miércoles, 16 de noviembre de 2016

Reseña de un poeta olvidado


Gustave Courbet - Retrato de Baudelaire (1848-1849)
Extracto del Prólogo de José Muriato, crítico literario, con motivo de la publicación de “Misivas del futuro pasado: la correspondencia de A…P…” publicado por esta editorial.

Poco o nada se sabe de A… P…, escritor ecuatoriano que falleció antes de cumplir los veinticinco años y cuya obra, hasta ahora, se limita al irregular cuento “En la ciénaga” y el relato “Mente extraviada”, publicados en su integridad el pasado año en una cuidada edición de la cual tuve el honor de participar y prologar. Su obra está comenzando a ser estudiada y apreciada por críticos literarios y lectores de todas partes del mundo, sobre todo a partir de sus traducciones al inglés y al francés que aparecieron antologías latinoamericanas. En estos días que escribo este prólogo me llegó la noticia que se prepara también una traducción al alemán que será prologada por Helmut Fedler, ese excelente crítico literario que nos sorprendió hace algunos años con su extenso estudio del “Quijote de Avellaneda” donde argumenta que tras el seudónimo del supuesto autor, Alonso Fernández de Avellaneda, no estaba sino el propio Cervantes que hizo un experimento literario plagiando su propia obra.

Con motivo de la mencionada edición del la primera edición de la obra de A…P…, yo escribí en el prólogo aquel entonces: “Sin lugar a dudas, <<Mente extraviada >> es el culmen de la protoliteratura moderna ecuatoriana y al mismo tiempo la piedra angular de la siguiente etapa. A…P… es la voz de una generación maldita que creció en la dictadura del expirante velasquismo, la paranoia represiva del dictador Rodríguez Lara y la ambigüedad autoritaria del Consejo Supremo de Gobierno. A…P…. , sin embargo, no formó parte de ningún grupo de resistencia a la dictadura e incluso es muy posible que haya sido anticomunista. Esto ha hecho que improvisados biógrafos como Wenceslao de Cortés le hayan denominado <<(…) apolítico, sin embargo, furibundo conservador y reaccionario hasta el tuétano. Distinguido ejemplo del más fiero anticomunista y del más retrogrado espécimen del mestizo ecuatoriano>>. El doctor De Cortés se regodea en su crítica chabacana, facilista y difamatoria, sin haber tenido acceso siquiera a fuentes primarias que de tan maduras se caían del árbol: sus familiares y M..E…, su interés romántico más conocido. Puede que A…P… no hubiese participado de las revueltas estudiantiles de Guayaquil (para disgusto de De Cortés), pero eso no significa en absoluto que haya sido apolítico. Su resistencia se expresó a través de la estética de la literatura, asumiendo una postura cáustica y mordaz cuyos ejemplos podemos encontrar en los pocos artículos de opinión que publicó en algunos periódicos del país. Sin lugar a dudas, el escritor encontró en la literatura su principal arma de crítica y reflexión de su realidad política y social”.
Ha llovido mucho bajo el puente desde la publicación de su obra y de mi prólogo, en lo cual se ha encontrado nueva evidencia que nos arroja mayor claridad a la vida de este insigne autor. Es lo que justamente el lector tiene entre las manos: el intercambio epistolar entre A…P… y M…E… La correspondencia – que no está completa – abarca desde mediados de julio de 1979 hasta finales de 1982, desde la mudanza de M…E… a Boston, Massachusetts, para continuar sus estudios de pintura; y la muerte de M…E…en diciembre de 1982. La historia de estas cartas es bastante particular.  Tras la muerte de A…P… su madre envió una carta a M…E… que incluía toda la correspondencia que ella había enviado a A…P… cuando aún estaba con vida. Aquellas misivas habían sido guardadas con celo por la mujer, pues intuyó que eran el testamento literario de su hijo. Sin embargo, aquejada por la enfermedad y las deudas, prefirió entregarlas a M…E… antes que su vida terminara.

