martes, 29 de diciembre de 2015

Remembranzas de otoño


Camille Pisarro - El camino de Louveciennes (1872)
Abrió los ojos, pero no pudo ver nada en la oscuridad de la habitación. Buscó instintivamente la cajetilla de cigarrillos, pero al cabo de unos segundos recordó que había dejado de fumar hace unos meses y que estaba acostado en la cama de un hotel. Se restregó los ojos, la habitación seguía en penumbras, aunque las cortinas dejaban entrar unos pequeños haces de luz que delataban que el día había llegado. Tomó su reloj de pulsera, apretó el botón lateral que lo iluminaba y se percató de que era casi mediodía. Con pereza, se incorporó por unos segundos en la cama mientras rascaba su muslo derecho, a pesar de que no sentía comezón alguna. La mente se le fue aclarando y pensó que había dormido por mucho tiempo, lo cual consideró que se debía a la diferencia horaria y las interminables esperas que tuvo en los aeropuertos.

Corrió las cortinas y contempló la ciudad que parecía despertarse con él, pues apenas veía gente en sus calles. La quietud de los domingos al menos no había cambiado desde que decidió irse del país treinta y cinco años atrás. Intentó recordar si se había marchado un domingo y, aunque no estaba seguro, terminó por convencerse que así había sido solo por querer dar simetría a su llegada. Muy a pesar suyo, decidió que sus planes de ir a visitar el sur de la ciudad tendrían que cancelarse porque había despertado muy tarde, así que se dispuso a ducharse para luego ir a buscar algo de comer. Antes de entrar a la ducha comenzó a toser, por lo cual tuvo que esperar unos segundos para que se le pasara aquella terrible tos que parecía no cejar. El agua tibia de la ducha en  el rostro hizo que despertase por completo, además de atraer los primeros pensamientos acerca de su reencuentro con el barrio y sus padres después de todos esos años. Mientras se pasaba el champú por la cabeza se dio cuenta que mechones de pelo se le quedaban entre los dedos.

En la cafetería del hotel solo tomó una taza de café y un trozo de pan. El café le supo mal, no estaba cargado como él acostumbraba tomarlo por las mañanas. Por un momento deseó tener un cigarrillo y se dijo a si mismo que eso definitivamente mejoraría aquel insípido café. Mientras probaba unas cucharadas del yogurt de vainilla que le sirvieron, observó la calle tratando de encontrar vanamente algo que se le hiciera familiar, algo que permitiese aflorar los recuerdos cautivos. La camarera fue la que le sacó de su ensimismamiento al preguntarle si deseaba algo más, a lo cual él respondió que no y agradeció distraídamente mientras se limpiaba la boca con la servilleta. Dejó un billete para la propina y salió a la calle. El día estaba soleado.

Mientras caminaba, trató en vano de reconocer los rostros con los que se cruzó. Algunos se le hicieron familiares, pero no eran más que ideas suyas, pues aquellas personas solo le miraban con indiferencia y aún con desdén. Mientras más se alejaba del centro la ciudad, las calles se le hacían cada vez más familiares, aunque todo le parecía tan distinto que en cierto momento se preguntó si no se había perdido. Miró los nombres de las calles para orientarse de nuevo y continuó su camino hasta que al cabo de unos minutos llegó a la plaza en la cual jugaba de niño. El lugar estaba vacío lo cual llamó su atención, porque recordaba que los chiquillos del barrio solían reunirse todas las tardes a improvisar partidos de fútbol o cualquier otro juego. Tan solo vio en uno de los destartalados bancos a una anciana que alimentaba a las palomas con unas cuantas migajas. En silencio y sintiendo que la nostalgia le crecía en el pecho, atravesó la plaza y se internó en el barrio.

