sábado, 13 de agosto de 2016

Memorias de una exorcista


Goya- El sueño de la razón produce mosntruos (1799)
Aquel aroma a café, después de casi veinticinco años, perdura hasta hoy en mi memoria, como sí aún tuviera ese oscuro líquido entre mis manos, esperando a que lo beba. Es curioso, pero cada vez que rememoro aquel día lo primero que viene a mi mente es ese café y no otra cosa, a pesar de que habían tantas otras que pueden ser evocadas por mi recuerdo. La tormenta de la noche previa, la terrible pesadilla que tuve (que no contaré aquí para no desviar su atención), las pésimas noticias que recibí de casa o el hecho de que aquél día comenzaba una cruenta dictadura en el país que se prolongaría por casi siete años; todo aquello queda disminuido en mi memoria salvo  ese café.  No deja de ser curioso que aquello sea lo que mi mente asocia con mi primera experiencia en este oficio del exorcismo.

Eran apenas las seis de la mañana, aún continuaba amodorrada porque prácticamente no había dormido por culpa de, como mencioné, una pesadilla la noche anterior. Aún así, no podía sino sentir deleite que se mezclaba con la ansiedad y el miedo. Mientras sorbía el líquido de mi taza para tratar de despertarme por completo, enumeraba algunas de las instrucciones que me había dado mi mentor, el padre Auyero. Trataba especialmente de no olvidar las oraciones, las cuales tendría que repetir durante la ceremonia para ayudarle a cumplir con su tarea. Estaba sumida en estos pensamientos cuando él se sentó frente a mí con una taza humeante que comenzó a sorber con mucho ruido.

El padre Auyero, Dios lo tenga en su gloria, era un hombre con un aspecto particular que había llevado a que otros clérigos e incluso la Madre Superiora de mi congregación le llamaran “Gorrino”. Era rollizo, con mofletes colorados, una pequeña nariz respingada y las orejas pequeñas que parecían terminar en punta. Los ojos eran grandes y oscuros, los mismos que se acentuaban cuando se ponía sus gafas para combatir la miopía que parecían más dos fondos de botella dispuestos sobre sus ojos. El cabello hirsuto apenas le cubría la nuca y parte de las sienes, mientras que su calva brillaba como si le sacase lustre adrede. No era muy aseado y era difícil estar mucho tiempo a su lado por el fétido olor que desprendía de su cuerpo y sus ropas transpiradas de varios días. Además, sus modales en la mesa eran reprochables, porque no solo a menudo hablaba mientras comía, sino que se atracaba con los alimentos como si no tuviese necesidad de masticar. De ahí se explicaba el apodo del cual muchas personas incluso llegaron a pensar que era su nombre de pila y no Agustín Auyero, sacerdote dominico.

A pesar de que se constituía en burla de muchos clérigos, nadie se atrevía discutir su natural habilidad con el difícil oficio del exorcista. Se había dedicado desde muy joven a devorar las Sagradas Escrituras y otros textos sagrados para aprender sobre el tema, aunque se decía extraoficialmente que de donde en realidad había obtenido sus conocimientos era de libros de artes ocultas, condenadas por nuestra Santa madre Iglesia Católica. Él, sin embargo, a menudo se jactaba de que muchos de sus conocimientos provenían de un libro que le regaló un sacerdote copto antes de su muerte, el mismo que había dedicado casi toda su vida a investigar sobre el tema en varias fuentes del cristianismo primitivo. Sin embargo, el sacerdote le confesó a su muerte, solía decir Auyero, que había hallado unos manuscitros de finales del siglo X que habían sido su principal inspiración en su propio trabajo. Tales supuestos escritos pertenecían a un clérigo cátaro llamado Phineas Languedoc quién perfeccionó el difícil arte del exorcismo a través de sus continuos viajes y relación con otras culturas..