Quiero destacar aquí el tino de la madre de A…P… a pesar de haber ido incluso contra los últimos deseos de su hijo. En su testamento el malogrado escritor ordenó que se entreguen todos sus documentos personales a su madre y que luego ella debía quemarlos. Sin embargo, la astuta anciana desobedeció esta orden y evitó así que ocurra uno de los mayores crímenes de la literatura moderna. Más tarde, luego de seleccionar aquellos papeles donde se encontraron cuentos, algunos capítulos en borrador de una novela, poesía y aforismos sueltos (material previsto para su publicación en una edición de lujo el siguiente año), quedaron las cartas recibidas a de M…E… y las copias que el autor guardó de las suyas. La anciana decidió entonces que lo mejor era que aquellas misivas regresaran al poder de su propietaria.
M…E… recibió sus cartas y las guardó junto a las del literato, compaginándolas por fecha. La pintora, nacida en Medellín  y radicada en Boston, conservó las correspondencia por años, como un tesoro personal. Tras su internación y muerte en una clínica mental en el ocaso de su vida, sus descendientes retuvieron las cartas que fueron subastadas a la muerte de la artista. Las misivas pasaron así por las manos de al menos dos coleccionistas, antes de llegar a los catálogos de la famosa casa de subastas Sotheby’s en el 2001 para venderse por la irrisoria suma de mil libras esterlinas. El comprador fue un coleccionista riobambeño del cual no publicaré su identidad, a expreso pedido suyo, pero del que solo huelga decir que tuvo en su poder las cartas por varios años hasta que decidió sacar a la luz este tesoro literario.

A raíz de la publicación de “Mente extraviada”, el citado coleccionista se contactó conmigo para avisarme sobre su posesión, pues hasta antes de la publicación no tenía consciencia de la magnitud histórica y literaria de sus cartas. Poco después de revisar los documentos (doce en total) contacté telefónicamente a una descendiente de M…E… quien reside en Lausanne, Suiza. Ella me confesó que el lote inicial constaba de más de 200 cartas, pero que en uno de los ataques de demencia de M..E…, poco antes de su internación, quemó varias de las cartas y solo quedaron alrededor de ochenta. Presumo que la subsecuente reducción de las cartas, hasta llegar a su número actual, se debió a su paso por las manos de los coleccionistas y por las inclemencias del tiempo. Es posible que otras cartas continúen guardadas en alguna bóveda a al espera de que su valor se incremente. Es por ello que aún tengo la esperanza de que nuevas cartas aparezcan en los siguientes años, como consecuencia de la publicación de este lote que presentamos ahora al lector.

Voy a dar pocos detalles sobre el contenido de las cartas, pues estas en conjunto forman una historia que puede ser leída fácilmente, pese a la ausencia de varias misivas. La primera tiene que ver con la mención al “Círculo literario”. No he encontrado referencia alguna a tal círculo en libros ni periódicos de la época. Tampoco las entrevistas que hice a intelectuales y literatos me han ayudado mucho, pues han negado haber escuchado sobre tal círculo en su vida. La mención a este círculo, indudablemente, le da un toque de misterio a las cartas de A…P... y mi teoría aquí es que sí existió tal circulo y que posiblemente aún existe, pero actuando como una sociedad secreta al puro estilo masónico. Esta certeza no se debe al capricho de quien escribe, ni a la voluntad de dotar de un halo de misterio innecesario a la vida de A…P…, sino más bien que se responde a un hecho indiscutible, la mención que A…P… hace del personaje J… Durante los meses de investigación documental que precedieron a esta publicación, hallé la identidad de J… quien en realidad se trataba de C… S…, reconocido socialité quiteño de quien se rumoreaba su homosexualidad, ahecho escandaloso para su entorno social de la época. Para disipar tales rumores contrajo nupcias con una joven de una influyente familia de Ibarra, aunque en la época se rumoreaba que fue un matrimonio arreglado para evitar que su padre, acaudalado empresario guayaquileño, lo desherede.

En aquella época se especuló entre un tórrido romance entre C…S… y A…P… lo cual explicaría la mención a un” nuevo, excitante e inesperado amor” en uno de sus poemas aún inéditos; pero que además echaría algo de luz sobre su temprano deceso. En efecto, aquella “angustiosa, terrible y desconocida enfermedad” a la que hace referencia la madre de A…P.. en su carta a M…E… habría sido en realidad Sida, de la que también murió C…S… muchos años después. Es muy posible que ambos jóvenes hayan sido los primeros casos de contagio en la ciudad, pues los galenos no pudieron determinar cuales fueron las causas de su deceso. Recordemos que el virus del VIH recién fue “descubierto” en 1981, por lo cual era de esperar que los médicos ecuatorianos tarden aún unos cuantos años más para identificar esta mortal enfermedad.

