esta se abrió, era su padrino que la miró sonriente y le dijo:
-       Veo que ya estás instalada. No te preocupes, poco a poco voy a sacar las cosas de aquí y vas a tener más espacio ¿Estas contenta?
-       Si padrino…
-       No me digas padrino, dime Miguel.
-       No, padrino. Yo le respeto mucho y no puedo ser tan confianzuda.
-        
Su padrino rió con la ocurrencia de Alfonsina. Al rato, estuvo sacando algunas cosas de la habitación, logrando hacer un pequeño espacio donde colocó una pequeña mesa y una silla. Más tarde trajo un viejo televisor y un pequeño radio que colocó sobre la mesa. Alfonsina quedó maravillada, pues en su pueblo nunca había visto tal cosas y se quedó mirando boquiabierta aquel portento.
-       Ahora en las noches, después de terminar de cuidar al pequeño Francisco, podrás mirar televisión o escuchar radio. Pero no te distraigas mucho ¿eh?
-       No padrino, solo la encenderé en las noches.
-       Bien, ahora ve a ayudar a tu madrina con la cena, así de paso vas aprendiendo a cocinar y a cuidar la casa.
-       Si padrino.
Pese a que la conocía por años, Alfonsina nunca había pasado tanto tiempo con su madrina. Ella veía a la mujer muy elegante, bonita y con un rico aroma, además siempre le había parecido una persona muy buena, incluso más que su padrino. Sin embargo, aquella tarde se dio cuenta que la mujer tenía muy mal carácter, porque se enfadaba cuando Alfonsina no prestaba mucha atención a algo que le indicaba – ella no podía quitarse el televisor de la cabeza y no veía la hora de ir a encenderlo. En las siguientes semanas se daría cuenta que su madrina era una persona cruel y aburrida.
Su padrino, en cambio, se le hacía cada vez más simpático, especialmente después de que le llevó el televisor y la radio. Incluso él le defendería en varias ocasiones de su madrina, cuando esta estaba amenazaba con golpearle en alguno de sus enfados.

II
Marco encendió un cigarrillo y se lo llevó a la boca. No fumaba desde hacía años, desde que creyó sentir  un pequeño bulto en su garganta que pensó que era el inicio de un cáncer. Afortunadamente, no le había pasado nada y aunque nunca fue al médico, consideró que había logrado salvarse de tan mortal enfermedad solo por tomar la decisión de dejar de fumar. Esa mañana, sin embargo,  sintió que nada en el mundo podría prepararle para lo que tenía que hacer, sino un cigarrillo. Al principio se atoró un poco con el humo y pensó si habría alguien en el mundo que podría olvidarse de fumar, lo cual creía imposible porque consideraba que era algo como aprender a manejar bicicleta: nunca se podía olvidar. Después de cada calada, giraba la mano para ver la punta del cigarrillo y luego botaba el humo hacia arriba, levantando ligeramente la cabeza. Al terminar, botó la colilla por la ventana, encendió el coche y se puso en camino.
Llegar hasta casa de sus padres le tomaba casi una hora de viaje, mucho menos en días sin mucho tránsito. Era domingo, así que el viaje iba a ser rápido, sin embargo, por el camino se detuvo varias veces para comprar papas fritas, más adelante una cerveza, en otra parada entró a una tienda de muebles pese a no necesitar ninguno; era casi inconsciente, pero había algo que le hacía evitar llegar hasta su destino.
Aparcó debajo del frondoso árbol que estaba frente a la casa. El calor era terrible ese día y no quería dejar el coche bajo el sol para que no se convierta en un sauna con ruedas luego. Además, seguramente se llevaría algunas cosas de su padre a casa, así que era preferible tener el vehículo cerca.
Tocó y su madre salió a recibirla. Le besó en ambas mejillas y un abrazo. La anciana le dijo que le veía muy delgado y le preguntó si estaba comiendo suficiente. Marco cambió de tema y le dijo si había sacado las cajas. La anciana respondió que Andrea, su ahijada adolescente que se había mudado para acompañarla, había salido con sus amigos del colegio y que regresaría en la noche, así que ella no había podido sacar por su cuenta las cajas del desván.
Más tarde, tenían algunas de las cajas sobre la mesa de la cocina y cada quién iba revisando su contenido y botando aquello que juzgasen que no era necesario. Marco encontró una caja de zapatos con un pequeño cuaderno empastado de hojas amarillentas y ajadas por el tiempo. Lo abrió y se dio cuenta que era un diario, el diario de su padre. En el interior habían también algunas viejas fotos de sus padres con él y sus hermanos y con gente que jamás había visto en su vida. Pensó en comentarle a su madre sobre el hallazgo – ella estaba inmersa revisando el contenido de una caja – pero por alguna extraña razón consideró que era mejor no decirle y puso el diario en el bolsillo trasero del pantalón.
Marco no veía la hora de terminar de ordenar todo aquello para irse a casa y leer el diario. Pensaba que eso le serviría para entender mejor a su padre, un hombre justo y cariñoso con él, pero particularmente silencioso. Él nunca le había felicitado por ningún logro – pese a que Marco tenía muchos -  y menos aún le había dicho que le quería a él ni a sus hermanos. Esto había hecho que, en cierta medida, Marco tenga un leve rencor hacia su padre, aunque en el fondo le adoraba.
Cuando falleció su padre, Marco quedó devastado y durante varias semanas le era imposible contener las lágrimas cuando se acordaba de él. En sus últimos años de vida, Marco y él se habían acercado mucho más, en especial después de que le detectasen la diabetes. Aun así, su padre no había roto por completo aquella barrera invisible de silencio detrás de la cual se escudaba a menudo. Marco le había visto llorar en la soledad de su habitación varias veces, aunque nunca supo cuales eran los motivos. Su madre tampoco los sabía y en cierta ocasión en que Marco le preguntó que era lo que le pasaba a su padre, ella se encogió de hombros y simplemente contestó “Tu padre es así, callado. Siempre lo ha sido y yo nunca he tenido problemas con eso porque le amo. Es un hombre grandioso y no necesito saber absolutamente todo lo que pasa por su cabeza. Seguramente me lo dirá, cuando sienta que es el momento de decirlo, pero mientras tanto es mejor dejarle tranquilo.”
Eran casi las ocho, Marco se despidió de su madre y le dijo que el siguiente fin de semana vendría para ayudarle con la mudanza al pequeño departamento que le habían comprado él y sus hermanos. Ella nuevamente reclamó aireadamente que no quería mudarse, que allí estaba de lo más bien y que Andrea siempre le ayudaba con todo. Marco le dijo que ya habían conversado por enésima vez de aquello, que la casa era demasiado grande  para dos personas, que era preferible que ella se mudase al centro más cerca de él y que una vez que se mudaran ella y Andrea se acostumbraría rápidamente al departamento.
La madre comenzó a llorar y dijo “¡Pero es que ustedes quieren vender esta casa, mi casa! ¡Aquí les criamos tu padre y yo! ¡En esta casa están mis recuerdos y me moriré si no los tengo!”. Luego se puso a llorar desconsoladamente y escondió su rostro en el regazo de su hijo. Marco, suspiró con desgano y dijo que en el departamento irían varias de las cosas que estaban en aquella casa y que no sentiría la diferencia, además la casa estaba muy vieja y era mejor demolerla antes de que se viniese abajo.
En ese instante entró Andrea a la casa, dio un beso en la mejilla a Marco y abrazó a la anciana. Andrea le dijo a la anciana que no se preocupara, que estarían bien en el departamento y que lo decorarían muy bonito con unas cortinas color crema y nuevos tapetes para las mesas y veladores. La madre, ya conteniendo sus pucheros, dijo que había visto unas telas muy bonitas y no muy caras en el centro y que podían ir a buscar algo allí. Andrea dijo que sí con un fingido entusiasmo y le prometió que mañana mismo irían, pero que antes tendrían que ir al departamento para medir las ventanas. La anciana dijo que sí, pero por la tarde, porque no quería perderse su novela.
Marco se despidió de Andrea y de su madre y se subió al coche. Tras uno segundos de manejar encendió la radio. Recordó que tenía el diario de su padre en el bolsillo.