No había dado más que unos cuantos pasos cuando los recuerdos explotaron en una serie de imágenes que se superponían. Era como si el tiempo corriese en paralelo, pues casi podía verse a él mismo caminando por la misma calle rumbo a su casa. Después de un par de cuadras divisó la esquina donde estaba la higuera a la cual los niños solían treparse para sacar sus frutos. Con el tronco grisáceo y las hojas bermejas, el árbol daba la impresión de senectud, como si se fuese un afable anciano que daba la bienvenida a quien llegase  al barrio. Se paró junto al tronco y observó los rayos de luz que jugueteaban entre las hojas. Cerró los ojos por un momento, intentando escuchar el sonido de las ramas mecidas por el viento que a la vez parecían atesorar los gritos y las risas de su niñez. Se preguntó si aún podría treparse al árbol como lo hacía antaño, pero pensó que se vería ridículo un hombre de su edad haciéndolo. Al cabo de unos minutos continuó su camino, ya solo le quedaban unas cuantas calles para llegar a casa de sus padres y su ansiedad crecía.

Muchas cosas habían cambiado en el barrio. Algunas casas ya no estaban y en su lugar se alzaban edificios de tres o más plantas que daban la impresión de que los viejos domicilios no eran sino un anacronismo, un desgarro donde el tiempo se había detenido y que se negaba a desaparecer. Tampoco estaban algunos lugares que le eran familiares como el almacén de Heiko, viejo comerciante alemán llegado al barrio a principios de siglo, huyendo al reclutamiento del ejercito del imperio alemán. Sin embargo, en el barrio se rumoraba que en realidad habría llegado tras los pasos de una lugareña a la cual conoció en Alemania, enamorándose perdidamente y dejándolo todo por irse tras ella, aunque la mujer finalmente terminaría casándose con un rico comerciante dejando al alemán con los crespos hechos. Los niños del barrio tenían su propia teoría: se trataba de un viejo contrabandista de oro que tenía escondidas sus riquezas en una bóveda secreta bajo su almacén. A pesar de su mal carácter, el alemán tenía momentos de buen ánimo y solía regalar caramelos a los niños, quienes llegaron a apreciarle.

 Embebido en sus pensamientos, continuó caminando hasta el final de la calle. En la esquina le dio un nuevo ataque de tos que le obligó a parar y a apoyarse en una pared. Hacía un poco de frio y había olvidado tomar su abrigo del hotel, pero ya era muy tarde para pensar en volver por este. Cuando la tos pasó, se dio cuenta que estaba parado en el lugar donde solía reunirse con sus amigos casi todas las tardes. Aquel muro, cuyo color original no podía recordar, había sido testigo de gran parte de su vida, desde que le alcanzaba la memoria hasta que cumplió 17 años cuando decidió marcharse. Observó con detenimiento la pared, queriendo descubrir si tras las capas de pintura aún podría verse su nombre garabateado. Buscó hasta que le pareció divisar unas formas que se asemejaban a su nombre, pero no estuvo del todo seguro.

Un par de cuadras más adelante se detuvo nuevamente. Contempló la casa de dos pisos que en su tiempo fue la más alta del barrio; por un fugaz instante creyó verla parada en la ventana. El primer amor de su vida, Isabel, vivió en aquel lugar del cual no podía apartar la vista, provocando que un sentimiento olvidado emergiera con una extraña e inusitada fuerza hasta fundirse con la nostalgia de un ayer imposible de recuperar. Recordó su piel morena, su largo pelo negro que casi le llegaba a la cintura y aquellos ojos profundos como charcas que reflejaban noches estrelladas y en los cuales gustaba refugiarse de toda preocupación. Isabel, dos años mayor que él, le había iniciado también en las lides del amor en su adolescencia y se dio cuenta que no importaba cuanto tiempo pasara, pues jamás podría olvidar la tersura de aquellos pechos morenos que alguna vez besó con desenfreno. ¿Qué habría sido de ella? Se preguntó, sin lograr darse una respuesta definitiva, pues nunca había ha vuelto a saber de ella. Recordó el día en que le anunció su partida porque el padre había conseguido un nuevo trabajo en otra parte del país. A partir de ah, hasta el día del adiós, se sucedieron los besos que se confundían con las lágrimas del adiós, las promesas de volver a encontrarse que jamás se cumplieron y un sentimiento de vacío que fue creciendo en su pecho hasta hacerse insoportable. En aquel entonces estaba convencido que parte de él había muerto en aquel adiós y que nunca podría ser el mismo. Eso, de alguna manera, le impulsó poco tiempo después a marcharse de la ciudad, aunque para aquel entonces el recuerdo de Isabel se había hecho más difuso, aún cuando él se lo negase a sí mismo.

