lunes, 27 de abril de 2015

El secuestro de Elena


 I don't wanna feel no more
It's easier to keep falling
- Alice in chains- 

I
Estoy viva, pese a todo estoy viva. Aún estando inconsciente, mi mejilla siente el frio del suelo
Edvard Munch - Llorando desnuda (1913)
que parece invadirme el alma. La humedad de la celda me penetra los huesos, mientras en algún lugar del recinto escucho el tintinear de las gotas de agua que chorrean y salpican el suelo.
 Un hilo de sangre sale de mi ceja derecha y baja lentamente  hasta llegar a la cuenca del ojo, donde gira y se desliza hasta llegar a la punta de mi nariz. La sangre gotea desde ahí y el sonido de cada gota que se estrella en el suelo se amplifica y parece el rumor de una explosión. Pronto, la sangre va formando un charco que me quema el rostro. Es sangre, mi sangre que me quema.
Mis ojos entreabiertos solo alcanzar a ver tinieblas, interrumpidas por siluetas deformes que se agitan en obscenos espasmos. Quiero moverme, detener la macabra danza de aquellas siluetas, pero mi cuerpo está inerte.
Puedo escuchar un estertor que se entremezcla con gemidos de dolor, de espanto. Creo reconocer algunas palabras en todo aquella estridencia. Es mi nombre, alguien gime ni nombre.
Y entre todo ese fragor, la voz de Cecilia se hace más nítida, mas fuerte. Me llama, dice mi nombre, me pide ayuda, pero yo yazco sin consciencia en el suelo, tendida en mi lecho de sangre. Su voz se hace clara, pero ya no me habla, solo gime de dolor y es en ese momento que mi cuerpo comienza a reaccionar.  El odio me mueve, el odio hacia Andrés logra que mi cuerpo reaccione por unos segundos y logro ponerme boca abajo para poder arrastrarme. Están tan cerca de mío, pero a mi cuerpo le parece que nos separan kilómetros de distancia. Me arrastró hacia ellos o al menos creo hacerlo. Tan lejos, están tan lejos.
Cuando creo estar cerca, siento un golpe en la sien que me hace caer de nuevo en ese estado de inconciencia. Me resisto, pero me es imposible no desvanecerme. Lucho, mientras todo aquel alboroto va disipándose  y me sumerjo en esa oscuridad que parece cobijarme.
Han pasado casi 20 años y sin embargo continúo soñando constantemente con ese momento. Quizás son las almas de Cecilia y Verónica que desean que nunca las olvide, no lo sé. Han pasado casi 20 años y aún recuerdo.


II
Luz enciende la tercera vela de la noche delante del altar de San Antonio de Padua y lamenta no tener una cuarta para encenderla más tarde. Ya son varias personas que le han dicho que ese santo es muy milagroso y que puede cumplir casi cualquier cosa. Espera tener más suerte con él que con santa Rita, patrona de las causas perdidas, a quien le estuvo rezando y prendiendo velas por casi un mes, sin ningún resultado. Incluso las cosas se le habían complicado durante ese periodo, por lo cual decidió ya no rezar a la santa y buscar a otro que pudiese ayudarle.
Se habían cumplido cuatro meses de la desaparición de Elena y Luz ya había probado muchas cosas. Le leyeron la suerte en cartas y animales, consultó a varios adivinos, rezó a varios santos e incluso visitó a un anciana que le habían dicho que era capaz de ver el futuro cuando entraba en trance. Nada de eso le había ayudado y menos aún la policía, que ya había olvidado el caso.
En momentos como ese, Luz deseaba no ser pobre, porque seguramente si tuviese dinero la búsqueda de Elena se habría hecho más fácil, contratando detectives o al menos pagando a los policías para que diesen mayor atención a su caso. El investigador asignado, un tipo que le trataba groseramente pensando que Luz no entendía lo que se le explicaba, le había dicho casi al cumplir las tres semanas que había que darse por vencido, que Elena seguramente ya estaba muerta.
Los parientes y amigos le habían dicho, algunos disimuladamente y otros  no tanto, que debía resignarse y dejar de buscar a Elena y concentrarse más bien en sus otras dos hijas.
Luz solo tenía el presentimiento de que Elena aún vivía y se dijo a sí misma que mientras aquel sentimiento no desapareciera, ella no cejaría en sus intentos por traer a casa a su hija.
La mujer se persignó ante la figura de San Antonio y se fue a dormir, pensando que quizás al día siguiente tocarían la puerta, ella abriría y se encontraría con Elena sana y salva.
La vela siguió chisporroteando por unos minutos hasta que una ráfaga de viento la apagó, ante la total indiferencia de la figura de San Antonio quien miraba al vacío, indolente a cualquier sufrimiento. 


III
Elena sintió que la mecían y abrió los ojos con pereza. Era Alicia, la hermana menor, que le decía que se levante para no llegar tarde a la escuela. Elena se sentó en la cama, se restregó los ojos con pereza y buscó la ropa que había dejado la anoche anterior sobre la silla. Cuando se iba a colocar los zapatos, los miró con atención y, al verlos tan viejos, pensó que le gustaría que su madre tuviese dinero para poder comprarle unos nuevos.
El desayuno no era más que té con una pieza pan, lo que usualmente dejaba con mucho hambre a la muchacha. Por suerte, Cecilia siempre llevaba algo de comida extra que compartía con Elena durante el recreo. Los padres de su amiga eran comerciantes y tenían algo de dinero, por lo cual Cecilia a menudo se podía permitir ciertos gustos que compartía con Elena.
Hace algunos meses, Cecilia había invitado a Elena a ir al cine. Para la muchacha aquella experiencia fue una de las que más recordaba en su vida. Aquel olor a palomitas, el lugar lleno de chicos guapos de su edad, la inmensa pantalla donde proyectaron la película. Todo aquel día había sido algo mágico para ella y deseaba volver a hacerlo, aunque esta vez con sus hermanas y la madre.
A menudo, Elena fantaseaba que tenía mucho dinero y que eso le permitía viajar por todo el mundo, tener una casa muy linda y poder comprar ropa linda para ella y su familia. Por ello, se decía a sí misma que apenas saliese de la escuela se pondría a trabajar y, luego de reunir algo de dinero, estudiaría para ser abogada porque pensaba que los abogados tenían mucho dinero.
Elena quería mucho a su madre, pero a menudo le asustaba terminar su vida como ella: madre muy joven y teniendo que hacer una diversidad de oficios para vivir. La muchacha consideraba que su madre era una persona inteligente que podría haber tenido una mejor vida, pero que la falta de oportunidades  no se lo había permitido. Había escuchado a alguien decir que la pobreza se hereda, lo cual le hizo estremecer y estudiar en la escuela con mayor denuedo.
Pensaba también que, a diferencia de ella, Cecilia tenía una vida mucho más holgada, lo cual no siempre era aprovechado por su amiga, a quien últimamente solo le interesaba conocer chicos. Esto había ocasionado un ligero distanciamiento entre ambas amigas, pues a menudo Cecilia pasaba más tiempo con chicos de cursos mayores, lo cual disgustaba un poco a Elena. Ella añoraba el tiempo que pasaba con Cecilia jugando en la plaza o en la casa de una de ellas, inventando historias o mirando televisión.
A Cecilia le había llegado la pubertad a los 12 años, lo cual hizo que se desarrolle antes que otras niñas de la escuela. El cuerpo se le fue contorneando para sorpresa y envidia de muchas de sus compañeras de clase, quienes aún lucían como niñas. Cecilia pasó así de ser una niña bastante tímida a una muy amigable y comenzó a charlar con los chicos mayores de la escuela, los cuales quedaban encantados con su belleza que había surgido repentinamente.
Cuando conversaban, Cecilia le contaba a Elena sobre alguno de los chicos y parecía que todo lo que tenía que hablar se limitaba a ello. Elena escuchaba en silencio y, aunque hablar sobre lo mismo le aburría, en ocasiones sentía una secreta envidia por Cecilia y deseaba parecerse un poco más a ella. Su amiga, había empezado a usar maquillaje, por lo cual a Elena le parecía estar ante toda una mujer.
Aquel día Cecilia contó a Elena que había conocido a un chico muy guapo de 17 años, quien tenía su propio coche. La muchacha estaba emocionada, pues decía que fue el muchacho quien se acercó a hablarle mientras ella observaba unos zapatos en un escaparate en el centro. Él se llamaba Andrés, ya había terminado la escuela y estaba a punto de comenzar la universidad. Elena escuchó la historia, pero no prestó mucha atención a los detalles, pensaba en que quería volver pronto a casa.

IV
La mañana parecía transcurrir de manera particularmente lenta aquel día y la clase de música era tediosa. El profesor era un hombre enjuto, casi calvo, de nariz prominente y ya bordeando los 50 años, lo cual había hecho que los estudiantes se refiriesen a él en secreto como “vejestorio”. Aquel día el educador comenzó a hablar sobre una opera llamada “El rapto en el Serrallo” escribiendo en grandes letras el nombre del compositor: Mozart. Elena no prestó mucha atención a la explicación y cuando el profesor puso la obra para que toda la clase la escuchase, ésta le pareció la música más aburrida que había escuchado en su vida.
Elena estaba distraída con pensamientos aleatorios en su mente cuando sintió que alguien le tocaba el hombro. Cecilia, sentada en el pupitre de atrás, le alcanzó un trozo de papel doblado que Elena abrió y que decía: “Andrés me besó ayer”.
Elena no supo que contestar, solo atinó a guardarse el papel en el bolsillo y trató, sin éxito, de prestar atención a la clase. Al rato, Cecilia le dio otro papel donde decía “quiero que le conozcas”.
La clase terminó y ya era hora de salir. Cecilia se acercó a Elena y le dijo que le acompañara para encontrarse con Andrés. Al principio, la joven se negaba pero la amiga fue tan insistente que terminó por ceder. Elena solo puso como condición que no se demorarán mucho tiempo, porque no quería llegar tarde a casa para almorzar. Cecilia le dijo entonces que ella llamaría al celular de la mamá de Elena para decirle que iría a almorzar a su casa, así no tendría que preocuparse por llegar pronto. Elena, dudó por unos segundos, pero terminó aceptando.
Unos veinte minutos más tarde, las muchachas esperaban sentadas en una banca de una plaza a unas cuantas calles de la escuela y tras unos minutos llegó un coche que se detuvo en la acera de enfrente. Cecilia se incorporó, tomó de la mano a Elena y la llevó apresuradamente hasta el coche. Dentro, un muchacho les esperaba sonriente y Elena quedó sorprendida al ver que era muy guapo.
Elena se subió a la parte trasera del vehículo mientras Cecilia se sentaba adelante, al lado de Andrés. El muchacho dio un largo y cariñoso beso a la muchacha, mientras Elena miraba con cierta incomodidad la escena. En aquel momento, Cecilia le parecía a años de distancia de aquella niña con la que hasta hace poco jugaba.
Cecilia presentó a Elena quien se puso un poco abochornada cuando Andrés volteó ligeramente su cuerpo para darle la mano. El joven preguntó que era lo que querían comer a lo cual Cecilia se apresuró en contestar que podían ir al centro comercial que quedaba a unas cuantas cuadras de allí, donde podrían encontrar muchas cosas para comer. Elena asintió y dijo que por ella cualquier lugar estaba bien.
Elena nunca había entrado a un centro comercial y se sentía avergonzada por tener la ropa tan vieja en aquel lugar donde los escaparates tenían lindos vestidos. Andrés las llevó a un lugar donde decía que las hamburguesas eran excelentes y pidió varias cosas para comer, pero cuando preguntó a Elena que era lo que quería ella dijo que no comería nada. La muchacha había visto los precios y quedó horrorizada porque apenas tenía un poco de dinero consigo. Sin embargo, Andrés anunció que él pagaría la comida, por tanto que podían escoger lo que quisieran.
Luego de comer, Andrés les llevó a tomar unos helados y para ese entonces Elena ya había pedido algo de la vergüenza y comenzó a hablar con naturalidad con Cecilia y Andrés. Más tarde, Andrés les dijo que les dejaría en la plaza donde se encontraron porque él debía irse con urgencia a casa de su tío para regresar el coche.
Mientras caminaban a casa, Cecilia preguntaba a Elena que pensaba sobre Andrés, ante lo cual la muchacha solo pudo decir que le pareció muy agradable. Cuando llegaron a la casa de Elena, Cecilia le pidió que por favor no diga nada a sus padres ni a nadie de Andrés, porque temía que le prohibiesen verlo por la diferencia de edad. Elena prometió que no diría nada a nadie.