III
Faltaban veinte minutos para las seis y hacía un frio terrible aquella mañana. Sin embargo, el agua de la ducha salía caliente y se deslizaba por la piel de Alfonsina logrando una sensación de calor y bienestar. Aún cuando ya estaba en aquella casa por casi un año, a menudo extrañaba el pueblo, pero habían ciertas comodidades como la ducha que sabía que no tendría allá y que consideraba que sería difícil de dejar. Al rato cerró la llave, tomó dos toallas – una grande para el cuerpo y una pequeña para la cabeza – y salió de la ducha.
Envolvió la toalla sobre su cuerpo quedando el doblez a la altura de sus turgentes senos y se fue al espejo a peinarse. Cepillaba con cuidado su largo pelo negro cuando se detuvo y bajó la toalla un poco para observarse los senos. Durante su tiempo en la ciudad, a Alfonsina le había llegado la adolescencia convirtiéndola en una hermosa muchacha. De hecho, varias veces que había acompañado a su madrina al mercado, no había faltado algún hombre que le silbará o le dijera alguna lisonja, ocasionando que se ruborice y que su madrina comenzará a insultar al autor del piropo. En una ocasión, incluso alguien le había gritado “Suegra, me quiero casar con su hija” desatando la furia de su madrina que pronto se había hecho dar un patatús meitnras decía ¡Confundirme con la madre de esta india!”.
Alfonsina se tocaba los pechos mientras pensaba que le gustaría tener aquella linda ropa que usaba la poca agraciada hija menor de su madrina, Susana, porque estaba segura que a ella le quedarían muy bien, especialmente aquellas blusas escotadas de colores tan vivos. La ropa que se le hacia usar, era un uniforme color azul que escondía todos sus encantos, porque desde la primera vez que un hombre le había silbado, su madrina se había empeñado en esconder lo más posible su cuerpo del mundo, obligándole a usar faldas que le escondían las nalgas y piernas perfectas, pues le llegaban hasta los tobillos. Además le hicieron usar blusas anchas con cuellos de tortuga que disimulaban sus senos casi perfectos. También le habían obligado a tener su largo y brillante pelo negro siempre recogido, lo cual le molestaba mucho porque le gustaba tenerlo suelto desde que era una niña. Alfonsina pensó que si hubiese podido, su madrina le habría usar un velo para esconder su rostro.
Sumida estaba en sus pensamientos cuando dejó caer del todo la toalla y se quitó la otra de la cabeza para verse totalmente desnuda en el espejo. Estaba orgullosa de su cuerpo y pensó que era mucho más bella que su madrina y sus hijas juntas. Fue en ese instante en que tuvo una extraña sensación de sentirse observada y agarró rápidamente la toalla del piso y se cubrió el cuerpo.
El rubor se le subió al rostro y rápidamente abrió la puerta del baño y no vio a nadie cerca. Cerró la puerta y se vistió rápidamente, pero aquella sensación de que era espiada continuó mientras lo hacía. Pensó que quizás quién le estaba espiando era el hijo de sus padrinos, muchacho de diecisiete años que tenía las hormonas enloquecidas. El adolescente no había sido inmune a la belleza de Alfonsina y varias veces cuando estaban solo los dos en la casa, se había acercado por detrás para abrazarle por la cintura y besarle el cuello. La primera vez que aquello había ocurrido, Alfonsina luchó desesperadamente por zafarse diciendo “Suélteme joven Manuel, su mamá se va a molestar”. Logró finalmente soltarse y se fue corriendo a su habitación para llorar.
Más tarde, su madrina llegó y entró a su habitación visiblemente molesta, preguntando porque aún no había hecho la cena. Alfonsina narró confusamente lo ocurrido siendo incapaz de controlar su llanto. De súbito, la madrina comenzó a jalarle del pelo y a gritarle que era una mentirosa, que no podía decir aquello de su hijo. Alfonsina lloraba mientras intentaba soltarse y decía que no había inventado nada. Al escuchar el escándalo, el padrino corrió hacia la habitación y contuvo a su mujer que ahora estaba golpeando a una Alfonsina acurrucada en la cama para intentar evitar el maltrato.
-       ¿¡Pero que carajos pasa aquí?! ¡María, deja en paz a Alfonsina!
-       ¡Esta india puta dice que mi hijo la abrazó y le besó! ¡Es una mentirosa!
-       ¡¿Pero has hablado con Manuel siquiera?!
-       ¡¿Estás tú de su lado o que?! ¡¿Cómo puedes siquiera pensar que Manuelito haría una cosa así?¡ ¡El es un muchacho decente! ¡Solo se fija en niñas de su escuela!
-       ¡Cálmate y aclaremos esto! ¡Manuel! ¡Manuel! ¡Ven acá en este mismo instante, carajo!
Un cabizbajo Manuel se asomó al cabo de unos minutos al umbral de la puerta.

-       Manuel, Alfonsina dice que intentaste besarla por la fuerza hace un rato ¿Es eso cierto?

En ese instante la madrina se abalanzó nuevamente sobre Alfonsina, gritando “india mentirosa”. Manuel y su padre apenas pudieron contenerla.

-       ¡Carajo María! ¡Deja que arregle esto yo! Manuel ¿es cierto lo que Alfonsina dijo?
-        
Manuel no respondió nada y solo bajó la cabeza y comenzó a sollozar. El padre juzgó que aquello era una confesión, aunque la madre de Manuel comenzó a decir que seguro que Alfonsina le había provocado, que su hijo jamás de los jamases se atrevería siquiera a tocar a esa india de mierda. Oscar, el padrino, sacó a su mujer de la habitación cogiéndole muy fuerte por las muñecas y dijo que luego hablaría seriamente con Manuel. Dijo a Alfonsina que no saliera de su habitación.
Durante el siguiente par de horas, Alfonsina escuchó los gritos de su madrina a los cuales se habían unido las de sus dos hijas. Su padrino también gritaba a momentos cuando la situación era insostenible. La hija mayor, Beatriz, decía que ya no permitiría que Alfonsina cuide a su pequeño hijo, porque no confiaba en aquella india mentirosa y mañosa. La hija menor, Susana, que era dos años mayor a Alfonsina, decía que se le había estado perdiendo ropa, maquillaje y que sus perfumes habían sido usados por alguien, seguramente por esa india ladrona. Las tres mujeres decían que Alfonsina tenía que irse cuanto antes. Oscar, irritado, logró finalmente hacer callar a las mujeres, diciendo que era él quién mantenía esa casa y quien tomaba las decisiones. Dijo también que si no estaban de acuerdo, podían marcharse en ese mismo instante pero que no les daría ni un centavo. Las mujeres callaron entonces y él dijo entonces que no iba a permitir que Alfonsina se fuera por algo que había provocado Manuel. Más tarde, habló nuevamente con el muchacho quien confesó entre lágrimas lo que había hecho. Oscar, furioso, dio una bofetada al muchacho.
Alfonsina más serena ya, había encendido la televisión con el volumen bajo, pero quedó tan distraída que en cierto momento hizo caso omiso de los gritos de la madrina y de sus hijas. Eran casi las 10 y comenzaba a quitarse la blusa para acostarse cuando el padrino entró en su habitación sin tocar. Ella se cubrió nerviosamente los senos con la blusa y el padrino no pudo evitar mirar hacia su seno, aunque luego desvió la mirada a un lado.
-       Alfonsina, he hablado con Manuel y ha confesado que intentó besarte. Te pide disculpas y prometió que no ocurrirá nuevamente. Sin embargo, tu madrina y yo estuvimos hablando y creemos que hubo algo de provocación por tu parte.
-       ¡Pero yo no hice nada padrino! ¡El joven Manuel se acercó sin que yo me diera cuenta! ¡Yo no le vi y además…
-       ¡Cállate! ¡Estoy hablando y debes respetarme! En fin, luego de discutirlo con tu madrina, ella ha aceptado que actuó sin pensar acusándote por lo cual te manda disculpas y manda a decir que eso no volverá a ocurrir. Creemos, sin embargo, que debes comportarte mejor en la casa y no bromear con Manuel, limítate a atenderle.
-       Si padrino.
Oscar salió de la habitación y Alfonsina se quitó la blusa de los senos y se puso el pijama. Lagrimas de rabia corrían por su rostro mientras lo hacía.
Alfonsina recordaba todo esto mientras terminaba de peinarse. Desde lo ocurrido, había cambiado mucho su estancia en la casa. La madrina y sus hijas apenas le dirigían la palabra y no desaprovechaban cualquier oportunidad para reñirle por algo que hacia o no hacía. Su padrino, Oscar, parecía ser el único que le defendía de los ataques de las mujeres, por lo cual el cariño que tenía Alfonsina hacia él creció mucho más.
Manuel, por su parte, se mantuvo alejado de Alfonsina por varios días, dirigiéndole apenas la palabra. Sin embargo, al poco tiempo repitió su hazaña, un día en que Alfonsina estaba ordenando la habitación de sus padres. La muchacha pensaba que estaba sola aquel día y canturreaba en quechua una canción que su madre le había enseñado. De repente sintió nuevamente unos brazos que rodeaban su cintura y luego un cálido aliento en la parte derecha de su cuello. Comenzó a forcejear mientras decía que el joven Manuel no debía hacer eso porque sino sus padres se enojarían. El muchacho le dijo que no le importaba y aguantó el forcejeo de Alfonsina. Al poco rato, ella se rindió no solo por el esfuerzo de zafarse, sino porque los labios de Manuel en su cuello le habían hecho sentir una sensación agradable que jamás había experimentado, que parecía nacerle en el vientre y extenderse por todo su cuerpo, en especial cuando los labios y la lengua de Manuel se movían con desesperación.
Al rato, Alfonsina sintió que algo se endurecía dentro del pantalón de  Manuel y que se clavaba entre sus nalgas. En ese momento, la sensación se hizo más fuerte e instintivamente una de sus manos buscó la entrepierna de Manuel para acariciar con suavidad aquella erección. Alfonsina, se giró y quedó frente a Manuel y buscó sus labios, pero el muchacho se negó y continuó besando el cuello mientras masajeaba las nalgas de la muchacha. Después de unos minutos, sus manos buscaron los senos de Alfonsina y comenzó a masajearlos, haciendo que la muchacha gima despacio, sintiendo que aquella sensación placentera se incrementaba aún más. Al poco tiempo, Alfonsina se levantó la blusa dejando sus senos a merced de los labios de Manuel quien los beso, chupó y mordió suavemente con fruición. La mano de Alfonsina buscó nuevamente el sexo de Manuel y comenzó a acariciarlo, haciendo que este emita pequeños gemidos que excitaban aún más a la muchacha. De pronto, sonó la bocina en la puerta, eran los padres que habían llegado y tocaban para que Alfonsina abra la puerta del garaje
Manuel desapareció casi de inmediato al escuchar el coche, mientras Alfonsina se acomodaba rápidamente el sostén y la blusa para luego salir corriendo hacia la puerta. Al bajarse del coche, su padrino le preguntó que le había pasado porque le veía con el rostro sonrojado. Ella contestó sin mirar y dijo que era porque estaba en el tercer piso, que bajó corriendo y que seguramente había sido eso. Levantó ligeramente la vista y vio que su madrina la miraba con desprecio.
Desde aquella vez, lo sucedido con Manuel se había repetido con regularidad, aunque el muchacho por lo general apartaba a Alfonsina y se marchaba sin decir nada cuando esta comenzaba a acariciarle. Pese a que esto se repetía, Manuel nunca habló realmente con Alfonsina, aun cuando esta trataba de hacerlo. De la misma forma, tampoco se dejaba besar con la muchacha, pese a que ella se lo había pedido con frecuencia. Él simplemente hacia todo aquello sin decir palabra alguna y sin mirar los ojos de Alfonsina, lo cual le había llevado a pensar que a Manuel le daba lo mismo que sea ella o cualquier otra persona.
La actitud de Manuel no había evitado que la muchacha comenzará a enamorarse y le dolía que él apenas le dirigiese la palabra. Alfonsina se decía  a si misma que le diría que le amaba, pero luego se desanimaba pensando en la reacción de su madrina y de las hermanas de Manuel, aunque estaba seguro que su padrino le apoyaría. Todas estas cavilaciones, sin embargo, se venían a tierra luego de que Manuel pasará por su lado ignorándola por completo.
En cierta ocasión, habían tenido uno de aquellos encuentros con mayor intensidad que nunca. Fue un domingo en que la familia, excepto Manuel, salieron al parque con el niño que había comenzado a dar sus primeros pasos.
Alfonsina se estaba duchando cuando la familia salió y se fue a su habitación a cambiarse. Ella pensaba estar sola en la casa, así que no puso la silla que usaba para trancar la puerta, por lo cual pegó un grito cuando vio entrar a Manuel. Alfonsina, repuesta del susto, vio a su silencioso amante pararse justo delante de ella, muy cerca. La muchacha le alejó levemente para luego dejar caer  al piso la toalla que envolvía. Manuel contempló extasiado su desnudez por unos minutos y se acercó hacia ella con lentitud y comenzó a acariciarle. Por primera vez, Manuel la besó en los labios, pero el silencio del muchacho continuó. Al cabo de un rato, Manuel la acostó en la cama suavemente para poder besar aquel precioso cuerpo. Sus labios y su lengua recorrieron todo el cuerpo de Alfonsina que gemía extasiada, mientras acariciaba la cabeza del muchacho. Cuando sintió los labios de Manuel entre ss piernas, el deseo se apoderó de Alfonsina.
De súbito, Alfonsina se sentó en la cama y quitó con desesperación la camiseta del muchacho quién le dejo hacer. Ella comenzó a besarle suavemente el pecho y el cuelo, pero él la acostó nuevamente en la cama para luego besar alternativamente sus pechos, el cuello y la boca. Alfonsina estaba más excitada que nunca al sentir por primera vez la piel de su amante sobre la suya y al poco rato sintió que la lengua de Manuel buscaba la suya. Abajo, entre sus piernas, sintió el sexo de Manuel bajo el pantalón que frotaba el suyo y pensó que este iba a reventar de lo duro que estaba. Lentamente, las manos de Alfonsina fueron bajando el pantalón hasta que sintió que el pene aprisionado de Manuel estaba libre, rozándole la entrepierna, provocándole aún más placer. Sin entenderlo del todo, deseaba desesperadamente que aquel miembro se abra campo entre sus piernas para calmar aquel fuego que se había apoderado de su bajo vientre y que parecía quemarle todo el cuerpo. “¿Me amas?” susurró Alfonsina al oído del muchacho, mientras deseaba que éste le penetre.
Manuel se detuvo de improviso. En silencio, se subió el pantalón guardando con dificultad su miembro erecto, porque el cinturón no se había aflojado. Se colocó la camiseta y en silencio dejó a Alfonsina acostada y desnuda en la cama. La muchacha cubriéndose apenas con la toalla salió tras el muchacho pensando que había hecho algo que le había enfadado. Fue hasta su habitación y tocó la puerta varias veces, pero el muchacho no contestó. Al cabo de un rato ella volvió a su habitación, se vistió y encendió el televisor, pasaban un programa de concursos que le gustaba mucho.

