martes, 16 de febrero de 2016

Fotografía


Man Ray - Lágrimas (1930-32)
31 de enero de 2016. Marco revisaba el contenido de una caja que no desempacaba desde su última mudanza hace casi cinco años. En su interior había algunos libros, revistas, baratijas y una caja de zapatos que contenía fotografías, ordenadas dentro de sobres de diferentes colores. Las imágenes estaban cuidadosamente fechadas  en la parte posterior, mientras que algunas señalaban también en que lugar fueron tomadas. A pesar de que estaban en aquellos sobres para protegerlas, la humedad las había afectado, tornando el papel macilento y los bordes ajados que hacían que se viesen más antiguas de lo que eran. Algunas las había tomado cuando tenía 18 años, edad en la que se interesó por el arte fotográfico tras recibir su primera cámara fotográfica como regalo de cumpleaños. Una de aquellas fotografías, fechada un 14 de octubre de 1999, mostraba a Marisol, su primer amor. La muchacha se mecía en un columpio mientras se sujetaba con fuerza a las cadenas que sostenían el asiento. Marisol era morena, de pelo oscuro y ligeramente ondulado que le llegaba hasta el inicio de los senos. Los ojos negros, coronados por unas largas pestañas, eran vivaces y transmitían aún mayor felicidad que la sonrisa que dominaba su rostro. Marco quedó absorto contemplando la belleza de aquella muchacha que casi había olvidado ¡Diecisiete años! – pensó, no sin asombro por el tiempo que había pasado desde que tomó aquella imagen.
Marcó continuó examinado las fotografías y halló  una, fechada un 10 de octubre del 2012, donde aparecía una jovencísima Teresa. Para cuando tomó aquella imagen, llevaban casi ocho meses de relación e iba pedirle que se mude con él. Como si fuese una premonición de lo que vendría, el retrato mostraba a Teresa brincando con los brazos y piernas abiertos, quedando eternamente suspendida en el aire con una melancólica sonrisa. Un par de años más tarde, cuando la pasión se había apagado, comenzaron las peleas, las infidelidades y muchas noches de acostarse a su lado en medio de un silencio que vaticinaba el final. Estaban a punto de separarse cuando aquel 14 de septiembre del 2014, Teresa tuvo el accidente automovilístico que la dejó postrada en una silla de ruedas. Marco recordaba aún con cierta confusión aquella tarde en que recibió la llamada del hospital, tras lo cual salió corriendo  a la calle para tomar un taxi que tras quince eternos minutos le llevaron al hospital donde ella se encontraba. El doctor anunció con una irritante cortesía que el daño sufrido en las vértebras era irreparable y que Teresa no podría caminar por el resto de sus días.
Fue así que aquel giro inesperado permitió que aquella relación moribunda renazca, al menos en el corazón de Marco. El primer mes fue el más complicado, porque a menudo Teresa lloraba de desesperación al verse incapaz de hacer cosas por si misma. Marco tuvo que aguantar en silencio los desplantes de la muchacha, intentado siempre entender su nueva situación. Casi sin darse cuenta, nació en él un inusitado sentimiento de ternura por Teresa, pues el verla desvalida hizo que sintiese como responsabilidad tener que ayudarla, confundiendo aquella sensación con amor genuino. Se veía a sí mismo como predestinado a estar al lado de Teresa, de acompañarla y asistirla en aquella situación que el destino había fraguado en secreto. Con el transcurrir de los días la nueva situación se torno en parte de su cotidianidad. El levantarla y sentarla en el retrete, ayudarla con su aseo en la ducha, cargarla para bajar las escaleras; todo aquello era hecho por Marco con la mayor devoción posible. Tras algunas semanas, Teresa más consciente de lo que había ocurrido con su cuerpo, se sintió conmovida por el fervor de su pareja y mostró un mejor ánimo. A pesar de la desgracia que se cernió sobre sus vidas, Marco consideró que aquellos fueron buenos tiempos pues el accidente los unió, creyendo incluso que la chispa del primer enamoramiento aún estaba presente en sus vidas.
Por lo general, la rutina suele aniquilar cualquier pasión por más fuerte que ésta sea, en el caso de Marco y Teresa no fue la excepción. Tras varios meses, aquella prueba de amor se había convertido en una tarea habitual, en un reflejo casi maquinal que se llevaba a cabo ya sin sentir ni pensar nada en absoluto. Cada mañana el muchacho llevaba en brazos a una Teresa taciturna que parecía extraviada en una ensoñación de la cual no estaba dispuesta a salir. Por las noches, ella solía acostarse con el rostro hacia la pared y fingía dormir cada vez que Marco le acariciaba el rostro. Desde el accidente no habían tenido ninguna intimidad, pues ella a menudo se negaba a ello  al sentirse un ser incompleto, mutilado. Marco tenía que conformarse con olisquear la sutil fragancia que emanaba del pelo de la muchacha.
A pesar de todo, aquel 31 de enero de 2016, al ver la fotografía de una Teresa tan distinta a la que ahora dormitaba en la habitación de lado, no pudo sino sentir una nostalgia que fue combinándose con ternura. Él consideró que el destino le había conducido hacía aquellas fotografías para renovar su pasión por la mujer que amaba. Tras guardar la fotografía en el bolsillo, caminó hasta el umbral de la puerta donde se apoyó para mirar a su amada que era rodeada por las penumbras. Marco suspiró y pensó en cuán misteriosos eran los derroteros por los que la vida se había bifurcado para conducirle a aquel instante. En ese momento, recostado en la puerta y mirando con atención a Teresa, nada podía saber  de que casi dos años más tarde, un 18 de abril del 2018, la abandonaría para huir con  Sara.