IV
“Hoy cumplimos un mes” anunció Cecilia con orgullo y a continuación dijo a Elena que para celebrarlo Andrés le había invitado a su casa al día siguiente a una pequeña celebración. Al decirlo, podía notarse la felicidad de la muchacha y Elena se sintió conmovida. Ya había acompañado a Cecilia en un par de citas y Andrés comenzó a agradarle,  además se sentía genuinamente conmovida por la felicidad de su amiga.
“Me dijo que invitemos a algunas amigas, porque él invitó a sus compañeros de universidad” dijo Cecilia y Elena se sonrojó al pensar que conocería a otros chicos mayores que ella. “¿A quien invitarás?” preguntó tímidamente a Elena, ante lo cual Cecilia respondió que había pensando en decirles a Carmen y Verónica, chicas de un curso mayor al de ellas.
Aquella noche a Elena le fue difícil conciliar el sueño, pues estaba muy emocionada por la fiesta. Al día siguiente se sentía muy feliz y estaba más distraída que de costumbre en clase. De rato en rato, se giraba e intercambiaba con Cecilia una mirada de complicidad. A la salida, quedaron de encontrarse a las tres y media en la puerta del colegio para ir a la casa de Andrés.
Ya en su casa, Elena buscó la mejor ropa que tenía y lamentaba no poder usar algo nuevo. Pensó que tal vez podría usar algo de sus hermanas o de su madre, pero finalmente descartó la idea. Estaba sumida en estos pensamientos cuando cayó en cuenta que debía pedir permiso a su madre para poder salir.
Luz se encontraba en la cocina lavando los trastes del almuerzo, al terminar tenía que alistarse para salir a su trabajo, que en aquel entonces consistía en hacer limpieza en una fábrica. Pasaba fuera casi todo el día y apenas tenía tiempo para ver a sus hijas y ni siquiera podía hacerlo durante los fines de semana. Luz, sin embargo, estaba empecinada en darles un futuro, por lo cual trabajaba sin descanso y ahorraba cada centavo que podía para poder usarlo en el futuro para la educación de las muchachas.
Elena se acercó con timidez a la cocina y estuvo hablando de muchas cosas, a veces sin mucha conexión entre ellsa. Luz la escuchaba aunque no prestaba demasiada atención, pues estaba pendiente de la hora para no atrasarse.
La muchacha dijo entonces que saldría en la tarde a una fiesta con Cecilia, pero que volvería a casa a las ocho. Luz se detuvo al escuchar esto, giró la cabeza y se quedó mirando fijamente a su hija. Con un tono de molestia, pidió a la muchacha que repitiera lo que había dicho.
Elena, temerosa al darse cuenta del disgusto de su madre, dijo nuevamente que iría a una fiesta. La muchacha continuó y dijo que se haría en la casa del novio de Cecilia y apenas terminó de decir esto se arrepintió. Luz, muy molesta, dijo que Elena no iría a ningún lado, que ella era muy joven para  estar yendo a fiestas y que Cecilia seguramente no habría dicho nada a sus padres.
Elena trató de convencer a su madre, pero ella le prohibió rotundamente que saliera aquel día, diciéndole más bien que debía quedarse para hacer la tarea y cuidar a sus hermanas. Elena no dijo nada más y sus ojos se llenaron de lágrimas de frustración.
Eran casi las tres, Elena estaba muy inquieta y no sabía que hacer. Sus hermanas miraban televisión mientras hacían sus tareas y casi no prestaban atención a la muchacha, quien a cada rato miraba la hora.
Su madre se había marchado ya al trabajo y con ella la esperanza de convencerla para que le deje ir a la fiesta. Fue en ese momento en que a Elena le pasó por la cabeza que quizás podría salir sin que nadie lo notase. Las hermanas estarían distraídas mirando la televisión hasta que ella volviera y su madre no llegaba sino hasta pasada la medianoche. En ese momento, tomó la decisión de marcharse. Al salir, dijo simplemente que volvía en un rato, a lo cual las hermanas asintieron sin darle mucha importancia.
Elena corrió para poder llegar a la hora, mientras una impaciente Cecilia miraba con molestia el reloj. Junto a ella esperaba Verónica, que había aceptado acompañarle. Cuando Elena llegó, Cecilia le dijo con cierta irritación que si hubiese tardado unos cinco minutos más no las habría encontrado.
Caminaron unos 10 minutos hasta llegar al lugar de reunión. Andrés tenía el coche parqueado casi en la esquina y a su lado tenía a otro muchacho tan joven como él con el cual conversaba animadamente.
Cuando las muchachas llegaron, Andrés hizo las respectivas presentaciones y les pidió que subieran para poder irse de inmediato. A Elena el amigo le pareció aún más guapo que el mismo Andrés, pero quedó un poco frustrada al ver que el muchacho prestaba mayor atención a Verónica.
El coche arrancó y tras unos minutos de conducir, Andrés se parqueó frente a un supermercado, se bajó del coche y pidió a las chicas que les esperaran unos minutos mientras compraban unas cuantas cosas para llevar a su casa. Más tarde, el muchacho y su amigo regresaron llevando varias bolsas.
Andrés encendió el coche y partió rápidamente. Tras unos minutos de manejar, estiró el brazo y sacó una botella de cerveza de una de las bolsas, se la pasó a su amigo y le pidió que la destapara. A continuación se tomó un trago y luego pasó la botella a las muchachas.
Verónica y Cecilia tomaron un largo trago y luego pasaron la botella a Elena, quien se negó a tomar. Las muchachas se burlaron de ella, diciendo que Elena parecía una monja por no querer tomarse un trago. La muchacha no aceptaba la botella, por lo cual el amigo de Andrés pidió que se la pasen y se bebió un trago. A continuación, extendió el brazo y ofreció la botella a Elena quien nuevamente se negaba. El muchacho dijo entonces que quería brindar con ella y que por favor acepte aunque sea un pequeño sorbo. La muchacha se sonrojó ante el pedido y bebió un poco ante la algarabía general. El muchacho le sonrió luego de que Elena le pasó la botella.
Tras unos minutos de conducir, llegaron a una casa pequeña en un barrio que Elena no conocía, pero que le pareció elegante. Al entrar a la casa, habían alguna personas, claramente mayores que Elena y sus amigas. Andrés apareció al rato con un hombre mayor, de unos cuarenta y tantos, cuyas sienes comenzaban a ponerse plateadas por la edad. El muchacho presentó al hombre como su tío.
Desde que lo vio, a Elena no le gustó el tío de Andrés y un breve escalofrio recorrió su cuerpo cuando dio la mano al hombre. Le atemorizaba y Elena creía adivinar que había algo malo en aquel hombre, algo que no podía descubrir que era.
Andrés puso música en el estéreo y sacó a Cecilia a bailar, pero al rato se habían apartado a la cocina donde se besaban. Verónica y Elena fueron invitadas por dos muchachos a bailar y estaban en ello cuando una chica se acercó hacia ellos con un vaso en la mano.
Elena rechazó el vaso, pero la otra muchacha era insistente y le dijo que una copa no le haría otra cosa que alegrarla, mas no emborracharla. Elena, aceptó finalmente para no quedar mal ante el chico con el que bailaba y se tomó el líquido del vaso. Era la primera vez que probaba ron y no pudo evitar poner una cara de disgusto al probar la bebida. El muchacho se rió a ver los gestos de desagrado de Elena y pidió al la otra muchacha que les dejara el vaso.
El chico había dicho a Elena que se llamaba Miguel y después de bailar un rato le dijo que salieran al patio a tomar un poco de aire. Ya afuera, charlaron animadamente y Miguel comenzó a coquetear con la muchacha muy sutilmente. Elena se sonrojó, pero lo que le decía le agradaba, porque el muchacho le gustaba.
Entraron nuevamente al salón y vieron que la música había cambiado a algo más lento, por lo cual las parejas bailaban abrazados. Miguel tomó de la mano a Elena y le pidió que bailaran. El muchacho tomó de la cintura a Elena y la atrajo hacia él, lo cual puso nerviosa a la muchacha, aunque sentir la tibieza del cuerpo del joven le gustó, dejándose llevar por el momento.
Elena tenía la cabeza apoyada en el pecho del muchacho y le daba vergüenza levantarla para ver sus ojos. De pronto, sintió que la mano del joven le acariciaba el rostro y que lentamente le levantaba la cabeza hasta que sus ojos se encontraron. Elena miró el rostro de Miguel y sintió que una extraña sensación que nunca antes había sentido invadía su cuerpo. El muchacho inclinó ligeramente la cabeza y buscó sus labios.
Era el primer beso de Elena y no sabia muy bien que hacer, salvo cerrar los ojos porque había visto que eso hacían en la televisión. Sin embargo, no necesito hacer nada porque el muchacho la guiaba en aquel ósculo. Al cabo de unos segundos, sus labios se separaron y Elena sintió como si se apartará de ella una parte de sí.
Miguel la tomó de la mano y la condujo a la cocina. Una vez dentro, la besó con mayor pasión tras la puerta. Ante tal acometida, Elena ya no solo se dejó llevar, sino que también besó con fruición aquellos cálidos labios, mientras sentía que las manos del muchacho le acariciaban la cintura y lentamente bajaban hasta agarrarle firmemente los glúteos.
Cuando dejaron de besarse, Elena miró con detenimiento al muchacho que en ese momento le parecía lo más lindo que había visto en su vida. Miguel dijo entonces que hacía calor y que traería una cerveza. Al rato trajo consigo dos vasos y ofreció uno a Elena. La muchacha se negó a beber, pero Miguel le insistió para que tomase junto a él y terminó convenciéndola. Miguel volvió a llenar los vasos e instó nuevamente a Elena a beberlo.
Entre vaso y vaso, Miguel y Elena se besaban cada vez con mayor pasión y la muchacha sentía que de ella se apoderaba un deseo que jamás antes había sentido y cuando el muchacho comenzó a besar su cuello y a meter las manos bajo su ropa, creyó enloquecer de placer.
Miguel se detuvo y abrió el refrigerador de donde sacó una botella  con un líquido ámbar. Sirvió un poco en ambos vasos y anunció que era whisky. Elena no quiso tomar, pero Miguel la convenció con otro apasionado beso. Elena, ligeramente mareada por las cervezas que tomó antes, se bebió de un solo sorbo el líquido (Miguel le había dicho que así se hacia) y sintió que éste bajaba quemando su garganta hasta llegar al estómago, donde después de unos segundos se convirtió en una sensación agradable.
Aquel trago mareo a Elena y bebió otros más entre beso y beso, sin embargo, comenzó a sentirse extraña, como si su cabeza se fuese nublando y la realidad se le hizo cada vez más difusa. Apenas sentía los apasionados besos de Miguel, pese a que sus labios se iban deslizando hasta sus senos.
Elena bebió una copa más y de pronto todo se hizo confuso. Le pareció escuchar la voz de su madre que iba haciéndose cada vez más débil, hasta desaparecer por completo.