-       IV
Marco llegó a su casa y a pesar de la excitación por leer el diario se entretuvo preparando la cena y un té de manzanilla. Al principio, se sintió un poco culpable de su afán por leer lo que su padre había escrito, porque pensaba que estaba a punto de invadir su privacidad. Pensaba también que podría encontrar cosas que no le agradasen y que incluso le hicieran cambiar de opinión sobre su padre.
Finamente, dejó el diario sobre la mesa y se fue a acostar. Mañana tenía que despertarse temprano para ir al trabajo.
Al día siguiente, llegó sobre las 6 a su casa luego de trabajar. Había tenido un día muy ocupado y no se acordó del diario sino hasta que  llegó a casa y lo vio sobre la mesa del comedor.
Estuvo pensando nuevamente si era apropiado leerlo o no y decidió que lo haría. De todas formas, se dijo a si mismo, no creía que podría encontrar nada grave en sus hojas. Al principio abrió al azar el cuaderno y leyó algunas cosas sobre problemas cotidianos en el hogar y con su madre, de quién el padre decía estar sospechando de que le engañaba. A marco le sorprendió esta afirmación, porque consideraba que ambos tenían una confianza total el uno con el otro y que jamás se les ocurriría ser infieles. Llegado a este punto, Marco cerró de repente el cuaderno y se dijo a si mismo que prefería no leerlo porque quizás iba a encontrar más cosas que le sorprenderían.
No pudo, sin embargo, dejar de sentir curiosidad y decidió continuar leyendo aunque comenzó desde el principio, pensando que quizás la afirmación de la supuesta infidelidad de su madre se debía a otros eventos narrados con anterioridad. Su sospecha era correcta y luego su padre narraba finalmente que todos los indicios que tuvo de la infidelidad eran infundados y que a partir de ese momento decidió no sospechar nunca más de su esposa. Marco pensó que esa era entonces la explicación de aquella confianza plena que recordaba de sus padres, una confianza que fue forjada en base a la sospecha, pero que dio lugar a una relación duradera.
Marco cerró el diario. Se rascó la cabeza y bostezó profundamente. Recordó que era lunes y que el carro de la basura pasaba aquel día. Miró los cubos de basura, estaban totalmente llenos. Sacó las bolsas a la calle y las dejó, como de costumbre, junto al árbol en la acera.

V
En los siguientes días, Alfonsina tuvo esa sensación recurrente de que era observada. Al principio pensó que era Manuel quien la espiaba y solía quedarse desnuda por varios minutos al salir de la ducha y también en su habitación, pensando que así quizás encendería el fuego de la pasión en Manuel. El muchacho, desde aquella vez que se metió a su habitación, se había puesto más distante que nunca y la evitó por varios días. Si embargo, al cabo de algunos días volvió al jueguito erótico de siempre: tomarla de la cintura por la espalda y besarle el cuello. Para Alfonsina aquello había sido un retroceso y aunque la sensación de placer ya no era la misma, dejó que Manuel haga lo suyo, siempre en silencio y escapando apenas ella le comenzaba a acariciar el sexo.
Al cabo de unos días, Alfonsina sintió que quien le espiaba no era Manuel y se sintió avergonzada de su desnudez, así que cada de vez que salía de la ducha se vestía aprisa. Llegó a pensar que quien le espiaba era la hija menor de su madrina, Susana, que en las últimas semanas se había ensañado contra ella.
Susana comenzó a asistir a la universidad desde principios de aquel año y había conocido a un muchacho, Julián que era un año mayor que ella. Él era muy buen mozo y agradable, lo cual no solo había enamorado a Susana, sino también a sus padres quienes forzaban solapadamente aquella relación porque el muchacho pertenecía a una familia influyente de la ciudad.
A menudo, Alfonsina se preguntaba que habría visto el muchacho en la poco agraciada Susana, quien además tenía un carácter horrible. En varias ocasiones Alfonsina había presenciado los reclamos airados de Susana a Julián, al cual reclamaba por supuestamente haber mirado a alguna chica en la calle o por sonreír a alguien. Julián trataba de calmar, muchas veces sin éxito, los celos enfermizos de la muchacha y en varias ocasiones habían dado por terminada la relación, aunque elé finalmente terminaba buscándola y arreglando las cosas.
Los celos de Susana se enfocaron especialmente contra Alfonsina desde aquel día en que Julián había sido invitado a almorzar por primera vez a la casa. El muchacho en tono amable y genuinamente inocente, había dicho en voz alta que el color de la blusa que usaba Alfonsina le quedaba muy bien, porque resaltaba su piel morena. Tras el comentario, Alfonsina sintió que se le subían los colores al rostro, no tanto por el cumplido, sino porque Susana, la hermana y la madre comenzaron a observarla con furia de forma tan evidente que Julián se dio cuenta de su error y trató de disimular la metida de pata contando alguna anécdota. Desde aquel día, Susana fue más cruel con Alfonsina, a quien trataba de ignorante, hedionda y mosquita muerta.
Alfonsina comenzó a considerar que aquella sensación de que era espiada se debía a Susana, quien la vigilaba hasta el momento en que se decidiría atacarle. Por ello, Alfonsina trancaba la puerta de su habitación con la silla, prestando atención de que esta quedase lo más firme posible. Luego comenzó a poner cosas sobre la silla que caerían al suelo con estrépito para alertarla de la presencia de Susana. Los días pasaron sin que la supuesta venganza llegará, lo cual intranquilizaba aún más a Alfonsina que se sentía más espiada que nunca, en especial  cuando se desnudaba para entrar a la ducha.