Nunca pude ver el libro del sacerdote copto del cual hablaba Auyero y de hecho creo que tal texto estaba más en la mente a veces fantasiosa y con tendencia a la exageración de mi preceptor. Creo más bien que mi tutor obtuvo sus habilidades por los años de práctica y de una inclinación natural hacía el mundo del ocultismo, la misma que se manifestaba en una notoria sensibilidad y presentimiento que a veces dejaba fríos a quienes lo rodeábamos. A muchos les había ocurrido que se apareciera de la nada justo en el momento en que comenzaban a burlarse de él y otros decían que él había sido visto en lugares distintos y lejanos a la misma hora. Por ello, Auyero además de burlas levantaba también temores, porque se decía que a pesar de que había hecho tantos exorcismos en su carrera algunos demonios se le habían quedado en el cuerpo. No lo sé, yo más bien creo, después de tantos años, que aquello que se atribuía a mi maestro no era sino producto de la falta de convicción religiosa y la tendencia a la superstición que hasta hoy se presenta impunemente entre nuestros clérigos. Yo tuve una experiencia, como ya narraré más adelante, que fácilmente podrían haberme arrojado junto a estos supersticiosos, pero gracias a mi fe pude darme cuenta que mi preceptor solo era un ser humano más que cumplía con los designios de nuestro Señor Jesucristo.

Lo que más destaco de Auyero, y esto es lo último que diré antes de continuar con mi relato, es  que siempre quede maravillada por su metódica forma para ejercer nuestro oficio, de una precisión y minuciosidad que hasta ahora no he visto en ninguna persona más. Su pasión y entrega con nuestro arte eran sencillamente maravillosos e inspiradores, animándome a mí a otros jóvenes que nos preparábamos para ser monjas o sacerdotes a dar un vuelco en nuestra fe y dedicarnos a una tarea a veces ingrata, aunque necesaria. Yo entiendo que a usted y a otras personas nuestro oficio le parezca marginal, atentatorio incluso de los dogmas de nuestra Santa madre Iglesia católica. En nuestra defensa debo decir, sin embargo, que alguien debe hacerlo, porque caso contrario la misión de nuestra Iglesia estaría en peligro. Por ello, a pesar de que mi mentor no vaya a figurar en ningún texto sagrado, no puede sino reconocérsele su aporte en un campo tan eminentemente crucial para la fe cristiana como es el exorcismo.

Pues bien, aquella mañana conversamos un poco antes de salir a cumplir nuestra labor. Él me preguntó –lo había hecho muchas veces, aunque parecía olvidarlo siempre- el porqué de mi decisión de dirigir mis conocimientos teológicos y prácticos al oficio de exorcista luego de haber tomado los hábitos. Como de costumbre le di mis razones –las cuáles no mencionaré aquí- y luego le cambié de tema, pues quería saber más de lo que tendría que hacer aquél día en mi primera experiencia práctica. Ya había leído bastantes volúmenes sobre la materia, siendo el Malleus Maleficarum y el Flagelium Daemonum los que más llamaron mi atención, aunque debo admitir que las memorias del párroco romano-limeño Baltazar Agamenoni fueron las que más me han servido todos estos años de lucha contra seres demoniacos.

Ni bien terminamos de tomar el café, Auyero me anunció que saldríamos de inmediato para no llegar tarde a nuestra cita. No iríamos en coche sino caminando,  porque seguramente los militares estarían en las calles deteniendo a todos los vehículos en la búsqueda de alguno de los opositores al recién instalado régimen militar. Hacía mucho frío y lloviznaba, por lo cual me arropé y cubrí mi rostro con la bufanda. Mi mentor, por su parte, solo vestía su sotana y una delgada chaqueta color beige que no se abrochó, porque la gran cruz que llevaba en el cuello se lo impedía. El frio calaba mis huesos, la humedad hacia que el ambiente esté gélido mas él no parecía inmutarse, sino todo contrario: casi parecía estas sofocándose de calor bajo sus hábitos. Supuse que estaba casi tan nervioso como yo lo estaba, porque si algo he aprendido estos años es que por muchas veces que hagas un exorcismo, siempre sentirás como si fuese la primera vez.