V
Elena despertó y la vista se le fue aclarando de a poco. El cuerpo le dolía y el rostro también y tras unos minutos se dio cuenta que estaba tendida en el piso. Se incorporó con lentitud y un terrible dolor de cabeza le vino de repente. No sabía donde estaba y vio que estuvo acostada en su propio vómito, por lo cual tenía la ropa manchada y hediendo a alcohol.
Miró a su alrededor. Estaba en una habitación sin ventanas, apenas iluminada por una bombilla. La puerta era de hierro y el óxido la invadía por todos lados. Elena no entendía donde estaba y cuando quiso levantarse, una indisposición repentina le vino y sintió nauseas que se fueron convirtiendo en arcadas. Elena vomitó todo el alcohol que había bebido y el malestar era tan intenso que se tendió en el frio suelo para aplacar aquella sensación febril. Al poco rato, comenzó a temblar por el frío, pero no podía pararse por el malestar. Tras unos minutos se quedó dormida nuevamente.
Elena despertó con un hambre terrible y miró su reloj que marcaba las dos, pero no sabía si era la madrugada o la tarde. En cualquier caso, Elena cayó en cuenta de que el tiempo había pasado y que tenía que volver a su casa de inmediato, porque  su madre seguramente estaría furiosa.
Se acercó a la puerta y se llevó tamaña sorpresa al darse cuenta que estaba cerrada. Tras varios y vanos intentos, comenzó a golpearla y gritó llamando para que alguien le abra. A menudo que pasaban los minutos, Elena se desesperaba y gritó más fuerte sin lograr ninguna respuesta.
De repente, escuchó un ligero quejido que le pareció familiar. Se volteó y se dio cuenta que no se había percatado que había más gente allí. Vio a Cecilia que dormía sentada con la espalda apoyada en la pared. Elena se acercó y la zarandeó, tratando de que despierte, mientras le decía que debían irse cuanto antes de allí, porque ya era muy tarde y les regañarían. Cecilia, apenas reaccionaba y solo movía afirmativamente la cabeza o rezongaba algunas palabras.
Cecilia se incorporó con la ayuda de Elena, pero caminó con paso tembleque, como si se fuese a desplomar al piso. Elena puso uno de los brazos de Cecilia sobre su cuello. Llegaron a la puerta metálica y comenzó a golpear frenéticamente diciendo que su amiga estaba muy mal y que necesitaba llevarla a su casa.
Todo fue en vano y tras unos minutos de gritar, Elena consideró que era mejor hacer sentar a Cecilia, porque se dormía de parada. Tras un rato, ella también se sentó y comenzó a llorar, imaginado lo disgustada que se iba a poner su madre por desobedecerla.
Elena escuchó ruidos que provenían desde el exterior, era una llave que abría el cerrojo. La muchacha se acercó con expectación hacia la puerta que, luego de abrirse, dejo ver a Andrés y Miguel junto al hombre que había sido presentado en la víspera como el tío.
Elena se abalanzó hacia la puerta, pero fue detenida por Miguel. La muchacha, histérica, gritaba que quería irse, que por favor la dejen libre. El tío, con frialdad, dio una bofetada a la joven que la hizo caer al suelo. Luego comenzó a gritarles que si intentaban hacer algo las mataría.
Detrás de él, un cuarto hombre traía entre sus brazos a una inconsciente Verónica que fue colocada en el piso de la celda. Elena se acercó a ella pensado que estaba muerta, pero se dio cuenta que la muchacha respiraba.
El tío, que era llamado “jefe” por los otros hombres, comenzó a decirles que había que vigilarlas hasta que se les diese la orden de trasladarlas de allí. Ordenó también que se les diese de comer y algunas cobijas para el frío. Luego tomó un viejo balde plástico que estaba en una esquina y lo tiró delante de Elena diciendo que ese sería su baño y que si se atrevían a ensuciar el lugar la pagarían caro.
Más tarde, a Cecilia y Verónica se les fue la borrachera y fueron conscientes de la situación. Ambas mujeres golpearon la puerta y gritaron por varias horas sin éxito y luego comenzó la recriminación mutua. Verónica las culpaba por todo lo que sucedía, mientras que Cecilia decía que ella no tenía la culpa de nada, que había sido engañada también, aunque secretamente seguía pensando que todo aquello era un error y que Andrés aparecería pronto para aclarar todo. Elena estaba sentada en una esquina, llorando en silencio.
Las muchachas no sabían cuantos días pasaron, solo se guiaban por la cantidad de comida que se les daba. Cada cierto tiempo, la puerta era abierta por dos hombres, uno de ellos armado con un revólver mientras que el otro cargaba una gran olla con el alimento de las prisioneras. La comida era una mezcolanza de muchas sobras entre las cuales había arroz, vegetales y trozos de carne. Cecilia al principio se negaba a comer, pues aquel mejunje le daba asco y decía que le recordaba a lo que cocinaban en su casa para los perros. Sin embargo, el hambre pudo más que ella y finalmente comió de aquella sustancia insípida.
Los días transcurrieron y a las jóvenes les pareció que habían pasado  una eternidad prisioneras, lo cual fue minando sus esperanzas. A Verónica le asaltaban continuamente ataques de histeria y agredía a las dos muchachas. Apenas conversaban entre sí y Elena se pasaba el día leyendo unos periódicos viejos que estaban regados por el suelo. El cuerpo comenzó a picarles, por la falta de baño y Cecilia era quien más se quejaba del comezón.
Uno de esos días, los dos hombres que usualmente traían la comida entraron junto a Miguel y Andrés. Llevaban una manguera y ordenaron las muchachas que se quitarán la ropa y se pararan en la pared del fondo. Cecilia se negaba, pero un frío Miguel se acercó y la asió por los cabellos para luego ponerle un revólver al cuello, le dijo que si no obedecía iba a dispararle. Luego la arrojó con violencia al suelo. La muchacha, llorando en silencio, comenzó a quitarse la ropa.
Las tres mujeres se pararon juntas y sintieron que un helado chorro mojaba sus cuerpos desnudos. Esto duró unos breves minutos tras lo cual Andrés tomó su ropa sucia y les lanzó unas cuantas prendas viejas, pero al menos limpias. Elena ayudó a Cecilia a vestirse, quien temblaba de frio y no podía dejar de llorar por la humillación.
Unos días después, las muchachas comenzaron a hablar entre sí, parecía que habían aceptado su situación y comenzaron a pensar que podían hacer para escapar de allí. Cecilia era la que proponía soluciones más radicales, opinaba que debían matar a sus celadores y huir, pero no podía explicar cómo podrían hacer eso. Verónica dijo que quizás lo mejor era negociar con los hombres, ofrecerles dinero, porque seguramente era eso lo que querían. Elena, en cambio, quedó en silencio porque nada se le ocurría.
En estas conversaciones estaban cuando repentinamente entraron los dos hombres trayendo la comida. El sujeto que llevaba el arma en la mano, vio a las mujeres, les lanzó una sonrisa siniestra y les dijo que era en vano cualquier plan que tuvieran para escapar, que él mismo las mataría de inmediato si sospechaba que intentaban algo.
En ese momento, Cecilia se acercó hacia él diciendo que sus padres podrían pagar cualquier cantidad que pidieran, pero que la dejaran ir. El hombre empujó con violencia a la muchacha cuando esta se acercó, haciéndola caer de espaldas. Luego le apuntó con el arma y le dijo que era la última vez que soportaría que ella hiciera eso, que la próxima le dispararía en la cara sin pensarlo.
Los días pasaron y Verónica cogió un resfriado por la humedad del lugar, una fiebre muy fuerte le vino una de esas noches y la muchacha deliraba llamando a sus padres. Cuando los dos hombres vinieron a dejar la comida, Elena les rogó que hicieran algo por ella, porque se encontraba muy mal. El hombre que usualmente cargaba la olla se acercó a la muchacha bajo la atenta mirada del hombre con el revólver. Le puso la mano sobre la cabeza para sentirle la temperatura y luego giró la cabeza, miró al otro hombre y asintió. El sujeto del revólver no dijo nada en absoluto y dejó que el otro hombre levantará en sus brazos a la muchacha que estaba semiconsciente y luego salieron del lugar.
Las horas pasaron y la puerta no se volvió a abrir, por lo cual Elena y Cecilia comenzaron a preocuparse por el destino de Verónica. Sin embargo, un rato más tarde la puerta se abrió y Verónica entró caminando con dificultad, llevando entre los brazos algunas cobijas para ella y las otras chicas. Se la veía débil, pero mucho mejor que cuando se había ido y llevaba también algunos remedios para su resfrío. Cansada, se acostó y durmió por varias horas. Al despertarse se le veía mucho mejor, lo cual alegró a las otras muchachas.
Tras lo ocurrido con Verónica, Elena comenzó a evaluar su situación. Por lo visto, aquellos hombres no las matarían, sino que debían velar por su bienestar, caso contrario, no habrían sacado a su amiga al verla con fiebre. Concluyó así que podrían simular que una de ellas estaba enferma y que así podrían sorprender a ambos hombres, incluso al que tenía el arma que, concluía, solo la tenía para atemorizarlas pero no para dispararles.
De esta forma, Elena comenzó a trazar un plan para escapar y lo comentó a sus compañeras, quienes al principio lo recibieron con indiferencia. Sin embargo, a medida en que Elena detallaba más los pasos a hacer, sus amigas fueron entusiasmándose y pronto creyeron que aquello en verdad podría sacarles de allí.
El plan en sí no era complicado. Una de ellas, Cecilia por ser un poco más grande que las otras, fingiría estar enferma, esperando que nuevamente el hombre de la olla se acerque a auscultarle. Mientras pasaba esto, las otras dos muchachas se acercarían hacia el otro hombre con disimulo, moviéndose con las espaldas hacia la pared, para que así no pareciera que se acercaban hacia él. Una vez que el hombre de la olla se acercase a Cecilia, esta sacaría los brazos de debajo de la cobija y le cogería por el cuello con un trozo de manta que utilizaría para aprisionar su garganta. El momento en que el hombre del revólver reaccionara y se moviera para auxiliar a su compinche, sería aprovechado por las otras dos muchachas para abalanzarse sobre él.
Aunque el plan era descabellado, las tres estaban convencidas de que podría funcionar, porque el hombre de la olla era bajito y se veía débil, por lo cual dudaban que pudiese tener la fuerza suficiente para liberarse. En lo que concernía al sujeto con el arma, las otras dos muchachas creían que podrían forcejear lo suficiente hasta reducirlo, todo era cuestión de moverse rápidamente y hacerlo caer, luego ya podrían dominarlo mejor.
Luego de esto las muchachas no sabían muy bien que iban a hacer, salvo correr y buscar cómo escapar del lugar. Lamentablemente, Verónica pudo ver muy poco cuando salió por su enfermedad y solo recordaba que en su delirio se vio acostada en una cama en una pequeña habitación, la cual tenía por todos lados posters de mujeres desnudas. Recordaba también que el pasillo que llevaba hasta su prisión estaba a mano derecha, por lo cual al salir debían correr en esa dirección y no la dirección contraria. Más adelante, decía Verónica sin total seguridad de que sea así, encontrarían unas escaleras que tendrían que subir durante unos minutos, por lo cual las muchachas llegaron a la conclusión que estaban en una especie de prisión subterránea.
Debatieron largamente que hacer al salir de la prisión. Elena opinaba que debían salir en silencio y sin correr, porque se arriesgaban a encontrarse en su camino a algún otro vigilante. Cecilia opinaba que debían salir corriendo y que dudaba que hubiese alguien más vigilando, lo cual era corroborado por Verónica quien dijo que en su retorno a la celda no había visto a nadie más en ese pasillo. Acordaron finalmente que la huida iba a ser silenciosa, para evitar poner sobre aviso a cualquier otra persona que esté por allí y porque al desconocer el lugar donde estaban, quizás tendrían que explorar antes de encontrar la salida. Por ello, se habló sobre al necesidad de amarrar bien a los dos guardianes y de esculcarles para encontrar cualquier arma u objeto que les pueda servir para defenderse. Ya al salir a la calle estaban de acuerdo en que armarían tal escándalo para que toda persona que estuviese cerca se diese cuenta de su predicamento, evitando así ser recapturadas por los delincuentes.
Las muchachas estaban mu ilusionadas con que su plan funcionaría, pero el azar del destino cambió sus planes. A las pocas horas de la última visita de los dos hombres, la puerta se abrió nuevamente y aparecieron Miguel y Andrés, llevando entre sus brazos a otras dos muchachas, que parecían incluso menores que Elena, Cecilia y Verónica. Las jóvenes estaban inconscientes y los dos jóvenes las colocaron sobre el suelo. Tras ellos, entraron los hombres del almuerzo, cada uno de ellos arrastrando a otra muchacha.
Elena, en un impulso de furia se lanzó contra Miguel y comenzó a golpearle en el rostro y a arañarle con saña. Estaba tan furiosa que su fuerza se incrementó por la adrenalina, lo cual hacía que a Miguel se le haga difícil liberarse.
Elena sintió un fuerte golpe en el rostro y cayó al suelo. Las otras dos muchachas quedaron petrificadas al ver al “jefe”, quien era el que había golpeado a Elena. Miró con ojos de odio a las otras dos muchachas y les gritó que si volvían a hacer una tontería les ocurriría lo mismo que  a su amiga. Dicho esto se quitó el cinturón del pantalón y comenzó a golpear el cuerpo indefenso de Elena con la hebilla. La saña con la que golpeaba a la muchacha petrificó de terror a las otras dos jóvenes, quienes solo observaron el cruel castigo.
Tras unos minutos del suplicio, el hombre, visiblemente cansado, se detuvo, se limpió el sudor de la frente y se arregló el cabello. Con el cinturón aún en mano, se acercó amenazante hacia las aterradas muchachas que retrocedieron hasta llegar a la pared de atrás.
Miguel se acercó al hombre, le llamó jefe y le pidió que se serene. Como respuesta el muchacho recibió un manotazo en la oreja que le dejó aturdido. El sujeto miró a los otros hombres que observaban en silencio toda la escena y les dijo que si cometían el más pequeño error se la verían personalmente con él. Dicho esto abandonó la habitación, no sin antes dar una patada en el estómago a Elena.
Apenas la puerta se cerró, Cecilia y Verónica corrieron para auxiliar a su amiga. La arrastraron, la acostaron en el colchón y limpiaron las heridas lo mejor que pudieron con trozos de periódicos. Elena estaba adolorida y apenas podía moverse, tenía el labio reventado y uno de los golpes también había alcanzado su nariz que sangraba. También tenía un pequeño corte en la ceja que sangraba profusamente, pero que pudo ser controlado.
Unos minutos más tarde, el hombre de la olla entró en la habitación y dejó en el suelo una botella de agua, un poco de alcohol y algunas vendas. Estaba por salir cuando el “jefe” entró nuevamente en la celda. Las muchachas dejaron de atender a Elena temiendo que las atacase a ellas. El hombre, parado en la mitad de la celda, miró con desprecio a las muchachas y a las otras chicas que seguían inconscientes en el suelo. Dijo entonces “Nunca saldrán de aquí” y cerró pesadamente la puerta de hierro tras de sí.