VI
Marco abrió el periódico aquella mañana y vio el titular que anunciaba que los trabajadores de la empresa que recogía la basura iban a huelga indefinida. El artículo decía que la amenaza de los trabajadores era tan seria como aquella vez en 1970, cuando los trabajadores habían parado en huelga por casi un mes, convirtiendo a la ciudad en un tiradero que desató varias epidemias.
Marco pensó que era una barbaridad que aquello ocurra y se dijo a si mismo que si él tuviese alguna función en el municipio, habría evitado a que se llegue a tales extremos.
Molesto por la noticia, decidió continuar con la lectura del diario, del cual había estado descubriendo su estructura. Su padre no lo escribía a diario, sino que parecía hacer un resumen de días, semanas e incluso meses en torno a algun evento. Era por ello que aquel diario fácilmente abarcaba más de 50 años y narraba muchos eventos de manera cronológica como cuándo se conocieron sus padres, su matrimonio o  la compra de la casa familiar.
Aquel día Marco comenzó a leer un pasaje donde su padre expresaba su preocupación por no poder dejar embarazada a su mujer, lo cual le había llevado a pensar que era estéril. Esta preocupación se disipó – decía el diario – cuando Cintia – la madre de marco – se había quedado embarazada de Irene, la hermana que seguía a Marco en edad.
Marco quedó totalmente desconcertado sobre esta referencia que había hecho el padre, porque él era el hijo mayor y tenía sentido que la preocupación sobre la supuesta esterilidad hubiese desaparecido con su concepción.
Continuó la lectura por varios minutos hasta que llegó a aquel pasaje, aquellas palabras, casi una confesión, que hicieron que todo el mundo a su alrededor cayese hecho añicos.

VII
Alfonsina no pudo sino saltar de gozo cuando se enteró que su madrina y sus hijas iban a estar fuera de la ciudad visitando a familiares. Las mujeres iban a salir de viaje por dos semanas, lo cual significaba no solo menos trabajo para Alfonsina, sino también unos merecidos días de tranquilidad de aquellas arpías.
En los últimos dos meses, su madrina había sido especialmente cruel con ella y le había golpeado e insultado varias veces. Sin embargo, lo que más molestó a Alfonsina fue el hecho que su madrina hubiese decidido poner los botes de basura cerca de su habitación, lo cual enrareció aún más el ambiente de su húmedo cuarto. El carro de la basura pasaba por el barrio dos veces a la semana, los lunes y miércoles. Lo peor era la basura que se acumulaba desde el miércoles a lunes, porque esta comenzaba a apestar y atraía decenas  de moscas, las cuales se colaban a la habitación de Alfonsina.
Por eso, cuando recibió la noticia del viaje de su madrina y las hijas, Alfonsina comenzó a contar los días para que llegue la fecha indicada. En la casa solo iban a quedar su padrino y Manuel, lo cual le alegró bastante porque apreciaba mucho a su padrino y esperaba que Manuel le haga nuevamente una visita a su habitación, esta vez consumando aquello que había quedado inconcluso varias semanas atrás. Manuel, sin embargo, estaba más esquivo que nunca esos días y ya había pasado más de una semana desde la última vez que se le había acercado por la espalda para abrazarla y besarla.
Alfonsina apenas podía disimular su sonrisa de felicidad, mientras ayudaba a las mujeres a subir el equipaje en el taxi. Por un momento pensó incluso que sería bueno que el avión se estrellará, tras lo cual no pudo sino sentir vergüenza por esos pensamientos, santiguándose varias veces y rezando tres avemarías, uno por cada una de las mujeres.
Después de que las mujeres se fueron, por primera vez en mucho tiempo Alfonsina sintió alivio y se pasó el día canturreando, esperando que Manuel se acercase hacia ella como de costumbre, lo cual nunca ocurrió.
Al día siguiente, mientras se duchaba, sintió con mayor fuerza aquella sensación de ser espiada y se vistió rápidamente para poder salir del baño. Más tarde, estaba en la cocina preparando el desayuno para su padrino y Manuel, en quienes también notó cierto alivio al no estar las otras mujeres en casa. Al cabo de un rato, Oscar dijo que se iba al trabajo y encargó a Alfonsina que le deje la cena en el horno, porque aquel día llegaría más tarde que de costumbre debido a un agasajo en su trabajo.
Más tarde, Alfonsina estuvo esperando vanamente uno de los acostumbrados embates amorosos de Manuel, por lo cual decidió ella tomar la iniciativa. Manuel estaba en su habitación con la puerta abierta, escuchando a alto volumen una canción que a Alfonsina le parecía bonita, aunque no entendía nada de la letra porque estaba en otro idioma.
Alfonsina entró con la escoba al cuarto de Manuel y luego de tocar la puerta dijo que tenía que entrar a barrer, ante lo cual el muchacho solo asintió en silencio. Alfonsina barría dando la espalda a Manuel y esperaba que éste se le acercase pronto para tomarle de la cintura, pero esto nunca sucedió. En una extraña mezcla de deseo y despecho, Alfonsina tomó la decisión de tener ella la iniciativa y luego de dejar la escoba apoyada en la pared, se acercó a la cama donde estaba acostado el muchacho, se sentó junto a él y comenzó a acariciarle la entrepierna. Manuel, al sentir la mano de Alfonsina en su pene, la apartó con violencia y por primera vez en todo ese tiempo rompió su silencio y grito airadamente:
-       ¡India de mierda! ¿¡Pero que te has creído¡? ¿¡Cómo te atreves a tocarme¡?
-        
Alfonsina huyo llorando de allí y se fue a refugiar a su habitación, donde lloró y lloró durante mucho rato. Cuando se calmó, fue a la cocina y preparó la cena. Luego fue a tocar la puerta de Manuel avisando que podía pasar al comedor, pero este no respondió. Alfonsina guardo el plato de Manuel y de su padrino en el horno, terminó de limpiar la cocina y se fue a su habitación. Prendió el televisor y a esa hora daban algunos programas a los cuales no prestó mucha atención, porque no podía sacarse a Manuel de su cabeza. Más tarde, apagó el televisor y se quedó dormida.

VIII
Marco leyó y releyó aquellas páginas y al principio pensó que trataba de alguna broma, pero poco a poco fue cayendo en cuenta que aquello tenía sentido y que era la verdad.
La desesperación comenzó a apoderarse de su ser, corrió al baño y por más que lo intentaba no podía reconocer al hombre que aparecía en el espejo.

IX
Alfonsina sintió que algunas cosas de la silla caían al suelo y se despertó inmediatamente. Abrió los ojos y estaba tan oscuro que no podía ver nada, pero aún así creyó reconocer una silueta que trataba de entrar con sigilo pero con firmeza.
En ese momento, Alfonsina estaba más que convencida de que era Manuel quien venía arrepentido por lo ocurrido en la tarde y que por fin le haría el amor. La muchacha estaba expectante aunque algo nerviosa por la visita de Manuel y pensó primero hacerse a la dormida, pero luego se dijo a si misma que era mejor que esperase a Manuel levantada, así el tendría mayor confianza.
Se levantó de la cama y retiró con lentitud la silla que trancaba la puerta. La abrió y la oscuridad le impedía reconocer el rostro de Manuel y solo veía una silueta que estaba parada un par de metros más allá del umbral de la puerta. De repente, Alfonsina sintió un fuerte olor a alcohol y en ese momento supo que todo estaba mal.
La silueta dio un paso al frente y una mano le tapó la boca, mientras la otra le acariciaba con desesperación la entrepierna, deslizando los dedos dentro de su sexo. Era Oscar, su padrino, quien había entrado a su habitación.
Oscar, totalmente fuera de sí, tumbó a Alfonsina en la cama y le arrancó la ropa con desesperación. Comenzó a besarle como un poseso todo el cuerpo, y la muchacha intentó zafarse sin éxito. Tras unos minutos, Oscar violó a una Alfonsina que lloraba en silencio por los dolorosos y repetidos intentos de Oscar de meter su pene en su sexo. Tras varios intentos, sintió que algo dentro de ella cedía para dar paso al miembro erecto de Oscar, le dolía terriblemente y lloró de dolor y le hubiese gustado gritar para que aquella sensación destructiva de entre sus piernas escape por su garganta, pero Oscar se aseguró de taparla fuertemente la boca hasta que los gritos se extinguieron. Al cabo de algunos minutos, Alfonsina sintió que el miembro de Oscar escupía una sustancia viscosa dentro de ella. Al día siguiente, una llorosa y adolorida Alfonsina retiraba las sabanas manchadas con sangre y semen.
Durante los siguientes días, las visitas nocturnas de Oscar se repitieron. Siempre en silencio, Oscar violaba a Alfonsina que no sentía nada de placer sino humillación y rencor. Al día siguiente de cometido el crimen, Oscar se sentaba a la mesa y hablaba con Alfonsina como si nada hubiese pasado, como si fuese otra persona la que cometiese las violaciones. La muchacha no veía cuando su madrina y sus hijas regresen con la esperanza que las visitas de Oscar cesen.
Era la última noche antes de que su madrina y sus hijas lleguen del viaje, así que Oscar se quedó más tiempo que de costumbre y violó dos veces a Alfonsina, quien solo atinaba a cerrar los ojos con fuerza para evitar ver la cara de placer enfermiza de Oscar mientras metía y sacaba su miembro de entre sus piernas. El hombre eyaculó dentro de Alfonsina y luego se apartó lentamente a un lado, emitiendo unos extraños pero leves bufidos de placer y a la vez de cansancio. En silencio, siempre en silencio, Oscar se subió los pantalones y salió de la habitación dejando tras de sí a una Alfonsina ensimismada tratando de despertar de aquella pesadilla.
Tras unos minutos acostada, se levantó, limpió el semen que se le escurría de entre las piernas y se colocó el pijama. Se acostó pero tenía un sueño intranquilo, despertando varias veces sobresaltada.
Al cabo de un rato se despertó de nuevo al escuchar que la puerta se abría de nuevo: se había olvidado poner la silla para trancarla. Se levantó rápidamente pensando que era su padrino quien nuevamente venía a colmar su apetito carnal y trató de sujetar al puerta para evitar que se abriese. Sin embargo, todo fue en vano porque sus fuerzas no fueron suficientes para contener la puerta. Nuevamente ante sí tenía una silueta y no pudo hacer más que llorar y decir “Padrino, ya no por favor, ya no”.
Sus ojos fueron acostumbrándose poco a poco a la oscuridad y por fin logró verlo: era Manuel. El muchacho emitía una energía perturbadora que se entremezclaba con su evidente apetito sexual. En silencio, tomó a la fuerza a Alfonsina y la violó.