Caminamos apresuradamente por varias cuadras, aunque más allá fuimos detenidos por la primera patrulla. Logramos sortearlos con rapidez, porque el sargento a cargo conocía a Auyero. Éste me comentó que aquel militar tuvo hace unos años a uno de sus hijos poseídos, por lo cual requirió de sus servicios exitosamente. La segunda patrulla fue más difícil de convencer y nos demoró unos minutos eludirla, pues el militar a cargo miró y remiró nuestras credenciales, pensando quizás que éramos opositores que huían disfrazados de religiosos. Mas tarde, nos topamos con la tercera patrulla, la misma que fue el mayor problema y donde algo sucedió que puede llamarse insólito, aunque quiero creer que no fue más que una casualidad.

El sargento  y sus subordinados estaban borrachos y nos negaron el paso apuntándonos con sus armas. Mientras revisaban nuestras pertenencias, uno de ellos se acercó con soberbia hacía Auyero y le imprecó cosas que no puedo reproducir porque la educación me lo impide. Mientras esto sucedía, otro de los atrevidos se acercó hacía mí con el pretexto de que tendrían que revisarnos para constatar que no teníamos armas escondidas. No puedo sino estremecerme cuando recuerdo el asco que sentí en aquel momento cuando ese hombre comenzó a sobarme los pechos y luego la entrepierna en la búsqueda de nuestro supuesto armamento. Envalentonado por su fechoría, el miserable me agarró del cuello e intentó besarme por la fuerza, a lo cual yo respondí mordiéndole la mejilla con saña hasta hacerle sangrar. El hombre me empujó con violencia mientras gritaba como un animal, prometiendo que me mataría en ese mismo instante. El empellón me hizo caer al suelo y ni bien me hube levantado tuve frente mío el cañón de su arma apuntándome al rostro.

Debo admitir que en aquel momento perdí toda mi templanza y me vi en la gloria de nuestro Señor Jesucristo, mas el hombre titubeó como si una fuerza extraterrenal impidiese que su mano apriete el gatillo. Los otros militares, incluyendo el sargento a cargo, retrocedieron en silencio y dieron un paso hacía atrás, hasta que alguien dijo que nos dejasen pasar. Yo quedé totalmente absorta por la situación y solo vi que mi preceptor sostenía una mirada infernal con la cual perseguía los ojos de los militares que no hacían otra cosa que bajar la vista para evitar verle directamente. Aún después de tantos años y con las cosas que vi y experimenté, no puedo atribuir aquel hecho a una situación paranormal. Lo único que puedo decir al respecto es que tras un comportamiento febril de aquellos militares alcoholizados, vino un momento de angustia que permitió que siguiéramos con nuestro periplo.

Caminamos algunos minutos más y llegamos a nuestro destino sobre las siete y media. Tocamos el timbre y tras unos minutos salió una mujer pequeña, de rostro colorado y afable. Saludó a Auyero tomándole ambas manos y llevándoselas  a la boca, mientras que al verme asintió con la cabeza y solo dijo “Madre”. Caminamos unos metros por el centro de un cuidado jardín que tenía una multitud de rosas de diferentes colores, las cuales nos saludaban aquella mañana con su inconfundible aroma. Más adelante, salió un enorme perro negro que se lanzó hacia nosotros ladrando, pero éste se quedó quieto y en silencio tras un grito de su ama. El animal se sentó y nos observó en silencio mientras nos gruñía, como si presintiese que algo iba a suceder.

