martes, 19 de enero de 2016

Alas de cera


Jacob Peteer Gowy- La caída de Ícaro (1636-1638)
Cada vez que estaba parado en el pretil de la terraza del edificio, con el vacío llamando a su cuerpo con voluptuosidad, recordaba aquella historia que había leído hace tantos años. Cuando era niño su primo Miguel, diez años mayor que él, se mudó por unos meses a su casa, ocupando una de las habitaciones del segundo piso. Miguel no era muy amistoso y siempre se le mofaba de todo,  sea por su tamaño, por algo que decía y casi por cualquier cosa. A pesar de ello Miguel le fascinaba tanto por ser mayor que él así como por toso los objetos que tenía en su habitación. Cuando el primo mayor salía con los amigos, a veces hasta muy entrada la noche, era su oportunidad para rebuscar entre aquellos codiciados tesoros. La mayoría de ellos estaban a la vista en su habitación, como aquellos discos y pósteres con personajes malévolos, pero a la vez atrayentes, que más tarde se enteraría que pertenecían a la banda inglesa Iron Maiden. Recordaba en especial el póster que estaba colgado sobre la cabecera de la cama que tenia un diablillo rojo en la parte inferior con un mostacho al estilo Salvador Dalí, mientras una figura cadavérica con el cabello largo y desordenado, una camiseta amarilla y unos andrajosos jeans azules dominaba el cuadro con la mano extendida cual si fuese titiritero del demonio. Aquella imagen al principio le asustaba, pero luego se le hizo tan común que llegó a apreciarla y jamás se olvidaría de ella en los siguientes años.  En la habitación habían también maquetas de aviones, muñequitos GIJOE y Transformers (dos de sus series preferidas); parches colgados en la pared que decían “Metallica”, “Motorhead”, “Guns n’ Roses”;  discos de vinyl ordenados en un estante junto a la ventana y decenas de pequeños tesoros desperdigados por el escritorio y el suelo que convertían aquel lugar en un paraíso.
Ahora bien, aquello que más encandiló su atención eran las revistas que Miguel tenia guardados en cajas bajo su cama. En ellas había de todo, números de Muy interesante, Selecciones del Reader Digest, Sputnik, la revista Duda (que le cautivó de inmediato); cómics como Joyas de la mitología, Kaliman, Superman, Batman, Marvila, Fantasía, Archi, Gasparín el fantasma amistoso; incluso halló revistas pornográficas que atraerían poco su atención debido a su edad –tenía seis años en aquel entonces, aunque no dejaba de resultarle extraño ver a aquellas mujeres con los pechos al aire haciendo cosas con hombres que jamás habría imaginado que podían hacerse. Pero de todo aquel material su favorita fue una vieja y gastada revista en blanco y negro que carecía de portada, cuyas historias que leyó con fruición durante varios días. Las historias trataban de detectives, gánsteres, damas en peligro y policías corruptos o totalmente despistados sobre algún crimen.

De todas aquellas aventuras gráficas hubo una que jamás pudo olvidar. Era una sobre Spirit, aunque en sí no trataba sobre él. “La historia de Gerhard Shnobble” presentaba a un rechoncho protagonista que estaba convencido que podía volar. Cierto día Gerhard decidió probar a todo el mundo sobre su habilidad por lo cual se subió a una cornisa para alzarse en vuelo. No lejos de allí, Spirit se enfrentaba a dos delincuentes, uno de ellos armado y dispuesto a deshacerse del héroe. Gerhard, ignorando que aquella batalla se libraba, se precipita al vacío con tan mala suerte que las balas que eran dirigidas a Spirit le alcanzan a él, matándole antes de tocar el suelo. La historia finalizaba con estas palabras: “Y así…sin vida… Gerhard Shnobble aleteó hacia el suelo. Pero no lloréis por Shnobble…Derramad una lágrima por toda la humanidad…Pues ni una sola de las personas que vieron como se llevaban su cuerpo…supo o llegó a imaginar que , aquel día, Gerhard Shnobble había volado.”

Muchos años más tarde escuchó una historia similar que ocurrió en la vida real, aunque con peores tintes de tragedia. Un hombre que decidió suicidarse saltando de una ventana recibió una bala pérdida le mató antes de tocar el suelo. Una muerte poética, había pensando cuando leyó la historia en una revista, porque aquél hombre había muerto dos veces el mismo día. Más tarde escuchó también historias similares sobre personas que morían por partida doble como aquellos conductores que se estrellaban o caían por un precipicio, aunque segundos antes tenían un ataque cardiaco. Pero estaban también aquellos que, a pesar de sus esfuerzos, la vida se les aferraba al cuerpo como una enredadera. Se trataba de suicidas fracasados que intentaban matarse sin éxito varias veces. Estaba el caso de aquel mexicano que se cortó dos veces las muñecas y el cuello, aunque en ambas ocasiones supieron hallarle a tiempo para llevarle al hospital; la historia del norteamericano que trató de colgarse con tan mal suerte que la viga cedió y terminó en un hospital con la pierna enyesada; o la del amante boliviano que se lanzó por despecho desde un puente, con tan mala suerte que terminó sobre el parabrisas de un coche cuyo conductor no dudó luego en demandarle por los daños.

Al estar parado allí en la cornisa, con el viento en las espaldas que parecía querer precipitar la caída, todas aquellas historias jugueteaban en su mente. Sin embargo, la historia de Gerhard, por ficticia que fuese, le parecía la mas verídica, pues él estaba convencido que todos los seres humanos podemos volar en ciertas circunstancias. Su teoría se basaba en un hecho que consideraba incontrovertible: el ser humano puede hacer proezas cuando se trata de sobrevivir.  Comenzó a pensar en aquello desde que escuchó que gente obtenía fuerzas sobrehumanas en momentos de desesperación y cuando su vida o la de alguien corría peligro, como el caso de una madre que levantó un coche para salvar a su bebé . Aquello tenía sentido para él, pues el ser humano no es consciente de todas sus habilidades mentales y físicas, las cuales se manifiestan en momento de gran tensión.

De esta forma, estaba seguro que si saltaba su instinto de supervivencia le haría volar, mostrando al mundo que esto era posible. Había comentado su teoría a algunos amigos que le criticaban y le comparaban con los suicidas, a lo cual el respondía que se diferenciaba de  aquellos  por su genuino amor por la vida. Secretamente, él se consideraba un Gerhard Shnobble de la vida real, pero uno que contaría con suerte de no encontrarse a héroes y mafiosos cerca, logrando así alzar vuelo por sobre la cabeza de todos los mortales. A partir de aquello, soñaba con guiar a la humanidad hacía una nueva era donde toda limitación física sería abolida. El cuerpo, pensaba, estaba destinado a ser dominado por la mente. Él, estaba seguro, lograría que aquel salto mostraría que la distinción absurda entre mente y cuerpo era solo una excusa de los débiles.

Mientras cerraba los ojos, arqueó las piernas ligeramente como para darse impulso, aspirando profundamente varias veces.  Extendió los brazos  a los costados y los mantuvo así porque pensaba que estos le ayudarían a estabilizar el vuelo. Luego, al igual que en tantas ocasiones, bajó del pretil avergonzado y se dirigió a su departamento.