X
Marco condujo con la mente ausente, se pasó un semáforos en rojo en un cruce y casi causó un accidente. Paró en una licorería y compró una botella de ron que fue tomando mientras conducía rumbo a la casa de su madre. El alcohol parecía no calmar ni por un segundo aquella vacuidad que sentía en su pecho y comenzó a llorar desesperadamente.
Llegó a casa de su madre, parqueó el coche y caminó hacia la casa con el diario en la mano. Tocó como loco la puerta y al rato abrió una asustada Andrea, preguntando que pasaba. Marco no dijo nada y tras ver a su madre sentada en el living, solo dijo a Andrea que les dejará a solas. Andrea preguntó si todo estaba bien, ante lo cual recibió un nuevo pedido –esta vez airado – de marcharse de allí. Andrea dijo que daría una vuelta al barrio pero que estaría cerca por si le necesitaban, salió y cerró despacio la puerta.
Marco estaba parado mirando fijamente a su madre. Ella le preguntó si todo estaba bien. Marcó negó con la cabeza y le mostró el diario. La anciana le preguntó que era aquello, a lo cual recibió la respuesta que era el diario de su papá. La madre miró el cuaderno por arriba y abajo y dijo que había visto a su esposo varias veces escribiendo en ese cuaderno, pero que nunca le hubiese pasado por la cabeza que era un diario.
Marco le arrebató el cuaderno, buscó las páginas que había leído y se las mostró a su madre y le dijo “¿Es esto cierto? ¡Quiero que me lo digas!”. La anciana se colocó sus gafas y comenzó a leer.
Tras unos minutos, la anciana levantó su cabeza y miró a Marco. Sus ojos se inundaron de lágrimas.

XI
Cuando su madrina regresó, notó que Alfonsina estaba más silenciosa que de costumbre. Hacía las cosas sin casi mirar a los ojos de nadie y caminaba silenciosamente por la casa, como si se tratase de un alma en pena.
Claudia notó que Alfonsina se ponía particularmente nerviosa cuando tenía que hablar con Oscar y Manuel, pero no sospechó nada. En tanto, Susana se había enseñado con la muchacha más que nunca, reclamándole por cualquier cosa aunque no tuviera razón. Alfonsina nunca olvidaría, por ejemplo, el escándalo que armó Susana al no estar conforme con cómo ordenaba la ropa en los cajones de la cómoda. Susana, fuera de sí, comenzó a sacar la ropa y a tirarla al piso como si fuese una loca, gritando a Alfonsina. Fue tanto el escándalo que incluso Claudia tuvo que intervenir y reñir a Susana por el alboroto sin sentido que estaba armando. La muchacha completó entonces el berrinche, comenzó a gritar histérica y acusó a su madre de favorecer a Alfonsina. Más tarde, un enojado Oscar logró calmar de un grito a Susana.
Alfonsina tenía la menstruación retrasada, pero esto no le llamó la atención porque no era la primera vez que le ocurría. A los pocos días, sin embargo, mientras servía el almuerzo a la familia, comenzó a sentirse descompuesta. En el tacho de la basura junto al horno, habían unos pequeños pedazos crudos de hígado que había desechado al preparar el almuerzo. Aquellos pedazos sanguinolentos estaban rodeados por más basura y Alfonsina comenzó a sentir un olor nauseabundo que comenzó a amplificarse hasta hacerse insoportable. Al girar la cabeza vio los pedazos de hígado y varias moscas que las sobrevolaban. Se tapó la boca al sentir una fuerte arcada  y casi dejó caer un plato antes de salir corriendo al baño a vomitar. Con la cabeza apoyada en el excusado y sintiendo que todas las tripas se le salían por la boca, escuchó la voz de Claudia quién le preguntaba si estaba bien. Alfonsina contestó con un hilo de voz que estaba bien y que ya salía.
Los siguientes días Alfonsina siguió sintiendo nauseas y vomitando. Claudia pensó que quizás era alguna infección intestinal por lo cual decidió que Alfonsina se quede un día en cama. En los siguientes días, ella pareció estar mejor, aunque Claudia la vio varias veces llorando en silencio en la cocina.
Unos días después, tras vomitar en el baño, salió hacia la cocina muy mareada y tambaleándose. Se apoyó en la pared y se deslizó hasta quedar sentada y se quedó en esta posición y se desvaneció. Susana la encontró y comenzó a gritarle que era una floja de mierda y, sujetándole de un brazo, comenzó a jalonearle para que se levantará. Alfonsina, sin nada de fuerzas en el cuerpo, apenas y podía contestar a la muchacha. Claudia escuchó el escándalo y bajó presurosa para ver que pasaba. Al llegar vio a Alfonsina tendida en el piso, mientras una rabiosa Susana le arrastraba de una mano, insultándole.

-       ¡Susana! ¡Que mierda estás haciendo!
-       ¡Esta india floja! ¡La encontré durmiendo en vez de trabajar!
-       ¡Pero acaso no vez que está casi inconsciente! ¡¿Qué mierda pasa contigo, carajo?!
-       ¡Está actuando! ¡Yo ya conozco a esta india! ¡Siempre está fingiendo con tal de no trabajar!

Claudia empujó a Susana alejándola de Alfonsina. Susana cayó estrepitosamente al suelo y comenzó a gritar y llorar como desaforada, a tal punto que sus hermanos bajaron asustados. Cuando Claudia vio a Beatriz, su hija mayor, le gritó:

-       ¡Enciende el coche ahora mismo, nos vamos al hospital!

Manuel y Beatriz lograron levantar a Alfonsina y la acostaron en la parte trasera del coche. Claudia se acercó y acarició la frente de la muchacha y dijo:

-       Alfonsina, vamos a llevarte al hospital. Quédate tranquila ¿bueno?
Alfonsina, escuchaba la voz de su madrina, pero no sabía quien era. Pensó entonces que era su madre quien le hablaba y dijo:

-       Me duelen los pechos, me duelen mucho.
Manuel abría la puerta del garaje mientras Beatriz encendía el coche. En ese momento, una histérica Susana apareció para increparle a la madre su supuesta preferencia por Alfonsina. La muchacha comenzó a gritarle a su madre, hasta que le hizo perder la paciencia y le dio una sonora bofetada. Susana, entró llorando a la casa y en ese momento Claudia le pidió a Beatriz que se quedase a ver a su hermana, que ella y Manuel llevarían a Alfonsina al hospital.
El coche partió y Claudia hablaba con un timbre maternal a Alfonsina, quien de rato en rato respondía a lo que le decían.
Al cabo de una hora, el médico salió a la sala de espera para hablar con Claudia. Le dijo que Alfonsina estaba estable ahora y que había sido un desvanecimiento por el agotamiento. Sin embargo, prefería que la muchacha se quede esa noche en observación y con un suero, pero que además eran necesarios hacer algunos análisis para descartar si no era alguna enfermedad.
Alfonsina no durmió muy bien aquella noche en el hospital. Algunos de los otros pacientes que estaban en la misma sala que ella, roncaban o hablaban dormidos. Cuando quedo dormida por algunos minutos tuvo una extraña pesadilla. Estaba ella en la cocina junto a su madrina y su madre, quienes conversaban animadamente mientras cortaban algunos vegetales para hacer la comida. Alfonsina sintió un fétido olor y vio un cubo de basura a su lado todo lleno de pedazos de hígado que seguían conteniendo sangre que goteaba al piso. Alfonsina, asqueada, se alejó de ese olor y fue acercándose cada vez más a su madrina y a su madre. Sintió de pronto otro olor no ten desagradable como el anterior, pero que le era muy familiar. Era gas, había una fuga de gas y su madrina no se había percatado de ello. La madre tenía un fosforó en la mano y estaba a punto de prenderlo para encender la cocina. Alfonsina gritó y corrió hacia las mujeres cuando se despertó.
 Todo estaba igual en el hospital y podía escuchar cómo las gotas del suero iban cayendo una a una. Recordó su sueño, nunca había imaginado que uno pudiese soñar con olores.

XII
La madre de Marco no dejaba de llorar, lo cual comenzó a molestarle. Le dijo que necesitaba una respuesta sincera de ella, saber si aquello era verdad.
-       Yo siempre te voy a querer, no importa lo que pase.
-       Esa no fue mi pregunta. Quiero saber si lo que está escrito ahí es cierto.
-       ¿Es eso importante? ¿No basta saber que siempre te hemos amado?
-       Para mi no ¿No lo entiendes? Estoy a punto de cumplir 45 años y resulta que toda mi vida es una mentira.
-       ¿Cómo puedes decir eso? Tu no eres una mentira, nunca nada ha sido una mentira. Eres y serás mi hijo.
-       ¿¡Es que acaso no puedes entenderlo?! ¡Desde que leí eso ya no puedo mirarme ni siquiera al espejo! ¡Solo veo a alguien que no existe, que no es quien le dijeron que era!