La relación entre A…P… y C…S… me fue confirmada por la hermana del segundo, a quien entrevisté largamente el pasado año. Ella me señaló que sus padres conocían la relación y se opusieron desde el primer momento. Se buscó impedir el romance enviando a C…S… a San Francisco, California, para continuar sus estudios, aunque la situación empeoró: el rebelde muchacho llevó una vida disoluta que provocó que los padres lo enviasen a Londres donde, según lo contado por la hermana en la entrevista, C…S… tuvo un tórrido romance con un joven desconocido del West Hampstead. La hermana me confesó que posiblemente en estos meses de desenfreno fue donde C…S… se contagió de VIH que aparentemente luego afectaría a a A…P… durante su reencuentro en Quito.

Otro hecho a resaltar es la escasa referencia a hechos políticos del país y la predilección por narrar hechos cotidianos. Como verá el lector, hay muy pocas referencias al panorama político, mientras que se abunda en los hechos del diario vivir del literato. Esto, según me contó la descendiente de M…E… fue una decisión que tomaron ambos antes de que la pintora emigrara a los Estados Unidos. Esta promesa se mantuvo en pie hasta el deceso del escritor. Este hecho tiene relación con una mi última observación. Las cartas de A…P… eran utilizadas como vehículo para las noticias entre los ex amantes y no como medio literario. A diferencia de muchos autores, A…P… jamás creyó en la correspondencia como medio para el análisis literario o filosófico y esto lo reconoció explícitamente en la carta fechada en 10 de agosto de 1979 cuando dice que sus misivas se parecen “mas a las de una Jane Austen que a los de un Henry Miller”. De esta manera, A…P… no tuvo ninguna intención de que sus cartas tuviesen un lenguaje literario y solo hizo algunas menciones sueltas sobre el estilo epistolar de algunos autores. Esto se hace aún más patente cuando en la primera carta del 5 de julio de 1979, A…P… señala que incluye un poema para M…E…, aunque de inmediato reconoce que no le gusta escribir poesía y duda de sus propios dotes literarios.

En otra de las carta hallamos otro hecho importante: A…P… menciona que está escribiendo una novela que tentativamente titulará “El fin de nuestros días, el inicio de nuestras vidas”. En los papeles guardados por su madre no se halla ni una sola hoja de este trabajo, tan solo unos cuantos capítulos de otro proyecto de novela que titulo “Antibiografía”. Pregunté a la descendiente de  M…E… si sabía algo sobre  dicho trabajo y ella contestó que no recordaba haber visto ningún escrito que pudiese arrojar luces sobre ello. Desconocemos lo que sucedió con esta novela, aunque asumimos que fue destruida por el propio autor antes de su temprana muerte. En las cartas a M…E… se nos da noticia de que esta obra estaba casi concluida, pero el autor no estaba enteramente convencido sobre su valor literario. De hecho en su última carta lamenta “no poder terminar esta obra sobre la que literalmente volqué mi vida, aunque ahora más que nunca me doy cuenta del desperdicio de tiempo que ha sido sentarme a escribir semejante esperpento”. Sobre esta obra solo nos quedan las palabras de M…E.. en una entrevista que concedió a un diario local de Quito. Al parecer M…E… fue la única persona que leyó parte de esa obra perdida, aunque no podemos adivinar si poseyó una copia o si la leyó en una de sus visitas a la ciudad. Sobre la misma ella opinaba que era “un cálido suspiro directo al alma”.

Esta primera carta también hace referencia a la mención de honor que recibió por “Mente extraviada” que, cómo mencioné en el prologo a la primera edición de las obras completas de A…P…, se constituye en uno de los más criminales fallos que un jurado ha hecho en la historia de la literatura. El no haberla premiado en ese momento impidió su publicación. La mención de honor, solo consistió en un vergonzoso certificado de participación que ni siquiera fue entregado al escritor y que aún se empolva en los archivos del municipio ¡Cuán injusta puede ser la historia! Afortunadamente, la obra de A…P…sería descubierta muchos años después y con el transcurrir de los años  por fin se le está dando su lugar en la historia de las letras ecuatorianas y mundiales.