Cuando entramos a la casa vimos que la mesa del comedor estaba dispuesta con panes, mantequilla, mermelada, huevos revueltos, leche, una jarra de jugo y algunas frutas. Tras sentarnos, la mujer nos ofreció café el cual rechacé, aunque Auyero se tomó dos tazas. Yo no tenía mucho apetito, comí solo por educación, porque imaginaba el esfuerzo que había hecho aquella mujer levantándose muy temprano para preparar aquel banquete para nosotros.  Mientras hablaba con la boca llena como acostumbraba, mi maestro charlaba con la mujer como si fuesen viejos amigos reunidos después de muchos años de no verse. No presté atención a lo que decían, pues me puse a explorar con la vista aquella casa, tratando de encontrar a nuestro paciente. Vi varias fotos colgadas en las paredes donde la mujer aparecía con otras personas, posiblemente sus hijos y su marido. Miré con atención si alguna de esas imágenes delataba un cuerpo poseído, mas no pude percibir nada lo cual hizo que me molestara conmigo misma. Auyero poseía esa virtud que no vi en nadie más y que hasta el día de hoy no he podido desarrollar: detectar una posesión demoniaca con tan solo algún elemento que pertenezca al paciente. Una prenda de ropa o una fotografía le bastaban para saber que alguien tenía un demonio en su interior.

Mientras cejaba en mi empeño, la mujer trajó una bandeja con una olla y dos platos. Había preparado el potaje favorito de Auyero: sopa de cerdo con especias. Mientras mi preceptor devoraba el primer plato – terminó comiendo cuatro- yo hice que me sirviera la mitad y casi no toqué la comida, aduciendo que tenía el estómago delicado. Esto no hizo sino molestar a mi tutor que no dudó en comerse mi porción luego de reprenderme en voz alta por mi mala conducta. Ni bien hubo acabado, se limpió con la mano y se incorporó, mientras decía a la mujer que por favor le sirviera una taza de café antes de comenzar. Cuando la anfitriona desapareció tras la puerta de la cocina, mi maestro me dijo en voz baja que todo buen exorcista debe comer muy bien antes de su ceremonia, porque ésta no solo exigía templanza espiritual, sino mucha energía corporal. Con los años debo dar fe de lo que me decía es completamente cierto, porque en una de mis experiencias en el oficio fui en ayunas y el ritual fue tan intenso físicamente que casi perdí el control, poniedno en peligro mi vida y de la víctima.

Ni bien hubo terminado de beberse el café, Auyero pidió a la mujer que nos dirigiese a la habitación donde tendría lugar la ceremonia. Ella nos llevó hasta una recamara soleada con un escritorio y una silla en su interior. Debo admitir que mis prejuicios de primeriza hicieron que experimenté desencanto cuando no encontré a ninguna persona atada, hablando en lenguas inentendibles o con los signos demoniacos en el rostro y el cuerpo. No me explicaba porque estábamos ahí ni porque no había ningún poseído así que no pude esconder mi enfado e increpé a mi preceptor.

Mientras mi rabieta se desarrollaba, Auyero ni siquiera me miró y solo sacaba con cuidado sus instrumentos para el exorcismo y los disponía con cuidado sobre el escritorio. A continuación sacó su estola bendecida en el vaticano y se la colocó sobre los hombros. Tras ver que estaba más tranquila, me pidió que me preparará para el ritual  a lo cual obedecí, tomando el relicario donde guardaba mi crucifijo de plata, especial para estas ocasiones. Los minutos pasaban y mi enojo escalaba de nuevo así que le pregunté con nerviosismo a qué esperábamos y dónde estaba el paciente. Él frunció el ceño –aquello fue suficiente para atemorizarme- y me dijo que la impaciencia era el peor defecto que podía tener un exorcista, porque eso le podría llevar al fracaso. Iba a continuar, pero de pronto la puerta de la habitación se abrió y llegó la paciente que no era otra sino la dueña de casa.