Marco volteó y se dirigió a la puerta. Su madre corrió detrás de él para evitar que se vaya, pero él no detuvo sus pasos. Andrea estaba entrando precisamente cuando Marco salía y este le dijo que agarre a su madre, que él se iba. Andrea trató de razonar con él, pero Marco se subió al coche y partió.
Comenzó a llover muy fuerte, Marco tenía los ojos arrasados por las lágrimas. Apenas pudo maniobrar cuando el peatón pasó corriendo en luz verde. El coche se estrelló contra unos cubos de basura causando gran estrépito. Marco lloraba inconsolable.

XIII
 La noticia del embarazo de Alfonsina había cambiado mucho las cosas en la casa de Claudia. Ella trató varias veces, sin éxito, de preguntar a Alfonsina quien era el padre de la criatura en sus entrañas, a lo cual la muchacha solo respondía con llanto. Claudia pensó entonces que quizás era alguno de los hijos del dueño de la tienda del barrio que a menudo piropeaban a la muchacha. De hecho, Alfonsina había entablado amistad con ellos, lo cual no había sido del agrado de Claudia quien muchas veces tenía que ir a buscar a Alfonsina porque se había quedado charlando con alguno de los muchachos.
Claudia llegó un día para increpar a uno de los muchachos, armando tal escándalo que salieron todos los hermanos y los padres. La madre del muchacho se gritoneó cara a cara con Claudia y la acusó de mentirosa y le dijo que quizás había sido su hijo el que embarazó a la muchacha, pero que ella quería acusar a su hijo para evitar el que dirán. En cierto momento, casi comenzaron a golpearse, por lo cual los jóvenes tuvieron que separarlas.
Claudia llegó convencida que uno de los muchachos era el padre del bebé que Alfonsina esperaba.
-       No te preocupes hija, ya haremos que ese desgraciado acepte que es el padre. Mi abogado se encargará de todo.
-       Madrina, quiero ir a mi pueblo y ver a mis padres.
-       ¡Como se te ocurre! ¡Vas a matar de rabia a tus papás! Es mejor que no vayas sino hasta solucionar todo esto. Irás después de que te cases. Este fin de semana tu padrino irá a ver a tus padres, les llevará unas bolsas de fideo que les dirá que son de tu parte.
-       Pero es que yo…
-       No debes preocuparte por nada ahora. He hablado con Oscar y contrataremos una persona para que te ayude con los quehaceres de la casa en los siguientes meses.

En las siguientes semanas, Claudia se portó especialmente simpática con Alfonsina. La comenzó a llamar “hija” y estaba muy pendiente de la muchacha cuando ésta se sentía descompuesta. Alfonsina, sin embargo, nunca confió en las atenciones de su madrina y en la medida de lo posible evitaba siquiera que ella le dijera cosas sobre la maternidad.
Los meses pasaron y la barriguita de Alfonsina comenzó a crecer y a notarse su gravidez. La muchacha fue prácticamente recluida en la casa por Claudia quien quería evitar un escándalo por la minoría de edad de Alfonsina. Al enterarse del embarazo, Claudia había pedido al médico – un viejo amigo de Oscar – su discreción y le prometió que  haría todo lo posible por ayudar a la muchacha. “Haré que quien sea el padre asuma su responsabilidad” dijo segura de sí y a partir de ese momento comenzó a acosar sin éxito a los hijos de los dueños de la tienda del barrio. En determinado momento, ellos habían amenazado con ir a la policía si es que Claudia continuaba hostigándoles, lo cual hizo que la mujer desistiera para evitar que se investigase todo el asunto y así llegase a los tribunales. Temía también que los padres de la muchacha se enteren del embarazo, porque justamente Oscar estaba deseando utilizar sus tierras para un emprendimiento agrícola, por lo cual debían mantener una buena relación. Claudia pensó que luego del alumbramiento buscaría a algún hombre para que se casara con Alfonsina, les daría una dote y así podría sacarse el problema de encima.
Entre tanto, Alfonsina había cumplido quince años y desde que llegó a aquella casa no había vuelto a ver a sus padres. Solo sabía de ellos por lo que le decían sus padrinos que los visitaban y le daban noticias. Varias veces durante ese par de años le habían prometido que un fin de semana la llevarían allá o que traerían a los padres para verla, pero eso nunca ocurrió. Alfonsina sabía, sin embargo, que en su condición le era imposible volver, no solo por la reacción de sus padres, sino de la comunidad. Hacía unos cuantos años, ella fue testigo del rechazo que sufrió una prima suya que regreso de la ciudad con un niño. La mujer no pudo aguantar el rechazo de la gente que apenas le dirigía la palabra y abandonó el pueblo tras unas cuantas semanas.
Por otra parte, el trabajo se le había reducido considerablemente, pues ahora solo se encargaba de cuidar al hijo de Beatriz y a limpiar la casa, dejando de hacer esto ultimo cuando cumplió 6 meses de embarazo.
Claudia había contratado a Diana, una mujer que cocinaba para al familia pero que luego se encargó de limpiar la casa. Diana era una mujer grande, sonrosada y jovial, y a menudo hacía bromas que provocaban que la familia se desternille de risa por sus ocurrencias.
Para Alfonsina, la presencia de Diana en la casa no solo le había significado menos tareas por realizar, sino también que encontró una amiga y figura materna en ella. Le encantaba tener cerca de la mujer mientras ésta le contaba algún chiste o uno de sus anécdotas de vida. Le sorprendía sobre todo que Diana hubiese viajado por todo el país haciendo los oficios más inverosímiles: ayudante de chofer de camión, cocinera en un campamento petrolero en la selva, guía turística, vendedora callejera y muchas otras más. Diana contaba sus experiencias de forma muy graciosa, aunque siempre éstas terminaban en alguna moraleja. Alfonsina la escuchaba muy atenta y reía con ella; y siempre lamentaba la hora en que Diana se tenía que ir al terminar los quehaceres.
Diana había perdido a su única hija en un accidente y Alfonsina le recordaba mucho a ella, por lo cual terminó encariñándose con la muchacha. A menudo le daba consejos sobre el embarazo y le decía las cosas que tenía que hacer con el bebé cuando naciera. Alfonsina escuchaba estos consejos, pero se notaba que su gravidez le producía mucha angustia, poniéndose a llorar varias veces para sorpresa de Diana. La mujer buscó varias veces que Alfonsina le contará quien era el padre de la criatura, pero la muchacha solo callaba y cambiaba de tema o sollozaba. Diana comenzó a sospechar.
Un poco antes de cumplir el noveno mes, Alfonsina estaba subiendo con cuidado las gradas para ir al segundo piso a dejar el periódico que recogió de la puerta de la casa. Lo abrió y leyó el titular en grandes letras negras: “Segunda semana de huelga de los recogedores de basura. El alcalde no encuentra solución”.
Iba leyendo esto cuando comenzó a sentir fuertes dolores en el bajo vientre. Los dolores continuaron y tuvo que sentarse en la grada y comenzó a llorar. Susana estaba de salida cuando la vio. Corrió a buscar a su madre, mientras Alfonsina gritaba de dolor.

XIV
Marco dejo el coche mal estacionado frente a su casa, pero no le importaba en absoluto. Se sentó abatido en el living y encendió el estéreo. Sonaba la Primera Gymnopedie de Erik Satie que hizo que Marco volviese a llorar.
Se sentía totalmente vacío y miraba sus manos que le parecían ajenas, mientras sentía una total extrañeza del lugar en el que estaba, de su cuerpo, de cada respiro que daba. Sintió entonces un leve aliento frio en su oído, como si alguien le susurrase algo.
Se levantó lentamente y fue al baño a mirarse al espejo. Este solo le daba la imagen de un hombre lloroso, con los ojos enrojecidos y la barba de un día. Pero más allá de eso, no podía reconocerse, como si un manto invisible le cubriese la vista.
Dejó el baño y se fue a la cocina. De una de las gavetas sacó  el cuchillo más grande que encontró.

XV
El parto había sido exitoso y Alfonsina dormía profundamente. Más tarde, al despertar, vio a Claudia y Beatriz en la habitación del hospital quienes miraban una pequeña cuna al lado de su cama.
-       Es un niño ¿Cómo vas a llamarle?
-       El médico dijo que el bebé nació saludable y que tú y él pueden regresar a casa mañana. Deberás descansar ahora. Beatriz ¿puedes llamar a tu padre para avisarle?
-       Ahora lo hago.
Beatriz salió de la habitación dejando a Claudia a solas con Alfonsina. Ella dijo:
-       Alfonsina, creo que es hora de que me digas quién es el padre de esta criatura. Él, sea quién sea, tiene derecho a conocerlo.

Alfonsina comenzó a llorar, lo cual despertó al bebé que le acompañó en el llanto. La muchacha sintió un estremecimiento en la espalda al escuchar al niño llorar. Claudia tomó con suavidad entre sus brazos a la criatura y comenzó a hablarle con cariño. Luego caminó hacia Alfonsina para entregárselo, pero ésta se negó.
-       Alfonsina, debes alimentar al niño, darle tu leche. Vamos, es necesario que lo hagas.

Alfonsina lloraba desconsolada y se tapó la cara con las manos. Claudia caminaba por la habitación meciendo al niño entre sus brazos, intentado calmarlo. Al poco tiempo, llegó una enfermera quien junto a Claudia intentaron convencer a Alfonsina de que diera el pecho al niño, pero ésta se ponía a llorar histérica cada vez que se lo acercaban. Ambas mujeres comentaron:
-       Es la depresión post – parto, suele pasar que algunas madres rechacen al recién nacido. Por ahora le daremos algún sustituto para alimentar al bebe, pero es fundamental que ella comience a darle de su leche para alimentar bien e  inmunizar al niño.
-       Ya se le pasará, no se preocupe. Nosotros la atenderemos bien en casa.