Esperamos que estas cartas permitan al lector acercarse a la faceta humana de A…P…, tan diferente de su personalidad literario. Estamos seguros que estas misivas les animarán a releer el material literario del autor, teniendo ahora una idea más amplia de la obra y los tiempos en los que vivió y escribió A…P… Esperamos también que más de uno se anime en el futuro a estudiar con mayor profundidad la obra de este genio incomprendido y marginado por su tiempo, soslayado por la historia de las letras y rechazado por su entorno literario. Vemos, sin embargo, como ni siquiera la historia con toda su  obstinación puede esconder un hecho: el genio brilla como un faro que guía nuestros azarosos pasos.

martes, 16 de febrero de 2016

Fotografía


Man Ray - Lágrimas (1930-32)
31 de enero de 2016. Marco revisaba el contenido de una caja que no desempacaba desde su última mudanza hace casi cinco años. En su interior había algunos libros, revistas, baratijas y una caja de zapatos que contenía fotografías, ordenadas dentro de sobres de diferentes colores. Las imágenes estaban cuidadosamente fechadas  en la parte posterior, mientras que algunas señalaban también en que lugar fueron tomadas. A pesar de que estaban en aquellos sobres para protegerlas, la humedad las había afectado, tornando el papel macilento y los bordes ajados que hacían que se viesen más antiguas de lo que eran. Algunas las había tomado cuando tenía 18 años, edad en la que se interesó por el arte fotográfico tras recibir su primera cámara fotográfica como regalo de cumpleaños. Una de aquellas fotografías, fechada un 14 de octubre de 1999, mostraba a Marisol, su primer amor. La muchacha se mecía en un columpio mientras se sujetaba con fuerza a las cadenas que sostenían el asiento. Marisol era morena, de pelo oscuro y ligeramente ondulado que le llegaba hasta el inicio de los senos. Los ojos negros, coronados por unas largas pestañas, eran vivaces y transmitían aún mayor felicidad que la sonrisa que dominaba su rostro. Marco quedó absorto contemplando la belleza de aquella muchacha que casi había olvidado ¡Diecisiete años! – pensó, no sin asombro por el tiempo que había pasado desde que tomó aquella imagen.
Marcó continuó examinado las fotografías y halló  una, fechada un 10 de octubre del 2012, donde aparecía una jovencísima Teresa. Para cuando tomó aquella imagen, llevaban casi ocho meses de relación e iba pedirle que se mude con él. Como si fuese una premonición de lo que vendría, el retrato mostraba a Teresa brincando con los brazos y piernas abiertos, quedando eternamente suspendida en el aire con una melancólica sonrisa. Un par de años más tarde, cuando la pasión se había apagado, comenzaron las peleas, las infidelidades y muchas noches de acostarse a su lado en medio de un silencio que vaticinaba el final. Estaban a punto de separarse cuando aquel 14 de septiembre del 2014, Teresa tuvo el accidente automovilístico que la dejó postrada en una silla de ruedas. Marco recordaba aún con cierta confusión aquella tarde en que recibió la llamada del hospital, tras lo cual salió corriendo  a la calle para tomar un taxi que tras quince eternos minutos le llevaron al hospital donde ella se encontraba. El doctor anunció con una irritante cortesía que el daño sufrido en las vértebras era irreparable y que Teresa no podría caminar por el resto de sus días.
Fue así que aquel giro inesperado permitió que aquella relación moribunda renazca, al menos en el corazón de Marco. El primer mes fue el más complicado, porque a menudo Teresa lloraba de desesperación al verse incapaz de hacer cosas por si misma. Marco tuvo que aguantar en silencio los desplantes de la muchacha, intentado siempre entender su nueva situación. Casi sin darse cuenta, nació en él un inusitado sentimiento de ternura por Teresa, pues el verla desvalida hizo que sintiese como responsabilidad tener que ayudarla, confundiendo aquella sensación con amor genuino. Se veía a sí mismo como predestinado a estar al lado de Teresa, de acompañarla y asistirla en aquella situación que el destino había fraguado en secreto. Con el transcurrir de los días la nueva situación se torno en parte de su cotidianidad. El levantarla y sentarla en el retrete, ayudarla con su aseo en la ducha, cargarla para bajar las escaleras; todo aquello era hecho por Marco con la mayor devoción posible. Tras algunas semanas, Teresa más consciente de lo que había ocurrido con su cuerpo, se sintió conmovida por el fervor de su pareja y mostró un mejor ánimo. A pesar de la desgracia que se cernió sobre sus vidas, Marco consideró que aquellos fueron buenos tiempos pues el accidente los unió, creyendo incluso que la chispa del primer enamoramiento aún estaba presente en sus vidas.
Por lo general, la rutina suele aniquilar cualquier pasión por más fuerte que ésta sea, en el caso de Marco y Teresa no fue la excepción. Tras varios meses, aquella prueba de amor se había convertido en una tarea habitual, en un reflejo casi maquinal que se llevaba a cabo ya sin sentir ni pensar nada en absoluto. Cada mañana el muchacho llevaba en brazos a una Teresa taciturna que parecía extraviada en una ensoñación de la cual no estaba dispuesta a salir. Por las noches, ella solía acostarse con el rostro hacia la pared y fingía dormir cada vez que Marco le acariciaba el rostro. Desde el accidente no habían tenido ninguna intimidad, pues ella a menudo se negaba a ello  al sentirse un ser incompleto, mutilado. Marco tenía que conformarse con olisquear la sutil fragancia que emanaba del pelo de la muchacha.
A pesar de todo, aquel 31 de enero de 2016, al ver la fotografía de una Teresa tan distinta a la que ahora dormitaba en la habitación de lado, no pudo sino sentir una nostalgia que fue combinándose con ternura. Él consideró que el destino le había conducido hacía aquellas fotografías para renovar su pasión por la mujer que amaba. Tras guardar la fotografía en el bolsillo, caminó hasta el umbral de la puerta donde se apoyó para mirar a su amada que era rodeada por las penumbras. Marco suspiró y pensó en cuán misteriosos eran los derroteros por los que la vida se había bifurcado para conducirle a aquel instante. En ese momento, recostado en la puerta y mirando con atención a Teresa, nada podía saber  de que casi dos años más tarde, un 18 de abril del 2018, la abandonaría para huir con  Sara.