Risueña, trayendo una bandeja con leche y galletas, entró la supuesta endemoniada. En aquel momento pensé que todo aquello era una impostura y que mi maestro era el mayor charlatán que había conocido. Unos minutos más tarde me daría cuenta de mi error y con los años me daría cuenta de la perfección que tenía mi preceptor para ejercer nuestro oficio. Estuve a punto de decir algo cuando Auyero, como si me hubiese leído la mente, extendió el brazo para hacerme callar, luego pidió a la mujer que ponga la bandeja sobre el escritorio y que se acercará.  Tras hacerlo, le dijo que se arrodillara ante él y que recitara el Padre Nuestro seis veces. Ella obedeció y comenzó a orar en voz alta siguiendo el ritmo del clérigo cuyo rostro perdía su apacibilidad con cada palabra que repetía. Yo acompañé los rezos con las palmas de las manos juntas, pero poco a poco fui sintiendo como si alguien estuviese tratando de tirarme al suelo. Terminamos de musitar las últimas palabras del sexto Padre Nuestro cuando comenzó todo.

Como si un resorte en su interior se hubiese activado, la dueña de casa perdió todo signo apacible del rostro y éste se le endureció hasta que se le deformaron las facciones en una mueca demoniaca. Su suave voz femenina tornó en un estertor que hacia que la habitación retumbase como si un terremoto la sacudiera. Comenzó a maldecirnos a ambos, pero en especial a Auyero quien continuaba impasible musitando algunos de nuestros rezos secretos. El cuerpo de la mujer, que antes se encontraba arrodillado en armonía, comenzó a convulsionarse y sus brazos se agitaron como si quisiera golpear a mi maestro, aunque poco tiempo después supe que esos movimientos ocurren no tanto para liberarse del exorcista, sino de los vestigios del espíritu santo que invocamos para que rodeen y extirpen al ser inmundo.

A pesar de que la mujer era pequeña, la energía con la que convulsionaba la rebasaba y no dudé que un manotazo suyo podría perfectamente dejarme sin sentido. A pesar de todo, ella seguía arrodillada maldiciéndonos, mientras mi maestro tenía su mano derecha sobre su frente, como si estuviera conteniendo toda aquella energía maléfica dentro de ese cuerpo. Noté que de sus sienes unas gotas de sudor corrían debido al gran esfuerzo físico, aunque su rostro no mostraba menor expresión alguna y pronto me transmitió una paz que hizo que me tranquilizara.

Estaba absorta observado a mi maestro cuando éste me dijo que la pasara el agua bendita y su crucifijo. Hice con la mayor celeridad el encargo, tras lo cual Auyero comenzó con el ritual del exorcismo. Como podrá imaginar, no puedo comentarle a detalle la ceremonia, porque estos conocimientos pueden ser peligrosos si los conoce un no-iniciado. Solo puedo referirle algunos detalles y de forma general lo que sucedió, así al menos entenderá lo complicado y particular de lo que sucedió aquella mañana.

Auyero comenzó con los conjuros en latín que son protocolares en estos casos, tras lo cual preguntó quién era el demonio que había tomado ese cuerpo, primer paso necesario para lograr un exorcismo exitoso. Debo decir que no recuerdo el nombre exacto del demonio, solo que era uno de los edecanes de confianza de Caym, quien solía tomar aquel cuerpo cuando decidía salir al mundo para huir de su amo. La posesión de la mujer se había hecho más frecuente, pues aquel monstruo gozaba de presentarse en el plano de nuestra existencia para cometer las aberraciones carnales a las cuales se había vuelto muy aficionado. se ven perdidosciones carnales ao de nuestra existencia para comEl ser juraba que si era removido de aquel cuerpo nos perseguiría hasta matarnos lo cual me preocupó en ese momento, aunque con el tiempo entendí que usualmente son juramentos que estos engendros suelen decir cuando se ven perdidos. Esta argucia, sin embargo, suele asustar a muchos exorcistas inexpertos que por temor dejan el ritual a medias, permitiendo que el demonio se apoderé para siempre del cuerpo en el cual residen temporalmente.

De repente, la voz de mi maestro cambió como si otro ser hablase a través de él y dijo:

“Vengo en nombre del padre, del Hijo, del Espíritu Santo para exorcizar todos los espíritus malignos y que estos jamás vuelvan a turbar a tu inocente alma”.