VI
Oración a santa Rita de Casia tomada de un devocionario católico:

Oh poderosa Santa Rita, llamada Abogada de los casos desesperados, socorredora en la última esperanza, refugio y salvación en el dolor, que conduce al abismo del delito y de la desesperación: con toda la confianza en tu celestial poder, recurro a ti en el caso difícil e imprevisto que oprime dolorosamente mi corazón.
Dime, oh Santa Rita, ¿no me vas a ayudar tu?, ¿no me vas a consolar? ¿Vas a alejar tu mirada y tu piedad de mi corazón, tan sumamente atribulado? ¡Tú también sabes lo que es el martirio del corazón, tan sumamente atribulado! Por las atroces penas, por las amargas lágrimas que santamente derramaste, ven en mi ayuda. Habla, ruega, intercede por mí, que no me atrevo a hacerlo, al Corazón de Dios, Padre de misericordia y fuente de toda consolación, y consígueme la gracia que deseo (indíquese aquí la gracia deseada). Presentada es seguro que me escuchará: y yo me valdré de este favor para mejorar mi vida y mis costumbres, para cantar en la tierra y en el cielo las misericordias divinas.
Padrenuestro, Avemaría y Gloria

VII
Veo a su hija, tiene el cabello negro y largo, casi hasta la cintura. Es muy parecida a usted cuando era joven. Si, si, la veo, la veo. Está llorando mucho, está preguntando por usted y llora. Le llama en sus sueños, su almita deja su cuerpo y cada noche va a  visitarle a usted en sus sueños.
Ella esta lejos, lejos de aquí. Esta con gente mala, que la  trata muy mal, pero ella está bien aunque siempre llora por usted.
Quiere regresar a su casa, pero no puede irse. Parece que le han embrujado, que un hombre le ha embrujado. Si, si, lo veo. Ese hombre le ha embrujado, ella se ha enamorado de él y por eso no puede venir, pero la familia del hombre le trata mal y por eso llora.
No, no sé donde está. Solo sé que esta lejos, que la recuerda y llora mucho por usted.

VIII
Primera semana
A ver señora, no puedo entender nada si usted llora todo el tiempo. Cálmese un poco, porque necesito hacerle unas preguntas. Mire, algunas de las compañeras de su hija dijeron que ella y la otra amiga hablaban todo el tiempo sobre unos chicos. Nadie vio a esos muchachos por el colegio, por lo cual pensamos que solían citarse en otros lugares donde nadie les conocía.
Ahora bien, nuestra primera hipótesis es que ellas se escaparon con los muchachos, que este es un caso donde las jóvenes se enamoraron y por el poco control de sus padres fueron seducidas y convencidas para escaparse de sus casas. ¿Qué cómo puedo decir eso? ¡Me sorprende que lo diga señora! ¡Usted misma admitió que su hija se fue a una fiesta pese a que usted se lo prohibió. Ahora, si al menos le hubiese usted preguntado con quien saldría y donde era la fiesta…
Mire, no se preocupe. Esto suele pasar más seguido de lo que se cree. Muchachas huyen de sus casas con los amantes, pero luego de unos días vuelven, apenas se dan cuenta de su error.
Mire, aquí le dejó el número de la comisaría donde puede llamarme por si tenemos cualquier novedad. Buenos días.