Al día siguiente, dejaron el hospital en la mañana e instalaron a Alfonsina y al bebé en la habitación de visitas.  Claudia le dijo que en unos cuantos días les pondrían en su habitación de costumbre, luego de que hicieran una ventana, la pintarán y acomodaran algunos muebles para ella y el bebé. “Descansa, hija” le dijo Claudia mientras le daba un beso en la frente.
Alfonsina miraba con curiosidad al niño en la cuna, pero no sentía ninguna emoción en particular por tenerlo entre sus brazos. Al poco rato una jovial Diana  entró a la habitación, abrazó a Alfonsina, la beso por todo el rostro y le dijo que ayer había ido a visitarle al hospital, pero que la encontró dormida.
Miró al bebé y preguntó a la muchacha si ya le había alimentado, a lo cual ésta contesto negativamente moviendo la cabeza.
-       Es necesario que le des de tu leche, sino el niño va a enfermarse.
Alfonsina negaba con la cabeza y comenzó a llorar en silencio.
-       Vamos Alfonsina, hazlo por mi. Este niño necesita a su madre. Hazlo por favor niña mía.

Alfonsina accedió, más por no desairar a Diana que porque tuviera ganas de tener cerca a la criatura. Cuando el niño estuvo succionando uno de sus pezones, un sentimiento de terror recorrió el cuerpo de Alfonsina. Luego de un rato, entregó al niño a Diana, quien lo puso sobre la cama y se fijó si el pañal continuaba limpio. Dijo entonces:
-       Alfonsina este niño necesita de tus cuidados para sobrevivir. Suele pasar que luego de nacer, muchas madres sienten un rechazo por sus hijos durante un tiempo. Tu eres muy joven y seguramente estarás muy asustada. Tienes que sobreponerte y superarlo por el bien de ambos.

Alfonsina no decía nada, tenía la cabeza gacha y miraba sus manos.
-       También es importante que le digas al padre que el niño ha nacido, para que te colabore a criarlo, aunque no vaya a vivir contigo. Mira, yo podría hablar con él y hacerle entender su responsabilidad, pero necesito que me digas quien es.

La muchacha no decía nada al interrogada por la mujer. Diana disparó entonces
-       ¿Es alguno de los hombres de esta casa?

Alfonsina comenzó a llorar sin consuelo al oír esto. Diana se sentó en la cama y le abrazó por un largo rato. La muchacha lloró en su regazo hasta que por fin se tranquilizó. Diana le dio un beso en la frente y le dijo que ya tenía que marcharse, pero que vendría más temprano mañana para verle antes de iniciar los quehaceres en la casa.
Diana salió de la habitación y fue a recoger sus cosas para marcharse. Estaba a punto de salir cuando dio marcha atrás y subió a la habitación de Claudia. Tocó la puerta un par de veces y le respondieron a través de la puerta.

-       ¿Sí?
-       Señora Claudia, soy Diana.
-       Ah, si. Diana, voy saliendo de la ducha ahora, pero enseguida le hago el cheque.
-       No es eso señora. Necesito hablar con usted.
-       Esta bien, espéreme un momento que termine de vestirme y le abro.

Alfonsina estaba dormitando cuando le pareció escuchar gritos en el piso de arriba, una de las voces era la de Diana. Se levantó con cuidado, caminó despacio hacia la puerta y sacó medio cuerpo de la habitación. No entendía lo que decían, pero estaba segura que eran Diana y su madrina las que gritaban.
Al cabo de un rato, escuchó que las mujeres bajaban las gradas y seguían discutiendo. Alfonsina volvió hacia la cama y se acostó de nuevo, tratando de aguzar el oído. Escuchó que la puerta fue cerrada con fuerza y luego solo silencio.
La puerta se abrió y su madrina se asomó en el umbral. Tenía una expresión sombría que sobrecogió a la muchacha.
-       Alfonsina, solo venía a ver cómo estaban tú y el niño. La señora Diana me dijo que por fin le diste de mamar, eso es muy bueno y es lo que recomendó el doctor. Debes cuidar mucho a ese bebé para que crezca sano. Por cierto, la señora Diana no va a trabajar más con nosotros, así que estos días buscaré a una reemplazante temporal hasta que tú te recuperes por completo y te reincorpores al trabajo. Descansa ahora, yo iré a calentar la cena para tu padrino que no tardará en llegar.

Cuando Claudia se fue, Alfonsina sintió un alivio tremendo. Le hubiese gustado preguntar que fue lo que pasó con Diana, pero nunca se atrevía a cuestionar una decisión de su madrina. Alfonsina lamentó que Diana ya no estuviera cerca y se dijo a si misma que apenas pudiera iría a visitarle a su casa, pero luego recordó que no tenía idea de donde vivía. También pensó que más allá de las pocas cuadras que iban a la tienda y las veces  que acompañaba a su madrina al mercado en el coche, no había salido a ninguna otra parte en todo el tiempo que llevaba en la ciudad. Estaba en estos pensamientos hasta que se quedó dormida.
Abrió los ojos con desgano y vio que ya había anochecido, pero que una lámpara en una esquina del cuarto estaba prendida iluminado tenuemente aquel espacio. Escucho unos susurros cerca de ella y tuvo un mal presentimiento, volteó la cabeza y vio a Oscar, su padrino, musitando algo al bebé en la cuna.
Alfonsina no dijo nada. Solo se agarró las sábanas y las subió hasta la altura de la boca. Oscar giró la cabeza al sentir que Alfonsina se movía y camino hacia ella. Le comenzó a acariciar el rostro muy suavemente y dijo:
-       ¿Cómo estás hija? ¿Te sientes mejor?

Alfonsina no decía nada y comenzó a temblar.
-       ¿Qué tienes hija? Respóndeme, vamos. Dime cómo estas.

En ese momento, Alfonsina desvió la mirada hacía la puerta y quedó aterrada. Claudia estaba parada en el umbral con el rostro demudado por la ira. Transcurrieron unos segundos que parecieron una eternidad,  antes de que su madrina corriese hacia Oscar gritándole histéricamente. Comenzó a golpearle, patearle y rascarle.
-       ¡Maldito! ¡Desgraciado! ¡Eres un hijo de puta, desgraciado! ¡Maldito! ¡Te odio!
-       ¡¿Pero que te pasa mujer?!

Oscar trataba vanamente de protegerse del ataque de su mujer y unos hilillos de sangre ya la recorrían la cara por uno de los rasguños de Claudia. La mujer seguía golpeando a su marido, pero súbitamente se detuvo y miró a Alfonsina con los ojos desorbitados por la furia. Se abalanzó sobre la indefensa muchacha que apenas atinó a cubrirse la cara luego de recibir varios rasguños. Claudia le jalaba ahora del pelo mientras gritaba como loca.
-       ¡Maldita! ¡Traidora! ¡Me engañaste en mi propia casa! ¡Te reíste todo este tiempo en mi cara, india puta! ¡Voy a matarte a ti y a tu puto hijo!