A estas palabras le siguieron los conjuros en latín y mi maestro impuso ambas manos sobre la cabeza de nuestra paciente. En ese momento noté que el rostro de Auyero perdía toda pasividad y que apretaba los dientes como si estuviese haciendo un gran esfuerzo físico.  La mujer, enloquecida, comenzó a echar espumarajos por la boca y chilló con desesperación. Confieso que en aquel momento estuve asustada como nunca en mi vida y hasta pensé en huir, lo cual hoy, mucho años más tarde, sé que hubiese sido el peor error de mi vida.

Mi huida hubiese significado disminuir el poder que mi tutor tenía sobre el demonio en ese momento, logrando así que tanto él como la paciente se vean comprometidos. En estos casos, cuando los demonios se ven victoriosos, suelen tomar otros receptáculos, incluso al propio exorcista. Comprobé esto muchos años más tarde, cuando esto me ocurrió a mí gracias a uno de mis estudiantes, quien se atemorizó y salió corriendo mientras llevábamos a cabo la ceremonia. Debido a este incidente, permitimos que Eblis escapará y tomó mi cuerpo. Cinco largos y tortuosos años tuvieron que pasar hasta que otros colegas me ayudaron a exorcizarlo de mi propio ser, aunque también debo admitir que este hecho me permitió documentarme mucho sobre los sagrados rudimentos del exorcismo.

Eblis, como sabrá perfectamente usted, es el Dios de la melancolía e infecta en el cuerpo el esplín, sustancia incolora e inodora que hace que caigamos en una tristeza constante que muchas veces puede llevarnos al suicidio. Este demonio y sus hijos pululan impunemente por el mundo, anidando en el corazón del ser humano para consumirlo hasta marchitarlo. Una vez que se han aburrido o encontrado otro cuerpo, suelen dejar a su antiguo receptor como si se tratase de un cascarón vacío, pues a menudo consumieron toda su alegría, convirtiéndolo en su ser indiferente e indolente. Se dice que el galeno Robert Burton tuvo al propio Eblis en su cuerpo durante casi toda su vida, lo cual le llevó a redactar su famosa obra “Anatomía de la melancolía” tratando de explicar su condición desde la fisiología, aunque en sí su condición era una posesión demoniaca. Pero en fin, volvamos mi relato que poco tiene para culminar. Le doy gracias por su paciencia ante mis no pocos desvaríos que son producto de mi avanzada edad.

Mi maestro se encontraba con ambas manos impuestas sobre aquella mujer que había perdido todo viso de humanidad. La escena que duró unos segundos, a mi se me hicieron eternos y ante mis ojos las dos figuras humanas se diluyeron para dejar paso a un demonio escamoso y de pústulas supurantes que era sometido por un arcángel de alas llameantes. Aquella visión, mi primera epifanía, disipó cualquier duda que tenía hasta entonces y me convenció de que había escogido el camino de vida correcto: la lucha contra toda manifestación demoniaca que atreviese a manifestarse por la tierra que nos otorgó nuestro Señor. Absorta estaba en este espejismo cuando Auyero rugió:

“Que este demonio no vuelva más a tu alma, que en su lugar deje a Cristo y a su fe”

Tras ello, mi preceptor musitó otro de nuestros conjuros que hizo que el chillido de la mujer se intensifique hasta hacerse insoportable para mis oídos.  Después de unos minutos ella pareció tranquilizarse y recobró el aplomo con lentitud. Auyero jadeaba, totalmente empapado en sudor y con la manos aún sobre la cabeza de la paciente. Tras unos segundos, la endemoniada tuvo un movimiento repentino que consistió en tirar con fuerza la cabeza hacía atrás, para luego tranquilizarse por completo. Mi maestro seguía respirando con dificultad, pero poco a poco fue recobrando el aliento, tras lo cual luego retiro sus manos con lentitud.