Segunda semana
Mire señora.. ¿puedo llamarle Luz? Mire Luz, la situación es mucho más complicada de lo que creíamos pues hay otra muchacha de la escuela, de un curso superior al de su hija, que salió de su casa el mismo día que su hija y su amiga.
Estamos cruzando información y aún no hay nada confirmado, pero estamos barajando la posibilidad de que las tres estuviesen juntas en el momento de su desaparición.
Tenemos algunas conjeturas, pero solo son eso, conjeturas. Creemos que tal vez las tres se pusieron de acuerdo para escapar con sus novios y consideramos que quizás fue su hija la que incitó a las otras dos muchachas.
Tranquilícese, no se enoje Luz. Le digo esto porque los padres de la señorita Cecilia García me dijeron que su hija era la mejor amiga y que ella siempre le hacía caso, porque su hija siempre influenció a la señorita García desde niña.
Por su lado, la madre de la señorita Verónica Mir cree recordar que en los últimos días antes de su desaparición, su hija repitió en varias ocasiones el nombre de Elena, así que hemos tomado con seriedad este indicio.
¿Ve lo que sucede cuando no se educa bien a los hijos Luz? Ahora, le sugiero que vigile a sus otras hijas, no vaya a ser que ellas vayan a seguir también el ejemplo de su hermana.
Bueno, ahora tengo que retirarme. Por cierto, usted sabe que los gastos de investigación a veces son muy altos y que nosotros muchas veces nos vemos forzados a sacar de nuestro propio bolsillo, todo por seguir alguna pista. Pues bien, si usted me pudiese colaborar con algo, seguro que eso me ayudaría para encontrar mas rápidamente a su hija.
¿Qué no tiene dinero? ¡Pues va a tener que conseguirlo Luz! ¡Ninguna investigación puede prosperar si no hay recursos! ¡No lo sé! ¡Usted tendrá que ver como conseguirlos! ¡Pida un préstamo, dígale a sus familiares!
¡Buenos días!

Tercera semana
Buenos días, señores. Cierren la puerta y tomen asiento por favor. Miren, les he hecho venir porque hay nuevas pistas sobre lo que les sucedió a sus hijas. Tranquila señora, déjeme hablar. No, no las hemos encontrado, pero han surgido nuevos hechos estos días.
En las últimas setenta y dos horas hemos recibido cuatro denuncias de muchachas desaparecidas, más o menos de la misma edad que sus hijas y en circunstancias parecidas: una supuesta fiesta a la que acudieron.
Estamos barajando que se trata de una banda de traficantes de órganos o de prostitución. No, no estoy diciendo que sus hijas estén muertas, estoy diciendo que creemos que se trata de una red de crimen organizado que secuestró a sus hijas. Creemos que se trata de una de estas dos opciones, porque ustedes no han recibido en ningún momento una llamada para pedir un rescate, por lo cual hemos descartando que se trate de una banda dedicada a secuestrar y pedir dinero por las víctimas.
Cálmense señoras, estamos haciendo todo lo posible por encontrar a sus hijas. Ahora mismo nuestros patrulleros están haciendo varios allanamientos en puntos estratégicos de la ciudad y también estamos averiguando lo que podemos con nuestros informantes. Estoy seguro que en los próximos días tendremos alguna noticia positiva.
Si señor García, por supuesto que toda contribución económica nos ayudará a hacer un trabajo más rápido. Gracias, mil gracias. Señora Mir, yo pasaré por su casa esta tarde, para que me de aquella contribución de la que hablamos por teléfono esta mañana. Si, que tenga un buen día. Igualmente y… ¡Ánimo! ¡Pronto encontraremos a sus hijas, lo presiento!
Luz, espere, no se vaya. Cierre la puerta. Mire, como pudo apreciar los señores García y la señora Mir están totalmente comprometidos con la búsqueda de sus hijas, por ello consiguieron el dinero necesario para colaborar con nosotros en la investigación. Usted seguramente escucha las noticias Luz, nosotros los policías ganamos muy poco dinero y casi no tenemos recursos para las investigaciones, peor aún cuando se trata de investigar a bandas de crimen organizado. Es por ello que usted no puede quedar indiferente y simplemente decir que no tiene dinero. Es su obligación Luz ¡Muestre cuanto ama a su hija y que quiere recuperarla!
¿¡Chantaje!? ¡¿Llama a esto chantaje?! Llámelo como quiera Luz, usted lo llama así, pero yo lo llamó amor de madre, que es lo que usted no tiene, por eso no se esfuerza por recuperar a su hija.
¿Sabe qué Luz? Yo le sugiero que se dé por vencida. Estoy seguro que a estas alturas su hija Elena está muerta.

IX
Elena soñó que regresaba a casa después de la escuela y que su madre la esperaba. Al llegar a la casa, corrió para abrazar a su madre, quien se encontraba en la cocina preparando el almuerzo para sus hijas. Elena lloraba amargamente y no podía explicarle el porqué. Su madre, comprensiva, le acarició el pelo hasta lograr que la muchacha se tranquilice. Luego, la sentó en sus piernas y le dijo al oído “Ven pronto, te estoy esperando. Te necesito, te quiero”.
En ese momento, Elena despertó y volvió a su realidad: seguía encerrada en la celda. Trató de moverse pero el cuerpo le dolía terriblemente y recordó la paliza que le había propinado el “jefe” unas horas antes.
Se incorporó con lentitud y vio a su alrededor que Cecilia y Verónica dormían juntas, abrazadas la una a la otra. En el otro extremo de la celda, las cuatro muchachas nuevas dormían aún la borrachera, ajenas a la situación en la que estaban.
Elena cogió uno de los diarios y se puso a leer sin prestar mucha atención, mientras en su mente desfilaban un sinfín de imágenes de su familia, de la escuela y de sus carceleros. Pensaba que ahora con las nuevas muchachas, sus planes de escapatoria serían aún más sencillos, porque al ser tantas podrían fácilmente doblegar a los dos hombres que venían a alimentarles.
Cuando las muchachas nuevas despertaron tras algunas horas de dormir, comenzaron a gritar y llorar con desesperación, pero nadie apareció. Más tarde, cuando se pusieron a llorar en silencio, Elena y las otras muchachas se les acercaron para consolarlas. Las jóvenes se llamaban Ana, María, Isabel y Carolina.
En los siguientes días, Elena comenzó a  dudar de que su plan tuviese éxito, puesto que comenzaron a nacer rencillas entre las muchachas. La primera pelea se inició por el uso de las cobijas y de los viejos colchones en la celda, que claramente no alcanzaban para las siete. Habían acordado turnarse, pero Ana, quien tenía un carácter irascible, no respeto el acuerdo, lo cual generó airadas protestas de Verónica y Cecilia. Sin embargo, las otras tres muchachas nuevas parecían proteger a Ana, por lo cual las amigas de Elena dieron un paso atrás. Otro problema se había iniciado por el bote de los desperdicios corporales, porque este no era cambiado muy a menudo, lo cual había hecho que el aire de la celda, saturado ya por la humedad, tenga una fetidez casi insoportable. Por ultimo, el principal problema se dio con la comida. La ración no había aumentado y literalmente se armaba una pelea cada vez que les traían el alimento, lo cual divertía al sujeto que cargaba la pistola.
Luego de compartido el plan de escape, Ana lo criticó y lo llamó ridículo. Ella decía que su familia tenía dinero y que ofrecería pagar una fuerte suma en cuanto viera a los hombres que les habían traído allí. Cecilia le dijo que ella ya lo había intentado sin ningún éxito, pero Ana se burló y le dijo que su familia era muy rica y que su padre era un hombre muy importante. Las amigas de Ana, aunque venían de familias con poco dinero, sintieron la misma confianza que su compañera y pensaban que seguramente ella pediría a sus captores que las dejen libres a ellas también, aunque en realidad Ana solo pensaba en su propia libertad.
Cuando su oferta fue desdeñada y ridiculizada por, Ana se sintió avergonzada y culpó a Elena por el fracaso de su oferta, argumentando que sus intentos de huida habrían puesto sobre aviso a sus captores. Los siguientes días, las cuatro muchachas apenas dirigían la palabra a Elena y sus amigas.
Las muchachas dormían profundamente cuando los hombres entraron en la celda y comenzaron a amordazarles. Las muchachas pataleaban resistiendo, pero recibieron sendos golpes que fueron minando su resistencia. Ana era la que más forcejeó para no ser atada, por lo cual el “jefe” se acercó y comenzó a patearle sin misericordia, hasta lograr que la muchacha se tranquilizará.
Elena, sintió que le amarraban las manos a la espalda. De pronto, todo se puso negro, pues le pusieron una capucha en la cabeza. Entre los quejidos y el llanto de sus compañeras, alcanzó a escuchar al “jefe” decir que debían hacer el traslado esa misma noche.

X
Oración a san Antonio de Padua tomada de un devocionario católico:

Oh bendito San Antonio, él más gentil de todos los santos, tu amor por Dios y tu caridad por sus criaturas te hicieron merecedor, cuando estabas aquí en la tierra, de poseer poderes milagrosos. Los milagros esperaban tu palabra, que tú estabas siempre dispuesto a hablar por aquellos con problemas o ansiedades. Animado por este pensamiento, te imploro obtengas para mí… (menciona tu petición). La respuesta a mi rezo puede que requiera un milagro, pero aun así tú eres el santo de los milagros.

Oh gentil y querido santo, cuyo corazón siempre esta lleno de compasión humana, susurra mi petición a los oídos del dulce Niño Jesús, a quien le gustaba estar entre en tus brazos, y por siempre tendrás la gratitud de mi corazón.

Rezar 13 padrenuestros, avemarías y glorias.