martes, 19 de enero de 2016

Alas de cera


Jacob Peteer Gowy- La caída de Ícaro (1636-1638)
Cada vez que estaba parado en el pretil de la terraza del edificio, con el vacío llamando a su cuerpo con voluptuosidad, recordaba aquella historia que había leído hace tantos años. Cuando era niño su primo Miguel, diez años mayor que él, se mudó por unos meses a su casa, ocupando una de las habitaciones del segundo piso. Miguel no era muy amistoso y siempre se le mofaba de todo,  sea por su tamaño, por algo que decía y casi por cualquier cosa. A pesar de ello Miguel le fascinaba tanto por ser mayor que él así como por toso los objetos que tenía en su habitación. Cuando el primo mayor salía con los amigos, a veces hasta muy entrada la noche, era su oportunidad para rebuscar entre aquellos codiciados tesoros. La mayoría de ellos estaban a la vista en su habitación, como aquellos discos y pósteres con personajes malévolos, pero a la vez atrayentes, que más tarde se enteraría que pertenecían a la banda inglesa Iron Maiden. Recordaba en especial el póster que estaba colgado sobre la cabecera de la cama que tenia un diablillo rojo en la parte inferior con un mostacho al estilo Salvador Dalí, mientras una figura cadavérica con el cabello largo y desordenado, una camiseta amarilla y unos andrajosos jeans azules dominaba el cuadro con la mano extendida cual si fuese titiritero del demonio. Aquella imagen al principio le asustaba, pero luego se le hizo tan común que llegó a apreciarla y jamás se olvidaría de ella en los siguientes años.  En la habitación habían también maquetas de aviones, muñequitos GIJOE y Transformers (dos de sus series preferidas); parches colgados en la pared que decían “Metallica”, “Motorhead”, “Guns n’ Roses”;  discos de vinyl ordenados en un estante junto a la ventana y decenas de pequeños tesoros desperdigados por el escritorio y el suelo que convertían aquel lugar en un paraíso.
Ahora bien, aquello que más encandiló su atención eran las revistas que Miguel tenia guardados en cajas bajo su cama. En ellas había de todo, números de Muy interesante, Selecciones del Reader Digest, Sputnik, la revista Duda (que le cautivó de inmediato); cómics como Joyas de la mitología, Kaliman, Superman, Batman, Marvila, Fantasía, Archi, Gasparín el fantasma amistoso; incluso halló revistas pornográficas que atraerían poco su atención debido a su edad –tenía seis años en aquel entonces, aunque no dejaba de resultarle extraño ver a aquellas mujeres con los pechos al aire haciendo cosas con hombres que jamás habría imaginado que podían hacerse. Pero de todo aquel material su favorita fue una vieja y gastada revista en blanco y negro que carecía de portada, cuyas historias que leyó con fruición durante varios días. Las historias trataban de detectives, gánsteres, damas en peligro y policías corruptos o totalmente despistados sobre algún crimen.