En la habitación reinaba el silencio, ella tenía los ojos cerrados y los abrió lentamente mientras se ponía de pie. Tras vernos, en especial a un agitado Auyero, se le coloreó el rostro de vergüenza, como si se tratase de una niña pequeña. Aún sin decir palabra alguna, se llevó las manos a la cabeza para arreglarse el pelo y luego se dio cuenta que tenía la camisa abierta y que se le veía el sostén, pues todo el movimiento había hecho que se le desacomodara la ropa. Nos dio la espalda para abotonarse, mientras que Auyero se bebía la jarra de leche casi sin respirar para luego caer sobre las galletas y devorarlas sin contemplación. Entre tanto, yo que estaba demudada por lo que había pasado, solo atiné a guardar nuestros materiales en silencio.

Tras que hubo recuperado su mesura, la mujer nos dijo que por favor esperásemos en la sala mientras ella preparaba algo para comer. Cuando estuvimos sentados, Auyero comenzó a conversar conmigo para saber mis impresiones sobre lo que había pasado y se interesó sobre todo cuando le comenté sobre la visión que tuve de ellos dos. Yo tenía muchas preguntas, pero estas tuvieron que esperar, pues nuestra anfitriona salió de la cocina anunciando que la comida estaba lista. Mi maestro y yo devoramos el filete y el arroz que nos sirvió, aunque ella apenas probó bocado.

Cuando salíamos, Auyero le dijo que tendría que volver dentro de un mes para hacer una nueva y última ceremonia. Tras oír esto, el rostro de la mujer se puso sombrío, aunque al poco rato recuperó la jovialidad con la que nos había recibido al llegar. Para despedirse, nuevamente tomó las manos del sacerdote para besarlas y luego le pidió su bendición. Conmigo, a diferencia de mi llegada, se mostró más cordial y me dio un fuerte abrazó que no pude corresponder por la sorpresa del momento. Mientras salíamos, el perro negro se acercó hacia nosotros meneando la cola e incluso me lamió la mano amistosamente.

Salimos a la calle y comenzamos a caminar hacía la parroquia. En la ciudad se notaba mucho mayor movimiento de los militares, aunque en las calles no habían civiles. En nuestro camino continuamente veíamos pasar camiones repletos de hombres y mujeres con el rostro acongojado, seguramente presos políticos que eran conducidos hacia un destino incierto. Escuchábamos ráfagas de disparos a lo lejos e imaginé que eran asesinatos masivos que el régimen de facto requería para poder establecer su poderío. Me estremecí al pensar en todas aquellas vidas cegadas por los caprichos de un militar megalómano que se consideraba a sí mismo como parte de algún designio de Nuestro Señor, atreviéndose a matar en su sagrado nombre.

Estaba sumida en estos pensamientos cuando mi maestro me amonestó por no oírle. Él parecía indiferente de lo que pasaba a nuestro alrededor y solo deseaba saber lo que pensaba sobre lo que vi para, según decía, perfeccionar su técnica. Me comentó también que ésta era la quinta visita a la mujer, pero que en esta última sesión había visto progresos y que pronto culminaría su tratamiento. Me extrañó su comentario y pregunté si acaso el demonio no había sido expulsado, tras lo que me respondió que, contrariamente a lo que se cree, los exorcismos suelen durar muchas sesiones. Con los años, yo no haría más que confirmar lo dicho por mi mentor.

Cuando estábamos llegando a la parroquia, Auyero dijo algo que haría que me de cuenta que era uno de los más grandes misóginos que poblaba esta tierra, lo cual con el tiempo hizo que me distancie de él. Según su opinión, las mujeres eran más propensas a ser poseídas por los demonios por tener una naturaleza sensual e histérica. Mi propia experiencia en el oficio no ha hecho más que mostrar lo contrario: tanto hombres como mujeres tienen la misma inclinación a verse atraídos por los espíritus inmundos que pueblan nuestro plano de existencia.