XI
Las horas siguientes fueron angustiantes para Elena, pues pensó que las llevaban para matarles. Con la cabeza encapuchada y las manos amarradas a la espalda, solo sintió ser subida a un coche que arrancó y avanzó por un tiempo indeterminado. Quería gritar, pero la mordaza le apretaba muy fuerte la boca y apenas podía emitir algún sonido.
El coche se detuvo y sintió que alguien le cogía por el brazo y le obligaba a bajar. Luego le obligaron a caminar a empellones y a continuación bajó por unas escaleras  y temió tropezar y caer de bruces, pero el brazo que la conducía la sujetaba con fuerza, impidiendo que trastabillara.
Tras unos minutos, de detuvieron. Le desataron las manos y, mientras se sacaba la capucha, escuchó que la puerta se cerraba.
La nueva prisión estaba casi totalmente en penumbras, apenas alumbrada por un bombillo. En aquel lugar, además de ellas, habían tres jóvenes con ropas harapientas y que parecían espectros más que personas vivas.
Una de las muchachas, la más delgada, se acercó para hablar con Elena. Ella le contó que estaba en ese lugar hace mucho tiempo, que casi habían perdido la noción de cuanto tiempo pasó. Cuando ellas llegaron, contó la muchacha, eran como diez prisioneras, pero que poco a poco fueron sacándolas y solo quedaban ellas.
Elena preguntó si sabía que les pasó a las otras chicas. En los ojos de la muchacha se dibujó la angustia y contestó que no sabía exactamente, pero creía que las había matado.
Elena dudó sobre las palabras de aquella muchacha, pero no dijo nada. Buscó un lugar donde tenderse para descansar un poco. Cecilia y Verónica se tendieron junto a ella, mientras Ana y sus compañeras comenzaron a golpear la puerta y a gritar. Las tres jóvenes que estaban antes que ellas solo las observaban en silencio.
Cuando Elena, Cecilia y Verónica despertaron, notaron que dos de las muchachas que estaba antes que ellas en al celda habían desaparecido. La joven que sobraba tenía una mirada impregnada de terror, dijo entonces que sus compañeras no regresarían porque se las habían llevado para matarlas.
Pasaron varios días y, tal como predijo la muchacha, sus compañeras no regresaron. La comida que les daban era escasa, de muy mala calidad e insuficiente, por lo cual por lo general las jóvenes quedaban hambrientas. La puerta de la celda se abría apenas y alguien empujaba la olla al interior, recogiéndola en algún momento cuando ellas dormían.
La celda era muy húmeda y el piso frio, lo cual obligaba a que las muchachas se junten para entrar en calor, porque no tenían colchones ni cobijas.
Elena comenzó a sentir que se estaba quebrando, que toda esperanza por escapar se hacía cada vez más lejana, que nunca podría volver a ver sus hermanas y a su madre. Lloraba, pero trataba de hacerlo sin ser notada, porque se daba cuenta que, pese a que ella estaba en la misma situación, las otras muchachas basaban todo su temple y esperanza en la de ella. De esta forma, aunque quisiera, Elena no podía quebrarse, por el bien del grupo.

XII
Elena se despertó cuando sintió que alguien la jalaba por la fuerza del brazo. Era un hombre corpulento que jamás había visto y que la levantó a la fuerza del suelo, sacándola de la celda. Las otras muchachas apenas abrían los ojos cuando el sujeto cerró la puerta.
Elena preguntó donde la llevaban, pero el hombre no contestó. La muchacha estaba aterrada, por su cabeza pasaron muchas cosas y pensó que iba a morir. El sujeto la jalaba con fuerza  y la llevó por las escaleras que había bajado cuando llegó. Luego caminaron por un corredor oscuro que llevaba hacia una puerta iluminada tenuemente. Entraron.
Dentro había un hombre mayor con gafas, de unos 50 años aproximadamente, que leía una revista. Cuando el sujeto entró llevando a Elena, dejó la revista sobre una mesa y se levantó de la silla donde estaba sentado.
El viejo ordenó al hombre que la desnude, ante lo cual la muchacha trató de resistirse, pero recibió  una bofetada que la atontó y la hizo caer al suelo. El sujeto le arrancó la ropa y luego la sujetó fuertemente del brazo, mientras el viejo indicaba que la hiciese sentar en una camilla que estaba en el fondo de la habitación.
El viejo comenzó a auscultar a Elena y le revisó todo el cuerpo. Luego se puso un guante en la mano e intentó meter los dedos entre las piernas de la muchacha. Elena comenzó a patear al viejo, lo cual obligó a este y al otro sujeto a agarrarla con violencia. Elena gritaba y lloraba, pero el hombre comenzó a apretarle el cuello tan fuerte que pronto le faltó el aire y estuvo a punto de desvanecerse. Solo sintió que la mano del viejo se deslizaba en su sexo y que luego de analizarlo dijo al otro sujeto “es virgen aún”.
A continuación el viejo dijo a Elena que se vistiese. La muchacha lloraba aún por el vejamen, pero aún así escuchó que el viejo le decía al otro hombre que sus órganos podrían servir. Mientras conversaban observó que en el piso yacía un escalpelo que seguramente había caído cuando forcejeó con los dos hombres. Con disimulo, se agachó y lo tomó, para luego guardárselo entre los senos.
El viejo dijo al hombre que había terminado la revisión y que podía llevar a la muchacha a la celda para traer a la siguiente. Mientras regresaban, Elena pensaba si no era la mejor oportunidad para escapar, puesto que ahora tenía el escalpelo en su poder. Sin embargo, se sentía muy débil y pensó que en su estado no tendría ninguna chance de huir, por lo cual decidió que luego prepararía el plan de escape con más calma. En las siguientes horas, las otras muchachas fueron también sacadas de la celda, hasta que le tocó el turno a Ana. La joven salió del recinto mirando a sus compañeras con ojos de terror, pues seguramente presentía algo. En efecto, Ana nunca más volvió a la prisión.

XIII
Madre: ¿Puedes escucharme? A pesar de la distancia ¿Puedes escucharme? Pues yo si puedo escucharte y sentirte, en cada una de mis noches, en cada uno de mis sueños.
He dejado de soñar hace tanto tiempo que ya ni siquiera sé cómo hacerlo. No sé si yo tengo que crear los sueños o si ellos vienen solos hacia mí. Lo cierto es que ya no sueño más, pero no los necesito para poder sentirte.
Siento que estás aquí, cerca de mí, protegiéndome siempre. Que, pese al miedo que siento, tus regazo está ahí para esconderme de todo aquello que me hace daño. Vienen por mi, por favor protégeme, no dejes que me hagan daño, no dejes que nadie me haga daño.
Te extraño madre, pero sé que estas conmigo, a pesar de que ni yo misma sé donde estoy. O si tan solo soy una sombra que vaga en este mundo creyendo estar viva.
¿Cuánto tiempo me queda madre? ¿Lo sabes tú?
Yo solo quiero dejar este cuerpo para poder ser libre y volar, volar a tu lado.
Madre, pronto podré dejar atrás este cuerpo y volaré hacia ti, hacia tus manos.

XIV
 En los días que vinieron, las tres amigas de Ana también fueron sacadas de la celda y no regresaron. Elena, Cecilia, Verónica y la muchacha restante que estaba antes que ellas, Judith, sabían que tarde o temprano les tocaría el turno. Comenzaron entonces a hacer planes para escapar. Elena les mostró el escalpelo que había robado y dijo que lo usarían para herir a alguno de los guardias y así poder escapar. Las muchachas comenzaron a comparar sus conocimientos sobre el lugar cuando fueron sacadas para la revisión médica, por lo cual pudieron reconstruir el camino, al menos hasta la habitación del viejo doctor.
Elena pensaba que seguramente en la casa habría más gente vigilando, entre ellos Miguel, Andrés y el hombre que llamaban “jefe”; por lo cual se hacia necesario que procedieran con cautela, aunque con rapidez. Por eso decidieron que escaparían cuando viniesen a sacar a alguna de ellas. Estaba en esta discusión cuando la puerta se abrió repentinamente y la olla de comida fue deslizada.
Las muchachas estaban hambrientas, así que se abalanzaron sobre la comida. Cuando terminaron, se sentían ligeramente satisfechas y les dio sueño y se acostaron para dormir un rato. Justo cuando Elena era incapaz de evitar el dormirse, se dio cuenta que por eso era que no se daban cuenta cuando alguna de ellas desaparecía: era la comida, la comida tenía algo.

XV
¡Silencio señora! ¡No suelte mi mano! ¡Veo a su hija! ¡Sí, sí, la veo! ¡Puedo verla! ¡Ella esta bien, esta muy bien! ¡Esta lejos, pero esta viva! Piensa mucho en usted y quiere volver, está pensando en volver pero hay algo que la detiene.
No, no puedo ver que es aquello que la detiene, pero sé que ella intenta venir con usted. ¡Veo muerte! ¡La muerte ronda a su hija!
¡Silencio! Sino no podré ver si su hija logra escapar ¡Lo pierdo! ¡Pierdo el futuro! ¡No puedo ver si ella logra escapar, porque esta muy borroso!
Nada, se ha perdido. Va a tener que volver en dos días, entonces quizás pueda ver el futuro de su hija y si ella vuelve finalmente con usted.

XVI
Cuando Elena despertó, vio a Cecilia a su lado, pero Judith y Verónica habían desaparecido. Comenzó a llorar y cuando Cecilia despertó, la acompañó en el llanto, pues entendía lo que había pasado.
Elena le dijo a Cecilia que debían evitar comer, pues eso iba a condenarles. De esta forma, cuando llegó la comida aquel día, las muchachas echaron todo en el fondo de la celda, en el lugar más oscuro donde no se podía ver nada. Al siguiente día hicieron lo mismo, aunque el hambre les era insoportable. Elena le decía que cuando entraran en la noche para sacarlas, atacaría con el escalpelo para poder escapar. Sin embargo, las dos primeras noches y la tercera, nadie vino a la celda.
El cuarto día, Cecilia y Elena se despertaron sobresaltadas cuando sintieron que la puerta se abría. Ambas muchachas se incorporaron rápidamente y Elena sacó el arma y la tenían en una mano, aunque escondió el brazo tras su espalda.
A la celda entró un policía que quedó observando a las muchachas. Elena y Cecilia corrieron hacia él y comenzaron a decirle que habían sido raptadas y que por favor les sacase de allí. El policía las apartó con brutalidad y Elena cayó de espaldas y se golpeó la cabeza en la pared, quedando aturdida. Cecilia huyó aterrada hacia el fondo cuando vio que el “jefe” y Miguel aparecieron en el umbral de la puerta.
El policía señaló a Cecilia y dijo que a ella la llevarían a trabajar, mientras que sobre Elena dijo que lo mejor sería venderla, que habían varios clientes que esperaban una cirugía.
Elena sentía que la cabeza le estallaba y solo sintió el temblor de la pared cuando la puerta fue cerrada con fuerza.

XVII
¡Tu hija tiene la culpa! ¡Ella andaba con malas compañías y se llevó a Cecilia!
¡Mi hijita siempre fue una niña tranquila y solo se portaba mal cuando estaba cerca de tu hija! ¡Ella siempre fue una mala influencia para ella y toda su clase!
¡Maldita! ¡Por su culpa mi hija quizás está muerta! ¡Es solo su culpa!
¡Quiero a mi hija! ¡Quiero a mi pequeña Cecilia conmigo! ¡Dios mío! ¿Por qué me la han quitado?