Todos estos pensamientos se agolpaban en su cabeza cuando de súbito se abrió la puerta de la casa y salieron unas niñas, acompañadas de una mujer que seguramente era la madre. Él se quedó absorto contemplando a la mujer, buscando encontrar en ella algo que le dijese que era Isabel. ¿Sería ella? Pensó en acercarse a saludar, pero una fuerza interior le detuvo acaso por conservar intacto el recuerdo de la joven que había amado con tanto desespero. Aquella mujer, cuyo aspecto regordete delataba el paso de los años, no parecía tener nada en común con la muchacha, salvo quizás la piel morena que en ella adquiría un tono cetrino. Él siguió contemplándola en silencio, incapaz de decir algo o de moverse, expectante por si llegaba un indicio de la identidad de aquella mujer. Ésta, sintiéndose observada, levantó ligeramente la cabeza para mirar al extraño y en su rostro se dibujó una ligera sonrisa que no podía ocultar su incomodidad, por lo cual apresuró a las niñas y se marchó de allí volteando la cabeza de rato en rato para asegurarse que aquel extraño no les siguiese. Él, sin dejar de preguntarse si aquella mujer fue alguna vez su Isabel, decidió continuar su camino para dejar atrás su curiosidad. Fue entonces que la tos regresó con inusitada fuerza la cual al apaciguarse le dejó tan cansado que tuvo que sentarse por unos minutos.

Al llegar no tocó inmediatamente porque se dio cuenta que vería a sus padres después de una larga ausencia, lo cual hizo surgir en él una ansiedad incontrolable. A pesar de que había estado en contacto con ellos por medio de cartas y ocasionales llamadas telefónicas, no estaba seguro si le reconocerían o él a ellos. En todos esos años, se habían enviado fotografías, pero pensó que la gente no se ve igual en ellas. Recordó además las circunstancias en que él había abandonado el hogar: una gran discusión con su padre que decidieron a marcharse para siempre de allí. Se preguntó si su presencia no reviviría aquella pelea o al menos el dolor de su partida que hizo sin el menor aviso. Si bien era cierto que a los pocos meses, después de que logró establecerse, retomó contacto con ellos y les tranquilizó sobre su destino; sin embargo, no podía quitarse de la cabeza que ahora solo llegaba trayendo dolor  y no alegría. Además, no había anunciado su llegada porque pensó que así la noticia sería más fácil para ellos. Su mano titubeó frente al timbre, hasta que por fin decidió tocarlo.

Pasaron unos segundos que se le hicieron una eternidad, mas pronto escuchó que el cerrojo y la puerta se abrió lentamente. En el umbral apareció un anciano cuyos anteojos no podían esconder unos ojos vivaces que lo observaban con curiosidad y con una sonrisa le preguntó a quién buscaba. Era su padre, ya un anciano con poco pelo en la cabeza y más pequeño de lo que recordaba. Aquel hombre, que siempre le había parecido un grande y poderoso, incapaz de sentir miedo y con dificultad para expresar sus sentimientos; era ahora un anciano apoyado en un bastón que le miraba con ojos de extrañeza, incapaz de reconocerle del todo. Él no se animaba a decir nada al viejo, tan solo lo contempló en silencio. El anciano no volvió a preguntar nada, solo atinó a mirar al hombre que estaba en su puerta, quien le resultaba extrañamente familiar, aunque no podía adivinar quien era. Ambos hombres estaban mirándose uno al otro cuando una voz se oyó desde el fondo.