De todas aquellas aventuras gráficas hubo una que jamás pudo olvidar. Era una sobre Spirit, aunque en sí no trataba sobre él. “La historia de Gerhard Shnobble” presentaba a un rechoncho protagonista que estaba convencido que podía volar. Cierto día Gerhard decidió probar a todo el mundo sobre su habilidad por lo cual se subió a una cornisa para alzarse en vuelo. No lejos de allí, Spirit se enfrentaba a dos delincuentes, uno de ellos armado y dispuesto a deshacerse del héroe. Gerhard, ignorando que aquella batalla se libraba, se precipita al vacío con tan mala suerte que las balas que eran dirigidas a Spirit le alcanzan a él, matándole antes de tocar el suelo. La historia finalizaba con estas palabras: “Y así…sin vida… Gerhard Shnobble aleteó hacia el suelo. Pero no lloréis por Shnobble…Derramad una lágrima por toda la humanidad…Pues ni una sola de las personas que vieron como se llevaban su cuerpo…supo o llegó a imaginar que , aquel día, Gerhard Shnobble había volado.”

Muchos años más tarde escuchó una historia similar que ocurrió en la vida real, aunque con peores tintes de tragedia. Un hombre que decidió suicidarse saltando de una ventana recibió una bala pérdida le mató antes de tocar el suelo. Una muerte poética, había pensando cuando leyó la historia en una revista, porque aquél hombre había muerto dos veces el mismo día. Más tarde escuchó también historias similares sobre personas que morían por partida doble como aquellos conductores que se estrellaban o caían por un precipicio, aunque segundos antes tenían un ataque cardiaco. Pero estaban también aquellos que, a pesar de sus esfuerzos, la vida se les aferraba al cuerpo como una enredadera. Se trataba de suicidas fracasados que intentaban matarse sin éxito varias veces. Estaba el caso de aquel mexicano que se cortó dos veces las muñecas y el cuello, aunque en ambas ocasiones supieron hallarle a tiempo para llevarle al hospital; la historia del norteamericano que trató de colgarse con tan mal suerte que la viga cedió y terminó en un hospital con la pierna enyesada; o la del amante boliviano que se lanzó por despecho desde un puente, con tan mala suerte que terminó sobre el parabrisas de un coche cuyo conductor no dudó luego en demandarle por los daños.

Al estar parado allí en la cornisa, con el viento en las espaldas que parecía querer precipitar la caída, todas aquellas historias jugueteaban en su mente. Sin embargo, la historia de Gerhard, por ficticia que fuese, le parecía la mas verídica, pues él estaba convencido que todos los seres humanos podemos volar en ciertas circunstancias. Su teoría se basaba en un hecho que consideraba incontrovertible: el ser humano puede hacer proezas cuando se trata de sobrevivir.  Comenzó a pensar en aquello desde que escuchó que gente obtenía fuerzas sobrehumanas en momentos de desesperación y cuando su vida o la de alguien corría peligro, como el caso de una madre que levantó un coche para salvar a su bebé . Aquello tenía sentido para él, pues el ser humano no es consciente de todas sus habilidades mentales y físicas, las cuales se manifiestan en momento de gran tensión.

De esta forma, estaba seguro que si saltaba su instinto de supervivencia le haría volar, mostrando al mundo que esto era posible. Había comentado su teoría a algunos amigos que le criticaban y le comparaban con los suicidas, a lo cual el respondía que se diferenciaba de  aquellos  por su genuino amor por la vida. Secretamente, él se consideraba un Gerhard Shnobble de la vida real, pero uno que contaría con suerte de no encontrarse a héroes y mafiosos cerca, logrando así alzar vuelo por sobre la cabeza de todos los mortales. A partir de aquello, soñaba con guiar a la humanidad hacía una nueva era donde toda limitación física sería abolida. El cuerpo, pensaba, estaba destinado a ser dominado por la mente. Él, estaba seguro, lograría que aquel salto mostraría que la distinción absurda entre mente y cuerpo era solo una excusa de los débiles.

Mientras cerraba los ojos, arqueó las piernas ligeramente como para darse impulso, aspirando profundamente varias veces.  Extendió los brazos  a los costados y los mantuvo así porque pensaba que estos le ayudarían a estabilizar el vuelo. Luego, al igual que en tantas ocasiones, bajó del pretil avergonzado y se dirigió a su departamento.