XVIII
A Elena aún le dolía la cabeza por el golpe, así que se recostó en el piso por un par de horas. Al levantarse se sentía mejor y le dijo a Cecilia que ya no podían desaprovechar ninguna oportunidad de escapar. Por suerte, el escalpelo había caído en una zona particularmente oscura, por lo cual sus secuestradores no se habían percatado que la joven lo tenía.
Cecilia le dijo a Elena que ya no podía aguantarse más el hambre, por lo cual tomaron una decisión: comerían lo que se les traía, pero se turnarían para comer, así una de ellas podría estar siempre vigilante en caso de que entraran sus celadores.
Pasaron varios días y no sucedía nada. Simplemente les dejaban la comida y más tarde, mientras ellas aparentemente dormían, entraban dos hombres para llevarse la olla. Ambas muchachas estuvieron observando eso por algunos días y estudiando  cada movimiento de aquellos hombres, por lo cual decidieron que ese era el mejor momento para atacar. De esta manera, trazaron un nuevo plan para escapar y decidieron esperar dos comidas para luego.
Sucedió, sin embargo, algo que cambiaría sus planes por completo. El día en que habían planificado para escapar, ambas muchachas no probaron bocado y estaban echando la comida en el fondo de la celda cuando escucharon que la puerta se abría.
Las muchachas dejaron caer la olla y luego intentaron disimular lo que hacían y volvieron al centro de la habitación. Andrés apareció parado en la puerta.
Al verlo Cecilia no pudo evitar que la ira se apodere de ella y comenzó a insultarle, aunque no se atrevía a acercársele porque le tenia miedo. El muchacho observó a ambas jóvenes y sus ojos denotaban una lubricidad que las muchachas no habían visto antes.
Andrés se fue acercando zalameramente hacia Cecilia, mientras le decía que nunca había dejado de gustarle. La muchacha se pegó contra la pared y trataba de evitar ser tocada por Andrés, pero este le atrajo a la fuerza contra su cuerpo, metió su mano derecha entre las piernas de Cecilia y dijo que hace mucho tiempo esperaba ese momento.
Cecilia gritaba para que el muchacho le soltara y Elena brincó a la espalda de Andrés desde donde golpeaba y arañaba al muchacho. Mientras hacia esto buscó el escalpelo en su bolsillo pero no lo encontró, así que continuo golpeando a diestra y siniestra el rostro de Andrés.
El muchacho se enfureció y se abalanzó de espaldas contra la pared, logrando que Elena se golpeé, cayendo al suelo en ese momento. Ese momento fue aprovechado por Andrés para dar una patada en el rostro a la muchacha el cual que llegó cerca de la sien derecha, abriéndole una herida que comenzó a sangrar profusamente.
Elena, inconsciente, era incapaz de ayudar a Cecilia quien se rindió ante el terror de ver a su amiga en el suelo sangrando. De esta forma, Andrés logró doblegar a la muchacha, le arrancó la ropa y comenzó a violarla.
El “jefe” entró un poco mas tarde y vio que Elena se arrastraba en el piso de la celda, por lo cual le propinó una patada en la cabeza, dejándola inconsciente de nuevo. A continuación, se lanzó sobre Andrés, al cual agarró de los cabellos tan rápido que ni siquiera tuvo tiempo para subirse los pantalones.
El “jefe” comenzó a golpear con tal furia al Andrés, que hubiese terminado matándolo si es que Miguel y un par de hombres que lo acompañaban no hubiesen entrado en ese momento. Los tres apenas pudieron sujetar al furioso “jefe” que vociferaba contra Andrés, mientras decía que  por su calentura le habían hecho perder un cliente que ofreció mucho dinero por la virginidad de la muchacha.
Los hombres sacaron al “jefe” y sus gritos resonaban en el pasillo y que se escuchaban dentro de la celda, pese a que la puerta ya estaba cerrada.
Cecilia, con el cuerpo adolorido, especialmente en el bajo vientre, se arrastró hacía donde Elena yacía en un charco de sangre y se acostó a su lado.

XVIII
Son casi veinte años y aún recuerdo aquellas últimas horas, como las más aterradoras de mi vida. Me costó varios años de terapia poder controlar ese miedo que muchas noches no me dejaba dormir. Todo ello porque veía sus rostros, especialmente los de Cecilia y Verónica.
Nunca tuve la oportunidad de despedirme de ellas, nunca pude decirles que a pesar de estar prisioneras, las amaba como si se fuesen mis propias hermanas.
Al principio, cuando me despertaba gritando y sudorosa luego de aquellas pesadillas, creía que sus almas venían a atormentarme. Sin embargo, con el tiempo comprendí que me equivocaba, que en realidad ellas venían a hacerme compañía porque ya no podíamos separarnos, éramos ya como un solo ser.
Lamentablemente, sus padres, especialmente los de Cecilia, jamás pudieron perdonarme. Estaban seguros de que yo había causado todo y me maldijeron. Aquello me afectó profundamente, porque en realidad yo quería compartir los últimos días de las muchachas. Nunca más volví a ver a los padres, especialmente después de que nos mudamos a otro barrio.
Ellos finalmente no me importaban, lo que en verdad si lo hacía y me persiguió hasta hace poco, fue la frustración por no haber podido hacer nada para ayudarles, para que escapen conmigo y así regresar a casa las tres, sanas y salvas.
Lo que no he podido olvidar hasta ahora y que aún me sigue persiguiendo algunas noches, no solo es la violación de Cecilia, sino el grito de Andrés, el grito que anunciaba la muerte que llegaría de una u otra forma.