Una anciana de andar pausado y fatigado se acercó hasta la puerta, era su madre. Aguzó la vista y no tardó más que un segundo para reconocer a su hijo y se precipitó a sus brazos. Mientras tanto, el padre los miraba con estupor sin comprender del todo que su hijo pródigo estaba parado en su puerta después de tantos años, mas luego comprendió la situación y se acercó hacia él. Ambos ancianos le abrazaron con fuerza, las lágrimas de los tres comenzaron a brotar sin control y el tiempo pareció fusionarse hasta detenerse en un lugar incierto que precedía a aquellos treinta y cinco años de exilio. Sin embargo, el momento fue roto por otro ataque de tos que le obligó a dejar de abrazar a los padres para taparse la boca. El padre entró presuroso a buscar un vaso de agua, la madre se quitó el chal y se lo puso sobre los hombros, mientras le conducía dentro de la casa para huir del frio de la calle. La tos persistió por unos segundos hasta que por fin desapareció, aunque para ese entonces la madre había preparado uno de sus remedios caseros con miel y jugo de limón; mientras que el padre rebuscaba con enfadado un jarabe para la tos que tenía guardado hace varios años y que la madre se había encargado de botar cuando caducó.

Más tarde, la madre le sirvió un plato de comida que preparó en cuestión de minutos y le reprochó su delgadez, la cual consideraba que era debido a su mala alimentación. El padre sacó una caja de habanos para convidarle uno, aunque antes tuvo que discutir con la anciana que odiaba verle fumar dentro de la casa. Él, a pesar de que deseaba compartir el cigarro con su padre, rechazó la oferta del anciano, quien de todas formas encendió un cigarro con fruición. Las preguntas venían de uno y otro lado, él no sabía a cual contestar primero y trataba de dar respuestas concisas. Cuando su madre preguntó por la esposa y los niños, su semblante se puso sombrío y tardó en contestar. El padre se dio cuenta de lo que sucedía y calló. Él dijo entonces que ya eran casi año y medio de su separación de Lisa y que cada fin de semana veía a los niños. La madre no pudo evitar sollozar al oír la noticia, lo cual enfureció al anciano que dijo que esa situación era lo más normal del mundo.

Unos minutos más tarde pidió permiso para ir al baño, donde nuevamente tuvo un ataque de tos. Cuando se hubo calmado, la madre le tocó suavemente para preguntarle si no necesitaba alguna ayuda a lo cual contestó que no. Se acercó al lavamanos, abrió la llave y corrió un chorro de agua fría que recogió con ambas manos para luego llevárselas a la cara. El helado liquido fue un alivio en aquel particular día de recuerdos agolpados y sentimientos que afloraban desde algún lugar donde habían estado confinados sin siquiera saberlo. Cuando terminó de lavarse se enderezó ligeramente hasta ver su rostro reflejado en el espejo. Después de tanto tiempo, era como si se viese por primera vez y por fin estuvo consciente de que bordeaba los cincuenta años y que era ya un hombre viejo, no tanto por la edad sino por cómo se sentía en su interior. Vio las cuencas de sus ojos que delataban el cansancio de u n cuerpo que había decidido darse por vencido. Por unos segundos que le parecieron una eternidad, vio el reflejo del muchacho que abandonó su hogar hace tantos años con conflictos interiores, pero con un entusiasmo incapaz de encontrar obstáculo que se le resistiera. Cuando la imagen del joven desapareció quedó solo un hombre viejo, aferrado a la vida más por hábito que por un genuino deseo de vivir. La imagen de un hombre demacrado que perdió casi todo el cabello por varias quimioterapias que no pudieron curarle. La imagen de un hombre que después de treinta y cinco años volvía a casa para anunciar su muerte.