Oscar agarró fuertemente de las muñecas a Claudia y con dificultad logró separarla de Alfonsina. La mujer seguía gritando y pataleando descontrolada. En ese instante, entró Manuel a la habitación y gritó qué era lo que pasaba. Oscar le dijo que le ayude a sacar a su madre de ahí en ese instante. La sacaron a duras penas y Manuel se quedó observando un breve instante a la aterrada Alfonsina antes de cerrar la puerta.
El bebé lloraba asustado por el escándalo.  Alfonsina se levantó con dificultad y lo tomó entre sus brazos y luego fue a sentarse en el suelo, con la espalda apoyada en la puerta. Tenía miedo de que Claudia volviese y cometiese lo prometido. Lloraba mientras alimentaba al niño.
Durante las siguientes horas, Alfonsina escuchaba tras la puerta todo el escándalo que ocurría en la casa. A los gritos y el llanto histérico de Claudia se habían unido ahora los de Susana y Beatriz. En cierto momento le pareció que Claudia caminaba gritando hacia la habitación donde estaba Alfonsina, pero unos pasos tras de si – por la voz supuso que era Manuel – la detuvieron y la alejaron del corredor. Alfonsina estaba aterrada y tenía mucho frio por estar sentada en el suelo con el bebé, sin embargo, no quería dejar ese lugar en la puerta por miedo a que alguna de las mujeres entrase a hacerle daño. Abrazó al bebé con fuerza y sintió que un calorcito le inundaba el pecho.
Los gritos continuaron por toda la casa hasta que fueron languideciendo. En cierto momento, escuchó que los dos  coches fueron encendidos y que salían apresuradamente. Aún cuando la casa quedó en silencio, no quería quedarse dormida, no podía quedarse dormida. Tenía miedo que Claudia pudiese aprovechar su sueño para entrar a la habitación.
No supo cuanto tiempo se había quedado dormida, pero al despertar se dio cuenta que estaba amaneciendo. El bebé dormía plácidamente en su regazo y su pecho continuaba al aire con un hilillo de leche saliendo por el pezón.
Se levantó muy adolorida por la posición en la que estaba y puso al bebé en la cuna. A continuación se acercó a la puerta, la abrió y cuando creyó que no había nadie cerca del corredor, caminó unos cuantos pasos para ver si escuchaba algo. La casa estaba en silencio total.
En ese momento tomó la decisión. Volvió apresurada a la habitación, tomó al bebé y se fue hacia su propio cuarto. La puerta estaba abierta y el interior estaba cubierto de polvo por los trabajos que estaban haciendo los albañiles. La cama, el televisor, el pequeño radio y sus cosas estaban cubiertas con periódicos y plásticos. Sacó lo primero de ropa que encontró y el poco dinero que tenía ahorrado y las puso en una pequeña maleta que le había dado Claudia hace varias semanas para que pusiera las cosas del bebé.
Al salir de su habitación, no se fijó en los botes de basura y golpeó uno con el pie haciéndolo caer con estrépito. Alfonsina quedó aterrada pensando que eso despertaría a alguien y que bajarían para evitar que huya. Afortunadamente, tras un par de minutos, nadie apareció así que decidió salir de inmediato.
Ya en la puerta, no supo bien a que lado ir y decidió irse para la izquierda, al recordar que ese era siempre el camino que tomaba para ir al mercado en coche con Claudia. Sin embargo, tras un par de cuadras en esa calle, decidió torcer a la derecha pensando que tal vez Claudia supondría que ella había tomado ese camino.
Alfonsina caminaba y cada cierto tiempo torcía a la derecha o izquierda alternativamente hasta que se sintió totalmente perdida. Tras caminar un poco llegó a una plazuela donde solo habían unas cuantas palomas comiendo pequeñas migajas en el piso. Se sentó acongojada en una banca  y el hambre comenzó a roerle las entrañas. Como si sintiese el hambre de su madre, el bebé comenzó a llorar buscando también alimento. Alfonsina le ofreció uno de sus pechos y luego el otro, el niño chupó desesperadamente la poca leche que encontró pero quedó tranquilo.
A esa hora, ya clareaba más y el movimiento en la ciudad comenzaba. Cerca a Alfonsina  pasó un vendedor de periódicos anunciando el principal titular de la jornada “El alcalde y los recogedores de basura no llegan a un acuerdo, sigue la huelga”.
Alfonsina no tenía idea de donde ir, pero juzgó que era necesario seguir caminando para evitar ser encontrada. Se levantó del banco y casi sin pensarlo tomó la calle más cercana que vio.
No había mucha gente en las calles y eventualmente alguno que otro pasaba cerca de la muchacha, lo cual le asustaba porque pensaba que venían por ella. Siguió caminado, pero estaba cansada y no sabía adonde ir. En ese momento, deseo más que nunca estar en su pueblo, en su casa junto a su madre. Pero sabía que eso era imposible porque no podía llegar con un niño sin padre, pues nunca podrían perdonárselo.
Alfonsina lloraba amargamente y decía en voz baja “Quiero volver a casa, con mi mamá”. Caminaba como una posesa y ni siquiera pensaba ya que dirección estaba siguiendo. Sintió un olor desagradable y se detuvo. Miró a un costado y vio una pila de basura donde algunos gatos y perros famélicos se disputaban los desperdicios, éstos se alejaron al ver a Alfonsina aproximarse.
Alfonsina tenía los ojos inundados en lágrimas, se puso de rodillas y puso al niño sobre el suelo. Abrió una de las bolsas de basura de donde escapó un desagradable olor que le daño el olfato. Tomó al niño, lo puso en la bolsa, la amarró con fuerza y luego abandonó el lugar.

XVI
Marco estaba nuevamente en el baño observando el espejo. En una de sus manos tenía el cuchillo. La hoja estaba fría cuando la acercó a una de sus muñecas, un breve escalofrío le subió por todo el brazo hasta llegar al hombro para luego dispersarse por la espalda.
Su mano temblaba y de pronto se llevó el cuchillo rápidamente al cuello. Lo tuvo ahí por varios segundos mientras respiraba agitadamente. Unas gotas de sudor comenzaron a resbalar por sus sienes. Su mano continuaba temblando.
Bajó el cuchillo con un gran suspiro y continuó mirando su imagen en el espejo. De súbito, se lo llevó nuevamente a la muñeca de su mano libre.
Le temblaba tanto la mano que el pequeño corte que hizo fue muy doloroso, lo cual hizo que soltará el cuchillo para agarrarse la herida. Abrió el grifo y el agua empezó a correr, puso la muñeca herida en el chorro y la sangre comenzó a confundirse con el agua mientras giraba y se iba por el desagüe. La herida no era muy profunda, pero dolió como los mil demonios.
Marco, se curó la herida y la vendo. Tomó el cuchillo y lo guardó en la gaveta de donde lo tomó antes. Volvió al baño y se mojó la cara antes de verse nuevamente al espejo. En ese momento una sensación de bienestar que nunca antes había sentido fue apoderándose de su cuerpo.
Se dijo a si mismo que era Marco Ramírez, que aunque nunca conoció a sus verdaderos padres tuvo unos padres muy buenos y hermanos que le amaban, que pasara lo que pasara su vida había sido feliz hasta ahora y que quería que continuara así. Él era Marco Ramírez y estaba más vivo que nunca, había renacido. El reflejo en el espejo parecía asentir a lo que decía Marco con una sonrisa silenciosa.

Epílogo
La ciudad apesta. Se ahoga en su propia fetidez hoy más que nunca. Por doquier en las calles hay inmensas pilas de basura que los vecinos amontonaron para no tenerlas dentro de sus casas pudriéndose. En uno de esos basurales, un loco está parado sobre una pila de basura y da una arenga hacía un público invisible que sólo él puede ver en su retorcida mente. A su alrededor, perros, gatos y ratas destruyen las bolsas de basura para sacar su contenido.
Desde hace varios días, no se ha recogido la basura y la ciudad parece ahogarse en ella. Perros, gatos y ratas parecen haber invadido la ciudad y pelean por comerse los restos que encuentran entre las bolsas, las cuales desgarran con sus asquerosos colmillos.
La ciudad no hace más que mostrar su rostro desnudo, aquello que trata de esconder a diario pero que no siempre logra. Aquella suciedad esta ahí, invisible pero hoy ha emergido para pavonearse.
En una anónima esquina hay una pila de basura donde perros y gatos se disputan los restos fétidos de algún alimento que lleva pudriéndose por varios días y que ha sido invadido por las moscas. Hay una bolsa en especial que se disputa un grupo de gatos y un perro sarnoso color negro. Es una bolsa dentro de la cual los animales pueden sentir un fuerte olor a leche y queso, que se confunde con el reconocible olor a sangre caliente que circula por un pequeño cuerpo aún vivo. Los gatos con las colas levantadas, erizan sus espaldas, muestran los colmillos, sacan sus zarpas y emiten un gruñido mientras se preparan para atacar. El perro negro muestra los dientes y se acerca a la bolsa a la cual logra hacerle una pequeña abertura para meter su inmundo hocico. En ese momento uno de los gatos le rasguña la  nariz, ante lo cual el perro enfurecido se lanza detrás de ellos. Los gatos le rodean, pero el perro les persigue dando dentelladas en el aire que los gatos apenas pueden evitar.
Uno de los vecinos, molesto por el escandalo que meten los animales, baja armado con un garrote y espanta a los animales, que huyen tras recibir un buen golpe, en especial el perro sarnoso que corre aullando de dolor.
La pila de basura ha estado allí por varios días, piensa el hombre. Se dice también que es un peligro para la salud del barrio y considera que debe hacer algo. Decide entonces que quemará toda esa inmundicia.
Unos minutos más tarde, con unos fósforos en la mano, enciende unos cuantos papeles que están en una de las bolsas y el fuego comienza a expandirse. “con eso bastará y tan solo serán unos minutos de humo apestoso” se dice orgulloso de si mismo y se marcha del lugar. No escucha ni escuchará un pequeño llanto que comienza a hacerse mas fuerte, pero que es sepultado por los ruidos cotidianos de la ciudad.
Los gatos y algunas ratas vuelven tras que ver al hombre alejarse, pero al ver el fuego se marchan de inmediato. El fuego comienza a crecer y al poco tiempo esta cerca de una bolsa que tiene un nudo en la parte superior y en cuyo costado el perro hizo un hueco.
En su interior, la criatura se mueve angustiada, pues su cuerpecito siente que el calor se intensifica y que se acerca. Llora, pero nadie le hace caso, mientras el fuego continua su paso, indiferente a la vida que está a punto de cegar.

-       Juan ¿escuchas eso?
-       ¿Qué? Cintia, muévete por favor, la basura quemada huele terrible. ¿Quién habrá sido el idiota al que se le ocurrió prenderle fuego?
-       Pero Juan ¿No escuchas? ¡Es un bebé llorando!
-       Seguramente que si, seguramente este humo malsano le estará dañando el olfato como a mi ¡Vámonos de aquí ahora!
-       ¡Pero no! ¡El llanto viene del basurero!
-       ¿Estás loca o qué? ¿Cómo se te ocurre que pueda haber un niño ahí? ¡Espe..espera! ¿Adonde vas?
-       ¡Te digo que escucho un bebé llorando! ¡El llanto viene de ahí!
-       ¡Lo único que lograrás es mancharte los zapatos con mierda! ¡Ten cuidado con el fuego!
-       ¡Por aquí, ayúdame por favor!
-       Esta bien, pero verás que solo encontraremos una pila de desperdicios y el barrio pensará que somos unos vagabundos. ¡Espera…! ¡Yo también oigo algo!
-       ¡Juan, está en esta bolsa, ayúdame por favor!
-       ¡Dios mío!
La ciudad se alza petulante, indiferente ante sus habitantes. Sus ojos muertos observan a todos sus hijos, quienes le son indiferentes pues no le importa si se quedan o se van, ella siempre estará ahí. En algún lugar de sus entrañas una columna de humo negra se eleva hasta alcanzar el cielo.