XIX
Cuando Elena despertó vio que estaba sola en la celda. Le habían vendado la cabeza y hecho unos cuantos puntos en la ceja. La muchacha se sentó en el lugar más oscuro de su celda y comenzó a llorar porque sabía que ahora vendrían por ella. No sabía que hacer y deseaba que vinieran pronto, así aquel miedo que había comenzado a poseerla se disiparía con su muerte.
Los días pasaron y no había el menor indicio que alguien vendría para llevársela.
Elena había encontrado el escalpelo y lo guardó en uno de sus bolsillos, esperando que llegara el momento preciso para actuar. Todo sucedería casi sin pensarlo a los pocos días del día en que Cecilia desapareció.
La puerta de la prisión se abrió pesadamente y Andrés apareció en el interior. Tenía la cara hinchada por los golpes recibidos días antes y se quedó mirando a la muchacha. Le decía que por culpa del escándalo que ella y Cecilia habían armado, el “jefe” intervino golpeándole.
Elena retrocedió con miedo al ver al muchacho y buscó el escalpelo de su bolsillo. Lo tomó y lo escondió dentro de su puño. Andrés decía en ese momento que le haría lo mismo que a Cecilia, pero que esta vez a nadie le importaría, porque Elena estaba destinada a ser cortada para vender sus órganos a gente que ya los había comprado. El muchacho dijo que ella iba a morir de todas formas, así que a nadie le importaría lo que hiciera con ella antes.
Elena trató de razonar con Andrés y le pidió que le dejase escapara para volver con su familia. El muchacho se rio y comenzó a avanzar hacia ella amenazante. Elena, estaba contra la pared, temblando por el miedo. Sujetó con fuerza el escalpelo entre las manos y al hacerlo la hoja penetró su carne.
Andrés se abalanzó hacia ella, le propinó un golpe que le hizo perder el equilibrio y cayó de costado, lo cual fue aprovechado por el joven para dominar la situación. Elena estaba tirada en el piso, aturdida aún por la caída, mientras Andrés se bajaba los pantalones.
Andrés comenzó a desgarrar la ropa de Elena, pero ella reaccionó en ese momento y comenzó a patear y a golpear, lo cual enfureció al joven quien le sujeto fuertemente una de sus muñecas, mientras utilizaba el otro brazo para golpearla. Elena quedó atontada por los golpes y dejó de luchar.
El criminal se acomodó encima de ella, mientras una sonrisa siniestra se dibujaba en su rostro. Insultaba a Elena y le decía que apenas terminase, iba a estrangularla con sus propias manos. La muchacha aún aturdida empuñó el escalpelo y asestó varios golpes contra el cuello de Andrés, uno de ellos se hundió en su garganta, quedando el arma atrapada. Elena luchaba por sacarlo para seguir atacando, pero se dio cuenta que en el rostro de Andrés se dibujaba una expresión de desesperación, anunciando su muerte.
La sangre comenzó a brotar, cayendo sobre el rostro de Elena. Andrés se levantó en un último intento de supervivencia, se llevó ambas manos al lugar donde el arma se había hundido e intentó quitársela con desesperación, pero sin éxito pues la vida se le escapaba. Cayó de rodillas mientras persistía en su intento por sacarse el escalpelo. Se desplomó de lado y la sangre continuó fluyendo, formando un charco oscuro en el piso de la celda.
Elena se incorporó aún adolorida por los golpes que recibió. Se acercó al cuerpo de Andrés y una furia asesina se apoderó de ella. Comenzó a llorar de rabia y descargó toda su ira contra el cuerpo inerte del joven. Lo golpeaba con ambos puños, como si quisiera destruirlo al hacerlo, pero el cuerpo no emitía sonido ni movimiento alguno ya.
Poco a poco, la ira de la muchacha fue desapareciendo y la razón volvió. Se dio cuenta que no tenía tiempo alguno que perder, que debía escapar de su prisión antes de que alguno de los otros hombres bajara. Auscultó el cadáver de Andrés y encontró un cuchillo que tomó con ambas manos, mientras salía con cautela de la celda.
El pasillo estaba oscuro, apenas podía verse algo, pero notó que no había nadie así que avanzó con rapidez hasta llegar a las escaleras. Subió con sumo cuidado intentando que sus pasos no se escuchen, para no alertar a nadie que este arriba. Pensó que cuando abriese la puerta en la que las escaleras remataban, entraría y aprovecharía la sorpresa de quien estuviese afuera para atacarle con el cuchillo. Al llegar hizo lo indicado, pero descubrió que no había nadie tras la puerta.
El pasillo que continuaba lo recordaba perfectamente, llevaba hacia la puerta donde el viejo le había auscultado antes, así que pensó que tendría que entrar ahí para poder escapar. Sin embargo, tras caminar un poco notó que al lado derecho había una segunda puerta que de la cual no se había percatado en su anterior venida. La abrió con cuidado y entró propiamente a la casa que estaba sobre su celda.
Adentro todo estaba oscuro y vio que se encontraba en la sala, donde solo habían unos pocos muebles y una vieja televisión que estaba prendida, pasando alguna película con el volumen alto. Se detuvo en la penumbra y observó para ver si había alguien ahí. En efecto, notó una cabeza que sobresalía del sillón.
Elena se agachó y avanzó gateando.  Planeaba atacar por sorpresa, aprovechando que el ruido de la televisión tapaba su avance. Mientras se acercaba hacia el sillón, vio una puerta entreabierta a su derecha y que dentro había una cama donde alguien dormía.
Continuó acercándose hacia el sillón y cuando estaba bastante cerca, notó que el hombre que estaba sentado dormía, pues emitía unos pequeños ronquidos. Elena pensó en ese momento si era buena idea atacar al hombre, porque seguramente eso despertaría al que dormía en la habitación y todo aquel que estuviese cerca. Pensó que estaba en desventaja porque no sabía cuantas personas estaban durmiendo alrededor y poner sobre aviso a uno no haría más que despertarlos a todos. Decidió que lo mejor era intentar escapar sin que nadie lo notase, así tendría tiempo de huir.
Continuó gateando y rodeó el sillón donde se encontraba el hombre. Más adelante se dio cuenta que era el “jefe” quien se había quedado durmiendo, mientras miraba la televisión. También se percató que al lado del sillón había un colchón en el suelo donde dormían otros dos hombres. Supuso que uno de ellos sería Miguel. De esta forma, Elena calculó que al menos había cerca cuatro personas, por lo cual se alegró de no haber atacado al “jefe”, porque no hubiese tenido la menor oportunidad de escapar.
Continuó avanzando hasta que vio la entrada a otra habitación, cuya puerta estaba abierta. Entró, observó que era la cocina y miró a su alrededor si había alguna ventana o puerta al exterior. No había puerta pero si una pequeña ventana, que abrió no sin alguna dificultad. El espacio era pequeño, pero creyó que con un pequeño esfuerzo podría pasar. Se subió al mesón de la cocina, intentando no hacer caer nada por accidente y finalmente logró alcanzar la ventana.
Primero sacó las piernas al exterior y de ahí comenzó a escurrir su cuerpo, pero las caderas quedaron atascadas, por lo cual intentó desesperadamente hacerlas pasar para poder salir. Comenzó a dolerle, pero se dijo a sí misma que si no salía en ese momento, estaría condenada.
Por suerte, la muchacha logró pasar y el resto del cuerpo pasó con menor dificultad. Ya afuera, sintió que sus pies descalzos estaban parados sobre lodo, porque seguramente había llovido bastante algunas horas antes. Miró alrededor y se dio cuenta que estaba en pleno campo y que la casa era la única alrededor.
Camino con cautela hacía la parte frontal de la casa y vio dos coches estacionados en la puerta. Uno era el que usaba Andrés para sus raptos y el otro una van color blanco donde seguramente las había trasportado días antes.
Elena se percató de que había un camino de tierra que cruzaba longitudinalmente delante de la casa. Imagino que tomar cualquiera de esos caminos le llevarían a alguna carretera o al menos hacia otra casa, así que pensó si debía irse a la izquierda o la derecha. Sin embargo, luego pensó que si los hombres despertaban, lo primero que harían sería subirse a los coches e irse por ambos lados, hallándola mientras intentaba huir.
Decidió que debía evitar el camino y andar en una dirección distinta, donde no hayan posibilidades que los coches la persigan. Volvió nuevamente hacia la parte trasera de la casa, más  o menos de donde había salido, y observó si podía distinguir alguna luz que le anunciará que había alguna casa cercana para pedir ayuda. Le pareció ver a lo lejos un leve resplandor y, aunque no estaba segura de lo que era, decidió caminar en esa dirección porque no podía quedarse allí ni un segundo más.
Los primeros metros comenzó a correr en la dirección elegida, cayéndose en varias ocasiones por pisar mal. Sentía que sus pies descalzos se cortaban contra las piedras y ramas en el piso, sus pulmones parecían que se le quemaban, pero no podía detenerse, tenía que alejarse lo más posible de sus captores. Cuando la casa a su espalda era ya una pequeña mancha, continuó caminando, aunque con paso rápido y volcándose continuamente para ver si nadie la seguía.
Elena no supo exactamente cuanto tiempo caminó. Comenzó a amanecer y ya las fuerzas le comenzaron a fallar, pero el miedo le daba nuevos brios, al pensar que seguramente los delincuentes se despertarían pronto y saldrían en su búsqueda.
Continuó caminando por algún tiempo por la explanada, cuando a lo lejos le pareció ver una cerca de alambre de púas. Eso le hizo pensar que quizás bastante cerca habría una casa y que podría pedir ayuda ahí.
Cruzó el alambre y continuó caminando entre unos sembradíos, pero no vio ninguna casa cerca. Sin embargo, tras caminar un poco, le pareció divisar una autopista por donde cruzaban de rato en rato algunos vehículos.
Elena se alegró y pensó que estaba cerca de escapar y comenzó a correr lo más rápido que le permitió el cuerpo. Tras una hora al menos, llegó a la  carretera. Se sentó junto a un árbol para que le esconda el cuerpo, así podría ver si el coche que se acercaba no era de sus captores. Estuvo esperando bastante tiempo hasta que escucho el rumo de un vehículo.
Tras asegurarse que era seguro, salió a la carretera e hizo señas para que pare. pero el coche no desaceleró y pasó raudamente. Elena se volvió a sentar junto al árbol para esperar. El sol ya había salido completamente y el miedo comenzó a apoderarse de la muchacha, pues estaba segura que los hombres ya se habrían levantado y que habrían encontrado ya el cuerpo de Andrés. Imagino que en ese momento estarían saliendo a buscarla para matarla o, peor aún, para regresarla a celda. Considero que lo mejor que podía hacer era caminar por la carretera, porque seguramente esta le llevaría a algún lugar poblado, aunque se arriesgaba a ser encontrada por los delincuentes.
Estaba sumida en estos pensamientos cuando escucho nuevamente el sonido de un coche que se acercaba. Miró con cautela y vio que el coche era un gran camión rojo. Cuando estuvo más cera, salió a media carretera agitando los brazos, logrando que el vehículo se detenga.
El camión era manejado por un hombre mayor, de aspecto afable, quien preguntó a Elena que hacía por allí sola. Elena tenía miedo de decir lo que le estaba sucediendo, por temor a que aquel hombre conociese a sus raptores. Solo dijo que necesitaba ir a …….. y que si éiba en esa dirección.
El hombre iba a contestar cuando dentro del coche respondió una voz de mujer, era la esposa del conductor. La mujer, también mayor, le dijo que no iban a ……… pero que si podían acercarla hasta….. de donde podría fácilmente encontrar transporte hacia su destino.
Elena les pidió que por favor la llevaran, que necesitaba irse urgentemente. Los ancianos se miraron el uno al otro y hablaron en voz baja. Estaban absortos al ver las condiciones en que la muchacha estaba, totalmente sucia, con la ropa vieja , desgarrada y manchada de algo que parecía sangre y con los pies descalzos, destrozados porque seguramente había caminado por el campo. La mujer le dijo que podía ir con ellos, pero que tendría que subirse en la pare trasera del camión, donde llevaban sacos de papas, porque adelante en la cabina no había espacio para alguien más. Elena aceptó y se disponía a subirse, cuando la mujer le preguntó si tenía hambre. Elena asintió con la cabeza y luego corrió para subirse atrás.
Antes de partir, la mujer se bajó del coche y se acercó a Elena con un par de sándwiches y una cobija. Le dijo que haría frio en el camino y que era mejor que se tapara porque demorarían poco más de siete horas en llegar a ….. Elena agradeció a la mujer y comenzó a devorar la comida. El coche partió y Elena sintió que algo volvía a su cuerpo, una sensación que había dejado de sentir desde cuando fue raptada. Tenía la certeza de que esta vez si regresaría a casa.

XX

Luz tenía encendidas varias velas a la vez. En la habitación que compartía con su hija menor, había dispuesto una mesa que lleno de imágenes de santos y santas, a los cuales a diario les rezaba y prendía una vela. En la mesa convivían varios santos, porque Luz pensaba que mientras más fuesen, más posibilidades tendrían de hacerle un milagro.
Alguien le había dicho que no debería poner a tantos santos juntos, porque estas eran muy celosos y se enojaban si había otro santo cerca. Luz, sin embargo, estaba convencida de que esto no era cierto, porque no podía imaginar que los santos sean personas egoístas que estuviesen enojándose por compartir espacio con otros. De lo que si estaba segura que podía molestar a los santos era que no se les rece y se les prenda una vela, motivos por los cuales podían negarse a ayudar.
Hace algún tiempo, Luz había comenzado a ir también a adivinos para ver si ellos podían darle noticias sobre su hija. Estaba segura que eso si molestaría a los santos, en caso de que estos se enteraran. Sin embargo, para evitar que lo hicieran, Luz solía prender dos velas los días donde consultaba con adivinos, así se aseguraba que los santos estén doblemente contentos y que así se olviden de su desliz.
Aquella mañana había ocurrido algo extraño. Luego de que Luz prendió todas las velas, una inexplicable corriente de aire apago algunas de ellas, lo cual extraño a la mujer.
Mientras preparaba el almuerzo para sus hijas, no dejó de pensar en ello y consideró que quizás se trataba de una señal, aunque no podía adivinar cuál era. Optó por interpretarla cómo un anuncio de que Elena volvería pronto.
Durante el almuerzo con sus hijas, estuvo muy callada y casi no habló con ellas, logrando que la menor le pregunte si se encontraba bien. Cuando se encontraba lavando los platos, no pudo evitar que los ojos se le llenen de lágrimas al pensar que quizás nunca más podría volver a ver a su hija.
Casi era hora de salir a trabajar, así que debía darse una ducha muy rápido antes de irse. Al salir de la ducha comenzó a sentir una extraña sensación que no podía determinar que era. Era una mezcla de excitación mezclada con tristeza, pero que no era algo que dañara, sino más bien que se sentía ligeramente agradable.
Estaba lista para salir, pero aún le quedaba algo de tiempo para ordenar algunas cosas en la casa. De repente, instintivamente se dirigió a la puerta y la abrió, pero no había nadie. Sacó la cabeza y miró hacia los dos lados, pero la calle estaba vacía y no había nadie cerca. Observó que el día estaba claro y algo caluroso, lo cual anunciaba que pronto llovería.
Se metió nuevamente a la casa y siguió con sus labores. Se fijó el reloj, eran las dos y veinte, pronto tendría que salir rumbo al trabajo. Se acercó a las chicas, quienes estaban echadas frente al televisor, con los cuadernos de la tare abiertos. Miraban la televisión y en los espacios comerciales aprovechaban para avanzar con la tarea. A Luz no le gustaba que hicieran esto, pero de alguna manera las niñas lograban hacer todas sus tareas y estar entre las estudiantes más aplicadas, así que no les decía nada.
Luz se sentó unos minutos en la silla y miró el programa que las niñas observaban. Pensó que si no salía en ese momento llegaría atrasada al trabajo, pero luego pensó que no importaba si llegaba un poco más tarde, porque siempre llegaba casi media hora antes de su hora de entrada y que por una vez estaba bien atrasarse un poco.
Golpearon la puerta, la golpearon insistentemente. Luz se levantó de la silla e inmediatamente supo quien era. Corrió hacia la puerta llorando. La abrió y la vio. Era Elena, había vuelto por fin a casa.